/ Javier González de Durana /

A Paco Cepeda.
El análisis del patrimonio histórico-artístico de Getxo se encuentra en una encrucijada: el falso debate entre protección y urbanismo sirve para enmascarar decisiones de carácter económico. Al plantearse la conservación del legado arquitectónico como un obstáculo para el desarrollo se incurre en una falacia que ignora que la identidad y el valor diferencial de un municipio como Getxo residen, precisamente, en su arquitectura. La aprobación provisional del Plan General de Ordenación Urbana, PGOU, con su ambiciosa proyección de 4.000 nuevas viviendas en los próximos años, evidencia una jerarquía de prioridades en la que el suelo se entiende como un recurso a explotar, no como territorio de memoria colectiva. Esta tensión se manifiesta en la alarmante desatención a las advertencias de la Dirección de Patrimonio Cultural del Gobierno Vasco, cuyo informe técnico actúa como un acta de acusación contra la laxitud municipal (véase dicho informe aquí: https://www.euskadi.eus/contenidos/informacion/copu_pleno_2024/eu_def/adjuntos/Bilkura%206/2HI-049-24-P03-GETXO.pdf)
La omisión de bienes con protección autonómica en el catálogo local, como el Puerto de Arriluce, la Estación de Salvamento y el Hotel Igeretxe, entre otros, revela una preocupante falta de coherencia institucional. No es un simple olvido administrativo, es una estrategia que diluye la responsabilidad de vigilancia, dejando edificios emblemáticos, como el molino de Aixerrota, Casino Algorteño o la casa Dilizena, en una situación de vulnerabilidad. Esta «desafección» se hace especialmente dolorosa en el ámbito rural, donde caseríos centenarios como Tosu, Perune, Iturriane o Martiturri son tratados como piezas prescindibles en el tablero inmobiliario. Al retirarles la protección, el Ayuntamiento borra piedras y vigas, pero sobre todo elimina el rastro del pasado agrario de Getxo, uniformizando el paisaje urbano en favor de una estética de «lujo», genérica y deslocalizada.

El argumento municipal traslada la responsabilidad de la protección al Gobierno Vasco, al tiempo que se defiende la «necesidad» del crecimiento residencial, pero ese traslado es una elusión de competencias que ignora el principio de subsidiariedad. El urbanismo moderno no debe ser un juego de suma cero en el que para construir vivienda nueva sea necesario demoler hitos como Irurak Bat o Villa Amparo. La destrucción de estas villas para dar paso a bloques de viviendas de mercado libre responde a una maximización del beneficio privado en las zonas más cotizadas del municipio, en absoluto a una necesidad social acuciante de vivienda pública. Esta práctica subvierte la función social de la propiedad y del urbanismo, convirtiendo la ordenación del territorio en una herramienta de gentrificación y pérdida de singularidad.
La sostenibilidad de la que hace gala la planificación actual carece de base si no contempla la sostenibilidad cultural. Un Getxo sin sus caseríos, sin sus casas solariegas y con un patrimonio mermado por intervenciones agresivas perderá el atractivo que precisamente lo hace deseable. La verdadera planificación sostenible es aquella que integra el tejido histórico en el nuevo desarrollo, rehabilitando en lugar de demoliendo y entendiendo que el patrimonio es un activo económico y social irreemplazable, no una carga estética. El actual PGOU, lejos de ser un modelo de equilibrio, parece una capitulación ante la presión inmobiliaria que, de no corregirse, transmitirá a las futuras generaciones una ciudad clónica despojada de su alma histórica.

El vigente PGOU de Getxo es un documento técnico carente de neutralidad, un instrumento jurídico que, al establecer esa proyección de más de 4.000 viviendas, ejerce una presión de edificabilidad insostenible sobre el suelo urbano consolidado, incentivando la sustitución de villas y caseríos por bloques de alta densidad. Y el catálogo de bienes protegidos por el PGOU actúa como el brazo ejecutor de esta visión. Ignorar deliberadamente las advertencias del Gobierno Vasco y la Diputación no es un error administrativo, es la decisión estratégica que permite la demolición de inmuebles emblemáticos para maximizar el aprovechamiento económico de las parcelas.
Esta conexión se hace evidente al observar cómo el PGOU facilita operaciones inmobiliarias lucrativas en manos de grandes entidades mientras condena al régimen de «fuera de ordenación» a familias de entornos rurales como Andra Mari y Salsidualde. Mientras el plan garantiza seguridad jurídica y beneficios extraordinarios para la reconversión de oficinas en viviendas de lujo, utiliza la normativa para desahuciar simbólica y físicamente a los poseedores del patrimonio tradicional, bajo el pretexto de una modernización que no admite la convivencia con el pasado agrario. Al no integrar las estructuras históricas en el nuevo desarrollo y permitir la pérdida de referentes como el caserío Tosu o el patio de la escuela Zabala, el PGOU redefine la naturaleza social de Getxo, desplazando su memoria colectiva para sustituirla por un modelo de ciudad, cuya legalidad técnica camufla una evidente quiebra del compromiso con la herencia cultural vasca.

Aunque proyecta una imagen de orden y progreso, el PGOU de Getxo plantea serias dudas y debe leerse con profunda cautela. Existe el riesgo real de que su idea de «protección» patrimonial no sea más que una museificación de la fachada mientras el tejido social desaparece, alejando al vecino de Algorta de sus espacios de toda la vida y convirtiendo hitos históricos en meros productos de consumo hostelero.
En cuanto al Puerto de Arriluce, la desconfianza es aún mayor debido al impacto paisajístico. A pesar de las promesas de limitar la altura del futuro hotel para no eclipsar la Estación de Salvamento, la transformación de un espacio público náutico en un complejo comercial masivo podría generar un «efecto barrera» que privatice visualmente la costa. Esta expansión, sumada a la inversión de 21 millones de euros, parece priorizar la rentabilidad de la concesionaria sobre la integración armónica con el paseo de Ereaga, dejando en el aire si el puerto seguirá siendo un lugar de paseo vecinal o un enclave exclusivo para cruceristas y grandes fortunas.
Por último, en Andra Mari, con los caseríos Tosu, Goienetxe, Dendariena, Martiturri y otros varios, es donde el balance urbanístico se vuelve más sombrío. La reserva aquí es ética: el Ayuntamiento parece haber aceptado una política de hechos consumados donde el entorno rural queda estrangulado por infraestructuras, perdiendo su sentido como pulmón agrícola. Así ha venido a suceder con el caserío Maidagan, protegido, el cual ha quedado constreñido por la urbanización a su alrededor. Al mismo tiempo, la «salvación» de caseríos como Martiturri mediante su división en pisos de lujo es un arma de doble filo; se preserva el cascarón de piedra, pero se destruye la tipología de vivienda unifamiliar histórica. Al final, el riesgo es que Getxo termine siendo un escenario estéticamente impecable, pero socialmente vacío y en el que la identidad local sea sustituida por un estándar urbanístico de aparente e impersonal lujo.











































