Puentes y navegabilidad en la ría

/ Javier González de Durana /

El justificado deseo de que el tranvía de Bilbao llegue hasta los nuevos territorios urbanizados de la isla de Zorrotzaurre se convertirá en una realidad que agradecerán los futuros vecinos, trabajadores y usuarios. Dotar a ese espacio en gestación de todas las formas de acceso razonable incluye el tranvía, sin duda, con la condición de que este modo de transporte no cause un daño mayor que el beneficio que proporciona. Ni en esto del transporte ni en cualquier otra cuestión tiene sentido que para ganar un euro se gasten dos o que para establecer una nueva vía de comunicación se anule otra vía natural e idiosincrásica. Es obligación del Ayuntamiento y de Euskal Trenbide Sarea, el gestor ferroviario vasco encargado de diseñar su futuro trazado, encontrar la manera más razonable de hacerlo, que la ganancia comunicacional no cause graves pérdidas de orden simbólico, por ejemplo.

Cada vez que la ciudad de Bilbao conquistó un nuevo territorio para su expansión urbana, poco antes o después, se construyó un puente. De hecho, el nacimiento mismo de Bilbao está ligado a la construcción del puente de San Antón. La vieja puebla al pie de las minas dio el salto a la margen derecha para fundar la Villa y esa decisión fue posible gracias al puente, el cual quedó plasmado en el escudo de la ciudad. Por tanto, la identidad entre Bilbao y un puente es completa.

A medida que a partir de sus tres calles originarias la ciudad crecía aguas abajo fueron apareciendo puentes, de madera, de hierro, colgantes, fijos, móviles hacia un lateral o hacia arriba, colgante transbordador…, puentes de todo tipo siempre que permitieran el paso de embarcaciones a vela. El puerto comercial de Bilbao llegaba hasta el mismo puente de San Antón y la actividad mercantil, fuente principal de la vida económica local, se nutría con las cargas transportadas en bodegas de embarcaciones llegadas desde otros mares o con las de lana traídas por tierra desde Castilla y las del hierro extraído en Mirivilla para ser transportadas a mercados distantes del norte de Europa. Impedir el paso de estas embarcaciones suponía estrangular la vida de la ciudad. Todos los puentes construidos hasta los años 30 del siglo pasado tenían en cuenta un requerimiento: los barcos debían tener paso franco, como fuese, y los ingenieros se las apañaban para que, con arte e ingenio, los barcos pasasen. Los altos arcos del medieval puente de San Antón, sobre todo el más próximo a la iglesia, dan a entender que, además de lanchas y gabarras, barcos de cierta arboladura pasaban por debajo hasta el muelle de Ibeni, en las inmediaciones del convento de la Encarnación. Como señalaría Adolfo Guiard siglos después, «la civilización llega hasta donde llega la marea», esto es, hasta donde llegaba la jurisdicción de la Junta de Obras del Puerto, algo más arriba del puente medieval, en consecuencia, hasta donde podían llegar los barcos con marea alta.

Bilbao nació y ha existido por su ría, aunque sería más preciso decir que su existencia tal como la conocemos es fruto de la navegabilidad de la ría. Bilbao y ría navegable es un binomio conceptual inseparable. Sin navegabilidad Bilbao habría existido, sí, pero sería una ciudad completamente diferente. Precisamente, su mayor capacidad funcional como ruta de comercio y puerto se logró en la ría a partir del momento en que se eliminaron las dificultades físicas que, en ocasiones, impedían o limitaban a los barcos el tránsito fluido aguas arriba y aguas abajo. El encauzamiento de las orillas fluviales, las correcciones de su curso en Sestao, Erandio y Barakaldo, la eliminación de los churros (fondos rocosos en el lecho) en Olabeaga y, sobre todo, como inicio, la eliminación de la barra de arena en Portugalete, posibilitaron el esplendor de Bilbao y su ría a partir de 1877.

El tranvía cuyo trazado hasta Zorrotzaurre se ha dado a conocer recientemente aprovecha parte del antiguo vial del tren Bilbao-Santurce, actualmente abandonado, e incluye un puente a la altura de Olabeaga, tras el campo de fútbol de San Mamés, en un lugar donde se prevén otras intervenciones que cambiarán drásticamente o eliminarán algunas señas de identidad de este barrio, como ya escribimos aquí hace unas semanas. La diferencia de cotas entre el punto en que el tranvía se separará de su actual trazado, plaza del Sagrado Corazón, y el punto de la ribera cercana en donde se ha decidido que cruce la ría y, por tanto, se apoyen algunos estribos del puente, es tal que obligará a una fuerte remodelación de esa ladera, sobre todo en su parte final, donde el trazado plantea un giro de 90 grados, antes de saltar muy por encima de la carretera ribereña y del agua. Un nuevo adiós a ese paisaje. Sin embargo, la mayor repercusión operará en la ría ya que el necesario puente de comunicación entre las dos orillas, tal como aparece diseñado en los bocetos que se han dado a conocer, funcionará como una barrera infranqueable para embarcaciones de porte elevado. Un diseño vulgar, para lo que ha sido la brillante historia de los puentes en esta ciudad, remata el asunto.

Trazado del tranvía. / Estudio informativo TYPSA – ETS.

Plano del trazado del tranvía en el paso entre Olabeaga y Zorrotzaurre. / Estudio informativo TYPSA – ETS.

Bilbao ha perdido lo mejor de su arquitectura industrial, perdió los palacetes que se edificaron en el Ensanche con la primera capitalización industrial, perdió la segunda generación de chalets ajardinados al de poco tiempo…, elementos físicos que podrían haber sido reutilizados con otros fines, conservando su materialidad. Ahora le ha llegado el turno a lo inmaterial simbólico: se está a punto de perder la navegabilidad de la ría si para ese puente se elige un diseño barato, ramplón y bloqueador. En esta ciudad que ha dado sobresalientes ingenieros durante más de un siglo y medio tiene que haber un ingeniero que conciba cómo trazar ese puente sin arrebatar a la ría su condición de navegable, lo que es como decir, sin quitar a Bilbao la razón histórica de su existencia. Y tiene que haber un Ayuntamiento y un Euskal Tranbide Sarea que lo apoyen y hagan posible. Es verdad que ya no recorren las aguas de la ría aquellos grandes veleros y buques que traían y llevaban civilización, pero ¿es este motivo suficiente para poner una barrera donde siempre hubo paso abierto? Si ahora ponemos fin a la navegabilidad a causa de un diseño deficiente y tacaño, ¿cuál será el siguiente paso?; si el beneficio económico lo avalase ¿se cubriría la ría para ganar suelo donde construir más edificios?

No sería la primera vez que se pensase tal posibilidad. Durante los años más desarbolados del liberalismo económico ya lo hizo el ingeniero Alberto de Palacio en 1893 al concebir un puente grandioso que pretendía cubrir la ría desde el Arenal hacia la Merced a lo largo de casi 225 metros, con el que el «Bilbao viejo quedará libre de la vecindad de la ría, a la verdad no muy agradable ni sana», según palabras de La Ilustración Española y Americana. El edificio en sí, con potente dotación monumental que incluía una galería interior acristalada, a la manera de otros edificios similares en París, Milán…, tenía elevado interés constructivo como todo lo que concibió el ingeniero bilbaíno, pero en ocasiones se dejó llevar por utopías un tanto desquiciadas, como ésta de convertir un tramo central de la ría en algo cercano a una alcantarilla. Alberto de Palacio era hijo de su tiempo y trabajó para las fuerzas económicas locales, las cuales alentaron y debieron de frotarse las manos ante la enorme cantidad de metros cuadrados edificables para comercios, oficinas y viviendas junto a un casco viejo que sólo ofrecía pequeños y aislados solares. La pieza sacrificada hubiese sido la ría. El proyecto no salió adelante por falta de financiación y, en el fondo, por su absurda ubicación. Edificios como ese, puestos a levantarlos, demandaban ya su instalación en el nuevo Ensanche.

A diferencia de los puentes en San Sebastián, decorativos, escultóricos y «parisinos», los de Bilbao, con austeridad ingenieril, no acostumbraban a enmascarar su forma ni su función, sino que incluso exhibían la mecánica de su movilidad como un valor ornamental.

Aprovéchese la oportunidad que ofrece el puente del tranvía a Zorrotzaurre para añadir una nueva pieza constructiva a Bilbao, algo ligero y airoso, liviano a la vista, que cruce el espacio fluvial con elegancia y añada un nuevo dato de hermosa singularidad a un barrio que está perdiendo las señas seculares que tiene. Inspírense en los cargaderos de mineral que abundaron en esa zona, yo qué sé, piénsenlo con cariño, pues no parece haberse puesto mucho de esto último. Bilbao recibió de la Naturaleza el regalo de una ría navegable. Si anulamos esta cualidad ¿Bilbao seguirá siendo el mismo? ¿quién fue aquel que prefirió perder su alma por ahorrarse o ganar unas monedas?

La Ilustración Española y Americana, Madrid, 23 de agosto de 1893.

Fundición Aceros Echevarría (HEVA), en Begoña

/ Javier González de Durana /

Vista aérea de las instalaciones en pleno funcionamiento a principios de los años 70.

La Asociación Vasca de Patrimonio Industrial y Obra Pública nos recuerda que tal día como hoy, 2 de diciembre, hace 40 años dieron comienzo las primeras Jornadas sobre la Protección y Revalorización del Patrimonio Industrial, una iniciativa pionera impulsada desde el Departamento de Cultura del Gobierno Vasco bajo la dirección de un Comité Científico encabezado por Teresa Casanovas y Eusebi Casanelles. De hecho, las Jornadas fueron una colaboración entre Euskadi y la Generalitat de Catalunya con una amplia participación internacional de ponentes. Era la primera vez que un relevante grupo de historiadores, ingenieros y arquitectos se reunía en España para reflexionar sobre estrategias a seguir en lo que ya entonces se veía venir: la destrucción, más o menos sistemática, de los vestigios industriales que caracterizaron los siglos XIX y XX.

Durante el segundo semestre de aquel 1982 se vivió en Bilbao una intensa actividad en lo concerniente a la toma de conciencia acerca del valor de la «arqueología industrial», una expresión que entones era común en Europa. El 15 de junio se creó la Asociación de Amigos del Museo de la Ciencia y la Técnica del País Vasco, presidida por el jurista Adrián Celaya e integrada por historiadores, ingenieros junto con el artista Agustín Ibarrola, autor del logotipo de la Asociación. El 6 de octubre la Asociación emitió un comunicado en el que mostraba su preocupación por la desaparición de las instalaciones de la fábrica Echevarría, en Begoña, cuyo desmantelamiento estaba anunciado que comenzaría aquel día. Los medios de comunicación recogieron algunas frases del comunicado que no lograban transmitir la importancia de aquel derribo masivo y su alerta pasó desapercibida. En este contexto tuvieron lugar las Jornadas, en Barakaldo.

Aunque yo era el secretario de aquella Asociación, tratando de sacudir un poco el ambiente, a título particular escribí un artículo sobre el asunto de «Echevarría». El periódico al que lo envié no lo publicó y tampoco se justificó, aunque no tenía porqué hacerlo ya que no se trataba de un texto solicitado, sino una espontánea iniciativa personal. Supongo que debieron de considerar como un despropósito que alguien clamara por preservar algo de aquella inmensa fábrica que tanto había contaminado con sus humos y ruidos las zonas urbanas próximas. Conservé una copia del texto, el cual traslado aquí ahora.

LA FÁBRICA DE «ECHEVARRÍA» EN BEGOÑA SE DESGUAZA.

Una pérdida irreparable para nuestro patrimonio arquitectónico, histórico-social y técnico.

Cuando todavía no hemos terminado de suspirar de alivio por haber conseguido llegar a tiempo para conservar la ferrería del Pobal y cuando ningún lamento, por profundo que sea, nos permitirá recuperar los primeros hornos altos instalados en Vizcaya (Bolueta), ni los trenes aéreos de mineral, ni los cargaderos de la ría, ni la fábrica de porcelana de San Mames (Busturia), ni tantos y tantos elementos de los orígenes de la industrialización en Vizcaya, ahora, aún hoy, todavía no hemos aprendido la lección y contemplamos sin remordimientos cómo otro elemento más (simbólicamente ubicado hoy junto al corazón de Bilbao, como la fundición del hierro lo ha estado en el de su economía) desaparece. Las naves industriales de la colina de Artagan se han vendido a tanto el kilo y ya se está en proceso de desmontaje. Dado el ritmo de trabajo que éste lleva les tocará su turno dentro de pocos meses a los dos pabellones más interesantes desde el punto de vista de sus dimensiones y de su técnica constructiva (el de forja y el de hornos). 

Curiosamente, cuando hace algunos años se presentó el proyecto que Ricardo Bofill planeó para los terrenos de le fábrica diversas voces se alzaron en contra de él, pero ninguna planteaba la conveniencia de la desaparición de los pabellones, No ha sido sino hasta que los hemos visto amenazados y desaparecer, cuando nos hemos apercibido que forman parte íntima de la ciudad consolidada y una seña de identidad clave en la imagen personal de Bilbao. 

Mientras que en Estados Unidos, Inglaterra y otros países pioneros de la industrialización las instalaciones fabriles obsoletas son mimosamente conservadas mediante readaptaciones arquitectónicas y reconversiones de sus usos (véanse al respecto las actas de las ICCIH -International Conference on the Conservation of the Industrial Heritage- y las experiencias de los “Heritage Center” parques culturales urbanos de USA) aquí seguimos con la lógica urbanística de los años 50, 60 y 70: demolición de los edificios que, habiendo perdido su función inicial, están fuera de uso, dejando paso a operaciones de renovación urbana. 

Hay que decir en voz alta que los mismos criterios, exactamente los mismos, que utilizamos para respetar monumentos como torres banderizas, iglesias góticas, palacios renacentistas, retablos barrocos y Ensanches burgueses, sirven para hacer que se deba respetar la huella de la industrialización, y entre esos criterios, principalmente por uno: esa huella es irrepetible, ya no se construye así, ya no se harán más chimeneas de ladrillo, ya no se utilizará más el hierro y el ladrillo para construir naves industriales en la manera en que se utilizaron aquí. La cuestión tiempo, al referirnos a la industrialización, es un factor menor; algunos de los pabellones más interesantes de «Echevarría» no llegan a tener 50 años, pero ya son producto de una tecnología periclitada. Como lo son máquinas que no han cumplido los 25 años y ya han sido sustituidas por otras. Máquinas, locomotoras de un tren interior, hornos, cazos…, todo ello no vale más que su peso en hierro a tanto el kilo… ¿o ya empezamos a creer que tienen otro valor? 

Las autoridades locales, provinciales o autonómicas deben negociar con «Echevarría», propietarios del terreno, y con la empresa propietaria hoy de las instalaciones la conservación y reconversión, siquiera, de las dos naves citadas. Las reuniones de la ICCIH han demostrado a las claras la gran versatilidad de estos edificios al buscarles nuevos usos, máxime si éstos son de interés colectivo y público, cuestión que, por otra parte, se enlaza admirablemente bien con el hecho de que en el futuro en esa zona existirá un parque público. 

Con la desaparición de los pabellones de «Echevarría» asistimos a la representación de una saturnalia, a la materialización de la idea -fuertemente ligada al sentimiento de que la vida es duración y sustitución y de que el sacrificio es la única fuente de la nueva creación- de que todo reinado ha de ser sustituido por otro. Bilbao, como Saturno, con su hambre devoradora de vida y que consume todas sus creaciones, sean seres, cosas, ideas o sentimientos, devora las naves industriales de Begoña. Pero lo que en Saturno es lógico por simbolizar el tiempo y la actividad, el dinamismo lento e implacable, en Bilbao es absurdo porque los habitantes de esta ciudad no somos dioses y por eso aspiramos a ser flexibles más que implacables y porque ya que una parte importante de la historia económica y social de Bilbao (y, por lo tanto, de su modo de ser actual) se ha desarrollado en esta fábrica que nos ha contemplado desde le alto de una colina durante de más de 100 años, lo menos que puede hacerse, en compensación por lo anterior, es preservar para el futuro un leve recuerdo de su existencia. Ese lugar y sus pabellones pertenecen a la memoria histórica de la villa, sin ellos nos habremos automutilado el recuerdo y tengamos presente que la memoria es el mejor aliado de la imaginación. 

No se trataba de conservar todas las instalaciones fabriles, sino uno o dos pabellones representativos por la tecnología con que habían sido construidos y la capacidad para funcionar con un uso publico polivalente tras su rehabilitación y reconversión. Como es bien sabido, sólo se mantuvo una chimenea de todo aquello. Todavía me reconozco en aquella manera de escribir, un tanto ingenua y pedagógica; era la primera vez que se decía que habría que conservar unas construcciones que mayoritariamente la sociedad bilbaína quería que desaparecieran, pues nadie comprendía aún sus valores y singularidades. En la actualidad lo escribiría de otro modo, pero la sustancia y el objetivo serían los mismos. Hoy se conservarían algunas de aquellas naves industriales y en ellas podrían acogerse conciertos, reuniones, mercadillos, celebraciones, ser punto de encuentro para el barrio en días lluviosos…

Al hablar del proyecto Bofill, para el cliente «Echevarría S.A.» en 1977, conviene recordar cómo fue; aquí pongo un enlace a las muchas imágenes que elaboró el arquitecto catalán y esta es su pequeña descripción: «Presentado sobre el antiguo solar industrial de la fábrica Echevarría, la operación combina de manera equilibrada unidades residenciales y equipamientos públicos, incluyendo una escuela, dentro de una “ciudad jardín”. La operación ofrece una amplia variedad de unidades residenciales para familias con diferente poder adquisitivo. El proyecto incluye un parque central accesible a los residentes de los barrios vecinos».

Imagen del proyecto Bofill, de haberse materializado.

Portales accesibles y cuidado patrimonial

/ Javier González de Durana /

El aparato decorativo y la riqueza de los materiales utilizados en algunos portales los convierte en verdaderas joyas del diseño y el patrimonio arquitectónico de valor histórico. En ellos la más pequeña modificación supone pérdida y daño. En este caso, portal sin ninguna alteración, tan sólo con la presencia de unos inadecuados carteles modernos. Marqués del Puerto 9 (1902), arq. Mauricio Beraza Zárraga.

Existen muchos inmuebles de viviendas que no cuentan con la accesibilidad reglamentaria en sus portales. Se trata de un asunto delicado porque supone la discriminación parcial de un número considerable de personas, el 8,5% de la población, es decir, casi 4 millones de personas residentes en algo más de 3 millones de hogares. Por otra parte, en multitud de edificios históricos protegidos no se pueden plantear obras que modifiquen su construcción y aspecto. Cuando fueron diseñados, además, no se tuvo en cuenta la posibilidad de añadir un ascensor y, dado que los espacios existentes son reducidos o insuficientes, la consecuencia es que la accesibilidad desde la calle hasta sus viviendas para personas con movilidad limitada se convierte en un asunto de difícil solución. Este es el principal problema planteado a la hora de instalar un ascensor en un edificio de tales características. Ni la ley del Patrimonio Histórico Español de 1985 ni la normativa autonómica contemplan los aspectos de accesibilidad. Actualmente, el límite a la hora de implementar nuevos parámetros de restauración y mejora de servicios viene dado por la declaración de Bien de Interés Cultural. 

Cada edificio posee unas características determinadas y cada proyecto de intervención debe analizar las posibilidades que ofrece para hallar la mejor solución. Los edificios que cuentan con un patrimonio histórico no deben quedar exentos de ciertos elementos de accesibilidad. Cualquier arquitectura que forme parte del pasado debe soportar tantos requisitos como una actual. Las personas y su total accesibilidad a la calle y a su vivienda son el objetivo; los edificios, todos, deben adaptarse. Ello exige estudio atento y sensibilidad humanista por parte de los profesionales que se encarguen de dichas obras.

El principal problema está en la toma de decisiones que pueden conducir a alteraciones arquitectónicas desvirtuadoras de su valor y atractivo. Para evitarlo es preciso un análisis estructural exhaustivo del inmueble, detectando las necesidades y sus soluciones más efectivas y teniendo en consideración que toda intervención en el patrimonio debe ajustarse a parámetros de respeto histórico para lograr la mayor compatibilidad entre lo ya existente y lo recién aportado. 

Bajar a cota cero un ascensor -a pie de calle- significa eliminar los escalones existentes desde la entrada del edificio hasta el ascensor, facilitando el acceso al mismo. Las barreras arquitectónicas existentes tanto en edificios públicos como privados dificultan el día a día de personas discapacitadas, ancianos o familias con carritos de bebé que demandan, como no puede ser de otra manera, una accesibilidad total. Ello implica eliminar cualquier obstáculo de nivel que exista para llegar al ascensor.

Pese a que lo más recomendable -y, al final, lo más práctico y, de hecho, lo obligatorio si es la única forma de asegurar accesibilidad- es bajar el ascensor a cota cero, existen otras opciones, como la instalación de plataformas salvaescaleras y la construcción de rampas, las cuales conllevan otro tipo de destrozos, quizás menores, pero que también modifican el estado preexistente. Esa obligatoriedad es imperativa cuando la demanda de ascensor procede de personas mayores de 70 años o con minusvalía:

“Tendrán carácter obligatorio y no requerirán de acuerdo previo de la Junta de propietarios, impliquen o no modificación del Título Constitutivo o de los Estatutos, y vengan impuestas por las Administraciones Públicas o solicitadas a instancia de los propietarios (…) Las obras y actuaciones que resulten necesarias para garantizar los ajustes razonables en materia de accesibilidad universal y, en todo caso, las requeridas a instancia de los propietarios en cuya vivienda o local vivan, trabajen o presten servicios voluntarios, personas con discapacidad, o mayores de setenta años, con el objeto de asegurarles un uso adecuado a sus necesidades de los elementos comunes, así como la instalación de rampas, ascensores u otros dispositivos mecánicos y electrónicos que favorezcan la orientación o su comunicación con el exterior, siempre que el importe repercutido anualmente de las mismas, una vez descontadas las subvenciones o ayudas públicas, no exceda de doce mensualidades ordinarias de gastos comunes” (Artículo 10.– Obras de conservación y accesibilidad, en la Ley de Propiedad Horizontal).

Las ayudas públicas incentivan estas necesarias transformaciones que no se dieron durante muchas décadas. Es natural que las comunidades de vecinos de aprovechen de ellas. Las constructoras, por su parte, deseosas de que se multipliquen estas obras se refieren a la revalorización que el inmueble tendrá gracias a ellas. En fin, lo habitual.

Imposible lograr la accesibilidad universal sin destruir el valioso diseño original de este portal. Gran Vía 42 y 44 (1924), arq. Ángel Líbano Peñonori.
En algunos portales el acceso a la plataforma donde podría instalarse un ascensor no sólo se halla varios peldaños por encima del nivel de la calle, distribuidos en tramos diversos, sino que además se encuentra a mucha distancia de la acera. Tal es el caso en este edificio. Gran Vía 58 y 60 (1920), arqs. José Mª Basterra Madariaga y Ricardo Bastida Bilbao.
En algunos casos, el tramo a sortear es tan elevado, con seis, siete u ocho peldaños, que no existe posibilidad de introducir una rampa con la inclinación ajustada puesto que el espacio delantero es corto y no lo permite. Gran Vía 46 (1919), arq. Juan Carlos Guerra Palacios.

Accesibilidad o conservación del patrimonio artístico de los edificios, ese es el dilema que afecta a los portales más característicos de nuestras ciudades. Bien por remodelación integral de los inmuebles protegidos o bien por la mencionada accesibilidad, sus elementos decorativos se desmontan en los portales que los tienen, a veces se almacenan y, con suerte, tras un proceso de restauración, vuelven a colocarse y el interior del portal retoma algo de su antiguo aspecto. Sin embargo, lo habitual es una sustitución completa del espacio, forma, materiales y aspecto global del interior del portal, incluida las puertas que, con la excusa de estar estropeadas y ser viejas, no dan buena impresión y creen llegado el momento de sustituirlas -dicen- «por unas más actuales o más elegantes». Siendo sinceros, muy pocas veces el resultado se encuentra a la altura de lo anterior, sino por debajo, muy por debajo. Hay casos que dan ganas de llorar.

Esta doble imagen plantea un caso sencillo de resolver, pero no todos son tan fáciles.

En este portal la bajada del ascensor hasta el nivel de la calle se resolvió con el estrechamiento de primer tramo de peldaños para habilitar un paso lateral. La reconstrucción de esos peldaños, así como la adecuación del paso hacia el ascensor, pudo solucionarse con cierta dignidad. Tan sólo la puerta moderna del ascensor chirría dentro del diseño general.
Gran Vía 55 (1941), arq. Pedro Ispizua Sesunaga.

Algunos portales, para no modificar lo existente, adoptan soluciones muebles, como esta rampa de quita y pon. No es bonito, pero sirve para conservar el diseño. Gran Vía 49 (1921), arq. Ricardo Bastida Bilbao.

Dos imágenes, mirando a derecha e izquierda, durante una intervención en el portal. En las dos imágenes situadas debajo de este párrafo se puede ver cómo era el portal antes de ser intervenido. Manzana completa entre las calles Rodríguez Arias, Iparraguirre, Doctor Achúcarro y Máximo Aguirre (1956), arqs. Pedro Antonio San Martín Moro, Jesús Fernández González, y Félix Sastre Uría.

Fachadas ventiladas y pérdida de identidad

/ Javier González de Durana /

Adiós al carácter de los edificios construidos en los años 50, 60, 70 y 80. Profundos cambios de color y diseño al amparo de la instalación de fachadas ventiladas. Las superficies carnosas, cálidas y profundas, junto con el bi-cromatismo que subraya líneas de forjado y lugares adintelados, son sustituidos, como en este caso, por uniformes superficies claras o blancas..

La accesibilidad y la eficiencia energética son dos de los problemas más importantes a los que hace frente una gran mayoría de edificios hoy. Esto es debido a su antigüedad, entendiendo por tal que fueron construidos hace más de 40-50 años. Dejo el asunto de la accesibilidad y la eliminación de las barreras arquitectónicas para un comentario posterior y en éste abordo la segunda cuestión.

Es bien sabido que existen importantes déficits de aislamiento térmico en los edificios construidos hace más de medio siglo, década arriba o abajo. El parque residencial del País Vasco, en concreto, es uno de los más antiguos del Sur de Europa, según el consejero de Vivienda y Urbanismo. El diagnóstico es quizás algo exagerado, pero contiene una verdad que implica elevados consumos de calefacción o aire acondicionado, los cuales, a su vez, suponen altas emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera. Conseguir ahorros energéticos en estos tiempos de crisis económica post-covid y de limitaciones energéticas, tanto por cuidado al planeta como por la guerra de Ucrania, es importante. Muy de acuerdo.

Según la normativa española, a partir de 2020 todos los edificios deben tener un consumo de energía prácticamente nulo. Una de las respuestas actuales al consumo energético, derrochador y contaminante, es la fachada ventilada: un revestimiento exterior permeable fijado mediante sistemas de anclaje al original y preexistente cerramiento; con ello se genera una cámara intermedia por la que circula el aire libremente, produciendo un efecto chimenea. Una fachada ventilada puede suponerle al edificio que la tiene un ahorro energético estimado entre el 20% y el 30% del consumo.

Desde hace pocos años en las ciudades de nuestro entorno se está viendo cómo numerosos edificios cubren sus fachadas con una segunda piel para lograr esa eficiencia energética. Se asegura que en el País Vasco más del 13% del parque de viviendas actuales lo necesita. Para facilitar las operaciones conducentes a tal ahorro el Estado ha destinado 6.800 millones de euros de los fondos europeos Next Generation EU, por varias vías de subvención, con las ventajas añadidas de que se pueden rehabilitar edificios a gran escala y con mayor rapidez en la tramitación. El Gobierno Vasco aplicará estas subvenciones con carácter retroactivo a las intervenciones de esta naturaleza realizadas desde el 1 de febrero de 2020 y las extenderá hasta junio de 2026, disponiendo para ello, de momento, de 86’3 millones de euros.

Este apoyo económico está provocando que muchas comunidades de vecinos lo aprovechen, lógicamente. No obstante, da la impresión que, a veces y a la vista de los resultados, la intervención arquitectónica se ha llevado a cabo con apresuramiento, sin un buen estudio con las mejores soluciones posibles. Debido a esto y supongo que para evitar males mayores, están proliferando las conferencias de especialistas, los simposios y foros profesionales sobre el asunto, los suplementos periodístico-informativos, las oficinas de rehabilitación energética que ayudan al peticionario de la subvención a entender la normativa y a gestionar una burocracia compleja, etc.

Voy ya a lo que me interesa decir. Las empresas que han centrado sus servicios en estas labores defienden que los edificios particulares aprovechen la renovación en las fachadas no sólo para adecuarse a la normativa y obtener fondos EU, sino también para modernizar y revalorizar las construcciones así intervenidas. Para ello, estas empresas apuestan por nuevos materiales que permiten llevar a cabo un cambio estético, aportando -dicen- un valor añadido a la fachada del inmueble. Ese revestimiento exterior se puede realizar mediante una gran diversidad de materiales, siendo habituales las placas cerámicas y de piedra natural o el muy versátil composite, una resina compuesta a base de mezclas heterogéneas de materiales sintéticos que, dependiendo de la mezcla, ofrece unas propiedades u otras.

Esos objetivos de ahorro energético están muy bien, son lógicos y necesarios, nadie los discutirá, pero sí puede y debe cuestionarse algunas de sus consecuencias visuales. Estas aparecen cuando el proyecto se diseña con nulo respeto hacia el edificio en que se interviene y no me refiero sólo a los inmuebles de obvio y declarado valor histórico, sino a otros muchos -una gran mayoría de hecho-, que no eran tenidos en mucha estima y consideración hasta que estas actuaciones han empezado a proliferar. El cubrimiento de fachadas con ladrillo caravista, construidas durante los años 50, 60 y 70, santo y seña de la arquitectura bilbaína, pone en riesgo la estética de la ciudad moderna y también su idiosincrasia al hacer peligrar la personalidad que la caracteriza, provocando una uniforme monotonía en los entornos del paisaje urbano. En Bilbao, San Sebastián, Pamplona… estamos viendo resultados lamentables que han desfigurado tanto notables edificios racionalistas diseñados por relevantes arquitectos como dignísimos ejemplos de bloques de viviendas que sólo ahora, tras un rechapado insensible y rutinario, echamos de menos en su aspecto original, con matices y detalles que antes, sin embargo, desdeñábamos o considerábamos poco interesantes. Estos alicatados en busca de eficiencias energéticas, a menudo, en manos poco profesionales y cuidadosas, suponen irrespetuosas y severas transgresiones.

Un caso en la calle Henao de intervención respetuosa en la fachada, con especial cuidado puesto en huecos y franjas de separación de pisos, incluyendo un color azul que, si bien no es tipológico en esta zona del Ensanche, sí lo fue en esta casa construida a finales del siglo XIX cuando sus alrededores eran huertas y prados.

Encapsular el edificio no es la única manera de ahorrar energía. Existen alternativas y modos paralelos al forrado de la piel original para lograr el deseado ahorro energético. Se puede actuar desde el interior del propio edificio, mediante insuflado con poliestireno o lana mineral, en caso de existir cámara de aire entre la piel del edificio y los tabiques interiores, o la sustitución de carpinterías y vidrios por otros de alta eficiencia; también por las cajas de persianas y las cubiertas se producen importantes pérdidas y consumos.

Al igual que se hace en los monumentos, también para estas operaciones se necesitan combinados conocimientos técnicos y humanísticos, pues cada caso requiere soluciones específicas y lecturas sensibles al carácter formal e histórico del edificio. Las fórmulas universales -ciegas y estandarizadas- no funcionan ante las peculiaridades de cada inmueble. Si todas las arquitecturas son distintas de origen y de hecho, también lo habrán de ser las intervenciones a las que se vean sometidas. Las comunidades de vecinos quieren ahorro energético, no que les cambien el aspecto exterior de sus viviendas. Conozco casos en que inmuebles de gran dignidad diseñados por Luis Mª Gana, José Mª Chapa e incluso Manuel I. Galíndez en Deusto, Begoña y el Ensanche han sufrido liftings penosos o cuestionables, como mínimo.

No se trata sólo de rehabilitar energéticamente los edificios mediante la actuación técnica adecuada a cada inmueble, sino también de que el nuevo material adoptado respete la lógica compositiva, la textura y hasta el color de la fachada original. Estos nuevos materiales ofrecen una variedad cromática tal que a veces resulta difícil resistirse a elegir aquel que, en opinión del arquitecto o de la comunidad de vecinos, le confiera «singularidad» o «alegría» o «vistosidad», lo cual no hace sino empeorar un resultado que, a veces, va acompañado por sustituciones de balcones (barrotes de hierro y pasamanos de madera por vidrios y aluminio). Algunas empresas que se dedican a estos revestimientos suelen colgar en sus páginas web paralelismos, «antes» y «después», verdaderamente maniqueos: edificios cochambrosos sin ningún mantenimiento exterior durante muchas décadas y los mismos edificios con una apariencia prístina y colorinchi tras haberlos alicatado con forros ventilados. ¡Oh, maravilla! Nada se dice de sus interiores, claro está.

Estamos asistiendo a una destrucción lenta y silenciosa, de difícil apreciación porque el cambio no se produce de súbito en un sólo lugar, sino que se disemina puntualmente por aquí y allí. Sin embargo, si no se empieza actuar de otra manera en unas pocas décadas creeremos vivir en las mismas ciudades que antes, pero su aspecto será diferente del que hemos conocido, la personalidad de cada una se habrá difuminado y todas, en cualquier parte, de Lugo a Alicante y de Gerona a Huelva, se parecerán entre sí como gotas de agua. Ya no habrá imagen local reconocible, sino rutinarias máscaras. Cromos. Eso sí, esperemos que, al menos, energéticamente eficientes.

Dramático cambio en una humilde, pero digna, casa tardoracionalista.

Frente a la asepsia impersonal del resultado, ¿cómo no reconocer que el punto de partida en este pequeño pabellón de los años 50 de ladrillo caravista era muchísimo mejor y más elegante?

Cines: arquitectura forjada con sueños

/ Javier González de Durana /

Cine Carlton (1948), Eugenio Mª Aguinaga. Plantas niveles 0, 1 y 2.

Para gozo de los aficionados al cine y sus espacios de proyección, recientemente se ha publicado Arquitecturas para el cine en Bilbao, un minucioso trabajo de investigación llevado a cabo por Bernardo I. García de la Torre, arquitecto. Desde hace años compatibiliza el ejercicio de su profesión con la tarea dedicada, junto con su hermano Francisco Javier, a la difusión didáctica de los edificios más relevantes existentes en Bilbao. Lo han llevado a cabo mediante tres títulos esenciales: Guía de Arquitectura de Bilbao (1993), el que puede tomarse como su posterior ampliación titulado Bilbao arquitectura (2009), con descripción de 240 construcciones singulares de la Villa, y Bilbao, nueva arquitectura = new architecture (2013), en el que se recogen 56 destacadas obras realizadas durante el periodo 1988-2012. En este último Bernardo repasa edificios, ámbitos públicos y puentes, incluidos aquellos que han convertido Bilbao en una referencia ineludible a nivel global por su singularidad, la calidad de los nuevos espacios y usos urbanos derivados de recalificaciones urbanísticas y la personalidad de sus diseñadores.

Con esta nueva aportación Garcia de la Torre se centra en la singular y específica tipología constructiva de los espacios cinematográficos, los cuales habían sido abordados con anterioridad por Alberto López Echevarrieta desde una perspectiva más histórica y sentimental. Ahora, el punto de vista del arquitecto analiza sus peculiaridades en cuanto a autores, diseños constructivos, amplitudes espaciales, ocupaciones del suelo y otras muchas circunstancias entre las que, cómo no, también las hay de índole histórica y sentimental. Esto último es algo casi inevitable -aunque el autor no lo pretende aquí- porque para las personas con edades superiores a los 40 años el cine fue un lugar que rebasaba el mero recinto para un espectáculo visual suministrador de relatos y emociones, pues llegaba a ser punto de refugio, paraje de huida, lugar de citas, cámara de maravillas, territorio sin fronteras, apertura a mundos paralelos y otras muchas cuestiones más. No conozco a nadie de cierta edad que no albergue en su interior abundantes y profundos sentimientos vinculados con los cines. La mayor parte de esta gente conserva sólida memoria de vivencias influyentes de sus vidas que tuvieron lugar en cines, a veces, contemplando lo que mostraba la pantalla y, a veces, interactuando con la persona sentada en la butaca de al lado.

La mejor época para los cines en esta ciudad duró aproximadamente medio siglo, entre 1925 y 1977. Por supuesto, hubo buenos locales para la proyección de películas antes de la primera fecha, como el Olimpia, de Ricardo Bastida (1905-47), el Vizcaya, de Raimundo Beraza (1910-81), el Trueba, de Mario Camiña (1913-86) o el Coliseo Albia, de Pedro Asúa (1917-1985) y sobrevivieron algunos de ellos a partir de 1977, casi siempre subdivididos en multi-cines hasta su extinción. Pero la gran época se inauguró en 1925 con el Buenos Aires, de Manuel I. Galíndez (1925-89), el Ideal Cinema, de Pedro Ispizua (1926-2005), y el Actualidades, de Ignacio Mª Smith (1935-76). Después de la guerra civil la cinematografía dispuso de espacios magníficos, en ocasiones con veleidades hollywoodienses, creados por P. Ispizua (Ayala, 1943-2009), Valentín R. Lavín del Moral (Izaro, 1943-2006), Secundino Zuazo (Consulado, 1950-99), Germán Aguirre (Abando, 1950-87), Anastasio Tellería-Gonzalo Cárdenas (Gran Vía, 1951-aún existe), Luis Mª Gana (el nuevo Olimpia, 1951-85), Eugenio Mª Aguinaga (Carlton, 1953-85), José Luis Sanz Magallón (Capitol, 1958-2011), y los últimos entre los grandes, el Astoria, diseñado por Javier Sada de Quinto en 1969, y el Vistarama, de E. Mª Aguinaga y Luis Mª Gana en 1970… entre otros muchos repartidos por barrios, parroquias, colegios privados, escuelas universitarias, la mayoría de ellos con gran y sorprendente calidad… hasta registrar un total de 99 espacios dedicados al cine. Entre estos, están incluidos teatros que, para una explotación intensiva de las instalaciones, compaginaron las representaciones escénicas con las proyecciones cinematográficas (Arriaga, Campos Elíseos…), salones de variedades que mezclaban cine y musicales (Pabellón Vega), casinos (Artxanda), circos (Ensanche), teatros-circo (Coliseo Albia) y hasta estrictos salones de música para conciertos de cámara (Filarmónica).

El Olimpia, de Ricardo Bastida (1905). Alzado de la fachada del cuerpo principal, que se complementaba con dos pabellones menores a su derecha.

El autor explora los pequeños locales de programación híbrida que abundaron en las calles de los «barrios altos» de Bilbao, pues el cine encontró en sus inicios mejor acogida entre las clases populares y en los ambientes de mayor libertad moral que en las avenidas del centro de la Villa. Calles como San Francisco, Las Cortes, Cantera, Iturburu o Bailén acogieron establecimientos en los que se mezclaba el café cantante, la comedieta bufa y la proyección luminosa de imágenes fijas o en movimiento. La búsqueda de información sobre estos locales, de vida efímera y casi clandestina en su mayoría («mísera y cutre» se dijo en alguna ocasión), ha sido exhaustiva y gracias a ella sabemos cómo eran, cuántas butacas tenían, de qué manera se distribuía el público ante la pantalla, la clase de películas que se programaba, la forma de acceder a los distintos niveles del espacio (cuando los había)…, en fin, una riqueza informativa verdaderamente sorprendente por tratarse de establecimientos que, en general y por razones obvias, dejaron muy poca documentación relativa a su existencia.

Lógicamente, los datos, planos, diagramas, fotografías históricas y hasta entradas compradas en taquilla abundan a partir del momento en que se empezaron a construir locales de mayores dimensiones en emplazamientos céntricos. La investigación en los archivos municipales y en los estudios de los arquitectos que los diseñaron (son pocos casos y menos aún los que conservan aquellos expedientes) ha facilitado información riquísima y abundante. Ante tal cúmulo se hace imperativa la clasificación tipológica, el orden temático, la estructuración de los contenidos mediante secciones diferenciadas. En este aspecto, García de la Torre saca provecho de sus experiencias anteriores como autor y, así, los locales de cine van descritos de manera didáctica, descubriendo los aspectos destacables de su gestación y ejecución. Se incorporan documentos originales de los proyectos, se analizan los contenidos de sus memorias descriptivas, se ordenan croquis, planos y esquemas, se ofrecen planos de ubicación con coordenadas, se añaden fotografías del proceso de ejecución. Los arquitectos autores de los proyectos ocupan un apartado con datos personales sobre su trayectoria profesional. Cada ficha relativa a cada cine concreto está concebida como una unidad didáctica que aporta información general y técnica con una organización visual que ofrece varios niveles de aproximación y lectura. Las imágenes de todo tipo abundan a lo largo de las páginas del libro pero no abusan del espacio, sino que se presentan como citas visuales que apoyan la comprensión de lo escrito. Hay muchísimas fotografías, pero no es un libro de fotografías.

Dos vistas del interior del cine Consulado, de Secundino Zuazo (1950).

Se tardó en crear una arquitectura propia para la contemplación de las películas y durante mucho tiempo se proyectaron en lugares «de prestado». Por otra parte, los primeros edificios integrales dedicados a este fin, el Olimpia, el Gayarre y el Ideal eran deudores de las tipologías teatrales y las artes escénicas. No fue sino hasta la aparición del Izaro, después de la guerra, en que la distribución de las butacas se dispuso en abanico y no en filas paralelas entre sí y a la pantalla, se eliminó el pasillo central y los suelos de planta baja y de anfiteatro adoptan una posición inclinada en busca de la mejor visibilidad; el modelo norteamericano se aclimató a la Villa. Otra característica de los espacios cinematográficos fue que en su mayoría no mostraban una fachada peculiar hacia la calle, sino simples vías de acceso al interior por las plantas bajas de los edificios, pues las salas propiamente dichas, en su gran mayoría, se hallaban en los patios de manzana.

Cine Capitol, de José Luis Sanz Magallón (1958), vista del patio de butacas y del anfiteatro, comunicados por una maravillosa escalera lateral.

Sección del edificio de viviendas en cuyo patio de manzana se hallaba el cine Consulado, visto en su sección transversal.

Las etapas en que se desarrolló la arquitectura para contemplación de películas cinematográficas en Bilbao, de acuerdo con el autor, son las siguientes: (1) las primeras proyecciones, 1896-1904, (2) los primeros cines y la incorporación de los teatros al cine, 1905-1925, (3) transición y consolidación, 1926-1949, (4) las grandes salas del Ensanche y los cines de barrio, la edad de oro, 1950-1965, y (5) declive, últimas aperturas y cierre, 1966-2011. La proliferación de canales televisivos, primero, y el reproductor doméstico de cintas de vídeo, después, causaron la extinción de estos gigantes del espacio de ocio.

En las primeras páginas se ofrece una visión panorámica y esquemática de la situación urbana de la ciudad en los albores de la modernidad. En las páginas finales se recogen, a modo de resumen y síntesis, los siguientes apartados: índice de obras, fichas técnicas, índice onomástico y bibliografía.

Este extraordinario trabajo permite conocer a fondo qué dimensión social tuvo y qué supuso en la vida cultural bilbaína el espectáculo artístico más característico del siglo XX. Sumergirse en estas páginas es una constante emersión de recuerdos y emociones sepultados por el paso del tiempo, lo cual procura tanta alegría como sumerge en estados de melosa nostalgia y melancolía. Un lujo.

Demolición del escenario y marco de pantalla del teatro Buenos Aires (1989).

Catedral de Santiago: lo abyecto junto a lo sagrado

/ Javier González de Durana /

Secuencia de los cinco locales adosados al pórtico de la catedral de Santiago.

Las inundaciones de Bilbao en 1983 fueron trágicas por la irreparable pérdida de vidas humanas y penosas por los grandes daños materiales que causó la arriada, como se decía siglos atrás (no riada, aunque la avalancha inesperada de agua se produzca en una ría). El Casco Viejo se vio particularmente afectado y fueron muchos los locales comerciales que no pudieron recuperarse tras la catástrofe. Se perdieron empleos y resultaron perjudicados establecimientos históricos con interesantes muebles, mostradores, letreros-anuncio…, mil y un detalles que les daban el sabor de otras épocas desaparecieron.

Sin embargo, aquel desastre también tuvo algún efecto positivo. Sirvió para que, en los procesos de recuperación de negocios, rehabilitaciones estructurales y reparaciones materiales, muchas fachadas y muros construidos originalmente con buena piedra sillar, ocultos tras aplacados colocados en tiempos posteriores, volvieran a ver la luz, muchos huecos violentados con agresivas ampliaciones para introducir escaparates y puertas de acceso que rompían las composiciones originales de las fachadas fueran reconstruidos, y muchos grandes anuncios colocados en banderola sobre las fachadas de los inmuebles, peligrosamente sujetos por viejos y herrumbrosos tirafondos, pudieran retirarse (algunos, que eran interesantes como diseño, pervivían a pesar de que los negocios que anunciaban a veces habían desaparecido muchos años antes sin que nadie se hubiera molestado en eliminarlos debido al coste que implicaba).

Declarado el Casco Viejo como Conjunto Monumental desde los años 70 y transferidas al Gobierno Vasco en 1981 las competencias en materia de protección del patrimonio arquitectónico de valor histórico-artístico, desde el Departamento de Cultura tuvimos que afrontar una tarea enorme en muy poco tiempo, pero también fue una tarea grandiosa en la que se consiguieron muchos objetivos, pero no todos; lógicamente, era imposible.

Uno en el que pusimos empeño fue la eliminación de los locales comerciales adheridos al exterior del ábside de la catedral de Santiago, unos negocios con superficies útiles entre 4 y 7 metros cuadrados. Sin ningún valor constructivo o de diseño, estos anexos ocultaban y ocultan aún la noble naturaleza exterior de la catedral, sin duda más interesante y digna que esos pegotes degradantes. El Ayuntamiento no admitió que desaparecieran, quizás porque en aquel momento delicado se habrían perdido unos pocos puestos de trabajo, ya que todos esos espacios entonces funcionaban con actividad comercial, o quizás porque no se tenía claro quién era el propietario del suelo, si el municipio, la iglesia o los gestores de los negocios. El argumento con el que el Ayuntamiento ganó la partida fue que esos negocios eran la prolongación en el presente de actividades mercantiles que hundían sus raíces en una tradición que podría remontarse hasta la Edad Media. Ahí nos la dieron. Entre la cantidad de trabajo que había que atender -todo el Casco Viejo estaba patas arriba- y el empeño de algunos comerciantes por mantener su actividad en esos cuchitriles, hubimos de renunciar a que desaparecieran. Resultaba evidente que en poco tiempo se convertirían en nichos para infranegocios incompatibles con su inmediatez a un templo tardogótico, como así ha terminado por suceder. Las últimas actividades de los cinco locales en que se dividió tan estrecho espacio fueron del tipo venta de golosinas, lotería, relojería, heladería…

El criterio municipal que sirvió entonces para demoler el balcón-mirador del teatro Arriaga adosado a su fachada, una pequeña joya de la arquitectura de hierro de 1910 diseñada por Mario Camiña, no se aplicó para despejar los muros religiosos de principios del XVI. Una contradicción flagrante. También el Club Náutico, con sede en aquel privilegiado balcón, daba trabajo a varias personas, pero, claro, el teatro era y es municipal con lo que el ayuntamiento pudo hacer y deshacer; sin embargo, los locales que parasitan el ábside ¿de quién eran y son? Si han venido perteneciendo a los comerciantes, ¿quién los vendió inicialmente? ¿la iglesia, por creerse con derecho para enajenarlos al estar adosados al templo, o el ayuntamiento, por considerarlos suyos al formar parte de la calle y el espacio público?

En la actualidad los cinco locales están sin actividad (el último cerró hace un par de años) y muestran un aspecto sucio e indigno para una ciudad que pretende ser turística y un edificio que se exhibe como joya local de la arquitectura histórica. ¿Qué pensarán los turistas franceses, ingleses, alemanes… cuando vean esa desastrada rinconera? La alcaldía, que con tanta diligencia defiende los intereses del obispado en otros lugares de la Noble e Invicta Villa, consiente que en pleno corazón histórico de la ciudad el punto más abyecto se encuentre justo al lado del lugar más sagrado. Muy sorprendente para un devoto cristiano con poder edilicio: lo abyecto y lo sagrado dándose la mano. ¿Será nuestro alcalde un secreto lector de Jacques Lacan y Julia Kristeva? Nunca lo habría imaginado si no hubiese sido por esto.

De acuerdo con que en épocas medievales y posteriores los mercados al aire libre en Europa tendieron a ocupar esquinas y recodos urbanos para instalar provisionalmente una mesa y un toldillo, que en algunos casos terminaron por hacerse permanentes. Los espacios entre los contrafuertes de las iglesias, recogidos y al borde de vías de circulación, fueron lugares propicios para ello. Sin embargo, en esa misma Europa tales locales han sido eliminados hace décadas para poner en valor la arquitectura importante de verdad. De cara a que no se conviertan en recovecos de suciedad, vómitos y orines -en todas partes hay gente incívica- lo que antes estaba ocupado por minúsculos negocios ahora se halla acotado con una verja o adornado con vegetación, como en el caso de Saint-Etienne, en Dijon, por poner sólo un caso (véase imagen). Aunque lo mejor es un buen y periódico servicio público de limpieza.

Considero distintos los otros dos casos que conviven adosados a este edificio religioso: el anexo al pórtico, Ama Dablan (antigua relojería que ahora no sé qué es) en la carrera de Santiago (junto al pórtico) y la tienda de tejidos Celaya y la cafetería Baster en la calle Torre (esquina con Correo) por razones distintas. En primer lugar porque se conservan en perfectas condiciones de uso sin crear secuencias prolongadas de fachada degrada, en segundo porque en el caso de Celaya-Baster su presencia permite alinear la calle Torre respecto a la posición diagonal del claustro de la catedral sin que su presencia se perciba como un anexo y en tercer lugar porque ofrecen un incuestionable aspecto de época, años 50 y los 30, respectivamente, con alguna calidad formal. De paso su existencia permite dejar testimonio de aquello que tanto valoró el Ayuntamiento en 1983, esto es, que perviva un testimonio de esas antiguas actividades mercantiles al abrigo del templo.

Vista general de los cinco locales adosados al ábside de la catedral de Santiago.
Saint-Etienne, gótico en Dijon (Francia)

Destruir la memoria en Olabeaga

/ Javier González de Durana /

Ladera de Castrejana, casas y fondeadero fluvial de Olabeaga; fragmento de la pintura de Luis Paret y Alcázar «La ría en Olabeaga», 1784-86.

Olabeaga fue durante siglos uno de los barrios con más poderosa y singular personalidad del municipio de Abando, al que perteneció históricamente hasta que resultó engullido por la expansión del Bilbao metropolitano, sin perder por ello su carácter. Situado al borde mismo del Nervión y al pie de una pronunciada ladera vertida hacia el Norte, nunca fue un lugar climatológicamente amable (de ahí la popular identificación con Noruega), salvo quizás durante los días de verano, cuando la sombra de Castrejana y la cercanía del agua alivian la humedad pegajosa del bochorno. Contemplar las puestas de sol estivales, cerveza en mano, desde alguno de sus baretos y tabernas, de ambientación portuaria, mientras callejones y cuestas se llenaban con el silbido de sirenas que anunciaban el final de jornadas laborales en talleres cercanos, era uno de esos placeres que hoy pocas personas llegarán a comprender. Casi ni yo mismo ya.

Su peculiar morfología y el haber permanecido separado del resto de la ciudad por la presencia interpuesta de los enormes astilleros Euskalduna le permitió -lo quisiera o no y al precio de convertirse en un cuarto trastero urbano- hacerse primero y conservar después una idiosincrasia peculiar, algo que se hacía patente ya a finales del siglo XVIII, cuando Luis Paret y Alcázar, desde la orilla de enfrente, lo pintó en su extensión hacia la punta de Zorroza.

Asentamiento de campesinos y marineros, acogió también a calafateadores, carpinteros de ribera, cordeleros y otros oficios relacionados con la navegación y reparación de barcos; de ahí la advocación de su ermita a San Nicolás. Posteriormente llegaron los pequeños talleres y dos o tres grandes fábricas, viviendas obreras a finales del XIX, otras de la primera protección oficial franquista y algún masivo bloque de pisos resultado del desmadre constructivo y urbanístico de los años 60. Desde los 80, con el hundimiento de la industria sidero-metalúrgica y los astilleros, el barrio se fue degradando social y económicamente de manera paulatina; las gentes perdieron sus empleos y muchos jóvenes se auto-inmolaron en las drogas. Lo cual, por extraño que parezca, aumentaba el peligroso encanto de su marginalidad y un pintoresquismo acrecentado por románticas ruinas modernas. En la descoyuntada geografía urbana del Bilbao de entonces, Olabeaga no es que fuera un lugar fronterizo, sino que directamente era el más allá, otro planeta a pesar de su cercanía.

Un bar que hoy está de moda entre gente «cool», llamado Karola berria, durante los 80 y 90 era una taberna bastante tirada de nombre Basabe. En ella, sin embargo, los integrantes del equipo de la Sala Rekalde (Carmen Álvarez, Pilar Mur, Gerardo Elorriaga, Fernando Quincoces, Iñaki Diago…) comíamos la mejor menestra que haya catado paladar alguno, con las piezas de verdura rebozadas una a una. A su lado sobrevivía un viejísimo caserío que funcionó algún tiempo como asador de carne y sidrería. Este caserón, incomprensiblemente, fue derribado tras haberse mantenido en pie durante siglos, en su lugar se construyó un edificio anodino y en el bar de la menestra hoy sirven cócteles finos al ritmo de música trendy.

En el plano topográfico dibujado por Juan y Francisco Solinis en 1806, el que manejó Silvestre Pérez para idear su frustrado Puerto de la Paz, esos caseríos ya aparecen señalados con la siguiente descripción: «Dique pa. carenar en seco, casa y tinglados propios de los herederos de Dn. Manuel de Zubidia», es decir, que esa hondonada donde la carretera que baja desde Basurto se encuentra con el camino de ribera fue en su día un dique seco posteriormente rellenado.

El hecho es que desde hace un par de décadas el barrio está viviendo una paulatina, pero evidente, transformación gentrificadora. Una de sus áreas más características, un lugar que en pocos metros reúne dos etapas históricas, la rural-marítima, representada por un caserío, y la industrial, materializada en un pabellón de talleres, va a ser destruída, dando paso a sendos edificios para apartamentos turísticos. La desaparición del Bilbao que conocimos sigue sumando víctimas debido a su falta de rentabilidad y pone alfombra roja al nuevo Midas económico local: el turismo. Se trata de dos operaciones inmobiliarias diferentes promovidas por empresas distintas, una al lado de la otra, pero con un mismo objetivo.

El caserío se sitúa sobre una pequeña loma al borde de la carretera ribereña. En tiempos, su planta baja acogió uno de aquellos bares, el Noruega, y desde su pequeña atalaya delantera se podía contemplar el subir y bajar de los barcos, el flujo de las mareas y la actividad industrial del canal deustoarra. Abrigaba yo la esperanza de que sucediera con él lo que ocurrió con otro caserío similar situado a su espalda, esto es, que tras años de malvivir y bordear la ruina, fuera rehabilitado con gusto y ocupado por gentes que adoraran el lugar. Quienes, alentados por un grafiti gigante pintado en una medianera cercana, soñábamos con que esto sucedería nos daba por pensar que, junto al blanco impoluto del caserío ya restaurado, este otro remozaría su telúrico rojo férrico. Pero no va a ser así y la piqueta hará pronto picadillo con él.

En el edificio que lo sustituirá, MVRE (siglas de Mountain View Real Estate, una consultora inmobiliaria integral con sede principal en Vitoria) tiene previsto construir y habilitar 20 apartamentos para lo cual no sólo ocupará el actual espacio edificado sino también un terreno lateral, antigua huerta, que hoy funciona como informal aparcamiento de coches. El invento lo gestionará la cadena hotelera abba suites. La nueva fachada mantendrá el retranqueo del caserío respecto a la acera de la calle y la publicidad que lo promociona destaca su privilegiado emplazamiento frente a la ría, la cercanía de San Mamés, la vecina isla de Zorrotzaurre y, de hecho, el centro de la ciudad, una vez el tapón de los astilleros Euskalduna se volatilizó. Me hace gracia que se diga que el suelo de la terraza, transitable y destinada a albergar un solárium de uso comunitario, será «antideslizante y no heladizo». Tratándose de Noruega, no está mal pensado, nada más oportuno. Las habitaciones interiores no tendrán «molduras de techo para conseguir líneas rectas y acabados más modernos». La prédica de Adolf Loos en Ornamento y delito continúa vigente, ¿»más modernos» que qué?

Me pregunto si no habría sido posible restaurar el caserío, habilitar en él cuatro o cinco apartamentos y trasladar el resto de la edificabilidad a la que tiene derecho la propiedad al inmueble nuevo que se construirá sobre la antigua huerta con autorización para levantar un par de plantas más. Total, lo que tiene detrás es un edificio enorme, el que invita a «soñar».

Estado actual, con el caserío en primer plano
Futuro maravilloso.
Antigua huerta colindante a ocupar con la nueva construcción y el caserío al fondo; el caserío ya restaurado y pintado de blanco asoma por la derecha.
Futuro maravilloso visto desde la orilla de enfrente, en la isla de Zorrotzaurre.
Nótese cómo MVRE anula el espacio colindante donde existirá un competitivo conjunto de apartamentos turísticos.

La operación inmobiliaria paralela ofrecerá otros 20 apartamentos turísticos tras tumbar un edificio industrial que acogió pequeños talleres por plantas. Su oscuro color rojizo ha sido una seña de identidad del barrio durante décadas. La promotora GIDATUM Group ha decidido que este inmueble lleve el nombre de Noruega, ¡caray, qué ocurrente! Les ha faltado originalidad e imaginación para obtener el aprovechamiento volumétrico al que tienen derecho sin derribar lo existente… y al área municipal de urbanismo, un poco de flexibilidad.

La publicidad se hace lenguas con las actuales virtudes culturales, arquitectónicas y gastronómicas -todo muy emblemático- de Bilbao que propone sean disfrutadas desde este emplazamiento, «una gran oportunidad -según la promotora- para adquirir en propiedad un apartamento turístico que desde el primer día puede generarle ingresos, y cuya óptima ubicación es también garantía de una excelente inversión» y si quiere hacer negocios, pero no romperse la cabeza, se pone «a su disposición, como opción, una empresa operadora especializada en la gestión de apartamentos turísticos, garantizándole una rentabilidad mínima anual, con la posibilidad de mejorar esta en función de una determinada ocupación (…) Y además puede reservarse unos días al año para su uso particular». ¡Qué astutos! Un airbnb en toda regla -con chill-out en la terraza- sin que lo parezca, «al tiempo que erradica la situación de deterioro y abandono actual del entorno». Al ayuntamiento le parecerá fantástico.

La oferta constará de «estudios» y «apartamentos» con pocas diferencias en metros útiles, pues el más pequeño de los primeros tendrá 28,28 m2 y el más grande de los segundos 36,99 m2. Según las infografías, la nueva fachada se retranqueará e igualará la altura del edificio colindante, un más que interesante trabajo para talleres industriales, años 50, del arquitecto Luis Pueyo que, de momento, con sustanciales cambios de uso en su interior, sin embargo, se preserva y parece estar a salvo.

Estado actual.
Futuro maravilloso.
Nótese cómo GIDATUM anula el espacio colindante donde existirá un competitivo conjunto de apartamentos turísticos.
Estado actual.
Futuro maravilloso.

Una curiosidad de ambos proyectos es que en ninguna parte se dice el nombre del arquitecto o arquitectos que han diseñado los nuevos edificios. El arquitecto, hoy, es un empleado más de la empresa y esta quiere rentabilidad, no lindezas ni protecciones patrimoniales. Se suponía que para esto último ya está el Ayuntamiento.

Si la historia, la memoria y las singularidades constructivas que dan personalidad a un lugar no importan quizás sí valgan otras consideraciones, como por ejemplo ¿cuántos recursos naturales se emplearán para derribar lo existente y construir los nuevos edificios? ¿cuál es la huella de carbono -cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero liberadas a la atmósfera- que provocará toda esta operación? ¿conocen el ayuntamiento y las promotoras la huella ecológica -impacto sobre el barrio y la ciudad- que supondrá esto? Ingenuo de mí: por supuesto que tampoco importarán estas preguntas.

Otra aldeana niña de Adolfo Guiard

/ Javier González de Durana /

Tras la serie de post sobre la influencia del nazismo-franquismo en la arquitectura bilbaína de los años 40, un tanto rocosa y sombría, y el indignado comentario a la entrevista del obispo de Bilbao, resulta muy apetecible tomar un asunto dulce y agradable como el que viene ofrecido por la próxima salida al mercado secundario de subastas, en San Sebastián, de una hasta ahora desconocida pintura de Adolfo Guiard (Bilbao, 1860-1916). Se trata de un pequeño óleo sobre tabla, 21,5 x 16 cm., que por carecer de título conocido he decidido que lleve el de Niña peinándose (no me gusta mucho el verbo en gerundio, pero no se me ocurre titularlo de otra manera).

Por desconocerla entonces, no pude incluir esta pieza en la exposición antológica de la obra de Guiard que comisarié para el Museo de Bellas Artes de Bilbao en 1983 y, en consecuencia, tampoco aparece reproducida en el libro que acompañó a aquella muestra. Sin embargo, en esta publicación sí se daba a conocer un dibujo (61 x 27 cm, bastante más grande que la pintura) conservado por los descendientes del artista que reproduce la figura de esta misma niña a cuerpo completo, lo cual supone una importante diferencia con respecto al óleo, pues en éste sólo aparece, poco más o menos, de cintura para arriba. Se puede suponer con cierto fundamento -ya que en otras pinturas Guiard actuó así, elaborando aproximaciones parciales a un tema más amplio- que llegó a realizar una pintura de mayores dimensiones en la que esta aldeanita se muestra tal como aparece en el dibujo.

La pintura fue realizada entre 1890 y 1894, años durante los que el pintor vivió en Murueta, municipio rural dentro del amplio valle por el que discurre la ría de Gernika. Podría aventurarme a precisar, por otras pinturas cercanas a ésta en asunto y técnica, que debió realizarla en 1892 o 1893. Guiard aborda aquí uno de sus temas favoritos a lo largo del tiempo, niños y niñas preadolescentes. Una de sus pinturas más conocidas y encantadoras es La aldeanita del clavel rojo, que el pintor tituló como Suburbio (1903), aunque el nombre popular es el que ha terminado imponiéndose. Mirando al extremo opuesto de la vida, las personas ancianas fueron otro asunto querido por Guiard, para observarlos en su decrepitud con afecto y ternura, sin blandos sentimentalismos.

Una niña de unos ocho o nueve años aparece en primer término, hacia la parte izquierda de la imagen. Recoge su larga cabellera negra por encima del hombro derecho para caerle sobre el pecho. Sujeta el grueso mazo de pelo mientras con su mano izquierda peina las puntas. Tiene un rostro serio de facciones delicadas: ojos grandes y oscuros, cejas finas bien marcadas, nariz pequeña, pómulos altos, frente amplia, boca carnosa, mentón en leve punta… Dirige la mirada hacia su derecha, a un punto distante situado fuera de la imagen; la actitud es la de estar abstraída en sus pensamientos, concentrada. Viste una indumentaria sencilla, una blusa de holgadas mangas largas abotonada bajo el cuello sobre la que lleva un pañuelo que rodea nuca y hombros, cruzándose sobre el pecho. Elegancia austera para la belleza natural de una joven muchacha que, como las aldeanas que José Mª Ucelay encontró medio siglo después en este mismo territorio de Bizkaia, se presenta con una distinguida naturalidad.

La imagen se abre por la derecha y fuga hacia una vaca con su ternero a media distancia. La cabeza de la vaca está cortada por el borde del soporte, un recurso que Guiard cultivó toda su vida, aprendido de las imágenes fotográficas, para producir el efecto de escena espontánea no compuesta a la manera tradicional. Tanto la niña como los animales se hallan en una pradera cuajada de pequeñas flores blancas cuyo límite llega hasta un árbol y unos vallados que perfilan la primera línea hacia el horizonte donde otras siluetas se difuminan en la caliginosa distancia.

Niña y vaca están minuciosamente estudiadas y dibujadas en gestos y movimientos. El dibujo queda enterrado bajo las pinceladas de color, si bien su estructura se hace patente. Ahí está el dibujo para demostrarlo. Recuérdese la frase del pintor: «haz un buen dibujo y después ensúciate dentro» (ensúciate o cágate o mánchate…, hay versiones para elegir). Pinceladas pequeñas hacen vibrante la atmósfera. La armonía cromática está lograda en base a malvas, violetas, rosas, verdes y ocres.

Han pasado ya cuarenta años desde que se presentó la última exposición que revisaba la pintura de Adolfo Guiard. Fue el resultado de mi tesis doctoral. Desde aquellas fechas hasta la actualidad el Museo de Bellas Artes ha incorporado a su colección obras significativas de este pionero del impresionismo español que no pudieron conseguirse entonces por diversas causas (el transporte costoso y la dificultad para saber los lugares donde estaban ciertas obras, sobre todo). Algunas de aquellas dificultades han desaparecido y, por otra parte, en estas décadas han aflorado bastantes pinturas cuya existencia se desconocía. Creo que ha llegado el momento para una nueva revisión de este artista exquisito y singular y se aborde con una mirada actual sus enormes cualidades pictóricas tan soberanas como poco conocidas fuera del País Vasco.

«Suburbio o «La aldeanita del clavel rojo», Museo de Bellas Artes, Bilbao.

Diez años después de pintar a la niña del peine en mano, instalado ya en Deusto, cerca de la curva de Elorrieta, en un entorno suburbial donde se entremezclaban caseríos, huertas, fábricas, muelles portuarios y viviendas obreras, Guiard encontró esta otra aldeana a la que armonizó cromáticamente en azules, ocres, blancos y verdes, una materialización espacial del color azul, como apuntó Unamuno, y en la que el reflejo dorado del sol en sus cabellos recogidos sobre la nuca juega un discreto papel, casi imperceptible, pero sustancial. Una vez más, una niña y su cabellera. Como sobre esta cantinera, verdadero icono del Bilbao de 1903, ya escribí en otra ocasión, dejo aquí el enlace para quien lo quiera ver.

Asegura el obispo Segura…

/ Javier González de Durana /

La mano que cuida y sostiene la ciudad.

Simon says… es un juego para tres o más personas (por lo habitual, niños). Uno de los participantes es Simón y dirige el desarrollo del juego. Los demás deben hacer lo que Simón dice. El meollo está en la frase Simón dice. Si dice Simón dice salta los jugadores deben saltar o quedan eliminados. Si dice simplemente salta, pero no dice Simón dice, no deben saltar o quedarán eliminados también. El espíritu del mandato es lo relevante, no las acciones, de modo que si se dice Simón dice que toques la punta del pie el jugador debe intentar tocarse los dedos del pie. Lo que se juega es la capacidad para distinguir entre las órdenes válidas e inválidas, más que demostrar la capacidad física para cumplirlas. Es tarea de Simón conseguir que cada participante quede eliminado lo antes posible y cada participante debe tratar de permanecer dentro del juego todo el tiempo que pueda. Gana el último en mantenerse en el juego.

Fotografía de Maika Salguero, tomada de la edición digital de El Correo, el domingo 25 de septiembre de 2022.

A falta de un Simón al alcance de la mano tenemos un obispo Segura que dice cosas para que se las creamos, aunque lo cierto es que ofrece poca base para que se le pueda creer a tenor de lo que dice. El domingo pasado la prensa local publicó una entrevista que se le hizo. Empecé a leerla y enseguida me desanimé. A preguntas sobre los casos de pederastia en Bizkaia fue respondiendo que «yo entonces no estaba en Bilbao y no tengo todos los detalles», respecto al caso concreto de Gaztelueta dijo que «no soy experto en Derecho Canónico, pero no sé hasta qué punto va a poderse instruir un caso respecto a un laico», y en cuanto a las investigaciones de la UPV afirma que «no he visto el borrador definitivo»… En fin, «no sé…, no estaba…, no he visto…», pocas cuestiones parecía dispuesto a aclarar. Incluso, el perdón a las víctimas lo desliza al final y tras afirmar que «los curas afectados en Bizkaia no son tantos como han podido ser en otros sitios», lo que al parecer le alivia el ánimo. En definitiva, balones fuera y melifluo reconocimiento de algunos pocos casos cuando el pus y sus abscesos no se pueden tapar ni alejarlos a otro lugar («él pidió irse», asegura al mencionarle el único caso conocido de un sacerdote acusado y trasladado a otro país). Ya. Típica actitud de la iglesia católica con ese lenguaje escurridizo y ambiguo con el que pretende ocultar sus intenciones y pecados, sin conseguirlo.

Lo que quiero comentar ahora son sus declaraciones referidas al solar urbano en las calles Lersundi-Heros-Barrainkua, donde desde hace años el obispado viene planeando un pelotazo urbanístico frente a las reivindicaciones vecinales de convertirlo en una plaza o espacio público. En la línea de sus respuestas anteriores, por si acaso, dice que él no estaba en su origen: «Es un proyecto que empezó con el obispo anterior», o sea, que el actual se vio obligado, con ganas o sin ellas, a subirse a un tren ya en marcha. «Me consta que la propuesta del obispo era otra» declara, como dando a entender que esa «otra» era mejor que la actual, debiendo recordarle que esa «otra propuesta» para este emplazamiento era construir un bloque de viviendas de lujo. El ayuntamiento no se atrevió a semejante modificación del Plan Urbanístico, pasarlo de estar calificado como exclusivamente «docente» (lo que era) a ser «residencial» (lo que pretendía del obispado), aunque Segura asegura que fueron los consejos diocesanos los que no le dieron apoyo. Venga…

Empujado por los consejos diocesanos a entrar por el actual camino, «tortuoso» le puntualiza la periodista Alba Cárcamo, responde que «no diría tortuoso», como entendiendo que cupiera pensarse otra cosa, sino «en el que legítimamente nos encontramos» -el camino es legal y legítimo o no lo es; es sí o es no, nunca puede ser «diría que sí» o «diría que no»-, en cuyo recorrido se encuentran «con otros intereses de personas que no quieren que aquello (el solar), pudiendo ser una plaza pública, se convierta en un edificio». Con esta forma vaporosa de referirse a los vecinos del Ensanche -«otros intereses de personas»-, asegura Segura que «hay que funcionar según lo que dicta el derecho, con lo que dictan los tribunales», sí, claro, después de retorcer la normativa legal hasta conseguir recalificaciones urbanísticas perjudiciales para los vecinos y convenientes a los intereses mercantiles del obispado, concluyendo que «en algunas sentencias específicas el Ayuntamiento ha ganado». Ha habido una única sentencia en el TSJPV, que es la que está en casación en el TS; habla de “sentencias”, pero sólo ha habido una. El ayuntamiento, el gran aliado del obispo-Simón en esta cuestión, ha tenido actuaciones de dudosa ortodoxia y validez para satisfacer órdenes clericales. Al haber ganado una sentencia, siente fortalecido su objetivo y afianzada su posición, aunque faltan más sentencias y no debería suponer Segura que, seguramente, las vaya a ganar. La recalificación urbanística que, con oscuridad, logró del ayuntamiento para este solar especifica que el cambio es para construir la sede diocesana, no una clínica.

Segura says… lo que quiera decir, pero no va a lograr confundir a los vecinos con sus palabras, con las que dice y con las muchas que calla, los vecinos no son niños ni quedarán fuera de juego. Segura da su proyecto como ineludible, pero los tribunales tienen aún mucho que decir.

El cuidado de la ciudad durante el Renacimiento, cuando los príncipes de la religión y la sociedad civil se preocupaban por evitar los desmanes constructivos y buscaban el bienestar de sus habitantes.
«Saint Libéral», panel de retablo, pintado por Leonardo Boldrini, activo en Venecia entre 1452 y 1498, óleo sobre tabla, hacia 1475. Musée des Beaux-Arts de Dijon, Francia.

Bilbao bajo el nazismo: documentos visuales (1937-39)

/ Javier González de Durana /

Jura de bandera de los nuevos tenientes de infantería de la academia de Toledo, 18 de septiembre de 1938. En la tribuna ante la Diputación, mandatarios locales junto a un oficial del ejército alemán (segundo por la derecha).

Como epílogo a la serie de seis artículos sobre la arquitectura nazi en Bilbao, doy a conocer ahora un conjunto de documentos fotográficos sobre el ambiente en la ciudad durante los dos años posteriores a su «liberación». No tienen que ver tanto con la arquitectura como con el estado en que quedó la ciudad tras los combates y con las ceremonias y celebraciones públicas organizadas por los nuevos mandatarios, militares en su absoluta mayoría, acompañados en ocasiones por la hitleriana cruz gamada. Gracias a la ayuda de mi amigo Joseba Villanueva, ofrezco ocho enlaces a otros tantos reportajes fotográficos sobre el Bilbao nazi, tal como están archivados en la Biblioteca Nacional. Provocan bastante pavor y espanto; y mirando a la población civil, a veces, también piedad. Traigo aquí algunas de esas imágenes, pero en los enlaces hay muchísimas más. Los comentarios los hago al pie de cada fotografía.

1. «Ocupación de Bilbao por los nacionales (1937)».

https://drive.google.com/file/d/1mHk5a9gWgYHGNtZsfQ8wjFrvrTE6pxX2/view?usp=sharing

El 20 de junio de 1937 las tropas ocupantes de Bilbao descuelgan de la fachada del hotel Carlton el letrero de la Lehendakaritza que estuvo situado en el balcón-tribuna ante el despacho de José Antonio Aguirre. Las ventanas de la planta baja, así como las rampas de acceso a la puerta, aparecen protegidas por sacos terreros. Al fondo y a la izquierda un soldado controla que la gente que observa la acción no se acerque demasiado al hotel. Esa gente, de pie, quieta y vista de espaldas, asiste pasivamente al hecho. Alguno, sin embargo, ha dado la vuelta y se marcha para no verlo.
Tropas de requetés y falangistas desfilan por la Plaza Elíptica, ante el palacio Chávarri, que a partir de este momento, tras ser incautado, se convirtió en la sede del gobernador civil de Bizkaia. Al fondo el edificio de Seguros Aurora, del arquitecto Manuel I. Galíndez, en construcción, faltando el tramo que completaría la fachada a la plaza (pues vemos la ventana de la esquina con Gran Vía y cuatro ventanas a la plaza, siendo cinco con el edificio completado más la ventana de la esquina con Ercilla) y la fachada a esta calle.

2. «Puentes volados por los republicanos (1937)».

https://drive.google.com/file/d/1PC8QOBq4igeekBjKmfy0yd0ynEYnf1um/view?usp=sharing

3. «Fiesta del caudillo (1937)».

https://drive.google.com/file/d/1jj0hm43NHVWG0OIWXSnLhZhnLkixC8uI/view?usp=sharing

Fiesta del Caudillo, 1 de octubre de 1937. En el balcón-tribuna de la Diputación, la derecha, se reconoce perfectamente la bandera con la esvástica nazi y, a la izquierda, la enseña italiana del Corpo di Truppe Volontarie (CVT), una fuerza de combate del ejército de tierra. Las banderas de los aliados de Franco ostentaron un lugar más preeminente que las enseñas locales, situadas a los lados.
Las personas que estaban en el balcón-tribuna de la Diputación el 1 de octubre de 1937 saludan brazo en alto. Son militares, requetés, falangistas y civiles. Algún civil, con cara circunspecta, no levanta su brazo.

4. «Congreso de servicios técnicos de F.E.T. y J.O.N.S. (1938)».

https://drive.google.com/file/d/1AWZ_-66nTTDfkYHFBWEvvTDf5RIjbeYo/view?usp=sharing

Con motivo del congreso nacional de los Servicios Técnicos de la FET y las JONS, los ministros franquistas de Agricultura, Raimundo Fernández Cuesta, y de Organización Sindical, Pedro González Bueno, se reunieron en el Salón Árabe del Ayuntamiento de Bilbao junto con otras autoridades, el 1 de mayo de 1938. El sujeto alto y con gafas, a la derecha, era José Mª Oriol Urquijo, jefe provincial de la FET y las JONS, futuro alcalde de Bilbao entre 1939 y 1941.
A continuación los dos ministros y las autoridades locales caminaron desde el Ayuntamiento hasta el Teatro Arriaga, ante cuya fachada fuerzas civiles y militares les recibieron, 1 de mayo de 1938. El teatro muestra el notable mirador de hierro diseñado por Mario Camiña, lamentablemente derribado después de las inundaciones de 1983.
Congreso nacional de los Servicios Técnicos de la FET y las JONS en el paraninfo del Instituto Central de Bilbao. Un retrato al óleo de Franco, realizado a partir de la fotografía que se le hizo en 1930 vestido con capa invernal y cuello amplio de piel, visto parcialmente, preside el lugar por encima del tapiz con el escudo y el águila. Desconozco la autoría de ese retrato (¿Ángel Larroque?), pero creo que ocupa el mismo lugar que anteriormente había tenido el retrato de Alfonso XIII pintado por Aurelio Arteta. Recuerdo haber visto este retrato hace años, retirado en un almacén de la Casa de Juntas de Gernika.

5. «Fiestas del primer aniversario de la conquista de Bilbao (1938)».

https://drive.google.com/file/d/13Q-YHxoGCZmwQYKk_PWd1x0ygkKNYVAd/view?usp=sharing

En la tribuna, de izquierda a derecha, el general José López-Pinto (quien en el verano de 1940, siendo capitán general de Burgos, acudió a recibir a un grupo de militares alemanes que visitaron San Sebastián y organizó diversos encuentros de confraternización con militares españoles que terminaron al grito de «¡Viva Hitler!»; unos meses después, en octubre, también acudió a la frontera franco-española para recibir a Heinrich Himmler),  el general José Moscardó, el obispo Javier Laucirica, el conde de Rodezno, ministro de Justicia, Ramón Serrano Suñer, ministro de Gobernación, el almirante Juan Antonio Suances, ministro de Industria y Comercio, y el jerarca falangista Alfonso Peña Boeuf, ministro de Obras Públicas (en la tribuna también estuvo el general José Solchaga) saludan con motivo del primer aniversario de su conquista de Bilbao en las inmediaciones del Puente de la Victoria (antes de Isabel II o del Arenal), el 19 de junio de 1938.

6. «Exposición de Auxilio Social en el Instituto (1938)».

https://drive.google.com/file/d/1W0RNUGifJShZAostqJvQvHD48g0yZeRP/view?usp=sharing

7. «Jura de bandera de los nuevos tenientes de infantería de la academia de Toledo (1938)».

https://drive.google.com/file/d/1L706glmEOnpRlIVmFxXGbK02u6i0k86s/view?usp=sharing

Saludos a soldados insurrectos mutilados en acciones de guerra ante tribuna ocupada por militares que ostentan el brazalete con la esvástica nazi, el domingo 18 de septiembre de 1938. El militar español que saluda era el general Luis Orgaz, consejero nacional de la FET y las JONS. El civil ataviado con boina era Luis Llaguno Piñera, presidente de la Diputación de Vizcaya.
El general López-Pinto desfila a caballo y saluda brazo en alto al militar nazi en la tribuna junto a autoridades locales. El individuo vestido de civil y con bastón en mano era José Félix de Lequerica, alcalde de Bilbao, y tras éste, José Mª Oriol, su sucesor en la alcaldía; en la tribuna también estuvo el amigo de Franco y almirante Juan Antonio Suances, ministro de Industria y Comercio, cuya sede radicó en Bilbao durante este primer gobierno de Franco, y el general Luis Orgaz. No faltó el obispo Laucirica. Las detalladas crónicas publicadas por Hierro el lunes 19 de septiembre y por La Gaceta del Norte, el martes 20, sobre esta jornada no revelan quiénes conformaron la representación del ejército alemán.
Publico en la calle y autoridades en la tribuna se saludan brazo en alto, el 18 de septiembre de 1938. El águila falangista que coronaba los pilares blancos de adorno para la tribuna estaba inspirada directamente en el águila nazi.

8. «Conmemoración II aniversario de la conquista de Bilbao (1939)».

https://drive.google.com/file/d/1DaRQHrr7K5XWzeSOj_m5pMwkCwhkcjGP/view?usp=sharing

Alarde ginmnástico en el campo de futbol de San Mamés con motivo del segundo aniversario de la toma de Bilbao, 1939.