/ Javier González de Durana /

Puerto de la Paz, por Silvestre Pérez, 1807.
Durante mucho tiempo hemos tendido a pensar que los territorios, las ciudades y los paisajes que habitamos son el resultado de una acumulación de decisiones tomadas en el pasado. Y es cierto. Las calles que recorremos, los barrios donde vivimos o las infraestructuras que utilizamos son herencias de otras épocas. Sin embargo, hay un aspecto menos visible, pero igual de importante: los territorios también se construyen a partir de las imágenes que una sociedad proyecta sobre su propio futuro.
Toda comunidad imagina, de una forma u otra, el lugar donde vive. Lo hace cuando sueña con una ciudad más moderna, cuando aspira a conservar su patrimonio, cuando desea atraer inversiones o cuando teme perder su identidad. Esas visiones compartidas terminan influyendo en las decisiones políticas, económicas y urbanísticas. En ocasiones, incluso acaban convirtiéndose en una especie de profecía que termina cumpliéndose simplemente porque mucha gente actúa como si ese futuro ya estuviera escrito.
La planificación territorial y urbana siempre ha intentado anticiparse al porvenir. Su misión consiste, en teoría, en ordenar el espacio y orientar su desarrollo durante un determinado periodo de tiempo. Sin embargo, en las últimas décadas se ha producido una transformación llamativa. Cada vez con más frecuencia, los grandes proyectos urbanos vienen acompañados de sofisticadas campañas de comunicación, recreaciones digitales espectaculares y relatos cuidadosamente elaborados que presentan una visión idealizada de lo que está por venir. En muchos casos, la atención parece centrarse tanto en vender una imagen atractiva del futuro como en resolver los problemas reales del presente.
Esta tendencia resulta especialmente significativa en una época marcada por la incertidumbre. La crisis climática, los conflictos internacionales, las tensiones económicas, los movimientos migratorios o los debates sobre la identidad colectiva han hecho que el futuro se perciba como algo mucho menos predecible de lo que parecía hace apenas unas décadas. Ya no basta con elaborar planes rígidos y confiar en que la realidad siga el guion previsto. Los acontecimientos recientes han demostrado que las sociedades pueden verse alteradas de forma repentina por fenómenos inesperados.
Por eso cada vez son más las voces que cuestionan las formas tradicionales de planificar. Durante años predominó una visión muy técnica del territorio, basada en la idea de que un grupo reducido de expertos podía determinar qué era lo mejor para una ciudad o una región. Sin embargo, esa forma de actuar ha mostrado sus límites. Las decisiones sobre el futuro afectan a toda la sociedad y, por tanto, deberían incorporar una mayor diversidad de perspectivas, sensibilidades y experiencias.
La cuestión de fondo es sencilla: ¿quién tiene derecho a imaginar el futuro? Porque no todas las visiones poseen la misma capacidad para convertirse en realidad. Existen grupos e instituciones con más recursos, más influencia y más capacidad para imponer sus prioridades. De este modo, algunos proyectos se presentan como inevitables o deseables cuando, en realidad, responden a intereses muy concretos. La historia de la planificación urbana está llena de ejemplos en los que determinadas aspiraciones colectivas quedaron relegadas frente a objetivos económicos o políticos considerados más importantes. El Puerto de la Paz, concebido para instalarse a principios del siglo XIX en territorio de Abando y competir con el poderío del puerto de Bilbao, es el caso más conocido entre nosotros.

Plan Parcial de Reforma Interior, de Secundino Zuazo, 1923.
Al mismo tiempo, conviene preguntarse por qué algunas ideas llegan a materializarse y otras no pasan del papel. La distancia entre los planos y la realidad constituye una de las cuestiones más interesantes del urbanismo contemporáneo. Hay proyectos que fracasan, otros que se transforman por el camino y algunos que terminan produciendo efectos muy distintos de los previstos inicialmente. La ciudad real nunca coincide por completo con la ciudad imaginada.
Un ejemplo especialmente revelador se encuentra en la gestión del patrimonio histórico. Desde los años setenta se ha producido una evolución significativa en la manera de entender la conservación. Se ha pasado de una visión centrada exclusivamente en proteger monumentos aislados a otra más amplia que considera el patrimonio como un recurso capaz de contribuir al desarrollo urbano, social y cultural. Sin embargo, la práctica cotidiana sigue mostrando contradicciones. Con frecuencia, las políticas de conservación terminan imponiéndose sobre cualquier otra consideración, dificultando una integración más equilibrada entre protección patrimonial y vida urbana.
Algo parecido ocurre con los modelos tradicionales de planificación de las ciudades. Las administraciones suelen perseguir el orden, la previsibilidad y el control. Para ello establecen normas precisas sobre cómo deben utilizarse los espacios públicos. Sin embargo, la vida urbana rara vez se comporta de manera tan disciplinada. Frente a estas lógicas han surgido numerosas iniciativas ciudadanas que reivindican formas más abiertas y flexibles de construir la ciudad. Recorridos culturales por barrios periféricos, proyectos comunitarios autogestionados o intervenciones vecinales espontáneas muestran que los habitantes también son capaces de generar sus propias formas de entender y transformar el espacio.
Las grandes operaciones urbanas ofrecen igualmente ejemplos muy ilustrativos. Hoy es posible recorrer virtualmente un barrio que todavía no existe gracias a sofisticadas tecnologías digitales. Los ciudadanos pueden contemplar edificios, parques y calles antes de que se coloque el primer ladrillo. Estas representaciones tienen una enorme capacidad de seducción porque permiten experimentar una promesa de modernidad anticipada. Sin embargo, detrás de esas imágenes pueden ocultarse conflictos importantes, desde procesos de desplazamiento de población hasta profundas transformaciones sociales. Lo más llamativo es que quienes sufren las consecuencias negativas de estos proyectos no siempre rechazan la visión de futuro que se les presenta. A menudo comparten el deseo de disfrutar de esa modernidad, aunque cuestionen el precio social que exige alcanzarla.
La planificación nunca es un ejercicio neutral. Cada plano, cada proyecto y cada decisión contienen una determinada visión del futuro. La cuestión verdaderamente importante es decidir si ese futuro será imaginado por unos pocos o construido colectivamente por una ciudadanía capaz de participar en la definición de los lugares donde vivirá mañana.

Plan General de Ordenación Comarcal de Bilbao, «Gran Bilbao», 1945.
Concisa y cruda reflexión, certera y realista realidad de cómo funcionan los mecanismos de la programación urbanística, con argumentos dejan huella y remueven la conciencia.
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