La arquitectura nazi en Bilbao: lo religioso (V).

Javier González de Durana.

El engranaje que atravesó y sostuvo el estado franquista a lo largo del tiempo fue la religiosidad católica subyacente en todas las organizaciones y entidades surgidas tras la guerra civil. Al margen de los grupos que directamente se definían como católicos, también falangistas, tradicionalistas, monárquicos, cedistas y, por supuesto, los militares tenían ese denominador común. Nada actuante durante las distintas fases del franquismo puede ser calificado como laico. Planteada la guerra civil como una cruzada, el régimen nacido de ella, confesional católico, tuvo en la arquitectura religiosa una especial oportunidad para mostrar su orientación integrista en materia doctrinal y de convergencia ideológica con el clero. Esa fue la sustancia del régimen y, por consiguiente, reflexionar sobre la arquitectura religiosa en aquellos años, especialmente la de los años 40, es apreciar de cerca la naturaleza esencial del franquismo y no tanto del nazismo porque esa fue una diferencia importante respecto al régimen del III Reich.

En una cuestión tan «sensible» para el tradicionalismo integrista español el recurso de la pagana arquitectura grecolatina no resultaba apropiado y tampoco en la Alemania nazi se levantaron templos católicos que pudieran servir como referencia para los modelos hispanos. Así, que lo religioso nazi en España se escondió dentro de formas renacentistas y barrocas, de estirpe local, con Juan de Herrera y Juan de Villanueva como guías.

Se construyeron muchas iglesias durante los años 40 por barrios, pueblos y localidades en los alrededores de Bilbao. En parte, como precio a pagar por el apoyo eclesiástico al golpe de estado franquista, pero también al intuirse el gran crecimiento demográfico que vendría poco después. La iglesia fue en muchos lugares suburbanos el importante edificio-núcleo en torno al que se configuró una comunidad o el que sellaba la catolicidad de poblados surgidos espontáneamente en las periferias de las ciudades. A su alrededor se fueron creando, poco a poco, escuelas, ambulatorios y otros servicios, dando lugar a centros cívicos donde la comunidad local se reunía. Pero no fue sólo eso, pues sobre todo se buscaba que las iglesias fueran órganos de control ideológico al servicio del aparato del Estado.

Sin embargo, sorprendentemente, la mayoría de estos templos de barriada, de tamaño medio o pequeño, carece de las ínfulas propagandísticas tan queridas por el régimen franquista y el responsable de que esto resultase así fue el arquitecto diocesano Ricardo Bastida, quien, además de excelente profesional y devoto cristiano (lo que no le impedía ser estrecho amigo de Indalecio Prieto y Aurelio Arteta), no toleró que los sentimientos religiosos y la propaganda política se fundiesen bajo su responsabilidad. Curiosamente, a pesar de la gran actividad constructora de templos, los dos proyectos arquitectónicos más ambiciosos de la iglesia católica para Bilbao y su comarca terminaron en rotundos fracasos.

Su mayor éxito fue el gigantesco Seminario de Derio, al aprovechar las estructuras de hormigón armado que habían sobrevivido a la guerra como un fracasado proyecto republicano para Hospital Psiquiátrico. En 1950 el arquitecto José Mª de la Vega Samper (Toledo, 1900 – Madrid, 1980) recibió el encargo de aprovechar esas estructuras y edificar aquello que las completara para convertirse en seminario de sacerdotes. Se rediseñaron los pabellones laterales a partir de lo existente y se incorporó el edificio-torreón central con una iglesia en su parte posterior. Este torreón+iglesia es lo más puramente nacional-ultracatólico del conjunto, si bien todo en él destila aquel espíritu. Aunque más pesado y antiguo, al tiempo que menos original, algo en su acabado final -en particular, su falocrático torreón- coincide con el Hospital de Cruces, ya visto en un post anterior. Vega Samper había iniciado su trayectoria profesional en el madrileño estudio de Ignacio de Cárdenas (en el ámbito de Telefónica Española), quien era tío de Gonzalo de Cárdenas Rodríguez (Director de Regiones Devastadas y bien conocido en Bilbao por otras obras citadas en estos post), vínculo más que probable por el cual se encomendó a Vega Samper el proyecto de seminario en Derio, pues este arquitecto -que lo era, además, oficialmente de la Guardia Civil- estaba especializado en cuarteles para este cuerpo armado, seminarios para sacerdotes y cárceles, siendo, de hecho, el autor del presidio de Carabanchel.

Seminario de Derio, vista frontal.
Seminario de Derio, vista aérea.

Sus mayores fracasos, sendos templos: uno en Bilbao, el Corpus Christi, y otro en Las Arenas (Getxo), Las Mercedes. El Corpus Christi (esquina de Licenciado Poza con María Díaz de Haro), fue un carísimo mamotreto neoherreriano concebido por Gonzalo Cárdenas y Luis María Gana en 1945 que ni siquiera se llegó a terminar a falta de cúpula y acabados finales, quedando como una colosal protorruina. En los años 70 fue finalmente derribado, pues el solar era muy apetitoso para los promotores inmobiliarios. Concebido para albergar a 1500 fieles sobre una superficie de más de 1000 m2 con la idea de que se convirtiera en la catedral de Bilbao, su promotora fue la Junta de Construcción de Templos Parroquiales de Bilbao, presidida por Tomás Perosanz Zorrilla, alcalde de Bilbao entre 1941-42 y promotor de edificios corporativos, como se vio en un post anterior. Por su parte, la iglesia de Las Mercedes, ideada por Rafael Garamendi y Manuel Ignacio Galíndez en 1940, en clave neoherreriana, tampoco se concluyó con la forma prevista por los arquitectos a causa de su elevado coste a pesar de que su promotora era la comunidad parroquial local con la renta per capita más elevada de toda España en aquel momento y neta adscripción al franquismo. Se optó por una versión simplificada, pero, aún así, apabullante.

Corpus Christi, vista del proyecto.

No quiero dejar al margen de «lo religioso» a la Residencia de Venerables sacerdotes, situada junto a la Basílica de Begoña, concebida, una vez más, por el tándem Tellería-Cárdenas (muy conocidos en esta serie de post) en 1946. Estos dos arquitectos, en base a los vínculos que tenían con la Caja de Ahorros Vizcaína (diseñaron su sede en la Plaza Circular y el edificio de oficinas en Gran Vía 21-23, como ya es sabido) se encargaron de este edificio que estuvo promovido y aún es propiedad de la citada Caja de Ahorros, hoy Kutxabank. 

Residencia de Venerables sacerdotes.

Se trata de un edificio con aspecto de palacete, planta en L y entorno ajardinado a dos niveles, más característico de la sierra madrileña, como tipo de chalet burgués con pretensiones aristocratizantes y detalles barrocos para encopetada familia de alto funcionario del Régimen en las inmediaciones de El Escorial. Se enfatizan dos ejes verticales: uno hacia su entrada desde la vía pública, con un porche de dos columnas sobre el que se asienta una pequeña terraza-balcón, a su vez, coronada por un tímpano con hornacina en cuyo interior se halla una representación en piedra de la Virgen de Begoña, constituyendo un eje de recepción entre linajudo y conventual; el otro eje, orientado hacia el jardín, se vertebra a partir de la esquina de encuentro entre los dos bloques del edificio que en planta baja ofrece una escalinata con desarrollo curvo en 90 grados conducente a un acceso secundario, encima de él, un balcón-púlpito y, sobre éste y la cornisa, a su vez, una ventana-tímpano coronada con pináculo. La planta baja ofrece un ocre aspecto pétreo (solidez y unión a la tierra). La planta principal va enfoscada y pintada de blanco (ligereza y expresión de casto purismo). La cubierta lleva tejas de pizarra (oscura firmeza y rotundidad), siendo esto lo que le da cierto aire serrano al conjunto.

La identificación entre el Altar y el Trono ya venía dándose desde etapas anteriores a la guerra civil, pero fue a partir del triunfo del franquismo que dicha alianza alcanzó su apogeo, siendo máximo durante la década de los 40, años en los que el clero no tenía reparos en utilizar el saludo nazi.

La arquitectura nazi en Bilbao: lo residencial (IV).

Javier González de Durana.

Fueron tiempos confusos. Los arquitectos afectos al régimen más reflexivos trataron de evitar que se  identificara la arquitectura «de tipo cubista o judío» de Le Corbusier con la cultura del bando derrotado. Sin embargo, la realidad del panorama arquitectónico español era híbrida y, mirando el contexto anterior a la guerra civil, arquitectos comprometidos con la República, como Luis Lacasa o Manuel Sánchez Arcas, fueron voces críticas contra el formalismo de Le Corbusier, mientras que arquitectos afectos a la causa de los nacionales, como Luis Gutiérrez Soto y, sobre todo, José Manuel Aizpurúa, actuaron en defensa y ejercicio de la arquitectura racionalista. 

Arquitectos, promotores y compradores ¿eran filo-nazis porque alentaron y tomaron en algunos casos decisiones vinculadas a construcciones en las que reconocemos ciertas hechuras -en muchos casos, puramente ornamentales- como cercanas al régimen del III Reich? No se puede afirmar tal cosa, pero tampoco negar que las corrientes del espíritu de la época soplaron con fuerza desde Alemania y llegaron hasta Bilbao (y España), dejando huella. Funcionarios municipales y profesionales vinculados con la administración pública y las grandes corporaciones tuvieron que lidiar, con mayor o menor devoción, la situación impuesta desde el poder político e incorporar a sus edificaciones detalles de rancio historicismo.

Pero ¿y quienes decidieron que viviendas de ese gusto eran las ideales para su vida privada, pudiendo elegir en el mercado viviendas más neutras, sin connotaciones ideológicas? Residir en determinadas áreas e inmuebles pudo ser visto e interpretado, a veces, como una declaración política. Buena parte de esos compradores-residentes estaba estrechamente ligada a los círculos de poder franquistas, pues las viviendas con esa estilística ornamental eran siempre de muy elevado coste económico, esto es, estaban destinadas a la alta burguesía, aliada del régimen.

El ejemplo más claro de este modelo de edificio de viviendas por pisos para la alta burguesía urbana es el que se levanta en Plaza del Museo 1, esquina con Iparraguirre, diseñado en 1945 por Gonzalo Cárdenas y Anastasio Tellería (a quienes ya hemos visto trabajando en otros proyectos de similar carácter durante estos años). La clienta era Mercedes Oraá Sanz, hija del Duque de la Victoria de las Amescoas -de estirpe carlista- y esposa de Isidoro Delclaux, a quien también hemos visto al comentar los edificios corporativos y uno de los impulsores institucionales del Museo de Bellas Artes, ubicado, precisamente, enfrente de este edificio. De hecho, no debe descartarse relación entre la existencia del Museo, inaugurado en 1945 con banda militar, la presencia del Ministro de Educación y desfile de fuerzas de infantería al son del «himno nacional, escuchado por todos, brazo en alto, con gran emoción” (según la prensa), y el encargo de este proyecto en una zona del Ensanche a la que se auguraba un importante desarrollo inmobiliario, pues ya a sus lados, Elcano 2 (arq. Manuel Mª Smith Ibarra, 1939) y Ajuriaguerra 31-33 (arqs. Antonino Zobaran -el mismo de la Delegación de Hacienda- y Estanislao Segurola, 1946), se levantaban edificios menos emblemáticos que éste, pero concebidos para una burguesía media-alta y en onda estilística similar. El Museo como animador económico, ¿no suena esto a conocido?

Cárdenas y Tellería diseñaron un edificio rico en detalles de calidad y lujo, si bien pomposo y trasnochado, sobre todo por el remate superior del chaflán, un torreón con cubierta de pizarra de Bernardos y dos puntiagudas agujas de raigambre escurialense. Las fachadas de sillería de granito gallego pulimentado ofrecen sutiles matices cromáticos y el interior del portal se adornó con esculturas y mármoles de cuidado diseño y exquisita elaboración. Como es natural, no faltan tímpanos partidos, balcones y miradores sobre modillones barrocos y pilastras estriadas que recorren la planta baja y entreplanta (destinada a oficinas). El chaflán es un muy interesante trabajo de concavidades y convexidades.

Torreón de Plaza del Museo 1.

Aunque situado fuera de Bilbao, no quiero dejar de señalar el inmueble en el Muelle de Evaristo Churruca 8, en Las Arenas (Getxo), concebido por Manuel Mª Smith Ibarra y su hijo Juan Carlos Smith Prado en 1948 para Alejandro Zubizarreta Abásolo, gerente y consejero de la Naviera Vascongada, asociada a partir de 1942 con la Naviera Aznar, cuyo edificio corporativo ya fue mencionado en el post anterior. Ocupa una posición tan prominente como el de Plaza del Museo 1. Si éste se encara a los espacios abiertos de las riberas fluviales y el puente de Deusto, aquel lo hace a la desembocadura de la ría y el mar abierto.

Los sillares (aplacados, en realidad) de granito gris claro inundan sus fachadas, dandole un aspecto de sólido amurallamiento un tanto frío y distante. Los dos elementos más singulares son el portalón de acceso -una elaborada recreación de modelos barrocos con pilastras, sillares enfatizados, pináculos, balcón pétreo y remate con frontón partido a la altura del segundo piso- y el torreón sobre la esquina más cercana al mar -simulando el castillo de gobierno de un navío antiguo con escudo de armas en esquina y frisos decorativos de apariencia plateresca, todo lo cual culmina con un elevado mástil de observación-. Todas estas referencias marineras tuvieron que ver con la profesión del cliente, sin duda, pero, al tiempo, encajaban a la perfección con el gusto de la alta burguesía local del momento. Miradores y ventanas todavía se ligan al periodo autárquico, pero los amplios balcones, con deliciosas rejerías en antepechos, anuncian ya el deseo de abrirse al exterior mediante amplias cristaleras y terrazas.

Muelle de Evaristo Churruca 8, fachadas principal hacia la ría y lateral orientada al mar.
Muelle de Evaristo Churruca 8, alzado de la fachada principal.

Así como el Museo de Bellas Artes estimuló la construcción en sus inmediaciones, algo semejante ocurrió en los alrededores de la Delegación de Hacienda, donde los mismos Smith padre e hijo elaboraron en 1946 el inmueble de Ercilla 26, esquina con Iparraguirre, para el promotor Enrique Ubieta Velasco, con profusión de ondulantes molduras en el recercado de los vanos (barroquizantes frivolidades visuales), balcón-tribuna en chaflán e interior de portal con calidad elevada en detalles y diseño, Muy cerca de éste se halla el más contenido y airoso de Rodriguez Arias 27, esquina con Ercilla, elaborado por Faustino Basterra en 1945 para el promotor Enrique Gómez Rubiera.

Como prueba del «ambiente» que reinaba en este entorno urbano, donde también estaba la sede de la poderosa Organización Sindical Nacional o Sindicato vertical, muestro la vidriera de sabor art-decó con el escudo franquista en su posición central que aún hoy ilumina la escalera de uno de los edificios cercanos a los dos mencionados.

Escudo preconstitucional de España en una vidriera que ilumina la escalera de un edificio próximo a los dos citados.

No quiero dejar sin mencionar a Pedro Ispizua Susunaga, quien en esta primera mitad de los años 40 concibió edificios de viviendas de aparatosa monumentalidad con abundancia de escudos heráldicos, pináculos, torreones y decoraciones barrocas, en muchos casos, para residencia de altos ejecutivos en grandes empresas privadas fuertemente unidas al Estado franquista, como el de 1941 para Altos Hornos (Gregorio de la Revilla 1, esquina con Gran Vía 55). También proyectó muchos otros edificios de viviendas, tales como Plaza de Zabalburu 4, 1938, con dos aguerridos soldados de inspiración medieval, y Plaza de Venezuela 1, 1942, para el constructor Benjamín de la Vía Llantada, la retórica decorativa estuvo aquí atenuada gracias a la colaboración de arquitecto Fernando Arzadun, y Gran Vía 68, 1943, por poner sólo tres ejemplos. El estudio de Ispizua gozó de una importante carga de trabajo durante este periodo, en los que nunca faltaron ciclópeas esculturas de Joaquín Lucarini.

Edificio para Benjamín de la Vía, Plaza de Venezuela 1, conocido años después con edificio AVIACO por haberse instalado aquí en 1949 las primeras oficinas de aquella compañía aérea.
Plaza de Zabalburu 4, esquina con Alameda de San Mames

Pedro Ispizua también elaboró el 68 de la Gran Vía para la empresa Inmobiliaria Bilbaína, cuya junta administrativa estaba presidida por Adolfo Ramírez Escudero, un armador y naviero fortalecido al calor del desarrollo de Altos Hornos de Vizcaya durante la etapa franquista, motivo por el que el escudo en la fachada muestra la imagen de un velero. La propiedad del solar era de Mª Ángeles Chávarri Anduiza, casada con José Mª Olábarri Zubiria, cuatro apellidos de familias pertenecientes a la más poderosa élite social y propietarias de gran parte de los valiosos terrenos en la prolongación de esta vía bilbaína que en aquellos momentos estaba siendo edificada con inmuebles residenciales para la alta burguesía local.

Gran Vía 68.
Gran Vía 68.

Luis Gana y Hoyos, a quien veremos más tarde diseñando el Monumento a los Caídos en Bilbao, proyectó en septiembre de 1940 un inmueble de viviendas de lujo por pisos en el 18 del Campo de Volantín -zona residencial periurbana, desde mediados del siglo XIX, de villas y palacetes con entornos ajardinados- para la Sociedad Inmobiliaria del Campo de Volantín, cuyo consejo de administración estaba presidido por Juan Bautista Buesa Tapia, notable accionista del Banco de España en 1938, cuyo hermano Ángel era miembro de la Cámara de la Propiedad Urbana de Vizcaya, siendo ambos sobrinos de Víctor Tapia Buesa, presidente del Banco de Vizcaya en 1937-38, diputado provincial por la Unión Patriótica durante la dictadura de Primo de Rivera y «capitán de la industria» vasca. Problemas técnicos y administrativos demoraron la conclusión de este inmueble hasta 1948. Aquí Gana reunió varias bagatelas historicistas habituales en la época: ostentoso acceso entre doble juego de columnatas con capiteles jónicos y poderoso entablamento que, en su parte superior y ante una ventana palladiana, funciona como balcón-tribuna para el primer piso, secuencias de dobles pilastras, guirnaldas, volutas y escudo con representación de un águila vista de frente con patas desguarnecidas, plumas de la cola apartadas y alas desplegadas entre las dos partes colgantes de una cadena…

Campo de Volantín 18.

Como detalle final dejo una comparación entre los dos edificios que culminan la Gran Vía en la plaza del Sagrado Corazón, emplazamiento urbano privilegiado para celebraciones y conmemoraciones franquistas de carácter religioso durante los primeros años de la dictadura.

El número 2 de tal plaza es un trabajo de Ignacio Mª Smith Ybarra en 1943 para Vicente Llaguno Durañona, abogado, fundador de la Editorial Católica en 1912 y miembro del Consejo de Administración de la siderúrgica Compañía Anónima Basconia (en el que se reunían ilustres apellidos tradicionalistas, como Gandarias, Ampuero, Urquijo, Lequerica…) y que, por cierto, fue la empresa a la que el Ayuntamiento presidido por José Mª Areilza encargó la reconstrucción del puente de Deusto en 1937, pasando a denominarse del Generalísimo Franco. No he encontrado vínculos familiares entre Vicente Llaguno y el Luis Llaguno que presidía la Diputación durante estos años.

El edificio número 1 de esa plaza es un trabajo tardío (1955) del arquitecto Juan Arancibia Lebario, quien fue alcalde de Bilbao en el bienio (1922-23) durante la dictadura de Primo de Rivera, para el promotor José Soga Fernández (un contratista sin filiación política conocida, pero que había recibido algunos encargos importantes del Instituto Nacional de la Vivienda), en el que se debe resaltar la muy cuidada decoración interior de su portal, incluidas dos grandes pinturas con paisajes de ruinas clásicas con sabor a Claudio de Lorena. Siendo doce años más tardío, el aspecto seco y austero de la fachada del nº 1 es más duro que la del nº 2, dueña de mayor plasticidad y juego de movimientos. Es como si Arancibia hubiese tenido en cuenta el edificio de Smith para asemejarse… haciendo lo contrario: blanco-negro, cromático-monocromático, torreones laterales-torreón central…

Pongo en relación el aspecto exterior de los portales de ambos. Los dos presentan tres vías de paso, una central y dos laterales menores. El de Smith Ybarra es historicista, palaciego y amable; el de Arancibia Lebario, por contra, rotundo, imponente y sin concesiones; eso sí, explayándose con refinado gusto en el interior.

Interior del portal de Plaza del Sagrado Corazón 1.

La arquitectura nazi en Bilbao: lo corporativo (III).

Javier González de Durana.

Banco Hispano-Americano, detalle de la fachada lateral.

Al repasar las Memorias de proyectos de arquitectura referidos a los edificios que voy comentando en estos post no he encontrado en los párrafos alusivos al «objetivo» ninguna mención explicita de tipo político o ideológico. A lo más, se alude al hecho de que por estar situado el edificio a construir en un punto destacado de la trama urbana -una esquina muy visible, la cercanía a algún lugar relevante o un espacio público- conviene darle una impronta monumental, una singularidad simbólico-artística. Nada más. Al redactar sus Memorias ningún arquitecto rebasaba la estricta descripción técnica del edificio. El aspecto exterior que ofrecerían sus edificios de cara a la vía pública no parecía preocuparles. Otra cuestión es que, a falta de menciones directas, ellos no fueran conscientes de esa importancia dentro del paisajismo urbano o de que los edificios que diseñaban no fueran interpretables en clave política. Y la mayoría, en algún sentido, lo era; la clave está en descifrar los datos visibles y conocer a sus promotores. Veamos algunos casos.

El edificio Delclaux, Alameda de Recalde 30 (actualmente ocupado por diversas áreas de la Diputación de Bizkaia), fue diseñado en las cuatro primeras plantas por Emiliano Amann Amann en el periodo 1933-38 y las dos últimas por su hijo Emiliano Amann Puente en 1953. Fue promovido por el empresario Isidoro Delclaux Aróstegui para las oficinas sus numerosas empresas. Delclaux era miembro de la Diputación Provincial (1937-1947) y vicepresidente de la Junta de Obras del Puerto de Bilbao (1937-1964). Como Presidente del Sindicato Nacional del Vidrio y Cerámica, fue Procurador en Cortes (1943-1946), repitiendo como representante de la Cámara de Comercio de Bilbao (1955-1958), institución que presidió (1964-1968), entre otros muchos cargos políticos y comerciales. Al estallar la guerra, Delclaux había pasado desde Bizkaia a territorio controlado por los sublevados, alcanzando el grado de capitán de requetés. Fue miembro de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, a finales de 1937 apoyó la creación de Museo de Bellas Artes y propuso a la Diputación, presidida por el ultra-católico Luis Llaguno, la creación del Museo de las Tres Guerras Civiles (incluidas las dos carlistas), iniciativa abortada desde el Servicio estatal de Prensa y Propaganda.

El edificio Delclaux se presenta con una sólidez pétrea que jerarquiza los diversos niveles de importancia laboral; los más bajos para los directivos se enfatizan con miradores en voladizo, antepechos de mármol negro, gruesas cornisas y pilastras que enmarcan amplios vanos horizontales, los cuales se reducen a ventanas menores y verticales entre molduras en las dos últimas plantas y se remata, bajo la cornisa, con un friso de triglifos y metopas. Rotundidad compositiva, alusiones clasicistas, ordenamiento vertical de las funciones y definición visual del espacio para la jefatura.

Alzado del edificio Delclaux, Alameda de Recalde 30.

Por otra parte, la nueva sede de la Caja de Ahorros Vizcaína controlada por la Diputación territorial, construida entre 1944 y 1946 según diseño de Anastasio Tellería Arana, no podía sino responder al ideario político de los diputados provinciales que entre 1939 y 1947 estuvieron presididos por José Luis Goyoaga Escario, un abogado y político, fundador del Partido Conservador de Bizkaia en 1909, promotor de la Liga Monárquica y militante de la Unión Patriótica fundada por Miguel Primo de Rivera en los años previos a la instauración de la II República.

Su nueva sede en la Plaza Circular se constituyó sobre una base (planta baja y entreplanta) realizada en granito gris, un cuerpo (cuatro plantas, de las cuales la primera es jerárquicamente principal por su mayor altura y el largo balcón-tribuna ante los cuatro vanos centrales coronados con tímpanos falsos) recorrido por pilastras estriadas y capiteles corintios en arenisca, y un encabezamiento en forma de loggia con seis columnas de liso fuste cilíndrico, capiteles dóricos, aterrazamientos laterales y coronación con balaustrada. Monumentalidad ascensional, definición visual del espacio de autoridad y aristocráticas citas palaciegas.

Caja de Ahorros Vizcaina, Plaza Circular.

El mayor edificio de oficinas construido hasta el momento en Bilbao también fue iniciativa de José Luis Goyoaga Escario, como Presidente de la Diputación de Bizkaia y, por tanto, Presidente de la Junta del Patronato de la Caja de Ahorros Vizcaína. Este inmueble (Gran Vía 19-21) para oficinas propias y de alquiler, cine y comercios, fue diseñado por Anastasio Tellería Arana y Gonzalo Cárdenas Rodríguez en 1947. Con esta ubicación, la entidad se acercó geográficamente al palacio de la Diputación, dejando en claro los estrechos vínculos que les unían. Los arquitectos repetían aquí el modelo ensayado en la sede central de la Caja de Ahorros Vizcaina por Tellería, aunque en un solar menos complejo: basamento de aspecto ciclópeo en planta baja y entreplanta de granito, cuerpo de cuatro plantas en arenisca dorada recorridas por diez pilastras de orden gigante, cuerpos semicilíndricos y capiteles jónicos, y encabezamiento sobre poderosa cornisa con dos plantas para oficinas de menor rango adornadas con molduras y arcos de medio punto, levemente retranqueadas. Sólida base de asentamiento, contundente apropiación del espacio urbano y robusto gigantismo formal.

Caja de Ahorros Vizcaina, Gran Vía 19-21.

Más cercana aún a la Diputación estuvo la Caja de Ahorros Municipal de Bilbao, diseñada por Adolfo Gil y Ricardo Bastida en 1945 (Gran Vía 23, esquina con Astarloa), la cual no quiso quedarse atrás en cuestión de clasicismos variados y órdenes gigantes, como tampoco Eugenio Mª Aguinaga en 1944 con su trabajo para Bilbao Compañía Anónima de Seguros en Gran Vía 36, esquina con Marqués del Puerto. En muchos casos, por muy historicistas que sean sus diseños, el aspecto de sillería de piedra enmascara un sistema de «aplacado» que tomó auge tras la guerra civil por evidentes razones de tipo económico, justificadas por los medios técnicos disponibles y por ser el aplacado un sistema de uso muy depurado ya para los años 40. En los casos de la Caja de Ahorros Municipal de Bilbao y Bilbao Compañía Anónima de Seguros, al tratarse de reformas de edificios preexistentes, el aspecto original del edificio fue «esculpido» para darle formas de falsas pilastras, cornisas y arcos. Las falsas pilastras, mediante regruesados del muro, y los salientes horizontales, por medio del empotramiento en el muro de zunchos de hormigón armado. El «forrado» posterior con aplacados permite dar la apariencia de sillería, quedando el resultado final como una «piel» perfecta hábilmente montada.

Gran Viña 36, Bilbao Compañía Anónima de Seguros, alzado del proyecto.

En una linea semejante a la marcada por Tellería en la sede central de la Caja de Ahorros Vizcaína, Rafael Fontán diseñó el Hotel Almirante en 1948-49 para Bilbaína de Edificación S. A. Después de ser hotel, este edificio pasó por las manos de varias instituciones bancarias hasta que finalmente ha vuelto a convertirse en establecimiento hostelero. Se repite el esquema tripartito de base, cuerpo central recorrido por pilastras gigantes con hojas de acanto como capiteles y encabezamiento a modo de torreón de vigilancia sobre el puente de la Victoria (esto es, del Arenal) y los nuevos espacios urbanos que surgieron al otro lado del puente con similares características formales. Al margen de estos detalles epidérmicos, el edificio no oculta las importantes lecciones de orden y lógica compositiva aportadas por el racionalismo de los años 30 y con el que Fontán había logrado antes de la guerra muy significativas realizaciones.

Hotel Almirante.

En todo caso, el edificio más singular surgido de las manos de Rafael Fontán en aquellos años dentro de esta tipología constructiva fue la espléndida Central de Oficinas (licencia solicitada por Juan Rementería, a quien no se le conoce afinidad política alguna) levantada entre 1944 y 1947 (Arbieto 8, esquina con Diputación), muy cerca del poder político provincial. Este singular inmueble, híbrido de racionalismo, art-decó y clasicismo monumental, destaca por el torreón en esquina, coronado por una crestería con peristilo de racionalista sabor grecolatino, pilastras estriadas de orden gigante, marcadas impostas, ventanas quebradas en esquina, y la suprema calidad del trabajo en piedra que incluye grandes relieves escultóricos laudatorios del trabajo físico en la mina y la cantera (justo lo que no se hace en una oficina), realizados por Joaquín Lucarini. El ayuntamiento creó algún inconveniente a promotor y a arquitecto con la exigencia de construir aquí un refugio antiaéreo. Uno de los edificios más hermosos, emblemáticos y expresivos de los años 40 que transmite firme autoridad empresarial, justo al lado de la autoridad política.

Dos vistas de Diputación 8, para Central de Oficinas.
Diputación 8, coronación del torreón esquinero.

En 1947 los arquitectos Germán Aguirre e Hilario Imaz diseñaron un edificio para oficinas (Buenos Aires 12, esquina con Colón de Larreátegui) para la empresa La Nervión CAI, a cuyo frente se hallaba Tomás Perosanz Zorrilla, quien había sido alcalde de Bilbao durante el periodo 1941-42. Posee una destacada ubicación urbana, lo que le hace sobresalir en especial por la inclinación de la calle, marcando algunas diferencias con otros ejemplos similares, como que la planta baja se forró con un elegante mármol negro y desaparecieron las pilastras del cuerpo central para restringirse, aunque muy enfáticamente, al torreón en curva de la coronación. Mezcla de referencias clásicas y barrocas: historicismo-racionalista (si se me permite el oxímoron).

Buenos Aires 12, para La Nervión CAI, esquina de encuentro con Colón de Larreátegui.
Buenos Aires 12, para La Nervión CAI, alzado de la fachada.
Buenos Aires 12, aspecto del torreón curvo en esquina.

Caso muy especial fue el de Manuel Ignacio Galíndez Zabala, un extraordinario arquitecto poseedor de cualidades profesionales al más alto nivel dentro del territorio peninsular. Sin pasado político conocido anterior a la dictadura, tras la toma de Bilbao formó parte, como concejal, de su ayuntamiento en tres mandatos durante el tenebroso periodo 1938-1942: el bienio 1938-1939 bajo la alcaldía de José Félix de Lequerica Erquiza (quien después, como embajador en Francia, tras la invasión nazi, colaboró con el régimen de Vichy y la GESTAPO, llegando a ser condecorado por el Mariscal Pétain); con José Mª de Oriol y Urquijo (carlista radical que recibió de Hitler la medalla Encomienda del Águila del III Reich) durante los años 1939-41; y en el periodo 1941-1942, siendo alcalde Tomás Perosanz Zorrilla, radical católico adscrito al integrismo carlista.

Ante el giro propagandista que tomó la nueva arquitectura del régimen franquista -cuyo máximo responsable fue su amigo Pedro Muguruza-, para Galíndez la elección del lenguaje formal era más una cuestión de presentación y etiqueta que de ideología y propaganda, resultándole más importantes cuestiones relacionadas con el adecuado decoro, la permanencia histórica y el confort ajustado a la dimensión personal del cliente. El regusto germánico de algunos de sus trabajos (anteriores incluso a la guerra civil) tuvo que ver tanto con el espíritu político de la época como con su atracción por Adolf Loos, Otto Wagner y Joze Pleçnic cuyas obras conoció durante los años 20 en Alemania, Austria y Eslovenia. A lo largo de todo este periodo Galíndez estuvo al frente de las oficinas municipales de Urbanismo y de Puentes Fijos de Bilbao.

Mencionaré brevemente sus tres trabajos más notables en estos años: (1) la torre de diez pisos en Bailén 1 (1940-46, junto a José Mª Chapa, así mismo concejal con Perosanz), mediante una interesante operación que incluyó la nueva estación ferroviaria de Portugalete y la creación sobre ella de un jardín con espectacular terraza hacia la ría; arquitectura con aires de Chicago y puntuales notas italianizantes; (2) en 1943 diseñó, también con Chapa, para la Naviera Aznar su edificio-sede a orillas del Nervión, con ocho plantas de altura (dos como base de granito y arenisca, tres como cuerpo de ladrillo y dos de arenisca como coronación), gran lateral curvo a la ría y utilización de la torre, asimilada a la proa de un barco, en fuerte escorzo, si bien es su fachada principal la que muestra el aspecto de un palazzo italiano, y (3) el Banco Hispano-Americano (hoy Banco Santander y Hotel Radisson), Gran Vía 4, con fachadas a Ledesma y Berástegui, en 1945, caracterizado por poderosísimas columnas -no simples pilastras falsas- de orden jónico, basamento de mármol gris, gran patio de operaciones (semejante al de la Delegación de Hacienda, aunque rectangular) y coronación con esquina sobre el chaflán ocupada por una escultura en bronce de Minerva.

Torre de Bailén 1.
Naviera Aznar, fachada principal.
Naviera Aznar, acceso frontal.
Naviera Aznar, detalle de la fachada lateral curva orientada a la ría.

La arquitectura nazi en Bilbao: lo institucional (II).

Javier González de Durana.

Los dos casos que presenté en el post anterior surgieron durante los primeros años del franquismo, cuando sus jerarcas saludaban brazo en alto y pensaban que Hitler podía ganar la guerra. Fueron años en que lo mimético estaba profundamente arraigado y ello se notaba en cierta arquitectura pública que se quería propagandística de «los ideales» del régimen que admiraba las maneras nazis. Sin embargo, a partir de 1944, cuando empezó a resultar evidente que el III Reich no ganaría nada, salvo su propia ruina y la de sus compatriotas, la parafernalia gestual y visual hitleriana inició un lento tránsito hacia la desaparición de la escena española; en arquitectura ese tránsito duró hasta 1950. Los tres primeros casos que muestro hoy pertenecen a la segunda mitad de la década de los años 40 y, por ello, rebajan el tono sin desprenderse de algunos tics (la derrota de Hitler no hizo que los jerarcas franquistas renunciaran de pronto a sus pretenciosas ensoñaciones imperiales); el cuarto caso, de principios de aquella década, sin embargo, demuestra que la buena arquitectura podía manifestarse perfectamente tras un rostro discreto y elegante.

Torreón del mando jerárquico en la estación ferroviaria de Abando

En primer lugar, la actual estación ferroviaria de Abando que fue diseñada por Alfonso Fungairiño Nebot (Madrid, 1903 – 1984) en 1945 y concluida en 1948. Fungairiño desplegó un interesante expediente racionalista en Valencia y Gandía durante los años previos a la guerra civil. Sin embargo, aquí el inmueble enmascara su carácter ferroviario al presentar una monumental imagen clasicista con decoración ecléctica de frontones y falsas pilastras, entremezclando sillares y columnas de granito, aplacado de arenisca y ladrillo. El torreón esquinero, con placas de piedra de arriba a abajo, presenta una cornisa en voladizo sostenida por canecillos y modillones de voluta; sobre ella, una balaustrada aparenta delimitar una terraza de vigilancia. El acceso jerárquico a la zona de dirección y oficinas desde la calle queda subrayado con simulación de sillares y mediante un gran arco de acceso en el chaflán, flanqueado por arcos ciegos. Sobre esta entrada, en la primera planta, el espacio de dirección muestra tres balcones coronados por frontones quebrados. Según el edificio gana en altura la enfatización jerárquica se diluye. La fachada trasera ofrece un estilo más austero. El interior se organiza en torno a un precioso vestíbulo de mármol dorado, columnas lisas de sección cuadrada y tres alturas al que asoman fachadas con amplios vanos adintelados, finas balaustradas metálicas y pinturas murales, todo ello humillado por la actual parafernalia comercial y publicitaria consentida por los gestores de Vialia. Muy interesante, aunque por otros motivos, es la anexa cubierta sobre la playa de vías, una espléndida obra de ingeniería desprovista por completo de connotaciones ideológicas: pura y elegante funcionalidad.

Fachadas principal y lateral. A la derecha, el comienzo de la cubierta sobre las vías. Actualmente, a la altura del primer forjado y a lo largo de todo el perímetro, una estructura provisional salvaguarda a los peatones de posibles desprendimientos sólidos de las fachadas.
Fachada trasera; adquieren protagonismo las llagas rehundidas de encuentro entre los aplacados que simulan sillares y dovelas a lo largo de la planta baja.
Aspecto del vestíbulo hacia las vías, situadas en un nivel más elevado, y la cubierta sobre éstas.
Aspecto del vestíbulo y su cubierta plana que permite el paso de abundante luz natural. La publicidad humilla a la arquitectura.
La cabecera de la terminal de vías se halla adornada por una gran vidriera que recoge temas populares de Bilbao y Bizkaia; lo monumental alcanza su paroxismo aquí (15 metros de alto por 20 de ancho). Originalmente, el escudo de España estaba acompañado por el águila imperial y fue sustituido posteriormente por el constitucional.
Grandes paneles pictóricos en un lateral del vestíbulo de la estación: simulación de pergaminos con representación de arquitecturas medievales junto a guirnaldas y volutas de gusto barroco. Decoración historicista para un ámbito de comunicación moderno.

En segundo lugar traigo a Martín José Marcide Odriozola (Bilbao, 1916 – Madrid, 1972), que fue el autor del ambulatorio de la calle Dr. Areilza en 1950, en un momento que la arquitectura oficial en España ya estaba quitándose de tics ideológico-políticos. Estuvo a cargo del Instituto Nacional de Previsión y fue el arquitecto de numerosos hospitales por toda España. Aquí realizó dos obras singulares: un ambulatorio médico para el distrito de Indautxu y el grandioso hospital de Cruces, en el vecino municipio de Barakaldo.

En el ambulatorio seis columnas recorren el centro de la fachada verticalmente, de arriba a abajo, con grandes vanos acristalados entre ellas en los dos pisos superiores, lo que otorga ligereza a la entrada y monumentalidad al edificio. Tras esta primera fila de columnas se despliegan las escalinatas que conducen a otras seis columnas iguales a las anteriores, esto es, de sección cuadrada y caras estriadas. Algo en esta entrada recuerda a la del Reichtag en la Voss-Strasse, diseñada por Albert Speer, quizás por ese preámbulo o pórtico que acoge las escalinatas para que no invadan la acera…, en fin, sin la grandiosidad germana. A ambos lados de este acceso central se despliegan dos cuerpos de ladrillo caravista sobre un zócalo de granito. Edificio desfigurado en la actualidad por el añadido de una planta sobre la cubierta original y la penosa sustitución de la carpintería en las ventanas.

Cuerpo central con acceso en el ambulatorio de Dr. Areilza.
Escalinatas y segunda fila de columnas en la parte superior de ellas. Esta elevación de la planta baja permitió habilitar una planta semi-sótano.

Sin embargo, la obra más destacable de Marcide se levantó entre enero de 1949 y julio de 1955 en el barrio de Cruces, Barakaldo, y con el nombre de Ciudad Sanitaria ‘Sotomayor’, en homenaje al periodista y fundador de las Juventudes de la Falange, Enrique Sotomayor Gippini, muerto en el frente de combate en Rusia, mientras luchaba con la División Azul. De su construcción se hizo cargo el Estado. La configuración del terreno y la construcción de una gran plaza circular obligó a un trazado curvo de la planta con cinco cuerpos radiales de diferentes alturas. En la disposición general se elevó el cuerpo central para no extender el edificio hacia la parte posterior. Inicialmente estuvo habilitado para 650 camas. El carácter social de este hospital estuvo «alentado» por la necesidad de empresarios y fábricas en la margen izquierda de la ría de atraer a decenas de miles de obreros para el desarrollo industrial que la zona vivió a partir de los años 50.

Me cuesta asociar un hospital, un ambulatorio o un museo al concepto de arquitectura nazi porque, como herramientas para la vida y la cultura, las considero situadas en las antípodas de lo que representó el nazismo. No obstante, aquí esta convivencia existió. En el caso del hospital de Cruces -un precioso edificio con un más que interesante despliegue en planta- encuentro un leve vínculo formal en las vías de acceso a la planta baja, las cuales, en algún modo, recuerdan a la del ambulatorio antes descrito. Luego estaría, claro, la monumentalidad apabullante de la estructura edificada, que le acercaría tanto a la megalomanía nazi como a la soviética, no tan distantes por paradójico que parezca. El alto cuerpo central, aunque justificado por la irregularidad del terreno que impedía su desarrollo hacia la parte trasera, además de contener una bonita y vertiginosa escalera helicoidal en su frente, también se erige como símbolo de autoridad y orden, de vigilancia y control, ideas de sometimiento (médico, en este caso) que se permeaban a otros ámbitos de la vida comunitaria.

Vista área del hospital de Cruces en el año de su inauguración, 1955.
Una de las plantas de hospital de Cruces.
Escalera en el cuerpo central.

Por último, el Mer­cado del Ensanche, fue concebido por el arquitecto municipal Germán Aguirre Urrutia (Bilbao, 1912 – Algorta, Bizkaia, 1989) y se construyó entre 1942 y 1950 sobre el solar anteriormente ocupado por un decimonónico mercado de hierro de una sola planta. La mitad de aquel solar se destinó a jardín público en su zona delantera y la otra mitad, al nuevo mercado con tres plantas en altura. Presenta elementos de clara vincula­ción a la arquitectura oficialista en el cuerpo delantero que funciona como recepción al mercado propiamente dicho: doble escalinata en el frente exterior con doble dirección a la planta sótano y a la baja, composición austera y ordenada, escudo de armas en posición de honor, grandes ventanales rasgados laterales para iluminación de escaleras interiores, cierta palaciega grandiosidad como edificio cívico…. En contraste con lo anterior, el cuerpo posterior, más bajo, donde se ubicaba el mercado en sí, queda acogido bajo una cubierta abovedada de gran transparencia y ligereza. Podría encontrársele cercanía al convento Angelicum que Giovanni Muzio realizó para Milán en 1939, principalmente por el uso masivo exterior del ladrillo y las soluciones espaciales en arcos como estructuras puras, una interpretación personal de las formas clásicas como alter­nativas al movimiento moderno entendido como funcionalista y racionalista, aunque este mercado también fue funcional y racional; mucho, además. Al discreto y elegante jardín delantero, situado en una cota por debajo de la calle que daba recogimiento al espacio, se descendía por unas amplias escalinatas frontales de piedra; hoy debajo tiene un aparcamiento y los restos del jardín se hallan por encima de la cota de la calle. Actualmente el edificio está modificado en su fachada con una desafortunada mampara de cristal que oculta una grave mutilación del muro sobre las tres vías de acceso y el cuerpo posterior ha visto crecer un piso por encima; interiormente se ha reconvertido en un centro municipal para oficinas, ambulatorio y -signo de los tiempos- celebración de eventos.

Imagen del jardín y mercado del Ensanche el año de su inauguración. No era una plaza dura. Los árboles crecieron después, convirtiéndose en un lugar recogido, amable y delicioso
Interior del cuerpo trasero del mercado del Ensanche, en la actualidad centro municipal para eventos.

En un principio, había pensado incluir dentro de «lo institucional» algunos ejemplos de arquitectura para la iglesia católica, pero este post se estaba empezando a poner demasiado extenso. Así que he decidido dedicar, más adelante, otro post para «lo religioso» y mencionar algunos casos que, creo, merecen una atención más detenida de la que hubiese podido darles en este de hoy. La arquitectura erigida durante los años 40 para esta aliada del régimen franquista daría para mucho más que un post, pero bastará con citar tres o cuatro ejemplos.

La arquitectura nazi en Bilbao: lo institucional (I).

Javier González de Durana.

Este primer post de hoy y el segundo dentro de una semana se referirán a la arquitectura institucional, el tercero -ya en septiembre- lo dedicaré a la edificación corporativa, el cuarto, más adelante, estará centrado en lo residencial, a continuación habrá un quinto post en el que recogeré arquitectura religiosa y, finalmente, un sexto post abordará los diseños efímeros y conmemorativos. Un amplio epílogo fotográfico cerrará esta serie.

Antes quiero aclarar lo que entiendo por «arquitectura nazi en Bilbao». Algunos arquitectos que mencionaré al citar sus obras pudieron tener una ideología nazi o fascista. ¿Adictos, sumisos o contemporizadores con el régimen franquista? Por supuesto, todos los que mencionaré. Es que si no lo hubiesen sido no habrían podido trabajar en las importantes obras que diseñaron. En este sentido, fueron tan adictos, sumisos o contemporizadores como gran parte de la sociedad española durante los años 40 y, sin duda, como la práctica totalidad de aquellos que se desenvolvieron profesionalmente entre grandes capitales y fuertes inversiones económicas, fueran suyas o estuvieran implicados en las de otros. Por tanto, como sujetos ideológicos no creo que todos aquellos arquitectos fueran estrictamente filo-nazis, aunque en su trabajo se vieran impelidos, consciente o inconscientemente, a acercarse a formas cercanas al gusto del régimen nazi, del cual el franquista fue apéndice.

Más que los arquitectos -trabajadores empleados al servicio de otros, al fin y al cabo, o funcionarios públicos- lo fueron en mayor grado los promotores que financiaron sus obras al incitar y/o aceptar un tipo de diseño que vieron ajustado al gusto político «dominante». Por supuesto, en el ámbito político-institucional no caben dudas acerca de sus estrechos vínculos con la deriva local de la grandilocuencia imperial hitleriana (Franco fue aliado de Führer hasta casi finalizar la II Guerra Mundial). Es necesario recordar esto: los promotores y consumidores de esos productos arquitectónicos formaban parte del poder político, económico y social franquista; por tanto, no es extraño encontrar afinidades.

La arquitectura alentada por aquel régimen político no configuró un estilo propio, sino que, revolviendo en el legado grecolatino, utilizó sus formas con fuerte sentido escenográfico y enfática solidez, intentando configurar una visionaria y germánica actualización imperial. En España ese comportamiento no se dio tal cual siempre porque aquí la idea de Imperio remitía al Renacimiento y Barroco locales, así que fue el repertorio decorativo de estos estilos lo que se observa en la arquitectura nazi-franquista. Una cuestión epidérmica, no las tipologías constructivas. Y quizás también la irruptiva manera de ocupar el espacio público. En general, los arquitectos inmersos -por voluntad propia o por presión de las circunstancias- en edificios ideologizados se movieron entre una linea herreriana derivada del Escorial y otra linea ecléctica tendente a una expresividad clásico-barroca en la que se jugaba con mayor grado de libertad al combinar ambas corrientes.

De ninguna manera debe entenderse que una arquitectura caracterizada como nazi, fascista o franquista, en mayor o menor grado, fue mala arquitectura per se. Surgidas en un contexto histórico de degradación moral y ética, despreciables fueron la ideología y las políticas de sus impulsores, no necesariamente los edificios que realizaron. Aquella arquitectura fue inocente, los que la promovieron, no. Quizás porque quienes la querían y proponían manejaban abundantes recursos económicos, el caso es que, sin ser arquitectura fértil e innovadora, en algunas ocasiones fue una arquitectura de gran calidad, representando una forma no-lineal de entender lo moderno. No mencionaré todo lo existente -lejos de pretenderlo- y como este asunto daría para muchas consideraciones, me limitaré a describir ahora brevemente, apoyado en imágenes, dos ejemplos destacables de promoción institucional: el Museo de Bellas Artes y la Delegación estatal de Hacienda. En el siguiente post mencionaré otros casos.

Delegación de Hacienda en Bilbao. Arq. Antonino Zobaran Manene (1943-53).

Primer caso. El Museo de Bellas Artes de Bilbao fue concebido en plena guerra civil (noviembre de 1938) por los arquitectos Fernando Urrutia Usaola (Amurrio, Alava, 1908 – Madrid, 1960) y Gonzalo Cárdenas Rodríguez (León, 1904 – Madrid, 1954), inaugurándose en 1945. En el momento de la firma de los planos el alcalde de Bilbao era José Félix de Lequerica, en los meses anteriores lo había sido José Mª González de Careaga y hasta comienzos de aquel año lo fue José Mª de Areilza, probable encargante inicial del proyecto, los tres militantes de la FET y de las JONS. En la Vice-presidencia de la Diputación de Bizkaia, la otra institución impulsora del museo, estaba Lorenzo Hurtado de Saracho, asimismo miembro de la FET y de las JONS desde su fundación en 1931. Ninguno ocultó su ideología en aquel momento, bien al contrario, y tampoco ocultaron su sincero interés por el arte, pues en unos momentos de gran penuria social decidieron que el museo era necesario, encontrando el emplazamiento urbano adecuado y los medios suficientes para realizarlo.

Se trata de un sobrio edificio compuesto por dos cuerpos con planta en forma de L, combinando el ladrillo caravista en los grandes paños con sillares de arenisca en esquinas, recerco de huecos, cornisa, basamento-zócalo y amplio entorno de la puerta de acceso con hornacinas a sus lados, sobre la que se lee la palabra MVSEO. El cuerpo frontal aparenta ser pabellón de una sola altura, pero esconde dos; el cuerpo lateral, más bajo, es sólo de una. Se accede a su puerta principal tras ascender unos peldaños de modo que, con intención simbólica, el cuerpo del visitante toma distancia de la vulgar realidad cotidiana, la calle, preparándose para la elevación espiritual que vivirá en el museo. Dentro, iluminado por la gran ventana frontal, presidido por una escalera de dos tramos y un rellano, el amplio vestíbulo de mármol organiza los itinerarios. El cuerpo lateral ofrece exteriormente una galería de columnas -fuste cilíndrico, liso, y capitel toscano- abierta hacia un estanque de agua para la instalación de réplicas de esculturas clásicas. Esta galería recuerda la existente en Casa del Arte Alemán, diseñada y construida para Munich por Paul Ludwig Troost entre 1933 y 1937. Orden, simetría, sobriedad y evocaciones neo-clasicistas caracterizan un resultado de notabilísima calidad. Esta inspiración clásica pudo tener dos fuentes de inspiración: la arquitectura nazi que depredaba las formas grecolatinas, pero también el neo-clasicismo español de Juan de Villanueva en el Museo del Prado, aunque asimismo podría citarse el de Karl Friedrich Schinkel en la Altes Museum, de Berlín (1823-29).

Proyecto del Museo en una imagen del acceso frontal.
Proyecto del Museo en su parte posterior y lateral.
Espacio conformado por los dos pabellones del Museo con estanque. La escultura y su pedestal (una historia tormentosa) no formaban parte del proyecto original.
Galería de columnas con gliptoteca.

Segundo caso. La Delegación de la Hacienda estatal, diseñada por Antonino Zobaran Manene (Bilbao, 1891-1967) en 1943 con finalización en 1953 e inauguración oficial el 19 de julio de 1954 (estas inauguraciones solían tener lugar alrededor del aniversario de la sublevación franquista). Zobaran era arquitecto del Registro Catastral en Almería. Se trasladó en 1939 a Bilbao, donde fue nombrado arquitecto de 1ª clase del Ministerio de Hacienda en Vizcaya. De su obra en Euskadi destacan rehabilitaciones civiles en la bombardeada Gernika, pero, sobre todo, el monumental edificio de Hacienda en la Plaza Moyúa bilbaína, a donde se orienta su fachada principal, haciéndolo las laterales a las calles Alameda de Recalde y Ercilla.

El ministro franquista de Hacienda en 1943 era Joaquín Benjumea, miembro de una aristocrática familia andaluza (Cárdenas también lo era de otra leonesa), fue nombrado presidente de la Diputación de Sevilla tras el estallido de la guerra civil en 1936 y jefe del Servicio Nacional de Regiones Devastadas y Reparaciones en 1938, donde debió de entrar en contacto con Zobaran (por la reconstrucción de Gernika), en supuesto de no haberle conocido antes en Sevilla, pues este arquitecto había contraído matrimonio en esa ciudad en 1924 con Virginia Gómez Spencer, perteneciente una notable familia local de militares.

La Delegación de Hacienda en Bilbao -híbrido entre barroco y clasicista- es un grandioso bloque granítico que le da «un color gris que armoniza con la atmósfera bilbaína», dijo el Boletín del Ayuntamiento, situado en el centro neurálgico de la ciudad. Frente a ella, orientada también a la Plaza Moyúa, se encontraba la sede del Gobierno Civil (actual sub-delegación) y a su espalda estaba la sede del sindicato vertical, configurando entre estos tres puntos una genuina «zona nacional».

Con planta trapezoidal, su fachada trasera es medianera con edificios residenciales en la misma manzana, pero las otras tres ofrecen una imagen majestuosa sobre el espacio público. La fachada principal, casi wagneriana, corta y convexa, con portada de granito rosado, se halla flanqueada por dos cuerpos salientes a modo de torreones que protegen la puerta de acceso, dándole un aspecto de bastión amurallado. El despliegue barroco más expresivo se encuentra en ella. Entre ambos torreones al nivel de la primera planta discurre en amplio balcón-tribuna a partir del cual dos falsas pilastras planas rematadas con capiteles desornamentados recorren cuatro plantas del edificio que, unidas a la sótano, la baja y a la situada por encima de los capiteles, hacen siete plantas en total. Pequeños frontones entrecortados, pináculos y guirnaldas florales decoran aquí y allá el exterior, en particular su frente. Las fachadas laterales repiten el esquema de pilastras entre ventanales a lo largo de cinco pisos, mostrando una identidad más abstracta y laboral, rigurosa dentro de lo neoclásico. La cornisa sobre la plaza estuvo rematada con un enorme escudo de España respaldado por el águila imperial. Este relieve escultórico estaba a escala con las proporciones del inmueble, pero en virtud de su inconstitucionalidad, se procedió a la retirada del águila, rompiéndose la escala y quedando el escudo residual en algo perfectamente ridículo (aunque necesario).

Interiormente es prodigioso, resaltando tres elementos: (1) el patio circular delimitado por diez esbeltas columnas de sección cuadrada y mármol verde con bronces dorados en basamentos y capitales corintios (más o menos), triple altura de 15 metros y cubierto por una gran vidriera, (2) la escalera imperial de mármol blanco y (3) el despacho del Delegado de Hacienda, anexo al balcón-tribuna, uno de los ámbitos laborales unipersonales más amplios y fastuosos que he visto en mi vida, pues en cierta ocasión estuve en él (ahora la seguridad hace imposible visitar al edificio; una pena).

La arquitectura nazi en España.

Javier González de Durana.

Sala de mosaicos de la nueva Cancillería de Reich. Arquitectura. Albert Speer.

Me permito parafrasear el título del libro de Roberto Bolaño, La literatura nazi en América, para recordar que hace 80 años se presentó en Madrid y Barcelona la exposición La Nueva Arquitectura Alemana, oficialmente comisariada nada menos que por Albert Speer, Inspector General de Edificación de Berlín, arquitecto de confianza de Hitler y futuro ministro de Armamentos del III Reich, la cual fue también exhibida en otras varias ciudades de Europa como la muestra más completa de las realizaciones arquitectónicas y urbanísticas de la nueva Alemania. Tras su paso por Madrid, donde fue inaugurada por Franco, en compañía de Ramón Serrano Suñer, su germanófilo cuñado y seis veces ministro de los primeros gobiernos franquistas (entre 1938 y 1942), al ocupar las carteras de Interior, Gobernación y Asuntos Exteriores, la exposición recaló en Barcelona, donde fue vista por más de 30.000 personas. El impacto de sus contenidos se sumó a la enorme fascinación que la Alemania nazi despertaba en determinados círculos intelectuales y políticos de la ciudad, al menos eso dijo La Vanguardia.

En plena conflagración europea, Alemania hizo coincidir diversas exposiciones que trataban de reflejar la pujanza del III Reich en todo tipo de ámbitos: la arquitectura, las artes populares y las aplicadas, la industria editorial, etc. Aparte de muestras relativamente pequeñas, como la de artesanía, destacaron dos grandes exposiciones: la del Libro Alemán y la de Arquitectura Moderna Alemana.

La exposición La Nueva Arquitectura Alemana se presentó en el madrileño Palacio de Velázquez, parque del Retiro (a partir del 7 de mayo), y en Barcelona en el antiguo Palacio del Parlament, parque de la Ciutadella (21 de octubre a 4 de noviembre). El nuevo urbanismo e intervenciones arquitectónicas grandiosas eran mostradas mediante fotografías, grabados, pinturas, planos y maquetas del nuevo Berlín: el palacio de congresos, la Cancillería, las avenidas recién abiertas, etc., sin olvidar la arquitectura rural cuya renovación también se buscaba. Las fachadas de los nobles edificios madrileños utilizados para acoger la muestra fueron engalanadas con grandes esvásticas y banderas españolas. Un libro-catálogo de excelente calidad (diseñado e impreso por la Volk und Reich Verlag Berlin en 1941) y edición bilingüe, con un texto de Rudolf Wolters, colaborador habitual de Speer, acompañó la exposición.

En Barcelona, el cónsul alemán explicó que «la vida cultural de Alemania se halla íntimamente ligada a la persona y voluntad constructiva del Führer (..) cuya voluntad se concentra en forma tan intensa en la construcción de obras de paz (…) manifestó la convicción de que ‘ningún pueblo vive más allá de los documentos de su cultura’, había deseado de todo corazón la paz para su pueblo para poder dar forma a estas monumentales construcciones de arte, ya que solamente la paz garantiza la libre continuación y feliz término de tales obras. Esta paz, fuerte, victoriosa (…) será también la señal para el comienzo de una empresa gigantesca y para su solución». Lo dijo mientras algunos de sus jefes sitiaban Stalingrado, bombardeaban Londres e invadían parte de Europa y otros encendían los hornos de cremación y abrían las espitas del gas. No se le movió un pelo al decirlo.

En la parte final del texto escrito para la publicación expositiva Wolkers señalaba que «en el año 1933 se asestó un golpe rápido pero aniquilador a las degeneradas manifestaciones de la pintura y de la escultura.Los primeros edificios del nuevo Reich hicieron luego lo suyo para marcar nuevos caminos y fines a las artes hermanas de la arquitectura. Así hoy, escultores y pintores toman parte en la gran tarea. Entre ellos hay que citar ante todo a Arno Breker…».

Portada del libro-catálogo que acompañó a la exposición. Muestra la entrada de la nueva Cancillería del Reich. Arquitectura. Albert Speer.

Después de visitar la exposición de La Nueva Arquitectura Alemana, Franco pasó al cercano Palacio de Cristal, donde estaba instalada otra exposición, en este caso de la Dirección General de Arquitectura, donde su director general, el elgoibarrés Pedro Muguruza, le explicó diferentes proyectos que recogían un discreto plan general de mejora de la vivienda. En diversas salas, se pudieron ver poblados de pescadores, Hondarribia, Getaria, Santurtzi..., que ya estaban en construcción. Se veían en otras salas las maquetas referentes a la reconstrucción de Santander, la urbanización de la plaza del Pilar, de Zaragoza, algunas construcciones oficiales las ampliaciones del Museo del Prado y del Ministerio de Asuntos Exteriores, las obras del Teatro Real y el «grandioso monumento que, por iniciativa personal de S. E. el Jefe del Estado», se estaba erigiendo en el Valle de los Caídos.

Al finalizar esta exposición madrileña con los trabajos españoles, el ministro de la Gobernación dijo que ««asistimos a la vez  a la clausura de esta bella exposición de Arquitectura, que puede presentarse frente a otras con más recursos sin temor a desmerecer. En arquitectura, como en otras muchas cosas, los españoles no necesitamos mirar al exterior ni copiar, sino que nos basta bucear en nosotros mismos e inspirarnos en un Herrera, en un Villanueva…«. En otras palabras, comparándose con la exposición germana, dotada de amplios recursos económicos, la española no tenía desmerecimiento alguno, pues, según el ministro, la Historia nos respaldaba. De hecho, los gobiernos de Franco estaban entonces buscando su propia arquitectura imperial, creyendo encontrarla en los viejos gloriosos tiempos. La arquitectura institucional estuvo marcada durante los años 40 por neo-historicismos castizos de abundante ornamentación aristocratizante y el rechazo de las expresiones puristas y elementales del racionalismo desornamentado.

En varios post más adelante que seguirán a éste, mostraré algunas de las consecuencias materializadas en edificios de Bilbao donde esa huella nazi se hace patente. No es que los arquitectos que los diseñaron tuvieran esa ideología. Simplemente respiraban el aire de la época

Diversos momentos de la inauguración de la exposición «Arquitectura Moderna Alemana» en el Palacio de Velázquez el 7 de mayo de 1942.

Homenaje donostiarra a Luis de Pablo.

Javier González de Durana

Emotivo homenaje al músico Luis de Pablo, pero no en su ciudad natal, Bilbao, sino en San Sebastián, la de su mujer, la pintora Marta Cárdenas. El arquitecto Juan Daniel Fullaondo y el músico Luis de Pablo fueron dos bilbaínos de la misma generación, extraterritorializados de Bilbao.

Quien fuera galardonado con el Premio Nacional de Música, como compositor, en 1991, y con León de Oro de la Bienal de Venecia en 2021 por toda su trayectoria, falleció en Madrid el pasado 10 de octubre. No me ha parecido que se le haya tributado el reconocimiento que merece dado el trascendental papel que desempeñó en el desarrollo de la música contemporánea en España, pero también en el más amplio territorio de la cultura, durante los años 50, 60 y 70.

Hace unas semanas escribía aquí sobre la relación entre ciertas partituras de música con notaciones gráfico-plásticas y algunas expresiones de la escultura y la arquitectura (Ecos de Ronchamp), trayendo a colación las de John Cage, Morton Feldman y algún otro. Podría haber utilizado también las realizadas por Luis de Pablo en determinada época, pero no las tuve a mano. Salvo en la composición Yo lo ví, tampoco ahora voy a poder hacerlo (es difícil localizar las imágenes de este tipo que, sin embargo, son tan poderosamente visuales), pero creo que, a falta de ello, merece la pena resaltar el esfuerzo llevado a cabo por la Galería Altxerri (San Sebastián) y su actual responsable, Javier Balda, al rendir un pequeño, pero emotivo y sensible, homenaje al músico bajo el título de «Premonición plástica». Junto a carteles de películas en las que intervino aportando la banda sonora –La caza (1966), La madriguera (1969), El espíritu de la colmena (1973), Pascual Duarte (1975)…-, largometrajes fundamentales de la historia del cine español que fueron dirigidas por Elías Querejeta, Víctor Erice, Javier Aguirre y Carlos Saura.

También se muestran carátulas de discos LP grabados por él o con sus composiciones –Soledad interrumpida (1973), Polar (1961), We, para cinta magnetofónica ( 1970) o Portrait imaginé (1980)…-, la muestra presenta obras realizadas por pintores y escultores que mantuvieron relación personal con Luis de Pablo con la música contemporánea o que en sus pinturas y dibujos se aproximaron al tipo de notación musical característica de composiciones electroacústicas, de seralismo libre o aleatorias, como Pablo Palazuelo con dos Cantorales (1978), Eduardo Chillida con dos Homenajes a J. S. Bach (1995), Fernando Zobel con su Trisonata (1982), Elena Asins con dos grabados (1991), Eusebio Sempere con una serigrafía de 2008, José Ramón Elorza con dos dibujos a lápices de colores, Soledad Sevilla con un grabado de 1989, Jaume Plensa con un libro contenedor de un CD y cinco fotografías (1989) o José Igés con un concierto en otro estuche-CD, entre otros artistas. Es decir, artistas que tuvieron afinidad personal con el músico, que coincidieron en el Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid en los años 60 y 70 o que estuvieron presentes como participantes en los encuentros de Pamplona.

«Yo lo ví», notación de la composición de Luis de Pablo (1970)

No puede faltar, como es lógico, su decisiva intervención en los Encuentros de Pamplona de 1972, para los que él y José Luis Alexanco (también falleció el año pasado) habían sido convocados por Juan Huarte con la idea de organizar un festival de música contemporánea que terminó convirtiéndose en la más importante reunión de arte de la segunda mitad del siglo XX en España. Está presente en la exposición, por tanto, la joya bibliográfica que ha venido a ser el catálogo de aquellos Encuentros, diseñado por Alexanco y editado por Alea, entidad musical fundada por Luis de Pablo en 1965. Quien desee conocer más sobre Luis de Pablo puede consultar en internet la tesis doctoral de Israel López Estelche, aquí.

No he encontrado específicas relaciones del músico vasco con la arquitectura, salvedad hecha de haber invitado a José Miguel de Prada Poole a participar en los Encuentros de Pamplona. Es más que suficiente para resaltar su relevancia.

Hay ocasiones en que un pequeño gesto, como esta exposición, tiene más valor cultural que un gran fasto de ringorango, pues toca, en el momento oportuno, sutiles fibras sentimentales y afectivas de largo alcance. Una ciudad demuestra su altura espiritual mediante expresiones manifestadas con discreción y delicadeza, así, como esta sencilla exposición, sin grandes aspavientos, pero con grandes dosis de sensibilidad. La muestra, tras haber sido inaugurada el pasado 18 de febrero, podrá ser visitada hasta el sábado 26 de abril.

José Ramón Elorza
Pablo Palazuelo
Jaume Plensa
Carátulas de discos LP
Elena Asins
Dick Recalde

Urbanismo episcopal o epístola para urbanistas.

Javier González de Durana

Histórico colegio de las Carmelitas en un momento de su derribo y, a la derecha, Colegio Público Miguel de Cervantes.

El proceso de transformación del equipamiento y parcela del antiguo colegio de las Carmelitas -posterior escuela de magisterio del obispado de Bilbao- continúa incrementando su largo catálogo de irregularidades urbanísticas y mentiras en torno a esa operación especulativa, al tiempo que siembra con más dudas e incertidumbres la preocupación sentida por el vecindario de la zona.

Por recordar algunos hechos anteriores, empecemos por señalar que la recalificación urbanística del solar, propiedad privada del obispado de Bilbao, estuvo basada en dos mentiras. 

Una nació en el Ayuntamiento de Bilbao al asegurarse que el histórico edificio allí existente carecía de función educativa por lo que, dada tal situación, procedía su recalificación urbanística del solar, incluido el patio de recreo, asunto falso por completo, pues hubo una intensa, amplia y continuada actividad docente hasta prácticamente la llegada de las grúas de derribo. Dicha mentira, empaquetada junto a otros dos grupos escolares municipales que, ellos sí, estaban ya carentes de actividad docente, permitió justificar el cambio de uso por falta de necesidad funcional del equipamiento educativo. Es decir, era falso el argumento que se dio a sí mismo el Ayuntamiento para proceder contra un inmueble que cumplía activa y perfectamente con el objetivo para el cual fue construido.

La segunda mentira procedió del obispado bilbaíno, al asegurar al Ayuntamiento en su solicitud de recalificación que iba a levantar en toda la parcela un edificio donde ubicaría diversas actividades culturales diocesanas que en la actualidad tiene repartidas por el territorio. Esta concentración cultural, se decía, vendría a enriquecer la zona con actividades de calidad y sin incrementar la densidad poblacional, ya elevada en la actualidad. Una mentira flagrante que quedó en evidencia a los pocos días de lograr la recalificación urbanística, al hacerse público que el obispado tenía concertada una operación, junto con Mutualia y la constructora Murias, por la que vendía la mitad del futuro edificio a dicha mutua sanitaria para la instalación de una clínica. A no olvidar que, antes de la idea del «equipamiento cultural», el obispado pretendió construir ahí un inmueble residencial con viviendas de lujo.

Una doble mentira con la que se busca privar al barrio del único solar disponible para área de descanso o parque-jardín de cercanía para el vecindario, al tiempo que también se privaría al próximo Colegio Público Cervantes del necesario soleamiento, pues el edificio previsto arrojaría -de llegar a realizarse- una fuerte sombra sobre escolares y actividades educativas, además de incrementar el tráfico de vehículos en unas calles con proliferación de niños y niñas.

No fueron estas las únicas irregularidades. Hubo más a lo largo de un camino sembrado de turbiedades y bien fundamentadas sospechas de connivencia entre las altas instancias edilicias y episcopales, pero vamos a mencionar la última que, inesperadamente, abre una nueva fuente de dudas, riesgos y temores.

El obispado de Bilbao, que trapaceramente tiene ya la licencia para levantar el edificio que quiere, de pronto ha solicitado un cambio consistente en construir tan sólo la parte situada bajo cota 0, es decir, las cinco plantas subterráneas. ¿Por qué?, ¿qué se esconde tras este nuevo cambio? ¿la altísima rentabilidad de las parcelas de garajes en esa zona? El vecindario está preocupado. ¿Le ha fallado la financiación al obispado? La constructora Murias entró en crisis económica hace meses, ¿ya no es el solvente compañero de viaje que se suponía iba a ser?, ¿qué sucedería si, al aceptar la ejecución de la obra en dos fases y tras construir la parte subterránea, el obispado continuase sin disponer de medios suficientes para concluir el edificio?, ¿quedaría ahí una obra a medio acabar durante años, como ha sucedido con el cercano edificio de la antigua Cámara de Propiedad Urbana?

El proceder del obispado de Bilbao no es serio, además de estar fundamentado en el engaño, y el caso es que recientemente se ha filtrado un documento -quizás por parte de alguien en el propio ayuntamiento o en el obispado incapaz de soportar tanta trapacería- que demuestra hasta qué punto el obispado se cree con la prerrogativa de hacer de su capa un sayo.

Desde el Subárea de Licencias de Obras y Aperturas se ha enviado, con fecha del 8 de febrero de 2022, una carta al obispado de Bilbao, cuyo Asunto es la “Subsanación de deficiencias del proyecto”, mediante la que se le concede el plazo de un mes para que aporte “una justificación técnica más detallada que fundamente su petición” de dividir la obra en dos fases y que “en tanto en cuanto no aporte la referida justificación técnica y se apruebe la ejecución solicitada en las dos citadas fases, queda radicalmente prohibido dar comienzo a la ejecución de las obras, advirtiéndose de que, si no presenta tal documentación en el plazo señalado, se le entenderá por desistido de la citada solicitud en el expediente”.

Supongamos ahora: si esa documentación justificativa no es entregada -el plazo concluye el 8 de marzo-, el obispado tendrá que iniciar las obras para acometer la integridad del proyecto de construcción, pero ¿y si después no dispone de los recursos económicos necesarios para concluirla y se ve obligada a dejar la obra a medio hacer? Recuérdese el edificio de la antigua Cámara de Propiedad Urbana -un inmueble más pequeño que el pretendido por el obispado-, sus más de 10 años en incordiantes obras, sus mecanotubos invadiendo las calles, sus largos periodos de paralización y que, aún hoy, continúa sin acabar.

Bastantes problemas tiene la iglesia católica con las usurpaciones de bienes inmuebles que nunca le pertenecieron (inmatriculaciones) y con las vergonzosas acusaciones de pederastia, no añada aquí un problema más por abuso urbanístico y renuncie ya a lo que desde un principio fue mal gestionado, con mentiras y apaños en las covachuelas del poder municipal… y a espaldas de los vecinos, esos a los que desde la alta autoridad bilbaína se asegura tener como prioridad.

Aires de Finlandia en Beci (Sopuerta).

Javier González de Durana

Semanas atras, en una entrada titulada Ecos de Ronchamp, publiqué una imagen defectuosa (la única que tenía en aquel momento) de la pequeña iglesia dedicada a San Cosme y San Damián, moderna rareza rural en Beci, en la deliciosa aldea del bizkaino valle de Sopuerta (Encartaciones). El motivo era que el blanco hastial delantero tiene incrustados unos vidrios de colores que recuerdan vagamente el muro lateral de la capilla de Ronchamp. Un amigo me pregunta si puedo decir algo más sobre esa iglesia diseñada por el arquitecto bilbaíno Rufino Basañez en 1958-59. Ahí voy.

En una conferencia sobre Julián Larrea que pronuncié en la Delegación bilbaína del Colegio Oficial de Arquitectos Vasco-Navarro hace tres años, mostré la imagen de esa singular ermita para ponerla en relación con la iglesia que Larrea había diseñado en el cercano Villarcayo, dentro del conjunto residencial veraniego para niños y niñas allí construido a principios de los años 60, debido a que ambas comparten una característica formal de cierta singularidad en la zona, cual es la pronunciada inclinación de sus dos cubiertas, lo que genera unas fachadas de acusada triangularidad. Como el asunto era marginal dentro del conjunto de la conferencia, no presté demasiada importancia a la influencia que ambos pudieron haber tenido a la hora de adoptar esta tipología, así que, recordando alguna iglesia mexicana de Félix Candela, mencioné el nombre de éste en relación con la iglesia de la Medalla de la Virgen Milagrosa (Ciudad de México, 1953-55). Más tarde, pensando sobre ello, me dí cuenta que había otras influencias para Basañez y Larrea más próximas y lógicas.

Histórico templo de Beci, situado en una ladera a cierta altura y distancia respecto al núcleo de la aldea.

La histórica iglesia parroquial de Beci había entrado en ruina y el joven presbítero llegado al valle encartado, Enrique Abian Romero, tuvo la audacia de encargar un nuevo templo a un arquitecto también joven imbuido de ideas renovadoras procedentes, principalmente, del norte de Europa.

Tomadas del excelente trabajo realizado por Gorka Pérez de la Peña Oleada, Arquitectura religiosa contemporánea en Bizkaia, 1865-1975 (Museo Diocesano de Arte Sacro, Bilbao, 2004), muestro varias fotografías sobre el proyecto, la construcción y el estado final del templo diseñado por Basáñez. Señala Pérez de la Peña que se trata de «una nave de formas sencillas cuya nota mas destacada es la expresión de la estructura, de forma triangular, realizada con una tecnología constructivamente avanzada para la época: pilares y vigas de hormigón armado prefabricados insitu, a pie de obra», resaltando la utilización de «recursos mínimos: la plástica de la luz, el acierto en la textura de los materiales y el mimo en el diseño de algunos elementos». La luz interior tiene dos fuentes: de una parte, la cromática procedente de los pies del templo y, de otra, la suministrada por dos hileras de estrechas y largas ventanas que recorren los muros laterales a media altura. Hay más virtudes en esta pequeña construcción, pero con los mencionados es suficiente.

En el proyecto se observa que, en principio, el hastial de la fachada estaba resuelto de otra manera diferente a como finalmente se ejecutó, esto es, sin los vidrios de colores insertos en el muro y con un hueco en lo alto para acogimiento de la campana, lo cual explica la ausencia del campanile exento y de la cubierta de comunicación entre la entrada del templo y el pie de dicho campanile. La inclinación de la cubierta de la casa parroquial también cambió.
La iglesia de Beci, recién terminada de construir.

Pérez de la Peña indica que Basañez, «ante la ausencia de modelos, conceptualizó desde el proyecto arquitectónico la tipología religiosa», brillantemente. Esto último es muy cierto, pero en cuanto a la ausencia de modelos puede abrirse debate. Cierto que no los había en el entorno geográfico cercano, pero sí existían en otras áreas de Europa.

El primer ejemplo es la iglesia de la Salla, una región de Laponia devastada por el paso de las tropas hitlerianas, en Finlandia, desarrollada por Eero Eerikäinen y Omo Sipari entre 1947-50 con similares características y para una parecida comunidad social campesina. En 1947 se llevó a cabo un concurso de arquitectura mediante el que la parroquia expresó su deseo de disponer de un edificio al estilo de las antiguas iglesias finlandesas. El concurso fue ganado por Eerikäinen y Sipari, entonces aún estudiantes de arquitectura, con una propuesta en la que la forma de las iglesias en piedra de techos empinados de la Baja Edad Media local se combina con ideas y materiales modernos. En Laponia la acusada inclinación de las cubiertas tiene que ver con los largos periodos de tiempo durante los que la nieve cubre esa región, de manera que esa solución hace que la nieve resbale con facilidad hacia el suelo sin estancarse sobre los tejados.

El exterior de la iglesia es casi completamente blanco y negro, y los frontones tienen sencillas formas triangulares. Sobre la mampostería del muro de cabecera del hastial hay una gran cruz y en el muro de la fachada, una pequeña ventana en forma cruciforme, los altísimos planos del tejado están cubiertos con tejas alquitranadas. Otra referencia a la antigua tradición religiosa es el campanario separado, muy puntiagudo.

Eero Eerikäinen y Omo Sipari en la Salla, Laopnia, Finlandia, exterior recién construido.
Eero Eerikäinen y Omo Sipari en la Salla, Laponia, Finlandia, exterior en la actualidad.
Eero Eerikäinen y Omo Sipari en la Salla, Laopnia, Finlandia, interior en la actualidad.

A partir de esta idea otro finlandés, Eero Saarinen, diseñó poco después la capilla para una comunidad educativa en Fort Wayne, Indiana, Estados Unidos, entre 1953 y 1958. La tenue iluminación interior crea un espacio de sosiego, mientras que la luz del día desde un tragaluz y las ventanas laterales iluminan dramáticamente el altar, una pieza de mármol de seis toneladas. El campanario aislado y puntiagudo se repite aquí también.

Eero Saarinen, capilla de la Concordia en Fort Wayne, Indiana, exterior.
Eero Saarinen, capilla de la Concordia en Fort Wayne, interior.

En base a una trama romboidal, placas de cerámica componen la pared situada detrás de una cruz minimalista, desplegándose verticalmente. Todo el espacio está iluminado con suavidad por una luz que penetra a través de aberturas de ventanas bajas a lo largo de cada pared lateral. Esto se complementa con otra entrada de claridad a lo largo de la cresta de la bóveda y por los laterales del muro de cabecera, en forma de «V» invertida. El efecto es a la vez sutil y sobrecogedor; pureza de un espacio que evoca la severidad luterana.

Iglesia del Tránsito, de Luis Cubillo de Arteaga, en Canillas, Madrid. Alzado frontal.

En España esta tipología tuvo algún eco notable, siendo el caso más conocido el de la Iglesia del Tránsito, de Luis Cubillo de Arteaga, en Madrid, distrito de Canillas, levantada entre 1961 y 1963, con posterioridad a la de Beci. En su caso la fachada ya no tiene unos pocos vidrios aislados, sino que toda ella es un gran vitral que inunda de luminosidad y color el interior, además de introducir luz mediante ventanales alargados laterales semejantes a los de Beci. La nave se cubre con un tejado a dos aguas con una gran inclinación y estructura formada por pares de cerchas triangulares que arrancan directamente del suelo. El interior es de una gran y desornamentada sencillez, con las cerchas vistas y grandes superficies de piedra artificial. Aunque se ha señalado en su forma la transposición de un modelo de arquitectura funeraria, lo cierto es que esta construcción también es deudora de la Iglesia lapona de la Salla.

Iglesia del Tránsito, de Luis Cubillo de Arteaga, en Canillas, Madrid. Alzado lateral y sección transversal.
Iglesia del Tránsito, de Luis Cubillo de Arteaga, en Canillas, Madrid. Exterior de la fachada trasera al poco de terminarse el templo.
Iglesia del Tránsito, de Luis Cubillo de Arteaga, en Canillas, Madrid. Fachada y lateral exteriores.
Iglesia del Tránsito, de Luis Cubillo de Arteaga, en Canillas, Madrid. Vidriera en el hastial delantero visto desde el interior.
Iglesia del Tránsito, de Luis Cubillo de Arteaga, en Canillas, Madrid. Estructuras metálicas para las cubiertas y ventanales alargados y estrechos para la iluminación general.

A continuación incluyo algunas imágenes interiores y exteriores de la Iglesia de Beci tal como se encuentra en la actualidad. El mantenimiento del campanile es deficiente, causa por la que padece degradación y pérdidas materiales en diversos puntos. Por lo demás, el interior se conserva en muy buenas condiciones.

Son trece los vidrios de colores, los que la creencia popular de Beci interpreta como doce apóstoles y Cristo.
El Cristo levemente expresionista sobre el altar es una talla en madera de Vicente Larrea, de 1958-59

Dashiell Hammett nos saluda.

Javier González de Durana

Escultura de un halcón en el acceso al Continental Trust Building, Baltimore.

Tal día como hoy, 7 de febrero, de 1904 la ciudad de Baltimore ardió. Hace unos meses, con motivo del 150 aniversario del incendio de Chicago, publiqué aquí un post corto pero muy ilustrado sobre aquel fuego. No me voy a especializar en incendios urbanos; tranquilos. El de hoy es el segundo y último. La efemérides, además, es poco lucida: 118 años. Si fueran 100 o 125 años parecería más importante, pero un número tan irregular no lleva a ninguna parte. Claro que hay otros motivos para hablar de Baltimore y su incendio.

Por una parte, siempre que puedo, aprovecho la ocasión para referirme a los rascacielos, en particular a los norteamericanos construidos a finales del XIX y principios del XX. Tengo debilidad por ellos. Cada vez que he estado en una ciudad estadounidense me he colado al interior de esos titanes con esqueleto de acero y, si me ha sido posible, he subido hasta el ultimo piso en ascensor para después bajar por las escaleras, a pie. Aparecen mundos de una variedad sorprendente, se encuentra de todo y en muy diversos estados de conservación: en la planta 23 puede haber un gran y distinguido despacho de abogados y en la 22 un conjunto de pequeñas y destartaladas oficinas de consignatarios marítimos; en la 14 un oscuro club de acceso restringido para caballeros y en la planta 13 un salón de baile frecuentado por antiguos ciudadanos de repúblicas soviéticas. Y así todo mientras vas descendiendo. Los singulares personajes que los pueblan son otro tema: oficinistas y secretarias de todas las edades, colores de piel, indumentarias y condición, sobre todo, pero también jóvenes tiburones de finanzas a los que la avaricia les brilla en los colmillos, prejubilados de mirada perdida, barriga enorme y camisa grasienta, sujetos que hablan idiomas de sonoridad pizarrosa…, una variopinta fauna humana. ¡¡Buahhh!! y los olores, por aquí te llegan aromas de café, tabaco, tinta y papel, desde ahí fluyen vapores dulzones y melosos, por allá viene la acre fetidez de algo-que-prefieres-no-saber-qué-es… Los rascacielos erigidos después de la 2ª Guerra Mundial son diferentes, más insípidos y asépticos. Lo de «menos es más», admirado Mies, no funciona en antropología urbana.

Al grano. Uno de los pocos edificios que sobrevivieron al pavoroso incendio (1.500 inmuebles quedaron destruidos en poco más de 24 horas) fue el Continental Trust Company Building, terminado de construir en 1902, único en Baltimore diseñado por el arquitecto Daniel H. Burnham, figura importante del tipo de rascacielos desarrollado a partir del incendio de Chicago. Obras notables de Burnham son, entre otras, el Flatiron Building, en Nueva York, la Union Station, en Washington D.C. y el plan de mejora urbana de 1909 para Chicago, un hito en el desarrollo de la planificación urbanística moderna. El interior de este edificio en Baltimore, de 16 pisos «completamente a prueba de fuego«, ardió como una antorcha durante el incendio de 1904. En este punto urbano la combustión alcanzó su punto más alto, aproximadamente 1.300° C, y el rascacielos resultó calcinado por dentro de arriba a abajo. El exterior, sin embargo, sobrevivió intacto al fuego y el edificio se convirtió en objeto de estudio entre arquitectos e ingenieros. La principal alteración del edificio después del Incendio fue la desafortunada eliminación de la mayor parte de su hermosa cornisa. En estas fotografías se muestra su apariencia original y el aspecto de la fachada trasera después del fuego.

The Continental Trust Building, circa 1903.

Una curiosidad de este edificio es que en él estaba la sede de la Continental Insurance Company, una empresa de seguros especializada, precisamente, contra incendios. Solicitaron a Burnham que hiciera una inspección de daños y realizara un informe sobre el estado del edificio que él mismo había diseñado. El arquitecto no desaprovechó la ocasión para hacerse publicidad: «Véase cuánto mejor se comportó este edificio -al haberse utilizado en él estructuras de acero y protección de terracota contra incendios (como yo recomendé)- que su vecino, el cual no utilizó esta tecnología«. Rehabilitado inmediatamente después, a los dos años ya estaba a pleno funcionamiento de nuevo. Tras haber sobrevivido al no menos incendiario paso del tiempo, el edificio hoy se halla incluido en el Registro Nacional de Lugares Históricos y está catalogado como un Monumento histórico de la ciudad de Baltimore desde 1982.

No obstante, el inmueble también es digno de mención por haber albergado las oficinas de la Pinkerton National Detective Agency, que tuvo como empleado al novelista Dashiell Hammett, encontrando inspiración para sus novelas en el trabajo que desempeñó como investigador para esta agencia. Hammett experimentó el sórdido vientre de la ciudad atlántica y fue apuñalado, al menos una vez, en el ejercicio de sus tareas. Algunos de sus duros e inflexibles compañeros sirvieron de base para sus personajes.

Continental Op, el personaje principal de su primera novela, Cosecha roja, un detective testarudo que vive según su propio código, recibió su nombre de este edificio. También se especula que los dos halcones que coronan las pilastras a ambos lados del portón de acceso al Continental Trust Building inspiraron la preciada estatuilla en El halcón maltés. Las ásperas calles de Baltimore sirvieron de escenario para la novela favorita de Hammett, La llave de cristal. Por desgracia, muchos de los lugares mencionados y descritos en sus novelas ya no existen. El lujoso Hotel Rennert, que servía como base de operaciones del corrupto jefe político en The Glass Key fue arrasado en 1941. Continental Op sueña con una fuente en Harlem Square Park que desapareció hace tiempo.

Hammett empezó a trabajar en Pinkerton en 1915, antes de servir en la 1ª Guerra Mundial, donde contrajo la tuberculosis. A lo largo de la década de 1920 vivió en San Francisco, ciudad en la que escribió la mayoría de sus novelas, incluida El halcón maltés, pero nunca olvidó sus raíces de Baltimore y el trabajo para los Pinkerton. Al rememorar las calles y lugares de esta ciudad añadió una pátina de autenticidad y realismo a sus narraciones. Más tarde, Hammett se involucró en el Partido Comunista de los EE.UU. y finalmente fue encarcelado por el macartismo en 1951 durante seis meses. El tiempo en la cárcel pasó factura al escritor, quien ya se encontraba en mal estado debido a la interacción de la tuberculosis, el tabaco y el alcoholismo. Murió en Nueva York en 1961.

Si miro esa coloreada fotografía del edificio al poco tiempo de ser construido, me fijo en un hombre que está apostado al borde de la gran puerta de acceso al interior, al pie de la pilastra sobre la que un halcón despliega sus alas. No puede ser Hammett, pues en el momento que se tomó la foto nuestro detective favorito debía tener ocho o nueve años, pero me gusta pensar que era él o alguien muy parecido a él, que ese tipo era el que se convertiría en Sam Spade y que, aunque apenas se aprecie, con disimulo para no llamar la atención, nos envía un discreto saludo.