Tu quoque, Oslo?

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Boceto del sector de edificios gubernamentales en Oslo. Erling Viksjø, 1958.
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Y-Blokka, 1969.

En numerosas ocasiones en España nos culpamos por no ser lo bastante responsables ante nuestra arquitectura histórica, especialmente la realizada durante la segunda mitad del siglo XX, al consentir que las autoridades permitan el derribo de construcciones que deberían pasar a formar parte del acervo cultural de la época en que vivimos. En esos momentos, para agravar la herida y avergonzar a nuestros políticos, solemos poner como ejemplo a los países del norte de Europa por su modélico comportamiento y respetuosa preservación de las huellas arquitectónicas contemporáneas. Pero no siempre es así.

Por medio de mi amigo Lars Amundsen, me entero de que el gobierno noruego pretende derribar un excepcional edificio histórico, denominado Y-Blokka por la forma de su desarrollo en planta, diseñado por el arquitecto Erling Viksjø y terminado en 1969. El edificio se encuentra en un área de oficinas gubernamentales que, desgraciadamente, saltó al conocimiento global el 22 de julio del 2011, cuando un terrorista de extrema derecha colocó una bomba en sus inmediaciones, matando a ocho personas e hiriendo a más de doscientas para, acto seguido, trasladarse a un campamento juvenil y asesinar a 69 adolescentes.

Me cuenta Lars: “Como una ex primera ministra noruega dijo una vez: “mira a Noruega” (como buen ejemplo, quería decir). Ahora, mira lo que están haciendo los actuales políticos locales noruegos en Oslo. En tan solo un par de días este edificio histórico, que contiene importantes obras de arte y diseño internacional, será derribado. Eso es lo que hace mucho dinero del petróleo a algunas personas…”. ¡Qué pena!, ¡qué incomprensible!

Desde aquel terrible atentado, como si se tratara de una zona infecciosa y vergonzante, ha habido una marcha de los departamentos gubernamentales allí asentados hacia otros territorios, provocando un abandono que, ahora, a alguna autoridad le ha llevado a considerar la oportunidad de derribar lo que allí se levantó no hace tanto tiempo y “purificar” el barrio con un paisaje urbano nuevo.

Sin embargo, junto a construcciones más convencionales, está el Y-Blokka, notable pieza no sólo por contener unos murales diseñados por Pablo Picasso, sino sobre todo por la arquitectura de Viksjø. Por supuesto, las autoridades han prometido que los murales de Picasso se salvaguardarán en un museo, ya que los consideran importantes, lo cual nos conduce a deducir que el edificio para el cual Picasso imaginó esos murales no les parece importante. Sí al adorno, pero no a la sustancia que sostiene el adorno.

Enorme error en un país a cuyos responsables políticos atribuimos, desde el Sur europeo, una sensibilidad y un respeto que en general ya quisiéramos tener aquí.

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Mural “Los pescadores”, orientado hacia la calle Akersgata.
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“Los pescadores”, por Pablo Picasso.

El mérito arquitectónico y artístico del Y-Blokka, así como su importancia histórica, es indiscutible. El arquitecto Erling Viksjø concibió el monumental H-Blokka (1958, tres murales de Picasso) con una gran altura y el Y-Blokka más bajo dentro del conjunto. El rascacielos se erigió con un tratamiento pionero de hormigón visto y con obras de artistas modernos, incluidas las sensacionales contribuciones de Pablo Picasso. La imagen general del conjunto concebido por Viksjø se completó con el escultural Y-Blokka (1969, dos murales del malagueño), cuyas tres alas curvas delimitan tres espacios urbanos de carácter individual. “Los pescadores” de Picasso en uno de los frentes, abierto a la concurrida calle Akersgata, es una excepcional y ejemplar obra de arte público. El valor artístico de los dos edificios gubernamentales de Viksjø es inconmensurable, especialmente debido a esos cinco murales. El otro mural en el Y-Blokka, “La gaviota”, está en el vestíbulo.

En 1955, después de varios años de experimentación, Viksjø y el ingeniero Sverre Jystad patentaron el “naturbetong”, un tipo de hormigón con grava de río incrustada. La superficie se trató con chorro de arena para revelar las oscuras piedras que contienen los muros, pudiéndose crear patrones decorativos, tales como los dibujos picassianos. El artista Carl Nesjar trabajó con Viksjø para desarrollar esta idea como un nuevo método para hacer arte integral, mediante el que las decoraciones no se agregan al edificio, sino que se graban en su propia estructura. 

El concepto de Viksjø de un edificio elevado combinado con un volumen bajo se desarrolló durante muchos años, y concibió la forma curva del Y-Blokka a finales de los años cincuenta. Viksjø se inspiró en varios de los edificios de Le Corbusier. La combinación de un rascacielos y un volumen más bajo también recuerda el edificio de la ONU en Nueva York (1952), diseñado por Oscar Niemeyer.

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“La gaviota”, por Pablo Picasso, en el vestíbulo.

Los funcionarios comenzaron a discutir planes para demoler el edificio el año pasado, después de que éste y los inmuebles circundantes sufrieran daños estructurales durante el ataque terrorista del 2011. ¿Simple excusa?, ¿no hay posibilidad alguna de rehabilitación estructural? El 26 de febrero de 2020, el ministro de Gobierno Local y Modernización, Nikolai Astrup, anunció que el gobierno tenía la intención de comenzar la demolición muy pronto. Los opositores a los planes han formado un grupo, The Support Action for the Preservation of Y-blokkaCuentan con el apoyo de otras organizaciones, como la Comisión Noruega de la UNESCO, el National Trust of Norway y la Asociación de Arquitectos Noruegos (NAL), quienes sostienen que el gobierno debería explorar otras opciones debido a las excepcionales características arquitectónicas, artísticas e históricas  del edificio y su valor simbólico.

El gobierno noruego debería estar orgulloso de tener un edificio que ha resistido un ataque terrorista. Un ataque contra la humanidad y la democracia. El Y-Blokka es ahora, más que nunca, un símbolo para la humanidad y la democracia. Si se derriba, se perderá una parte de la historia que no se puede reemplazar ni retirar. En tiempos donde las democracias de todo el mundo están amenazadas, el gobierno noruego tiene el deber de repensar esta decisión.

El Bloque Y se encuentra entre los siete edificios históricos en situación de mayor riesgo  de desaparición seleccionados por Europa Nostra para el año 2020.

Curiosamente, este edificio tuvo una singular repercusión en España, concretamente en Barcelona. El arquitecto Xavier Busquets i Sindreu, autor del Colegio de Arquitectos de Cataluña, conoció a través de Picasso lo que habían realizado en Oslo y, dejando a un lado sus primeras ideas (forrar los muros exteriores del Colegio con cerámicas de Antoni Cumella), decidió imitar la experiencia noruega, contando con la colaboración de Picasso, quien realizó los dibujos, y la de Carl Nesjar, quien los trasladó al muro con su técnica del chorro de arena.

La ciudad de Barcelona tiene atribuida al edificio del Colegio la más alta protección patrimonial, tanto por la obra de Picasso como por la Busquets.

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Escalera interior del Y-Blokka.

Yvonne Farrell y Shelley McNamara, Premio Pritzker de Arquitectura 2020.

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Universita Luigi Bocconi / Grafton Architects.

Yvonne Farrell y Shelley McNamara, de Grafton Architects, han recibido el Premio Pritzker de Arquitectura 2020. El premio, que se considera el mayor honor de la arquitectura, fue otorgado al dúo irlandés por la “integridad en su enfoque tanto de sus edificios como de su práctica, su generosidad hacia sus colegas, su actitud responsable hacia el medio ambiente y su compromiso incesante con la excelencia en arquitectura“.

La carrera de Farrell y McNamara es claro reflejo de una voz arquitectónica única. El dúo ha trabajado en proyectos de varias escalas, estableciendo un complicado diálogo entre los espacios públicos y privados, y aquellos que los ocupan, construyendo proyectos específicos del sitio que homenajean la historia, la planificación urbana y la arquitectura moderna.

En 1978, fundaron Grafton Architects, originalmente con otras tres personas, pero terminaron quedándose solas en la firma. Su estudio, que lleva el nombre de la calle donde estuvo su oficina inicial, tiene una amplia carrera con importantes proyectos culturales y académicos como el Urban Institute of Ireland, University College Dublin (Dublín, Irlanda 2002); Solstice Arts Centre (Navan, Irlanda 2007); Loreto Community School (Milford, Irlanda 2006); y Escuela de Medicina, Universidad de Limerick (Limerick, Irlanda 2012).

Comenzaron su despertar arquitectónico en sus primeros años de infancia, McNamara recuerda su primer descubrimiento, una casa del siglo XVIII en la calle principal de la ciudad de Limerick, donde el espacio y la luz despertaron sus sentidos. Farell, por otro lado, estaba fascinada por su ciudad natal, Tullamore, especialmente por su paisaje natural, donde se sentía “cerca de la naturaleza“. Lejos de proyectos en la Irlanda natal, su primer encargo internacional, la Universita Luigi Bocconi en Milán (Milán, Italia 2008), fue galardonado con el ‘Edificio Mundial del Año’ en la inauguración del ‘Festival Mundial de Arquitectura 2008’, en Barcelona. Más adelante, en 2015, el Real Instituto de Arquitectos Británicos (RIBA) otorgó al desafiante Campus Universitario UTEC Lima (Lima, Perú 2015) el primer Premio Internacional RIBA 2016.

En constante diálogo con el entorno, las arquitectas explican que están en permanente búsqueda de “una arquitectura que se preocupe por aumentar la relación entre las personas“. De hecho, su recién terminada Université Toulouse 1 Capitole, School of Economics (Toulouse, Francia 2019) es una reinterpretación metafórica de una ciudad llena de puentes, muros, paseos y torres de piedra. Iguales y complementarias, como anunció el Pritzker, el trabajo de Yvonne Farrell y Shelley McNamara siempre ha girado en torno a los seres humanos. Su sentido de escala y proporción les ayudó a generar espacios íntimos en entornos relativamente hostiles. En ese sentido, McNamara afirma que “la arquitectura es un marco para la vida humana. Nos ancla y nos conecta con el mundo de una manera que posiblemente ninguna otra disciplina de creación de espacio pueda”.

Farrell y McNamara han ocupado la cátedra Kenzo Tange en la Harvard Graduate School of Design (2010) y la cátedra Louis Kahn en la Universidad de Yale (2011). Ganadoras del León de Plata de la Bienal de Venecia 2012 por la exposición, Arquitectura como nueva geografía, las arquitectas fueron nombradas más adelante, en 2018, co-comisarias de la XVI Exposición Internacional de Arquitectura con el tema FREESPACE.

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Kingston University Town House / Grafton Architects.

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Acta del Jurado

Yvonne Farrell y Shelley McNamara han practicado la arquitectura juntas durante cuarenta años de una manera que refleja claramente los objetivos del Premio Pritzker: reconocer el arte de la arquitectura y el servicio constante a la humanidad como lo demuestra un cuerpo de trabajo construido. Cofundando su práctica profesional, llamada Grafton Architects, en Dublín (Irlanda) en 1978, han perseguido de manera constante y sin vacilaciones la arquitectura de más alta calidad para el lugar específico en el que se iba a construir, las funciones que albergaría y especialmente para las personas que habitarían y usarían sus edificios y espacios. Tienen una obra que incluye numerosos edificios educativos, viviendas e instituciones culturales y cívicas.

Pioneras en un campo que tradicionalmente ha sido y sigue siendo una profesión dominada por los hombres, también son faros para los demás a medida que forjan su ejemplar camino profesional. Muchos de sus edificios están ubicados en su país de origen, Irlanda, pero a través de concursos han ganado importantes encargos en otros lugares del mundo, como Italia, Francia y Perú. Con una profunda comprensión del lugar obtenida a través de investigaciones, agudos poderes de observación, exploraciones abiertas -siempre curiosas- y un profundo respeto por la cultura y el contexto, Farrell y McNamara pueden hacer que sus edificios respondan a un entorno y una ciudad de la manera más adecuada, mientras siguen siendo desenvueltas y modernas. Esta profunda comprensión del “espíritu de lugar” significa que sus trabajos mejoran la comunidad local. Sus edificios son “buenos vecinos” que buscan hacer una contribución más allá de los límites del edificio y hacer que una ciudad funcione mejor. Su North King Street Housing, en Dublín (2000), es un ejemplo de esto: crea un patio interior y un respiro de las concurridas calles adyacentes. 

Las arquitectas son hábiles y exitosas trabajando a muchas escalas, desde grandes edificios institucionales hasta una casa de poco más de 100 metros cuadrados. Sin gestos grandiosos o frívolos, han logrado crear edificios que son presencias monumentales institucionales cuando es apropiado, pero aun así estando divididos en zonas y detallados de tal manera que producen espacios más íntimos que crean comunidad interior. En sus grandes edificios, como el Campus Universitario UTEC (2015) en Lima, Perú, o el edificio de la Escuela de Economía (2008), en la Universita Luigi Bocconi, han logrado una escala humana a través de la composición de espacios y volúmenes de diferentes tamaños. Los diálogos que crean entre edificios y alrededores demuestran una nueva apreciación tanto de sus obras como del lugar. Como una constante en su enfoque, las arquitectas entienden el modo diseñar secciones complejas de edificios de tal manera que las vistas conecten espacios interiores profundos con el reino exterior más grande y permitan que la luz natural penetre y anime espacios interiores profundos de un edificio. A menudo, la luz fluye desde tragaluces o ventanas de pisos superiores, atravesándolos, para brindar calidez e interés visual, ayudando a los habitantes a orientarse fácilmente en los espacios y proporcionando la siempre necesaria conexión con el exterior.

Por su integridad en el enfoque de los edificios que conciben, así como la forma en que llevan a cabo su práctica, su creencia en la colaboración, su generosidad hacia sus colegas, especialmente como se evidencia en eventos como la Bienal de Venecia 2018, su compromiso incesante con la excelencia en arquitectura, su actitud responsable hacia el medio ambiente, su capacidad de ser cosmopolitas al tiempo que abraza la singularidad de cada lugar en el que trabajan, por todas estas razones y más, Yvonne Farrell y Shelley McNamara reciben el Premio Pritzker de Arquitectura 2020. 

Solstice Arts Centre : Grafton Architects
Solstice Arts Centre / Grafton Architects.

Miembros del Jurado en 2020 del Pritzker Architecture Prize: Stephen Breyer (Presidente): Miembro de la Corte Suprema de EEUU. Washington, DC. André Aranha Corrêa do Lago: Crítico de Arquitectura, comisario y embajador de Brasil en India, Delhi, India. Barry Bergdoll: Historiador de Arquitectura, Profesor, comisario y escritor, New York. Deborah Berke: Arquitecta y profesora, New York. Kazuyo Sejima: Arquitecta y Premio Pritzker 2010, Tokyo, Japan. Benedetta Tagliabue: Arquitecta y profesora, Barcelona, Spain. Wang Shu: Arquitecto, profesor y Premio Pritzker 2012, Hangzhou, China. Martha Thorne: Decana de la Escuela de Arquitectura y Diseño, Madrid, Spain.

Engineering and Technology University : Grafton Architects + Shell Arquitectos
Engineering and Technology University / Grafton Architects + Shell Arquitectos.

 

Homenaje a Julián Larrea Basterra.

cartel del acto

En Diciembre del 2017 nos dejaba D. Julián de Larrea Basterra (1925-2017). Ligado a la Delegación en Bizkaia del COAVN desde su colegiación en 1957, su fructífera trayectoria en el ejercicio de la profesion queda refelejada en algunos de los ejemplos destacados de arquitectura del último tercio del pasado siglo de su entorno.

Su legado, más allá de la obra arquitectónica, incluye su talente generoso compartido a lo largo de su carrera a través de colaboraciones con arquitectos como Rufino Basáñez y Esteban Argárate, entre otros.

Desde la Delegación en Bizkaia del COAVN queremos hacer un reconocimiento a su figura mediante un Acto Homenaje que tendrá luegar el viernes 6 marzo a las 18:00h en el Salón de Actos de la Delegación. El acto contará con la participación de personas que han profundizado en su trayectoria con el fin de resaltar su semblanza.

Programa del Acto Homenaje a D. Julián Larrea Basterra que tendrá lugar en el Salón de Actos de la Delegación en Bizkaia del COAVN el viernes, 6 de marzo, de 18:00h. a 19:30h.

1.- Saludo y bienvenida

. -Dña. Matxalen Acasuso Atutxa. Decana COAVN

. -D. Iñigo Basáñez Alfonso. Presidente Delegación en Bizkaia del COAVN

2.- Intervenciones de los ponentes:

. -D. Javier González de Durana Isusi. Historiador de Arte

. -D. Carlos Gamendia Fernández. Arquitecto

  1. Mesa redonda abierta

A la finalización del Acto se ofrecerá un aperitivo.

Una Ley de Arquitectura en interés de la sociedad.

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En Europa la promoción de la calidad del entorno construido está ligada a la Declaración de Davos y al concepto de baukultur –traducida como “cultura del habitar”- que comprende todas las actividades humanas transformadoras del entorno construido: desde los edificios existentes, incluidos los monumentos y otros elementos del patrimonio cultural, hasta el diseño y la construcción de edificios modernos, infraestructuras, espacios públicos y paisajes.

El punto de partida de la Declaración de Davos fue la Conferencia de ministros de Cultura celebrada en esta ciudad suiza del 20 al 22 de enero de 2018. Está suscrita por la Comisión Europea, el Consejo de Europa, la mayoría de los Gobiernos de la Unión Europea y otras entidades no gubernamentales del ámbito de la cultura, la arquitectura y el patrimonio, como UNESCO, Europa Nostra, el Centro Internacional de Estudios para la Conservación y la Restauración de los Bienes Culturales (ICCROM) y el Consejo de Arquitectos de Europa (CAE). En nuestro país la suscriben más de un centenar de entidades, incluido el Gobierno, a través de sus ministerios de Cultura y Fomento. Por primera vez en su historia, la Unión Europea está trabajando en políticas que parten de la idea de que la Arquitectura es la “disciplina que alcanza el equilibrio adecuado entre los aspectos cultural, social, económico, medioambiental y técnico para el bien común” con un equipo de expertos creado ex profeso.

Desde la década de los años setenta del siglo pasado, la necesidad de proteger el patrimonio arquitectónico y, con ello, los valores culturales de los pueblos, preservando el interés general de la ciudadanía, se ha traducido en normas aprobadas al efecto en diferentes países de nuestro entorno. Francia cuenta con una Ley de Arquitectura desde el año 1977 y que, una vez modificada en 2016, se ha convertido en el motor de esta legislación para otros países de Europa. Después de que Lituania se alzara en 2017 como segundo país con una norma semejante, otros gobiernos como el español, el italiano y el portugués se han puesto a trabajar en ello. El ministro Ábalos, que ha prometido presentar su ley este año, podría situar a España como el tercer país europeo que pone la arquitectura como elemento clave en la calidad de vida de las personas. El Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, junto con el Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España (CSCAE), se halla inmerso en un proceso para elaborar una Ley de Arquitectura y Calidad del entorno construido. Dentro de España durante los últimos años se han producido avances similares con la aprobación de legislaciones específicas en varias comunidades autónomas, como Extremadura y Cataluña.

En un contexto de degradación generalizada del entorno construido, de importantes cambios sociales y un aumento de las desigualdades, con regiones periféricas en declive, una urbanización acelerada en las grandes ciudades y en el epicentro de una crisis climática, esta norma establecerá el valor que tienen la Arquitectura y el trabajo de sus profesionales para el bien común. Es decir, para garantizar la salud y el bienestar de las personas, como salvaguarda del patrimonio y de los valores culturales de nuestros pueblos y ciudades, y para promover la transformación profunda que necesitan de cara a seguir siendo útiles y responder a las necesidades de sus habitantes.

Se espera que una Ley de Arquitectura y Calidad del entorno construido creará el marco jurídico adecuado para garantizar la defensa y la promoción de los valores culturales del espacio edificado, paliará desequilibrios actuales entre las zonas rurales y las grandes urbes y facilitará el trabajo de los profesionales y de las empresas del sector de la edificación, lo que, a su vez, redundará en la calidad del entorno construido que se pretende preservar.

Esta Ley de Arquitectura y Calidad del entorno construido se plantea en un momento en el que tener una visión estratégica e integradora de todas las políticas que impactan en el desarrollo urbano y territorial es esencial. Como José Luis Ábalos apuntó, es tan importante, que hasta el nombre mismo del ministerio ha evolucionado: “Fomento no se adecuaba a la visión contemporánea de la movilidad, ni capturaba la relevancia de las políticas urbanas”. Desde ese Ministerio se insiste en “la importancia de la arquitectura como elemento interés general para el bienestar y la cohesión social. Sin una buena arquitectura no vamos a alcanzarlo”. La futura norma priorizará los valores culturales sobre los intereses económicos a corto plazo, promoverá herramientas de contratación pública que impulsen la calidad y la sostenibilidad y las buenas prácticas.

La Agenda Urbana Española, una de las responsabilidades del ministro Abalos, es la hoja de ruta que marca la estrategia y las acciones precisas para conseguir que pueblos y ciudades sean espacios de convivencia amables, acogedores, saludables y sostenibles. El horizonte temporal para implementarla es el año 2030, pero estos objetivos no se alcanzarán a los actuales ritmos de densificación, renovación urbana y rehabilitación. De ahí la importancia de un instrumento que sirva para apoyar y acelerar la transformación de nuestros entornos urbanos a base de concertación sectorial, un gran pacto político, económico y social a largo plazo y multi-nivel que dé una respuesta integral a los retos que afrontan pueblos y ciudades, una respuesta en la que los valores culturales estarán situados por encima de los intereses económicos a corto plazo. Estaremos vigilantes para que esta promesa adelantada mediante frase mediática no se convierta en el escudo para encubrir lo contrario.

El presidente del Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España (CSCAE), Lluís Comerón, plantea que “no es lo mismo tener una escuela con un edificio anodino que una escuela que nos guste, de la que nos sintamos orgullosos, que nuestros hijos se encuentren bien en ella, en la que se pueda apreciar el resultado cuando entra el sol y en la que pueda tener una relación su vida con el jardín y los espacios exteriores”.

Aunque pudieran parecerlo, estas palabras de Comerón no están dichas con la mirada puesta de reojo en la reclamación del AMPA del colegio Cervantes en relación al negocio pretendido por el obispado de Bilbao con el edificio educativo y el patio de recreo de su Escuela de Magisterio ubicada en la calle Barraincúa, de Bilbao, pero son directa y acertadamente aplicables. Por cierto, si el presidente del CSCAE dice lo que dice… ¿por qué la Delegación en Bizkaia del Colegio Oficial de Arquitectos Vasco-Navarro no dice nada acerca del conflicto citado? Siendo vecinos, además…

Elisabet Silvestre, Doctora en biología. Máster en Bioconstrucción. Docente en Biohabitabilidad, ha escrito que “el gran reto de la arquitectura hospitalaria es crear entornos que promuevan la salud“, esto es, hacer de la arquitectura una herramienta para crear entornos con tecnología de vanguardia, accesibles, seguros y al mismo tiempo amables, que promuevan el buen funcionamiento de los sistemas biológicos y ayuden a la recuperación, en fomentar la luz natural, una iluminación artificial que respete los ritmos circadianos, los materiales saludables, la higiene energética y química, las formas orgánicas y el contacto visual con la naturaleza. Este es el gran reto de la arquitectura hospitalaria.

Visto lo cual y entendido el mensaje, la mejor función posible de la clínica que Mutualia quiere instalar, en espuria alianza con el obispado de Bilbao, sobre la parcela situada entre las calles Barraincúa, Heros y Lersundi es que que ese equipamiento privado no se lleve a cabo, pues caso de hacerse se perdería la posibilidad de un entorno amable (adiós a un jardín urbano), el buen funcionamiento de los sistemas biológicos de la población del entorno (hola a un tráfico empeorado y estresante), el contacto visual con la naturaleza (adiós a las palmeras y a la nutrida colonia de pájaros que en ellas habita) y, por otra parte, se perdería luz natural (hola a la sombra que proyectaría el nuevo edificio), muy en particular la que necesitan las niñas y niños del inmediato Colegio Cervantes.

Dios bendiga este negocio!

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Un dibujo realizado en el Colegio Cervantes por alumnado contrario al hospital y en defensa de las palmeras existentes.

Pelotazo en Abando: anatomía de un abuso.

Ya he abordado aquí en diferentes ocasiones el asunto que califiqué como “alianza Obispado-Mutualia-Murias“, una joint-venture que tiene como epicentro el antiguo colegio de las Carmelitas de Barraincúa, hoy Escuela de Magisterio Begoñako Andra Mari, dependiente del Obispado de Bilbao, una apetitosa parcela del Ensanche bilbaíno ocupada por un edificio histórico (aunque las autoridades competentes en la protección del patrimonio edificado no lo vean así) y un patio de recreo en el que crecen dos airosas y centenarias palmeras que se han convertido en el santo y seña de un noble empeño.

El obispado de Bilbao ha conjugado un lamentable negocio en el que, además de implicar a una mutua médica y a una constructora, ha arrastrado al Área de Urbanismo del Ayuntamiento de Bilbao al plegarse ésta a los intereses económicos del obispado y desentenderse de las reclamaciones ciudadanas. Estas reclamaciones no hacen sino exigir coherencia al propio Ayuntamiento, que alardea de crear espacios urbanos de proximidad en los barrios y de restringir el tráfico rodado en centro de la ciudad, cuando en este caso opera en sentido completamente contrario al eliminar en esa parcela la única posibilidad de crear un espacio de proximidad para el barrio y al autorizar la construcción de un hospital sobre cinco plantas subterráneas de aparcamiento junto a un colegio público, un colegio cuyos niños y niñas se verán privados, junto a sus abuelos y abuelas, de un lugar donde jugar, descansar, charlar, un lugar donde socializar.

En suma, ni espacio de proximidad ni reducción de tráfico, Al revés, un relleno de todo hueco urbano posible y una clínica plus aparcamiento para que más vehículos se acerquen a calles que ya hoy están congestionadas la mayor parte del día. Al Ayuntamiento de Bilbao le encantan las grandes declaraciones preñadas de palabras rimbombantes y promesas de solidaridad, ciudadanía y buenrrollismo, pero en cuanto un poder fáctico -léase, el Obispado, uno de los mayores propietarios de inmuebles y bienes raíces del territorio- le aprieta las tuercas se olvida de las promesas -si alguna vez las hizo sinceramente- y se pliega a lo que ordene la autoridad competente, que para el alcalde que tenemos es siempre una que vista sotana y alzacuellos.

La Asociación  de vecinos por un Abando Habitable y Saludable y el AMPA del Colegio Cervantes vienen desplegando desde hace años una lucha cívica y democrática por preservar para el bien público esa parcela, como un jardín abierto y un uso cultural para el edificio adjunto. Los vecinos implicados en esta lucha local bregan por un micro-urbanismo de calidad; son arquitectos, abogados, historiadores, economistas, artistas, empresarios, profesores…, pero no quieren más que otros vecinos de la ciudad, sino que desean exactamente lo que el Consistorio dice querer y prometer para todos. Existe el temor de que el Ayuntamiento esté ejercitando una discriminación de clase, pues al considerar que esa ciudadanía tiene una renta per cápita elevada (si no fuera así, no vivirían en ese barrio, se argumenta), sus reivindicaciones (como digo, equiparables a las promesas municipales) le parecen fuera de lugar y caprichos de gente acomodada (olvidando que este barrio tiene una elevadísima tasa de envejecimiento y numerosos jubilados de edad avanzada). Pues no, lo que tales vecinos quieren es justo lo que el Ayuntamiento dice querer. Pero no sólo en los barrios periféricos, sino también en el centro, un amplía área cada vez más ocupada por edificios de oficinas, hoteles, bares, restaurantes y tiendas de ropa globalizada. Los vecinos que van quedando empiezan a sentirse como sioux en la última reserva, acosados por agricultores y ganaderos que les van limando el territorio, y con el último espacio libre amenazado directamente por el guía espiritual de los dineros.

Esa lucha sentida en elevado grado por todo el barrio ha quedado plasmada en un libro singular, una edición autogestionada y artesanal, cuyas cubiertas exteriores se han confeccionado una a una -customizadas, se dice- con cartones recogidos en las calles del barrio, a la manera ideada por la editorial Eloísa Cartonera, de Buenos Aires. El libro se halla bajo la licencia creativecommons y, por tanto, cualquiera lo puede difundir, copiar, reproducir, adaptar, remezclar, transformar y recrear, siempre que se reconozca la autoría original. Sin más.

El libro disecciona el proceso vivido a lo largo de los últimos años de pelea por el sentido común y basta leer el índice para entender que el obispado es una hidra con muchas cabezas y oscuros recursos, pero con poca razón y peor gestión:

Capítulo I. El malogrado proyecto de viviendas (2017). Que trata de cómo el obispado de Bilbao intentó y no consiguió construir un edificio de viviendas en su parcela.

Capítulo II. Recalificación: se retira el uso exclusivo docente (2018). Que trata de cómo el obispado de Bilbao consiguió cambiar el uso del suelo de su escuela universitaria aprovechando una modificación del PGOU para levantar el veto docente a dos colegios de enseñanza obligatoria abandonados.

Capítulo III. Estudio de Detalle: se da forma al edificio (2018-2019). Que trata de cómo el obispado de Bilbao consiguió tramitar el Estudio de Detalle con aparente legalidad y opacidad.

Capítulo IV. El pelotazo: la entrada de Murias y Mutualia (2019). De cómo el proyecto pasó de ser la sede unificada de la iglesia vizcaína a que una clínica privada ocupara casi la mitad del edificio.

Capítulo V. Algo se mueve bajo las palmeras: movimientos ciudadanos (2019-2020). Que trata sobre las diferentes movilizaciones y acciones en contra de la operación Obispado-Murias-Mutualia.

Capítulo VI. Licencia de derribo (2019). Que trata de cómo el obispado intentó demoler su propio edificio y las palmeras durante el verano y no lo consiguió.

Capítulo VII. Proyecto de construcción (2019). Que trata del proyecto de clínica privada y sede diocesana que el obispado quería construir en el barrio de Abando.

Este libro, “compuesto colectivamente por el coro de vecinos reticentes de Abando“, y dirigido “al obispo de Bilbao, Mario Iceta Gavicagogeascoa, al obispo auxiliar de Bilbao, Joseba Segura Etxezarraga, al alcalde de Bilbao, Juan Mari Aburto, y al pueblo de Bilbao“, con el paso del tiempo será una joya bibliográfica que se hoy puede adquirir en las librerías Binario (c/ Iparraguirre 9 bis), Cámara (c/ Euskalduna, 8), Louise Michel (c/ Elcano, 27) y Anti (c/ Dos de Mayo, 2).  De momento es la joya evidente de un comportamiento cívico y democrático ejemplar desplegado por unas mujeres y hombres que no toleran la mentira y no aguantan la afrenta de un abuso económico-urbanístico y una dejación de responsabilidades edilicias.

No somos ingenuos: sabemos que nuestras acciones apenas arañan la diocesana piel de cocodrilo, pero nos preguntamos ¿es que no va a haber nadie dentro de la propia Iglesia católica -ay, cuantas grandes palabras para obrar el bien- que ponga freno a este despropósito? ¿de verdad, nadie siente una profunda vergüenza dentro del clero local? Sabemos que hay muchos sacerdotes que están en contra de este “corte inglés diocesano”, ¿a qué le tienen miedo que les hace callar y transigir con una operación propia de mercaderes en el templo?

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Portada de un ejemplar del libro

Torre Bizkaia y Torres de Colón.

A propósito de mi anterior entrada sobre “Fachadismos”, alguien me preguntó si  consideraba que lo que está sucediendo con la antigua torre del BBVA (en adelante Torre Bizkaia) es también un caso de fachadismo, esto es, un ejercicio de conservación-restauración de la envolvente exterior de un edificio histórico con destrucción-modificación de su interior. La pregunta es pertinente porque en mi entrada no lo incluía como un caso significativo que está ocurriendo en nuestra propia ciudad, pudiendo dar la impresión de que no me parecía que fuera “fachadismo” lo que ahí sucede. Pero sí lo es y en un grado tan singular que pensé dedicarle un post específico. Lo que sabemos estos días acerca de las Torres de Colón, en Madrid, me permite un análisis entre dos tipos de comportamiento diferentes.

La Torre Bizkaia (1965-69) dio el primer paso de la arquitectura vertical para oficinas en Bilbao, pues la arquitectura vertical para viviendas ya había arrancado con la torre de la plaza de los Santos Juanes (1963, arqs. Julián Larrea y Celestino Martínez Diego). Los arquitectos de la torre bancaria, José Enrique Casanueva, Jaime Torres y José María Chapa, ganaron el concurso para su diseño y construcción con una propuesta que, además de innovadora, incorporaba un refinado tratamiento para su piel envolvente por medio del aspecto pétreo de las placas fundidas de aluminio y la sutil elegancia del vidrio teñido, dispuestas alternativamente en franjas de estricta horizontalidad. Tras considerar otras opciones modificadoras del aspecto del inmueble, cinco décadas después de haber sido ideados y realizados estos elementos fueron considerados valiosos por Gonzalo Carro y Fernando Garrido (el equipo de IDOM encargado del proceso integral de rehabilitación de la Torre) y, por ello, los 10.000 metros cuadrados de fachadas volverán a mostrar los delicados tonos cromáticos que tuvieron inicialmente.

La transformación se ha llevado a cabo a base de montar según se desmontaban los diferentes elementos que componen el muro-cortina: montantes, travesaños, vidrio teñido y placas de aluminio fundido. La recuperación de estas placas es una de las operaciones más interesantes, ya que el alto coste, tanto económico como medioambiental, que supondría la realización de nuevas piezas aconsejaba su restauración y reutilización. Diversas pruebas de limpieza arrojaron resultados muy satisfactorios de cara a su recuperación y adaptación al nuevo sistema de fachada.

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Placas de aluminio fundido antes y después de la limpieza. Detalle de la superficie.

El sistema estructural de la fachada ha estado en manos de Riventi con la sustitución del anterior anclaje de los vidrios por otro nuevo con una sujección mejorada, garantizando de esta manera la seguridad del edificio, pues algunos elementos de la perfilería metálica estaban fatigados y la tecnología actual de ventanas y cierres acristalados -muy superior a la de hace medio siglo- permite la absorción de los movimientos de la estructura del edificio, la reducción del mantenimiento y aperturas integradas en el plano de fachada sin cambio estético, ni exterior, ni interior.

Sin embargo, frente a esta restauración de las placas de aluminio, los cristales se han sustituido por completo. Se ha encargado cristalería nueva con el mismo tono de color rosa pálido que tuvieron las piezas de cristal originales, muchas de las cuales fueron siendo sustituidos en tiempos posteriores por otras similares. El vidrio colocado en la torre fue de la firma belga Glaverbel (actual AGC Glass); su característica distintiva es que lleva una finísima capa de trióxido de oro que contribuye a su apariencia tan característica. Este material es muy poco reactivo frente a la corrosión y. por tanto, resistente al agresivo ambiente industrial de la época. El mismo había sido colocado previamente en el aeropuerto de Ginebra.

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Aspecto que mostrará Torre Bizkaia tras la finalización de las obras.

Al mantener los perfiles y la volumetría general de edificio tal y como fueron en origen y han sido hasta hoy, podemos decir, por tanto, que la imagen exterior de la Torre Bizkaia no va a sufrir cambio alguno en relación a lo que concibieron los tres arquitectos que la diseñaron. Ahora bien, al ser el fachadisno una práctica habitual de “protección” en edificios históricos, es decir, un tipo de edificio en el que la singularidad ornamental y tipológica remite a prácticas arquitectónicas pertenecientes a tiempos definitivamente superados (más de un siglo de vida), la singularidad a la que aludía en mi primer párrafo es que en Torre Bizkaia se ha trabajado “fachadistamente” en un edificio que tan sólo tiene cinco décadas de existencia y su piel no responde a las habituales características “beaux-artistes” o de notoria historicidad antigua.

Al parecer, por fin, estamos dando un salto en la consideración de lo valorable referido a casos de arquitectura reciente y el aprecio por arquitecturas más modernas va extendiendo su beneficio protector hacia fechas más recientes. En Torre Bizkaia no ha habido una demolición integral de su interior, pero sí ha sido sustituido en su practica totalidad. Se han conservado los forjados de los pisos y las estructuras verticales de soporte (estas últimas han debido ser reforzadas para aguantar las nuevas cargas, previsiblemente mayores en las futuras funciones para las que el edificio se habilita), pero todo lo demás es diferente: los accesos -que pasarán a ser dos, uno para PRIMARK y otro para las plantas destinadas a la Diputación Foral de Bizkaia-, los núcleos de comunicación vertical (escaleras, ascensores…), la organización espacial interior y los tránsitos horizontales… Adiós a unos espacios funcionales para una entidad bancaria privada, hola a otros espacios útiles para una mega-tienda de indumentaria y unas oficinas administrativas públicas.

Creo que la ciudadanía de Bilbao está feliz porque no se haya alterado la estampa de la Torre Bizkaia, pues, en el veloz transcurso de los tiempos recientes, ese edificio es claramente histórico (en lo constructivo y en lo económico), forma parte de la silueta y el paisaje sentimentalmente interiorizados, y, desde que apareció, es una de esas raras piezas que ha conseguido un consenso unánime acerca de su calidad urbana y belleza. Con un nivel de protección C en el PGOU de Bilbao, considero que la propiedad actual de la Torre (el fondo de inversión neoyorkino Angelo Gordon, quien lo adquirió en 2018 a través de AG Europe Realty Fund II) ha marcado un hito en la historia de la protección patrimonial de nuestra ciudad, pues con ese mismo nivel de protección otros propietarios de fincas similares o, incluso, de mayor antigüedad y no menor singularidad han conseguido del Ayuntamiento “facilidades complementarias” que aquí no se ven. Es posible que las hayan intentado, en cuyo caso el mérito de no haberlas conseguido es municipal; pero también es verdad que fue la Comisión de Patrimonio de la Delegación en Bizkaia del COAVN la que solicitó que el cristal fuera el mismo que el original ya que la Comisión de Patrimonio del Ayuntamiento de Bilbao había consentido que se cambiara por otro ¡de color verde!; más tarde la Comisión municipal hizo suya, ya como exigencia a la propiedad, esa solicitud; en definitiva, el acuerdo final entre ambas partes es bueno.

Por contraposición, traigo aquí el caso de las Torres de Colón, en Madrid (1967-76), genial edificio diseñado en lo formal por el arquitecto Antonio Lamela y resuelto estructuralmente por el ingeniero Javier Manterola (entonces en el estudio de Carlos Fernández Casado). Significaron para Madrid algo semejante a lo que la Torre Bizkaia representó para Bilbao, aunque tecnológicamente éstas fueran mucho más complejas y su resultado fue reconocido y aclamado internacionalmente como algo insólito: tras levantar los núcleos centrales, los pisos se fueron construyendo de arriba hacia abajo, quedando suspendidos de las placas de hormigón que coronan esos núcleos.

La propiedad actual de las torres, la aseguradora Mutua Madrileña, va a acometer unas obras que las van a cambiar de aspecto y, como ya es habitual, bajo la excusa inverosímil de que las respetarán. La historia de estas torres es turbulenta y, para comprenderla, recomiendo encarecidamente la visión del vídeo incluido en el enlace que ofrece la primera línea del párrafo anterior y el enlace de este párrafo.

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Aspecto original de la Torres de Colón.
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Aspecto que ofrecerán las Torres de Colón tras las obras.

La reforma de las Torres de Colón será acometida por el arquitecto Luis Vidal, quien antes trabajó en el Estudio Lamela. El asunto es complejo en esta fase también: la reforma modificará el aspecto exterior de las torres con cambio de materiales, reducción del número de pisos dentro de cada torre tal como es para lograr una mayor altura para cada uno de los nuevos (se concibieron como viviendas de lujo pero fueron utilizados desde un principio como oficinas), modificación del basamento sobre el que se elevan las dos torres, eliminación del desmerecedor “enchufe” colocado en 1989 (por el propio Estudio Lamela, aunque pienso que esto ya fue cosa de Carlos, hijo de Antonio), unión física entre las dos torres y creación de varios pisos más por encima de la famosa placa de la que cuelgan los pisos inferiores…; imagino que habrá también sustanciales cambios estructurales con lo cual podemos despedirnos del edificio tal y como fue concebido. Esto no llega al fachadismo, basta con ver las imágenes; es otra cosa.

Por tanto, nada que ver con lo que está sucediendo en Torre Bizkaia y eso que las Torres de Colón se hallan inmersas en un proceso de protección patrimonial que podría concluir en la obligatoriedad de un respeto integral si así lo determina la Dirección General de Planeamiento municipal que está acometiendo en estos momentos la catalogación definitiva de Torres Colón. De manera incomprensible, el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, respaldó recientemente con su presencia en un acto organizado por la Mutua Madrileña las obras que desfigurarán la torres… mientras sus técnicos municipales deliberan si las protegen o no.

Lo curioso es que Carlos Lamela, actual presidente del estudio que fundó su padre, en su día extrajo del cajón un “proyecto póstumo” de su progenitor para la reforma del edificio con el que se avalaba la inclusión de varios pisos por encima de las placas cimeras. Pero eso sucedió cuando Carlos Lamela creía que Mutua Madrileña le encargaría a su estudio la reforma del edificio. Conociendo los deseos de la aseguradora de aumentar la edificabilidad del inmueble, el arquitecto, oh casualidad, sacó a la luz esa idea póstuma de su padre, coincidente con la intención y deseos de la actual propiedad. Convocado un concurso para recibir ideas sobre cómo realizar la obra, resultó ganador el proyecto de Luis Vidal. A partir de ese momento lo que hubiese sido hecho por Lamela-hijo, de acuerdo aparentemente con la idea del creador del edificio, se convirtió, según aquel, en un espantoso y severo error perpetrado por Vidal.

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Proyecto concebido por Estudio Lamela cuando creía que se le encomendaría la reforma.

Cuestión final: hasta ahora los debates sobre la protección de la arquitectura de valor histórico-artístico se dirimían entre la administración pública -responsable de proteger o no-, los arquitectos -encargados de actuar y actualizar edificios antiguos-, el propietario del inmueble -que controla la inversión y anhela resultados satisfactorios para su economía- y los historiadores -preocupados por velar las huellas arquitectónicas del pasado-. Sin embargo, a partir de ahora, según se acerque al presente la línea temporal de protección, habrá un nuevo interlocutor: el arquitecto que diseñó el edificio, pues puede muy bien que aún viva, o el estudio que, en manos de sus herederos o de otros, actuará como albacea de su legado. Interesante perspectiva.

Un proyecto desconocido de Álvaro Líbano (1975).

El próximo 21 de febrero se cumplirán diez años desde el fallecimiento del arquitecto Álvaro Líbano Pérez-Ullibarri, quien tan honda huella dejó en la trama del Ensanche bilbaíno y en Bizkaia durante las décadas de los años 50, 60, 70 y 80 de siglo pasado. Su mano exquisita, junto a la de José Luis Sanz-Magallón, dejó huella en el edificio de oficinas para la Babcock-Wilcox (Gran Vía 50, 1961-65), en el de viviendas y oficinas de la plaza Elíptica 8, entre Gran Vía y Ercilla, junto a Javier Fontán Gamarra (1973), en el edificio industrial para SEAT (en Deusto, 1962-65, transformado por completo), en la Escuela Normal de Magisterio, junto a Germán Aguirre y Francisco Navarro Borrás (también en Deusto, 1959, también desaparecida ya), en la primera ampliación del Museo de Bellas Artes de Bilbao, junto a Ricardo Beascoa (1967-70) o en el edificio de oficinas de Gran Vía 81, esquina con Mª Díaz de Haro, junto con Rafael Jesús Basterrechea (1974), entre otras muchas. Fue un trabajador prolífico, pero donde su talento brilló especialmente fue en dos piezas personales realizadas en las inmediaciones de Bilbao: el Centro de Enseñanza Especial de la Ola (Sondika, 1969-73) y en los comedores de la fábrica Babcock-Wilcox (Trapagaran, 1963, en riesgo de desaparición tras haber sido demolidos recientemente los antiguos pabellones industriales).

El proyecto que he conocido gracias al artista Mario Paniego no pasó de ser una idea esbozada sintéticamente, pero que de haber madurado hubiese transformado profundamente uno de los frentes hacia la ría más conocidos por la centralidad urbana que ocupa: el del puente del Arenal, arranque de la calle Navarra y el Muelle de Ripa. La idea es del año 1970, esto es, del momento en que Líbano se encontraba en plenitud de facultades y desarrollando algunos de sus trabajos más interesantes. El cliente era la compañía de seguros La Polar (aurora-Polar a partir de 1977), propietaria de tres edificios en Muelle de Ripa 1 y 2, y Navarra 2 (la histórica casa Mazas, primer edificio de vecindad por pisos levantado al otro lado del puente del Arenal en 1859-60, como señal de hacia donde se desarrollaría el Ensanche de la Villa a partir de la década siguiente).

En aquellos momentos no se contemplaba la posibilidad de proteger los edificios del siglo XIX ahí existentes, sino su demolición, cosa que ocurrió tiempo después, pero no para facilitar el plan de Libano, sino otros muy diferentes. De hecho, de los tres solares implicados el primero que quedó liberado fue el de la casa Mazas (1968, el propio Álvaro Líbano se ocupó del derribo por encargo de La Polar), siendo también el último en ser ocupado (1993, arq. Fernando Galdeano) pues su vacío fue aprovechado a finales de la década de los 80 para excavar un profundo túnel vertical que facilitó los trabajos de la caverna del metro en el tramo que pasa, justo ahí, por debajo de la ría.

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Casa Mazas en construcción, 1859.
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Puente del Arenal, calle Navarra y casa Mazas a la derecha, en el comienzo del Muelle de Ripa.

La idea de Líbano se apoyaba en una Ordenanza Especial aprobada por el Ayuntamiento el 31 de Enero de 1964 con el título de “Reforma vial de la calle Ripa y Reglamentación especial de la margen izquierda de la ría en la zona comprendida entre la calle Navarra y el Muelle de Churruca“. El propósito de aquella reforma, según la Memoria redactada por el arquitecto, era “convertir un conjunto urbanístico totalmente inadecuado con edificaciones pobres, vías de ferrocarril y muelles, en uno de los puntos urbanos más hermosos de Bilbao; con edificios de gran categoría arquitectónica, soluciones para el problema de tráfico, aparcamiento, tránsito y espacios abiertos, gratos para los habitantes o visitantes de la Villa, como corresponde al emplazamiento de mayor significación de la Capital“.

En lo sustancial, lo que se proponía con esta reforma urbana era crear una plataforma sobre las vías del ferrocarril Bilbao-Santurce y sobre los muelles, quedando a la altura del puente del Arenal en el comienzo de la calle Navarra. Tal plataforma sería, en la zona más próxima a los edificios, una calle con tráfico rodado y, en la parte más cercana a la ría, unos jardines y un paseo, esto es, algo similar a lo existente frente a la cercana estación de Santander. Así, las nuevas construcciones en esos solares configurarían “una franja de edificios, a modo de balcón enriquecido, con vistas al hermoseamiento de una Alameda (la plataforma) y de un ambiente natural formado por la Ría y los jardines del Arenal“. Bajo esa plataforma, como una suerte de prolongación de la antigua estación de Santurce, habría un aparcamiento y, resuelta la diferencia de cotas, el nuevo vial sobre ella prolongaría la calle Bailén. Esa cornisa-plataforma pondría en comunicación los puentes del Arenal y del Ayuntamiento. En opinión de Líbano, “la construcción de la plataforma es condición necesaria para el enriquecimiento de toda esta zona“.

Líbano planteaba dos posibilidades de actuación: una se refería exclusivamente a los solares propiedad de La Polar, pero otra ofrecía la opción, caso de convencer a URBINSA como propietaria de otros solares en la misma manzana, de plantear una unidad de actuación a lo largo de todo el Muelle de Ripa, incluyendo las calles Villarías, Amistad y Príncipe, que indudablemente presentaba una variopinta heterogeneidad de tipologías edificatorias, la cual, en parte, aún hoy conserva. Con la segunda opción se buscaba configurar “otra manzana de características similares de construcción y riqueza, para lograr una caracterización específica (…) y no quedar enmarcada o encuadrada por los edificios de diversos estilos presentes o futuros que, en otro caso, le han de hacer perder significación“. El propio arquitecto reconocía que este plan era “ambicioso” y nada “práctico pensar en su realización o en sugerir al Ayuntamiento su planteamiento“, pero recordaba que la misma corporación municipal lo había contemplado en alguna ocasión anterior. Es probable que con ello estuviera refiriéndose a la “Reforma Viaria parcial del Interior de Bilbao”, planteada por Secundino Zuazo en 1922. Quizás incluyera entre las dificultades para llevar a cabo esta operación in extenso el hecho de que ya en 1959 había empezado a darse una sustitución de viejos inmuebles por otros más modernos en este área, como era el caso de Villarías 2 (arqs. José Mª Sainz Aguirre y Antonino Zobaran Manene).

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Propuesta limitada a los tres solares propiedad de Aurora-Polar. Álvaro Líbano.
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Propuesta ampliada a todo el frente del Muelle de Ripa. Álvaro Líbano.

Los dibujos muestran un edificio fragmentado en dos cuerpos, con gran altura y muros cortina. Con tres plantas bajo rasante, mostraría una planta baja de doble altura y un paralelogramo de cuatro alturas que, ocupando todo el solar, llegaría hasta el límite de las dos calles a las que se abriría, para funcionar como gran zócalo del cuerpo situado encima. Supuestamente, estas plantas estarían dedicadas a oficinas. Sobre el anterior y con un nivel técnico intermedio, se elevaría otro cuerpo con planta en forma de L y diez niveles, en principio destinados a viviendas, aunque el énfasis que la Memoria pone en las “importantes entidades públicas y privadas situadas en un radio de 500 mts.” y en el hecho de que su “situación central respecto al marco urbano esté originando un proceso de renovación urbana, patente en la sustitución de viejos edificios por nuevos conjuntos, tales como son los casos del Banco de Vizcaya, El Corte Inglés, Bankunión, Banco Central, etc.“, sin mención alguna a posibles viviendas residenciales, hace sospechar que la idea del promotor era dedicar todo el edificio a oficinas.

El cuerpo superior retranquea sus fachadas orientadas a las calles Navarra y Ripa respecto a la posición ocupada por las fachadas en el cuerpo inferior. Por otra parte, el ángulo de la L en el cuerpo de arriba se ubica en la diagonal opuesta a la esquina formada por las dos calles. Con ello se crea un espacio abierto ante sí, en un intento por reducir a nivel de acera colindante la gran altura que toma el conjunto. Esa altura de 16 pisos (cerca de 50 metros) no tiene en consideración la cercana Sociedad Bilbaína, cuya silueta dibuja. Este tipo de inmueble -o semejante a este- ya había sido trabajado anteriormente por Julián Larrea y Celestino Martínez Diego en la torre de los Santos Juanes (1963), y por Eugenio Aguinaga y Luis Gana en las Torres de Zabalburu (1966-71), así como por César Sans-Gironella en el edificio Albia (1970).

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Alzado de perfiles al Muelle de Ripa. 54,85 mts de anchura.
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Alzado de perfiles a la calle Navarra. 25,29 mts. de anchura.

Es complicado valorar hoy iniciativas como ésta. A primera vista, que la plataforma no se hiciese es algo que se agradece, que la edificabilidad no permitiera tales altura también produce alivio y que no prosperara el proyecto de Líbano…, pues depende de cómo hubiesen sido los detalles de la propuesta y la calidad de los materiales. Ahora puede contentar su no realización, pero si se hubiese llevado a cabo probablemente lo tendríamos asumido cuatro décadas después y hasta consideraríamos esa realidad con valoraciones positivas, pues formalmente el edificio, sin duda, las tendría. En mi opinión, el actual edificio de Fernando Galdeano, con su pesado y presuntuoso historicismo, no es una aportación que enriquezca el emplazamiento y los edificios en Muelle de Ripa 1 y 2, diseñados por José Antonio Martínez Añón en 1986, aún menos. Es fácil imaginar que la idea de Libano, aunque lastrada por la excesiva ambición edificatoria de La Polar, hubiese sido mejor.

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Propuesta de Secundino Zuazo para los mismos solares en 1922.

Andamios de melancolía.

Ayer, 9 de enero, se inauguró “Monochrome”, exposición de Javier Riaño en la galería Lumbreras, de Bilbao. Me pidió que le escribiera un texto. Resultó lo que sigue.

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Javier Riaño en su estudio de la parisina Cité Internationale des Arts, 2019. Foto de Aitor Ortiz.

“El espectador se siente como subido sobre un andamio o sobre una frágil pasarela, suspendido sobre una noche sin fondo, cruzada por vigas, cuerdas y cadenas, llena de puertas y estelas funerarias”.

Henri Focillon. “Esthétique des visionnaires”, publicado en Journal de Psychologie, París 1926.

El cerebro negro de Piranesi…” escribió Marguerite Yourcenar -repitiendo unas palabras anteriores de Víctor Hugo- en un ensayo (1) sobre el autor de las carceri, esas cárceles imaginarias como símbolos de la trágica belleza romana que grabó Giovanni Battista Piranesi (1720-1778). He recordado esta frase a la vista de los últimos trabajos de Javier Riaño, realizados en París a lo largo del curso pasado. Las diferencias formales entre las imágenes de ambos son enormes, por supuesto, pero también son muchas las coincidencias y, sobre todo, lo es el propósito estético que impulsó la mano creativa de uno y otro.

Unas manos curtidas en la tarea de dibujar con buriles y punzones sobre planchas dúctiles para, tras entintar los surcos trazados, estampar grabados. La mente del italiano se desbordó en esas imágenes, pero no alcanzó un nivel semejante cuando utilizaba pinceles y brochas. La técnica parecía condicionar su capacidad visionaria, si bien, al considerar la totalidad de la obra gráfica realizada por él, debería decirse que ese condicionamiento estaba afectado tanto por la técnica como por el tema iconográfico, pues no todas sus ilustraciones estampadas alcanzan el sorprendente grado alucinatorio de las cárceles, ya que sus otros grabados participan del mismo contexto convencional en que se movían muchos artistas del Barroco.

Sin dejar de utilizar tintas y papeles, aunque prescindiendo de las herramientas para arañar y del tórculo, Riaño recorre su camino en sentido contrario: cuando manejaba las tintas en planchas para grabar se vinculaba a las realidades visibles -arquitecturas urbanas, interiores de espacios edificados…-, mientras que ahora, al trabajar directamente sobre el papel con la tintura, se adentra en un universo personal e íntimo, de carácter psicológico, contradictoriamente irreal…

Frente a las majestuosas e inmortales ruinas romanas, Riaño levanta un mundo frágil de arquitecturas efímeras y livianas, construidas con tablones y clavos. A pesar de su delicada y perecedera existencia, se muestran como plenamente útiles y funcionales sin dejarnos claro para cuáles tareas lo serían. El sumergimiento en la oscuridad ambiental no impide que una intensa luz blanca bañe uniformemente las estructuras levantadas. No hay sombras torrenciales ni haces de claridad. La visión del objeto edificado es nítida. Lejos de la ruina o la decrepitud, los entablamentos se muestran tan incomprensibles como inmaculados, envueltos por silencio, en perfecto uso para lo que sea que fueran levantados.

El desconocimiento de su utilidad no impide reconocer que, aunque no fue un ingeniero o un maestro de obras quien las concibió, diseñó y edificó, las casetas están construidas con cierta lógica y suficiencia, pues los volúmenes, las escaleras de mano y las plataformas a diferentes alturas responden a los posibles recorridos de sus usuarios. Su fragilidad recuerda la del ser humano. La caducidad está en su naturaleza, pero estos pabellones de aire palafítico no han sido estrenados aún y contienen intactas las promesas de su desconocida funcionalidad.

La perspectiva nos ofrece siempre una visión completa del artefacto, lo que permite entender la cara que se nos muestra, si bien a través de huecos y travesaños percibimos la intrincada articulación del conjunto, formalizando una delirante maraña sin exageración ni distorsión, como señal de ininteligibles certezas psicológicas.

Sin paisaje alrededor, alzándose en un vacío carente de sombras porque las tinieblas absorben todo el espacio, la luz construye la poética de estas barracas dibujadas con escrupulosa precisión. Como garitas del espíritu, se alzan para observar la oscuridad desde el luminoso, breve y acotado estrado de sus tribunas. Ese esplendor abstracto, esa luz saturnina que no es solar ni artificial, sino del alma, mediante acusados claroscuros ilumina con idéntica importancia el tablón situado en la parte más baja y la casilla más elevada; todo importa, ningún elemento es irrelevante en esos esqueletos, todo hace posible la sostenibilidad del aparataje.

La luz que ilumina las plazas que escenografió Giorgio de Chirico y la que penetra en las habitaciones de hotel pintadas por Edward Hopper es la misma que la de estas humildes atalayas imaginadas por Riaño; emocionalmente, el vacío metafísico de las primeras y la soledad existencial de las segundas se corresponden con el glacial asombro que provoca la secreta desolación sin nombre de las últimas.

Estos dibujos a tinta constituyen una serie de variaciones en torno a un mismo asunto simbólico. Estos dispositivos artesanales, manufacturados por un ingenio básico manejando utillaje primario, representan estados de ánimo, ecos procedentes de profundidades físicas y espirituales donde bullen la confusión, la pesadilla y el pánico, junto a mínimas seguridades, escasas certezas y azarosas verdades.

Como en las cárceles de Piranesi, lo más inquietantemente obvio de estas pulcras edificaciones es la perfecta falta de sentido que dominaría su existencia en la realidad. Los livianos pasamanos y las angostas pasarelas, las etéreas balconadas y los escuálidos chamizos… carecen de destino y utilidad. Sólo la construcción en sí misma posee un sentido, el de existir a pesar de todo, el de soportar su individualidad de “folly” endeble inmersa en la oceánica oscuridad de la existencia, donde nada encuentra cimentación como basamento y donde la modesta altura sólo permite ver nada. A pesar del aislamiento y la soledad, por su eficaz y elegante imperfección estas torretas son innegables resultados de la mano humana.

Son imágenes de confusión elaboradas por quien no quiere sentirse confundido y busca una lógica, siquiera precaria, que sostenga y haga razonable el esfuerzo de construirse y vivir. Como su esencia carece de sentido, las combinaciones de formas constructivas no componen un dibujo arquitectónico, sino que son dibujos libres, sin las trabas de ninguna pretensión de servir para algo. Se limitan a la necesidad de evocar la idea genérica de una tarea estéril, sugiriendo la existencia de andamiajes relucientes, rodeados por tinieblas, surgidos de un esfuerzo hermoso, inservible y melancólico.

(1) Extraído de “Le cerveau noir de Piranèse” (1959-1961) publicado en Sous bénéfice d’inventaire (Gallimard, 1962); traducción de Emma Calatayud para A beneficio de inventario (Alfaguara 1992).

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Javier Riaño en su estudio de la parisina Cité Internationale des Arts, 2019. Foto de Aitor Ortiz.

Brotes de modernidad en Villarcayo.

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Vidriera del Vía Crucis.

Durante los recientes meses de final de año estuvo este blog bastante atareado: la Bienal de Arquitectura de Euskadi, la reformada propuesta de Foster y Uriarte para el Museo de Bellas Artes, la exposición de las tres iglesias vitorianas… causaron que fuera retrasando algo que me hubiera gustado comentar en coincidencia con el acto de colocación de la placa del Registro DO.CO.MO.MO. Ibérico en la iglesia de Santa Marina de Villarcayo (Burgos), lo cual sucedió el pasado 7 de octubre, Día Mundial de la Arquitectura.

El templo de Santa Marina es obra del arquitecto burgalés José Luis Gutiérrez Martínez, siendo construido entre 1967 y 1968. Su inclusión en el Registro supone un merecido espaldarazo a la singularidad de este edificio religioso, pues el propósito que dio origen a la Fundación DOCOMOMO es estudiar y documentar la arquitectura del movimiento moderno con el fin de lograr su reconocimiento como parte de nuestra cultura del siglo XX, su protección patrimonial y conservación. Para ello es indispensable detectar qué edificios constituyen este patrimonio, conocer las circunstancias que les dieron origen, documentar los proyectos que las generaron y evaluar sus condiciones actuales. Este trabajo fue realizado en sucesivas fases. En la primera se estableció un estado de la cuestión a través de los 166 edificios que se estimaron más representativos del periodo comprendido entre 1925 y 1965 en los territorios ibéricos. A partir de ahí, en sucesivas fases se han ido documentando las diferentes temáticas de la arquitectura moderna: industria, vivienda y equipamientos, hasta completar un registro que engloba unas 1.200 obras.

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Vidriera del Vía Crucis.

En territorio burgalés existen actualmente cuarenta y tres edificios registrados como obras de arquitectura moderna de elevado interés, veinte construidos durante el periodo 1925-65 y veintitrés pertenecientes al periodo 1965-75. La mayoría de ellos se encuentran localizados en Burgos capital, pero existe un nutrido grupo de arquitecturas modernas en Miranda de Ebro, industriosa localidad a la vez que importante nudo ferroviario. En la comarca de Las Merindades, donde la influencia de la cercana Bilbao se hizo notar a partir de su despegue como urbe industrial, hasta ahora solamente estaban incluidas en el Registro DOCOMOMO las viviendas de camineros diseñadas para Medina de Pomar por Luis Cubillo de Arteaga en 1971, mostrando en este conjunto su contribución a la resolución del problema de la vivienda mínima y también la influencia de Arne Jacobsen, de quien se mostraba admirador. Nada más hasta la reciente incorporación de la exuberante iglesia de Santa Marina en la vecina Villarcayo.

Su diseñador, José Luis Gutiérrez Martínez (1897-1981), ya tenía algunos trabajos registrados en este catálogo de la modernidad: un edificio racionalista de viviendas en el número 4 de la calle Condestable, de 1933, otro del mismo tipo con algún rasgo expresionista en el número 1 de la calle San Lesmes, de 1946, y un edificio-estudio en la Avda. de los Reyes Católicos, de 1969-71, los tres en Burgos capital. De neto origen racionalista con valiosas actuaciones en los años 30 y 40 durante los que consultó a menudo al ingeniero Eduardo Torroja el cálculo de algunas estructuras, la trayectoria del arquitecto Gutiérrez Martínez, transitó por bloques de masivas viviendas propias del desarrollismo económico autóctono de las décadas de los años 50, 60 y 70 sin destacables aportaciones salvo excepción, para desembocar al final de su vida profesional en un proyecto de iglesia de factura completamente diferente, como si recuperara los aires de vanguardia que respiró en sus inicios.

La localidad de Villarcayo ya había conocido un primer brote de modernidad social a principios de los años 60, cuando en un finca de 179.473 metros cuadrados los arquitectos Celestino Martínez, Julián Larrea y Ramón Uribe diseñaron una amplia y ajardinada Residencia Infantil por encargo de la Caja de Ahorros Municipal de Bilbao. Allí, niños y niñas con dificultades respiratorias podían pasar periodos de tres meses en invierno, durante los que continuaban con su escolarización, o de todo el curso o colonias veraniegas de un mes, bien en julio o en agosto. En la Bizkaia de finales de los 50, la contaminación de la industria pesada causó muchos problemas entre una población infantil que encontraba en Villarcayo el clima perfecto para recuperarse.

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vista aérea

En cuanto a la iglesia de Santa Marina, las referencias alusivas a ella más repetidas son que evoca una tienda de campaña beduina y que el eco de Gaudí se manifiesta en la ornamentación de los vitrales. Creo que son menciones fuera de lugar. La forma y la espacialidad remiten a Miguel Fisac y Félix Candela. Sin duda, el primero por el desarrollo en planta, aunque resulte más formalista que el manchego, y el segundo por la solución para la cubierta, aunque utilice vigas de acero y no sólo hormigón. En el tratamiento de la fachada se pueden encontrar alusiones a las primeras propuestas de Jorge Oteiza para la Basílica de Aránzazu.

La planta se resuelve por el encuentro de dos cuerpos claramente diferenciados: la nave principal está conformada por dos muros que en su arranque a los pies de templo se hayan separados para ir acercándose entre sí según se aproximan al presbiterio, una forma triangular truncada por su encuentro con el otro cuerpo, un elevado tambor elíptico que engloba el presbiterio y su inmediación. El conjunto determina una figura simétrica.

La cubierta incluye también los cierres laterales y se constituye con unas secciones triangulares de punta superior redondeada que, en tres cuerpos, van decreciendo según se aproxima hacia la cabecera del templo. El encuentro entre las tres secciones genera dos medias lunas que permiten el paso de una tenue luz a la oscurecida nave ocupada por los feligreses. Esta nave se estrecha y la cubierta desciende para arribar al cuerpo elíptico del presbiterio que, al ser más elevado y estar iluminado por una gran cristalera que los feligreses no ven, queda resaltado con una colorista claridad. Así, donde se halla el pueblo domina la penumbra, la luz es escasa y el paso se estrecha, pero donde reside la divinidad los muros se elevan, la oscuridad desaparece y el espacio se ensancha.

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En construcción, 1967.

El hastial de la fachada previsto por el arquitecto aparece cerrado con una enorme vidriera o conjunto de vidrieras insertas en un paño de hormigón. Sin embargo, aunque dejó algún dibujo acerca de cómo lo preveía, el encargado de ejecutar estas vidrieras fue el artista Luis Francisco “Quico” Prieto Blanco (Zamora, 1931-2008), creador polifacético que cultivó la pintura, la escultura, el dibujo, el cómic y la caricatura pero que destacó especialmente como artesano de vidrieras. En el centro de la vidriera de la fachada se halla la representación del Pantocrator, Cristo Glorioso que recapitula en sí todo lo creado. Hacia Cristo sentado sobre la bola del mundo y portando en su mano el Libro de la Vida, confluye el macrocosmos (soles, lunes, constelaciones…), el cosmos (mundo marino, vegetal…), y el microcosmos (microbios aumentados millones de veces). El programa resulta muy pastoral, evidentemente, pero el color y la composición tiene un incuestionable aire de época que recuerda trabajos similares llevados a cabo en diversos  lugares por otros artistas. No obstante, existe en estos vitrales un sabor curioso que oscila entre el expresionismo abstracto y las efusiones cromáticas del ambiente “hippie” más psicodélico y lisérgico. A finales de los años 60 en los cines de Notting Hill Gate antes de las películas se proyectaban secuencias con imágenes entremezcladas de fluidos cromáticos y destellos kaleidoscópicos  similares a lo que en estas vidrieras se observa…, asuntos teológicos aparte.

El trabajo en el hastial tardó en culminarse, pues habiéndose iniciado en 1968 terminó en 1990. El molde para la estructura se preparó en escayola en Madrid, llevándose a Villarcayo en tres grandes camiones. El encofrado de hormigón armado fue una epopeya artesanal.

Aunque Luis “Quico” ejecutó otros trabajos en España, Portugal e incluso Australia (también en Bilbao dejó algunas muestras en el cine Coliseo Albia y en el antiguo Banco Popular, entre otros), esta iglesia de Villarcayo fue su obra más importante. La Fundación DOCOMOMO así lo ha visto también y, sin duda, merece la pena la visita.

Su emplazamiento es extraño, pues este tipo de templos, al ser edificados en los años del crecimiento urbanístico de las ciudades, normalmente se encuentran situadas en lugares despejados y, por tanto, su visibilidad resulta completa y libre de obstáculos. Aquí no sucede esto porque se utilizó el lugar que tuvo el templo anterior de origen medieval tras ser derribado por ruina física, motivo por el cual se decidió erigir uno nuevo, pero en el mismo sitio que tuvo la iglesia histórica.

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Fachada exterior y campanile. A la izquierda del templo, existente un par de edificios de viviendas, cuya autoría desconozco, pero que son fruto asimismo del breve pero fértil brote de modernidad arquitectónica que vivió esta localidad burgalesa.
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Desde la nace hacia el presbiterio.

 

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Desde el presbiterio hacia la nave. La vidriera superior cierra el encuentro entre la nave triangular y el presbiterio elíptico; la vidriera inferior se halla al fondo de la nave, en el hastial de la fachada.

Fachadismos.

A finales de 1987 escribí un artículo acerca de la peligrosa tendencia inmobiliaria que empezaba a verse entonces y que, debido a los perjuicios patrimoniales que implicaba caso de consolidarse, temí que llegara a convertirse en una costumbre aceptable para los órganos institucionales de protección del patrimonio construido y para los arquitectos. Con aquel texto, publicado en un modesto periódico municipal recién nacido con el impulso y la dirección de mi inolvidable amigo Ángel Ortiz-Alfau, intentaba conjurar lo que preveía como un desastre para la arquitectura de calidad construida en tiempos pasados, esa arquitectura que debe ser transmitida al futuro como parte de nuestro legado socio-cultural. El título del artículo centraba directamente el problema, “Proteger fachadas es atentar contra el patrimonio arquitectónico”, y se ilustraba con imágenes de dos lamentables actuaciones que en aquel tiempo se sufrieron bajo este criterio de intervención, las casas de Sota, en la Gran Vía, y la casa Arróspide o antiguo Rectorado, en Indautxu. La advertencia no tuvo éxito y la tendencia se acrecentó y consolidó, convirtiéndose treinta y dos años después en una pandemia urbana…, eso sí, siempre bajo la paradójica consideración de que actuar de esta manera es una razonable forma de proteger la arquitectura histórica, esto es, de destruir aquello que precisamente se dice querer proteger.

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Periódico municipal BILBAO, nº 2, diciembre de 1987.

“Fachadismo” es el concepto que indica este tipo de actividad y, en su sentido más habitual,  consiste en conservar la fachada de un edificio, por lo general histórico, al que se le atribuye algún tipo de valor arquitectónico o cultural para construir tras ella -y a menudo también encima de ella- un edificio nuevo. En un sentido más amplio también se utiliza este término para aludir a la reconstrucción de una fachada histórica con nuevos materiales, ajustándose a las alturas de los pisos preexistentes que se conservan (IDOM), y, en el caso de un edificio enteramente nuevo, a la construcción de una fachada historicista con la que intenta integrarse en el estilo predominante de su entorno y que tiene muy poca o ninguna relación con los espacios situados tras ella (Artklass).

Cuando no es posible conservar un edificio en su totalidad y la pérdida de su interior es inevitable por ruina física, resulta muy razonable salvar el exterior, por supuesto. Salvaguardar una fachada histórica es sensato, ya que conserva un tejido de valor público o cultural y facilita al promotor inmobiliario cierta libertad de actuación al permitirle desarrollar, tras ella, espacios útiles que cumplan con sus objetivos de negocio. Si se realiza con sensibilidad, salvar sólo la fachada puede verse como una expresión alternativa de la historia con proyectos contemporáneos cuidadosamente planteados para contar cómo surgió y era la estructura original y cómo ya no está allí. También podría justificarse como una forma de actualizar las estructuras en los núcleos urbanos históricos a los estándares modernos de accesibilidad, incendios y medio ambiente, ofreciendo espacios interiores más cómodos para conjuntos diversificados de usuarios. Lamentablemente, las expectativas del fachadismo actual se desvían a menudo de estas realidades. El mayor problema surge cuando, encontrándose el interior del inmueble en perfectas condiciones físicas para sobrevivir mediante operaciones de rehabilitación o reutilización, se decide la conservación, únicamente, de su fachada. El fachadismo, tal como se ve en Bilbao, San Sebastián, Madrid y otros muchos lugares, es la alianza entre la codicia de los promotores, el mezquino diseño arquitectónico y la permisividad cómplice de las administraciones públicas.

Las fuerzas financieras y administrativas que se encuentran detrás del fachadismo, por cuestionables que sean, no son la razón por la cual este comportamiento tiene tan mala fama en la opinión pública. El problema más evidente con el fachadismo son las respuestas baratas, poco inspiradoras y mediocres ofrecidas por los arquitectos que diseñan y construyen el sustitutivo contemporáneo del edificio histórico. Aparentemente atrapados en un punto medio entre la creación de una estructura orientada hacia la utilidad funcional en el presente-futuro y el ejercicio de reemplazamiento edificatorio leal hacia la preexistencia edificada en el pasado-presente, los equipos de diseño casi nunca logran ninguno de los dos objetivos. Más que otra cosa, esta es la arquitectura como teatro, como valor ambiental, por utilizar la expresión utilizada por el actual PGOU de Bilbao.

También es verdad que en numerosas ocasiones se debe mirar a los equipos de diseño con cierta comprensión. En las escuelas de arquitectura se enseña que la Forma sigue a la Función. Se enseña a diseñar desde dentro hacia afuera, que el exterior de un edificio es una expresión de su interior y viceversa. Cuando la relación simbiótica entre el interior y el exterior de un edificio se ve comprometida, requiriéndose un trasplante complejo, los diseñadores se encuentran en un territorio desconocido, dando lugar a resultados confusos y desorganizados. Sin embargo, esta excusa no posee mucho alcance. Después de todo, la misma educación que enseña a diseñar de dentro a afuera también enseña a proyectar con creatividad. Esta última debería servir para algo en tales situaciones.

El fachadismo crea una tensión entre lo que se percibe y lo que es real. Una sensación inevitable de absurdo se impone cuando una fachada queda a la deriva, apuntalada por andamios, esperando la llegada de un nuevo edificio detrás de ella. El ojo, acostumbrado a esperar alguna relación entre la disposición de los vanos exteriores y el espacio interior, se ve perturbado cuando las luces fluorescentes revelan que una fachada histórica no está ante nada más que unas amplias oficinas de planta abierta.

El fachadismo ofende lo puramente racional. Implica ofuscación deliberada. En su nivel más básico, el fachadismo no es veraz. Nos importa, posiblemente, si somos racionalistas y utilitarios. Si se pone menos énfasis en el valor sacro de la integridad estilística arquitectónica, si los edificios se ven en parte como escenografías urbanas y algunas de las arquitecturas más severas de mediados del siglo XX se aprecian más como esculturas, entonces el fachadismo puede tener sentido, eso sí, un sentido decorativo. Si el fachadismo es un problema ético, ello es debido en gran parte a que se ha encontrado en medio de una colisión intelectual entre arquitectos, historiadores y políticos que se podrían dividir entre racionalistas progresistas, por un lado, y conservadores pragmáticos, por el otro.

Recientemente, se publicó un ensayo titulado The Ethics of Facadism. Pragmatism versus Idealism, escrito por Robert Bargery, secretario de The Georgian Group y anteriormente Jefe de normativas e investigación en la Commission for Architecture and the Built Environmentque me ha recordado el texto que escribí hace ya más de tres décadas. Pero también lo he recordado porque estamos viendo cómo proliferan estas actuaciones en tiempos recientes: el lavadero de Barraincúa, el último palacete (Villa Favorita) que quedaba en La Concha donostiarra, la enorme y larguísima operación de las calles Sevilla y Alcalá, en Madrid…

Por fortuna no todas las actuaciones acerca de fachadas salvaguardadas son penosas y quiero mostrar algunos ejemplos que me parecen brillantes y resueltos con mucha sensibilidad en construcciones históricas sin valores materiales, decorativos o culturales que las hagan sobresalientes, como la nueva edificación llevada a cabo dentro del perímetro de los cuatro muros de una antigua casa rural, cuyo tejado desapareció hace tiempo así como parte de los muros exteriores -sin ocultar lo que ha sido necesario reconstruir en ellos con nuevos materiales- hasta convertir esos muros en la cerca exterior de la nueva casa.

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…nueva edificación llevada a cabo dentro del perímetro de los cuatro muros de una antigua casa rural…

O una operación similar, pero realizada dentro del núcleo urbano de una pequeña población, en la que no se oculta el grado de deterioro que alcanzó la construcción preexistente antes de la nueva intervención.

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…dentro del núcleo urbano de una pequeña población, en la que no se oculta el grado de deterioro que alcanzó… 

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O este tercer caso de Paul Chemetov, Maison Lebeaume, en el que las fachadas remanentes de la antigua casería se convierten, tras ser consolidadas, en una parcial indumentaria texturada y rugosa para la nueva, pulida y minimalista estructura de hormigón, la cual establece sus vanos en función de los vestigios de los que tuvo la casa del solar renacido.

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Frente a estas delicadezas se encuentran las operaciones brutales que anulan la arquitectura histórica y aplastan con prepotencia las fachadas preservadas para convertirlas en contradictorios zócalos de las nuevas construcciones. Fachadas que quizás permanecieron durante años sostenidas por andamios a la espera de un promotor inmobiliario que aceptara operar ahí dentro de los límites de la volumetría anterior o a la espera de que la normativa municipal autorizara una edificabilidad que superara las alturas edificatorias previas.

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…a la espera de que la normativa municipal autorizara una edificabilidad superadora…

Y voy con un caso local y con otro cercano. Uno local, lo realizado en el lavadero de Barraincúa por el Ayuntamiento de Bilbao (aún no inaugurado como Centro de Distrito), en donde la aséptica neutralidad de la malla metálica que cierra el frente de los pisos sobre la cornisa del antiguo edificio (gesto positivo, dentro de lo que cabe) se ve empañado por la decisión de hacer sobresalir el piso bajo del nuevo cuerpo más allá del paño de la fachada histórica y situarlo a escasa distancia de la punta del frontón de piedra que es uno de los elementos hacia los que se debería haber mostrado mayor respeto (gesto negativo, fácil de evitar con un simple retranqueo, como en los pisos situados por encima, aunque es obvio que en este caso el diseñador ha optado por un deliberado y -a mi juicio- torpe anti-retranqueo). El caso cercano se halla en la orilla de Burdeos, entre el puente de piedra y el puente Chaban-Delmas, y se trata de antiguo cuartel militar -con pabellones industriales- abandonado que se ha convertido en el epicentro de la cultura urbana de la capital de la región de Nouvelle-Aquitaine con una superficie de nada menos que 10.000 m2 (¡¡toma Garellano!!… y llanto por Babcock&Wilcox…).

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Fachada del lavadero de Barraincúa con el primer piso inmediato al frontón (arriba) y mallas metálicas en los pisos superiores (abajo). Foto Roberto Aguirrezabala.
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El cuerpo inferior de malla metálica avanza sobre el elemento más saliente de la fachada histórica del lavadero, además de situarse a escasos centímetros de la punta del frontón.

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Concluyo con una genialidad de Alberto Campo Baeza realizada en Zamora y que mereció el Gran Premio Internacional de Arquitectura BigMat’15 por su “acertada actitud a la hora de resolver un programa actual, (combinando) sabiamente en la obra la contemporaneidad con el entendimiento respetuoso de lo existente”, según explicó el Jurado de la organización. Se trata de una parcela situada frente a la catedral de Zamora, elegida para construir en ella la sede del Consejo Consultivo de la Comunidad de Castilla y León. Un muro horadado por escasos huecos rodea un jardín en el que se levanta una leve caja de vidrio.  Una tapia como fachada, un muro casi ciego que respeta el recorrido de la antigua tapia del huerto conventual. El muro es tan alto como el edificio. Los pocos huecos que atraviesan la fachada-muro se han distribuido para favorecer ciertas vistas desde el jardín, en donde un edificio con la máxima transparencia en sus fachadas abre sus espacios al máximo a la caja-jardín, renunciando a manifestarse hacia la calle. El muro perimetral transforma la parcela en una gran caja de paredes de piedra, cerrada a las vistas pero abierta al cielo, dentro de la cual la colocación de árboles crea un jardín introvertido dominado por un edificio de factura moderna.

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