Félix Candela en Barakaldo.

A los amigos de Hamaikabide Elkartea.

Tal día como hoy hace veinte años, el 6 de diciembre de 1997, fallecía Félix Candela, arquitecto hispano-mexicano internacionalmente conocido tras una trayectoria profesional de más de cinco décadas. Cuatro meses antes, el 13 de agosto de 1997, en el marco de una pugna de intereses políticos y económicos, el Ayuntamiento de Barakaldo procedía al derribo del quiosco de música de la Plaza de los Fueros, única obra en Euskadi de Candela. Tras haber aceptado la colaboración con su colega local César Sans Gironella para el diseño del quiosco, el airoso pabellón musical, inaugurado el 16 de julio de 1964, tenía “forma de un paraboloide hiperbólico apoyado en sus dos extremos, contrapesando sus dos voladizos y abocinando el mayor hacia el auditorio para encauzar el sonido“.

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El quiosco en construcción, principios de 1964.

Sin militar en partido político alguno, tras el estallido de la guerra civil, Candela (Madrid, 1910, título ETSAM 1935) sintió la obligación de incorporarse como voluntario a la defensa de la democracia, motivo por el que dejó la ampliación de los estudios que desarrollaba en Alemania. Alcanzó el grado de Capitán de Ingenieros y Jefe de Batallón, adscrito a la Comandancia de Obras Militares de Madrid, integrado en el ejército republicano, motivo por el que se tuvo que exiliar al acabar la contienda fratricida. Viajó en el buque Sinaia, fletado desde el puerto francés de Sète por el SERE (Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles), hasta el puerto de Veracruz, donde atracó el 13 de junio de 1939,  al amparo de la hospitalidad y desarrollo económico de México durante la Presidencia de Lázaro Cárdenas. Otro de los viajeros entre los más de 1.600 que transportaba aquel buque era el pintor bilbaíno Aurelio Arteta.

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Concierto musical en el quiosco.

Durante los años previos a la guerra Arteta pintó algunas de sus escenas fabriles más singulares en el municipio de Barakaldo y sus inmediaciones, al pie de vías ferroviarias, chimeneas humeantes  y cargaderos de mineral. Sobre la cubierta del Sinaia no podía imaginar Arteta que un joven viajero en aquel buque crearía décadas más tarde una de sus piezas arquitectónicas en el industrioso municipio al que no regresaría jamás. Donde el pintor vio grúas inclinadas sobre los muelles y rígidas estructuras de hierro, el arquitecto levantaría un templete paraboloide hiperbólico para ser y acoger arte. Elevación mecánica para el trabajo en un caso, elevación auto-portante para la fiesta musical en el otro.

Candela fue el arquitecto más importante del exilio español y el primero de nacionalidad mexicana que trascendió fronteras. La arquitectura moderna de ese país empezó a conocerse en el mundo gracias a él. En el Archivo General de la Nación se conserva la ficha con las fotografías que tomaron de su rostro en el puerto mexicano los Servicios de Inmigración, recién desembarcado, y que, como absoluta novedad, reproduzco a continuación.

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La historia de la arquitectura muestra elocuentemente el empeño de la construcción por superar sus propios límites, planteándose desafíos cada vez más ambiciosos. Desde las grandes catedrales góticas hasta el Crystal Palace de Joseph Paxton o las bóvedas ingrávidas de Nervi, Torroja y Candela, el esfuerzo por levantar estructuras de extrema ligereza trasciende a los materiales empleados, sean estos la piedra, el hierro o el hormigón. En Barakaldo tuvimos un pequeño pero precioso ejemplo de ese esfuerzo que atraviesa el tiempo como una utopía en busca de la volatilidad sutil y ligera; fue derribado.

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Restaurante Los Manantiales, 1958 (Xochimilco, Ciudad de México).

Podemos imaginar fácilmente a Arteta y Candela en la cubierta del Sinaia. Sin duda, las horas interminables de travesía oceánica tuvieron que provocar el entrecruzamiento de ambos en numerosas ocasiones mientras paseaban, matando el tiempo, y observaban la línea del horizonte, o la coincidencia en el comedor colectivo o la asistencia a las conferencias que pronunció Susana Gamboa, representante del gobierno de Cárdenas, para aclararles cómo sería el futuro que les aguardaba en México.

Al ser buen dibujante el arquitecto, es seguro de que Candela visitó la exposición de dibujos que realizaron los artistas que viajaban en el barco (Ramón Gaya, Enrique Climent, Germán Horacio, José Bardasano, Aureliano García Lesmes, Juana Francisca Rubio….) y que, por tanto, supo que había un Arteta artista -si es que no lo conocía de antes- que viajaba entre el pasaje. Los arquitectos que viajaban en el barco no participaron en la exposición y Candela no fue el único, pues entre los que marchaban al exilio también estaban Mariano Rodríguez Orgaz y Fernando Gay Buchón, auto-calificado como “arquitecto-decorador-cineasta”.

Arteta y Candela coincidieron después  en el almacén de “La Terminal”, un hangar donde los hombres fueron alojados tras desembarcar en Veracruz. Al ser más de millar y medio de pasajeros a bordo y cerca de 600 en “La Terminal”, el pintor maduro -59 años- acompañado por su familia y el arquitecto joven -29 años- sin compañía alguna probablemente no cruzaron una palabra entre ellos o quizás sí, incapaces de imaginar que el Barakaldo pasado de uno y el Barakaldo futuro del otro tendrían un punto de encuentro en sus respectivas biografías, un Barakaldo que trato de rememorar y unir en este escrito.

Muchos años después de este viaje, cuando Candela realizaba algunos de sus más brillantes trabajos en México, a mediados de los años 60 y primeros 70 (el Palacio de los Deportes para las Olimpiadas de 1968 fue el más memorable), Barakaldo vivió  durante el franquismo terminal un breve episodio de modernización arquitectónica y artística, del cual el quiosco de música formó parte. El conjunto de actuaciones incluidas en este episodio se iniciaron o aprobaron en los últimos años del mandato del alcalde José Mª Llaneza Zabaleta (1937-1963). La Plaza de los Fueros se dotó de un nuevo edificio municipal de inequívocas formas avanzadas diseñado por José Sans Gironella (hermano mayor de César), delante de él, en la plaza, se instalaron esculturas de Vicente Larrea y Jorge Oteiza (ésta, todo hay que decirlo, mal realizada, hasta el punto de que el propio escultor exigió su retirada años después), surgieron grupos de teatro y se celebraron exposiciones de arte moderno (1971, 1972…) en las que participaron algunos de los más interesantes y vanguardistas pintores y escultores españoles (Rafael Canogar, Luis Gordillo, Manuel Hernández Mompó, Manuel Millares, Lucio Muñoz, Antoni Tàpies, …) y vascos (Dionisio Blanco, Néstor Basterrechea, Agustín Ibarrola, Remigio Mendiburu, Gabriel Ramos Uranga, José Luis Zumeta, los mencionados Larrea y Oteiza…) del momento, junto a jóvenes promesas, como Daniel Tamayo, Alberto Rementería, Carmen Olábarri, Mikel Díaz Alaba, Iñaki de la Fuente…

Detrás de estas exposiciones que rescataban el espíritu moderno que décadas antes había impregnado a Arteta estaba el crítico de arte barakaldés Santiago Amón, a quien algún tiempo después, siendo yo estudiante, escuché en la galería de arte llamada, precisamente, “Arteta”, de Bilbao, dar una conferencia sobre el pintor bilbaíno que me impresionó por su erudición y memoria, por la interpretación que hizo del pintor y por su capacidad para unir elementos distantes en el tiempo y aparentemente no relacionados, pero que de hecho sí lo estaban, tejiendo con hilos del pasado y el presente, de lo personal y lo colectivo, de lo artístico y lo político, de la poesía y la prosa… el paño en el que cada generación escribe su historia.

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