El futuro rural visto desde la 5th Av., NY.

 

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Desde hace un par de meses todos los museos, de arte o de la materia que sea, están cerrados. El motivo es preventivo y trata de evitar la expansión del coronavirus mediante el confinamiento de la población en sus casas. Ese virus fue parásito natural de los murciélagos, pero en cierto momento saltó, presuntamente, al pangolín y de este pasó, en un mercado de animales vivos en la muy populosa ciudad de Wuhan (China), al ser humano. Esto ha sido así de acuerdo con las informaciones más reiteradas, por supuesto; no hay certezas absolutas ahora. Lo seguro es que este conflicto pandémico es el resultado extremo de una colisión entre el mundo rural y el urbano, entre los animales que se crían y los productos agrarios que se cultivan fuera de las ciudades para alimento de los que vivimos en ellas. La creciente tecnologización de lo rural es incuestionable, pero no está llegando a todos los países por igual y, junto a profundas transformaciones derivadas de la modernización, perviven prácticas arcaicas que hunden sus raíces en atavismos ancestrales.

La única exposición que, casualmente ahora, aborda este choque entre lo agropecuario, su supervivencia futura y nuestra alimentación es la que, habiéndose inaugurado el pasado 20 de febrero en el Solomon R. Guggenheim Museum, de Nueva York, con el título Countryside. The Future, tuvo que ser cerrada a los pocos días por la razón de todos conocida. No deja de ser irónico que este esfuerzo museístico por acercarse y comprender los profundos cambios sociales, económicos, paisajísticos… que se están produciendo en todas las áreas rurales del planeta para atender las demandas de consumo de un mundo cada vez más urbano, no pueda ser visitado, precisamente, por una supuesta transferencia vírica de los animales a las personas.

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Countryside. The Future es una exposición que corre a cargo del arquitecto y urbanista Rem Koolhaas, Samir Bantal, director de AMO, el think-tank fundado por el primero en 1998, y el conservador de arquitectura e iniciativas digitales del museo, Troy Conrad Therrien, a quien conocemos en Bilbao por la decepcionante Architecture Effects que tuvo lugar en la sede vasca del museo hace un par de años y sobre la que ya escribimos aquí mismo.

Una exposición -declara el museo- que explora cambios radicales en los territorios rurales, remotos y salvajes identificados colectivamente aquí como “campo”, es decir, el 98% de la superficie de la Tierra no ocupada por ciudades. El proyecto, al tiempo, examina la concepción moderna del ocio, la planificación a gran escala por parte de las fuerzas políticas, el cambio climático, la migración, los ecosistemas humanos y no humanos, la conservación impulsada por el mercado, la coexistencia artificial y orgánica, y otras formas de experimentación radical que están alterando los paisajes en todo el mundo. Desde los animales hasta la robotización, desde el cambio climático hasta la migración, la exposición explora cómo el campo se está transformando en todos los lugares y países más allá de lo que somos capaces de reconocer. Esto es lo que dice el museo, es decir, lo que institucionalmente se quiere que interpretemos de la exposición que, si la extraordinaria situación actual no hace que se prolongue, se clausurará el 14 de agosto.

A diferencia de la Bienal de Arquitectura veneciana, que este año se agrupa bajo el título de ¿Cómo viviremos juntos? y cuya inauguración ha sido retrasada un par de meses, con lo que sus participantes dispondrán de tiempo para ajustar en alguna medida sus contenidos a la realidad pandémica (ya fue comentado aquí), a la exposición de Koolhaas le pilló el toro por completo. Ni una sola mención a ese tipo de trasvase vírico del mundo animal-rural al humano-urbano, nada referido a la extenuación productiva, tecnológica, transgénica… a la que es sometida la Naturaleza. Aunque si hubiese sido conocido el COVID-19 durante el proceso de preparación de los contenidos expositivos no estoy seguro si lo habría incorporado porque la visión de Koolhaas es de confianza total en los aspectos positivos de la hiper-tecnologización agraria. Es tan positivamente confiada que, de hecho, parece un producto de marketing emanado de un Ministerio de Agricultura estatal que quisiera vender la preocupada y responsable gestión de sus dirigentes. Un Ministerio o la sección institucional de una Feria de Agroconsumo. Eso sí, con muchos recursos para gastos de producción.

Koolhaas, como escritor, resulta admirable en ocasiones (Delirio de Nueva York, GG, 1978; Mutations, Carta, 2000) y en otras, confuso y plomizo por sobreabundancia de información. La mayoría de sus libros son tochos inmensos –The Elements of Architecture (Taschen, 2014) supera las 2.500 páginas y pesa más de 3’5 kilos- de los que cuesta esfuerzo seleccionar ideas claras. Siempre quiere ofrecer mucho, demasiado hasta resultar desbordante, y a veces el cauce, en efecto, se desborda, diseminando las ideas que contiene. Como arquitecto se ha ganado una posición privilegiada de gran respeto. Casi siempre sus proyectos son de enormes dimensiones y se reparten por todo el planeta…, bueno, por ese 2% del planeta que no es rural, y sus soluciones son tan diversas y singulares como cada lugar donde interviene. Aquí lo vamos a valorar como comisario de esta exposición que presenta en Nueva York.

Lo primero que llama la atención es que Koolhaas declare que esta no es una exposición de arte, lo cual resulta estrictamente cierto a pesar de que es producida por y presentada en un museo de arte: “It’s a show about sociality, anthropology and politics“. Este hecho parece constituir otro paso en la deriva “expansionista” de los museos hacia otras temáticas que les permita “abrirse” a más amplios públicos. Lo cierto es que basta ver los contenidos que una visita virtual ofrece de la exposición para concluir que, en efecto, no es una exposición de arte, pero sí visual (conteniendo algunas gotas de arte, como fotografías, alguna pintura histórica…) y, sobre todo, muy textual.

En su línea de buscar un fuerte impacto de entrada, fotográficamente atractivo, en el acceso del museo, sobre la millonaria acera de la ciudad más icónica del siglo XX los montadores han situado un enorme tractor verde Deutz-Fahr. Si se dijese que es una obra de arte concebida por Jeff Koons, a la manera de aquellas aspiradoras de los años 80, el establishment del arte lo aceptaría como una obra de arte genuina -lo firma Koons y lo muestra el Guggenheim, ¿acaso habría alguna duda al respecto?-, pero lo sorprendente no es esto -aunque para muchos mortales ya lo sería en grado bastante elevado-, sino que el tractor se muestra como lo que es, un tractor para extraer riqueza de la tierra agraria y punto…, frente a la domesticada y exuberante naturaleza de Central Park. Esta aparente absurda paradoja quiere ser un llamativo recurso para provocar la sonrisa. En realidad, es un anuncio bastante literal acerca de lo que el museo ofrece en su interior: muchos datos, abundante tecnología de ultima hornada, mínima interpretación.

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En 2014 Koolhaas recordó que “el trabajo de la tierra es ahora una práctica digital. Por ejemplo, el tractor, que revolucionó la granja en el siglo XIX, se ha convertido en una estación de trabajo computarizada. Se trata de una serie de dispositivos y sensores que crean una interfaz digital sin fisuras, pero separada, entre el conductor y la tierra. El campo en términos de cómo trabajamos se está asemejando cada vez más a la ciudad. El agricultor es como nosotros: un trabajador flexible, operando en una laptop desde cualquier lugar. Esto no quiere decir que todo sea malo. Es irónico que estas transformaciones tan drásticas apenas estén en el radar de nuestra educación y pensamiento”.
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Deutz-Fahr Agrotron 9340 Warrior

Hay una gran sobrecarga textual, con escritos vinilados en las paredes a la manera del artista conceptual  Lawrence Weiner pero sin su ironía. El co-comisario del museo dijo en la presentación que, aunque la exposición presenta abundantes textos, la experiencia de leerlos “está más cerca de una ópera o una película donde tienes una carta de reproducción increíblemente densa, o una serie de subtítulos a medida que avanzas“, agregó  pomposamente. El recorrido por la exposición no posibilita acceder a la clase de revelación que se supone los museos deben ofrecer.

Los contenidos se manifiestan declarativos, no reflexivos, y así, entre otras cuestiones, se muestra la urbanización del desierto al SW de los EE. UU. (con centros de datos masivos),  las aldeas de Kenia (con teléfonos inteligentes), la China rural (con ciudades reales construidas para albergar a los agricultores, un rascacielos ocupado por granjeros y el desarrollo de aldeas rurales de comercio electrónico), los efectos actuales en las zonas rurales debido al cambio climático, como el deshielo del permafrost y el impacto de los principales esfuerzos de conservación para salvar a los gorilas…, pero no se adentra en el cómo, por qué, con qué costes medioambientales y cuáles ventajas humanas se planifican estos nuevos lugares híbridos. Según parece, sólo necesitamos saber que existen, que estas cuestiones están sucediendo en el mundo. El espectáculo -el show- lo es todo.

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El clima, el sol, la lluvia… son hechos que influyen directamente en la producción agrícola. Todos sabemos que si llueve demasiado o hay sequía pertinaz o el granizo cae con violencia las repercusiones sobre los cultivos se harán notar seriamente, ¿no? pues váyanse olvidando de ello. Los agricultores  mas aplicados con invernaderos están prescindiendo de la luz solar o, mejor dicho, de las redundancias naturales propias del espectro de la luz -aquellos que no son funcionales para la fotosíntesis, esto es, los superfluos- para dar lugar a un tipo de luz rosa-púrpura diseñada específicamente para cada especie vegetal. Imagen © Pieternel van Velden.

El libro de 2008 de la arquitecta Carolyn Steel, Hungry City, exploraba la conexión íntima entre la ciudad y el campo, concluyendo que la densidad de la agricultura industrial es un reflejo de la densidad de la vida urbana: “Campos de maíz y soja que se extienden hasta donde alcanza la vista, los túneles de polietileno de plástico tan grandes que se pueden ver desde el espacio, los cobertizos industriales y los lotes llenos de animales criados en fábricas, estos son los territorios rurales de la modernidad“. El libro de Steel Hungry City fue un precursor -y, muy probablemente, inspirador- de este producto museístico de Koolhaas.

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Una de las imágenes utilizadas es una foto coloreada, de 1909, en la que se ven tres mujeres campesinas rusas con vestidos tradicionales, mirando fijamente a la cámara y unos platos con frutos en sus manos. “El campo se representa como un entorno estable donde todos, hombres, mujeres, niños, conocen su lugar”, se lee en el texto que lo acompaña, al tiempo que lamenta la vida rural actual: “monocromático, completamente cerrado, orgulloso de técnicas y eficiencia “. Un poco fuerte eso de que cada uno “conozca su lugar”…

Irma Boom es la diseñadora habitual de los libros de Koolhaas, sobrecargados de tipografía e imágenes pero, sin duda, muy originales, con encanto y bien trabajados, como lo es también el catálogo de esta exposición que, en esta ocasión, Boom ha concebido de muy reducidas dimensiones, casi un libro de bolsillo.

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Campo en Holanda.
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Campo en Holanda.

 

 

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