Ingeniería y museística en San Mamés (y II).

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El museo. La inauguración del museo del Athletic Club estaba prevista para el primer trimestre de 2016, pero la ampliación de la cubierta retrasó su acometida hasta que el pasado 1 de septiembre fue inaugurado. El nuevo estadio permitió la reserva de un amplio espacio para este fin.

La empresa catalana Espai Visual ganó el concurso para acondicionar los 1.300 metros cuadrados de espacio situado entre las tribunas Este y Norte, cerca de las puertas 19 y 20. Junto a Espai Visual han trabajado los estudios navarros de arquitectura Vaillo+Irigaray y Místic, con el asesoramiento del museólogo catalán Joan Santacana. La licitación se fijó en 3,6 millones de euros. La “filosofía” del club acerca de la contratación de profesionales de la cantera se restringe, al parecer, a los jugadores. No habría estado mal que hubiera aplicado ese criterio a otros profesionales, por ejemplo, a los museólogos y museógrafos, de los cuales la cantera local dispone de buenos y acreditados individuos.

Se trata de un museo privado y, por lo tanto, su promotor lo enfoca como considera conveniente sin deberse más que a sus socios y sintiéndose liberado de alcanzar los objetivos que a los museos públicos sí les son exigibles. Ahora bien, el Athletic Club es una entidad parcialmente subvencionada con recursos públicos y que juega en un estadio que en parte pertenece a instituciones públicas. Viéndolo así, el museo del Athletic Club no estaría exento de responsabilidad hacia la sociedad de su entorno. De otra parte, la utilización del nombre “museo”, condición que otorga el Gobierno Vasco, obliga al cumplimiento de determinados requisitos socio-culturales. Si no los cumpliera estaría haciendo un uso indebido del nombre.

El resultado ante el espectador es muy bueno. Hay una tendencia en el mundo de la cultura a manifestar una especie de incomprensión y desagrado por el éxito de público que tienen los museos de fútbol frente a los museos orientados a otras actividades culturales. No hay motivo. Lo que aquí se muestra, por supuesto, también es cultura, elevada cultura deportiva y social.

 

A lo largo del recorrido la narrativa se sigue con amenidad y atención. Los materiales expuestos son abundantes y muy diversificados En realidad, no se habla sólo del club y el fútbol, sino de una ciudad unida hondamente a un deporte. Es el museo de una pasión, comprendida y abrazada por unos, incomprendida y vista con indiferencia por otros, pero que toca a la ciudadanía de una ciudad, de un territorio y de más allá.

La lectura de algunos textos resulta complicada por la escasa iluminación, pero es de los pocos reparos que se le pueden hacer en el aspecto museográfico. El juego de luces convierte en única cada estancia. Los efectos sonoros y visuales hacen el resto para conseguir una atmósfera singular. El vídeo y las imágenes proyectadas desempeñan un papel importante en el contenido del museo.

Se transita por tres secciones bien diferenciadas en componentes y ambientaciones. La primera -negra- contextualiza la época en que nació el Club, 1898, y su evolución como entidad deportiva plasmada en relevantes hitos a lo largo las tormentosas décadas del siglo XX. La segunda -roja- presenta bloques temáticos dedicados al club, la afición, la cantera, los protagonistas del juego y expone el componente humano y social, los entrenadores, los jugadores, los socios -todos, individualizados, con nombre y apellidos, todos, sin dar más relevancia a unos que a otros (esto es interesante, aunque este igualitarismo radical pueda parecer injusto a algunos aficionados)-, las competiciones en las que ha tomado parte el Athletic y la sala de trofeos. La tercera -verde- es la parte más lúdica con un video-wall gigante y una zona de juegos. A la salida, en una especie de capilla extraída de una nave extraterrestre dos muros luminosos muestran, uno a uno, los nombres de todos los socios del club -que han sido y son- ordenados por el año en que se dieron de alta.

Un museo del Athletic Club no es -no puede ser- una sentimental y mera acumulación expositiva de copas, banderines y fotografías de un tiempo pasado. Para eso bastarían unas vitrinas, sin más. Este museo creo que aspira a ser una herramienta, tan efectiva como cualquier otra, para la consecución de triunfos deportivos y éticos. Unos triunfos que terminan por lograr los jugadores sobre el césped, pero que se ven impulsados por el orgullo de pertenencia y el conocimiento de los valores de la historia propia que la afición proyecta hacia cada jugador en forma de respaldo y ánimo. El conocimiento de los valores, más allá de lo bilbaocéntrico y la metafórica fiereza del león…, ¿cuáles son? ¿por qué no quedan explícitamente claros en la narrativa museográfica? Un museo, del tipo que sea, no es sólo un muestrario de objetos, sino un muestrario de objetos con una intención ilustrativa y formativa. ¿Cuál es aquí la intención formativa?

Los valores sociales como el respeto, la cooperación, la relación social, la amistad, la competitividad, el trabajo en equipo, la participación de todos, la expresión de sentimientos, la convivencia, la lucha por la igualdad, la responsabilidad social, la justicia, la preocupación por los demás, el compañerismo…. ¿dónde están? Y los valores personales como la habilidad (física y mental), la creatividad, la diversión, el reto personal, la autodisciplina, el autoconocimiento, el mantenimiento o mejora de la salud, la autoexpresión, la autorrealización, el reconocimiento, la aventura y el riesgo, la imparcialidad, la deportividad, el juego limpio, el espíritu de sacrificio, la participación lúdica, la perseverancia, la humildad, el autodominio… ¿dónde están? ¿Acaso todo radica en una historia ennoblecida por los triunfos?

Se podría decir que un mayor equilibrio entre la épica y la ética hubiera estado bien, pero lo interesante es que no resulta necesario proclamar valores de manera explícita porque ya se dice de un modo indirecto, casi como si fuera una actitud natural y propia del aficionado que no necesita que se los recuerden. La fuerza del mensaje sumergido entre imágenes que hablan de valores sin citarlos es más poderosa que el recuerdo paternalista acerca de lo que el deporte debe ser. ¿Dónde están esos valores? Están impregnándolo todo.

El museo se caracteriza por el fuerte componente espectacular en el que se enmarcan los bienes atesorados por el Club. Los recursos tecnológicos toman el mando, a veces, incluso por encima de los recuerdos. Por momentos se tiene la sensación de haber entrado en un parque de atracciones en donde la meta parece ser el dejar con la boca abierta al observador, más por el impacto visual que por la valoración de aquella copa, estos guantes de Iribar o la camiseta que vistió Zarra en tal o cual memorable partido. El componente lúdico impregna el recorrido: se ven audiovisuales con marchamo de video-clip musical, un video-wall de 102 pantallas -el más grande de cuantos existen en España, ¡oye, qué menos, somos de Bilbao!– en el que es posible penetrar y literalmente verse envuelto por él, una zona de juegos con posibilidad de narrar jugadas históricas que acabaron con el grito ¡goooool!….

A los aficionados a la arquitectura les gustará en particular una sección casi al final del recorrido en la que una video-animación muestra el crecimiento del viejo estadio desde 1913 hasta 2013. Otro vídeo revela cómo se levantó el nuevo estadio. Este gusto por los detalles -que no son estrictamente el triunfo y los jugadores- se manifiesta poco antes de salir: un hueco en el suelo acristalado muestra unas rocas con fósiles marinos de alrededor de 100 millones de años que se hallaron durante las excavaciones del terreno para levantar la nueva construcción. Una conexión con lo telúrico que viene a propósito.

En este sentido el museo del Athletic supera, por mejora sustancial y amplificada, los esquemas vigentes en los museos del Real Madrid y el Fútbol Club Barcelona. Lo mejor desde mi punto de vista: empezar y terminar el recorrido con una visión del campo a ras del césped, como si el visitante estuviera en el túnel preparado para salir y jugar.

Como es natural, este museo encantará a todos los aficionados tanto del Athletic como del fútbol en general…, los nostálgicos y melancólicos buscarán entre pantallas y paredes luminosas reencontrarse con la emoción que sintieron siendo niños, la imagen de aquel cabezazo que supuso un triunfo decisivo o el cartel de cierta competición en la que se sufrió tanto…

Llama la atención que la personificación de ciertas figuras esté ausente. Me parece bien si con ello se quiere restar importancia al individualismo para resaltar la tarea colectiva del equipo. Podría decirse que esas ausencias deberían estar acompañadas por una explicación enfática sobre la fuerza de la unión, pero no se requiere porque las imágenes proclaman esa virtud de forma sutilmente obvia.

Este museo generará buenos ingresos en taquilla (10 € por persona adulta no socia; socios 4 €) y será un éxito. De hecho, sospecho que este museo se adelanta a lo que dentro de algunos años harán los demás museos: espectáculo, entretenimiento y beneficios económicos.

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Instalaciones de museo.

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