El sueño imposible de las ciudades ideales

/ Javier González de Durana /

Ciudad ideal, según la Tabla de Urbino.

A propósito de un post publicado aquí hace algunas semanas (Del plano perfecto al semáforo torcido) acerca de las diferencias entre la realidad pensada y la realidad tal como es, traigo estas notas a modo de continuación. El Renacimiento italiano suele evocarse a través de la dulzura de las madonas o de la energía de sus esculturas, pero existe un conjunto de obras que impresiona por lo contrario: por su silencio absoluto, frío y calculado. Se trata de las tablas de las “Ciudades ideales” (circa 1470-90), realizadas a finales del siglo XV y vinculadas al entorno artístico de Urbino. No son simples ejercicios de perspectiva arquitectónica, sino auténticos manifiestos políticos y filosóficos trasladados al óleo y a la tabla. En ellas se proyecta el deseo de una época que, enfrentada al desorden y a la congestión de las ciudades medievales, imaginó un modelo de armonía urbana y civil que la realidad material todavía estaba lejos de alcanzar. 

Las pinturas de estas “ciudades ideales” surgieron de la idea de que la belleza geométrica era reflejo de un orden universal inteligible. El rasgo esencial de estas composiciones es el dominio absoluto de la perspectiva lineal, entendida como un avance técnico y como un instrumento de orden moral. Nada queda sometido al azar: las líneas de fuga convergen con exactitud matemática en un edificio central concebido como eje simbólico del universo, en un arco de triunfo y en un horizonte marítimo. A ambos lados, las fachadas de los palacios despliegan una estricta simetría basada en los órdenes clásicos, donde ventanas, cornisas y portadas responden a proporciones armónicas. 

La limpieza visual resulta extrema: las calles aparecen vacías, los pavimentos dibujan patrones geométricos perfectos y la luz uniforme elimina cualquier rastro de imperfección o contingencia. Es una arquitectura depurada hasta el límite, sin bullicio, sin comercio y sin presencia humana capaz de alterar el equilibrio del conjunto. Se da la paradoja política de que, aunque estas pinturas representan armonía cívica y “buen gobierno”, nacieron en cortes gobernadas por élites muy reducidas y autoritarias. La ciudad ideal era una herramienta de representación del poder principesco.

Ciudad ideal, según la Tabla de Berlín.

La autoría de estas obras, conservadas en Urbino, Baltimore y Berlín, es desconocida, aunque el concepto fue desarrollado por algunas de las figuras más brillantes del Quattrocento, desde planteamientos muy distintos. Piero della Francesca aportó su fascinación por la luz matemática y la construcción volumétrica rigurosa. El espacio pictórico funcionaba, para él, como un teorema visual sustentado en cuerpos geométricos perfectos iluminados con claridad casi abstracta. Por otra parte, arquitectos y teóricos como Francesco di Giorgio Martini o Leon Battista Alberti concebían la ciudad ideal como un organismo racional que debía armonizar belleza clásica, funcionalidad civil y eficacia militar, incorporando plazas de armas y sistemas de fortificación. Mientras Piero perseguía una abstracción cercana a la armonía divina, el círculo intelectual de Alberti entendía estas imágenes casi como proyectos urbanísticos susceptibles de materializarse. Para todos ellos estas tablas no eran sólo representaciones de edificios, sino laboratorios visuales donde la perspectiva actuaba como instrumento de experimentación espacial antes de trasladarse a la construcción real.

El alcance simbólico de estas ciudades resulta extraordinario. El edificio central, circular o poligonal, no era una elección casual: representaba la perfección geométrica del círculo como reflejo de Dios y del cosmos, trasladando a la tierra la idea de una “arquitectura celestial”. Las plazas vacías funcionaban como alegorías del Buen Gobierno y de la Umanitas renacentista. El control del espacio físico simbolizaba el dominio de las pasiones humanas y el orden social que el gobernante debía garantizar. Una ciudad proporcionada, limpia y armónica equivalía a una sociedad justa, pacífica y culta. 

La ausencia de habitantes no expresa abandono, sino la construcción de un escenario idealizado, un teatro cívico preparado para recibir al ciudadano perfecto imaginado por el Renacimiento. El vacío humano de las tablas puede interpretarse como una consecuencia de la propia lógica de la perspectiva: la ciudad aparece concebida antes para ser contemplada que para ser vivida, lo cual aproximaba estas obras a una escenografía teatral o incluso a una maqueta intelectual. Hoy estas ciudades ordenadas pueden percibirse como espacios inquietantes, deshumanizados o incluso precursores de modelos urbanos excesivamente controlados, pero en su origen no fue así.

Ciudad ideal, según la Tabla de Baltimore.

La influencia de estas imágenes sobre el urbanismo real fue profunda. Muchos gobernantes intentaron transformar sus ciudades siguiendo esos principios de simetría y racionalidad. Pienza, Urbino y Ferrara muestran hasta qué punto estas pinturas funcionaron como modelos de referencia para la transformación de la ciudad real. Incluso en el ámbito militar, Palmanova, con su planta estrellada perfecta, demuestra cómo las geometrías soñadas por los pintores acabaron trazándose en el territorio europeo. 

Estas pinturas se relacionan con el nacimiento del urbanismo moderno pues, en cierto modo, anticipan la planificación racional de épocas posteriores, desde el Barroco hasta ciertos proyectos ilustrados y, más tarde, las utopías urbanas del siglo XIX y XX. En estas imágenes llama la atención la ausencia de naturaleza: el mundo vegetal apenas existe o queda subordinado a la arquitectura, lo que revela una visión antropocéntrica y racionalizadora del Renacimiento.

Aunque pertenece todavía al Trecento gótico y se sitúa lejos de la severidad matemática de las ciudades ideales del Quattrocento, la Alegoría del Buen Gobierno de Ambrogio Lorenzetti (imagen de cabecera en este blog desde su inicio) puede entenderse como el precedente espiritual de esta utopía urbana. En el fresco del Palacio Público de Siena, Lorenzetti no representa una ciudad desierta y abstracta, sino una urbe viva y activa, donde la arquitectura gótica sirve de escenario para una convivencia armónica. Las calles aparecen llenas de comerciantes, artesanos y ciudadanos que celebran la paz civil. La obra plantea que el orden de una ciudad no depende sólo de la simetría de sus calles o de la pureza geométrica de su trazado, sino también de la justicia y de la convivencia que la sostienen. La verdadera belleza urbana, parece sugerir Lorenzetti, nace de una comunidad capaz de vivir en equilibrio consigo misma.

Vista aérea de Palmanova, ciudad en el noreste de Italia, dentro de la región autónoma de Friuli-Venecia Julia (en la zona de Údine).

3 comentarios sobre “El sueño imposible de las ciudades ideales

  1. Te felicito, querido amigo, por estas reflexiones, con las que estoy plenamente de acuerdo.
    Sin ánimo de auto citarme, y lejos de la brillantez y claridad de tu exposición, me viene a la memoria un cuadro que realicé en el 2017, de la serie «Paleo-logía», en la que representé un fragmento urbano conducente a una plaza organizada ante un árbol (esquema de naturaleza). Todo ello sobre los restos de un ciudad antigua, base del posterior desarrollo.
    Desconozco si logré plasmar mi inquietud sobre el urbanismo actual.

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    1. He localizado tu obra, Renato, la que mencionas como «Paleo-logia». Copio aquí el enlace para quien quiera conocerla:
      https://www.artsper.com/us/contemporary-artworks/print/547513/paleo-logia-svl
      Es una investigación plástica en la que confluyen de manera muy explícita tu doble formación como arquitecto y artista. La pintura responde a un esquema compositivo muy característico de esta serie así titulada. En ella aparece un fragmento de ciudad organizado mediante una secuencia de calles o recorridos que desembocan en un espacio abierto, una plaza cuyo centro simbólico está ocupado por un árbol. Ese árbol no funciona como un simple elemento paisajístico, sino como el núcleo generador del asentamiento, una representación condensada de la naturaleza primigenia que precede y da sentido a la ciudad. Ese tejido urbano no se presenta como una realidad autónoma, sino que lo dispones sobre una estratigrafía arqueológica, donde pueden reconocerse restos de edificaciones, cimentaciones, muros y trazas de una ciudad anterior. La imagen sugiere que ninguna ciudad nace desde cero: cada nueva organización del espacio se levanta literalmente sobre las huellas de las generaciones precedentes. La ciudad contemporánea aparece así como una superposición de tiempos, más que como un objeto acabado.
      Desde el punto de vista conceptual, tu serie «Paleo-Logía» desarrolla precisamente esa idea de la memoria del territorio: un discurso sobre las capas profundas del paisaje construido. No se trata únicamente de arqueología material, sino de una arqueología de las formas urbanas y de la cultura.
      En esa obra concreta, la plaza desempeña un papel esencial. En la tradición urbanística mediterránea, la plaza constituye el lugar de encuentro, intercambio y representación de la comunidad. Al situar un árbol en su centro, pareces querer recordar que el origen de la ciudad no reside únicamente en la arquitectura, sino en un pacto entre naturaleza y sociedad. El árbol actúa como un axis mundi, un punto de referencia alrededor del cual se organiza el espacio humano, evocando desde los árboles sagrados de la Antigüedad hasta las plazas mayores europeas presididas históricamente por olmos, robles o tilos.
      Formalmente, la composición conserva la precisión geométrica propia de un arquitecto. Las plantas urbanas aparecen casi como dibujos cartográficos o levantamientos arqueológicos, mientras que las distintas capas del terreno recuerdan secciones geológicas. Esa analogía entre geología y urbanismo no es casual: la ciudad se interpreta como un sedimento cultural donde cada época deposita una nueva capa sin borrar completamente las anteriores. El resultado es una imagen que puede leerse simultáneamente como plano, paisaje, excavación y memoria.
      En mi opinión, esta serie mantiene afinidades con las investigaciones de arquitectos como Aldo Rossi acerca de la memoria urbana, con la noción de palimpsesto desarrollada por André Corboz y con las ideas de Colin Rowe sobre la ciudad como collage histórico. Sin embargo, tú las trasladas al lenguaje pictórico-digital, convirtiendo el plano urbano en una metáfora visual del tiempo y de la permanencia. En este sentido, «Paleo-Logía» puede entenderse menos como una representación de una ciudad concreta que como una reflexión sobre la ciudad como organismo vivo, construido mediante la acumulación de memoria, naturaleza e historia.

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