Menos asfalto, más ciudad

/ Javier González de Durana /

Aún era mayo y durante su última semana en Bilbao pasamos la primera ola de calor que, además, no fue breve. Nada nos va a librar de las próximas, las olas más inmediatas, pero se podría empezar a hacer algo, con la vista puesta en el largo plazo para que esos calores no empeoren en el futuro.

Durante décadas, el progreso urbano se midió en metros cúbicos de hormigón, asfalto e infraestructuras. Allí donde había tierra, trazamos carreteras, donde quedaban prados, plantamos aparcamientos, y los descampados se convirtieron en polígonos, aceras y plazas duras. Parecía el único camino lógico: pavimentar equivalía a modernizar, ordenar el territorio y garantizar la movilidad. Hoy vemos con claridad que aquellas soluciones han terminado por crear problemas cuya magnitud empezamos a vislumbrar.

Las ciudades soportan veranos más largos y calurosos que los de hace sólo unas décadas. Las olas de calor se encadenan con una frecuencia inédita y las lluvias, cuando llegan, descargan con una violencia inusitada. Los espacios urbanos están mal preparados para este nuevo escenario, gran parte de su superficie se diseñó precisamente para lo contrario: taponar el suelo y repeler el agua. Basta un paseo por cualquier barrio construido o reformado en el último medio siglo para comprobarlo. Kilómetros de asfalto y baldosas sepultan el terreno. Cuando el sol aprieta, estas superficies actúan como acumuladores térmicos que irradian calor bien entrada la noche. Y si llueve con fuerza, el agua no encuentra por dónde filtrarse, saturando alcantarillas y acelerando las riadas. Hemos levantado ciudades que funcionan a contracorriente de los ciclos naturales que regulaban la temperatura.

Por eso gana fuerza una idea que no hace mucho habría sonado descabellada: quizá no debamos seguir pavimentando más, sino empezar a retirar parte de lo ya pavimentado. No es una propuesta radical ni una nostalgia idílica del mundo rural. Es admitir que sobran superficies asfaltadas u hormigonadas, que muchos de esos espacios están infrautilizados y que devolverlos a la vegetación controlada ofrece ventajas mucho mayores que mantenerlos sepultados.

Una de las políticas urbanas más sensatas de nuestro tiempo consiste, sencillamente, en quitar. Quitar asfalto innecesario, levantar el hormigón que ahoga a los árboles y reducir el pavimento en plazas, patios o parkings sobredimensionados. Asociamos siempre la mejora urbana a la adición de elementos, pero hoy toca descubrir el valor de la sustracción.

No hacen falta proyectos faraónicos. A veces basta con ensanchar un alcorque, liberar una franja de tierra para que vuelva a respirar o cambiar unas cuantas baldosas por césped. Son intervenciones modestas, casi invisibles, pero con un enorme impacto si se suman a escala urbana. En esa línea iba mi elogio (“Mínima naturalia”), publicado aquí en marzo del año pasado, a la ampliación de los alcorques de dos grandes árboles frente a Ibaigane, o mi apoyo a la larga reclamación vecinal para convertir en parque público el solar del obispado de Bilbao entre las calles Barraincúa, Heros y Lersundi.

Hay un fuerte componente cultural en esta resistencia, para qué negarlo. Generaciones enteras hemos crecido desconfiando de la tierra desnuda, priorizando lo duro, lo limpio y lo totalmente bajo control. Pero la naturaleza no es un enemigo del que blindarse. Un árbol no es un adorno ni un jardín es mero paisajismo. Un suelo permeable es una infraestructura tan vital como una tubería de saneamiento. El mayor desafío consiste en cambiar nuestra forma de mirar. Estamos acostumbrados a pensar que una ciudad eficiente es aquella donde cada metro cuadrado tiene una función de utilidad inmediata. Pero las ciudades también necesitan espacios que respiren, que absorban agua, que refresquen el ambiente y que permitan cierta presencia de procesos naturales. En tiempos de cambio climático esas funciones dejan de ser complementarias para convertirse en esenciales.

El reto es cambiar la mirada. Nos educaron para pensar que una ciudad eficiente debe exprimir cada metro cuadrado en términos productivos. Sin embargo, los entornos urbanos necesitan espacios de descompresión que absorban agua y refresquen el ambiente. Con el cambio climático, estas funciones pasan de ser un lujo secundario a una necesidad estricta. Nadie sabe cómo serán nuestras ciudades dentro de cuarenta años, pero es seguro que el clima será bastante más exigente. Seguir cubriendo el suelo natural con capas impermeables parece una ciega terquedad. Quizá la respuesta no dependa de tecnologías sofisticadas, sino de algo más primario: devolverle al suelo una parte de lo que le hemos robado y dejar que haga su trabajo.

Las olas de calor ya no son exclusivas del clima mediterráneo o continental. Los últimos veranos demuestran que las zonas más densas de Bilbao registran temperaturas muy superiores a las de las áreas periurbanas. El suelo mineralizado acumula calor diurno y lo libera de noche, impidiendo el descanso y castigando a los vecinos más vulnerables. Y aunque Bilbao convive históricamente con la lluvia, el problema actual es su intensidad. Al concentrarse las precipitaciones, el suelo impermeable acelera el desagüe directo hacia una red de saneamiento que se ve desbordada. La villa ha hecho inversiones millonarias para mitigar las inundaciones, pero la impermeabilización masiva del suelo sigue siendo un factor que agrava el problema, pues tenemos un modelo urbano que prima el hormigón y la piedra.

El margen de maniobra está en los espacios cotidianos: patios escolares, parkings, rincones residuales entre bloques o pequeñas plazas de barrio. Sustituir parte del pavimento por zonas de infiltración y vegetación requiere inversiones discretas y aporta beneficios inmediatos. Las recientes estrategias de renaturalización urbana van encaminadas ahí.

El verdadero desafío para Bilbao es la paulatina adaptación a un clima que ya no es el de nuestros padres. Una ciudad que siempre se centró en defenderse de las riadas descubre ahora que también debe protegerse del bochorno y gestionar el agua de otra manera. Recuperar suelo permeable no es un capricho estético ni una moda ecologista, sino la única forma de garantizar la habitabilidad de la ciudad frente a un cambio que ya está aquí.

2 comentarios sobre “Menos asfalto, más ciudad

  1. El mantenimiento económico del embaldosado ciudadano, a corto plazo, es mucho menor que ese mismo convertido en jardín o césped. Es la ceguera cortoplacista de los munícipes.

    Y no hablemos del apoyo que encuentran entre ciertos, muchos, urbanistas.

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    1. Es cierto que, si se mira únicamente la factura inmediata de conservación, una superficie pavimentada resulta más barata que un jardín o una zona verde. El problema es que ese cálculo deja fuera muchos costes indirectos que terminan pagando los ciudadanos: mayores temperaturas urbanas, más consumo energético para refrigeración, peor absorción del agua de lluvia, menor biodiversidad y una calidad ambiental más baja. Lo barato a corto plazo puede acabar saliendo caro a medio y largo plazo.
      Durante décadas predominó una cultura técnica urbana que identificaba el espacio duro y mineral con la eficiencia y el bajo mantenimiento. Hoy, sin embargo, muchos profesionales defienden justamente lo contrario: que la infraestructura verde no es un adorno, sino una inversión en salud pública, resiliencia climática y calidad de vida. El verdadero debate no es entre baldosas o jardines, sino entre una visión contable del espacio urbano y otra que tenga en cuenta todos los beneficios y también todos los costes que genera una ciudad.

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