/ Javier González de Durana /

Hay monumentos que llegan a un lugar para hacerse notar. Levantan la voz. Reclaman atención. Se plantan en el paisaje como quien clava una bandera. Y luego está Oroimena, la intervención de Santos Bregaña en el muro de Artzape, en Getaria, que parece haber elegido exactamente el camino contrario. No llega para ocupar un sitio. Llega para escuchar lo que ya estaba allí.
El muro estaba antes que la escultura. Estaban el mar, el viento, la piedra castigada por la sal. Estaban también los hombres que durante generaciones se apoyaron en ese borde del puerto para mirar el horizonte y afilar sus navajas mientras esperaban el momento de salir a la mar. Bregaña no inventa esa historia. Tampoco la ilustra. Lo que hace es otra cosa: la vuelve visible.
Sobre el muro reposan cuatro formas de bronce. No representan nada de manera explícita. No hay figuras reconocibles ni escenas que contar. Se parecen a muchas cosas y a ninguna al mismo tiempo. A veces recuerdan vértebras. Otras veces parecen fragmentos de una ballena antigua, restos de amarras desgastadas, piedras pulidas por el oleaje o cuerpos doblados por años de trabajo. Esa incertidumbre es precisamente uno de los grandes aciertos de la pieza. No obliga a mirar en una dirección determinada. No ofrece respuestas. Invita a demorarse en las preguntas.

Las superficies parecen haber sido modeladas por el tiempo más que por una mano. Los bordes se suavizan. Las aristas desaparecen. El metal pierde parte de su condición industrial y adquiere algo mineral, casi geológico. El bronce oscuro parece haber pasado décadas bajo el agua antes de aparecer sobre el muro. Da la impresión de que las piezas han emergido del fondo del puerto y no de un taller de fundición. Como sucede con ciertos objetos encontrados en una playa, uno no sabe si está ante algo natural o ante algo construido. Y quizá ahí resida buena parte de su fuerza.
La obra evita cualquier gesto heroico. No busca imponerse al visitante. Tampoco necesita elevarse sobre un pedestal para reclamar autoridad. En una localidad como Getaria, tan cargada de símbolos históricos, habría resultado fácil recurrir a la épica. Levantar una escultura dedicada a las ballenas, a los pescadores o a Elcano. Hacer un homenaje solemne. Bregaña elige otra cosa. En lugar de mirar los grandes acontecimientos, dirige la atención hacia un gesto mínimo: una hoja rozando una piedra. Un hombre observando el estado de la mar. Una conversación apoyada sobre un muro.
Ese desplazamiento cambia por completo el sentido de la conmemoración. La obra no recuerda una fecha. No celebra una victoria. No señala un episodio concreto del pasado. Habla de una forma de estar en el mundo. Lo que aparece aquí es la memoria lenta de una comunidad construida a través de acciones repetidas miles de veces. Cada marca invisible dejada sobre la piedra parece condensarse en estas formas gastadas por un tiempo imaginario.

La memoria, además, no aparece en un solo registro. La escultura dialoga con otros lenguajes. La música de Tomás Garbizu se transforma en una línea grabada sobre la piedra. La escritura de José Francisco de Iturzaeta reaparece convertida en materia. La voz de Jon Maia atraviesa la intervención con una frase que funciona como una clave de lectura: las piedras hablan de nosotros, de un pueblo afilado por el mar.
Nada de eso se organiza como una lección de historia local. No hay jerarquías. No hay una memoria principal y otras secundarias. Está la memoria del puerto. La de la música. La de la escritura. La de la lengua. La del trabajo. La de quienes partieron y la de quienes regresaron. Bregaña no ordena esos relatos ni los convierte en discurso oficial. Los deja convivir. Como conviven las capas de sal, de viento y de tiempo sobre las piedras del propio muro.
Es imposible no percibir, detrás de esta obra, el eco de la gran escultura vasca de la segunda mitad del siglo XX. Hay algo de Oteiza en la importancia otorgada a la sugerencia y al silencio. Hay algo de Chillida en esa manera de entender la materia como una prolongación del paisaje. También se percibe una cercanía con artistas como Vicente Larrea o Remigio Mendiburu en la atención prestada a las huellas del trabajo humano y a los efectos del tiempo sobre las cosas. Henry Moore no está lejos con sus formas orgánicas inspiradas en huesos, vértebras, conchas y piedras erosionadas que sustituyen la referencia directa al cuerpo humano y se acercan mucho más a una anatomía fósil o a una estructura geológica monumental… Pero Oroimena se aparta de cualquier tentación monumental o metafísica. Su territorio es otro. Más próximo a la narración que al símbolo absoluto. Más interesado en las personas que en las abstracciones.

Henry Moore, Three Piece Sculpture: Vertebrae, 1968-69.
Incluso la forma de implantarse en el lugar resulta reveladora. Las piezas no se posan sobre el muro como un objeto independiente. Se incrustan en él. Forman parte de su piel. La escultura deja de comportarse como una presencia autónoma para convertirse en una prolongación de la arquitectura existente. El muro ya no es un soporte. Es un protagonista.
Por eso Oroimena no funciona como un monumento. Se parece más a una excavación. A una arqueología poética. A una búsqueda de rastros. La obra parte de una intuición sencilla: los lugares recuerdan. Conservan huellas. Acumulan experiencias. A veces basta una intervención mínima para hacerlas visibles.
La identidad de una villa marinera no se construye únicamente con las grandes gestas que aparecen en los libros. También se construye con miles de gestos anónimos repetidos durante siglos. Con manos apoyadas sobre una piedra. Con ojos atentos al horizonte. Con una navaja afilada antes de salir al mar.
Lo que hace Santos Bregaña es tomar uno de esos gestos mínimos y convertirlo en una reflexión sobre el tiempo. Y recordar que, a veces, la memoria no está en los monumentos. Está en el desgaste. En la huella. En aquello que parece insignificante hasta que alguien aprende a mirarlo.

Me encanta el trabajo multidisciplinar del navarro Santos Bregaña, no me canso de admirar su capacidad imaginativa.
Gracias por traerlo aquí y ampliarlo con tus comentarios sobre Oroimena.
Me gustaLe gusta a 1 persona