/ Javier González de Durana /

Procuro que siempre sean mías las fotografías que publico aquí. A veces esto no es posible y en tal caso las tomo de donde hayan aparecido publicadas, citando la autoría si viene mencionada. Cuando intento hacer yo las fotografías no siempre resulta fácil que el edificio que me interesa salga en buenas condiciones de visibilidad, es decir, sin obstáculos que, por delante de él, lo oculten total o parcialmente. En ocasiones es una parada de autobús, en otras un kiosko de prensa, la mayor parte de las veces el tráfico de vehículos, además de cables, vallas, carteles publicitarios… Los árboles no me molestan porque, aunque tapen, siempre quedan bien.
Los arquitectos tienen una forma de dibujar los planos que resulta ingeniosa. En el papel todo encaja al milímetro: las líneas van rectas, las proporciones cuadran solas y los bloques parecen llevarse bien entre sí. Te venden el edificio como una promesa de orden absoluto, donde no hay ni un solo detalle dejado al azar. Al mirar sus bocetos da la impresión de que ven la ciudad como un tablero que se puede controlar del todo antes de poner el primer ladrillo.

Pero basta dar un paseo para ver que ese orden se viene abajo en un segundo. El mismo edificio que en la pantalla se veía impecable, cuando toca el suelo de la calle pasa a ser otra historia. Le plantan una señal de tráfico delante, un semáforo al lado, coches tapando la entrada, papeleras, cables sueltos… La vida de verdad se mete por medio sin pedir permiso y le echa encima a la fachada un barullo de cosas que nadie había previsto. Aquella esquina despejada del dibujo se convierte en un cruce agobiante lleno de ruido, donde el edificio pasa a ser un simple fondo de escenario.
Esto no es culpa del que lo ha diseñado, sino de que los arquitectos y los peatones miramos las cosas de forma totalmente distinta. El arquitecto trabaja con una idea limpia en su cabeza, quitando los estorbos del mundo para poder concentrarse en su obra. En cambio, los que vamos a pie vivimos la calle como un revoltijo donde todo pasa a la vez. Donde ellos ven una fachada limpia, nosotros vemos un poste en medio. Donde ellos dibujan un paseo, nosotros vamos esquivando patinetes.
Quizá la clave sea que los proyectos se diseñan pensando que el edificio va a estar solo y aislado del mundo, lo cual viene muy bien para que quede bonito en el concurso, pero no sirve para el día a día. La calle no es una maqueta gigante. Es un organismo vivo y bastante desordenado donde cualquier tontería te distrae.

Aun así, este choque tiene su gracia. Al final, es ahí donde se demuestra si un edificio es bueno o malo: no en lo bonito que queda en el dibujo, sino en cómo aguanta el trote cotidiano. Un buen proyecto no es el que exige que la calle esté vacía para lucir, sino el que mantiene el tipo a pesar del caos que lo rodea. El truco no es inventar ciudades ideales que no existen, sino asumir desde el primer boceto que la realidad va a manchar el diseño, y que la gracia de una ciudad está precisamente en esa mezcla, a veces un poco incómoda, entre lo que se planeó y la vida real que lo desborda.
A veces pienso que si los arquitectos metieran en sus recreaciones en 3D un par de furgonetas repartiendo en doble fila, una farola torcida y a un vecino cruzando con las bolsas de la compra por donde no debe, puede que no ganaran premios en los concursos, pero nos creeríamos mucho más sus proyectos. Y de paso, no nos llevaríamos el chasco de comprobar que la calle real nunca se parece a sus dibujos, sino a ese momento en el que sacas el móvil para hacer una foto bonita y siempre se te cruza alguien justo cuando vas a disparar.
Buenos días Javier!
Hace años se entregaba en Barcelona el Premio Década, al mejor edificio 10 años después de su terminación, un premio de lo más didáctico y una verdadera pesadilla para algunos.
Lo cierto es que es frustrante, y añadir todo ese ruido en tu proyecto parecería que se está asumiendo como inevitable.
En algún momento alguien se dará cuenta de la terrible contaminación visual que hay en nuestras ciudades.
Gracias por tu compromiso, todas las cuestiones que planteas en tu entorno son absolutamente extrapolables a Tenerife y a Canarias, con otros protagonistas aunque a veces incluso con los mismos….
Un abrazo.
Me gustaMe gusta
Buenos días, José Manuel, y muchas gracias por tu comentario. No conocía ese Premio Década de Barcelona, pero me parece una idea estupenda. Al final los edificios se conocen de verdad con el paso del tiempo, cuando aparece todo lo que se les pega encima, lo que se modifica, lo que envejece bien y lo que envejece fatal. Más de una arquitectura muy celebrada el día de la inauguración no saldría muy bien parada diez años después… Y sí, da bastante rabia comprobar hasta qué punto hemos acabado aceptando como normal una contaminación visual tremenda. Cableados, carteles, señales, añadidos improvisados, ruido publicitario… cosas que terminan deteriorando muchísimo los espacios y que casi ya ni vemos de puro acostumbramiento. También me llama la atención esa sensación de que problemas que parecen muy concretos de aquí se repiten luego en Canarias, en Asturias, aquí en el País Vasco o en cualquier otro sitio. Cambian los nombres, pero el fondo suele ser parecido: presión sobre el territorio, infraestructuras mal encajadas, decisiones tomadas siempre con prisas y casi nunca pensando en el paisaje a largo plazo. Un fuerte abrazo con el recuerdo a nuestro querido y admirado amigo Vicente Saavedra.
Me gustaMe gusta