/ Javier González de Durana /
Portada del libro publicado en 1997 por el Museo Guggenheim Bilbao con la vista del museo desde la calle Iparraguirre. Esta portada es indicativa de la importancia que el propio museo concedía a esta perspectiva urbana.
Ahora (en proceso). Los pequeños obstáculos que representaban los automóviles han sido sustituidos por las altas, filiformes y muy inoportunas luminarias.
Lo que cuento hoy no es importante -hay muchísimas cosas más graves en el tiempo presente-, pero me ha resultado bastante llamativo por la contradicción que encierra.
Como se puede comprobar en la entrada que publiqué el lunes pasado en este blog, en el título de la de hoy he querido evitar la clase de lenguaje oral y gestual que utiliza Frank O. Gehry cuando se refiere a diseños que no le gustan: luminosos obstáculos es lo que yo digo; una mierda, lo que probablemente diría él. Me temo que eso es lo que le van a parecer las farolas que se han instalado en el tramo semi-peatonalizado de la calle Iparraguirre, entre la plaza de San José y el Museo Guggenheim Bilbao. Apelo a Gehry por dos motivos: uno, porque no quiero utilizar palabras desagradables como las manejadas por algunos Premios Pritzker y, dos, porque el Ayuntamiento de Bilbao ha estropeado la visión de su creación más notable, el Museo Guggenheim Bilbao, desde la mencionada calle.
Como a menudo camino por ese tramo urbano, desde la inauguración del museo hace 23 años he visto a miles, decenas o centenares de miles de turistas sacarle fotografías. El gesto repetido hasta el infinito consiste en que el turista, situado en el centro de la calzada y tratando de sortear el tráfico rodado, saca su foto desde una posición más o menos próxima al edificio; algunos lo hacen en varias ocasiones según se van acercando: plaza de San José, cruce Henao-Iparraguirre, cruce Ajuriaguerra-Iparraguirre, cruce Barraincúa-Iparraguirre y, finalmente, Mazarredo. Para divertirme, a veces, les digo a algunos turistas: «Ostras tú, esa foto no la había hecha nadie hasta hoy, ¡qué buena idea!«; la broma es evidente. De tal manera, en esas imágenes contempladas después en todos los rincones del mundo, muchas de ellas reproducidas por revistas con tiradas millonarias, los edificios urbanos venían a quedar en los laterales de la fotografía para desembocar en el museo, sobresaliendo entre ellos, limpio y sin obstáculo intermedio alguno, al fondo.
Esto era posible por dos motivos: primero, porque las luminarias existentes hasta 1997 (véase portada del libro arriba incluido), ancladas a las fachadas de los edificios, en posición elevada y muy voladiza, fueron retiradas por interferir un poco la visión, y segundo, porque las farolas que sustituyeron a aquellas hasta ahora mismo, pequeñas y lateralizadas por mor de la anchura de las aceras, y los árboles, también de corta altura, no constituían ningún inconveniente, al quedar absorbidas unas y otros por los edificios de ambos lados. El singular ingenio arquitectónico, así, emergía impoluto y brillante en el centro de la ordenada vía urbana de la que se podían reconocer arquitecturas diseñadas con gran dignidad durante la primera mitad y mediados del siglo pasado.
Esa imagen ya no se volverá a repetir porque el museo se ha visto interceptado por decenas de esqueléticas farolas, muchas más de las que había antes. No culpo al diseño que me parece del tipo simplista con ascendencia constructiva en las piezas del LEGO. Podría encontrar encaje adecuado en un barrio de viviendas nuevas, pero no tanto aquí; en un lugar con menos alma serviría e incluso llegaría a estar bien. El problema es la conjunción de (a) cómo es la farola con (b) en qué puntos de la calle han sido colocadas y (c) su proliferación; es esa suma lo que resulta perjudicial para el museo, para el perrito florero y para todo el tocho. A partir de ahora cualquier fotografía realizada desde la calle Iparraguirre contendrá, inevitablemente, por delante, las filas de farolas y, detrás de éstas, el museo. Por no mencionar el desfavorable contraste que se establece entre la seca secuencia de linealidades y ángulos rectos de las farolas con las orgánicas curvaturas y ondulaciones del edificio museístico. Choque total. Maridaje incompatible. Diálogo nulo. Perspectiva arruinada.
En la última presentación municipal del diseño, el responsable del área señaló que la verdadera protagonista de este vial sería la iluminación. La luz bien, pero ¿los emisores de la luz? Añadió que las farolas estarían unidas por una catenaria en zigzag de la que se suspenderían luminarias lineales tipo led para realizar un dibujo aleatorio, con pretensión de dar dinamismo al entorno. ¿Más dinamismo aún? Da verdadero miedo pero, sobre todo, ¿qué necesidad hay?
Alguien podrá decir que la obra no está aún terminada, que faltan los árboles, unos cerezos japoneses, por lo visto, sin que falten otros verdes. Mucho colorinchi. Entonces será peor porque taparán más el museo dados los lugares que se han reservado para ellos. La pavimentación de la calle está mejorando y no dudo que mejorará aún más cuando se acabe la obra si se evita introducir mayor cromatismo, pero la imagen fotográfica del museo desde este lado ya no será la que fue y, sin duda, el edificio resultará menos visible y estará más interceptado que antes. Compárese con imágenes anteriores, cuando la calle estaba llena de coches: estos molestaban mucho menos de lo que estorban estos palillos luminosos. El episodio se cierra en el encuentro de las calles Iparraguirre, Lersundi y Mazarredo con un apoteosis de farolas (más altas que las previas), señales de tráfico, semáforos, señalizaciones viarias…, un pandemónium visual. Y eso que también se prometieron para esta «antesala del Guggenheim» (tramo entre Barraincúa y Mazarredo) sombrillas, bancos, grandes maceteros florales… y un techo virtual con entramado de luminarias lineales de luz en forma de tela de araña a siete metros de altura. ¡Dios…!, se va a llenar de cacharrería y obstrucciones visuales. De verdad. ¿qué necesidad hay?
Hasta ahora ha habido dos vistas canónicas del Guggenheim, una es desde el otro lado de la ría, desde la Avenida de las Universidades, abarcando la totalidad de su costado fluvial, y la otra es desde la calle Iparraguirre, en diálogo con la ciudad. Salvo que con esta actuación se haya querido privilegiar la vista que incluye la ría, no se entiende, y menos aún si se considera que las obras de semi-peatonalización de Iparraguirre han sido realizadas, precisamente, para poner en valor visual la aproximación del caminante hacia el museo.
Ya hace año y medio, cuando se presentó la primera idea acerca de lo que el Ayuntamiento pretendía hacer, se levantaron críticas entre el vecindario. Se alegaba que los cables cruzados de lado a lado dificultarían la circulación de vehículos con cierta envergadura, impedido maniobras con escaleras de bomberos… Al parecer, el Ayuntamiento corrigió algunas de esas intenciones (espero que entre las cuestiones suprimidas se encuentre lo de la araña de luces). Sin embargo, creo que nadie se dio cuenta del impacto visual que las farolas tendrían sobre el museo. Quizás todos pensamos que, al situarse donde estaban las antiguas, las farolas nuevas se comportarían como aquellas. Sin embargo, tanto a derecha como a izquierda, las hiladas de famélicos fanales se han aproximado al centro, convirtiéndose, con ello, en un estorbo.
Como no se ha aireado el nombre de ningún arquitecto-estrella, supongo que este diseño de la farola ha salido de alguna oficina municipal, lo cual, al margen del resultado concreto, no me parece nada mal, pero, ya puestos, ¿no podía haberse encargado a Gehry este trabajo?, al menos y por cortesía, ¿se consultó con él esta repercusión visual sobre su edificio?, ¿se habló con el museo?, ¿se diseñó esta semi-peatonalización de Iparraguirre con plena conciencia de lo que le ocurriría a la notable arquitectura?, ¿está conforme el Consistorio con esta afección visual?, ¿qué le dirá el Ayuntamiento a Gehry cuando, tras ver esto, se empiece a subir por las paredes y a decir esas palabras feas que él sabe?
Ya digo, no es importante pero, según se deduce de la inversión realizada y del titánico tótem interferido, para el Ayuntamiento esa perspectiva urbana debería haber sido importante. Pienso yo, no sé, a ver qué dice Gehry…
Antes.
Ahora (en proceso).
Ahora (en proceso).
Y ahora con las luces encendidas.












































































