/ Javier González de Durana /

El conflicto en torno al Reflecting Pool de Washington va más allá de una controversia por el cambio de color. Si dejamos a un lado la anécdota del tono azul o la tentación de reducirlo todo a los impulsos de Donald Trump, lo que tenemos delante es una radiografía perfecta de la mutación política que atraviesa Estados Unidos. Este estanque monumental no es la noticia, sino el síntoma de una metamorfosis profunda y alarmante: el paso de una democracia basada en las reglas del juego, las instituciones y los consensos a un régimen de pura voluntad ejecutiva, visibilidad mediática y demostraciones de fuerza.
Lo grave aquí no es que a alguien se le ocurra alterar el fondo de un estanque histórico. Lo preocupante es que una intervención de semejante calibre en el corazón de la capital federal se pueda ejecutar ignorando los comités de consulta, las evaluaciones de patrimonio y todas las salvaguardas burocráticas que históricamente han protegido el espacio público de los antojos del gobernante de turno. La demanda interpuesta por la Cultural Landscape Foundation no es un debate técnico entre arquitectos o paisajistas. Es una batalla por el Estado de derecho. La pregunta de fondo es delicada: ¿tienen todavía las normas e instituciones la fuerza suficiente para limitar al poder político o las leyes se han convertido en un estorbo que el Ejecutivo puede apartar de un plumazo?
https://www.tclf.org/why-national-park-service-helping-administration-evade-law
La crisis que vive el país no se reduce a la polarización ciudadana. El drama real es el desmantelamiento sistemático de la confianza en las mediaciones institucionales. Tribunales, universidades, agencias de inteligencia, científicos gubernamentales y técnicos de carrera han pasado de ser los árbitros de la democracia a ser señalados como el enemigo. Se los retrata, desde la retórica populista, como una casta de burócratas que frena la supuesta voluntad popular o la acción del líder. En este ecosistema, modificar el Reflecting Pool por decreto es una declaración de intenciones: es la lógica del rodillo aplastando el criterio técnico e histórico en favor de la rentabilidad política inmediata.
Pero hay una capa simbólica todavía más aguda. Cuando se diseñó el estanque a principios de los años veinte se hizo con una premisa muy clara: el agua debía ser invisible. Su única función era ser un espejo plano y discreto que reflejara la grandeza de los monumentos a Lincoln y a Washington, en los dos extremos del estanque, sin competir con ellos. El diseño original era una oda a la contención, una infraestructura pensada para la experiencia colectiva, no para el lucimiento del gobernante.
Al imponer un azul llamativo (sea el de la bandera, el turquesa de las Bahamas o cualquier otro), lo que se busca es romper esa discreción. Pasamos de la cultura de la templanza a la cultura del espectáculo. Y esto no es una mera cuestión de gustos estéticos. Refleja una deriva donde el poder ya no aspira a gobernar desde marcos institucionales estables que garanticen la convivencia, pues ahora exige que cada rincón del Estado funcione como un plató de televisión, un escenario diseñado para captar la atención de los medios y exprimir el rendimiento comunicativo al máximo.

Foto de Allan Greller, Cortes de The Cultural Landscape Foundation.
Este fenómeno no es exclusivo de Washington, afecta a buena parte de las democracias occidentales. El espacio público ya no se cuida como un legado recibido que debe administrarse con prudencia. Ahora se trata como un lienzo en blanco, una valla publicitaria lista para ser reconfigurada según la narrativa ideológica del vencedor de las últimas elecciones. Ya nadie se pregunta «¿cómo protegemos este patrimonio común?», sino «¿cómo utilizo este trozo de historia para proyectar una imagen de poder en el presente?». Los monumentos, así, dejan de ser puntos de encuentro y se transforman en trincheras de una guerra cultural permanente.
El National Mall no es un parque cualquiera. Es el altar civil de la nación, el mapa físico donde Estados Unidos representa su propia historia y sus valores comunes. Es el suelo que pisó Martin Luther King para exigir derechos civiles, el escenario de las protestas que fracturaron al país durante la guerra de Vietnam y el fondo de los discursos que moldearon su democracia durante el siglo XX. Alterar ese paisaje sin un consenso nacional equivale, por la vía de los hechos consumados, a intervenir el propio relato del país.
Es un error de bulto despachar este escándalo como una excentricidad administrativa o una simple ocurrencia presidencial. La trascendencia de esta polémica radica en que nos muestra las cartas de un cambio de época: una decisión unilateral que sustituye al proceso institucional, una intervención agresiva que devora a la preservación, y un patrimonio de todos que pasa a ser visto como un recurso disponible para la autoafirmación del poder. Claro que tampoco es la única decisión de este tipo, hay otras y más mortíferas.
La piscina azul, al final, importa poco. Lo que asusta de verdad es la preocupante concepción del Estado y el desprecio por la memoria colectiva que se adivinan al mirar el fondo de este estanque ahora pintado.
