Espejos en la ría y el Cantábrico: la tierra en el museo

La naturaleza ya no aparece en los museos contemporáneos como un simple paisaje agradable ni como un decorado destinado a acompañar discursos culturales. Ha dejado de ser el telón de fondo romántico ante el que la cultura demostraba sensibilidad para convertirse en algo bastante más incómodo: una prueba de cargo contra el propio modelo económico y territorial que hizo posibles muchos de los grandes museos actuales. Pocas veces se aprecia tan claramente como al comparar dos de las propuestas más relevantes de la temporada en el norte peninsular: “Artes de la Tierra”, en Guggenheim Bilbao Museoa, y “Yuko Mohri. Entrelazamientos”, en el Centro Botín de Santander.

Las dos exposiciones parten de una constatación compartida. La crisis climática ha dejado de ser un asunto reservado a científicos y activistas para instalarse de lleno en el debate cultural. La degradación de los ecosistemas, la contaminación, el agotamiento de recursos o la desaparición de especies obligan al museo contemporáneo a preguntarse hasta qué punto forma parte del mismo problema que denuncia. Más que en la calidad de las muestras, ya que ambas son sólidas y están cuidadosamente construidas, las diferencias aparecen en la manera de entender la relación entre arte, territorio y responsabilidad. En el fondo, Bilbao y Santander representan dos aproximaciones bastante distintas a una misma cuestión.

La exposición “Yuko Mohri. Entrelazamientos” (hasta el 6 de septiembre) resulta especialmente interesante por esa diferencia de enfoque. Frente a la tendencia habitual a representar la crisis ecológica mediante imágenes espectaculares o discursos de gran escala, la propuesta del Centro Botín se mueve en el terreno de lo cercano, de lo casi imperceptible y de las relaciones cotidianas entre seres humanos y ecosistemas. El propio título remite a una red física de dependencias entre cuerpos, objetos, sonidos, tecnologías y procesos naturales.

La práctica artística de Yuko Mohri funciona precisamente sobre esa idea. Combinando artes visuales y música experimental, transforma fenómenos físicos normalmente invisibles, como la humedad, el calor, el magnetismo, la gravedad o pequeñas fluctuaciones energéticas, en sonido, movimiento y luz. Sus instalaciones, construidas a partir de objetos corrientes, instrumentos musicales y circuitos electrónicos, funcionan como delicados sistemas de resonancia. Más que representar la naturaleza, muestran hasta qué punto vivimos inmersos en complejas redes materiales que suelen pasar desapercibidas.

Frente a ello, “Artes de la Tierra” (ya clausurada tras permanecer abierta hasta el pasado 3 de mayo) apostaba por una ambición mucho más amplia. La exposición del Guggenheim no se limitaba a reunir obras sobre naturaleza o medio ambiente, sino que proponía una lectura en la que ecología, tecnología, economía y política aparecían entrelazadas dentro de un mismo sistema. Muchas piezas evitaban el ecologismo decorativo y las visiones sentimentales del paisaje amenazado. No buscaban tranquilizar al visitante, sino transmitir incertidumbre, fragilidad y desequilibrio. El Antropoceno no puede explicarse mediante imágenes atractivas de bosques o mares en peligro. La exposición intentaba mostrar la magnitud del problema y las complejas fuerzas económicas y técnicas que han transformado el planeta. El visitante salía pensando menos en “la naturaleza” como concepto abstracto que en las consecuencias materiales de un modelo económico basado en el crecimiento permanente.

En ese punto aparecía la contradicción más visible de la propuesta. No dentro de las salas, sino fuera de ellas. Resultaba difícil separar el discurso ecológico de la exposición de las polémicas asociadas a la expansión de la marca Guggenheim en un espacio sensible como es la Reserva de la Biosfera de Urdaibai. Los debates sobre nuevas infraestructuras, presión urbanística y desarrollos turísticos proyectaban inevitablemente una sombra incómoda sobre cualquier mensaje ambiental impulsado desde la institución.

Y no era una contradicción pequeña. El Guggenheim se convirtió desde finales de los años noventa en símbolo internacional de una idea muy concreta: utilizar la cultura como motor económico, turístico e inmobiliario. Lo que entonces parecía un éxito indiscutible hoy se observa con mucha más cautela. Resulta difícil ignorar que el turismo masivo, el consumo continuado de recursos y determinadas dinámicas urbanísticas forman parte también de la crisis ecológica contemporánea.

La paradoja recorría toda la exposición. Mientras las obras cuestionaban los efectos del crecimiento ilimitado, el museo seguía funcionando como uno de los grandes emblemas europeos de ese mismo modelo expansivo. La crítica ecológica estaba articulada con inteligencia dentro del edificio, pero alrededor continuaba operando la compleja maquinaria económica y turística que sostiene su proyección internacional. Existe así el riesgo de que la conciencia ambiental termine convertida en una experiencia cultural sofisticada más, integrada en los circuitos globales del consumo turístico, sin llegar a cuestionar de forma efectiva las dinámicas materiales que denuncia.

En comparación, “Entrelazamientos” transmite una sensación de mayor coherencia entre el contenido y el contexto institucional desde el que se formula. La exposición no necesita recurrir a la espectacularidad ni convertir la crisis ecológica en un gran acontecimiento visual. Trabaja desde la cercanía, desde el cuidado y desde una idea de sostenibilidad ligada a las relaciones cotidianas. Renuncia al tono apocalíptico para construir una reflexión más serena sobre nuestra convivencia con el entorno.

Esa diferencia también afecta al modo en que cada exposición aborda la propia experiencia ecológica. Mientras “Artes de la Tierra” enfatiza la dimensión global y sistémica de la crisis, la propuesta de Mohri insiste en que buena parte de nuestra relación con el medio ambiente se juega en esos pequeños flujos acústicos, energéticos, atmosféricos y materiales que sostienen silenciosamente la vida cotidiana.

Ahí reside el gran interés de “Entrelazamientos”. El título de la exposición no alude únicamente a una conexión simbólica entre arte y ecología, sino a una trama física de interdependencias. Frente a la lógica monumental con la que muchas veces se representa la crisis climática, la propuesta del Centro Botín trabaja desde lo mínimo, lo frágil y lo casi imperceptible. Renunciando al tono apocalíptico, la ecología deja de aparecer como un gran relato sobre el colapso planetario para convertirse en una experiencia concreta construida en un espacio más sereno. Por eso “Yuko Mohri. Entrelazamientos” transmite una sensación de mayor coherencia entre lo que dice y el lugar desde el que lo dice. La exposición no necesita convertir la crisis ecológica en un gran espectáculo visual para hacerla visible. Trabaja desde la cercanía, desde la reflexión y desde una idea de sostenibilidad más vinculada al cuidado y a las relaciones cotidianas.

La comparación entre Bilbao y Santander acaba reflejando dos maneras distintas de entender el papel del museo contemporáneo. Bilbao sigue representando la lógica de la gran institución global, apoyada en la arquitectura icónica, la atracción de turismo internacional y la producción de grandes acontecimientos culturales. Santander apuesta por una aproximación más territorial, más social y menos dependiente del impacto espectacular.

Ninguno de los dos modelos resulta completamente suficiente por sí solo. Bilbao corría el riesgo de convertir la crítica ecológica en un producto cultural fácilmente absorbible por el turismo global. Santander, por el contrario, puede quedarse en ocasiones en una discreción que dificulte confrontar las grandes estructuras económicas responsables del deterioro ambiental. Por ello ambas exposiciones terminaban complementándose de manera interesante. Una ayudaba a comprender la escala global del problema, la otra recordaba que toda crisis ecológica acaba afectando siempre a lugares concretos, comunidades concretas y formas concretas de vida.

Quizá esa sea la pregunta que sigue flotando tanto sobre la ría de Bilbao como sobre la bahía de Santander: si el museo contemporáneo puede seguir limitándose a representar la crisis ecológica o si ha llegado el momento de revisar con mayor profundidad las estructuras económicas, urbanísticas y turísticas que sostienen buena parte de la cultura contemporánea. Porque el verdadero reto ya no consiste en hablar de la naturaleza, sino en decidir de qué manera queremos convivir con ella.

La arquitectura ha hablado, ahora le toca al museo

/ Javier González de Durana /

A Marijose Aguirre, que lo ha vivido de cerca

Euskal Museoa, recientemente reabierto, ha sido objeto de una de las actuaciones culturales más importantes en Bilbao durante los últimos años. El proyecto, diseñado por Vaillo + Architects, da nueva vida a una institución que arrastraba problemas de organización espacial, limitaciones funcionales y una propuesta museográfica parcialmente desfasada. La intención de abrir el museo a nuevos públicos, mejorar la accesibilidad y actualizar la forma de explicar la cultura vasca responde a necesidades que venían señalándose desde mucho tiempo atrás.

En el terreno arquitectónico, la intervención ofrece aspectos valiosos. La renuncia a soluciones llamativas o efectistas encaja bien con el carácter histórico del conjunto. Frente a otras rehabilitaciones donde la arquitectura contemporánea acaba imponiéndose visualmente al edificio existente, aquí se percibe una actitud más respetuosa, centrada en recuperar la claridad del antiguo colegio jesuita del siglo XVII y en dotar de unidad de un conjunto integrado por piezas muy diversas. Su condición monumental y el estar protegido con diferente grado en cada uno de los cuatro edificios que lo constituyen ha posibilitado combinar el máximo respeto en ciertas partes con la intervención transformadora en otras.

Lo más interesante de la intervención es que no intenta competir con el edificio histórico ni diluirse en él. La actuación introduce una arquitectura claramente contemporánea, reconocible por sus formas y por su lógica constructiva, pero lo hace sin alterar la comprensión del conjunto original. No se trata de una ampliación concebida como un objeto autónomo ni de una restauración que aspire a reconstruir una imagen perdida, sino de una operación mucho más sutil: insertar una nueva estructura capaz de reorganizar el museo desde dentro y ofrecer nuevas formas de recorrerlo.

La operación arquitectónica más significativa se concentra en el cuerpo longitudinal paralelo a la calle María Muñoz. La intervención ha consistido en crear un vacío mediante la eliminación de los forjados ordinarios que ocupaban dicho cuerpo. La galería suspendida aparece como el único elemento que permanece flotando dentro de un espacio completamente liberado. El proyecto no busca aumentar la superficie útil mediante la superposición de nuevas plantas, sino transformar una sucesión de dependencias relativamente convencionales en un espacio de gran escala vertical. El verdadero gesto arquitectónico es, por tanto, una operación de sustracción antes que de adición.

La importancia de esa galería no radica tanto en la superficie que aporta como en su capacidad para hacer visible el vacío que la rodea. De hecho, la pieza suspendida adquiere sentido precisamente porque existe ese gran espacio libre que permite contemplarla desde distintos niveles y perspectivas. La arquitectura deja de organizarse mediante una acumulación de salas para hacerlo a través de una experiencia espacial basada en la altura, la sección y la percepción simultánea de distintos estratos del edificio.

Desde este punto de vista, la intervención se acerca más a ciertas operaciones contemporáneas donde el vacío se convierte en el principal material de proyecto. La eliminación de las plantas intermedias permite revelar dimensiones desconocidas del edificio y otorga protagonismo a la sección de ese bloque arquitectónico. La galería suspendida funciona como un elemento de mediación entre escalas: permite recorrer el espacio y ocuparlo sin interrumpir su continuidad visual.

No se trata únicamente de establecer un diálogo entre arquitectura histórica y arquitectura contemporánea. La nueva intervención no compite con la estructura heredada porque, en buena medida, se limita a despejarla y a darle un nuevo valor. La galería suspendida introduce una presencia contemporánea inequívoca, pero su principal función es hacer perceptible la amplitud del vacío ganado y permitir que el visitante tome conciencia de las dimensiones reales de esa parte del edificio.

Por ello, quizá la principal virtud del proyecto no sea la creación de un nuevo recorrido ni la ampliación de la capacidad expositiva, sino la construcción de una experiencia espacial inédita dentro del museo. Allí donde antes existía una secuencia de plantas relativamente anodinas, aparece ahora un gran espacio vertical recorrido por una pieza suspendida entre el suelo y la cubierta. El visitante no recorre simplemente una serie de salas; recorre una sección arquitectónica. Esa es probablemente la aportación más original y valiosa de la intervención.

Dicho de otro modo, el elemento protagonista no es la galería, sino el vacío que la galería hace posible. La pieza suspendida actúa como instrumento para medir, recorrer y comprender un espacio cuya verdadera importancia reside en la amplitud ganada tras la eliminación de las antiguas plantas. Esa inversión de protagonismos, que da más valor al vacío que a la masa construida, constituye el aspecto más sofisticado de toda la operación arquitectónica.

La circulación está resuelta con una claridad poco habitual en edificios históricos adaptados a usos museísticos, ya que se entiende de forma inmediata. El único interrogante tiene que ver con la fuerte direccionalidad del recorrido principal. Los itinerarios muy lineales suelen facilitar la visita, pero también pueden limitar la libertad de movimiento y reducir las posibilidades de exploración espontánea. No obstante, esa posible rigidez parece compensarse con la riqueza espacial que generan las distintas relaciones visuales entre la galería suspendida, el claustro y los espacios históricos. Esa facilidad de orientación constituye una ventaja evidente en un museo, donde la experiencia de la visita depende tanto de los contenidos como de la forma en que éstos se descubren.

El claustro barroco conserva su papel como centro organizador del conjunto. Lejos de convertirse en un simple patio contemplativo, sigue actuando como referencia espacial permanente. Desde distintos puntos del recorrido se mantiene la relación visual con este vacío central, que aporta orden y equilibrio a una planta inevitablemente compleja por la evolución histórica del edificio. El claustro continúa siendo el corazón del museo y la nueva intervención ha entendido que su fuerza reside precisamente en esa capacidad para estructurar el conjunto. En una época en la que muchas ampliaciones museísticas buscan llamar la atención mediante formas espectaculares o imágenes icónicas, aquí la arquitectura parece más preocupada por mejorar el funcionamiento del edificio que por producir un efecto mediático. La intervención concentra sus esfuerzos en la organización espacial, en la accesibilidad y en la calidad de la experiencia interior.

Esta intervención ha entendido que el patrimonio no se limita a conservar muros y fachadas, sino que incluye también las proporciones, los vacíos y las relaciones espaciales acumuladas a lo largo del tiempo. La nueva arquitectura no sustituye esas cualidades ni las oculta; las utiliza como materia de proyecto. El resultado responde a una idea sencilla pero difícil de lograr: transformar profundamente un conjunto de edificios históricos sin que dejen de ser reconocibles como tales.

La recuperación de este conjunto histórico en pleno Casco Viejo refuerza además el papel cultural del centro histórico de Bilbao y contribuye a equilibrar una oferta museística que durante años ha estado marcada por el enorme protagonismo mediático del Guggenheim Bilbao Museoa y la intachable calidad del Museo de Bellas Artes. En ese contexto, el Euskal Museoa tiene la oportunidad de ocupar un lugar propio, más vinculado a la interpretación crítica de la sociedad vasca que a la lógica de los grandes iconos culturales destinados al consumo turístico global.

Precisamente ahí aparece una de las incógnitas más relevantes. El Casco Viejo soporta desde hace años una presión turística creciente que afecta al comercio tradicional, a los usos residenciales y a la vida cotidiana de sus vecinos. La reapertura del museo enriquece la oferta cultural del barrio, pero resultaría paradójico que una institución dedicada a preservar la cultura vasca terminara contribuyendo, aunque fuera involuntariamente, a procesos que debilitan el tejido social y urbano que da sentido a esa misma cultura.

Se puede debatir sobre la decisión de haber situado el acceso al museo en la calle menos visible y atractiva de las tres que rodean al conjunto, o si es respetuoso que buena parte del espacio urbano en esa calle peatonal, que forma parte del ámbito de protección del monumento, se encuentre colonizada por las terrazas de los bares situados en la acera de enfrente.

El valor final de la remodelación dependerá de mucho más que de sus aciertos arquitectónicos. El edificio ofrece espacios renovados, una imagen coherente y una organización más eficaz que la anterior. Pero la verdadera prueba llegará con el tiempo. Lo que determinará el éxito o el fracaso del proyecto será su capacidad para convertirse en un lugar de conocimiento, debate y reflexión sobre la realidad vasca contemporánea. Después de años de obras, retrasos y una inversión considerable, la cuestión principal ya no está en los muros ni en las cubiertas, sino en el relato cultural que el museo sea capaz de construir y compartir con la sociedad, ofreciendo una mirada compleja, rigurosa y crítica sobre la historia y la cultura vascas, evitando relatos simplificados o complacientes.

Menos asfalto, más ciudad

/ Javier González de Durana /

Aún era mayo y durante su última semana en Bilbao pasamos la primera ola de calor que, además, no fue breve. Nada nos va a librar de las próximas, las olas más inmediatas, pero se podría empezar a hacer algo, con la vista puesta en el largo plazo para que esos calores no empeoren en el futuro.

Durante décadas, el progreso urbano se midió en metros cúbicos de hormigón, asfalto e infraestructuras. Allí donde había tierra, trazamos carreteras, donde quedaban prados, plantamos aparcamientos, y los descampados se convirtieron en polígonos, aceras y plazas duras. Parecía el único camino lógico: pavimentar equivalía a modernizar, ordenar el territorio y garantizar la movilidad. Hoy vemos con claridad que aquellas soluciones han terminado por crear problemas cuya magnitud empezamos a vislumbrar.

Las ciudades soportan veranos más largos y calurosos que los de hace sólo unas décadas. Las olas de calor se encadenan con una frecuencia inédita y las lluvias, cuando llegan, descargan con una violencia inusitada. Los espacios urbanos están mal preparados para este nuevo escenario, gran parte de su superficie se diseñó precisamente para lo contrario: taponar el suelo y repeler el agua. Basta un paseo por cualquier barrio construido o reformado en el último medio siglo para comprobarlo. Kilómetros de asfalto y baldosas sepultan el terreno. Cuando el sol aprieta, estas superficies actúan como acumuladores térmicos que irradian calor bien entrada la noche. Y si llueve con fuerza, el agua no encuentra por dónde filtrarse, saturando alcantarillas y acelerando las riadas. Hemos levantado ciudades que funcionan a contracorriente de los ciclos naturales que regulaban la temperatura.

Por eso gana fuerza una idea que no hace mucho habría sonado descabellada: quizá no debamos seguir pavimentando más, sino empezar a retirar parte de lo ya pavimentado. No es una propuesta radical ni una nostalgia idílica del mundo rural. Es admitir que sobran superficies asfaltadas u hormigonadas, que muchos de esos espacios están infrautilizados y que devolverlos a la vegetación controlada ofrece ventajas mucho mayores que mantenerlos sepultados.

Una de las políticas urbanas más sensatas de nuestro tiempo consiste, sencillamente, en quitar. Quitar asfalto innecesario, levantar el hormigón que ahoga a los árboles y reducir el pavimento en plazas, patios o parkings sobredimensionados. Asociamos siempre la mejora urbana a la adición de elementos, pero hoy toca descubrir el valor de la sustracción.

No hacen falta proyectos faraónicos. A veces basta con ensanchar un alcorque, liberar una franja de tierra para que vuelva a respirar o cambiar unas cuantas baldosas por césped. Son intervenciones modestas, casi invisibles, pero con un enorme impacto si se suman a escala urbana. En esa línea iba mi elogio (“Mínima naturalia”), publicado aquí en marzo del año pasado, a la ampliación de los alcorques de dos grandes árboles frente a Ibaigane, o mi apoyo a la larga reclamación vecinal para convertir en parque público el solar del obispado de Bilbao entre las calles Barraincúa, Heros y Lersundi.

Hay un fuerte componente cultural en esta resistencia, para qué negarlo. Generaciones enteras hemos crecido desconfiando de la tierra desnuda, priorizando lo duro, lo limpio y lo totalmente bajo control. Pero la naturaleza no es un enemigo del que blindarse. Un árbol no es un adorno ni un jardín es mero paisajismo. Un suelo permeable es una infraestructura tan vital como una tubería de saneamiento. El mayor desafío consiste en cambiar nuestra forma de mirar. Estamos acostumbrados a pensar que una ciudad eficiente es aquella donde cada metro cuadrado tiene una función de utilidad inmediata. Pero las ciudades también necesitan espacios que respiren, que absorban agua, que refresquen el ambiente y que permitan cierta presencia de procesos naturales. En tiempos de cambio climático esas funciones dejan de ser complementarias para convertirse en esenciales.

El reto es cambiar la mirada. Nos educaron para pensar que una ciudad eficiente debe exprimir cada metro cuadrado en términos productivos. Sin embargo, los entornos urbanos necesitan espacios de descompresión que absorban agua y refresquen el ambiente. Con el cambio climático, estas funciones pasan de ser un lujo secundario a una necesidad estricta. Nadie sabe cómo serán nuestras ciudades dentro de cuarenta años, pero es seguro que el clima será bastante más exigente. Seguir cubriendo el suelo natural con capas impermeables parece una ciega terquedad. Quizá la respuesta no dependa de tecnologías sofisticadas, sino de algo más primario: devolverle al suelo una parte de lo que le hemos robado y dejar que haga su trabajo.

Las olas de calor ya no son exclusivas del clima mediterráneo o continental. Los últimos veranos demuestran que las zonas más densas de Bilbao registran temperaturas muy superiores a las de las áreas periurbanas. El suelo mineralizado acumula calor diurno y lo libera de noche, impidiendo el descanso y castigando a los vecinos más vulnerables. Y aunque Bilbao convive históricamente con la lluvia, el problema actual es su intensidad. Al concentrarse las precipitaciones, el suelo impermeable acelera el desagüe directo hacia una red de saneamiento que se ve desbordada. La villa ha hecho inversiones millonarias para mitigar las inundaciones, pero la impermeabilización masiva del suelo sigue siendo un factor que agrava el problema, pues tenemos un modelo urbano que prima el hormigón y la piedra.

El margen de maniobra está en los espacios cotidianos: patios escolares, parkings, rincones residuales entre bloques o pequeñas plazas de barrio. Sustituir parte del pavimento por zonas de infiltración y vegetación requiere inversiones discretas y aporta beneficios inmediatos. Las recientes estrategias de renaturalización urbana van encaminadas ahí.

El verdadero desafío para Bilbao es la paulatina adaptación a un clima que ya no es el de nuestros padres. Una ciudad que siempre se centró en defenderse de las riadas descubre ahora que también debe protegerse del bochorno y gestionar el agua de otra manera. Recuperar suelo permeable no es un capricho estético ni una moda ecologista, sino la única forma de garantizar la habitabilidad de la ciudad frente a un cambio que ya está aquí.

El azul de la piscina es lo que menos importa

/ Javier González de Durana /

El conflicto en torno al Reflecting Pool de Washington va más allá de una controversia por el cambio de color. Si dejamos a un lado la anécdota del tono azul o la tentación de reducirlo todo a los impulsos de Donald Trump, lo que tenemos delante es una radiografía perfecta de la mutación política que atraviesa Estados Unidos. Este estanque monumental no es la noticia, sino el síntoma de una metamorfosis profunda y alarmante: el paso de una democracia basada en las reglas del juego, las instituciones y los consensos a un régimen de pura voluntad ejecutiva, visibilidad mediática y demostraciones de fuerza.

Lo grave aquí no es que a alguien se le ocurra alterar el fondo de un estanque histórico. Lo preocupante es que una intervención de semejante calibre en el corazón de la capital federal se pueda ejecutar ignorando los comités de consulta, las evaluaciones de patrimonio y todas las salvaguardas burocráticas que históricamente han protegido el espacio público de los antojos del gobernante de turno. La demanda interpuesta por la Cultural Landscape Foundation no es un debate técnico entre arquitectos o paisajistas. Es una batalla por el Estado de derecho. La pregunta de fondo es delicada: ¿tienen todavía las normas e instituciones la fuerza suficiente para limitar al poder político o las leyes se han convertido en un estorbo que el Ejecutivo puede apartar de un plumazo?

https://www.tclf.org/why-national-park-service-helping-administration-evade-law

La crisis que vive el país no se reduce a la polarización ciudadana. El drama real es el desmantelamiento sistemático de la confianza en las mediaciones institucionales. Tribunales, universidades, agencias de inteligencia, científicos gubernamentales y técnicos de carrera han pasado de ser los árbitros de la democracia a ser señalados como el enemigo. Se los retrata, desde la retórica populista, como una casta de burócratas que frena la supuesta voluntad popular o la acción del líder. En este ecosistema, modificar el Reflecting Pool por decreto es una declaración de intenciones: es la lógica del rodillo aplastando el criterio técnico e histórico en favor de la rentabilidad política inmediata.

Pero hay una capa simbólica todavía más aguda. Cuando se diseñó el estanque a principios de los años veinte se hizo con una premisa muy clara: el agua debía ser invisible. Su única función era ser un espejo plano y discreto que reflejara la grandeza de los monumentos a Lincoln y a Washington, en los dos extremos del estanque, sin competir con ellos. El diseño original era una oda a la contención, una infraestructura pensada para la experiencia colectiva, no para el lucimiento del gobernante.

Al imponer un azul llamativo (sea el de la bandera, el turquesa de las Bahamas o cualquier otro), lo que se busca es romper esa discreción. Pasamos de la cultura de la templanza a la cultura del espectáculo. Y esto no es una mera cuestión de gustos estéticos. Refleja una deriva donde el poder ya no aspira a gobernar desde marcos institucionales estables que garanticen la convivencia, pues ahora exige que cada rincón del Estado funcione como un plató de televisión, un escenario diseñado para captar la atención de los medios y exprimir el rendimiento comunicativo al máximo.

Foto de Allan Greller, Cortes de The Cultural Landscape Foundation.

Este fenómeno no es exclusivo de Washington, afecta a buena parte de las democracias occidentales. El espacio público ya no se cuida como un legado recibido que debe administrarse con prudencia. Ahora se trata como un lienzo en blanco, una valla publicitaria lista para ser reconfigurada según la narrativa ideológica del vencedor de las últimas elecciones. Ya nadie se pregunta «¿cómo protegemos este patrimonio común?», sino «¿cómo utilizo este trozo de historia para proyectar una imagen de poder en el presente?». Los monumentos, así, dejan de ser puntos de encuentro y se transforman en trincheras de una guerra cultural permanente.

El National Mall no es un parque cualquiera. Es el altar civil de la nación, el mapa físico donde Estados Unidos representa su propia historia y sus valores comunes. Es el suelo que pisó Martin Luther King para exigir derechos civiles, el escenario de las protestas que fracturaron al país durante la guerra de Vietnam y el fondo de los discursos que moldearon su democracia durante el siglo XX. Alterar ese paisaje sin un consenso nacional equivale, por la vía de los hechos consumados, a intervenir el propio relato del país.

Es un error de bulto despachar este escándalo como una excentricidad administrativa o una simple ocurrencia presidencial. La trascendencia de esta polémica radica en que nos muestra las cartas de un cambio de época: una decisión unilateral que sustituye al proceso institucional, una intervención agresiva que devora a la preservación, y un patrimonio de todos que pasa a ser visto como un recurso disponible para la autoafirmación del poder. Claro que tampoco es la única decisión de este tipo, hay otras y más mortíferas.

La piscina azul, al final, importa poco. Lo que asusta de verdad es la preocupante concepción del Estado y el desprecio por la memoria colectiva que se adivinan al mirar el fondo de este estanque ahora pintado.

Eskurtze entre la memoria y la vivienda

/ Javier González de Durana /

Hay noticias que se reciben con una mezcla de satisfacción y melancolía. La anunciada demolición de una decena de pabellones industriales en Eskurtze-Rekalde para construir cuatrocientas viviendas pertenece a esa categoría. No es posible estar en contra una operación que permitirá crear nuevos hogares en una ciudad donde el acceso a la vivienda se ha convertido en una de las principales preocupaciones sociales. Más aún cuando una parte significativa de esas viviendas tendrá algún tipo de protección pública y cuando el proyecto prevé además nuevos equipamientos y zonas verdes para el barrio. Pero las cosas como son: quienes hemos conocido el Bilbao de las últimas décadas no podemos evitar sentir que, con cada una de estas transformaciones, desaparece también una parte de la memoria física de la ciudad.

Vengo de visitar los pabellones y de recorrer las calles Severo Unzué y Díaz Emparanza, sustitutas de un antiguo y serpenteante sendero rural y la histórica vía férrea de Azbarren, entre las que se halla la irregular manzana que los contiene. Sólo había caminado por esas calles un par de veces anteriormente, hace mucho tiempo, siendo profesor en el cercano instituto de Larraskitu. Y entonces no me fijé en lo que había a sus lados, pero ahora, al volver a pisarlas tanto tiempo después, encuentro en ellas una innegable familiaridad, como el componente fijo de un paisaje urbano que también he conocido en otros barrios de esta ciudad.

Los pabellones que hoy esperan la llegada de las excavadoras no son monumentos ni edificios especialmente valiosos desde el punto de vista arquitectónico. Fueron construcciones funcionales, levantadas durante los años 40, 50 y 60 del siglo pasado, cuando Bilbao seguía creciendo al calor de la industria y de los pequeños talleres y esta periferia sin nombre era provisionalmente conocida como Sector Sur, calle-I, manzana nº 26… Eran espacios destinados al trabajo, a la producción, al almacenamiento o a la reparación. Diseñados, sobre todo, por ingenieros industriales como Juan José Abrisqueta Iraculis, Alejandro de la Sota Martínez, Carlos Larrañaga y Francisco Javier de Arisqueta, formaban parte de ese paisaje urbano híbrido tan característico de la ciudad, donde las viviendas convivían con las naves, los almacenes, las pequeñas empresas familiares y los talleres mecánicos. Aquella mezcla, que hoy puede parecernos caótica, fue durante décadas una de las señas de identidad de numerosos barrios bilbaínos. Rekalde fue uno de ellos. Como también lo fueron Basurto, Olabeaga, Deusto, Zorrotza o determinados sectores de San Ignacio. En esos barrios la industria no aparecía confinada en grandes polígonos alejados del centro urbano, sino integrada en la propia vida cotidiana. El ruido de una radial, el ir y venir de las furgonetas, el olor del metal o de la madera trabajada, las persianas de los talleres levantándose a primera hora de la mañana formaban parte del paisaje habitual. Eran escenarios humildes, pero profundamente ligados a la historia económica y social de Bilbao.

Lo que en su día representó progreso y actividad económica ha terminado convirtiéndose, en muchos casos, en una reserva de suelo para las necesidades de la ciudad contemporánea. Bilbao apenas dispone ya de terrenos vacantes donde construir vivienda. La expansión urbana tiene límites físicos muy claros y la respuesta a la demanda residencial debe buscarse dentro de la propia ciudad construida. Visto así, la transformación de antiguos espacios industriales en áreas residenciales parece no sólo lógica, sino inevitable. Los solares ocupados por naves infrautilizadas o abandonadas constituyen una de las pocas oportunidades reales para incrementar el número de viviendas.

Una realidad que a menudo se omite cuando se evocan estos paisajes con nostalgia: muchos pabellones en Eskurtze ya no cumplen la función para la que fueron creados. Las actividades productivas que les dieron sentido desaparecieron hace tiempo o se trasladaron a emplazamientos más adecuados. Las exigencias técnicas actuales, las nuevas normativas y la propia evolución de la economía han dejado obsoletos numerosos edificios. Allí donde antes había talleres y pequeñas industrias hoy encontramos persianas cerradas, espacios vacíos o usos residuales incapaces de generar la vitalidad que caracterizó a estos lugares en el pasado. La conservación de unas naves sin actividad no garantiza la preservación de la memoria industrial; en ocasiones solo prolonga situaciones de deterioro urbano. A veces tiene sentido su reutilización, otras veces no.

Pabellón en la misma zona, diseñado por el arquitecto José María Sainz Aguirre, con una vivienda en la cubierta para el vigilante del edificio. Sainz Aguirre, José Mª Chapa y Jesús R, Basterretxea, entre otros, fueron algunos de los arquitectos que también proyectaron este tipo de inmueble.

Quizá por eso el debate no deba plantearse en términos de conservación o demolición, sino en cómo gestionar un cambio que lleva décadas ocurriendo. Bilbao ha cambiado profundamente desde los años ochenta. Los muelles portuarios desaparecieron del centro de la ciudad, las grandes fábricas cerraron o se trasladaron, las infraestructuras ferroviarias se transformaron y amplias superficies industriales dieron paso a nuevos usos urbanos. Lo de Eskurtze-Rekalde es un capítulo más de esa larga historia de renovación.

Lo que desaparece ahora no son únicamente unas construcciones. Desaparece también una forma de entender la ciudad. Aquellos pabellones hablaban de un Bilbao trabajador, manufacturero y productivo, de una economía basada en el taller, en el almacén y en la pequeña empresa. Las nuevas promociones residenciales responderán a necesidades distintas y reflejarán otra época, marcada por el peso de los servicios, por la preocupación por la sostenibilidad y por la urgencia de garantizar el acceso a la vivienda. Ninguna ciudad puede quedarse congelada en el tiempo, pero tampoco debería olvidar de dónde viene. Tal vez la mejor actitud ante operaciones como ésta consista en aceptar su necesidad sin renunciar a la memoria. Comprender que esos viejos pabellones han agotado su ciclo histórico y que la ciudad necesita nuevos espacios residenciales no impide reconocer el valor sentimental y cultural de unos paisajes urbanos que acompañaron a varias generaciones de bilbaínos. Las excavadoras borrarán pronto las últimas huellas materiales de ese mundo, pero la historia de la ciudad seguirá escrita, aunque ya no pueda leerse en las fachadas con largos ventanales acristalados, en las cubiertas dentadas o en las calles ocupadas por talleres que durante décadas dieron forma al carácter de barrios como Rekalde.

Bilbao ganará viviendas, zonas verdes y equipamientos. Es una buena noticia. Pero también perderá otro pequeño fragmento de aquel paisaje industrial cotidiano que, sin ser monumental ni especialmente bello en Eskurtze, formó parte inseparable de la personalidad urbana de la ciudad durante buena parte del siglo XX. Quizá toda transformación urbana madura consista precisamente en eso: en saber avanzar sin dejar de mirar, aunque sea por un instante, aquello que queda atrás.

Patrimonio-objeto hacia patrimonio-sistema

/ Javier González de Durana /

Sociedad de Casas Baratas La Unión Begoñesa, Basarrate-Santutxu, arquitecto Ismael Gorostiza (1927), rodeada por edificios de los años 50, 60 y 70 del siglo XX.

El nuevo Plan Especial de Patrimonio Cultural Urbanizado de Bilbao no puede convertirse en otro documento administrativo más, ni en un simple inventario ilustrado que repita las carencias ya visibles en el PGOU de 2022. El Ayuntamiento tiene ahora la oportunidad y la responsabilidad de ir un poco más allá de ese proteccionismo inmóvil que entiende la ciudad como una suma de objetos aislados.

Recientemente, los responsables municipales de la dirección de Planificación Urbana convocaron a un grupo de historiadoras/es especializadas/os en la evolución urbana y arquitectónica de la ciudad porque, según decían, «desde el inicio de los trabajos, nos gustaría contar con la colaboración de expertos/as en la materia» y con «las ganas de aportar su visión sobre lo que debería ser el próximo documento de Plan Especial de Patrimonio de Bilbao». Acudimos unas/os cuantas/os colegas, pero la iniciativa, aunque loable, tuvo un resultado impreciso. Las/os historiadoras/es tan sólo pudimos hacer constar que Bilbao no es un museo de fachadas, sino un organismo vivo, lleno de memorias superpuestas.

Dijimos que sería importante que este nuevo marco normativo asumiera de verdad el concepto de Paisaje Urbano Histórico. Que no basta con proteger edificios singulares: hay que atender a la escala de las calles, a la morfología de los barrios y a esa memoria cotidiana que termina dando identidad a una ciudad. Que hace falta además cierta valentía política para frenar la deriva hacia una “disneyficación” turística cada vez más visible. Que el patrimonio no debería convertirse en un decorado bonito pero vacío, sino seguir siendo un espacio habitable, productivo y socialmente integrado. Que la protección no puede limitarse a impedir derribos, pues debería ayudar a mantener la vida dentro de los edificios y de los barrios… Continuamos en esta línea.

Por ejemplo, señalamos que resulta llamativo que el catálogo actual continúe tan centrado en el Casco Viejo y el Ensanche mientras muchos barrios periféricos quedan en segundo plano. El trabajo de campo tendría que extenderse de forma mucho más seria hacia Rekalde, Deusto, Begoña, Zorrotza, Otxarkoaga y otras áreas donde sobrevive una arquitectura popular y racionalista del siglo XX que corre el riesgo de desaparecer silenciosamente. Muchas rehabilitaciones energéticas, ejecutadas con criterios estandarizados y poca sensibilidad, están borrando rasgos arquitectónicos valiosos casi sin debate público.

Algo parecido ocurre con el patrimonio industrial residual, esas piezas dispersas que todavía cuentan la historia portuaria y fabril de Bilbao. Algunas siguen abandonadas, otras se transforman sin demasiada atención a su carácter original. Sería importante catalogarlas con urgencia y establecer protocolos claros de reutilización adaptativa antes de que desaparezcan por pura inercia administrativa. La identidad de Bilbao no está sólo en sus grandes edificios representativos, sino también en las barriadas obreras y en la vivienda social construida durante décadas.

Habría que limitar terminantemente con el fachadismo indiscriminado: conservar la piel de un edificio mientras se destruye toda su lógica interior acaba produciendo una arquitectura vaciada de sentido. Es deseable que las intervenciones en edificios catalogados incluyan levantamientos arquitectónicos completos y análisis estratigráficos rigurosos. Quizás parezca excesivo, pero sólo desde un conocimiento profundo del inmueble se pueden evitar decisiones arbitrarias o rehabilitaciones que terminen deformando por completo su carácter tipológico.

Otro de los asuntos más delicados es la relación entre protección patrimonial y sostenibilidad climática. El Plan debería resolver de manera clara cómo compatibilizar ambas cosas para que cada rehabilitación no se convierta en una batalla burocrática interminable. Haría falta un Manual de Buenas Prácticas con soluciones concretas y compatibles: aislamientos interiores reversibles, carpinterías adecuadas, criterios claros para instalaciones energéticas o climatización. La eficiencia energética no puede servir de excusa para destruir patrimonio ni la protección patrimonial debe utilizarse para impedir mejoras de habitabilidad. Es importante controlar mejor el llamado “quinto alzado”, evitando que cubiertas históricas y perfiles urbanos acaben saturados de paneles solares o maquinaria visible sin ningún criterio de integración.

El patrimonio vivo incluye esos pequeños comercios tradicionales que todavía conservan mobiliario, tipografías y singulares formas de ocupación del espacio. Así que en el ámbito comercial, sería conveniente que el Plan interviniera con más decisión sobre la contaminación visual que generan muchos rótulos y franquicias globales. Un Manual de Identidad Visual Comercial ayudaría a recuperar cierta coherencia en las calles y a proteger elementos históricos que forman parte del paisaje cotidiano de la ciudad.

El reto más importante es evitar que la protección patrimonial termine acelerando la gentrificación. Si las rehabilitaciones acaban expulsando a los vecinos de siempre y sustituyendo el uso residencial por actividades terciarias o turísticas, el patrimonio se vacía de contenido social. ¿No tendría sentido incorporar Informes de Sostenibilidad Social capaces de evaluar estas consecuencias antes de aprobar determinadas operaciones urbanísticas?

Para que todas estas medidas no queden en simples declaraciones de intención, el Plan necesitaría mecanismos reales de control e incentivación económica. Una Comisión Técnica de Patrimonio independiente podría ayudar a introducir más rigor y continuidad en las decisiones. Y quizá convendría estudiar fórmulas como la transferencia de edificabilidad para compensar a propietarios de edificios protegidos y evitar que la conservación se perciba simplemente como una carga económica.

El valor emocional que un lugar tiene para quienes lo habitan debería pesar tanto como los criterios estrictamente académicos. Bilbao tiene ahora la oportunidad de plantear un urbanismo menos obsesionado con la imagen inmediata y más atento a la memoria, a la vida cotidiana y a la continuidad de sus barrios. El patrimonio no debería entenderse como un freno al desarrollo, sino como una parte esencial de la identidad urbana y de la calidad de vida futura.

Subrayamos que la eficacia real del Plan dependerá de que ofrezca claridad y seguridad jurídica para no terminar convirtiéndose en una fuente de bloqueo administrativo, así que la incorporación de Fichas de Intervención por Parcela con estudios históricos, constructivos y patológicos previos a cualquier licencia sería una gran ayuda.

Al final de aquella primera y única reunión con los responsables de elaborar el nuevo Plan Especial de Patrimonio Cultural Urbanizado de Bilbao se nos dijo que si teníamos ideas no dejáramos de enviárselas, que las leerían con mucho cariño… Parecía como si nos hubiesen convocado tan sólo para poder decir después que se habían reunido con expertas/os en la materia, lo que podría dar cierto aspecto de consenso o respaldo a las decisiones que se vayan a incluir en el Plan… Bueno, si sirven para algo, por aquí envío varias ideas de mi cosecha, porque no parece que nos vayan a convocar de nuevo…

Paseos de ribera y parques de agua en la isla

/ Javier González de Durana /

Voy a menudo a la isla de Zorrotzaurre. En realidad, he ido muy frecuentemente a esa ribera de Deusto desde mucho antes de que se convirtiera en isla, pero en los últimos tiempos acudo de manera más habitual por la mezcla de coraje y fascinación que me produce ver lo que allí está ocurriendo. Es como, si tras una catástrofe devastadora, estuviera surgiendo un mundo nuevo. Aquí y allá sobreviven pequeños vestigios de la civilización anterior, empequeñecidos ante la magnitud de las obras que se llevan a cabo en sus inmediaciones. Obras que a veces asombran por la complejidad técnica, otras enfadan al intuir intereses económicos que avasallan memorias colectivas y otras veces más provocan dudas al no vislumbrarse su resultado final. Lo fascinante es, en todo caso, ser testigos del nacimiento de un mundo urbano en tan breve plazo de tiempo. En la historia, el surgimiento y consolidación de las ciudades se ha venido alargando durante décadas o siglos; aquí vemos cómo sucede en unos pocos años, aunque las preguntas asaltan al paseante por todas partes. Como, por ejemplo, el asunto de los paseos y las parques.

Zorrotzaurre es la última gran fantasía de Bilbao: un antiguo paisaje industrial al que Zaha Hadid dio forma antes de morir y que hoy se vende con un entusiasmo que recuerda demasiado a los folletos inmobiliarios. El discurso oficial repite palabras como “mágico”, “sostenibilidad” o “conexión”, una jerga que suele aparecer cuando la retórica ocupa el lugar del criterio. Porque una ciudad no se construye sólo con paseos agradables y edificios icónicos; se sostiene con continuidad social y cierto confort climático, dos cosas que las infografías, tan pulcras como engañosas, nunca saben resolver del todo.

La respuesta a la inundabilidad es el primer guiño técnico discutible: dos niveles para convivir con la ría. Arriba, la ciudad segura; abajo, el contacto con el agua, en una franja expuesta que, en una ciudad donde el viento y la lluvia son lo habitual, corre el riesgo de convertirse en un espacio residual. Bonito en plano, incómodo en la práctica, esperando una crecida que justifique su diseño.

Donde la cosa roza el absurdo, en mi opinión, en el llamado “Parque del Agua”. En una isla rodeada por la ría, alguien decidió que hacía falta un estanque ornamental de 680 m² con chorros y niebla artificial. Es, básicamente, una versión cara y domesticada de un ecosistema que ya existía y que se ha ignorado. El triunfo del simulacro: agua de catálogo sustituyendo al agua real, mantenida a base de presupuesto, como si el clima del Cantábrico fuera un detalle menor.

Luego aparece la famosa “indeterminación”, ese término elegante para decir que no está muy claro qué hacer con ciertos espacios. En un lugar sin densidad social, lo indeterminado no es flexibilidad; es vacío. Sin vida en la calle, esas explanadas tan limpias en el plano acaban siendo lugares incómodos, donde el viento campa a sus anchas y el peatón no encuentra refugio.

En la Punta Norte, el espacio público queda subordinado a algún edificio de gran escala. Es una privatización sutil: el suelo será público, sí, pero funcionará como antesala de alguna institución. Más que conectar San Ignacio con Deusto, parece levantar una barrera simbólica. Y esa insistencia en separar los usos, aquí se descansa, ahí se corre, allí se pasea, olvida algo básico: la vida urbana es mezcla, no compartimentos estancos.

Zorrotzaurre está entre la ciudad real y el escenario de regeneración. Todo funciona en lo técnico, pero el conjunto resulta frío. Se ha pensado desde arriba, para revistas e inversores, dejando en segundo plano la escala cotidiana: el refugio, el encuentro casual. De momento, es un fragmento de ciudad brillante sobre el papel, pero todavía sin voz propia.

El modelo residencial se presenta como el gran pacto social del nuevo Bilbao, aunque suena a promesa con letra pequeña. Se habla mucho de mezclar vivienda protegida y libre, como si eso bastara para generar comunidad. Pero juntar tipologías no garantiza convivencia: es una integración bastante teórica que ignora cómo funciona realmente el mercado. Levantar edificios no es lo mismo que crear barrio, y aquí muchas de esas viviendas parecen más un dormitorio bien diseñado que un tejido vivo.

Miles de viviendas en un entorno que aún es más promesa que realidad, con poca complejidad cotidiana. Sin comercio diverso, sin ese desorden propio de los barrios vivos, lo que queda es una sucesión de bloques correctos, conectados por puentes que recuerdan más a pasarelas que a calles. La vivienda protegida actúa como coartada ética dentro de una operación que, en el fondo, sigue girando en torno al valor del suelo.

Al final, Zorrotzaurre puede convertirse en el triunfo de la geometría sobre la vida. Un lugar eficiente, bien diseñado, pero algo distante. Donde todo encaja… salvo la espontaneidad. Puedes tener vistas magníficas y todos los servicios cerca, pero cuesta imaginar esa esquina con olor a tostadero de café o ese bar donde la charla y el pincho de tortilla invitan quedarse más de la cuenta.

Y el éxito será total o paradójico cuando la vivienda protegida acabe absorbida por el alquiler turístico y los puentes sirvan más para visitantes que para vecinos. Entonces la imagen ideal se habrá hecho realidad, pero la realidad seguirá teniendo un problema: saber cómo se vive de verdad en un sitio pensado más para ser mirado que habitado.

Del plano perfecto al semáforo torcido

/ Javier González de Durana /

Procuro que siempre sean mías las fotografías que publico aquí. A veces esto no es posible y en tal caso las tomo de donde hayan aparecido publicadas, citando la autoría si viene mencionada. Cuando intento hacer yo las fotografías no siempre resulta fácil que el edificio que me interesa salga en buenas condiciones de visibilidad, es decir, sin obstáculos que, por delante de él, lo oculten total o parcialmente. En ocasiones es una parada de autobús, en otras un kiosko de prensa, la mayor parte de las veces el tráfico de vehículos, además de cables, vallas, carteles publicitarios… Los árboles no me molestan porque, aunque tapen, siempre quedan bien.

Los arquitectos tienen una forma de dibujar los planos que resulta ingeniosa. En el papel todo encaja al milímetro: las líneas van rectas, las proporciones cuadran solas y los bloques parecen llevarse bien entre sí. Te venden el edificio como una promesa de orden absoluto, donde no hay ni un solo detalle dejado al azar. Al mirar sus bocetos da la impresión de que ven la ciudad como un tablero que se puede controlar del todo antes de poner el primer ladrillo.

Pero basta dar un paseo para ver que ese orden se viene abajo en un segundo. El mismo edificio que en la pantalla se veía impecable, cuando toca el suelo de la calle pasa a ser otra historia. Le plantan una señal de tráfico delante, un semáforo al lado, coches tapando la entrada, papeleras, cables sueltos… La vida de verdad se mete por medio sin pedir permiso y le echa encima a la fachada un barullo de cosas que nadie había previsto. Aquella esquina despejada del dibujo se convierte en un cruce agobiante lleno de ruido, donde el edificio pasa a ser un simple fondo de escenario.

Esto no es culpa del que lo ha diseñado, sino de que los arquitectos y los peatones miramos las cosas de forma totalmente distinta. El arquitecto trabaja con una idea limpia en su cabeza, quitando los estorbos del mundo para poder concentrarse en su obra. En cambio, los que vamos a pie vivimos la calle como un revoltijo donde todo pasa a la vez. Donde ellos ven una fachada limpia, nosotros vemos un poste en medio. Donde ellos dibujan un paseo, nosotros vamos esquivando patinetes.

Quizá la clave sea que los proyectos se diseñan pensando que el edificio va a estar solo y aislado del mundo, lo cual viene muy bien para que quede bonito en el concurso, pero no sirve para el día a día. La calle no es una maqueta gigante. Es un organismo vivo y bastante desordenado donde cualquier tontería te distrae.

Aun así, este choque tiene su gracia. Al final, es ahí donde se demuestra si un edificio es bueno o malo: no en lo bonito que queda en el dibujo, sino en cómo aguanta el trote cotidiano. Un buen proyecto no es el que exige que la calle esté vacía para lucir, sino el que mantiene el tipo a pesar del caos que lo rodea. El truco no es inventar ciudades ideales que no existen, sino asumir desde el primer boceto que la realidad va a manchar el diseño, y que la gracia de una ciudad está precisamente en esa mezcla, a veces un poco incómoda, entre lo que se planeó y la vida real que lo desborda.

A veces pienso que si los arquitectos metieran en sus recreaciones en 3D un par de furgonetas repartiendo en doble fila, una farola torcida y a un vecino cruzando con las bolsas de la compra por donde no debe, puede que no ganaran premios en los concursos, pero nos creeríamos mucho más sus proyectos. Y de paso, no nos llevaríamos el chasco de comprobar que la calle real nunca se parece a sus dibujos, sino a ese momento en el que sacas el móvil para hacer una foto bonita y siempre se te cruza alguien justo cuando vas a disparar.

Freno al ladrillo en Urdaibai: victoria de la prudencia

/ Javier González de Durana /

A la izquierda, el barrio de San Cristóbal y, en verde claro, la pradera en cuya zona baja se quiere construir una urbanización. En el borde inferior asoma una punta de la parcela ocupada por los astilleros de Murueta.

A Rosa Orrantia

La reciente decisión del Gobierno Vasco de paralizar cautelarmente el proyecto urbanístico previsto en Zelaiondo, barrio de San Cristóbal, en el municipio de Busturia, constituye mucho más que un mero trámite administrativo. Supone, ante todo, una muestra de prudencia institucional y de responsabilidad ambiental en un momento en el que la presión urbanística sobre espacios de alto valor ecológico continúa creciendo de forma preocupante. La exigencia de someter el proyecto de Viviendas de Vizcaya —siete edificios de planta baja más tres alturas y un total de 46 viviendas— a una evaluación de impacto ambiental ordinaria, rechazando la pretensión de la promotora de resolverlo mediante un procedimiento simplificado, revela una voluntad clara de priorizar la protección del territorio frente a la lógica de la rentabilidad inmediata. https://www.google.com/search?q=https://es.scribd.com/doc/56799195

La decisión parece especialmente acertada si se tiene en cuenta el lugar en el que se pretendía actuar. No se trata de un solar urbano sin especial relevancia, sino de una parcela de cerca de 17.000 metros cuadrados situada junto a la marisma protegida de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, uno de los espacios naturales más frágiles y valiosos de Euskadi. La construcción de siete bloques residenciales, con los inevitables movimientos de tierras, canalizaciones, cimentaciones, muros de contención y corte/desvío de un secular camino que una actuación de estas características exige, supondría una transformación muy severa del entorno inmediato. Además, el propio Patronato de Urdaibai ya ha advertido de la incompatibilidad de la iniciativa con el Plan Rector de Uso y Gestión (PRUG), al afectar tanto a áreas de protección de la ría como a terrenos de elevado valor agrológico.

Los argumentos técnicos que justifican el freno al proyecto son suficientemente sólidos por sí mismos. El plan contempla edificar en terrenos con riesgo de inundación relativamente frecuente, alterando incluso el comportamiento de pequeños regatos y arroyos cercanos mediante escolleras y obras de contención. En un contexto de aumento de episodios climáticos extremos, asumir ese nivel de intervención sobre un territorio especialmente sensible significa incrementar innecesariamente la vulnerabilidad de la zona.

A ello se suma un problema que rara vez ocupa el centro del debate urbanístico y que, sin embargo, resulta fundamental en el caso de Urdaibai: la disponibilidad de agua. La comarca ha atravesado en los últimos años episodios de escasez hídrica de enorme gravedad, hasta el punto de requerir el transporte de agua en barcos cisterna para garantizar el abastecimiento de la población. Resulta difícilmente comprensible defender nuevos desarrollos residenciales intensivos sin haber resuelto antes esa limitación estructural. Incrementar la presión sobre acuíferos ya tensionados y eliminar superficies de monte bajo con presencia de algunos robles autóctonos de gran porte supone, además, una pérdida ambiental difícilmente reversible.

Pero más allá del caso concreto de Busturia, este episodio pone de relieve un problema de fondo mucho más amplio. El proyecto urbanístico procede de un planeamiento aprobado inicialmente en 2007 (este proyecto de urbanización es del año 2011), en pleno ciclo expansivo del ladrillo, cuando gran parte de la costa y de los espacios naturales del entorno metropolitano eran contemplados como reservas potenciales para nuevos desarrollos inmobiliarios. Que iniciativas concebidas bajo aquella lógica sigan reapareciendo casi dos décadas después demuestra hasta qué punto la presión especulativa sobre Urdaibai continúa viva, aunque a menudo opere de manera discreta y fragmentada.

En este sentido, la cautela mostrada ahora por el Gobierno Vasco guarda coherencia con las dudas y cautelas expresadas en torno al proyecto de ampliación del Guggenheim Bilbao Museoa, no en vano los astilleros de Murueta se encuentran a 400 escasos metros de donde se pretende esta urbanización. Aunque ambos casos son distintos en naturaleza y escala, comparten una misma cuestión de fondo: la evidencia de que Urdaibai se encuentra muy cerca de su límite de capacidad ambiental y territorial. Las reticencias surgidas en torno a la ampliación museística —relacionadas con el impacto turístico, la presión sobre las infraestructuras, la movilidad o el abastecimiento de agua— indican que las instituciones son conscientes de que cualquier intervención de gran alcance en la zona exige hoy un nivel máximo de rigor y análisis.

Precisamente por eso, si el Ejecutivo autonómico ha optado por actuar con extrema prudencia ante un proyecto cultural de enorme relevancia simbólica y pública, resulta lógico que aplique un criterio al menos igual de exigente frente a promociones residenciales impulsadas exclusivamente por intereses privados y expectativas de rentabilidad económica. La protección de Urdaibai no puede depender de la naturaleza más o menos atractiva de cada proyecto concreto, sino de una idea general de límite territorial y de responsabilidad ambiental.

También conviene subrayar que la oposición creciente a este tipo de desarrollos ya no procede únicamente de colectivos ecologistas o de sectores especializados en ordenación territorial. Existe una percepción social cada vez más extendida de que Urdaibai ha alcanzado un punto de saturación y de que seguir aumentando la presión urbanística, turística o infraestructural puede comprometer precisamente aquello que hace excepcional a la comarca. En ese contexto, modificar planeamientos o reinterpretar normativas de protección para encajar proyectos heredados de otra época abriría un precedente muy peligroso. Los grupos que se opusieron con firmeza a la ampliación del Guggenheim Bilbao Museo deberían aplicar a este caso -y a otros similares- la misma energía que tan efectiva resultó entonces. No se trata de un museo o unas viviendas, sino de preservar el equilibrio que actualmente existe y, si ello es posible, de mejorarlo a base de sanar lo que en las últimas décadas enfermó por malas prácticas.

Por todo ello, la actuación del Gobierno Vasco en Busturia puede interpretarse como una señal positiva y, quizá, como un posible cambio de rumbo. No basta ya con revisar caso por caso ni con contener puntualmente los excesos más evidentes. La experiencia de las últimas décadas demuestra que los espacios naturales más valiosos necesitan marcos de protección sólidos, estables y difíciles de erosionar por presiones coyunturales. La prudencia mostrada ahora debería consolidarse no como una excepción circunstancial, sino como un criterio permanente para el futuro de Urdaibai.

En 2023-24, en una mejora puntual de la carretera BI-2235, a la salida de San Cristóbal hacia Axpe, se realizó una rotonda que dejaba planteados dos ramales de desvío, el de la izquierda como futuro acceso al barrio de Altamira y el de la derecha a la pretendida urbanización.

Proyecto de urbanización para Zelaiondo.

Distancia entre astilleros de Murueta y Zelaiondo.

Túnel bajo la ría: paradojas de la “fluidez = solución”

El diputado foral de Infraestructuras en Bizkaia afirmaba el pasado miércoles, acerca del túnel de Artxanda por Ugasko, que «el agua contiene elementos químicos que se comen el hormigón con el tiempo», lo cual ha hecho necesario que tras 25 años de uso se actúe para «sanear el material», dando lugar al cierre temporal de dicha galería. La afirmación preocupa bastante y plantea importantes incertidumbres si la aplicamos al proyecto de túnel bajo la ría. Si eso que dice el diputado ha sucedido en un conducto de 1.100 metros de longitud que, con una media diaria de 8.400 vehículos circulando por él, tiene una pequeña montaña encima, ¿qué se puede llegar a esperar si lo que está por arriba a lo largo de 3.037 metros, recorridos por los previstos 54.000 vehículos al día, es nada menos que la desembocadura del Nervión?

Veamos. Calma. El inminente inicio de las obras del túnel bajo la ría supone, ahora sí, pasar de las palabras a los hechos. Durante años ha sido un proyecto discutido, planificado y revisado, pero siempre en un plano bastante abstracto. Con las primeras máquinas a punto de ponerse a trabajar y los contratos ya adjudicados, deja de ser una idea y empieza a notarse físicamente en el territorio. Asociaciones vecinales de la zona de Artaza han presentado un recurso ante la sala de lo Contencioso-administrativo del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco, cuestionando tanto la evaluación ambiental como determinados aspectos urbanísticos y técnicos debido al incumplimiento o falta de varios requisitos imprescindibles en la tramitación del proyecto, por lo que solicitan su anulación y, de momento, la suspensión cautelar.

Ese inicio próximo cambia también la manera en cómo se percibe. Ya no es sólo una promesa de mejora de la movilidad, sino una intervención real que va a afectar durante bastante tiempo al día a día de muchas personas. Obras, desvíos, ruido, cambios en el entorno… todo eso forma parte de una transformación que no es sólo técnica, sino también social.

Que las obras vayan a empezar no significa que desaparezcan las dudas. De hecho, algunas se vuelven más evidentes. Hay bastante constancia de que en otras ciudades el aumento de la capacidad de las carreteras no reduce el tráfico de forma duradera. Más bien al contrario: cuando desplazarse parece más fácil, la gente tiende a usar más el coche. Aparecen nuevos viajes, se recuperan rutas que antes se evitaban y, al final, el problema puede volver, incluso con más intensidad. Cabe la posibilidad de que el túnel funcione bien al principio, pero que con el tiempo acabe generando más tráfico del que pretende aliviar. No sería la primera vez que ocurre algo así.

A esto se suma la incertidumbre propia de la obra. Excavar bajo la ría no es precisamente sencillo y menos en un entorno con pasado industrial. La posibilidad de encontrar subsuelos contaminados es bastante real, y gestionarlos no es ni fácil ni barato. Este tipo de situaciones, que sobre el papel parecen controladas, se ponen a prueba de verdad cuando empiezan las obras.

Además, la experiencia dice que en proyectos de este tipo los sobrecostes y los retrasos son bastante habituales. No es algo excepcional, sino casi lo normal. Y eso inevitablemente plantea la pregunta de hasta qué punto las administraciones pueden asumir esos incrementos sin afectar a otras prioridades.

Porque el coste no termina cuando se acaba la obra. Un túnel de estas características requiere mantenimiento constante, sistemas de seguridad, ventilación… Es una infraestructura que va a seguir generando gasto durante décadas. Y eso implica comprometer recursos públicos a largo plazo. De hecho, el presupuesto ha crecido de forma muy notable respecto a las primeras estimaciones y ronda ya los 540 millones de euros, mientras que el plazo de ejecución se ha ampliado hasta superar los seis años.

Aquí entra una cuestión importante: el coste de oportunidad. Apostar fuerte por una infraestructura así puede limitar la capacidad de invertir en otras alternativas más flexibles o adaptables, sobre todo en un contexto donde la movilidad está cambiando bastante rápido.

Ambientalmente, tampoco es un tema menor. Construir un túnel implica un consumo enorme de materiales como hormigón y acero, además del uso intensivo de maquinaria pesada. Todo eso tiene un impacto en emisiones incluso antes de que el túnel empiece a funcionar.

Y aunque en el futuro haya más vehículos eléctricos, eso no elimina otros problemas asociados al tráfico: el espacio que ocupa, el ruido o las partículas que generan los neumáticos, por ejemplo. Es decir, no todo se soluciona sólo cambiando el tipo de vehículo.

El proyecto incluye además la posibilidad de un ramal de metro, lo cual en principio suena bien. Pero si se mira de cerca, parece más un añadido que el eje principal del diseño. La lógica dominante sigue siendo la del coche y eso acaba influyendo en cómo se mueve la gente. Esto es importante porque las infraestructuras no responden sólo a la movilidad existente, sino que también la moldean. Si se facilita el uso del coche, es más probable que se use más. En todo caso, la anunciada lanzadera ferroviaria o conexión tipo metro entre Sestao y Las Arenas, presentada en 2022 como complemento estratégico del túnel se halla en una situación incierta, pues ha ido desapareciendo de los documentos técnicos más recientes.

El túnel puede tener efectos más amplios en el marco del territorio. Al facilitar los desplazamientos entre ambos lados de la ría, podría favorecer que la gente viva más lejos de donde trabaja o estudia. A corto plazo puede parecer una mejora, pero a medio plazo suele traducirse en más dependencia del coche y en un territorio más disperso, que además es más caro de gestionar. De hecho, ayer mismo se publicó la noticia de que Urduliz (a 10 km de la salida de Artaza) prevé en su próximo PGOU la construcción de 1.015 nuevas viviendas, si bien en esto también influye el hecho de que esos pisos, al estar más alejados, serán económicamente más accesibles.

En lo local, también puede haber impactos claros. Los accesos al túnel, como en Artaza o Ballonti, pueden concentrar bastante tráfico. Eso no elimina la congestión, sino que la desplaza. Y para quienes viven cerca, eso se traduce en más ruido, más contaminación y, en general, peor calidad de vida.

Todo esto apunta a una cuestión de fondo. Este tipo de proyectos responde a una forma bastante clásica de abordar los problemas de movilidad: grandes infraestructuras, visibles, con resultados relativamente rápidos en términos políticos. Pero no siempre atacan las causas del problema. Otras medidas, como reducir la necesidad de desplazarse, mejorar el transporte público o replantear el uso del espacio urbano, suelen ser más complejas y menos inmediatas, pero quizá más efectivas a largo plazo.

Por eso, el túnel bajo la ría del Nervión no debe verse únicamente como una obra de ingeniería. También refleja una manera concreta de entender la movilidad y el territorio. Y en un contexto como el actual, con retos climáticos y urbanos cada vez más urgentes, es razonable preguntarse si esta es la dirección adecuada o si estamos, en parte, repitiendo esquemas del pasado. El riesgo no es tanto que el proyecto salga mal, sino que, aún saliendo bien, no resuelva realmente el problema de fondo.