Paseos de ribera y parques de agua en la isla

/ Javier González de Durana /

Voy a menudo a la isla de Zorrotzaurre. En realidad, he ido muy frecuentemente a esa ribera de Deusto desde mucho antes de que se convirtiera en isla, pero en los últimos tiempos acudo de manera más habitual por la mezcla de coraje y fascinación que me produce ver lo que allí está ocurriendo. Es como, si tras una catástrofe devastadora, estuviera surgiendo un mundo nuevo. Aquí y allá sobreviven pequeños vestigios de la civilización anterior, empequeñecidos ante la magnitud de las obras que se llevan a cabo en sus inmediaciones. Obras que a veces asombran por la complejidad técnica, otras enfadan al intuir intereses económicos que avasallan memorias colectivas y otras veces más provocan dudas al no vislumbrarse su resultado final. Lo fascinante es, en todo caso, ser testigos del nacimiento de un mundo urbano en tan breve plazo de tiempo. En la historia, el surgimiento y consolidación de las ciudades se ha venido alargando durante décadas o siglos; aquí vemos cómo sucede en unos pocos años, aunque las preguntas asaltan al paseante por todas partes. Como, por ejemplo, el asunto de los paseos y las parques.

Zorrotzaurre es la última gran fantasía de Bilbao: un antiguo paisaje industrial al que Zaha Hadid dio forma antes de morir y que hoy se vende con un entusiasmo que recuerda demasiado a los folletos inmobiliarios. El discurso oficial repite palabras como “mágico”, “sostenibilidad” o “conexión”, una jerga que suele aparecer cuando la retórica ocupa el lugar del criterio. Porque una ciudad no se construye sólo con paseos agradables y edificios icónicos; se sostiene con continuidad social y cierto confort climático, dos cosas que las infografías, tan pulcras como engañosas, nunca saben resolver del todo.

La respuesta a la inundabilidad es el primer guiño técnico discutible: dos niveles para convivir con la ría. Arriba, la ciudad segura; abajo, el contacto con el agua, en una franja expuesta que, en una ciudad donde el viento y la lluvia son lo habitual, corre el riesgo de convertirse en un espacio residual. Bonito en plano, incómodo en la práctica, esperando una crecida que justifique su diseño.

Donde la cosa roza el absurdo, en mi opinión, en el llamado “Parque del Agua”. En una isla rodeada por la ría, alguien decidió que hacía falta un estanque ornamental de 680 m² con chorros y niebla artificial. Es, básicamente, una versión cara y domesticada de un ecosistema que ya existía y que se ha ignorado. El triunfo del simulacro: agua de catálogo sustituyendo al agua real, mantenida a base de presupuesto, como si el clima del Cantábrico fuera un detalle menor.

Luego aparece la famosa “indeterminación”, ese término elegante para decir que no está muy claro qué hacer con ciertos espacios. En un lugar sin densidad social, lo indeterminado no es flexibilidad; es vacío. Sin vida en la calle, esas explanadas tan limpias en el plano acaban siendo lugares incómodos, donde el viento campa a sus anchas y el peatón no encuentra refugio.

En la Punta Norte, el espacio público queda subordinado a algún edificio de gran escala. Es una privatización sutil: el suelo será público, sí, pero funcionará como antesala de alguna institución. Más que conectar San Ignacio con Deusto, parece levantar una barrera simbólica. Y esa insistencia en separar los usos, aquí se descansa, ahí se corre, allí se pasea, olvida algo básico: la vida urbana es mezcla, no compartimentos estancos.

Zorrotzaurre está entre la ciudad real y el escenario de regeneración. Todo funciona en lo técnico, pero el conjunto resulta frío. Se ha pensado desde arriba, para revistas e inversores, dejando en segundo plano la escala cotidiana: el refugio, el encuentro casual. De momento, es un fragmento de ciudad brillante sobre el papel, pero todavía sin voz propia.

El modelo residencial se presenta como el gran pacto social del nuevo Bilbao, aunque suena a promesa con letra pequeña. Se habla mucho de mezclar vivienda protegida y libre, como si eso bastara para generar comunidad. Pero juntar tipologías no garantiza convivencia: es una integración bastante teórica que ignora cómo funciona realmente el mercado. Levantar edificios no es lo mismo que crear barrio, y aquí muchas de esas viviendas parecen más un dormitorio bien diseñado que un tejido vivo.

Miles de viviendas en un entorno que aún es más promesa que realidad, con poca complejidad cotidiana. Sin comercio diverso, sin ese desorden propio de los barrios vivos, lo que queda es una sucesión de bloques correctos, conectados por puentes que recuerdan más a pasarelas que a calles. La vivienda protegida actúa como coartada ética dentro de una operación que, en el fondo, sigue girando en torno al valor del suelo.

Al final, Zorrotzaurre puede convertirse en el triunfo de la geometría sobre la vida. Un lugar eficiente, bien diseñado, pero algo distante. Donde todo encaja… salvo la espontaneidad. Puedes tener vistas magníficas y todos los servicios cerca, pero cuesta imaginar esa esquina con olor a tostadero de café o ese bar donde la charla y el pincho de tortilla invitan quedarse más de la cuenta.

Y el éxito será total o paradójico cuando la vivienda protegida acabe absorbida por el alquiler turístico y los puentes sirvan más para visitantes que para vecinos. Entonces la imagen ideal se habrá hecho realidad, pero la realidad seguirá teniendo un problema: saber cómo se vive de verdad en un sitio pensado más para ser mirado que habitado.

4 comentarios sobre “Paseos de ribera y parques de agua en la isla

  1. «Cómo se vive de verdad en un sitio pensado más para ser mirado que habitado…» Buen resumen del problema último del urbanismo tecnocrático. Bien que deberían leerte quienes tienen el mando en plaza…

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  2. Estoy lejos de vosotros y desconozco de cerca la instantánea de nos presentas, pero he disfrutado intensamente leyendo tan divertida, amplia y sutil crítica de una realidad tan generalizada.

    Política, especulación y propuestas urbanísticas clonificadas se dan la mano para convertirse en una verdad unívoca.

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