Mugak 2019: tres iglesias vitorianas (II).

Dentro del programa expositivo de la Bienal de Arquitectura que tiene lugar en San Sebastián estas semanas, la muestra Hiru Eliza / Tres iglesias. Vitoria-Gasteiz, 1958-1968, es una de las que ningún interesado en estas cuestiones debería perderse.

La historia de la renovación tipológica del templo religioso en España durante la post-guerra tiene algunos capítulos decisivos. Así, el Premio Nacional de Arquitectura de 1954 se convocó bajo el tema de una Capilla en el Camino de Santiago y el único proyecto presentado fue el de los arquitectos Javier Sáenz de Oiza y José Luis Romaní, junto con el escultor Jorge Oteiza, proponiendo “un poco de fantasía que intenta fomentar nuevas ideas sobre este arte” e incorporando las conquistas recientes de la técnica en la consecución de estructuras espaciales para superar, así, la dependencia de los métodos tradicionales para habilitar espacios sacros. A pesar de ser premiada, aquella capilla no se construyó.

La Orden de Santo Domingo acompañó el camino de la modernización en la tipología religiosa. Nombre propio dentro de esta historia es el del P. José Manuel de Aguilar, por entonces prior del Convento de Atocha y director de la residencia aneja, donde coincidieron en su etapa de estudiantes varios protagonistas de la misma historia: de la Hoz, García de Paredes, Ramón Vázquez Molezún, Carlos Pascual de Lara… El Colegio Mayor de Santo Tomás de Aquino (1953), Aquinas, encargo de la Orden Dominica a Rafael de la Hoz y José Mª García de Paredes, en Madrid, muestra hasta qué punto el “estilo internacional” había sido asumido y actualizado por los arquitectos españoles, logrando el Premio Nacional de Arquitectura en 1956. De la mano del P. Aguilar nació el ‘Movimiento de Arte Sacro’ (1955), iniciativa dominica para estímulo y orientación de artistas mediante coloquios doctrinales, concursos, exposiciones y ensayos. 

En España el arquitecto de los Dominicos fue Miguel Fisac. Tras su estancia en tierras nórdicas sufrió una especie de catarsis que le llevó desde cierta actualización del clasicismo hacia posturas organicistas. Dentro de esta evolución, pero conservando aún reminiscencias del pasado, se encuentran dos obras clave: los conjuntos de Arcas Reales, en Valladolid (1952-55), y el Teologado de San Pedro Mártir, en Alcobendas (1955-58). Con su preocupación por la mejor agrupación de los fieles alrededor del altar Fisac acabó dibujando una planta de generación hiperbólica, revolucionaria para su momento. Por su calidad espacial, fruto de un magistral manejo de la luz, Arcas Reales y, sobre todo, Alcobendas marcan un antes y un después en la arquitectura sacra de nuestro país.

Por nuestra parte, en el País Vasco, tras el desastre provocado por el Obispado de San Sebastián entre 1953 y 1955 en la Basílica de Aránzazu, brillante producto híbrido entre la tradición y la renovación, la Iglesia católica local fue consciente de que por ese camino -intromisión, censura, prohibición y paralización de obras, tanto en lo arquitectónico como en lo artístico- no conseguiría mantener la unidad pastoral. Como suele suceder con personas y entidades prepotentes, la Iglesia mantuvo el error de Aránzazu hasta 1969 a pesar de lo mucho que en quince años cambió la sociedad, los fieles y hasta la propia congregación eclesiástica, sobre todo a raíz del Concilio Vaticano II (1962-65). Nunca reconoció el abuso y la injusticia cometidas con Jorge Oteiza y la Orden Franciscana; a pesar de que pudieron haber enmendado la delirante decisión de Monseñor Jaime Font Andreu, sus sucesores en el obispado donostiarra la prolongaron durante década y media. En aquellos años la jerarquía eclesiástica nunca reconocía haber cometido un error; Dios no se equivocaba.

El Concordato establecido entre el Estado español y la Santa Sede en 1953 reforzó el papel político de la Iglesia y este hecho supuso tanto la validación de la jerarquía surgida de la guerra civil (lo que explica la actitud censora e intransigente de Font Andreu) como el inicio de una nueva situación en que las formas y los comportamientos eclesiásticos habían de manifestarse menos abruptos, más tolerantes. Francisco Peralta Ballabriga fue uno de los artífices en el giro del clero post-bélico y autárquico hacia un entendimiento con las nuevas realidades alumbradas por el crecimiento económico de los años 50. Nombrado obispo de Vitoria en 1955, durante su etapa participó en todas las sesiones del Concilio Vaticano II e impulsó la Reforma Litúrgica propiciada por el Concilio. Su promoción de numerosas iglesias en los barrios que fueron apareciendo alrededor de la almendra medieval vitoriana alcanzó su mayor brillantez con los tres templos de cuño moderno que pasaré a comentar. Como contrapeso anti-moderno, al Obispo Peralta Ballabriga también le tocó consagrar en 1969 la neo-gótica catedral nueva de Vitoria (1907, arqs. Julián Apraiz y Javier Luque), ampuloso y retrógrado proyecto que hundía sus raíces en una etapa ya remota y durante la que la levítica ciudad durmió bajo la mirada por militares y curas.

En Vitoria, el Obispo Peralta, aconsejado por el P. Aguilar, contactó con los mejores arquitectos españoles del momento para proyectar cinco complejos parroquiales en los barrios que crecían por el norte y el oeste de la capital. Se formaron varios equipos: Carvajal-Gª de Paredes, Sáenz de Oiza-Romaní, Corrales-Molezún, Sota y Fisac. Resulta especialmente interesante esta convocatoria por mostrar muy diferentes maneras de proyectar. A la postre sólo las iglesias de Carvajal-Gª de Paredes y de Fisac llegaron a realizarse, pero Vitoria quedó como modelo a seguir por la jerarquía más abierta. Las tres parroquias que se muestran en la exposición son la de la Coronación de Nuestra Señora, la de Nuestra Señora de los Ángeles y la de San Francisco de Asís. Las dos primeras son contemporáneas entre sí y fruto de un primer impulso diocesano. La tercera es posterior en diez años, respondiendo a circunstancias diferentes de las vividas por las dos primeras.

Realizada entre 1958 y 1960, la parroquia de la Coronación fue diseñada por Miguel Fisac, pionero de la renovación de la arquitectura religiosa. Aquí, exento y en el difícil solar de una zona aún no definida urbanísticamente, su edificio exploró la captación de la atención del fiel hacia el presbiterio mediante un “muro dinámico” ciego -curvo, envolvente, liso y blanco, sin ningún punto de referencia que obliga a la mirada a resbalar tangencialmente al fondo del ábside- y un “muro estático”, de sillarejo puntualmente perforado por medio centenar de pequeñas ventanas. La construcción se cierra al exterior, con decisión y un muro de desarrollo curvo, generando un espacio austero, pero acogedor; formalmente sencillo, pero con un sofisticado manejo de la luz natural en la zona absidal; resuelto con pocos medios y materiales locales (mármol gris de Deba, piedra caliza de Nanclares de Oca, muro enlucido, hormigón armado sin pulir…), pero de espacialidad rica y cargada con cierto dramatismo. El edificio es uno de los mejores ejemplos del organicismo en nuestro país y en su ejecución, como era habitual en él, Fisac supo rodearse de buenos artistas colaboradores: el crucifijo sobre el altar es de Pablo Serrano y las vidrieras, de Francisco Farreras.

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Planta de la parroquia de la Coronación de Nuestra Señora, por Miguel Fisac.
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Exterior de la Coronación de Nuestra Señora.
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Interior de la Coronación de Nuestra Señora.

Nuestra Señora de los Ángeles, la iglesia de Carvajal y Gª de Paredes, erigida también entre 1958 y 1960, es un conjunto de elaborado diseño, aunque la oscuridad del interior y el deseo de manifestar la estructura -especialmente de la cubierta de pizarra- distrae de otros aciertos. Lo accidentado del solar, una parcela acusadamente triangular en la confluencia de dos calles, fue hábilmente aprovechado como un factor favorable, al convertir el agudo vértice interior en el punto de confluencia visual y, por tanto, ideal para la ubicación del altar al que el espacio interior de la nave conduce de manera ascendente. Interiormente, los dos muros que convergen en la punta están ejecutados con ladrillo caravista y estructura de hormigón en la parte inferior, pero por encima de ellos se despliegan unos formidables entramados de madera soportados por una armadura de acero. Es justamente ese entramado, de gran altura, lo que exteriormente se convierte en la no menos formidable cubierta a modo de afilado y oscuro mascarón de proa. Al estar la manzana urbana ocupada anteriormente por algún edificio que mostraba la medianera orientada hacia el templo, los arquitectos idearon un airoso y esquemático campanile adosado a esa medianera, ocultándola en parte.

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Exterior de la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles, de Javier Carvajal y José Mª García de Paredes.
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Interior de Nuestra Señora de los Ángeles, hacia el presbiterio.

Por último, el templo de San Francisco de Asís fue diseñado por el arquitecto Luis Peña-Ganchegui y levantado entre 1968 y 1971, por tanto, en los post-conciliares tiempos de implantación de la nueva liturgia. Ello llevó a la configuración de un espacio de planta cuadrada en que el altar ocupa el punto central para que la comunidad de fieles se distribuya en abanico ante él. La cubierta, a cuatro aguas, dispone de un gran lucernario en punta que en la parte interior se completa con un lucernario idéntico, pero inverso, generando una enorme punta de diamante luminosa, justo encima del altar. La ordenación espacial de los elementos de actuación y servicios religiosos es inesperada y aparentemente compleja, aunque muy lógica, articulándose a lo largo de un eje diagonal; con ello se refuerza la cercanía entre el clérigo y sus fieles. Así, por ejemplo, la sacristía se halla alejada del presbiterio, lo cual obliga al sacerdote a caminar entre sus congregados para acercarse al altar. Los materiales utilizados fueron hormigón visto y pizarra en el exterior y hormigón visto y hierro en el interior. La envolvente física, como conjunto, se asemeja a lo que podría haber sido un pabellón deportivo.

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Uno de los espacios de encuentro, cerrado y abierto a la vez, a los lados del altar, en el interior de San Francisco de Asís.
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Parroquia de San Francisco de Asís, de Luis Peña-Ganchegui.

La exposición, presentada en el Museo Diocesano de San Sebastián -esto es, en un anexo de la catedral de Santa María, en el Casco Viejo-, está diseñada con claridad argumental, dispone materiales suficientes y variados para entender cada templo y se apoya en una museografía eficaz elaborada con cuidadosa devoción. Excelente comisariado de Rocío Peña y Mario Sangalli.

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Planta de San Francisco de Asís.
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La nave hacia el presbiterio con el coro envolviendo el altar en San Francisco de Asís.

 

Mugak 2019: primeras impresiones (I).

La segunda edición de la Bienal de Arquitectura de Euskadi lleva ya varias semanas abierta al público, pero hasta el momento no había tenido ocasión de venir a San Sebastián para visitarla. Otro motivo me ha acercado hasta aquí, así que entre ayer y hoy (y espero que mañana también) estoy pudiendo conocer algunas de sus ofertas.

Siguen presentes aspectos negativos que ya conocimos en la primera edición, tales como la fragmentación unida a la dispersión, ahora expandida a otras ciudades, la equiparación de eventos, provocando confusión acerca de lo importante y aquello que lo es mucho menos, la ausencia de un eje temático con productos de elaboración propia alrededor de tal eje y la sensación de que, de nuevo, se ha acometido la tarea en las vísperas del acontecimiento, en vez de haberlo hecho desde el momento en que finalizó la edición anterior.

Entre lo positivo parece haber existido una mayor dotación financiera por parte de su impulsor principal (el Departamento de Medio Ambiente, Planificación Territorial y Vivienda, del Gobierno Vasco) o -si no fuera así- una mejor organización del gasto. También se dispone de una sede central en el Instituto de Arquitectura de Euskadi, EAI-IAE, un edificio históricamente muy interesante, pero con una compleja organización espacial interna y que apenas ofrece un par de espacios de dimensión media-pequeña para exposiciones más una regular sala de conferencias. No es mejor que el Palacio de Miramar, utilizado en la edición anterior, ni resulta tan accesible, pero al menos es un espacio propio y permanente dedicado a la difusión y al conocimiento de la arquitectura.

Esta insuficiencia del espacio propio es lo que obliga a la Bienal a ocupar áreas expositivas mejores pertenecientes a otras instituciones públicas locales, como el Museo San Telmo, el Kursaal y el Museo Diocesano, los cuales al menos no quedan distantes entre ellos. Más alejadas se hallan otras instituciones implicadas en la Bienal, como la Escuela de Arquitectura de la EHU-UPV, la Biblioteca Carlos Santamaría, Tabakalera y el Museum Cementos Rezola. Por supuesto, se puede argumentar que tal dispersión es una ventaja porque permite recorrer la ciudad de sede en sede, posibilitando descansos entre visita y visita, en vez de abrumar al visitante con toda la oferta en un sólo emplazamiento. Cierto, pero también es verdad que esa ventaja comporta el inconveniente de que para el público general la Bienal de Arquitectura carece de un lugar reconocible como su sede central. El edificio del EAI-IAE en la falda del Urgull es conocido por arquitectos y cuatro aficionados; de tal modo, el evento no se plasma en una sede que la ciudadanía identifique como específica y al alcance de la mano. Otra consecuencia de esta insuficiencia espacial es que algunas exposiciones se tienen que dividir para ser presentadas en dos emplazamientos diferentes, caso de la Escuela de Ulm (EAI-IAE y Museo San Telmo) y la vivienda transgeneracional (plaza Zuloaga y Museum Cementos Rezola).

Es lo que hay y habrá que acostumbrarse a ello, reconociendo que esa dispersión geográfica desorienta al público. Y esto es grave si, como se declara, uno de los objetivos es popularizar la arquitectura de nuestro tiempo entre la ciudadanía. Lo veo complicado, pero no sólo por esa razón de fragmentación y dispersión, sino porque, reconozcámoslo, la arquitectura atrae a un segmento muy reducido de la población. Naturalmente, habrá que hacer lo posible para que le interese, pero tal conquista se logrará, creo yo, con actividades y eventos de muy alta calidad y no con guiños fáciles en la calle, pretendiendo captar la atención del paseante. Un engorro paralelo es que, al tratarse de instituciones diferentes, cada una se abre al público con horarios y días que no siempre coinciden, con lo cual sucede que quien se acerca a Donostia para visitar la Bienal, dependiendo del día de la semana y de la hora que sea, podrá ver esto pero no aquello, se encontrará con que tal lugar aún no ha abierto las puertas, aunque sean las 11:00 de la mañana, y que otro ya las ha cerrado, siendo las 18:00 horas. Inconveniencias del depender de otros y no ser autónomo.

También pienso que la ampliación de actividades de la Bienal a Bilbao y Vitoria no aporta nada al evento. Entiendo que el promotor institucional, por serlo de todo Euskadi, crea que es bueno -o sienta que es obligatorio- un reparto, siquiera unas mínimas gotas, de sus benéficos efectos distribuidos por el territorio, pero francamente una charla aquí o una visita allá no suponen algo significativo -o apenas perceptible- en unas ciudades con una poderosa actividad cultural y en las que esas gotas de arquitectura quedan, como las lágrimas del replicante Roy Batty, perdidas en la lluvia.

Bueno, entrando en el contenido de esta segunda Bienal, lo que más me sorprende es la escasa atención que se le presta a la arquitectura contemporánea, pues casi la totalidad de sus exposiciones más fuertes son de carácter histórico. Tanto las tres iglesias de Vitoria, como la experiencia de la Escuela de Ulm, como los avatares del solar K antes de que Rafael Moneo levantara su propuesta de Kursaal, como la muestra sobre diseño industrial vasco…, todas se refieren a hechos, arquitecturas y diseños de un pasado más o menos reciente. Muy interesantes algunas de estas exposiciones, menos otras, pero ninguna se vincula con la actual creatividad arquitectónica. Cuesta entender por qué motivo en esta ocasión no hay una exposición como la de hace dos años, centrada en la obra de Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramón Vilalta, responsables del estudio RCR en Olot (Gerona), y Premio Pritzker en 2017.

La única que se centra en el momento que vivimos es la organizada en base al “Premio Peña Ganchegui a la Joven Arquitectura Vasca”. Por supuesto, como actuales, también están los trabajos de los alumnos del Master Universitario, pero son lo que son.

Independientemente de interés de las exposiciones y actividades individuales, lo que esta segunda Bienal tampoco termina por ofrecer es una identidad definida, una naturaleza que la haga diferente y destacable entre otras Bienales similares, un carácter singular que le procure un perfil distintivo. La sensación que se obtiene es la de que, de nuevo, nos encontramos con un programa constituido por una heteróclita acumulación de propuestas, más o menos elaboradas, que no profundizan, como conjunto, en una idea-fuerza, en un impulso identitario. Mera agrupación de acontecimientos individuales que no suman hasta lograr ser algo superior.

Otra actividad interesante incluida en la Bienal es la articulada con el nombre de “Conexiones: arte y arquitectura”, en la que se han implicado cuatro galerías de arte bajo una mirada curatorial compartida. Algunas conferencias, charlas y proyecciones cinematográficas enriquecen puntualmente el evento. Iré dando cuenta de todo ello, más en detalle, en la medida que me sea posible.

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Josef Albers en la Escuela de Ulm en 1953, tras residir e impartir clases en el Black Mountain College, Carolina del Norte (EEUU), desde 1933.

 

‘Obispado de Bilbao’ Real States.

La semana pasada, por fin, los vecinos de Abando tuvieron noticias del Obispado de Bilbao acerca de su reivindicación referente a un pequeño parque-jardín público de proximidad donde la Diócesis, frente a esta higiénica y saludable propuesta, quiere construir un bloque de siete plantas más cuatro subterráneas que asfixiará una zona ya congestionada. En realidad, la semana pasada se tuvo una doble noticia episcopal: primero, la rueda de prensa en la que, como el Presidente de cualquier gran corporación empresarial, presentó el balance de resultados económicos durante el año pasado, y segundo, la entrevista que por el motivo anterior concedió a una radio local. La mención al hecho reivindicativo y vecinal sólo se produjo durante la entrevista, pero gracias a la rueda de prensa se conoció el contexto económico en el que la Iglesia bizkaina asegura no permitirse renunciar al bloque edificatorio.

Durante la entrevista, el Obispo Iceta expresó su esperanza de que, en el marco de la discrepancia de opiniones acerca del futuro para el solar del colegio de las Carmelitas, hubiera “paz social”. ¡Caramba!, no podía imaginarse que, para su Eminencia, la discrepancia democrática significara alteración alguna de la paz social o riesgo de caer en ella. Los vecinos no lo ven así y creen haber estado comportándose en todo momento como sujetos sumamente pacíficos y civilizados, recurriendo a las vías oficiales establecidas para impedir un proyecto que consideran perjudicial para el barrio. No sólo eso, sino que también han organizado conferencias abiertas al público general impartidas por historiadores y sociólogos, han elaborado campañas sociales para concienciar sobre el problema con actividades fotográficas y artísticas elaboradas por vecinos y transeúntes…, bueno, también, un día cortaron las calles Heros y Lersundi durante 60 minutos para llevar a cabo una manifestación que tenía permiso municipal. Ya que el Obispo habla tan a menudo de Cultura, Bien Común y Ejercicio de Solidaridad, se le puede informar que esos vecinos, sin medios apenas, pero con enorme voluntad y determinación, también están haciendo cultura arquitectónica, social y urbanística al defender la supervivencia de esa parcela tal como es. Esperan que las actividades reivindicativas no le hayan parecido al Sr. Obispo alteración de la paz social.

Ahora bien, si “una vez se aclare todo”, confía que “el proyecto se pueda realizar con paz social” y con esto entiende que se deje de reclamar el anhelo vecinal para que él no tenga un dolor de cabeza…, que lo vaya olvidando porque perseverarán. Y sí, a los vecinos les gustaría mucho que se aclarara todo, incluido si el Obispado solicitó al Ayuntamiento la recalificación urbanística de la parcela, justificada en su necesidad de unificar los diversos y dispersos servicios que ofrece, pero sin mencionar el hecho de tener decidida la venta de la mitad de la nueva edificabilidad. La clínica Mutualia le compró esa edificabilidad y este asunto, hecho público dos días después de las últimas elecciones municipales, se tuvo que estar negociando desde muchos meses antes.

Otra cuestión notable que apuntó en su entrevista es que a la Iglesia “le asiste la legitimidad” para llevar a cabo su mastodóntico proyecto. Resulta curioso que apele a la legitimidad, dejando a un lado la “legalidad” porque el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco ha admitido a trámite un recurso contencioso administrativo interpuesto por Ecologistas en Acción – Ekologistak Martxan contra el acuerdo de aprobación definitiva del Estudio de Detalle de esa parcela a la vista de la falta del estudio de Evaluación Ambiental Estratégica que exige la ley, solicitando al Tribunal que tome medidas cautelares que impidan la aprobación de licencias para actuar en ese edificio y patio. El Obispado de Bilbao había anunciado su intención de comenzar las obras de demolición  este pasado mes de agosto, lo que no está sucediendo. ¿Hay alguna otra ilegalidad más que todavía no ha sido destapada?

Iceta, condenado y multado por graves irregularidades contables en CajaSur entre 2004 y 2008 que causaron la ruina de la entidad, formó parte de su Consejo de Administración, integrado en su mayoría por sacerdotes –por lo visto, todos ellos poco familiarizados con la gestión-. Como argumentos más poderosos para negarse en rotundo a la existencia de una zona verde para niñas, niños y ancianos (abundantes en el barrio) el jerarca eclesiástico planteó estos dos: (a) que, por tener sus múltiples oficinas y dependencias dispersas por Bilbao, se ve obligado a recorrer en ocasiones varias de ellas en una sola jornada, “hay días que tengo que desplazarme a cuatro edificios distintos”, lo cual debe ser intolerable para este hombre bien alimentado, aspecto saludable y de tan sólo 54 años y (b) que, caso de lograr construir el macroedificio, el barrio podrá presumir de la mayor biblioteca euskérika; ¡por favor! ¿es este un recurso político-sentimental con el que pretende ganar apoyos? ¿mayor que la existente en la Biblioteca Foral, ubicada a escasos siete minutos de distancia?

Por otra parte, en la rueda de prensa anunció que los ingresos de la Diócesis de Bilbao durante el ejercicio 2018 fueron de 30 millones de euros, de los que el 70% procedieron de su autofinanciación y por donativos de los fieles. Más de 4’5 millones de euros le llegaron por vía de subvenciones y ayudas públicas nutridas por los impuestos de todos los ciudadanos, creyentes o no. Bueno es saberlo para la próxima ocasión en que soliciten exenciones fiscales, favores institucionales y regalías de los creyentes. Otros millones de euros le vinieron por “servicios y otros ingresos” más “rendimientos de patrimonio”, lo cual significa explotación de bienes inmuebles, cuyo principal gestor es la sociedad Administradora de Inmuebles Seminario, encargada de rentabilizar los locales del antiguo y enorme seminario de Derio, la cual -sólo por esta fuente- le procuró un beneficio de más de 1’1 millón de euros. En el balance de “ingresos” y “gastos” la curia local se cuida muy mucho de mencionar los enormes “no gastos” que se ahorró gracias a sus privilegiadas exenciones fiscales. Algunas fuentes apuntan que, en conjunto (iglesias, ermitas, suelo rural, lonjas, edificios civiles…), esos “no gastos” pudieran representar mucho más de lo que ingresó, más de esos 30 millones contabilizados.

Aseguraba Monseñor Iceta que “la transparencia” es uno de sus pilares, pero al referirse a Caritas Bizkaia, la Entidad Diocesana que trabaja por los más desfavorecidos de la sociedad, sólo mencionó el número de individuos y misioneros atendidos (¿100% atendidos?), pero no de dónde procedieron los 11 millones de euros que la entidad gestionó durante el ejercicio 2018, si los aportó el Obispado en exclusiva o si contó con otros ingresos no eclesiásticos, como es bien sabido que así sucede (ver tabla adjunta con los ingresos de Cáritas Bizkaia). Sin ser mal pensados, podría parecer que el Obispado de Bilbao quiere dar la sensación de que Caritas Bizkaia se sostiene exclusivamente con sus aportaciones. En fin…, transparencia, no mucha; ocultación y disimulo, bastante.

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Ingresos económicos y procedencia de los mismos en Cáritas Bizkaia durante 2018, ¿cuál es la aportación del Obispado de Bilbao? ¿colectas y otros ingresos propios?, es decir, ¿el 18% del total?.

Por último, respecto a los abundantes pisos e inmuebles que posee el Obispado, Iceta dijo haber puesto a disposición del Departamento de Vivienda del Gobierno Vasco, mediante convenio, cuatro pisos que tenía vacíos y un quinto “que se está rehabilitando” (¿quién paga la rehabilitación, el Obispado o el Gobierno Vasco?). Además, aseguró que por medio de Cáritas Eguzkilore “prácticamente la totalidad de pisos del Obispado están ocupados por los párrocos o cedidos a la fundación de Cáritas Eguzkilore, que desde hace unos años trabaja también gestionando viviendas destinadas a la necesidad social”, aseguró el prelado. También informó que Eguzkilore gestiona 96 viviendas, pero no dice que sean suyas, oculta el dato, y uno no puede sino preguntarse cuántos pisos, locales e inmuebles más posee el Obispado que no están, “prácticamente”, dedicados a la gente necesitada. En su rendición de cuentas, dentro del apartado Cáritas Diocesana, el Obispo Iceta no declara nada acerca de este tentáculo, Fundación Eguzkilore, cuyos dos primeros “servicios instrumentales de gestión de vivienda” declarados son (1) la “captación de vivienda tanto de entidades públicas, entidades privadas, particulares y entorno eclesial”, y (2) la “articulación de una cartera de viviendas que se adecúe, desde el punto de vista geográfico, a la demanda y necesidad de las personas y familias”.

En unas declaraciones que hizo el pasado marzo, Monseñor Iceta declaró ante un foro de empresarios y directivos que “lo más importante son las personas, no las estructuras, porque la Iglesia no es una entidad lucrativa” y añadió que el objetivo de su labor es “el cuidado de las personas y el bien común, que no es lo mismo que velar por el mejor interés”. Amén a todo eso. Hala bedi.

De V. Excia. Revma. fiel servidor, que besa Su pastoral anillo (Q.B.S.P.A.).

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El Obispo de Bilbao, Mario Iceta.

Paisajes del progreso (dibujando fábricas).

La historia de la industrialización tiene aún muchas páginas pendientes de ser escritas. Algunas se refieren a procesos, técnicas y actividades que cambiaron el mundo, orientándolo hacia horizontes  inéditos en lo económico, lo social y lo político. Algunas otras son pequeñas notas a pie de página que mencionan nombres a punto de caer en el olvido y hechos de escasa relevancia, pero que, unidos a los que sí fueron importantes, completan el relato y añaden matices a la realidad multiforme que se vivió. Tanto lo relevante como aquello que sólo fue anecdótico va desapareciendo ante nuestros ojos. Las fábricas se derriban, sus archivos se tiran al suelo o se venden al peso y la memoria de los últimos trabajadores que manejaron cierta tecnología ahora en desuso van muriendo sin que se recoja el testimonio de su saber hacer… Son arqueología, aunque todavía estén vivos. Es una lucha contra el tiempo y la desidia.

Uno de esos minúsculos detalles se refiere a la manera en que las propias empresas se quisieron ver a sí mismas antes de que la fotografía -en particular la fotografía aérea- pudiese proporcionar vistosas panorámicas de las instalaciones industriales que les sirvieran como tarjeta de presentación en congresos y ferias o frente a las empresas de la competencia.

Durante los años 40 hubo en Bilbao un dibujante que se especializó en la realización de vistas aéreas de las fábricas más poderosas del sector. Firmaba sus trabajos como D’ABADIE y ha quedado nulo recuerdo de él en las páginas de los libros que tratan sobre la industrialización en Bizkaia. Quizás tampoco lo merezca, pero fue quien se encargó, breve y puntualmente, de ofrecer imágenes del poderío industrial local. Algunas empresas todavía conservan sus visiones y las cuidan, caso de Vicinay, pero en la mayoría de las ocasiones sólo quedan reproducciones de aquellos dibujos, no los dibujos en sí mismos. Alguno he encontrado sucio y roto en fábricas abandonadas desde hace décadas,  caso de VALCA o Sarasqueta, pero en general, tras cerrarse las oficinas en las que estas ilustraciones se conservaban (normalmente, en la sala del consejo, el despacho del director o la sala de espera), tanto el mobiliario como los elementos decorativos solían ser despreciados y desahuciados a la basura.

A lo largo de algún tiempo me dediqué a guardar cuantas imágenes elaboradas por D’ABADIE fui encontrando. Este hombre, del que no conocemos su nombre completo ni si era francés o español, concentró su actividad en los municipios del Bajo Nervión, pero he encontrado alguna imagen suya dibujada para un edificio de talleres por pisos en Éibar y otra para una industria química en el norte de Burgos (aunque implantada por empresarios de Bilbao).

Tenía un estilo característico, no sofisticado pero sí eficaz para lo que los empresarios pretendían. No era artista -tampoco lo pretendía-, ni arquitecto, quizás delineante… Elaboraba vistas axonométricas, es decir, vistas tomadas desde un punto elevado, picadas hacia abajo y desde cierta distancia a partir de una de las esquinas o puntos angulares del conjunto de inmuebles fabriles. Así lograba dar una imagen general de la totalidad de las instalaciones con fugas visuales, no siempre isométricas, hacia el fondo por la derecha e izquierda. No intentaba ser creativo, sino fiel a la realidad, como si la fábrica hubiera sido recién estrenada -impecable, sin suciedad ni daños-, lo que en muchos casos pudo ser así, de hecho.

Casi siempre dejaba que la línea del horizonte rematara la parte superior de la imagen, dando entrada a fragmentos de paisaje, con lo que lograba una sencilla conjunción de artificio y naturaleza. En los primeros términos solía dar entrada a carreteras, ríos o vías de ferrocarril por los que circulaban coches, camiones, tranvías, barcazas y trenes, ofreciendo una sensación clara de dinamismo fabril o empresarial. Un detalle curioso es que las chimeneas dibujadas, siempre, todas, están echando al aire largas humaredas negras, lo que entonces no era visto como algo poco ecológico, sino como una positiva muestra de actividad productiva. No se observa demasiada gente en los alrededores, mucho menos a los obreros, los cuales estaban laborando dentro de las fábricas, ganando su sueldo.

El formato era siempre apaisado, muy apaisado, y las medidas del dibujo superaban en su lado más largo los 100 cm. La técnica utilizada era, sobre todo, tinta china sobre un papel no muy grueso y frágil, motivo por el cual el dibujo, una vez acabado, era fotografiado de inmediato para encargar reproducciones del mismo. El hecho de mostrar las fábricas desde un punto de vista elevado proporcionaba una imagen de cierta grandiosidad que, sin duda, era querida por los empresarios. Como los antiguos generales que solicitaban a pintores el encargo de plasmar aquellos paisajes en donde habían acontecido sus victorias militares, los industriales bizkaínos encargaban a este modesto dibujante que les representara el paisaje de sus éxitos económicos.

La industrialización creó muchos oficios nuevos acordes a las tecnologías que constantemente se renovaban y que, por tanto, causaban la desaparición de los oficios antes engendrados; los nuevos, a su vez, desaparecían en cuanto las técnicas cambiaban… De muchos de esos oficios que existieron no conservamos noticia. Uno de aquellos trabajos que exigió la presencia de un profesional que supiera dibujar e imaginar la arquitectura industrial desde las alturas, a “vista de pájaro”, fue el que desempeñó D’ABADIE. Una pequeña nota a pie de página para el recuerdo.

Aquí van algunas cuantas de sus realizaciones.

Aurrerá
Aurrerá, S.A., en Sestao. Fundición de hierro, acero, bronce, etc. Tuberías de hierro fundido. Llaves de compuertas. Cierres hidráulicos. Radiadores y material para calefacciones. Construcción de maquinaria.
Babcock & Wilcox
Sociedad Española de Construcciones Babcock & Wilcox, en Galindo-Sestao. Centrales térmicas. Motores Diesel marinos y estacionarios; licencias Sulzer y Burmesister & Wain. Construcciones metálicas. Grúas y transportadoras. Locomotoras eléctricas y de vapor. Tubos de acero. Tubos fundidos. Engranes. Fundiciones de acero, hierro y bronce.
C. E. de Pinturas Internacionales
Compañía Española de Pinturas Internacionales, en Luchana-Erandio. Pinturas y barnices.
Recalde
Echevarría S.A., en Rekalde-Begoña. Aceros finos inoxidables, fundidos, etc. Aceros para minas, caldas, ballestas y toda clase de herramientas. Aceros calibrados, lingotes de hierro, perfiles comerciales, clavos, tachuelas, alambres, etc. (1943).
Santa Agueda
Echevarría S.A., en Santa Agueda-Barakaldo (1943)
FAES
Fábrica Española de Productos Químicos y Farmacéuticos, FAES, en Lamiaco-Lejona. Productos químicos y farmacéuticos.
FIRESTONE
Firestone Hispania, S.A., en Basauri. Cubiertas, cámaras, rollos de cinta aislante, correas diversas, tejidos diversos, algodón hidrófilo, ruedas metálicas, carretillas metálicas, bujías y otros productos.
Forjas y Alambres del Cadagua
Forjas y Alambres del Cadagua, en Alonsótegui. Alambres y herramientas.
Franco-Española de Cables y Alambres
Sociedad Franco Española de Alambres, Cables y Transportes Aéreos, en Desierto-Erandio. Cables de acero para la marina, pesca, industria y minas. Construcción de tranvías aéreos, puentes colgantes, etc.
J. K. Earle
Eduardo K. L. Earle, en Lamiako-Lejona. Cobre, latón, alpaca, bronce, chapas, rollos, ferro-aluminio, aluminio y sus aleaciones.
Olabeaga
SADER (actualmente), en Zorroza-Bilbao. Fertilizantes y productos químicos. Nota incorporada el 17 de noviembre de 2019: Un lector dice desde facebook que esta imagen pertenece a la Sociedad Española de Fundiciones Eléctricas, SEFESA, que estuvo en Olabeaga y cuyo solar se halla ahora ocupado por viviendas. Tiene razón, tanto por la altura en que se encuentra respecto a la ría como por la presencia de esa casona ribereña (en Zorrotza no las hay ni las hubo de ese tipo). Por tanto, no es SADER, que se encuentra más aguas abajo.
SIGA
SIGA, Sociedad Ibérica de Gomas y Amiantos, S.A., en Asúa.  Artículos de goma. amiantos y cartón klingerit para industria, mangueras, correas, planchas, neumáticos para bicicletas, calzados de goma, empaquetaduras, etc.
TARABUSI
Tarabusi, en Deusto-Bilbao. Fabricación de pistones “Borgo” y accesorios.
VALCA
Sociedad Española de Productos Fotográficos, VALCA, en Sopeñano, Valle de Mena (Burgos). Placas de cristal, papeles y películas fotográficas, placas radiográficas, productos químicos para laboratorios de revelado (1950).
Sarasqueta (1952)
Sarasqueta, en Éibar (Gipuzkoa). Piezas metálicas calibradas para armas y maquinaria general (1952).

zorroza

Pequeño Vaticano en Begoña.

No hay muchas dudas acerca de que el Obispado de Bilbao es uno de los más grandes propietarios de suelo urbano y -esto ya sin ninguna duda- el más importante propietario inmobiliario de Bizkaia. En consonancia con el valor económico de esas propiedades, también es, sin muchos escrúpulos, un eficiente gestor económico de su patrimonio, si por eficiencia entendemos la obtención de beneficios “pro sua domo”. Bien es cierto que tal patrimonio ha sido, en buen medida, usurpado de manera poco legítima -aunque una reforma de la Ley Hipotecaria de 1998, en tiempos del gobierno de Aznar, le haya permitido dar ese golpe de mano- al haberse hecho con la propiedad de decenas de templos, ermitas, huertos, cementerios, solares, pisos, lonjas y edificios de todo tipo que, de hecho, nunca fueron estrictamente suyos (salvo las donaciones documentalmente probadas), aunque los utilizara para actividades litúrgicas o diocesanas. Aquella reforma equiparaba la figura del eclesiástico, el obispo, con la de un fedatario público. Mientras que un ciudadano, para registrar una propiedad familiar por primera vez, debe presentar pruebas y testigos a la administración, la Iglesia quedaba exenta de esas obligaciones.

No los construyó la Iglesia, ni los compró, ni los mantuvo con su dinero…, pero sí los inmatriculó en el Registro de la Propiedad como suyos en cuanto la legislación abrió esa posibilidad. Fueron edificios sociales construidos en unas épocas de dominio ideológico y espiritual de la Iglesia para ser utilizados en su exclusivo beneficio.

El argumento con el que la Iglesia sostiene que estos edificios deben pertenecer a la comunidad cristiana actual (eufemísticamente, en realidad quiere decir “pertenecer al Obispado”) es que siglos atrás fueron erigidos por las comunidades cristianas de entonces, estableciéndose un vínculo de uso y propiedad. Pero esto es falso, vínculo de uso sí, pero no de propiedad porque todos esos templos, ermitas y demás fueron levantados por unas sociedades (sin adjetivos religiosos) que no tenían alternativa a no hacerlos, al imponerles y obligarles a su financiación y construcción. Es como decir que puesto que muchas casas consistoriales fueron erigidas en tiempos de los reyes, Austrias o Borbones, si llegara la III República los nuevos ediles municipales no podrían celebrar sus reuniones en ellas… por no ser monárquicos. Absurdo.

Y la Iglesia se apropió de todos ellos a la chita callando, como prefiere actuar para que no resulte visible que ya no comulga con aquello de su “Reino no es de este mundo”. Sí, sí es de este mundo, sí es de esta tierra, de este suelo que pisamos, de este solar con bienes raíces, su Reino son estas construcciones y parcelas que explotan como bienes de valor dinerario a los que extraen beneficios jugosos para seguir incrementando su fuerza económica o, lo que es igual, su influencia política.

El Obispado de Bilbao, que antes controlaba las almas y los cuerpos de sus fieles bizkainos a través de la Doctrina religiosa, que después -y aún hoy- aseguró la continuidad de su dominio sobre las personas a través de la educación primaria, secundaria y universitaria, ahora prefiere ejercer el poder por medio de la fuerza que  despliega en los pasillos de las instituciones, como hace cualquier entidad bancaria o una gran corporación, es decir, como los que mandan sobre la ciudadanía de verdad, escondidos, sin dar la cara, sin decir cuáles son sus bazas y cómo las han conseguido. Peor aún, presionan a los políticos al hacerles creer que pueden influir en las decisiones electorales de su rebaño y mienten cuantas veces sea necesario al decir que sus fines son pastorales cuando en realidad actúan como mercaderes en cueva de ladrones.

No cotiza impuestos, recibe dinero publico para sus sacerdotes por parte de un Estado laico, no se autofinancia mediante las aportaciones de sus fieles como estableció el vigente Concordato con la Santa Sede, los edificios que dice ser suyos se restauran con subvenciones de la administración foral, llena el antiguo seminario de Derio con 83 empresas privadas y no paga el IBI…, sus privilegios son inmensos e incomprensibles en pleno siglo XXI. Se calcula que la Iglesia católica a través de subvenciones directas y exención de tributos se beneficia del Estado con una cifra que ronda los 11.000 millones de euros al año. En ciudades como Ávila, Toledo, Burgos y Santiago la Iglesia es dueña del 70% del suelo habitable. Sería necesario conocer qué porcentaje posee en Bizkaia, si la opacidad no lo impidiera. Sólo para financiar el culto, al clero y el proselitismo religioso la Iglesia española recibe del Estado 250 millones de euros al año. ¿Cuánto de esta cifra, en concreto, recibe la Iglesia bizkaina?

¿Cómo y en base a qué principio distributivo el Obispado de Bilbao -cualquier Obispado, en realidad- recibe su parte de esa inmensa cantidad de dinero público si la gente es cada vez más desafecta a su control, si cada día es más pequeño el número de ovejas que pastorea? Lo consigue por el poder económico que en su caso es la propiedad de suelo urbano, suelo rural y bienes inmobiliarios. Para que su fuerza se haga patente en la gestión de la vida colectiva sólo le hace falta tener en los centros de poder político a sujetos sumisos, corderos atemorizados, tipos adoctrinados y fieles. Y los encuentra, vaya que si los encuentra, mansos, cómplices y obedientes a sus intereses, aunque estos vayan en contra de los intereses sociales.

Como fieros brokers inmobiliarios -lobos de Wall Street-, en San Sebastián y Bilbao se están viviendo en los últimos tiempos situaciones verdaderamente alarmantes por cuanto suponen un alejamiento notable de sus proclamadas consignas de austeridad, humildad, desprendimiento, diálogo…

Esta empresa inmobiliaria y de bienes raíces disfrazada como católica unión de cristianos posee en Bilbao un feudo impresionante junto a la basílica de Begoña, un territorio enorme en una de las zonas exclusivas de la ciudad donde residen las oficinas del Obispado junto a frondosos y amplios jardines. Al mismo tiempo que impide a los vecinos de Abando disponer de un pequeño espacio libre en un barrio saturado de edificaciones y tráfico, el Obispo y su congregación íntima gozan de un edén particular en el centro de la ciudad, un pulmón verde privado… para sus oraciones.

Para mí resulta difícil calcular el número de metros cuadrados que tiene en ese pequeño Vaticano local, pero debe de ser por arriba de los 10.000-12.000 m2. A falta de una cifra exacta pongo aquí una vista aérea de la zona, acotada por una línea roja. El territorio incluye, además de la propia basílica y el porticado edificio cural anexo, la Casa de Espiritualidad y sus extensos jardines a la derecha del templo, la Residencia de los Venerables y sus no menos amplios jardines a la izquierda, antes de llegar a la inmediación de la basílica, y, colindante con lo anterior, el antiguo cementerio, sucio y abandonado desde hace décadas (¿es propietario, pero no responsable?). Quizás me esté dejando fuera de la demarcación la plaza trasera, sobre los túneles, pues no estoy seguro de que le pertenezca.

Begoña

Sus propiedades en el área de Bilbao son numerosas, algunas de ellas incluso en zonas estratégicas de la ciudad y de fuerte desarrollo actual, como Basurto, pero se ha empeñado en un pequeño solar vacío y susceptible de ajardinarse para construir en él un enorme edificio. Se requirió una rectificación urbanística, la cual justificaron en base a ciertos objetivos diocesanos, pero posteriormente, una vez logrado el cambio de uso, se desvelaron objetivos falaces al vender a una clínica privada la mitad de la nueva edificabilidad conseguida.

Hay constructores, promotores inmobiliarios, propietarios de suelo urbano…, incluso estafadores profesionales, que mienten menos que la Iglesia católica en los despachos municipales y algunos traficantes de drogas actúan con mucho menos oscurantismo. ¡Ah, pero su Reino no es de este mundo!

En las décadas de los años 60 y 70 la Iglesia católica, aliada del Estado franquista y dominada por una jerarquía arcaica y guerracivilista, sufrió una enorme sangría entre sus filas al abandonar los hábitos miles de sacerdotes y vaciarse los seminarios. Su falsa espiritualidad y los reaccionarios intereses ideológicos la condujeron a la primera gran crisis moderna que vivió. Medio siglo después, ahora, su desvelamiento como corporación económica estrechamente ligada a intereses materiales e inmobiliarios le conducirá a la segunda gran crisis. De espiritualidad, falsa o verdadera, ya no le queda nada, sólo ambición, dinero y propiedades.

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Acceso a la Casa de Espiritualidad con palmeras semejantes a las que el Obispado de Bilbao se ha propuesto eliminar en el patio de recreo del antiguo colegio de las Carmelitas de Barraincúa.
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Jardines de la Casa de Espiritualidad.
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Jardines de la Casa de Espiritualidad.

 

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Muro exterior que delimita la Casa de Espiritualidad, tras ella.
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Residencia de los Venerables y sus jardines.
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Entrada al antiguo cementerio de Begoña.

Nota incorporada el 15 de noviembre de 2019. Me puntualizan que el cementerio de Begoña es propiedad municipal y que la Casa de los Venerables y sus jardines lo son de la BBK. En todo caso, territorio espiritual de la Iglesia católica anexo al Vaticano begoñés.

Huellas febriles de otro tiempo.

Sucedió sobre todo en las décadas de los años 50 y 60, antes de que existiera conciencia social e institucional sobre el valor de la arquitectura de viviendas por pisos, es decir, sobre la práctica totalidad de lo construido en los Ensanches desarrollados a finales del siglo XIX y principios del XX. En aquella época (no hace tanto tiempo en realidad, apenas han pasado 50 años) sólo se consideraban dignos de protección los edificios de claro origen histórico -lo que significaba más de un siglo de existencia- en los que hubiera acontecido algún hecho relevante en el devenir de la sociedad ubicada a su alrededor y que, por supuesto, manifestara a las claras en sus fachadas exteriores y espacios interiores unos indicios notables de algún estilo definido por la historia del arte. Aún así, muchas construcciones que reunían esas condiciones -antigüedad, eminencia histórica y singularidad estilística- fueron derribados hace cincuenta años con el permiso de ayuntamientos y organismos supuestamente dedicados a la vigilancia y protección del legado arquitectónico.

Si esto era así con joyas de la arquitectura, ¡qué decir de los modestos inmuebles de pisos que apenas alcanzaban los tres cuartos de siglo, diseñados por maestros de obras o arquitectos poco conocidos para viviendas familiares de clase media en régimen de alquiler! Los derribos integrales y las alteraciones fisonómicas era permitidas sin problema. Ni siquiera se les tenía en cuenta como elementos constituyentes de un paisaje urbano-ambiental, que es lo que hoy admiten los PGOU para permitir su derribo interior a cambio de conservar sólo sus fachadas para escenografiar la ciudad.

Esto que ahora se valora como telón de fondo de calles armonizadas por inmuebles característicos de una época, la fachada, hace cincuenta años era completamente   rechazado como portador de alguna clase de interés patrimonial. Por eso quiero comentar aquí los casos de algunos edificios a los que se les facilitó un cambio de rostro, una especie de ‘lifting’, mediante el que, en nombre de la rehabilitación, perdían sus alzados originales para recibir otros notablemente peores. La práctica no duró mucho tiempo, por fortuna, y podemos considerar este episodio como una especie de fiebre temporal que vivió la arquitectura en tiempos de poco control y escasa cultura. Los estragos fueron abundantes en barrios periféricos o arrabales, donde la mediocre calidad constructiva podía reclamar, con cierta lógica, una intervención consolidadora de miradores, balcones, paños exteriores, molduras…, pero también afectó a inmuebles notables del centro de las ciudades, edificios diseñados por arquitectos de prestigio que utilizaron materiales nobles en sus procesos de construcción.

Lo sustancial de esta infección dérmica consistió en eliminar toda huella de aparato decorativo exterior, sustituir balcones de herrería y miradores de madera por otros de hormigón para, tras picar su cubrimiento original, revestir la totalidad del cierre exterior con placas de ladrillo cara-vista. Estas obras de “modernización” solían estar acompañadas por recrecimientos en altura al añadir uno, dos y hasta tres pisos sobre las cubiertas originarias. Es de suponer que con la venta de los nuevos pisos la propiedad del inmueble pagaba la totalidad de la obra. Veamos unos pocos casos detectados en un breve paseo por las calles más céntricas del Ensanche bilbaíno:

Alameda de Recalde 15, esquina con Barraincúa. Se trata de un inmueble diseñado por Manuel Camarón, maestro de obras, en 1906. Un informe elaborado por el arquitecto Francisco Soriano Muguruza en noviembre de 2011 decía lo siguiente: “El edificio fue promovido por la Casa de Misericordia de Bilbao (..) En la década de los sesenta la Casa de Misericordia decide enajenar las viviendas a favor de sus ocupantes los que las adquieren o transmiten y forman la primera comunidad de copropietarios. En el año 1.969 acometen obras para el adecentamiento de las fachadas con el contratista Sr. Poveda y al estilo de la incomprensible moda imperante demuelen el recubrimiento de toda la fachada eliminando los recercos de ventanas en dinteles, jambas y alféizares, revisten el conjunto con plaqueta de ladrillo “cara vista”, demuelen los balcones, sustituyen los miradores por elementos cerrados con ladrillo visto y raseado pintado y sustituyen carpinterías y canalones“. No hace falta decir mucho más. Hago mía la calificación de “incomprensible moda imperante” utilizada por el arquitecto Soriano para referirse a ese “estilo“. En este caso, Manuel Camarón se había limitado a seguir muy literalmente la pauta marcada por el arquitecto Javier Luque un año antes (1905) en el solar colindante de Alameda de Recalde 17, al diseñar un inmueble que, por fortuna, se conserva íntegro y permite establecer una comparación en la que resulta evidente lo desafortunado de la intervención. Se desconoce si el contratista Poveda actuó a las órdenes de algún arquitecto, pero sin duda así debió ser. Este edificio no tiene ningún nivel de protección dentro del PGOU y eso que su histórica arquitectura interior se conserva íntegra al haber cambiado sólo la fachada. Sin embargo, al colindante edificio de Javier Luque le protege un nivel D.

Alameda de Recalde 13, esquina con Barraincúa. En este caso se trata de uno de los tres inmuebles que diseñó en 1905 Ángel Iturralde, maestro de obras, en un estilo suavemente “art-nouveau”. El conjunto de su intervención incluyó los número 9 y 11 de Alameda de Recalde, los cuales se conservan bien hoy (aunque sólo el 9 mantiene la bonita puerta de ingreso), de manera que es posible calibrar la magnitud del desastre cometido, el cual incluyó la elevación de un par de pisos. El arquitecto de la “rehabilitación” realizada en 1967 fue Jose Antonio Cirión García de Acilu. En el PGOU de 1995 esta esquina recibe el nivel de protección D, mientras que las otras dos con las que formó unidad de construcción recibieron el nivel C, más elevado. No deja de resultar chocante, ya que el nivel D es el que protege el carácter ambiental del escenario urbano (se permite demoler el inmueble excepto la fachada) y, justamente, eso es lo que este edificio no puede aportar ya. Lo absurdo es que este edificio tenga nivel D y el de Alameda de Recalde 15 (antes citado) no tenga ninguno, habiendo padecido lo mismo.

Colón de Larreátegui 45. Este fue un edificio de distinguido aspecto diseñado por el arquitecto Ángel Líbano Peñenori en 1924. Nos podemos hacer una idea de cómo era originariamente puesto que en 1927 Líbano fue autor asimismo de otro par de inmuebles en esta misma manzana del Ensanche, en su cara orientada a la Gran Vía, números 42-44. De hecho, las fachadas traseras de Colón 45 y Gran Vía 44 se enfrentan en el patio de manzana. Desconocemos el nombre del arquitecto y el año de la reforma, pero el fiasco fue de consideración. Carece de cualquier tipo de protección en el PGOU; por supuesto, su arquitectura interior conserva sus condiciones originales.

Colón de Larreátegui 1. Diseñado en 1895 por Eladio Iturria Bizcarrondo, arquitecto. Se le agregaron tres pisos por encima de la cornisa original a raíz de la reforma, cuya autoría desconozco. Se puede equiparar en estilo y tipología al inmueble en Colón de Larreátegui 5, diseñado un año antes por Andrés Escondrillas Abásolo, maestro de obras. El daño salta a la vista. Goza de nivel de protección C ¿Por qué motivo a éste sí le ampara el nivel C y otros en su misma situación tienen el nivel D o incluso ningún nivel?

No obstante, la gran pifia tuvo lugar en una manzana completa del Ensanche, la situada entre las calles Elcano (18, 20, 22 y 24), Alameda Urquijo (18, 20, 22 y 24), General Concha (1, 3, 5 y 7) y Licenciado Poza (3). Este gran conjunto fue diseñado en 1920 por Ricardo Bastida (uno de nuestros dioses locales en el ramo), resultando reformado en 1959 por el arquitecto Celestino Martínez Diego. La aplicación cosmética desfiguró el conjunto. Como anécdota, cabe señalar que en esta manzana estuvo ubicado el Circo Ecuestre que había diseñado el arquitecto Atanasio Anduiza Uríbarri en 1895, siendo derruido en 1917 para liberar el solar y construir las viviendas concebidas por Bastida. Lo desconozco en la actualidad, pero este bloque fue (y quizás es aún) propiedad de la Caja de Ahorros Vizcaina, hoy integrada en Kutxabank. Tiene el conjunto un nivel de protección D.

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Esquina de Elcano con Licenciado Poza.

No todas las modernizaciones exteriores de edificios fueron siempre chapuceras. Es posible encontrar alguna reforma que mejoró o que, al menos, no empeoró lo anterior. Tal es el caso de Gordoniz 5, diseñado por Mario Camiña Beraza en 1910 y reformado por Pedro Ispizua Sesunaga en 1938 con un lenguaje racionalista. Para comparar lo ganado con lo perdido basta con mirar a los inmuebles colindantes, en San Mamés 34 e Iparraguirre 48, pues formaron parte de la tarea de Camiña y permanecen tal cual con su delicada y contenida adaptación “sezessionstil”. Claro que la intervención de Ispizua se hizo en los años 30, inmediatamente después de la guerra, lejos todavía de los corrosivos 50 y 60. Le ampara a este inmueble un nivel de protección C, el mismo que a sus dos compañeros.

Resulta paradójico que, pretendiendo “mejorar” los inmuebles, estas intervenciones fueron en algunos casos el origen de numerosos daños posteriores ya que se aplicaron sobre fachadas que no estaban preparadas para soportar tales pesos con lo cual se generaron fisuras, desplomes, grietas y otros perjuicios. De los estéticos infligidos al “paisajismo ambiental” de la urbe ni hablamos.

Curiosamente, estas agresiones se centraron en las fachadas de los pisos, evitando casi siempre actuar sobre las plantas bajas, las cuales quedaban tal como eran originalmente, con sus sillares de piedra caliza y arenisca a la vista. Esto permitió que, cuando años después estas fachadas también se vieron intervenidas con recubrimientos y aplacados por parte de comercios instalados en sus locales, pudieran ser recuperadas al retirar tales revestimientos, como ha ocurrido en la planta baja de Alameda de Recalde 13, donde recientemente se han podido recuperar los bonitos huecos de arco quebrado concebidos por Ángel Iturralde.

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Huecos en planta baja recuperados tras la eliminación del revestimiento que los ocultó durante décadas, pero que fueron previamente respetados durante la intervención sobre la fachadas de los pisos superiores.

 

Tatiana Bilbao y Jacques Herzog conversan.

Hace once años, durante mi estancia laboral en Tenerife al frente de TEA (Tenerife Espacio de las Artes), tuve ocasión de conocer a Jacques Herzog (Basilea, 1950), cofundador y socio principal del estudio de arquitectura Herzog & de Meuron, creado en 1978, el cual se encargó de diseñar el espléndido edificio museístico de Santa Cruz. Este estudio, como es bien sabido, ha sido ganador de numerosos premios, incluidos el prestigioso Premio Pritzker en 2001, la Medalla de Oro del RIBA y el Praemium Imperiale. Herzog es una persona de enorme naturalidad y empatía, no dando en absoluto la imagen de creerse una estrella mundial de la profesión, y la manera con la que se expresa es coloquial y cercana, sin pretensiones de ningún tipo; le he visto sentirse más a gusto en una taberna o guachinche que en un restaurante de lujo. Con el proyecto de TEA quedó colgado de Tenerife, hasta el punto de comprar en El Porís un terreno sobre el mar, bastante azotado por el viento, para construirse una casa a la que el suizo escapa en cuanto puede.

Por otro lado, en un viaje a México desde Tenerife un año después tuve ocasión de conocer en su estudio a Tatiana Bilbao (México D.F., 1972), arquitecta de una generación más joven, quien fundó en 2004 el taller con el que realiza proyectos en China, Europa y México. Hace diez años era una clara promesa profesional, hoy es una brillante realidad madura. Su trabajo se centra principalmente en el paisaje, a diferentes niveles y escalas, que van desde “el campo mexicano a través de escenas urbanas hasta el paisaje interno del edificio individual“. Mi interés por conocer a Tatiana no radicaba sólo en su trabajo, sino que tenía, en paralelo, otro motivo más emocional e histórico: Tatiana es nieta de Tomás Bilbao Hospitalet, cofundador de Acción Nacionalista Vasca, ministro sin cartera en el gobierno del socialista Juan Negrín durante la etapa final de la guerra y excelente arquitecto bilbaíno que diseñó varias piezas deslumbrantes en el Ensanche de su ciudad natal. Por motivos obvios, marchó al exilio mexicano tras finalizar el conflicto civil.

Tatiana Bilbao impartirá pasado mañana, miércoles día 23, una conferencia en San Sebastián, dentro de la segunda edición de la Bienal de Arquitectura de Euskadi, a la que desgraciadamente me resultará imposible asistir. A falta de poder escribir mis impresiones sobre lo que ella vaya a decir, me permito colgar aquí un vídeo en el que Jacques Herzog y Tatiana Bilbao mantienen una conversación (en inglés) que transcurrió en el estudio del primero, en Basilea, Suiza, en mayo de 2019, y durante la cual Herzog, mentor de Bilbao, discutió los proyectos y el enfoque arquitectónico de la arquitecta mexicana. Los dos amigos hablan sobre los momentos decisivos de su relación personal y profesional y los consejos de Herzog que mejoraron el método de trabajo de Bilbao.

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En esta charla Bilbao reflexiona sobre su postura acerca de las colaboraciones y explica que estas “enriquecen el proyecto porque cuando hay más complejidad y puntos de vista en un proyecto (…) entonces realmente ofrece una posibilidad de satisfacción más amplia para las personas que van a usar la arquitectura”. También discuten sobre la posición de Bilbao frente a la arquitectura digital ecléctica que no aborda, en su opinión, los problemas arquitectónicos ni satisface las necesidades básicas, especialmente en su país de origen. Al final, Herzog y Bilbao acuerdan que “se trata de la arquitectura que podemos hacer, y no de que seamos arquitectos“, explicando que su oficio debe basarse únicamente en las necesidades de las personas.

Bilbao no es una arquitecta típica. Por extraño que a algunos les pueda parecer ella no se vale de programas informáticos ni representaciones virtuales a la hora de desarrollar sus proyectos arquitectónicos. Bilbao prefiere trabajar a la vieja usanza, dibujando a mano y creando collages de papel que la convierten en toda una defensora del trabajo analógico.

Los últimos tiempos son de una gran actividad expositiva para Bilbao. En el marco de la Bienal de Arquitectura de Chicago 2019, la Graham Foundation presentó la exposición  Unraveling Modern Living, en la que Bilbao creó una instalación inmersiva que transformaba un antiguo espacio doméstico para explorar nuevas formas de colectividad, reconfigurando la arquitectura existente para conformar un jardín, un espacio para el conocimiento, un espacio para el diálogo y un espacio de reunión. En este otro vídeo (en español) la arquitecta mexicana explica su proyecto.

Como nueva cumbre de una trayectoria en ascenso permanente, el pasado día 18, poco antes de llegar a San Sebastián, Tatiana Bilbao inauguró otra exposición en el Museo de Arte Moderno de Lousiana, en Dinamarca, protagonizando el tercer capítulo de The Architect’s Studio, una serie de exposiciones que presentan el trabajo de diversos arquitectos contemporáneos comprometidos con la sociedad y la sostenibilidad, dos de los grandes desafíos a los que se enfrenta la globalización. En la exposición pueden verse esos collages de cerca, así como conocer más a fondo la cultura y las raíces mexicanas que conforman su ADN.

Bilbao siempre trabaja con personas de otras disciplinas, como historiadores, filósofos y sociólogos. El análisis del paisaje y las condiciones sociales también forman la base de un proyecto pequeño pero importante en la Ciudad de México, donde las tasas de criminalidad son altas: una línea de luz que hará posible que las mujeres caminen de manera segura por partes remotas de la ciudad.

En paralelo, Bilbao ha rediseñado (2012) las diez hectáreas del Jardin Botánico de Culiacán (Sinaloa), en donde comenzó un proyecto muy ambicioso que, además de reforzar la colección botánica, incluyó la instalación de treinta y cinco obras de arte pertenecientes a la Colección Isabel y Agustín Coppel, parte de la cual presenté en TEA: James Turrell, Francis Alÿs, Dan Graham, Gabriel Orozco y Diana Thater, por mencionar sólo algunos. Además, un conjunto de quince pabellones pequeños que sirven para dotar de servicios al jardín y su nuevo programa de arte. El objetivo del proyecto es mantener la colección de especies que ya existe y enriquecerla con otras de alto valor biológico y etno-botánico. Busca convertirse en una institución de referencia en términos de conservación e investigación de la flora del noroeste mexicano, especialmente de aquélla que mantiene algún grado de protección/conservación por su alto valor etno-botánico. La intervención botánica realizada a la fecha ha logrado posicionar al jardín como el principal conjunto en el país de dos especies: palmas y bambúes, y en unos años lo convertirá en un referente mundial.

La tradición cultural, artística y de construcción mexicana, que implica, por ejemplo, el uso de tierra apisonada, desempeña un papel crucial en las obras de Bilbao. La idea fundamental es que la arquitectura debe tener un efecto instantáneo en las personas que tienen que usarla. 

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Tatiana Bilbao trabaja con collages de papel y muestra un enfoque analógico en todos sus proyectos.

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Aduana de Bilbao: el emplazamiento.

Hace un par de años escribí aquí una entrada sobre la rehabilitación del edificio de la Aduana de Bilbao. El trabajo de arquitectura ya está terminado y, al parecer, las instalaciones se encuentran equipadas con el mobiliario correspondiente a las oficinas de los servicios del Estado que ahí serán atendidos, pero los funcionarios todavía no se han trasladado. Es de imaginar que lo harán tan pronto como el gobierno central deje de estar en interinidad o en funciones.

El origen del emplazamiento de esta Aduana se encuentra en la Real Orden firmada por la Reina Regente María Cristina el 3 de julio de 1888 como consecuencia de la “exposición” hecha ante ella por el Ministro de Hacienda, Joaquín López Puigeerver (publicadas en la Gaceta de Madrid, del 6 de julio de 1888, número 188, p. 59).

Exponía el Ministro que “la necesidad de construir un edificio de nueva planta para el servicio de Aduana en la importante plaza mercantil de Bilbao, venía siendo patente desde hace varios años, pero en estos últimos, merced al desarrollo progresivo de las transacciones en el expresado Centro, dicha necesidad fue reconocida como de ineludible e inmediata satisfacción, si habían de quedar atendidos cual corresponde los intereses del comercio de la localidad a la par que los del mismo Tesoro público“.

Por ello, “iniciado y desarrollado con tal motivo el estudio indispensable para llegar a la realización de la idea, ha sido adoptado un proyecto de construcción, acerca del cual emitió informe favorable la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando; y como el emplazamiento del edificio proyectado debe fijarse en sitio de determinadas condiciones, dadas las propias y peculiares del servicio a que con la nueva construcción ha de atenderse, no es posible adquirir el solar de emplazamiento con las formalidades de subasta pública, sino por compra directa del poseedor“.

Sometida a la consideración regia esta cuestión, “a propuesta del Ministro de Hacienda, de acuerdo con el Consejo de Ministros y de conformidad con lo informado por el Consejo de Estado en pleno, en nombre de mi Augusto Hijo el Rey D. Alfonso XIII, y como Reina Regente del Reino, vengo a autorizar al Ministro de Hacienda para que (…) pueda adquirir sin las formalidades de subasta pública los terrenos situados en la calle de Barroeta-Aldamar y muelle de Uribitarte de Bilbao, necesarios para construir un edificio destinado a Aduana de aquel puerto, cuyos terrenos han sido ofrecidos por los Sres. D. José A. de Urigüen, D. Hilario Lund y Clausen, hijos de Gurtubay, D. Aureliano Lopategui, y Zuricalday, Echevarria y Compañía“.

La parcela deseada, por tanto, tenía varios propietarios, como se puede ver, pero el más importante de ellos era Lund y Clausen, quien tenía una fábrica de aserrar maderas en el solar de Ripa colindante al terreno vendido. El lugar era un revoltijo de almacenes, talleres, chabolas y casetas y descampados entre los que sobrevivían escasas huertas cerca de algún inmueble de viviendas por pisos que prefiguraba lo que con el tiempo sería el tipo de edificación del Ensanche.

Un conjunto de fotografías tomadas por  Pedro Telesforo de Errazquin entre 1860 y 1895 nos ofrece una detallada información sobre el lugar durante aquellos años en que el terreno para la Aduana se adquirió y el edificio se construyó. Una fotografía tomada en 1868 desde donde hoy se encuentra el cuartel de la Guardia Civil en La Salve, con la vista orientada hacia la isla de Uribitarte, permite apreciar las cuatro puntas de las líneas cumbreras de los tejados del aserradero de Lund y Clausen (hoy ocupado por el edificio 2-4-6 de la calle Acebal Idígoras) y, a su lado, el terreno que fue vendido al Estado, parcialmente ocupado por un pabellón anexo al aserradero. Otra fotografía de aquel mismo año, tomada desde el lado contrario y más de cerca, permite ver dos de los pabellones del aserradero. De hecho, casi toda la Ripa de Abando a partir del puente del Arenal, una vez desaparecidos los astilleros en esa orilla antes de la 2ª guerra carlista, estaba ocupada por almacenes y aserraderos de madera, pues además del galpón de los noruegos Lund y Clausen, estaba el de los también noruegos Sorensen Yakhelin & Cía, el de Arana e hijos y el de John Ludwig (Juan Luis) Schmedling (Anuario del comercio, de la industria y de la administración, 1886, nº 2, p. 1846), así como otros de menor tamaño y más artesanales.

Gurtubay e hijos fue creada por Juan y José Gurtubay, navieros, armadores y abogados con despacho en la calle Jardines. La empresa con los hijos estaba destinada a la construcción de viviendas y naves industriales. Poseían abundantes terrenos en la zona de Albia y a lo largo del escarpe de Uribitarte.

La Sociedad Echevarría Zuricalday y Cia. estaba dedicada a la construcción de viviendas y surgió de varios propietarios poderosos al calor del boom inmobiliario. Fue de las empresas más activas: solo en 1901 levantaron más de 40 construcciones. Tenían un gran almacén provisional en Uribitarte.

Sorensen Yakhelin & Cía estaba integrada por cuatro socios, uno de los cuales,  Federico Langaard, residía en Bilbao al menos desde 1872 y con actividad maderera desde 1874 en la calle Sierra (hoy Buenos Aires), teniendo sus almacenes sobre suelos de la Ripa, parte de los cuales fueron adquiridos por el Estado para la Aduana. Esta empresa fue la predecesora de La Compañía de Maderas, creada en 1884 y que pocos años después se trasladaría a Abandoibarra, la zona bajo el puente de La Salve.

El proyecto de la Aduana bilbaína ha sido datado como de 1890, pero habiendo sido “informado” por la Academia de San Fernando en 1888, debemos atribuirle esta fecha con independencia de que la construcción se iniciara y concluyera más tarde.

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Foto de 1868 tomada desde, aproximadamente, la plaza frente al Ayuntamiento. A la izquierda se ven, remarcados en rojo, dos de los varios pabellones de Lund y Clausen, a cuya espalda se hallaba el terreno que veinte años más tarde compraría el Estado para la Aduana. Encima de estas edificaciones, la iglesia de San Vicente y, a la izquierda de ésta, la casa de los Arana. Foto de P. T. de Errazquin.
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El aserradero de Lund y Clausen dentro de la zona remarcada en rojo. Bajo los cuatro picos de sus cumbreras, un pabellón anexo sobre el solar que después ocuparía la Aduana del Estado. A la derecha, sobre el risco de Uribitarte, la iglesia de San Vicente. Foto de  P. T. de Errazquin.
campo vol
Detalle ampliado de la fotografía anterior. Junto a los pabellones traseros se puede observar un camino que prefigura lo que años después serían las calles Barroeta Aldamar e Ibáñez de Bilbao.
campo ripa
El aserradero de Lund y Clausen arrancaba justo donde terminaba la Ripa ocupada con viviendas, desarrollándose aguas abajo. Arriba y al fondo, entre las Escuelas de Albia y la iglesia de San Vicente, vistas parcialmente entre cables, postes y humaredas, se observan las primeras edificaciones del Ensanche en la zona de Albia. La imagen es posterior a 1886, puesto que las escuelas de Albia ya existen; la primera chimenea del aserradero, a la derecha se instaló en 1879 y la segunda chimenea, al fondo de sus instalaciones, en el centro de la imagen, se colocó en 1882. Foto de P. T. de Errazquin.
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Detalle de una fotografía de P. T. de Errazquin en la que se observa el desarrollo final del aserradero de Lund y Clausen. A la derecha de este se contempla el almacén de bacalao de Juan Luis Schmedling y, más al fondo y a la derecha, la pared medianera de las primeras casas de Lersundi, lo que permite datar la imagen como posterior a 1886.
campo scmed
Detalle de una fotografía de P. T. de Errazquin con el almacén de bacalao de John Ludwig (Juan Luis) Schmedling. Tras él, la fachada trasera de la primeras casas en Rampas de Uribitarte-Arbolancha y la esquina de Alameda de Mazarredo con Henao. al fondo y a la derecha, los palacetes de Achútegui (Ercilla esquina con Ajuriaguerra) y de Clausen (Mazarredo esquina con Ercilla). La imagen es posterior a 1886, año en que Eduardo Achútegui solicitó permiso para edificar su casa.
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Imagen del aserradero de Lund y Clausen con el edificio de la Aduana ya construido en su parte posterior. Foto de P. T. de Errazquin; excepto las dos primeras todas la fotografías fueron tomadas desde el balcón del primer piso de las casas de Manuel Tarragona, en la Sendeja. 

Historias mínimas y paralelas de palmeras.

“La vida fabrica coincidencias extrañas” dice Enrique Vila-Matas en su libro Dietario voluble (Anagrama, 2008). Los pasados lunes, martes y miércoles la Asociación vecinal por un Abando Habitable y Saludable ha celebrado unas jornadas de conocimiento y defensa de la parcela propiedad del Obispado de Bilbao situada en el encuentro de las calles Lersundi, Heros y Barraincúa, en donde existen dos maravillosas palmeras centenarias. La Asociación no quiere que esa parcela desaparezca bajo la piqueta de una constructora que, en alianza con el Obispado y una mutua médica, pretende demoler todo lo existente en dicho lugar, palmeras incluidas, para construir un edificio masivo que provocaría la pérdida del último lugar abierto en el barrio donde se podría crear un espacio urbano de proximidad ajardinado, al tiempo que un memorial a las víctimas de los bombardeos que sufrió esta zona en septiembre de 1936 por la aviación nazi, una de cuyas bombas cayó sobre el colegio carmelitano situado en tal parcela, destruyéndolo parcialmente.

Curiosamente, estos mismos días estoy leyendo el libro mencionado de Vila-Matas y en sus páginas 145-147 me encuentro con estos párrafos que, con permiso de mi admirado escritor barcelonés, copio a continuación:

“La vida fabrica coincidencias extrañas. A la misma temprana hora en que estaba preocupado por el posible derribo de la fabulosa palmeras de la calle Cardener que tengo delante casa, Isabel Núñez lo estaba por el tan temido derrocamiento del maravilloso azufaifo de la calle Arimon donde vive. Historias mínimas y paralelas, leves malestares graves. Calculo que hace unos treinta años que no veo a Isabel Núñez, pero el caso es que, a la hora temprana en que yo miraba con angustia la palmera, ella me estaba estaba escribiendo un e-mail para hablarme de su pequeño drama grave: ‘Pretendo salvar un árbol de la calle Arimon esquina Berlinès. Han tirado una casa bonita (otra) y resulta que el árbol es un azufaifo (ginjoler), especie en peligro de extinción, protegida aquí y en Europa, árbol chino que vino a España por el sur, con los árabes. Algunos vecinos ilustres me apoyan, Parcs i Jardins nos da la razón, el técnico municipal nos dice que no les dará la licencia de construir si no cambian el proyecto y le dejan una esquina al árbol, que hasta ahora daba sombra a la acera y la llenaba de flores pegajosas y de esa especie de dulces cerezas rojas gigantes’.

(…)

Poco después de recibir el e-mail de Isabel, leía (con asombro ante el encadenamiento de casualidades) una carta de la señora López González a La Vanguardia: ‘En la calle Cardener-Torrent de las Flors del barrio de Gràcia están derribando casitas, una de ellas no catalogada pero hermosa. Desde que empezaron los derribos, hay varios operarios con martillos neumáticos trabajando todos a la vez, sin casco, ni protección para los oídos, ni máscara para el polvo contaminante. No sabemos si se lo quitan o no disponen de ello. Y se han declarado ya dos incendios. Lo vemos desde nuestras casas, donde el ruido penetra. El distrito de Gràcia ha dado el permiso para el derribo, según la Guardia Urbana, a la que hemos acudido varios vecinos. En Urbanisme y en el distrito no hay ningún proyecto presentado, según nos informan. Los responsables, según la prensa, son Akasvayu, que compró todas las fincas, y Construcciones Pedralbes, y ahora Derribos Ureña’.

No hablaba la señora López González de la palmera, pero la causa de su alarma era la misma que la mía y la de tantos vecinos de Cardener y Torrent de las Flors. Historias mínimas y paralelas, leves malestares graves. Ese mismo día en que apareció la carta publicada, redoblaron infernalmente en las obras obras de Cardener el salvaje ruido, como si quisieran vengarse de todo el vecindario. Y hasta hubo un momento en que pensamos que como castigo derribarían de un solo machetazo la esbelta palmera. Barbarie, a pleno sol del día, en Gràcia. Sus verdes ediles ‘antisistema’ callan y otorgan. En Sant Gervasi los mismos vientos. ¿Qué será del azufaifo? Pensando en ese árbol chino, me acordé de mi hermana Tere, que el día anterior me había hablado con tristeza del cedro y otros árboles del jardín (calle Martí, entre Secretari Coloma y Alegre de Dalt) bárbaramente derribados en una sola mañana, bruscamente desaparecidos -ante la mirada traumatizada de sus alumnos- de la agradable vista de la ventana del taller donde imparte lecciones de pintura china. En este caso no era un azufaifo, sino un cedro, pero el hecho es que la serenidad de su taller chino se vio brutalmente alterada por la fulgurante, mercantil y brutal supresión del jardín.

Sé que el fin del azufaifo, el cedro y la palmera no es el fin del mundo, pero con pequeños males graves se va forjando un gran malestar grave y gestando ese rumor que muchos ya hemos escuchado y que habla de que, con la ciudad vendida a la especulación inmobiliaria y a un turismo indiscriminado y regalada la industria cultural a Madrid, estamos ante el fin de Barcelona. Ya no es sólo la barbarie que en una sola mañana a mi me ha alcanzado por tres ángulos distintos (una prueba de que el promedio de salvajadas tiene que ser grande), sino también esa incomodidad creciente de notar que la ciudad ya no es nuestra, que es un gran parque temático para extranjeros y que en realidad con tanta estupidez ya se ha producido -en los próximos años simplemente se confirmará- el fin de Barcelona. En cierta ocasión, le pregunté a Pep Guardiola si un futbolista, en el momento mismo del realizar la última gran jugada de su vida, podía llegar a intuir que con aquella gran jugada había llegado el fin de su carrera. ¿Sabe ya Barcelona que su gran carrera hacia la nada ha llegado a su final?”.

palmeras

 

 

 

 

 

 

 

 

Vida de barrio en Abando.

 

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Planta baja del proyecto del arquitecto José Mª Basterra firmado en 1905 para la Congregación de las Hermanas Carmelitas, proyecto no concluido en su totalidad.

Caminamos por las calles en que vivimos y apenas si conocemos los últimos momentos de sus existencias. Creemos saber cómo son porque las pisamos a diario, compramos en sus locales comerciales, nos encontramos con amigos en las cafeterías que las animan…, pero no somos conscientes de que sustituimos a otras personas que en el pasado hicieron lo mismo que nosotros a lo largo del mismo paisaje con gestos parecidos y en lugares concretos sólo ligeramente diferentes. Y aquellos a quienes ahora sustituimos, a su vez, fueron en su momento sustitutos de otros anteriores, y estos también vinieron a reemplazar a…

Algunos recordamos que hace 10 años anduvimos más jóvenes por estas calles, otros pueden llegar a 20 años atrás y evocar hechos distantes que aún permanecen frescos en su recuerdo y algunos menos escarban en la memoria para mencionar sucesos que en esas mismas vías y aceras tuvieron lugar hace 30 años; muchos menos son capaces de invocar que 40 años atrás en los locales comerciales de su barrio existían actividades laborales que desaparecieron para siempre y apenas unos pocos aluden a algún hecho significativo ocurrido hace 50 años. La mayoría de los residentes aún no había nacido.

Aquellas personas que pueden recordar qué sucedía 60 o 70 años atrás en las calles que hoy pisamos con naturalidad son unos escasos supervivientes del tiempo y de su propia perplejidad ante los numerosos cambios que han podido contemplar.

Realmente, nosotros, los habitantes de este barrio del Ensanche bilbaíno, somos la cuarta, quinta o sexta generación que ha vivido en estas casas y caminado por estas aceras. No sabemos nada de los primeros habitantes de los domicilios que hoy ocupamos, aquellas personas que a partir de 1885 se establecieron en los que hoy llamamos nuestros domicilios, pero que entonces fueron los suyos.

El barrio es el escenario perfecto para salir a la búsqueda de aquello que llamamos lo maravilloso cotidiano: un viaje casi ritual de retorno a los orígenes del contar historias, a la escucha de los narradores orales que hablan de los “hechos de la vida”.

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Encabezamiento del proyecto de ampliación del colegio firmado por el arquitecto Manuel I. Galíndez en 1919.

Siguiendo las reflexiones del antropólogo Manuel Delgado en sus libros Sociedades movedizas. Pasos hacia una antropología de las calles (Anagrama, Barcelona, 2007) y El espacio público como ideología (La Catarata, Madrid, 2011), la esencia del concepto ‘barrio’ radica en un tipo específico de vínculo social basado en la proximidad y en la rutina de los encuentros en un contexto territorial delimitado. Todo barrio es un vecindario, pero no toda vecindad es un barrio, de igual manera que no toda casa es un hogar. Para ser un barrio, una vecindad debe contener algo más porque el barrio es un espacio subjetivo asociado a prácticas individuales por lo que su sentido es, sobre todo, biográfico, aunque a menudo pueda servir para recomponer un vínculo social que la ciudad en su conjunto y las relaciones anónimas y de distanciamiento -tan propias de lo urbano- tienden a disolver. Es fundamental que este territorio aparezca definido, incluido un nombre propio, porque en relación con él se generan sentimientos poderosos, relacionados con un conjunto más o menos intenso y extenso de prácticas colectivas y con el reconocimiento mutuo, al menos “de vista”, que otorgamos a ese personaje de nuestra vida de cada día al que le atribuimos el papel social de ‘vecino’. 

En cualquier caso, el barrio es el molde o la configuración básica para cualquier modalidad de apropiación psicológica y afectiva del espacio en que vivimos, ya que es nuestra primera experiencia –constantemente repetida– de esa región que se extiende más allá de las puertas de nuestra casa y que es menos nuestra e incluso menos colectiva cuanto más nos alejamos de ella. Ahora bien, al mismo tiempo que el barrio es un espacio subjetivo de prácticas individuales, también es un espacio objetivo de y para la acción colectiva. El barrio es una unidad social clave, asociada a un tipo de integración colectiva basada en la proximidad y en las interacciones frecuentes cara a cara que no tienen por qué estar exentas de conflictividad y de prácticas de exclusión.

La acción colectiva -asegura Manuel Delgado- resulta casi inherente a una vida cotidiana igualmente colectiva, en la que la gente coincide en el día a día, se ve las caras, tiene múltiples oportunidades de intercambiar impresiones y sentimientos y se convierte en vehículo de transmisión de todo tipo de rumores y consignas. La protesta, incluso la revuelta, están predispuestas e incluso presupuestas en un espacio que las propicia a partir de la facilidad con que en cualquier momento se puede ‘bajar a la calle’, allí donde el encuentro con los iguales es inevitable y es inevitable compartir preocupaciones, indignaciones y, después, una misma convicción de que es posible conseguir determinados fines por medio de la acción común.

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Firma del arquitecto Manuel I. Galíndez.

Caminamos por las calles en que vivimos, no muy antiguas pues en nuestro caso de Abando apenas llegan al siglo y medio, y en general desconocemos por completo su historia y a quienes antes ocuparon el espacio en el que nosotros vivimos hoy, esas mismas habitaciones en que dormimos, comemos, reímos y lloramos, ignorando que otros lo hicieron antes en los mismos lugares y por semejantes motivos. No es exactamente lo que Miguel de Unamuno denominó intrahistoria, pues con ella quería referirse a la vida tradicional que sirve como telón de fondo a la historia más visible,    aquello que está a la sombra de lo conocido históricamente o de lo resaltado por los medios de comunicación, sino que se trata de la vida habitual, cotidiana y pegada a la actualidad que es sepultada por generaciones de olvidadizos involuntarios, arrollada por el cambiante e imparable presente.

El ciclo de conferencias organizado por la Asociación Vecinal por un Abando Habitable y Saludable defiende la conservación del patrimonio urbano constituido por el antiguo colegio de las Carmelitas de Barraincúa y su patio de recreo con dos palmeras centenarias para su reconversión en un espacio urbano de proximidad, abierto como jardín y orientado al disfrute de los vecinos del entorno. Con ello la Asociación  también defiende una mejor vida de barrio y procura una más estrecha inter-actuación entre los vecinos para el logro de objetivos de interés general que son ignorados o despreciados por las autoridades municipales.

La defensa de este patrimonio arquitectónico y urbanístico nos ha llevado a realizar una detenida reflexión sobre el barrio y su memoria, sobre sus casas y las costumbres de quienes las habitan, sobre lo que ha sido a lo largo de épocas de paz y de guerra, de penuria y de prosperidad, de cambios positivos y negativos, de esperanzas y decepciones…, en suma, de lo que habiendo ocurrido con anterioridad a nosotros sirvió para convertirnos en lo que somos hoy.

Las tres conferencias que conforman el ciclo abordarán cuestiones (1) de arquitectura y urbanismo local, (2) del modo en que la guerra civil afectó a sus edificaciones y habitantes, y (3) de la peculiar memoria vinculada a la actividad docente orientada a las jóvenes del barrio en las largas décadas de posguerra durante las que las Carmelitas impartieron enseñanza en este “su” colegio de entonces que hoy queremos convertir en casa “de todos”.

cartel conferencias

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Alzado frontal (a la calle Heros) del proyecto de José Mª Basterra firmado en 1905, proyecto no concluido en su totalidad.