/ Javier González de Durana /

El turista no viaja sólo para ver un paisaje. Viaja para verse a sí mismo contemplándolo. Durante mucho tiempo se ha ridiculizado al turista como si fuera una especie menor del viajero, alguien incapaz de mirar el mundo con autenticidad. Pero el turista no es el contrario del viajero, sino su heredero moderno. Lo que ocurre es que carga con un complejo de inferioridad. Nunca quiere reconocerse como turista. Siempre piensa que el turista es el otro: el que llega en autobús, el que sigue el paraguas del guía… Nosotros, naturalmente, creemos pertenecer a una categoría distinta. Nos imaginamos viajeros, exploradores sentimentales, aunque hayamos reservado el mismo vuelo, hotel y restaurante que otros miles de personas.
Quizá por eso duele tanto descubrir que el sendero elegido aparece recomendado en todas las aplicaciones de montaña. Mientras ascendíamos por él, imaginábamos mantener un diálogo silencioso con el bosque. De repente, el bosque empieza a parecer una estación de metro en hora punta. No ha cambiado el olor de los pinos, ni la luz que atraviesa las hojas, ni el vuelo del buitre sobre las peñas. Lo único que ha cambiado es la conciencia de compartir ese instante con demasiados desconocidos. La decepción nace de nuestra propia vanidad.
Algo parecido sucede bajo el agua. El Mediterráneo continúa siendo el mismo laboratorio de azules donde las rocas llevan millones de años conversando con los peces. Sin embargo, basta con encontrar media docena de submarinistas alrededor de una pared de coral para sentir que la experiencia ha perdido intensidad. Como si la belleza se diluyera en proporción al número de testigos. Es una ilusión muy humana. La belleza, natural o fabricada, no se pierde porque haya más personas contemplándola. Lo que se resiente es nuestra sensación de excepcionalidad.

El turista busca permanentemente la autenticidad, pero una autenticidad entendida como ausencia de los demás turistas. Es una persecución condenada al fracaso. En cuanto encontramos un lugar verdaderamente hermoso, sentimos el impulso de contarlo. Y al contarlo dejamos de poseerlo simbólicamente. Las redes sociales han convertido ese mecanismo en un acelerador formidable. Cada fotografía funciona como una invitación colectiva a visitar el rincón que pretendíamos conservar intacto. Somos los primeros agentes de la desaparición de aquello que decimos añorar.
La paradoja tiene algo de profundamente democrático. Nunca antes tantas personas habían podido caminar por parques nacionales o recorrer ciudades históricas. Esa conquista debería producir satisfacción porque significa que el privilegio de conocer el mundo ha dejado de pertenecer a una minoría acomodada. Sin embargo, una parte de nosotros continúa reaccionando con reflejos aristocráticos, pues defendemos la democratización del viaje siempre que no afecte a nuestra experiencia particular. Aplaudimos que todos puedan acceder a la belleza, pero suspiramos por haber llegado un poco antes que los demás.
Hace unos días recorría una antigua ciudad del norte de Portugal, ajena todavía a los grandes circuitos turísticos. En las calles del casco histórico predominaban los vecinos, el pequeño comercio cotidiano y ese ritmo pausado que conservan algunas ciudades donde la vida continúa sin representarse para nadie. El museo de arte permitía la demora ante cada obra sin apenas cruzarse con otros visitantes y hasta las viejas callejas que descendían hacia el río, zona popular de antiguos batanes, mantenían una serenidad inesperada. Sin embargo, bastó llegar al castillo para que la sensación cambiara por completo. Sus escaleras estrechas y las pequeñas estancias interiores aparecían completamente saturadas de visitantes. Lo primero que uno deseaba era salir de allí. No porque la presencia de otras personas arrebatara una supuesta autenticidad al monumento, sino porque existía una incomodidad física evidente. Conviene distinguir ambas cosas. No toda crítica a la masificación nace de un anhelo de exclusividad; en ocasiones responde simplemente al hecho de que ciertos espacios dejan de poder recorrerse con un mínimo de sosiego cuando superan un determinado umbral de ocupación.

Pero, incluso admitido ese límite material, el problema de fondo no es el turismo, sino la forma en que hemos transformado la identidad en un objeto de consumo. Ya no basta con disfrutar de un lugar; necesitamos diferenciarnos a través de él y, así, la montaña deja de ser una montaña para mutar en un certificado de singularidad e incluso el silencio al contemplar una puesta de sol desde un acantilado costero acaba funcionando como un bien de lujo.
Quizá la verdadera educación sentimental del viajero consista en desprenderse de esa pretensión. Comprender que el mundo no nos pertenece porque lo hayamos descubierto antes que los demás. La emoción no pierde intensidad por el hecho de compartirse: una playa sigue oliendo a sal aunque esté llena de sombrillas y un bosque continúa hablando el mismo idioma incluso estando recorrido por centenares de excursionistas.
El paisaje nunca compite con nosotros. Somos nosotros quienes competimos entre nosotros por la ilusión de haber sido los primeros en llegar. Y esa carrera no tiene meta. Siempre habrá alguien que descubra un sendero más remoto o un pueblo más auténtico. Mientras tanto, el mar seguirá entrando y saliendo de la orilla con la misma indiferencia de siempre, recordándonos que la naturaleza nunca entendió de exclusividades, sólo algunos humanos las inventamos para distinguirnos del resto.





































