/ Javier González de Durana /

«…unas cajas en tensión, buscando el río y el paisaje…»
La intervención del estudio de arquitectura bilbaíno BeAr para la escuela de música del valle de Arratia, en Artea, utiliza una estrategia de unión o cosido entre espacios que trasciende la simple reforma. Al aprovechar un antiguo muro de contención de tierra y un aterrazamiento, ambos de hormigón, que salvan el desnivel entre el casco urbano y la ribera del río Arratia, el proyecto evita un edificio exento y plantea una ocupación fragmentada en cuatro volúmenes (tres para aulas y uno para aseos) que solo parcialmente asoman al exterior por debajo de la terraza, pues se aprovecha la totalidad de ese espacio inferior. La decisión de no sustituir la estructura heredada, sino de incorporarla como soporte y contenedor de una nueva organización funcional, provoca que el interés no sea tanto la construcción de un edificio como la transformación de algo que ya estaba allí. Las trazas del hormigón preexistente dejan de entenderse como un residuo para adquirir un papel activo en la definición del proyecto, de modo que la intervención construye una continuidad entre lo nuevo y lo anterior.
Esta operación reflexiona sobre cómo la arquitectura puede actuar en territorios ya transformados sin recurrir a la tabula rasa. Frente a la práctica frecuente que identifica la innovación con la sustitución, BeAr propone una intensificación del lugar. El proyecto añade complejidad mediante la reinterpretación de condiciones previas, que dejan de percibirse como restricciones para convertirse en los instrumentos que ordenan la intervención. La topografía, la infraestructura y el programa educativo forman así un sistema coherente.


Esta forma de trabajar entiende el territorio como un material de proyecto antes que como un soporte físico. La implantación no responde a criterios compositivos autónomos, sino a la lectura de las fuerzas que organizan el lugar: el desnivel, el recorrido longitudinal del río, la escala del caserío y la continuidad del espacio público. El edificio renuncia a convertirse en un hito desde la distancia. Su identidad no depende de una imagen icónica, sino de cómo reorganiza las relaciones espaciales preexistentes y de su capacidad para modificar la percepción del lugar, no en su visibilidad.
La fragmentación del programa es fundamental para este objetivo. En lugar de condensar las necesidades funcionales en un volumen compacto, el proyecto distribuye las piezas bajo la plataforma existente, generando un sistema de vacíos tan significativo como los espacios construidos. Esta decisión introduce una condición intermedia entre edificio y paisaje que diluye los límites convencionales. Los recorridos dejan de ser simples elementos de circulación para convertirse en espacios de articulación que incorporan la luz, la vegetación, la climatología y las vistas. La organización sustituye la jerarquía tradicional por una relación de continuidad donde ninguna dimensión prevalece sobre la otra.
La elección de materiales responde a una lógica constructiva, no representativa. La madera teñida, la chapa ondulada, el hormigón existente y el corcho quemado no buscan construir un discurso basado en la expresividad formal, sino reforzar la autonomía física de cada componente y hacer legible el ensamblaje. La materialidad adquiere un carácter tectónico, se evita el recurso escenográfico y se confía la intensidad espacial a la precisión con la que cada material desempeña su función.

«…un corredor cortado por un patio triangular que une escuela y cubierta, donde un largo armario ciempiés invita a dejar trikitrixas y albokas a entrar y aprender».
El uso del corcho quemado en los interiores es especialmente significativo. Más allá de sus prestaciones acústicas, este material introduce una condición atmosférica que modifica la percepción del tiempo y del sonido. La absorción de la luz y la textura oscura reducen el protagonismo visual y conducen la atención hacia la escucha, estableciendo una correspondencia entre la organización arquitectónica y la naturaleza del aprendizaje musical.
La luz natural sigue esa misma lógica. Su distribución no responde a criterios homogéneos, sino a una modulación de intensidades que establece distintas relaciones entre concentración y apertura. Las ventanas funcionan como dispositivos de orientación y construcción del paisaje, no tanto como elementos de fachada. Desde cada aula, el exterior aparece encuadrado, de modo que el territorio se integra en la experiencia cotidiana del edificio. La enseñanza musical se desarrolla en un espacio donde el ritmo de las estaciones, la variación de la luz y la presencia constante del río forman parte de la percepción ordinaria de quienes lo habitan.

El proyecto establece una relación de respeto y distancia con los pilares preexistentes de hormigón.
La dimensión pública es otra de sus aportaciones relevantes. La escuela no agota su significado en el programa docente, sino que actúa como una intervención de regeneración urbana. El proyecto recupera el paseo fluvial (de hecho, lo recrea en ese punto) y transforma un espacio residual en un lugar de encuentro, produciendo valor colectivo mediante la mejora de las relaciones espaciales que organizan la vida cotidiana en ese lugar concreto de la localidad arratiana. La capacidad para intervenir simultáneamente sobre el edificio y el espacio público inmediato revela el papel de la arquitectura como disciplina territorial.
Desde una perspectiva crítica, la obra cuestiona la cultura del edificio-objeto que ha caracterizado buena parte de la producción arquitectónica reciente. Frente a la autonomía formal y la búsqueda de singularidad, BeAr centra su interés en las condiciones de implantación, la continuidad de los procesos constructivos y la transformación de estructuras heredadas. El proyecto demuestra que la innovación surge de una lectura rigurosa de lo existente y que la intensidad arquitectónica no depende de la invención de formas inéditas, sino de descubrir nuevas relaciones entre elementos ya presentes: «Aprender del entorno y lo dado, porque de eso va todo».
La escuela de música del valle de Arratia trasciende el ámbito de un equipamiento educativo para convertirse en una reflexión sobre la arquitectura como práctica de adaptación y continuidad. Su aportación no consiste en ofrecer una nueva imagen para el valle, sino en proponer una forma distinta de intervenir, donde construcción, paisaje, memoria e infraestructura se integran en una única operación. El edificio docente hace el lugar más inteligible, intensifica sus cualidades y demuestra que, en determinadas circunstancias, la arquitectura alcanza su mayor precisión cuando renuncia a ser protagonista.

Las fotos son de Luis Díaz Díaz.
Ummmmm, qué bonito! Un sitio de lo más interesante desde la arquitectura, la conservación, el aprovechamiento, la funcionalidad y me encanta la estética, muy actual y atrayente para los alumnos. Hoy he tenido tiempo de leerlo entero 😉 Abrazo y buen fin de semana si no hablamos! Granada
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