/ Javier González de Durana /

Hay algo de cinismo corporativo casi admirable en la última campaña de Airbnb. Después de haber contribuido a convertir los centros históricos de decenas de ciudades en escenarios donde apenas quedan vecinos, después de haber tensionado hasta límites insoportables el mercado residencial y de haber transformado en un privilegio cada vez más caro el derecho a vivir en un barrio, la empresa ha decidido reinventarse como embajadora de la vida rural. Cuando un territorio empieza a agotarse, el siguiente se presenta como una promesa de autenticidad. A ese agotamiento debe sumarse la reforma de la Ley de Propiedad Horizontal. de abril de 2025, pues si antes bastaba con que la comunidad de vecinos no prohibiera expresamente que un piso se convirtiera en vivienda turística, ahora sin autorización vecinal previa esa conversión no puede darse.
La narrativa es impecable desde el punto de vista publicitario. La ciudad ya no vende; vende el pueblo. Atrás quedan los apartamentos con vistas a la catedral o los lofts en antiguos barrios obreros convertidos en decorados turísticos. Ahora aparecen caminos de tierra, pan recién hecho, campanas de iglesia, huertas familiares, conversaciones pausadas en la plaza y niños jugando sin tráfico alrededor. Todo envuelto en una fotografía cálida y una música que invita a pensar que existe un lugar donde el tiempo aún no ha sido conquistado por la economía digital.
Pero ahí reside la paradoja. Airbnb comercializa como experiencia aquello que sólo puede existir mientras no se convierta en mercancía. La vida comunitaria, la tranquilidad, el conocimiento mutuo entre vecinos, la disponibilidad de vivienda para quienes trabajan en el lugar o la permanencia de una población estable son bienes colectivos muy frágiles. Funcionan porque no responden en exclusiva a la lógica del mercado. En el momento en que se transforman en un producto destinado al consumo turístico comienzan a erosionarse.
Y conviene fijarse en un detalle nada menor: A la vista de su anuncio televisivo, no parece que Airbnb haya puesto el foco en cualquier pueblo. Los municipios de cierto tamaño apenas aparecen en su relato. Su objetivo son las aldeas y los núcleos más pequeños, precisamente aquellos que llevan décadas perdiendo población y donde la despoblación amenaza con hacer desaparecer la vida comunitaria. Es cierto que en muchos de ellos existe un elevado número de viviendas vacías y ahí la plataforma ha detectado una magnífica oportunidad de negocio. Para los propietarios supone la posibilidad de obtener rentabilidad de unas casas que permanecían cerradas, para Airbnb es un nuevo mercado todavía por explotar. Claro que esas viviendas deberán adaptarse a las expectativas de unos visitantes urbanos que buscan la estética del mundo rural, pero no sus incomodidades: quieren piedra vista y vigas de madera, pero también calefacción, aire acondicionado, wifi de alta velocidad, colchones de hotel, ausencia de moscas y barro en la puerta…, y, si fuera posible, que el gallo del vecino posponga su canto hasta una hora más razonable. En definitiva, aspiran a consumir una versión higienizada del campo, cuidadosamente desprovista de todo aquello que convierte al campo en un lugar real.
La empresa presenta esta expansión hacia el medio rural como una oportunidad para revitalizar pueblos que han perdido población durante décadas. La palabra «revitalización» aparece una y otra vez, como si bastara con atraer visitantes para reconstruir un tejido social. Sin embargo, revitalizar un pueblo significa mantener abierta la escuela, garantizar un consultorio médico, asegurar transporte público, facilitar vivienda asequible para jóvenes, agricultores, ganaderos, maestros o personal sanitario y sostener un comercio cotidiano. Ninguna de esas necesidades forma parte del modelo de negocio de una plataforma cuya rentabilidad depende de maximizar la ocupación temporal de viviendas privadas.
La confusión entre turismo y desarrollo local constituye una de las grandes ficciones económicas de nuestro tiempo. Que entre dinero en un municipio no significa necesariamente que ese municipio se fortalezca. Puede ocurrir exactamente lo contrario. Una vivienda que antes alojaba durante años a una familia pasa a rotar entre decenas de visitantes cada temporada. El propietario obtiene mayores ingresos, sí, pero el parque residencial disponible disminuye. Cuando el fenómeno alcance cierta escala, los precios comenzarán a subir incluso en localidades donde nunca han existido problemas de acceso a la vivienda.
La diferencia respecto a las grandes ciudades es de escala. Allí donde una capital pierde unos cientos de viviendas residenciales, el impacto es importante. Pero en un municipio de doscientos habitantes basta con que diez o quince casas cambien de uso para alterar el equilibrio demográfico. No hace falta una invasión turística masiva para producir efectos estructurales. Los mercados pequeños son muy sensibles. Unas pocas operaciones inmobiliarias bastan para modificar precios, expectativas y comportamientos.

Existe además una dimensión cultural que raramente aparece en los anuncios. El pueblo deja de ser una comunidad para convertirse en un paisaje consumible. Sus habitantes pasan a desempeñar el papel de figurantes involuntarios de una experiencia diseñada para otros. La panadería, el bar o la plaza dejan de ser espacios cotidianos para transformarse en escenarios de autenticidad.
Paradójicamente, el propio éxito de esa estrategia acaba destruyendo aquello que prometía preservar. Si una localidad se convierte en un destino de moda porque mantiene intacta su identidad, el incremento de visitantes y de viviendas turísticas terminará modificando esa identidad. La tranquilidad deja paso a la rotación constante, las relaciones de vecindad se vuelven más frágiles, los comercios empiezan a orientarse hacia un consumidor ocasional y la vivienda deja de entenderse como un hogar para convertirse en un activo financiero. El proceso ya se ha visto en innumerables barrios urbanos. Pensar que en el medio rural producirá resultados diferentes exige un optimismo difícil de justificar.
Resulta significativo que esta apuesta por el campo llegue precisamente cuando numerosas ciudades europeas están limitando el crecimiento de las viviendas turísticas. No parece una conversión repentina al amor por los pueblos, sino una simple reasignación geográfica del negocio. Cuando un mercado comienza a regularse, el capital busca otro menos protegido.

Lo más llamativo quizá sea la apropiación del lenguaje comunitario. Airbnb habla de pertenencia, de hospitalidad, de conexión con lo local. Sin embargo, la hospitalidad nunca fue una industria, sino una relación social. Convertirla en una transacción intermediada por una plataforma significa alterar su naturaleza. El vecino deja de acoger para convertirse en proveedor, el visitante deja de ser invitado para convertirse en cliente y la casa deja de ser un hogar para convertirse en una unidad de rentabilidad.
No se trata de demonizar el turismo ni de negar que muchos pequeños municipios puedan beneficiarse de recibir visitantes. El turismo bien integrado ha formado parte de la economía rural durante décadas y puede seguir haciéndolo. La cuestión es otra. Una cosa es complementar la vida de un pueblo y otra convertir esa vida en la materia prima de una plataforma global cuya obligación no es proteger el territorio, sino aumentar el volumen de reservas.
Quizá por eso el anuncio resulta tan inquietante. No porque muestre prados, campanas o casas de piedra, sino porque revela hasta qué punto el capitalismo digital ha aprendido a comercializar incluso aquello que parecía escapar a su lógica. Después de explotar la ciudad hasta convertirla en un escaparate turístico permanente, el siguiente objetivo consiste en vender la ilusión de haber escapado de ella. Y cuando esa ilusión se haya agotado, la publicidad volverá a descubrir otro rincón «auténtico» todavía no colonizado.

Excelente reflexión. Gracias y muchas.
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Cuanta hipocresía y que maldad comercial nos rodea.
¡…y qué fácil nos dejamos engañar!
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Hola queridos,
Cuánto me gustan tus reflexiones, Javier. Si toda esta operación comercial mercantil sirviera para repoblar tantos pueblos del interior con gente que aspira a vivir de otro modo? Ojalá haya un paulatino cambio en la sensibilidad de los urbanitas, agobiados por la hipoteca, las horas de transporte para ir y volver del trabajo, la contaminación, etc.
Y, Javier querido, ¿cuándo te quitan los puntos del ojo y te quedas libre ya con tu vista de lince?.
Felices días veraniegos lejos de los calores bilbaínos.
Abrazos,
Carmen
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Querida Carmen: Muchas gracias por tus palabras. Me alegra mucho que te hayan gustado estas reflexiones. Comparto ese deseo tuyo: ojalá este creciente interés por el mundo rural no se quede únicamente en una operación inmobiliaria o en una moda pasajera y sirva para devolver vida, actividad y futuro a tantos pueblos que llevan décadas perdiendo habitantes. Sería una magnífica noticia.
Y gracias también por acordarte de mi ojo. Todo va bastante bien. Dentro de una hora me quitarán los puntos, ahora mismo salgo para el hospital y espero regresar a casa con esa «vista de lince» que tan generosamente me deseas. ¡Crucemos los dedos!
Disfrutad mucho de estos días de verano y seguid escapando de los calores cuando podáis.
Un abrazo muy fuerte para ti y otro para Clemente.
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Acordarse de cómo era la vida en los pueblos hace 60 años, pan recien hecho, olor a pocilga, rebaños y siega, austeridad y honradez es darse cuenta que ya no existe.
Ofrecer algo parecido a eso a un consumidor de treinta o cuarenta años es simplemente estafar, como visitar en 5 dias roma venecia florencia y milan.
La realidad que nos rodea de origen comercial es, en libros, arte, ropa, viajes, museos, relaciones personales, alimentos un timo tan grande que es mejor no decirlo.
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La vida en los pueblos de hace sesenta años era una realidad compleja, no una postal. Hay una diferencia enorme entre recordar un modo de vida y convertir ese recuerdo en un producto de consumo.Por eso, cuando hoy se vende una experiencia «auténtica» empaquetada para un fin de semana, muchas veces se está comercializando una imagen idealizada que poco tiene que ver con aquella vida. Es una autenticidad diseñada para el visitante, no la que surgía de la necesidad y de la forma de vivir de quienes habitaban esos lugares. Creo que ese fenómeno no se limita al turismo rural. Como dices, Agustín, ocurre también en la cultura, en la moda, en la alimentación, en los viajes e incluso en las relaciones personales. Vivimos rodeados de relatos cuidadosamente construidos para resultar atractivos, donde la apariencia suele imponerse a la experiencia real. Se consumen emociones, identidades y recuerdos igual que cualquier otro producto. Quizá el problema no sea mirar con nostalgia al pasado, sino confundir la memoria con el marketing. La memoria intenta comprender lo que fue, con sus luces y sus sombras; el marketing selecciona solo aquello que vende. Y cuando la realidad se sustituye por un decorado, acabamos creyendo que hemos conocido un lugar, una época o una cultura, cuando en realidad solo hemos consumido una versión simplificada de ella.
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Querido Javier, «Yo no tenía pueblo»
Yo era de esas niñas que no tenían pueblo al que volver cada verano. En aquellos tiempos, eso era casi una anomalía. Mientras mis amigas hablaban de las fiestas patronales, de salir hasta muy tarde, de las primas y primos, del río o de las meriendas bajo una higuera, yo no tenía nada que contar.
Mi abuela, nacida en Aranda de Duero, había regalado todas sus tierras al cura. Mi abuelo, de Bilbao. Mis otros aitites, procedentes de Álava, solo habían dejado familia, pero ninguna casa a la que regresar ni propiedades que heredaran las siguientes generaciones. Así que crecí sin ese lugar al que muchos llaman «el pueblo».
Cada verano mi aita se llevaba a alguno de mis hermanos a visitar a los parientes. Era una forma inteligente de darle un respiro a mi ama, que bastante tenía con tres pequeños salvajes correteando y gritando los once meses restantes del año.
Yo, sin embargo, evitaba aquel viaje a toda costa. Bastaba con oír la palabra pueblo para que me recorriera un escalofrío por todo el cuerpo. Veía las fotografías que traía mi aita: mi hermana subida a un caballo, sonriendo como si aquello fuera la cosa más natural del mundo. A mí el caballo me parecía enorme, casi un monstruo. Lo único que me inspiraban aquellas imágenes era pintar un cuadro de la bucólica escena. ¡Qué valiente me parecía la pequeña!
La primera vez que pisé un pueblo debía de tener doce o trece años. Era el pueblo de mi mejor amiga, cerca de Villarcayo. Apenas recuerdo nada, salvo un detalle que eclipsó todo lo demás: en la casa no había baño. Había que salir al exterior y entrar en un pequeño habitáculo con un agujero excavado sobre un pozo. Terror. No miedo: terror. Aquello fue suficiente para jurarme que jamás volvería a poner un pie en un pueblo.
Pero el amor tiene una curiosa habilidad para desmontar las convicciones más firmes.
La segunda vez que fui a un pueblo ya tenía dieciocho o diecinueve años. Los padres de quien más tarde sería el aita de mi hijo eran abulenses, cada uno de un pueblo distinto… eran abulenses, cada uno de un pueblo distinto. Él procedía de una preciosa villa que en 1983 fue declarada Conjunto Histórico-Artístico y que desde 2019 figura entre los pueblos más bonitos de España. Ella, en cambio, era de una pequeña aldea medieval, incorporada en el siglo XIV al territorio de la villa vecina. Por supuesto, eligieron para vivir el pueblo de la abuela. A mí me parecía un lugar sin ningún encanto. Es más, me parecía sucio. Las vacas atravesaban la calle principal como si fueran las auténticas dueñas del lugar. Hasta el nombre del pueblo me sonaba feo.
Y, sin embargo, quién sabe por qué, desde las primeras visitas caí rendida a sus encantos.
Sí, olía a vaca. No solo olía: las vacas aparecían de pronto en mitad del camino cuando volvía a casa y me daban un miedo atroz, mientras los vecinos se divertían viendo mi cara de pánico. Podría contar mil anécdotas de las experiencias vividas, pero… WTF!, este no es mi blog.
Lo único que puedo explicar es que allí sentí algo que nunca había experimentado.
Libertad.
La libertad de los campos abiertos. De los cielos infinitos y las noches sembradas de estrellas. De las tormentas de verano que parecían querer partir el mundo en dos. De los animales caminando libres por todas partes, sin impedirme montar en bicicleta y sentir el aire limpio golpeándome la cara. La libertad de las conversaciones pausadas con personas cultas a su manera, poseedoras de una sabiduría que no aparece en los libros.
Allí descubrí una felicidad que desconocía. Descubrí la naturaleza en estado puro. Descubrí que el silencio también habla.
Y, sobre todo, descubrí que no era tan urbanita como siempre había creído. ❀
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Querida Aintzane:
Qué hermoso tu relato. Leer tus palabras es asomarse a una ventana donde el tiempo se detiene y la infancia se mira con una mezcla muy tierna de añoranza y distancia. Es completamente comprensible que aquellos primeros veranos te parecieran abrumadores, e incluso aterradores. Ese terror al baño exterior o el pánico genuino ante las vacas dueñas de las calles son estampas tan reales que arrancan una sonrisa cómplice. Sin embargo, lo más valioso de tu historia no es cómo empezó, sino cómo ese mundo rural acabó conquistándote a través de la libertad de los campos abiertos, los cielos infinitos y las conversaciones con personas sabias sin pretensiones. Tienes toda la razón en algo fundamental: tus recuerdos y vivencias de aquellos pueblos no tienen absolutamente nada que ver con lo que los actuales turistas de Airbnb esperan encontrar hoy en día. Lo que tú conociste, con sus olores intensos a cuadra, sus silencios rotos por tormentas de verano y su vida cotidiana sin filtros, pertenece a un mundo auténtico que ya casi no existe. Hoy en día, el turismo de plataforma busca la estampa de postal perfectamente curada, el silencio artificial, la desconexión de diseño y la comodidad aséptica. Buscan el «pueblo bonito» convertido en decorado, sin barro, sin estiércol en las calles y sin esa crudeza viva que a ti te asustó primero y te enamoró después. Tú viviste la verdad de esos lugares cuando todavía latían con su propio ritmo, con su rudeza y su magia intactas. Nadie te vendió una experiencia empaquetada; la descubriste tú misma, con miedo, con asombro y, sobre todo, con el corazón abierto. Qué fortuna la tuya haber podido rozar esa libertad genuina antes de que los pueblos se convirtieran en productos de consumo. Gracias por compartir un trocito tan íntimo de tu alma y de tu historia.
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Gracias a ti, Javier, por brindarme la oportunidad de abrir mi corazón en tu blog.
Estas últimas semanas mis recuerdos están a flor de piel. Cualquier detalle, como ha sido en este caso tu publicación, activa sentimientos, y el pasado lo siento muy cerca y vivo, momentos hermosos, vivencias compartidas, familia…, porque por suerte nunca dejaron de serlo.
Este relato es un homenaje a la persona que me descubrió la esencia y la belleza de un pueblo pequeño en tamaño, pero inmenso en emociones. Curiosamente, compartía tu mismo nombre… Era el aita de mi hijo.
Goian bego 💙🙏🏻
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