Café La Granja (y II): rehabilitación y simulacro.

Estrictamente, en el Café La Granja restauración hubo poca: algunos techos, las ménsulas simuladas de las columnas (probablemente vestigios de la decoración que tuvo el Banco Hispano-Americano), un par de vidrieras que sobrevivieron a la catástrofe…, no más.

Para la rehabilitación del local, se procedió a las siguientes actuaciones:

* eliminaron la barra preexistente e instalaron una nueva, más amplia, con antepecho de madera que incluía algunos elementos decorativos de inspiración clasicista basados en los existentes en la barra anterior,

barra
Barra del bar realizada e instalada en 1984.

* repusieron a modo de zócalo elevado el empanelamiento de madera a lo largo de los muros perimetrales de la zona pública, puesto que los anteriores paneles-zócalo habían desaparecido con las inundaciones; esta madera era de mejor calidad que la preexistente si bien la imitaba,

* instalaron en techos y paredes una docena de genuinas y preciosas luminarias “art-decó”, procedentes del Teatro Coliseo de Sevilla y adquiridas en esa ciudad, en sustitución de los desnudos neones y las neutras tulipas redondas anteriores,

* sustituyeron la deteriorada y elemental barandilla de madera envolvente de la escalera de descenso al sótano por otra barandilla de madera tallada,

* sustituyeron el suelo anterior, desgastado y dañado en su totalidad, por otro suelo de semejante estilo con baldosas hidráulicas de la empresa vitoriana La Vasco Catalana,

* incorporaron mesas y sillas nuevas, de un neutro estilo “café principios siglo XX”,

* se recrearon los plafones del techo, con mantenimiento de alguno y copia o trasunto de otros,

* incluyeron ménsulas falsas -a imitación de las también falsas existentes en las columnas- en la parte superior de unas nuevas y decorativas pilastras adheridas a las paredes perimetrales orientadas a la zona pública, y que simulaban ser apoyo de las cajas de ventilación,

* por supuesto, limpiaron y pintaron las paredes con tonos claros que dejaban atrás los apagados y plásticos ocres y verdes, añadiendo abundante purpurina tipo “oro viejo” en molduras y cenefas.

Poco fue lo que se pudo mantener del anterior local, en parte porque no valía la pena, en parte porque había quedado inutilizado. Al margen de lo estructural (columnas, vanos y muros), las pervivencias fueron estas:

* la espacialidad del local,

* su actividad como café,

* unas pequeñas decoraciones en la parte superior de las columnas que simulan ser ménsulas de apoyo para las vigas, pero que son escayolas meramente decorativas y que ocultan los capiteles de hierro originales, y

* dos vidrieras emplomadas de muy simple diseño.

vidrieras
Vidrieras recuperadas del local anterior.

Naturalmente, esta intervención sorprendió a cuantos la contemplaron el día de su apertura al público. El Café La Granja se presentaba rejuvenecido, recuperado, brillante, de hecho, con unos brillos que nadie recordaba que hubiera tenido antes.

No era de extrañar, el nuevo local era la creación o re-creación de un café al estilo de los años 20, pero todo aquello que le confería ese aspecto restaurado no lo era en realidad, pues bien era nuevo o bien era adquirido en otro lugar, traído e instalado aquí.

La operación tuvo algo de parque o local temático: se había implementado ex novo una ambientación tipo “café años 20” en un espacio que venía siendo café desde los años 20. Un local temático a la manera de los pubs irlandeses decorados con “memorabilia” alusiva de anejo aspecto, pero recién fabricada, o los restaurantes de carácter “far-west” en los que no faltan detalles peliculeros facilitados en cerrado “kit” por un proveedor de decorados.

Fue la identidad entre origen histórico y la nueva ambientación historicista lo que hizo creer a cuantos lo vieron entonces que, realmente, había existido una restauración. No era cierto, lo que hubo fue una bonita invención.

El Café posterior a las inundaciones era muchísimo más atractivo que el anterior, pero prácticamente todo era copiado, incorporado desde otros ambientes, replicado, imitado… La idea que se estableció en el imaginario colectivo era que el Café había sufrido una degradación con el paso del tiempo, pero que había logrado recuperar su inicial esplendor. El asunto tenía sus matices épicos y míticos: como el Ave Fénix, de la tragedia de las inundaciones había surgido un escenario renacido y mejorado, algo muy conveniente para una ciudad traumatizada.

Lógicamente, los servicios de protección de Patrimonio Histórico-Artístico del Gobierno Vasco, incluido su Asesor de Bellas Artes, que era yo mismo entonces, no encontraron ningún inconveniente en autorizar esta fantasía: respetaba lo fundamental de la arquitectura y aportaba una atractiva ilusión ficticia basada en la continuidad del negocio anterior.

Si los promotores hubiesen planteado un proyecto que recreara un club inglés o un salón de Alta Costura también habrían conseguido la autorización preceptiva, con tal de que respetaran lo arquitectónico. Nadie les exigió que ahondaran en los supuestos orígenes históricos del café; salió de su iniciativa y, comercialmente durante un tiempo, mientras la Plaza Circular no cambió su naturaleza, fue un acierto. Faltaba muy poco tiempo para que esa naturaleza variara en sustancia y la explotación del enorme café dejara de ser rentable.

Las normativas de habilitación de locales hosteleros vigentes en 1983 influyeron en la habilitación, ya que el espacio anterior a las inundaciones, en su obsolescencia funcional, no cumplía muchos requisitos (salidas de emergencia, prevención de incendios, conducciones de ventilación, montacargas…) que influyeron en la manera y forma en que se acabó la puesta a punto, digamos, la puesta en escena.

Si tenemos en cuenta, por tanto, que el estado que mantuvo el Café La Granja hasta el momento de haberse convertido en un negocio muy distinto tiene poco más de 30 años, no se puede recurrir a lo histórico de su ambientación para resaltar ese valor. Podríamos apreciar lo acertado de la re-creación, pero siendo conscientes en todo momento de que nos encontrábamos ante un simulacro y que para que una simulación historicista alcance valor patrimonial deben transcurrir algo más de tres décadas, más bien siglos.

Realmente, las singularidades del Café La Granja eran escasas y de carácter más bien inmaterial y sentimental:

(a) En primer lugar, la espacialidad del local, amplia y diáfana; no quedan comercios de semejantes dimensiones en edificios históricos bilbaínos. Esta circunstancia mantenida como mínimo durante los noventa años de vida del café respondía al deseo de la propiedad, quien pudiendo segmentarlo en partes no quiso hacerlo; una cuestión de voluntad (modificable) del propietario, no del arrendatario del local.

(b) En segundo lugar, la continuidad de la función hostelera; es raro e infrecuente encontrar comercios con semejante duración continua en el tiempo. El Café La Granja ha sobrevivido a dictaduras, guerras, cambios políticos, crisis económicas, pobreza general, desarrollismo económico, ebulliciones financieras, conjuras subversivas…

(c) En tercer lugar, los elementos arquitectónicos originales diseñados por Severino Achúcarro, sin modificaciones en fachadas, vanos, estructuras portantes…

En consecuencia, de los tres valores reseñados uno es inmaterial, la continuidad, otro es físico, los elementos arquitectónicos originales, y el tercero es mixto, la espacialidad. La suma de todos ellos da como resultado:

(d) Un cuarto valor inmaterial, la sentimentalidad ligada a las experiencias personales, humanas y sociales, vividas en ese local por parte de varias generaciones de usuarios del servicio hostelero que ha venido ofreciendo.

Con la mirada puesta en la conservación de los valores patrimoniales y artísticos debe tenerse en cuenta que en este local se ha dado la confluencia de dos propiedades: la del local en sí y la del negocio que se ha desarrollado en el local, es decir, la del bien inmueble y la de los bienes muebles. El negocio cesó en su actividad hace tres o cuatro años y, en consecuencia, la propiedad del negocio retiró del local todo lo que era de su pertenencia allí instalado desde 1984: mesas, sillas, lámparas, espejos, percheros, vajillas, maquinaria…, lo único que ha permanecido de esa propiedad es la barra del bar, por tratarse de un elemento demasiado pesado y grande para su traslado, cuya eliminación tampoco representaría ningún daño patrimonial por tratarse de un trabajo de ebanistería reciente de gusto un tanto convencional y kitsch.

Es decir, todo lo que en 1984 le dio un ficticio carácter de café antiguo ya no está. Sólo queda el bien inmueble representado por el puro local, desnudo y vacío. Ironías del destino, tras la retirada de los bienes muebles el local volvió (casi) a la misma situación que tuvo tras las inundaciones de 1983.

Uno de los riesgos recientes que ha empezado a correr la autenticidad del patrimonio es lo que podríamos denominar como “parquetematización” histórica, una suerte de “disneylización” de épocas pasadas, es decir, la creación ex novo de ambientes, decoraciones y arquitecturas que, mostrando un aspecto añejo, ejecutados con irreprochable calidad y verosimilitud, sin embargo, son de reciente creación o agrupación con el objetivo de dar a luz una imagen real, pero falsa. Esta tendencia busca el establecimiento de atractivos turísticos que movilicen y satisfagan un concreto sector económico, y se inscribe en la línea de la no-verdad tan propia de los actuales tiempos.

Un público o una sociedad poco exigentes se conforman con estas máscaras teatralizantes, dándolas por buenas cuando se pretende poner fin a un bien patrimonial genuino. Se empieza derribando el interior de un edificio histórico para mantener sólo su fachada y se termina demoliendo todo el inmueble porque la fachada ya la levanta de nuevo el promotor de la obra con la misma imagen o incluso, si se quiere, con una imagen mejorada. La arquitectura genuina, sus estructuras portantes y la organización de los espacios interiores de tales inmuebles pasan a considerarse valores de segundo orden frente al valor de la máscara, de lo inmediato visible.

 

Café La Granja (I): antecedentes e inundación.

Estos últimos días se viene hablando mucho del local que acogió durante décadas al Café La Granja debido a que el proceso de rehabilitación para adaptarse a las nuevas funciones comerciales de su actual propietario está finalizando. Se oyen abundantes lamentos acerca de la supuesta pérdida patrimonial que han traido estos cambios. No hay motivo: el Café La Granja que hemos conocido durante las casi últimas cuatro décadas fue un gran y vistoso simulacro, en otras palabras, una mentira.

Este café bilbaíno ha venido ocupando la totalidad de la planta baja del edificio número 3 de la Plaza Circular desde 1926. Se conocen algunos de los usos anteriores ubicados en esa planta baja, pero no se tiene certeza acerca de si cada uno de aquellos negocios ocupó la totalidad del espacio o si varios de ellos coexistieron, unos junto a otros, compartimentando el local. Desde que el edificio se puso en marcha, 1891, hasta que se abrió el café, 1926, pasaron treinta y cinco años. Es mucho tiempo para saber con exactitud qué sucedió en esa planta baja, pero lo más verosímil, dada la amplitud del espacio, es que en ocasiones tuviera varios arrendatarios, ocupando dos o tres sub-divisiones. Entre 1918 y 1926, es decir, justo antes del Café La Granja, ahí tuvo su primera sede local el Banco Hispano-Americano, ocupando la totalidad del local.

La calidad de Severino Achúcarro como arquitecto del inmueble se hizo patente en los interiores domésticos de los pisos superiores que albergaba y las fachadas que cerraban el conjunto, pero también dejó su huella en los elementos estructurales de esta planta baja: las fachadas exteriores ofrecen una sillería de calidad con sutiles notas de ornamentación y las columnas interiores son esbeltas y estriadas, con un acabado delicado y elegante, y un reparto que soslaya la irregularidad de la planta del solar con una distribución lógica no condicionante de las futuras funciones que pudiera acoger.

Este buen hacer en el diseño de las estructuras portantes la aplicó Achúcarro también en la planta sótano, erigiendo unas poderosas columnas de sillares con sección cuadrada y ancho pedestal.

Los historiadores suelen repetir –siguiendo crónicas periodísticas de la época- que el modelo adoptado por el empresario hostelero para acondicionar este local fue el de los grandes establecimientos de café franceses. Sin embargo, no sabemos cómo fue con exactitud en origen, no se conservan fotografías de aquellos tiempos y, más allá de la extraordinaria amplitud y altura del local, no conocemos ninguna otra característica que pudiera haberlo singularizado como un café de refinado gusto y exquisita decoración.

Más bien parece que nunca fue así y que, aparte de la larga barra y un número amplio de mesas y sillas distribuidas entre paneles separadores de madera, no hubo una ornamentación especialmente notable. De haber existido se habría conservado o, al menos, conservaríamos testimonios fotográficos, como en el caso del desaparecido Café Lion d’Or, en el cercano 5 de Gran Vía. Ni lo uno ni lo otro. Por su buen ambiente, excelentes materiales, empanelados de caoba, espejería y luminarias, veladores y divanes, elegante marquesina…, la gente refinada de Bilbao acudía al Lion d’Or (con su famosa tertulia de artistas y escritores locales); y la gente de paso, a La Granja.

De otra parte, la memoria de los bilbaínos que, por edad, pudimos conocer el Café La Granja en los años 60 y 70 desmiente una supuesta grandeur en este local. Carecía de un mínimo despliegue decorativo en muros de ninguna prestancia y mucho polvo; las sillas y mesas eran corrientes y cojas, los paneles separadores tenían una hechura básica de madera simple a menudo desportillada, desde los techos colgaban tubos de neón sin cobertores y tulipas blancas redondas, la iluminación, por tanto, resultaba fría e insuficiente, la barra era estrecha para el desenvolvimiento de los camareros, las columnas estaban forradas en su parte inferior por unas fundas de madera carentes de gracia, no se recordaba la última vez que habían recibido una mano de pintura las paredes y el techo, enjalbegados en ocres desvaídos y verdes turbios…

Sin temor a exagerar, puede afirmarse que el local resultaba lóbrego: menos hacia la plaza gracias a la luz que entraba por los amplios ventanales (S) y más hacia el fondo lindante con la estrecha y oscura Ledesma (N-NE).

La Granja era entonces, en pocas palabras, poco más que un establecimiento “de batalla” y escasa distinción, servían consumiciones de bajo coste y los parroquianos mostraban el aspecto de transeúntes desubicados. Un cliente podía pasar la tarde entera allí sentado con un café sin que los camareros ni, por supuesto, la presión de otros clientes le hiciera sentir que tenía que levantarse para desalojar mesa y silla. Para los años 70 el local había envejecido mal a partir de unas instalaciones hosteleras elementales y obsoletas.

Lo único realmente llamativo era la espaciosidad del local, los grandes ventanales a la plaza, las dos entradas/salidas en fachadas opuestas y la esbeltez -más intuida que constatada- de las columnas semi-forradas.

Sin embargo, algo dramático y memorable sucedió a principios de los años 80 para que hoy la mayoría de los bilbaínos lo recuerde de un modo muy diferente.

cafe años 30

El 26 de agosto de 1983 Bilbao sufrió unas devastadoras inundaciones que asolaron el Casco Viejo y buena parte de su entorno. Las lluvias torrenciales y la marea alta hicieron que en muchos lugares el nivel del agua alcanzara los dos metros de altura. En otros lugares, sin llegar a tanto, las fuertes corrientes arrasaron todo lo que encontraron a su paso. Uno de estos locales perjudicados fue el Café La Granja.

Recuerdo con mucha precisión los detalles de los daños porque, precisamente, en aquellas fechas yo trabajaba como Asesor de Bellas Artes para el Departamento de Cultura del Gobierno Vasco. Entre mis tareas estaban las de examinar los lugares y edificios calificados con algún grado de protección histórico-artístico y evaluar los proyectos de intervención arquitectónica cuando en ellos se planteaba hacer modificaciones y reformas por el motivo que fuere. Consecuentemente, tuve que examinar y evaluar los proyectos de intervención en los locales comerciales del Casco Viejo bilbaíno y de todos aquellos lugares que, en virtud de su antigüedad o singularidad, el Ayuntamiento de Bilbao solicitaba al Gobierno Vasco informe preceptivo como medida cautelar. Tal fue el caso del Café La Granja. Por tanto, primero conocí cuál era el estado del establecimiento antes del desastre, después constaté el estado en que las aguas dejaron el local y finalmente examiné el proyecto de rehabilitación del mismo para su reapertura como cafetería.

En el acta notarial levantada el 16 de septiembre de 1983 por el notario José Mª Arriola a petición de Hostelería Vizcaína S.A., titular del negocio Café La Granja, se afirmaba, “bajo juramento y previa advertencia de incurrir, caso de no ser cierto, en delito de falsedad en documento público” que el inmueble reseñado “sus instalaciones, mobiliario y demás bienes han sido profundamente dañados por las gravísimas inundaciones sufridas los pasados días 26 y 27 de Agosto del presente año”. Existe documentación fotográfica explícita (aquí incluida) acerca de cómo quedó destruido el local y sus instalaciones: “reproducción fiel y exacta del estado en que quedaron dichos bienes como consecuencia de la citada inundación”. No es preciso realizar una descripción literaria; basta con mirar las imágenes. Cualquier atisbo de esplendor que pudiera haber tenido -aunque esa clase de brillo nunca hubo, al menos tras la guerra civil- quedó disuelto, desvanecido, destrozado o desaparecido. Como les sucedió a tantos otros negocios con motivo de aquel suceso, parecía el final de la actividad anterior, abriéndose paso hacia un futuro diferente…, el final definitivo o la reinvención.

Sucedió lo segundo: la reinvención. El grupo empresarial Hostelería Vizcaína S.A, titular de este negocio, así como de otros de la misma naturaleza -el Café Boulevard y el Café Iruña-, decidió dar comienzo a un modo nuevo de explotación comercial para este local.

En el caso del Café La Granja este nuevo modo implicaba re-imaginar el local con una magnificencia ornamental que, de hecho, nunca había conocido.

El proyecto de rehabilitación  -no confundir con restauración– del Café La Granja en 1983-84 no se planteó como una simple habilitación del anterior uso del local. En cierto sentido, sus diseñadores (arquitecto Javier Ceberio, y aparejador José Antonio Fuente) y los promotores se propusieron “elevar” el nivel del café en su aspecto ornamental para equipararlo -o al menos acercarlo- a las espléndidas y originales ambientaciones de sus otros dos negocios-joya de aquel momento: el “art-decó” del Café Boulevard y el neo-mudéjar del Café Iruña.

(mañana continuará)

La alianza Obispado-Mutualia-Murias (y II).

mutualia

Copio lo que dice Mutualia en su web:

Mutualia ha llegado a un acuerdo con la empresa Construcciones Murias S.A., para adquirir el edificio que va a construir entre las calles Barrainkua y Heros de Bilbao, y que una vez finalizado, se convertirá en su nuevo hospital de referencia para Bizkaia. 

Este proyecto, que cuenta con el visto bueno del Ministerio de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social, supone una inversión de más de 30 millones de euros y la compra del edificio será realizada con cargo al Patrimonio Histórico de Mutualia. El hospital contará con una superficie de 6.000 metros cuadrados donde se ofrecerán todos los servicios que actualmente se prestan en su Clínica Ercilla, como urgencias, cirugía ortopédica y traumatológica, unidad de mano, rehabilitación, hidroterapia, radiodiagnóstico, medicina interna, hospitalización, etc. y, además, se trasladará parte de la actividad que actualmente se presta en su sede de Henao, como el control de la contingencia común y otras prestaciones.

Se estima que las obras comenzarán en agosto de este mismo año y que el inicio de la actividad se realizará en diciembre de 2021, una vez finalizado el traslado desde la actual Clínica Ercilla, donde quedaría concluido también su proceso de venta“.

Es sorprendente que en este texto no se mencione al Obispado, socio primero de la operación. Dice que procederá a “adquirir el edificio que va a construir” Murias, con el que ha llegado a “un acuerdo” -por lo visto sólo con él-, en vez de decir que se quedará con el 40% del edificio que Murias levante en el solar propiedad del Obispado. Según se desprende del texto ofrecido por Mutualia, se da a entender que, una vez terminado, TODO el edificio será su “nuevo hospital de referencia“, ya que no menciona a ningún otro ocupante del mismo, aunque sabemos que no será así. Lo que sí parece es que con esos 30 millones de euros se pagará la construcción de TODO el edificio, aunque sus futuros propietarios serán dos: Mutualia y Obispado, resultándole gratis a este último la parte del inmueble que ocupará con sus servicios diocesanos. Es muy evidente que Mutualia se auto-impone la obligación de no mencionar al Obispado, puesto que el “acuerdo” incluye a éste, necesariamente.

No oculta -no hay motivo para ello- que una vez realizado el traslado, los locales de Ercilla serán puestos a la venta. Puede sospecharse que una intención idéntica a ésta tenga reservada para su edificio en la calle Henao, que traslada en “parte“, pero sobre cuyo futuro de momento no necesita pronunciarse. Ahora bien, si pide 12 millones por Ercilla le faltarán 18 para llegar a los 30 que, según dice, requerirá el nuevo edificio en Barraincúa. ¿Saldrán esos 18 millones de la venta del edificio de Henao? Cabe albergar pocas dudas acerca de que la mayoría de los locales que desalojará el Obispado, si consigue reunir sus servicios aquí, también serán vendidos.

No he logrado encontrar ninguna relación anterior entre Murias y Mutualia, aunque como apunté ayer, Murias trabaja, además de en el sector de la construcción, en el campo hospitalario y asistencial relacionado con la 3ª edad.

Una conjetura. El punto de contacto entre el Obispado, Mutualia y Murias puede haber sido el estudio de arquitectura Katsura, a quien el Obispado encargó el primer bloque de viviendas de alto standing (en 2017) para este su solar de Barraincúa. Es de imaginar que también sería el autor de un segundo edificio, el destinado a repartirse entre Obispado y Mutualia. Se trata de un prestigioso equipo de profesionales, al frente del cual se halla el bilbaíno Luis Domínguez Viñuales, quien trabajó como funcionario en el Área de Urbanismo del Ayuntamiento de Bilbao entre los años 1981 y 1998. Algunas de sus obras más significativas son la gerencia del proyecto de la Biblioteca de la Universidad de Deusto, de Rafael Moneo, la participación en la gerencia de Torre Iberdrola con Carlos Iturriaga, la colaboración -como arquitectos locales- con los austriacos de Coop. Himmelb(l)au para el Centro de Artes Escénicas, de Zarautz (2007), y la co-participación en el proyecto de Carlos Ferrater en las viviendas al pie de Torre Iberdrola (2011). Su edificio de viviendas más interesante sin la colaboración de otros, desde mi punto de vista, se halla en la calle Gardoki, donde estuvieron las primitivas oficinas de Iberduero.

Es relevante el hecho de que en Domínguez confluyan tanto la experiencia en el urbanismo municipal como los vínculos con la sanidad privada y con el Obispado de Bilbao, para el que ha trabajado en diversas ocasiones. Por una parte, se encargó de realizar la clínica del IMQ, con Carlos Ferrater y Alfonso Casares, en 2012, y por encargo también IMQ en 2018 concibió una propuesta de ordenación de la parcela de la clínica Virgen Blanca. Por otra parte, su primera obra personal fue la rehabilitación del Santuario de Urkiola, en 1991. Posteriormente, en 2007 y en el barrio de Urreta (Galdakao), proyectó el complejo parroquial San Juan Bautista, no realizado, y algunos años después la rehabilitación de la parroquia de la Peña, Bilbao, que sí se llevó a cabo en 2017. Aunque se trate de otro planeta, su colaboración con los Jesuitas en la biblioteca deustense de Abandoibarra le sitúa también dentro de ese mundo clerical.

No obstante, no he podido establecer ninguna relación directa anterior entre Katsura y Murias o entre Katsura y Mutualia, pero sí he encontrado una entrevista hecha a Luis Domínguez el año 2011 en la que a la pregunta de cómo le gustaría que fuera el Bilbao del futuro decía lo siguiente:

En cuanto al futuro de Bilbao, espero que seamos capaces de aprovechar este momento de relajo en los intereses mercantiles, para recuperar los espacios públicos como lugares de relación social, prioricemos la opinión de sus usuarios y entrecomillemos todos esos mecanismos y tendencias a elaborar platos mágicos, eso sí servidos sobre lechos verdes y sostenibles“.

¡¡Exacto!! Eso mismo es lo que queremos que suceda con la parcela de Barraincúa-Lersundi-Heros. Las quejas y reclamaciones del AMPA del Colegio público Cervantes y de los vecinos del barrio de Abando no se dirigen en modo alguno hacia Construcciones Murias, Mutualia y Katsura, a los que se considera profesionales de elevada calidad y contrastada profesionalidad. Las quejas y reclamaciones se dirigen exclusivamente al Obispado de Bizkaia y al Área de Urbanismo del Ayuntamiento de Bilbao.

katsura

Voy a hacer otra conjetura. La escuela de Magisterio BAM ya no es rentable. Dicen que la reubicarán en el nuevo edificio, pero no lo creo; a lo sumo la mantendrán activa un año o dos más para cubrir las apariencias. Después reconvertirán ese espacio para otra función…. ¿quizás otra residencia para la 3ª edad? Cada vez hay menos infancia, pero más y más ancianos. El negocio futuro está ahí.

Tercera y última conjetura. Por encima de esta operación planea una estrategia urdida por alguien que tiene, a la vez, autoridad eclesiástica y conocimientos económicos: Gaspar Martínez Fernández de Larrinoa (Villaro, 1950) fue o aun es Secretario General del Obispado de Bilbao, profesor de Teología, teólogo por la Universidad de Deusto y economista por la Universidad del País Vasco. Completó su formación en The London Business School y en la Universidad de Chicago, donde consiguió el doctorado en Teología. Además ha sido o aún es el responsable del Departamento de Asuntos y Bienes Culturales de la Diócesis de Bilbao. Además, forma parte del  Consejo Cívico de la Villa de Bilbao nombrado por el alcalde Aburto en agosto de 2018, como “persona de especial relevancia o prestigio personal, profesional o social“. De mente brillante y cardenalicios ademanes, quizás no llegue a la curia romana, pero en Wall Street realizaría grandes negocios.

abando pelotazos

La alianza Obispado-Mutualia-Murias (I).

obispado

La operación orquestada en torno al solar propiedad del Obispado de Bilbao situado en las calles Barraincúa-Lersundi-Heros cuenta con dos colaboradores necesarios: Mutualia y Murias Grupo. ¿Cuáles son las circunstancias que han propiciado el acercamiento de estos tres socios y su alianza? ¿es posible encontrar vínculos entre ellos o intereses comunes más allá de este solar en conflicto? En paralelo a estas tres entidades, ¿hay alguien más? Vamos a intentar averiguarlo.

Construcciones Murias es una empresa creada en San Sebastián en 1973 que se halla  integrada dentro de Murias Grupo, cuyo presidente fue Gabriel Murias Murias, hasta su fallecimiento en mayo de 2015, siendo en la actualidad el administrador único su yerno, Alberto Unanua Ursua. Gabriel Murias llegó a Zarauz desde su Orense natal en los años 50, logrando levantar desde abajo una fuerte y solvente empresa de construcción que con el tiempo se ramificó en diversos campos de actividad. Hoy es un Grupo formado por más de 25 empresas y su ámbito de acción es principalmente el formado por la Comunidad Autónoma Vasca (en especial, Gipuzkoa), Navarra y la Comunidad de Madrid, orientándose hacia actividades entre las que están Parques Comerciales, Parkings, Estación de Autobuses de San Sebastián, Residencias de la 3ª edad, promoción de viviendas y construcción de puentes y viales ferroviarios (TAV), entre otras. Poco a poco se ha ido introduciendo en Bizkaia, habiendo co-participado en algunas de las últimas obras de gran calado, como la apertura del canal de Deusto y el nuevo estadio de San Mamés, además de la Fase II del Hospital de Uribe-Kosta.

Gabriel Murias fue un hombre hondamente implicado con el País Vasco: era socio propietario del Asador Donostiarra y su grupo empresarial de hizo cargo de patrocinar al equipo ciclista de Euskadi tras la deserción de Euskaltel.

De todas las adjudicaciones publicadas en el BOE entre 2009 y 2015, Construcciones Murias se llevó de forma directa un contrato por importe de 6.863.961 € (las obras del proyecto del tanque de tormentas en la EDAR de Arriandi, en Iurreta, Bizkaia).  Además, ha formado parte de varias UTE que resultaron adjudicatarias de seis contratos que suman otros 276.682.254 €. Entre las administraciones que le contratan, la que tiene mayor peso es la Comunidad Autónoma del País Vasco (93,4% del total del importe adjudicado tanto de forma directa como a través de las UTE en las que participa). Una de esas UTE (Tecsa+Altuna y Uría+Murias+Olábarri) se encargó en 2017 de la construcción del nuevo edificio de los servicios centrales en la sede de Txagorritxu del Hospital Universitario Araba por más de 30 millones de euros.

Dentro de sus proyectos realizados, en el grupo de Infraestructuras, destacan dos que se salen de lo habitual. Son dos residencias y centros de día para personas mayores, de carácter privado: la de Otxartaga, en Ortuella (Bizkaia) y la de Mombuey, en la localidad de este nombre (Zamora). No dice qué tipo de vinculación tuvo o tiene Murias Grupo con esas residencias, pues no afirma que las construyera, aunque cabe suponerlo. Ortuella queda cerca de su ámbito natural de actuación, pero ¿la remota Mombuey? Este pueblo pertenece a la comarca de Sanabria, a no más de 100 km de distancia de Xares, A Veiga, localidad orensana donde nació Gabriel Murias Murias. Los apellidos de su esposa, Teresa Fernández Centeno, revelan que debió de nacer en esa zona de Sanabria y de ahí, probablemente, el vínculo con la residencia de la 3ª edad. ¿Una obra de beneficencia?

Alberto Unanua Ursua, su yerno, es ahora la persona clave puesto que, además de administrador único de Construcciones Murias, es también presidente y consejero de CYL Bass S.L., una empresa de la provincia de Zamora dedicada al “cuidado, promoción, asistencia, rehabilitación, inserción social y tratamiento de personas de tercera edad, con enfermedad o minusvalía psíquica, física y/o económica“. CYL Bass S.L. gestiona este centro zamorano en Mombuey de manera concertada con la Gerencia de Servicios Sociales de la Junta de Castilla y León. Tiene otro centro residencial similar en Puente de Sanabria. No han sido las únicas a las que ha aspirado este empresa, pues en junio de 2006 CYL Bass S.L. fue la única que respondió a la convocatoria del Ayuntamiento de Zamora para la enajenación de una parcela del plan parcial Benedictinas para la construcción de una residencia de ancianos, aunque este proyecto ha permanecido paralizado durante varios años por la proximidad del solar al trazado de las vías por las que está previsto que circule el AVE

Es interesante el hecho de que al Consejo de Administración de CYL Bass S.L. pertenezca también Mª Ramona Matellanes González, quien por otra parte es administradora única de Asistencia Geriátrica Salmantina S.L. y del Grupo Matellanes 48, que gestiona al menos seis establecimientos geriátricos y asistenciales en Zamora y Salamanca. Resulta sorprendente, cuanto menos, que algunos de estos centros aparezcan gestionados unas veces por CYL Bass S.L. y otras veces por Matellanes 48.

Asimismo, en el Consejo de CYL Bass S.L. también se halla Francisco José Solórzano Gallo, quien administra la residencia de mayores Reyes de Aragón S.L., en Madrid, y  otras dos de la misma naturaleza, Olimpia Bass S.L. e Iparraguirre Olimpia S.L., ambas en Bilbao, dedicándose las tres al ámbito de las actuaciones socio-sanitarias.

El cuarto miembro de CYL Bass S.L. es Antonio Cordero Maestre, vinculado a numerosas empresas dedicadas, en términos generales, a la extracción, fabricación y venta de materiales de construcción, la contratación, gestión y conservación de toda clase de obras y construcciones en su más amplio sentido, tanto públicas como privadas, tales como obras de carreteras, hidráulicas, ferrocarriles, marítimas, medioambientales, edificación, y la explotación de aparcamientos y garajes a través de sus empresas Triexplanada, Aglomex, Serintra, Arcebansa y Emulgal.

Resumiendo, Murias es una constructora con actividad (pequeña dentro del conjunto de su trabajo) en residencias de la 3ª edad, pero que, por medio de Alberto Unanua Ursua, forma parte del Consejo de Administración de CYL Bass S.L. en cuyo seno se encuentran otras empresas y personajes con fuerte implicación en ese mismo sector de atención a personas mayores, y que además despliegan una intensa actividad constructora. En resumen, Murias Grupo tiene relación con actividades hospitalarias y socio-sanitarias -lo cual le aproxima indirectamente al campo de acción de Mutualia- y con actividades constructivas -lo que se acerca directamente a las necesidades del Obispado-.

Sin embargo, no se ha podido establecer ninguna relación directa de Murias con el estamento eclesiástico ni con Mutualia previamente a la aparición del proyecto para el solar de las Carmelitas de Barraincúa. No obstante, ayer El Correo informó que quizás el edificio que Mutualia tiene en Ercilla 10 se convierta, tras su desalojo, en una residencia para la 3ª edad: ¿simple casualidad o el hecho de que Murias sea el constructor tiene que ver con ese posible destino? Aunque el inmueble de Ercilla se haya puesto a la venta, ¿está comprometido y decidido su futuro entre estos dos socios?

(mañana continuará)

murias

PGOU de Bilbao: vicaria oscuridad.

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En marzo de 2018 se elaboró un documento municipal para el adelantamiento de la “aprobación inicial” de la “modificación pormenorizada del PGOU en lo relativo al uso docente de diversas parcelas equipamentales” existentes en Bilbao. Una de las parcelas afectadas era el solar de Barraincúa-Lersundi-Heros, de 2.015 m2, con un edificio de 4.570 m2 construidos que no ocupa toda la superficie parcelaria, pero que, caso de ocuparla intensamente por aplicación de los perfiles autorizados y de las alineaciones impuestas, le otorgaría una edificabilidad de 12.500 m2 sobre rasante más cinco plantas bajo rasante “para uso de aparcamiento y otros usos complementarios“.

En los “Antecedentes” de ese documento se afirma que “durante los últimos años se han venido adoptando diversas decisiones en la gestión de los centros escolares del municipio que están alterando la configuración del ‘mapa’ escolar de la ciudad”. Esas alteraciones mencionadas son “el cierre” de algunos centros”, “las necesidades de mejora de las instalaciones“, “el abandono del uso docente” y la necesidad de “adecuar la oferta escolar a las nuevas exigencias“.

Estas, por tanto, son las razones que “han exigido la realización de alteraciones en el planeamiento“: cierre, mejora, abandono y adecuación de la oferta escolar. La situación aconsejaba, según este documento, “retirar el condicionante de Docente’ al Uso de Equipamiento señalado por el Plan General“, resultando también que “en los casos extremos, como los colegios públicos sin actividad, se hace evidente la necesidad de abrir el régimen de opciones, admitiendo usos alternativos y retirando la imposición exclusiva del uso docente“.

El adelantamiento de la aprobación de la rectificación urbanística se justificaba en “la necesidad de no interferir con las nuevas actividades escolares, así como de permitir la pervivencia de edificaciones que por falta de escolares se ven en la necesidad imperiosa de acoger usos alternativos“. En el Distrito VI, de Abando, la Escuela de Magisterio, BAM, en la calle Barraincúa (antiguo Colegio de las Carmelitas) ocupa una de esas parcelas a las que hasta marzo de 2018 “el vigente PGOU asigna el uso pormenorizado de equipamiento docente“, un uso que la aprobación de este documento municipal le retiró, es decir, le liberó de tener que cumplir.

Ahora bien, ¿cuáles fueron las razones esgrimidas por el Obispado de Bilbao para convencer al Ayuntamiento de que en su caso le eximiera del uso docente para su parcela? Si repasamos el texto de dos párrafos antes de éste, observamos que la admisión de usos alternativos y la retirada de la imposición exclusiva del uso docente se aplica “en los casos extremos, como los colegios públicos sin actividad“. Dado que el BAM del Obispado no es un colegio público, sino privado, y que no se encuentra en un caso extremo, ya que ha venido impartiendo docencia con total normalidad hasta este mismo curso recién terminado, ¿en base a qué se justifica la retirada de cumplir con el uso docente?

Aunque no se ha podido acceder de momento al documento original presentado por el Obispado de Bilbao para conocer la literalidad de su demanda, el documento municipal de modificación del PGOU recoge la necesidad expresada por esa institución religiosa: realizar “un proyecto de unificación e integración en Bilbao de los servicios diocesanos del Obispado (…) unificar en una misma ubicación toda la obra diocesana, creando en el centro de Bilbao un Equipamiento de referencia y primer orden, pastoral, cultural, docente, social y científico, de alto valor tanto para la Villa como para Bizkaia y Euskadi“.

Ese proyecto de traslado y unificación, según el Obispado, se convertiría “en un gran polo cultural, de servicios de gran interés histórico y científico: a) Traslado y unificación de fondos de las distintas bibliotecas diocesanas. b) Traslado del Archivo Histórico Eclesiástico de Bizkaia. c) Traslado del Centro Icaro de interpretación documental. d) Traslado del departamento de Etnografía de Labayru Fundazioa. y e) Traslado del Departamento de Euskera de Labayru Fundazioa“.

Continúa asegurando que ese proyecto “plantea su reunión en un nuevo edificio a construir en el referido solar de Barraincua no 2, previa la demolición del actualmente existente. Un Equipamiento unificado permitirá equilibrar las necesidades de cada institución con la eficiencia en el uso de los espacios comunes, buscando que cada una mantenga su identidad y cuente con espacio necesario pero se aprovechen eficaz y eficientemente los servicios comunes. Además, el planeamiento permite una importante superficie construible bajo rasante, que, además de plazas de aparcamiento, podrá albergar tanto los fondos archivísticos como los bibliográficos de todas las instituciones diocesanas“.

Es decir, la propiedad de ese suelo quiere la ocupación intensiva sobre y bajo rasante de todo lo que la edificabilidad le permita una vez se ha producido el cambio de uso en el PGOU.

Pero la pregunta es ¿qué tiene que ver lo que quiere realizar con las razones que el propio documento municipal aduce como justificativas para el cambio de uso? ¿qué tiene que ver con el cierre, la mejora, el abandono y la adecuación de la oferta escolar que se ha venido impartiendo hasta ahora ahí? Nada, esto es otra cosa. Y ¿por qué se le aplica la posibilidad de introducir usos alternativos si no es un colegio público y no vive una situación extrema? No se comprende.

Pero la cuestión ha adquirido un cariz mucho más grave en tiempos recientes, al haberse hecho de conocimiento público que casi la mitad de ese edificio intensivo que se pueda llegar a construir ahí NO SERÍA PARA CUMPLIR CON LOS FINES CULTURALES que el Obispado presentó como base para que el municipio atendiera su solicitud de cambio urbanístico, sino para la instalación de una clínica privada. ¿Este hecho no anula la justificación en base a la cual el Ayuntamiento concedió el cambio de uso?

El documento municipal dice que para “permitir la pervivencia de edificaciones” educativas y ante la “falta de escolares se ven en la necesidad imperiosa de acoger usos alternativos”, pero lo que se pretende aquí es justamente lo contrario: se quiere derribar el edificio existente, perfectamente útil, y se introduce una clínica cuya existencia no fue explicada, como uso alternativo, al Ayuntamiento para conseguir el cambio de uso.

Mucho valor cultural para Bizkaia y Euskadi, mucho interés histórico y científico, mucho blablabla sobre un gran polo cultural que, en realidad agrupará a pequeñas agencias de valor diocesano (salvo el Archivo Histórico Eclesiástico)…., pero de la clínica privada ni una sola palabra.

Es inevitable preguntarse si hubo ocultación de intenciones por parte del Obispado o si no lo hubo y el Ayuntamiento aceptó enmascarar algo que sabía iba a ocurrir y no deseaba que figurara en la documentación oficial por flagrante incumplimiento de la motivación en base a la que admitió el cambio de uso.

Supongo que alguien dirá que la oferta de Mutualia llegó al Obispado después de aquel marzo de 2018 o del 28 de junio, momento en que el Pleno municipal aprobó definitivamente la modificación del PGOU, o del 19 de diciembre, fecha en que la Junta de Gobierno de la Villa aprobó inicialmente el Estudio de Detalle de esta parcela. No creo que eso sucediera. Esas negociaciones llevan mucho tiempo, meses, años… Algún documento aparecerá en el que se verá que esa intención estaba sobre la mesa antes del final de 2018. Cuando este asunto se planteó en el Pleno del Ayuntamiento para su debate y posible aprobación definitiva, el 28 de febrero de 2019, no se menciona la posible venta de parte de la edificabilidad a Mutualia. No me lo creo. En todo caso, si de verdad hubiera ocurrido la relación Obispado-Mutualia después de febrero de este mismo año: ¿la venta de la mitad del edificio que pueda levantarse ahí no entraría en contradicción con las razones por las que se admitió el cambio de uso? ¿Por qué se hizo pública la noticia justo dos días después de las elecciones municipales?

La nueva normativa (en su artículo 6.3.20.- Alcance del Uso de Equipamiento) dice que “el resto de los usos de Equipamiento tienen un carácter abierto de manera que, si las condiciones urbanísticas en el momento de materializar la instalación del uso establecido aconsejaran su alteración, no será considerado modificación del Plan General, si se mantiene el uso dentro de los regulados como principales o permitidos en el artículo 6.3.19, pudiendo incluso combinarse en el mismo edificio más de uno de estos usos“.

Vamos a ver. Si el Obispado y el Ayuntamiento se quieren acoger a esta norma para alegar que combinan en el mismo edificio varios usos, incluida Mutualia, deberán explicar los motivos que ahora aconsejan esa alteración. ¿Qué ha cambiado urbanísticamente en este emplazamiento entre marzo de 2018 y el momento presente? y además, el uso hospitalario ¿está “dentro de los regulados o permitidos“?

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De verdad, lo que todo esto pone en evidencia es que nos hallamos ante una operación especulativa. Para justificar la modificación del PGOU el Ayuntamiento no menciona  ninguna necesidad pública o de interés general, el cual no se beneficia en modo alguno por dicha modificación, sino que es perjudicado. La justificación que se esgrime -la unificación de los servicios del Obispado- es un interés particular. Tampoco se preocupa por examinar si se necesita toda la parcela o sólo de parte de ella para alcanzar el objetivo que busca el Obispado. Por otra parte, no hay déficit de clínicas en el barrio, pues se trata de trasladar las instalaciones clínicas de Ercilla a Barraincúa, 250 metros escasos de distancia.

Resulta obvio que en este caso se está utilizando el Planeamiento como forma de financiar los intereses particulares del Obispado. La recalificación no sirve sólo para la unificación de los servicios del Obispado, sino también para la financiación de esa operación de unificación, en vez de servir para elegir entre las diferentes alternativas que mejor satisfagan el interés público y las necesidades sociales, que es a lo que el Planeamiento debe dedicarse, y que aquí son: (a) tener en cuenta la necesidad del espacio de proximidad señalado en el avance del PGOU como deficiencia en la zona, y (b) el desarrollo del denominado ‘corazón de barrio’.

Por tanto, se actúa desatendiendo el modelo de planeamiento propuesto por el propio Ayuntamiento. Es incoherente. Se priman los intereses particulares del Obispado; no los de los vecinos y ni tan siquiera los intereses del Ayuntamiento. El interés público no puede sustentarse en la necesidad de unificación de los servicios del Obispado y la edificación nueva para la Escuela Universitaria de Magisterio, de carácter privado. No puede ser.

Demasiada oscuridad en la cercanía de quienes, investidos con hábitos blancos, predican el cumplimiento del Octavo Mandamiento: “No darás falsos testimonios ni mentirás“.

Carmelitas de Barraincúa: memoria de y para un lugar especial.

No es brillante, aunque tampoco completamente mostrenco, ni suntuoso, sin resultar pobre por ello; le falta espectacularidad, pero tiene indudable encanto, y carece de magia, pero podría ser un lugar delicioso. Me refiero al conjunto formado por el edificio del antiguo colegio de las Carmelitas de la Caridad, sus dos palmeras y el patio de recreo. Se viene hablando mucho sobre esta amplia parcela de la trama del ensanche bilbaíno, en el barrio de Abando, porque existe un plan de su propietario, el Obispado de Bilbao, para convertirla, por métodos administrativamente opacos, en algo que ni los vecinos de la zona ni el AMPA del próximo Colegio Cervantes desean por las consecuencias fácilmente adivinables que vislumbran en el horizonte. No obstante, se trata tanto de lo que sucederá en el futuro (caso de no lograr la paralización de este despropósito) como de lo que se perderá en el presente y se olvidará del pasado.

Se difuminará la posibilidad de disponer de un pequeño lugar cercano para miles de personas residentes y transeúntes del barrio que ahora contemplan la seca urbanización de unas calles en las que sólo se mueven con facilidad cientos de coches que circulan por ellas cada hora: Alameda de Recalde, Alameda de Mazarredo, Henao, Iparraguirre, Ajuariaguerra… son torrentes constantes de vehículos. La ciudad amable para el residente y peatón que pretende el Ayuntamiento aquí no se siente.

El parque de Doña Casilda y los jardines de Albia no quedan cerca, el paseo de Uribitarte está ahí abajo y lo más cercano para un mínimo confort, con permiso de Colón de Larreátegui, es la pequeña plaza de Jado, recoleta a pesar de su horrible fuente “leonada” en mármol de Macael. El patio de recreo del BAM, por tanto, se presenta como la última posibilidad de un respiro para un área que lleva tal como está -esto es, compactada- desde hace más de cien años; el 80 % de los inmuebles de viviendas del entorno fue construido a finales del XIX y principios del XX..

Quiero contar algo que puede servir para conectar el pasado con el futuro.

Es probable que sea desconocido el hecho de que en los primeros meses de la guerra civil, cuando el general Emilio Mola desplegó un esfuerzo notable por apoderarse de Bilbao, mandó bombardear la villa con saña a partir de las 10 de la mañana del 25 de septiembre de 1936. Hubo varias zonas de Bilbao severamente dañadas, una fue el Casco Viejo de las siete calles y otra fue ésta del entorno de Abando, las calles Henao, Mazarredo, Recalde, Colón de Larreatégui, Uribitarte… Uno de los edificios afectados por el bombardeo fue, precisamente, el colegio de las Carmelitas de la Caridad, en la calle Barraincúa. Es el único lugar afectado que sobrevive en la actualidad con el aspecto, más o menos, que mostraba entonces.

Los bombardeos prosiguieron en los días siguientes, causando cerca de cien muertes, entre ellas las de algunos niños y niñas, y más de seiscientos heridos entre los días 25 y 28. Estas acciones bélicas, sobre todo, la del 25 de septiembre, tuvieron dramáticas repercusiones en otros lugares cercanos. Los barcos-prisión, Altuna-Mendi, fondeado en Axpe (Erandio), y Cabo Quilates, atracado en Bilbao, fueron asaltados por milicianos incontroladoscausando treinta y cinco muertes el día 25 en el Cabo Quilates y veintiocho muertes el día 26 en el Altuna Mendi, entre los allí retenidos a causa de su vinculación con fuerzas políticas anti-republicanas (requetés, monárquicos y carlistas…) por fusilamiento. Dieciséis de aquellos prisioneros que morirían en esas y en las siguientes jornadas eran sacerdotes.

La aviación franquista, tanto la Aviazione Legionaria italiana como la Legión Cóndor alemana y las Fuerzas Aéreas del Norte españolas, tomaron parte en las operaciones de bombardeo. Los modelos que habitualmente se utilizaron en estos ataques aéreos fueron los “Caproni 133” y los “Savoia-Marchetti S.M.81” italianos, y los cazas “Junker Ju52”, los trimotores “Heinkel He52” y los “Messerschmitt Bf.109” alemanes. Es decir, algunos de los aviones que meses después atacarían Gernika. El día 23 de abril de 1937 la villa fue bombardeada en cuatro ocasiones y el comandante alemán W. Von Richtofen, Jefe del Estado Mayor de la Legión Cóndor, escribió en su diario aquella jornada infausta: “Sobrevienen pensamientos de reducir, a pesar de todo, Bilbao ahora mismo a escombro y cenizas”. Pues bien, el bombardeo que dañó el colegio de las Carmelitas fue el primero de una larga secuencia de ataques aéreos que se prolongaron hasta que Bilbao cayó en manos de las tropas franquistas.

No se ha podido verificar si algunos de los niños y las niñas fallecidas lo fueron mientras estaban en el colegio. No parece probable, pues a finales de septiembre todavía debían estar con las vacaciones de verano en aquella época.

Este lugar en el Ensanche de Abando es el último testimonio de un horror que vivió la ciudad durante la guerra. Con Bilbao ya “liberado” pero con la guerra activa en otras partes del país, el 16 de agosto de 1938 el Colegio de Arquitectos Vasco-Navarro selló la solicitud dirigida al Alcalde de Bilbao por parte del arquitecto Emiliano Amann, “en nombre de la Comunidad de R.R. Carmelitas de la Caridad, propietarias de un Colegio emplazado en las calles de Barraincúa y los Heros de esta Villa“,  de cara a lograr “autorización para efectuar en él obras de reconstrucción parcial de la parte del edificio por el bombardeo del 15-9-936 (sic). La reconstrucción se llevará a cabo conforme en un todo a su primitivo estado“.

Quisiera ofrecer una alternativa al prepotente edificio que el Obispado quiere construir ahí (véase los planos al final de este texto): conservar ese espacio, “edificio+palmeras+patio”, como un lugar de la memoria, reconvertido en jardín abierto a la ciudadanía, que sirva para perpetuar el recuerdo de quienes murieron en esta zona de Bilbao como consecuencia de aquellos bombardeos aéreos, especialmente para recordar a los niños y niñas, víctimas más injustas que ninguna, y a cuantos fallecieron de una manera u otra durante aquel largo y cruel conflicto bélico.

En vez del escombro y las cenizas que algunos desearon para Bilbao entonces, hagamos de este lugar un recinto de paz y memoria para los niños y niñas del barrio. ¿Olvidará el Obispado a sus propias víctimas, algunas de las cuales fueron fusiladas como consecuencia directa del bombardeo sufrido en este emplazamiento?

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salud 1

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Vigorosa reacción cívica.

Hartos de ver cómo nuestras autoridades consideran la ciudad y la arquitectura como meros productos de valor económico, tres asociaciones culturales y vecinales de diferente origen y dimensión -dos con largas trayectorias de defensa del patrimonio edificado y otra más joven-, pero centradas en defender los valores simbólicos y materiales de las construcciones y los espacios urbanos en los que vivimos, entre los que hemos crecido, tanto individual como colectivamente, y con los que coexistimos a diario, han decidido reaccionar de manera conjunta, acordando hacer la declaración que sigue a continuación.

POR LA PROTECCIÓN DE LAS CIUDADES, EL PATRIMONIO ARQUITECTÓNICO Y LA OBRA PÚBLICA EN EUSKADI

Logo AVPIOP III

La arquitectura y el urbanismo en las ciudades vascas viven momentos de profunda transformación que están acabando con valores patrimoniales de carácter histórico, artístico y paisajístico-ambiental que deberían ser objeto de preservación y buen mantenimiento como parte del legado heredado de tiempos pasados y que han conducido a la sociedad vasca a una forma y manera de ser peculiares, es decir, a lo que somos hoy porque antes de nosotros hubo otros que fueron e hicieron. Al autorizar la destrucción de muchos de estos valores, algunos de ellos protegidos de hecho por la Ley, se está mutilando la memoria, despreciando nuestro pasado común y, en cierta manera, nos negamos a nosotros mismos.

A la vista de esta alarmante situación tres asociaciones culturales de nuestro entorno, una con casi cuatro décadas de trayectoria y actuación en el ámbito autonómico, la Asociación Vasca de Patrimonio Industrial y Obra Pública (AVPIOP), otra con una década de recorrido y muy atenta a cuanto sucede en Donostia-San Sebastián, Áncora, Agrupación Cívica para la Conservación del Patrimonio,y una tercera, de creación reciente y ámbito local, la Asociación Vecinal por un Abando Habitable y Saludable, quieren manifestar su honda preocupación por la peligrosa deriva que desde instancias municipales y forales tiende a facilitar la concesión de cuantos permisos se solicitan para la demolición de inmuebles que fueron diseñados por arquitectos relevantes o de tipologías singulares, la colmatación en altura de edificios cuya configuración original es de planta baja más una, las desafortunadas intervenciones de rehabilitación y la eliminación de los escasos espacios abiertos que aún perviven en las ciudades vascas.

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Esta tendencia se ha hecho notar con fuerza en los dos o tres últimos años al calor de una recuperación económica a la que, por lo visto, no se puede poner ningún freno por muy justificado que esté. La presencia de grúas y hormigoneras en las calles es visto como un estado benéfico, motivo por el cual las licencias y las recalificaciones se otorgan con una facilidad que no encuentra barreras. En modo alguno nos oponemos al lógico desarrollo urbano, pero propugnamos que se haga compatible la sostenibilidad y habitabilidad de las ciudades en que vivimos con la preservación de sus señas de identidad ambientales y arquitectónicas porque son nuestras propias señas, las que han modelado la identidad que tenemos como ciudadanos.

Lamentables iniciativas como la construcción en el dique seco de Euskalduna de un edificio para el entretenimiento, los derribos del edificio industrial en José Mª Escuza 4 (Bilbao) y de las estaciones ferroviarias de Durango y Derio, en Bizkaia, la amenaza de demolición que pende sobre el Palacio Bellas Artes (que ha llevado a la UNESCO a lanzar una Alerta Internacional de Patrimonio en Peligro), el arrasamiento de las villas urbanas en Ondarreta y Ategorrieta, y el propósito de hacer desaparecer del edificio terminal de la Estación del Norte, en Donostia-San Sebastián,o la especulativa y anti-ecológica ocupación del patio del colegio de las Carmelitas (actual BAM), en el barrio de Abando, son algunos de los últimos y actuales despropósitos sobre los que queremos alertar y mostrar nuestro rechazo. No obstante, este avasallamiento urbicida, al que se han sumado incluso los Obispados de las diócesis locales, es genérico y afecta tanto a grandes ciudades como a localidades pequeñas, a los barrios céntricos como a los periféricos.

Los organismos oficiales de Protección del Patrimonio no parecen estar funcionando como debería esperarse de ellos y es por este motivo que las asociaciones culturales y vecinales que suscriben este escrito han decidido dar a conocer su preocupación, animando a la sociedad a tomar conciencia de que, si no somos capaces de enmendarlo, este camino sólo conducirá a la despersonalización de nuestros barrios y ciudades, al debilitamiento de la memoria colectiva, ya la pérdida de un valioso Patrimonio histórico-artístico que nos es propio como sociedad.

Asociación Vasca de Patrimonio Industrial y Obra Pública(AVPIOP)

Áncora, Agrupación Cívica para la Conservación del Patrimonio

Asociación Vecinal por un Abando Habitable y Saludable

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Balenciaga, museos y prejuicios.

La revista El Cultural, que aparece los jueves con el periódico El Mundo, me pidió un artículo que publicó en el último de sus números, la semana pasada. El motivo era la reciente inauguración de la muestra Balenciaga y la pintura española en el Museo Thyssen. Incluyo aquí el enlace para quienes quieran leerlo.

Balenciaga, museos y prejuicios

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Vestido de cóctel de Balenciaga, 1955. Foto: Jon Cazenave / Esquivel y Suárez de Urbina: ‘La bailadora Josefa Vargas’, 1850.

Durante el otoño pasado se pudo visitar en la Academia de Bellas Artes de San Fernando una exposición, organizada por la revista Telva, cuyo contenido era el vestuario de Alta Costura propiedad de la modelo española Naty Abascal. Los diseños pertenecían a autores relevantes de este campo de la creación durante la segunda mitad del siglo XX: Cristóbal Balenciaga, Valentino Garavani, Hubert de Givenchy, Giorgio Armani, Oscar de la Renta, Yves Saint Laurent, Azzedine Alaïa o Roberto Cavalli. El espacio disponible era escaso, por lo que algunas piezas se presentaban demasiado próximas para su correcta visualización. El acompañamiento museográfico (fotografías, libros, pinturas…) alimentaba la sensación de cierto abigarramiento, pero aún así la visita resultaba instructiva y placentera, sorprendiendo el elevado nivel de los diseños.

Desde hace cuatro décadas, siempre que voy a Madrid visito la Academia. Lo habitual ha sido recorrer sus galerías en la más completa soledad, o encontrarme con una o dos personas de tarde en tarde. Sin embargo, lo más llamativo durante los dos días que visité la muestra citada fue la ingente cantidad de público. Sorprendente era también su comportamiento ante las obras expuestas: pequeños grupos de dos, tres o cuatro personas (absoluta mayoría de mujeres) en intercambio de opiniones, con señalamiento de detalles constructivos, reconocimiento pormenorizado de materiales de confección, cuestionamiento o elogio de diseños, valoración –crítica o no– de los recursos expositivos…, en suma, riqueza cultural fluyendo de los objetos mostrados a las personas, y entre ellas mismas en conversación con espontáneo desembarazo.

Ya me gustaría que esa fluidez de conocimientos específicos, juicios razonados y locuacidad se diera ante las obras de arte contemporáneo. ¿Qué hemos hecho mal para no haber conseguido esa elocuencia desinhibida ante el arte actual? Habrá quien asegure que, por elevar sus cifras de público, la Academia rebajó sus niveles de rigor científico y exigencia artística, pero a mí me pareció que aquel público incrementaba su conocimiento cultural, compartía ideas acerca de la creatividad, reflexionaba sobre unas determinadas época y sociedad, y que su acercamiento a esas peculiares indumentarias le posibilitaba un disfrute sensorial. Además, doy fe, algunas de aquellas personas pasaban después a ver los grabados de Goya y los frailes mercedarios de Zurbarán.

Conjunto de noche, H. 1951, de Balenciaga. Foto: Jon Cazenave / Goya: ‘La reina María Luisa con tontillo’, H. 1789.

En el Museo Thyssen, y bajo el título Balenciaga y la pintura española, se puede contemplar ahora la obra de este singular diseñador español hasta el próximo mes de septiembre a través de 90 piezas, que recorren su larga trayectoria, puestas en diálogo con casi 60 obras de Murillo, el Greco, Velázquez, Zurbarán, Goya… Contemporáneo de Coco Chanel y Christian Dior, los cuales reconocieron su superior maestría, Balenciaga (Guetaria, 1895 – Jávea, 1972) abrió nuevos y arriesgados caminos al estricto mundo de la Alta Costura, hasta entonces basada en formas y procedimientos de un pasado opulento y aristocrático, pero que él abrió a una expresividad moderna y simplificada, sin por ello dejar de ser compleja en lo técnico ni perder esplendor en lo formal.

En él convergieron hispánicas tradiciones pictóricas y populares, de cuya mano surgieron fértiles caminos para la evolución de la manera en que vestimos, del modo en que nos reconocemos ante el espejo y por el que seremos interpretados en un futuro. Sus comisarios son Eloy Martínez de la Pera, acreditado y eficaz especialista que también firmó aquella exposición en la Academia de San Fernando, y Paula Luengo, conservadora del citado Museo.

Al señalar algunas de las aportaciones de Balenciaga deben mencionarse la perfecta exactitud de los cortes, la obstinada fijación por mangas y cuellos, de inesperada perfección, la creación de nuevas líneas de silueta femenina, como las líneas túnica, barril, globo, saco y baby-doll –olvidando la cintura y el pecho como puntos de enfática fijación, para destacar otras zonas de la anatomía, como cuello, muñecas o nuca, por un contagio japonizante–, los cortes diagonales, el vestido de punto entallado con dos pinzas en los hombros, el talle corto, las faldas asimétricas o las mangas 3/4 y 7/8, su radical eliminación de adornos para dejar sólo el volumen geométricamente simplificado y minimalista como única expresión del vestido junto con su color. Balenciaga hizo con la indumentaria femenina lo que Mies van der Rohe con la arquitectura.

El MoMA de Nueva York dispone de un Departamento de Arquitectura y Diseño desde 1932. El Metropolitan Museum, de esa misma ciudad, y el Victoria & Albert Museum, de Londres, más generalistas, cuentan desde hace décadas con un Costume Institute y una Gallery of Fashion, respectivamente, y sus colecciones de indumentaria son amplias y legendarias al igual que las exposiciones temporales que organizan con estos objetos, históricos o actuales. Aquella vieja distinción entre artes puras y artes aplicadas, considerando las primeras como mayores y espirituales, y las segundas como menores y utilitarias, produce una sonrisa ahora que los factores económicos condicionan ferozmente la creación, la producción y la gestión social del arte.

Pasarán muchos años antes de que desaparezcan los prejuicios culturales acerca del Sistema de la Moda y sus productos. Supongo que ciertos aspectos «mundanos» de ese Sistema continuarán provocando rechazo en las rigoristas élites del arte y que la inclusión de la indumentaria como objeto resultante de la creatividad –no toda la indumentaria, naturalmente, como tampoco toda la pintura o escultura es arte– será considerada una intrusión espuria en los museos, en algunos de esos museos que, por ejemplo, no tendrían inconveniente en mostrar obra –no espuria, ¡¡ja!!– de Jeff Koons.

Vestido de Balenciaga, 1963. Foto: Jon Cazenave / Zurbarán: ‘Santa Isabel de Portugal’, H. 1635.

Museos de arte moderno y contemporáneo que consideran correcto presentar exposiciones con los diseños de textiles y vestidos de Sonia Delaunay o el vestuario concebido para el Ballet Triádico por Oscar Schlemmer o, incluso, la iconografía surgida en torno a David Bowie, incluyendo su parafernalia, música y el ropaje utilizado en escena, pero que nunca se plantearían una muestra con creaciones de Mariano Fortuny o Elsa Schiaparelli, aunque quizás sí sobre Vivienne Westwood. El arte en nuestra época es híbrido, pero todavía persisten rastros de una entomológica compartimentación con fronteras tan firmes como poco comprensibles.

Prejuicios ideológicos: como la Alta Costura era accesible sólo a gentes adineradas, el diseñador de esas vestimentas, al parecer, no podía tener creatividad, ni conocimientos de composición y construcción, ni de forma y volumen, ni de color y espacio, ni mensaje y propósito más allá del vestir… Si con esas mismas capacidades elaboraba una mala escultura entonces eso podía llegar a ser considerado arte (malo, aunque arte), pero si concebía un volumen textil formalmente innovador, hábitat antropomórfico temporal, visualmente gozoso… entonces era un modisto, un artesano. Prejuicios ideológicos de rancio sabor: como si los precios de las pinturas de Piet Mondrian o Max Ernst hubiesen sido accesibles al proletariado, en vez de ser pagados por el mismo capitalista cuya esposa vestía en Coco Chanel… El gesto de él era cultural e interesante, pero el de ella, mero capricho y superficialidad. Venga ya…

Los estamentos más esencialistas del arte considerarán este tipo de exposiciones como destinadas al consumo de un público que observa indumentarias para recordar lo visto en fotografías publicadas por revistas del corazón. Puede ser y, sin duda, sucede. Sin embargo, en ese público también suele haber una sabiduría específica que arrincona el cotilleo, un conocimiento acumulado que, a partir del oficio aprendido, el autodidactismo o el puro deseo, trasciende el anecdotario mundano para llegar a una experiencia estética… a su manera y mediante los recursos que disponen. No todo el mundo ha tenido la oportunidad de leer a Walter Benjamin.

Lógicamente, las exposiciones de indumentaria que presentan los museos de arte deben soslayar en sus discursos curatoriales la superficialidad mundana que puedan llevar adheridas las piezas mostradas. Sería útil aprovechar la predisposición espontánea de ese particular público para centrar su atención en los elementos comunes que el diseño de vestimentas comparte con otras vertientes de la creatividad, derivando el interés hacia los procesos constructivos y el resultado formal, la espacialidad antropomorfa y la geometría descriptiva, la incidencia de los materiales empleados, la psicología y la sociología del cuerpo, la intención simbólica del autor, la pretensión comunicativa del cliente, las texturas y las estampaciones, el movimiento y los efectos de la luz, el cromatismo y su combinación, el influjo de la iconografía pictórica o de la vestimenta popular…, sin olvidar el placer puramente sensorial. Es decir, más o menos lo mismo que cuando reflexionamos ante una pintura flamenca del siglo XV o una escultura de Benvenuto Cellini.

Existe una responsabilidad museística a ejercer y una cantera de visitantes a conquistar para otros ámbitos del arte, pero hay que trabajarlas. Sin duda, es más cómodo afirmar que ese público potencial carece de suficiente nivel o criterio cultural y, mirándolo por encima del hombro, desdeñarlo.

Como sucedió en la Academia, también en el Thyssen parece sentirse la necesidad de avalar, respaldar o justificar la presencia de un vestuario dentro del museo mediante su puesta en diálogo con pinturas históricas. Eso está bien, sobre todo tratándose de Balenciaga, pero no es necesario. La creación plasmada con textiles, construcción/confección, forma, espacio, texturas, cromatismo y cuerpo es suficiente. Ciertos hábitos museísticos están ahí para ser cambiados, no cada temporada, pero sí cada 150 años. Ya toca.

Urbanismo ponderado.

La propiedad del suelo urbano está sujeta a derechos y a obligaciones, como cualquier otro tipo de propiedad. Nadie niega al Obispado de Bilbao su deseo de sumarse a la modernización de Bilbao, aunque sería magnífico que no la limitara sólo al aprovechamiento del suelo edificable de su propiedad, ampliando esa modernidad a algunas prácticas de género y origen medieval que mantiene vigentes.

Por supuesto, está en su mano el entender tal modernización como quiera y más le convenga siempre que los procedimientos utilizados para ello se ajusten a derecho y a los mecanismos de transparencia a que obligan los asuntos relativos a la ciudad -esto es, a sus habitantes- y a su urbanismo -es decir, a la forma en que esos habitantes conviven en los espacios público y privado-.

Asimismo, es del todo comprensible que el Obispado quiera reunir en un solo lugar todos los servicios que ahora tiene diseminados por el territorio: centralizar la suma de sus actividades le reportaría un ahorro de esfuerzo y energía que ahora se ven obligados a dispersar, tanto los trabajadores que los atienden como las personas que los utilizan.

Siendo el Obispado propietario de la finca situada entre las calles Barraincúa, Lersundi y Heros -ocupada la mitad de ella por su Escuela de Magisterio y la otra mitad por un espacio recreativo/docente libre de edificación- tiene sentido que haya pensado en ese lugar como idóneo para ejercer su derecho a construir un edificio en el que -aportando un grano de arena a la modernización de la villa, entendida ésta como la colmatación de todo el espacio urbano existente (¿?)- concentrar sus actividades, incluida la propia residencia del Obispo, supongo, aunque miedo da que, si así sucede, tras salir del palacete ajardinado que tiene hoy cerca de la Basílica de Begoña, piense que en ese lugar podría levantar otro inmueble. Son muchos metros cúbicos, caso de recalificación…

De otra parte, los vecinos y el AMPA del Colegio Cervantes, inmediato a esa finca de la calle Heros, también tienen derecho a expresar sus aspiraciones y anhelos respecto a un lugar que, de ocuparse tal como se prevé, introduciría profundos cambios en el modo de vida del barrio. No niegan los derechos del Obispado, tan sólo manifiestan lo que les gustaría que ocurriera, un uso diferente cuya pertinencia justifican con razones que se podrán compartir o no, pero que no carecen de sentido común. Frente al “urbanismo estratégico” -grandilocuente concepto que aquí enmascara un edificio masivo- se pide un “urbanismo ponderado” en relación con las necesidades y el bienestar del Colegio y la zona.

Y más allá de escuchar que el proyecto “está dentro de la ley”, lo que a los vecinos y al AMPA les gustaría es conocer si lo argumentado en su día por el Obispado ante el Ayuntamiento, a la hora de solicitar el cambio de calificación del suelo urbano de su propiedad, se ajusta exactamente a lo que ahora pretende realizar. Y es que existe la sospecha de que ante el Ayuntamiento declaró que llevaría a cabo un proyecto determinado, en base al cual se consideró pertinente la recalificación urbanística, y que ahora, lograda la recalificación, ese proyecto ha cambiado sustancialmente, con lo que las razones que fundamentaron el cambio en el Plan General de Ordenación Urbana han dejado de avalar la decisión municipal tomada.

Parece que alguien mintió o no dijo toda la verdad (piadosamente, por supuesto) acerca de lo que pretendía o que alguien miró para otro lado al recalificar. Transparencia sería dar a conocer la solicitud presentada con los argumentos en base a los que el Ayuntamiento procedió al cambio de uso de ese espacio urbano. Resulta extraño, pero la municipalidad no lo muestra.

Si así fuera, se tendría sustancia suficiente para impugnar judicialmente la decisión urbanística, ya que podríamos encontrarnos ante un supuesto engaño a la administración pública. En consecuencia, el proyecto de edificación en ese solar y la venta a una mutua privada de la mitad de lo que se quiere edificar quedaría severamente cuestionado. Antes de seguir adelante, creo que tanto la Constructora Murias como Mutualia, y por supuesto el Obispado, deberían recapacitar y replantearse sus intenciones.

Javier González de Durana

Vecino del barrio y miembro de la Plataforma Vecinal por un Abando Habitable y Saludable

El anterior texto fue escrito para ser publicado en el periódico El Correo, de Bilbao, como réplica al artículo de opinión que apareció en la sección “Local” de dicho periódico el pasado día 19 de junio, miércoles, con el título de “Urbanismo estratégico” y firmado por Carlos García de Andoin.

A pesar de haberme puesto en contacto con los responsables de esa sección periodística en tres ocasiones los días 20 y 21, y de comunicarles que, en el ejercicio del derecho de réplica, quería dar a conocer un punto de vista diferente sobre el proyecto del Obispado mediante un texto ya elaborado, no conseguí que el periódico mostrara interés en ello.

De tal forma, para no dejar sin contestación a lo argumentado en el artículo de García de Andoin, publico en este blog lo que estaba destinado a ser leído en El Correo. Ese escrito, autolimitado a 700 palabras para tener encaje como artículo de opinión, dejaba fuera varias cuestiones que ahora, aquí sin restricción alguna al número de palabras, puedo incluir. Estas otras cuestiones eran las siguientes:

  • En el artículo de García de Andoin no se señala en calidad de qué esta persona interviene en el debate, siendo una mala praxis periodística no informar al pie del texto que el autor, en este caso, pertenece a una de las partes del conflicto, concretamente a la del Obispado, como director que es del Instituto Diocesano de Teología y Pastoral (IDTP) desde mayo de 2015;
  • Aunque dice que no serán viviendas de lujo, oculta que la primera intención del Obispado en 2017 era que sí fueran, precisamente, viviendas de alto standing y con la parroquia San Francisco Javier ubicada en la planta baja; de hecho, el alzado de la fachada del edificio diseñado por el estudio de arquitectura Katsura (reproducido aquí abajo) era para ese tipo de viviendas, llegando a ser presentado al Ayuntamiento el proyecto, si bien posteriormente el Obispado renunció a él; por cierto, es de imaginar que si el traslado de la parroquia de San Francisco Javier forma parte del plan eso significa que podría vender el inmueble que ocupa ahora en la calle Juan de  Ajuriaguerra; toda una operación inmobiliaria a varias bandas;
  • También elude mencionar que dentro del propio estamento eclesiástico local existe una oposición razonada al proyecto de construir “un Corte Inglés religioso”, como lo llaman, en este sensible solar, dada la gran cantidad de edificios religiosos sin apenas uso que posee el Obispado en Bilbao.

Vecinos de la zona más padres y madres del AMPA del Colegio Cervantes se han organizado legalmente en la Plataforma Vecinal por un Ensanche Habitable y Saludable, dispuestos a parar esta iniciativa que SÍ ha tenido hasta ahora un proceso oscuro. Considerando que lo mejor es dejar el sitio tal y como está para su uso público, el Ayuntamiento podría ofrecer al Obispado un solar equivalente en otro lugar de la Villa que compensara la adquisición de éste por medio de una negociación.

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Proyecto inicial del Obispado para construir viviendas de alto standing, con la parroquia de San Francisco Javier en planta baja; este proyecto fue presentado al Ayuntamiento en 2017, siendo retirado posteriormente.

Voracidad urbanística.

Aunque uno quiera referirse sólo a la arquitectura y sus circunstancias, resulta complicado abstraerse de los discutidos caminos que recorre el urbanismo en Bilbao durante los últimos tiempos. Son varias las ocasiones en que he abordado aquí cuestiones de tal naturaleza como fruto de decisiones extrañamente incomprensibles, cuando no directamente inaceptables más allá de cualquier atisbo de duda.

Bilbao vivió durante el cambio de milenio una etapa de cierto renacimiento urbano que consistió, básicamente, en enmendar errores anteriores -o eliminar aquellos que, sin haber sido considerados erróneos en el momento de su realización, terminaron siéndolo con el paso del tiempo- y en ganar para la ciudadanía las amplias áreas que fueron ocupadas en su día por la actividad fabril y portuaria. Eran años previos a la crisis de 2008 y posteriores al punto más bajo del colapso industrial que sufrió la industria siderometalúrgica. Durante década y media, más o menos, se disfrutó de una bonanza económica coincidente con la urgencia sentida por la ciudad de cara a reparar, ordenar, completar y planear muchos asuntos pendientes. La confluencia de recursos económicos suficientes (al menos en apariencia) y necesidades urbanísticas obvias dio lugar a éxitos que se aplaudieron, permitiendo elevar la calidad de vida de la ciudad y, consecuentemente, de los ciudadanos: el Metro, la recuperación de los márgenes de la ría y la depuración de sus aguas, nuevos viales alrededor de la ciudad, el puerto exterior… Indudablemente, la presencia de políticos y técnicos capaces y con clara visión de los objetivos a conseguir permitió alcanzar las metas anheladas. Injusto sería no recordar al ministro Josep Borrell y su idea de crear un organismo (Bilbao Ría 2000) en el que todas las administraciones públicas reunieran sus terrenos para gestionarlos como una sola propiedad en beneficio de la ciudad, en vez de gestionar cada una su suelo en exclusivo provecho propio.

Con ese capital de crédito acumulado, las autoridades posteriores, en  particular las municipales, han considerado que disponen de potestad incontestable para tomar decisiones que, al amparo del lema “como lo hecho hasta ahora, seguimos mejorando Bilbao”, han venido derivando su gestión de la ciudad hacia una especie de despotismo ilustrado con el que se proclama continuar actuando por el bien de la comunidad, pero de hecho haciéndolo sin velar siempre por lo más conveniente para sus habitantes. Por supuesto, también sin consultarles antes de la toma de unas decisiones que, a veces, buscan corregir o financiar fallidos cálculos institucionales porque, finalmente, aquello de que había recursos suficientes no debió de ser tan exacto, con independencia de que la crisis del 2008 y el estallido de la burbuja inmobiliaria pillara por sorpresa a todos; una de dos: o no se calcularon bien las fuerzas propias o no se ha gastado el dinero público con la racionalidad debida.

Cierta finura y esmero patentes en los años 90 han devenido en actuaciones toscas y, hasta cierto punto, brutales. Los diseños urbanos medidos con generosidad y elegancia, fundados en un saludable espíritu cívico, no supeditado a la rentabilidad económica sino a la satisfacción social (que es otra forma de rentabilidad), prácticamente han desaparecido de la acción pública hoy para dar paso a un “impongo y mando, me lleve por delante lo que me lleve”, sea una plaza-rotonda, un espacio docente o un sitio histórico. El interés público de hace 25 años ha cedido ante el afán especulativo alentado desde instancias municipales. La elegancia y la espacialidad manifiestas en Abandoibarra y Amézola no están teniendo continuidad en las ásperas y abrumadoras operaciones de Garellano y Bolueta. Algunos de los técnicos en las áreas de gestión urbana siguen siendo las mismos, pero los políticos son diferentes. ¿Es culpa, por tanto, sólo de estos últimos o existen otras circunstancias que explican el cambio de rumbo?

Estas reflexiones vienen al hilo del plan para construir tres bloques de hasta trece plantas con 230 viviendas de precio libre en lo que actualmente es la rotonda del puente Euskalduna, en el lado de Deusto. Una rotonda consolidada desde hace 22 años como un adecuado espacio publico ordenador de los tráficos que confluyen en él y cuyo suelo se va a privatizar tras ponerlo en venta y construir sobre él los bloques de viviendas que inicialmente se previó fueran levantados en San Ignacio a lo largo de terrenos ganados al agua del canal con rellenos que ocuparían el espacio ribereño comprendido entre el edificio de IDOM (antiguo depósito franco) y Elorrieta. Unos bloques a los que la oposición vecinal descubrió incumplimiento de determinados trámites preceptivos, lo que les permitió pleitear, pero cuya motivación principal fue que no se alterara y redujera la espléndida lámina de agua fruto de la confluencia de ría y canal. Un paisaje industrial maltratado especialmente en esa sensible zona histórica de Elorrieta-Zorroza.

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Punta Norte de Zorrozaurre con el futuro puente y, a su izquierda, el edificio de IDOM; a la izquierda de éste, la ribera que no se rellenará.
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Ribera de Elorrieta que se pretendía rellenar para levantar nuevas construcciones hasta su encuentro con el edificio de IDOM, al fondo.

Ejemplo modélico de actuación ciudadana, la Asociación de Vecinos “El Canal” se opuso a lo que consideró un exceso y un desorden, encontrando la manera de paralizarlo mediante resolución judicial.

Sin embargo, la gestión urbanística de Zorrotzaurre contaba con los ingresos por la venta de ese suelo en aquel momento inexistente y, al verse impedida para actuar en esa ribera del canal, decidió vender otro suelo, el de la rotonda de Euskalduna, a 2 kms de distancia aguas arriba, para que se construyan los bloques de viviendas que, por su ubicación y número, permitirán obtener algunos de los ingresos que ya temblaban en las hojas de cálculo.

Evidentemente, se privatiza un espacio público. Evidentemente, sabemos bien que esos ingresos derivados por la venta de la rotonda se invertirán en adecuar y mejorar otros espacios urbanos o habilitar infraestructuras para el Zorrotzaurre futuro o en algún punto degradado de la ciudad, pero ¿no resulta paradójico que para lograr la mejora de una área urbana se tenga que deteriorar otra que ya está consolidada? ¿no se pone de manifiesto la existencia de fallos en las previsiones económicas y en las actuaciones legales y que ahora, inesperadamente, sus consecuencias las sufrirá un punto de la ciudad que nunca se previó fuera a modificarse tal y como ha sido durante más de dos décadas, de hecho, desde que el puente del ingeniero Javier Manterola entró en servicio?

Quizás ahora nos quieran hacer creer que esa rotonda se hizo con carácter “provisional” a la espera de un futuro urbanístico que ya ha llegado. Espero que no. En 1997 el Zorrotzaurre manhattaniano y la apertura del canal no estaban aún en ninguna agenda. El Plan General de Ordenación Urbana de Bilbao, aprobado en 1995, cambió el uso industrial de Zorrotzaurre por el residencial, a la vez que dejaba a la redacción de un futuro Plan Especial la definición del diseño urbano del área. El Plan de Zaha Hadid, elaborado en 2004 y revisado en 2007, incorporó por primera vez la apertura completa del canal, dejando tal como eran y son las inmediaciones del puente.

Hace poco leí que en la actualidad los edificios se construyen con una previsión de vida media de 35 años. Si se argumentara la provisionalidad del área de desembarco del puente Euskalduna en Deusto habríamos logrado algo más llamativo que una vida de tres décadas y media para la arquitectura que se levanta hoy: rotondas urbanas que, en el centro de una ciudad, sólo sobreviven poco más de dos décadas. En este Bilbao nos adelantamos al futuro y abreviamos los plazos de lo contingente y la disfuncionalidad.

Hace meses que se conoce lo que se pretende llevar a cabo en la rotonda de Euskalduna, entonces ¿por qué aquí no se produce la oposición vecinal -al menos por el momento- que sí se levantó en San Ignacio? En este punto la presencia de esos tres bloques resultará mucho más perturbadora de lo que hubiese sido en San Ignacio. Por tanto, ¿qué sucede? ¿tienen los vecinos de Deusto una menor conciencia de barrio que los de San Ignacio? ¿son menos responsables como ciudadanía ante un mismo atropello urbanístico?

La clave de la cuestión reside en el entorno inmediato…, y en una ceguera colectiva a largo plazo. En San Ignacio hay vecinos residentes que hubiesen sido afectados directa e instantáneamente por la irrupción de esa muralla construida. En la rotonda, sin embargo, el vecindario más inmediato no queda cerca porque la primera línea de edificación está ocupada por inmuebles de talleres y almacenes, en un lado, por el Igualatorio Médico Quirúrgico, en otro lado, y por un polideportivo y un centro escolar, en el tercer costado. Ni a unos ni a otros les afecta lo que exista en el exterior -al menos eso creen- o suponen que la incidencia para ellos será menor al desenvolverse su tiempo  en ámbitos laborales. Sin embargo, la afección resultará elevada e intensa. El trafico se incrementará, debiendo fluir por un espacio circulatorio mucho más reducido y esto repercutirá en las calles aledañas y subsecuentemente en buena parte de Deusto. El acceso a la isla de Zorrotzaurre por el único puente en esa zona, el de Frank O. Gehry (tras eliminarse otro puente -¿por qué?- que estuvo inicialmente previsto como continuación de la ribera de Botica Vieja), se verá obstruido a menudo por previsibles colapsos de tráfico en un cuello de botella.

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En fin, terminaré poniendo un ejemplo exagerado, pero que permite entender la situación. Si alguna vez el Ayuntamiento de Bilbao, para resolver sus problemas financieros o los de sus organismos gestores, decide vender parte del suelo del parque de Doña Casilda o del Arenal o de la plaza Elíptica, asegurando al comprador su recalificación como edificable, ¿veríamos bien que lo hiciera? Claro que no, se dirá, no es lo mismo la plaza Elíptica que la rotonda de Euskalduna, una es hermosa e histórica, la otra sólo tiene 20 años y conserva parte del aspecto suburbial que le caracterizó durante años, pero considerándolos sólo como espacios urbanos, públicos, funcionales y consolidados, ¿no es insensato que cualquiera de los dos desaparezca por la vía de su privatización?

Espero que no sean cuestiones como esta lo algunos munícipes entienden por “la ciudad como producto”. Este concepto engloba un conjunto de variables que tienen que ver con la calidad de vida, la racionalidad a la hora de proyectar el espacio público y, cada vez más, con aspectos medioambientales; en modo alguno tiene que ver con vender el espacio público a trozos. Ninguna ciudad puede tener buena reputación en todo, pero el equilibrio de su modelo es lo que va a definir en un futuro cercano su fortaleza económica basada, entre otros factores, en un buen diseño urbano. Aquí no lo hay, sinceramente.

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Cartela, de autoría anónima, aparecida en Zorrotzaurre recientemente.