/ Javier González de Durana /

A Carmen Balerdi Oyarbide
La historia ha privilegiado aquello que sobresale sobre el horizonte y las ciudades siempre han sentido pudor por sus entrañas. Han enseñado al viajero las plazas donde resuena el paso de los siglos, las fachadas que recogen la luz de la tarde, las cúpulas que aspiran a tocar el cielo. En cambio, han ocultado cuidadosamente aquello que permitió que todo eso existiera. Debajo del mármol, bajo los adoquines pulidos por millones de pasos, bajo las avenidas donde discurre la vida, permanece otra ciudad que nunca fue construida para ser admirada. La verdadera infraestructura del poder nunca fue visible. Una ciudad excavada en la oscuridad, donde el agua aprendió a deslizarse antes que los hombres, donde la piedra fue arrancada de la montaña para convertirse en templo y donde el silencio conserva todavía la respiración de quienes trabajaron sin dejar nombre.
El fotógrafo Nicolás Combarro ha descendido a ese territorio sumergido de Roma y Nápoles no para documentarlo como un arqueólogo ni para convertirlo en una escenografía romántica, sino para escuchar la respiración lenta de una arquitectura que ha sobrevivido a los imperios porque nació precisamente al margen de ellos. Esta serie de fotografías, junto a otras espléndidas, como la Arquitectura espontánea y la Arquitectura oculta, se puede ver en el Museo de la Universidad de Navarra hasta el 9 de agosto.

Combarro parece comprender que esos espacios no pertenecen únicamente al pasado. Sus fotografías no ilustran unas ruinas antiguas; hacen visible un tiempo suspendido. Las superficies de roca, apenas acariciadas por un único haz de luz, adquieren una presencia fraguada, como si la materia hubiera olvidado ya la mano que la excavó. Los planos inclinados, los vacíos geométricos y las cavidades abiertas producen una sensación extraña. Resulta imposible saber si estamos ante una cantera romana, una arquitectura contemporánea, una escultura monumental o el decorado de una ficción. El tiempo ha dejado de organizar las formas. Todas conviven simultáneamente bajo la misma oscuridad.
Quizá por eso la referencia a Giovanni Battista Piranesi resulta inevitable. Sus Carceri d’invenzione nunca pretendieron describir cárceles reales. Eran estados mentales construidos con bóvedas imposibles, escaleras que no conducían a ninguna parte, poleas gigantescas y pasadizos infinitos donde la arquitectura parecía emanciparse de cualquier utilidad para convertirse en una maquinaria del pensamiento. Aquellos grabados no representaban edificios; representaban la capacidad de la imaginación para perderse dentro del espacio. Dos siglos y medio después, las fotografías de Combarro parecen responder a aquellas visiones sin imitarlas. Allí donde Piranesi inventaba arquitecturas imposibles, Combarro descubre arquitecturas existentes que producen el mismo desconcierto. La ficción ha dejado de ser necesaria porque la propia realidad ha terminado pareciéndose a las fantasías del grabador veneciano.

Hay imágenes en las que la roca parece haber sido cortada con la precisión de un arquitecto minimalista. La luz cae desde una abertura superior y convierte las paredes en enormes planos abstractos donde desaparece cualquier referencia de escala. Otras veces un muro inclinado atraviesa la composición con la contundencia de una pieza de Eduardo Chillida. En otra fotografía, una pequeña escalera parece internarse hacia un lugar inaccesible mientras el resto del espacio permanece deliberadamente oculto. La oscuridad deja de ser ausencia de luz para convertirse en un material más de la construcción. Es entonces cuando estas fotografías dejan de pertenecer al ámbito del documento y comienzan a hablar el lenguaje de la metáfora.
En los grabados de Piranesi, las cadenas, las poleas, los puentes suspendidos y las escaleras interminables provocaban una inquietud que procedía de la imposibilidad de comprender el conjunto. Siempre existía otra galería, otro nivel, otra bóveda más allá del campo visual. Combarro consigue una sensación semejante mediante un procedimiento opuesto. Renuncia a mostrar la totalidad. Fragmenta el espacio. El espectador reconstruye mentalmente aquello que permanece fuera del encuadre. Las galerías continúan donde la fotografía termina, igual que las cárceles imaginarias continuaban más allá del papel.

Existe además una coincidencia mucho más profunda entre ambos autores. Tanto Piranesi como Combarro convierten el subsuelo en un territorio de libertad intelectual. Bajo tierra desaparecen las jerarquías urbanas. Ya no existen barrios nobles ni periferias, fachadas prestigiosas ni edificios secundarios. Todo queda reducido a piedra, vacío, humedad y silencio. Es un paisaje donde la ciudad olvida su representación y conserva únicamente su estructura esencial. En ese sentido, los subterráneos constituyen una especie de memoria involuntaria de la arquitectura. Allí permanece aquello que nunca fue construido para ser admirado y que, precisamente por ello, ha terminado revelando mejor que ningún monumento la inteligencia técnica y el esfuerzo humano que hicieron posible la ciudad.
Hay también una dimensión moral que atraviesa estas imágenes. Los mismos espacios que un día alojaron el agua, almacenaron materiales o sirvieron de cantera fueron utilizados siglos después como refugios durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Sobre sus paredes quedaron grabados nombres, fechas, dibujos y pequeñas inscripciones realizadas por quienes esperaban que el estruendo terminara. La arquitectura cambió de función, pero no dejó de proteger la vida. Bajo las grandes ciudades monumentales sobrevivía otra ciudad, invisible y resistente, donde el miedo encontró cobijo cuando la superficie se convirtió en un lugar inhabitable.

Tal vez esa sea la razón profunda por la que seguimos sintiendo fascinación por las entrañas de las ciudades. No descendemos únicamente para contemplar unas ruinas. Bajamos porque intuimos que allí permanece una verdad que la superficie ha olvidado. Arriba todo cambia con una rapidez vertiginosa. Se derriban edificios, se ensanchan avenidas, se sustituyen escaparates y cambian los nombres de las calles. Abajo, en cambio, la ciudad conserva el pulso lento de la piedra. Allí sigue latiendo la obra silenciosa de quienes construyeron sin esperar reconocimiento alguno.
Quizá esa sea la enseñanza última de esta serie fotográfica. Toda ciudad guarda un reverso que rara vez aparece en los libros de historia. Bajo la belleza de las plazas permanece el trabajo de quienes excavaron la roca; bajo las avenidas discurren las galerías que hicieron posible la vida urbana; bajo los monumentos persisten los refugios donde generaciones enteras buscaron amparo. Combarro no fotografía únicamente unos subterráneos romanos o napolitanos. Fotografía esa segunda ciudad que todas las ciudades esconden bajo sus pies: la que no fue construida para impresionar, sino para durar. Es allí, lejos de la luz y del espectáculo, donde quizá se conserve la memoria más verdadera de la arquitectura.
