Balada triste del Museo de la Técnica de Euskadi.

BARAKALDO. Biakaia (E)
Históricos pabellones de FESA-ERCROS en Barakaldo.

En sus rasgos esenciales la historia del Museo de la Técnica de Euskadi (MTE) ha sido relatada por la Asociación Vasca de Patrimonio Industrial y Obra pública (AVPIOP) en siete capítulos que pueden leerse en su blog. Realmente, es una triste historia en cuyo desarrollo se han ido perdiendo materiales tecnológicos e instrumentales que han definido y conformado nuestro modo de vida durante el último siglo y medio. Pérdidas que no tienen vuelta atrás, documentos y objetos que nos han conducido hasta lo que somos hoy y de los que nunca más se volverá saber o tener noticia de cómo fueron, de qué manera funcionaban y para qué sirvieron o en qué modo cambiaron las vidas de nuestros padres y abuelos. Esto ha ocurrido entre nosotros, que somos tan cuidadosos con nuestras historias pasadas y nuestra idiosincrasia -eso se dice-, que somos tan cultos y respetuosos con las tradiciones -eso se dice-, que queremos entender cómo y con qué nervios se forjó nuestra identidad -eso se dice-… Ya, eso se dice, pero la historia del Museo de la Técnica de Euskadi demuestra que eso que se dice es…, más bien, un depende.

Este museo fue de los primeros que se planteó el Departamento de Educación y Cultura del Gobierno Vasco, allá a principios de los años 80. De hecho, se creó oficialmente con el nombre de Museo Nacional de la Técnica de Euskadi, desde 1984 tuvo un director nombrado para su puesta en marcha (José Julio Carreras Intxausti) y hasta dispuso de dos históricas naves industriales en Lutxana (cedidas por el Ayuntamiento de Barakaldo) reconvertidas al fin museístico en las que se fueron acumulando bienes de arqueología industrial procedentes de unas fábricas que a lo largo de aquella década quebraron y cerraron para siempre. Todo tenía un claro sentido de oportunidad: la actividad sidero-metalúrgica y naval se hundía y un museo para conservar y explicar sus existencias se creaba en paralelo. Pero el hundimiento fue más rápido y avasallador que la capacidad para recoger y guardar todo lo que valía la pena… y era mucho aquello que valía la pena. Los chatarreros de la época -como tras la guerra con el estraperlo- ganaron bastante dinero.

Paralelamente, con el impulso de personas a las que no se ha agradecido lo bastante su esfuerzo y dedicación (especial recuerdo para Teresa Casanovas) se fueron dando otros pasos: en 1984 nació la Asociación de Amigos del MTE, cuyo logotipo diseñó Agustín Ibarrola (en una línea muy cercana al Equipo 57) y de la que fui su primer secretario; se empezaron a escribir artículos en prensa sobre el valor testimonial y cultural de las casas obreras y las fábricas que se derribaban día sí y día también; se organizaron en Barakaldo las I Jornadas de Protección y Revalorización del Patrimonio Industrial con las que Euskadi, junto con Cataluña, demostró estar a la cabeza de una conciencia cultural inédita hasta entonces; se presentaron ponencias en congresos internacionales (Grenoble, Rochefort…) sobre las singularidades de la arquitectura fabril y de la derivada existentes en el País Vasco…

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Almacenamiento de bienes arqueológicos industriales en KONSONI LANTEGIA.

Sin embargo, a pesar de la necesidad evidente del museo y de que la trama social, arquitectónica y administrativa ya se había puesto en marcha… el proyecto no llegó a cuajar entonces. Recuerdo que se reprochaba al PNV poco interés por la historia industrial del país porque esa actividad -decían- había colaborado a “desnaturalizar” a los vascos de las poblaciones industriales por fuerza de las innumerables olas migratorias castellanas que llegaron para trabajar en ellas y que el partido nacionalista gobernante prefería vender otras historias antes que aquellas en las que participaron muchos foráneos con perfiles socialistas. Se dijo esto para explicar que el museo no terminara de materializarse, abriendo sus puertas al público. No obstante, los hechos demostraban que tal cosa no era cierta. Los tres primeros consejeros nacionalistas de Cultura en el Gobierno Vasco, Ramón Labayen, Pedro Miguel Etxenike y Joseba Arregi, fueron quienes lanzaron la idea, la apoyaron, la dotaron de medios (eso sí, no lo bastante) y nunca desistieron de realizarlo. Incluso encargaron a los catedráticos de la UPV-EHU Manuel González Portilla y Manuel Tuñón de Lara (notorios marxistas y destacados militantes del Partido Comunista) la redacción de un plan de contenidos para el MTE. Ellos fueron unos consejeros políticos en los que predominó el peso de la cultura y la ciencia; al menos en este caso no parece que fueran muy sectarios.

El comienzo fue lento y no suficientemente enérgico, pero la liquidación de la idea y la desactivación de los siguientes pasos se debieron, sobre todo, a la siguiente consejera, Mª Carmen Garmendia, a partir de 1995. Ella fulminó el proyecto, destituyó al director, vació el mínimo organigrama existente y actuó sectaria e ideológicamente. Estas cuestiones no las menciona el AVPIOP en su relato por delicadeza institucional, supongo, pero durante aquellos años 80 y primeros 90 yo trabajé en el Departamento de Cultura del Gobierno Vasco y recuerdo bien cómo sucedieron estos hechos.

Y al respecto debo manifestar mi desacuerdo con AVPIOP cuando señala que el final del MTE coincidió con el nacimiento de proyecto Guggenheim, pues asegura que, al requerir este museo de grandes recursos económicos, vació los magros dineros destinados a otros planes y, en concreto, a éste. Bueno, el proyecto Guggenheim fue la “bicha” a la que se atribuyó cuanto mal cultural el país tenía entonces, se convirtió en la excusa perfecta para denunciar las carencias de todo tipo que venían desde muchos años antes de su aparición. Así, la culpa de cualquier asunto cultural que se demoraba o no salía adelante como sus promotores deseaban o con la amplitud con la que se reclamaba…, la culpa era del Guggenheim. Se convirtió en el pim-pam-pum de todas las quejas (Kultur Kezka, ¿se recuerda?) y fue una excusa que utilizó hasta algún político nacionalista con mando en plaza. El MTE, como tantas otras cosas, quedó en compás de espera por razones de crisis general, una crisis de país, a la expectativa de tiempos mejores. Sin Guggenheim su apertura también se hubiera ralentizado. Es mi opinión, claro.

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Maqueta para explicar el funcionamiento de un horno Bessemer, en KONSONI LANTEGIA.

Todavía en el verano de 1990 el Departamento de Cultura, con Arregi a la cabeza, convocó un concurso de arquitectura para el diseño museístico del pabellón de Lutxana (una antigua nave de ferrocarril de la Orconera Iron Ore). La dotación económica para el proyecto ganador era sustancial y concurrieron muchos arquitectos jóvenes del ámbito vasco-navarro que después han destacado. El Jurado, que tuve el honor de presidir por delegación del consejero, estuvo integrado por J. J. Carreras, en nombre del Departamento de Cultura, Enrique Marimón Alava, como delegado del Colegio Oficial de Arquitectos Vasco-Navarro, y el arquitecto-pintor Juan Navarro Baldeweg, en representación de los concursantes. Fue un placer compartir la tarea con Navarro Baldeweg, cuyas pinturas y obras yo admiraba desde tiempo atrás (él estaba punto de concluir el Auditorio de Salamanca con la ingrávida cúpula de hormigón que ya causaba asombro), pero sobre todo lo fue otorgar el premio y la responsabilidad de diseñar el MTE a la arquitecta Beatriz Matos Castaño.

Todo aquello quedó a la espera de otras decisiones que fueron tomándose a lo largo de unos años turbulentos de reconversiones industriales, huelgas dramáticas y múltiples incertidumbres. A la espera quedó, como tantas otras cuestiones, pero en ningún caso cancelado, cosa que ocurrió más tarde: “A partir de 1996 -relata AVPIOP- la consejería de Cultura, dirigida por Mª Carmen Garmendia, decidió la desaparición de la institución, y en 1998 se produjo la amortización de la plaza de director del museo y el traslado del personal. Años después, el Ayuntamiento de Barakaldo reclamó la reversión de los locales para otros usos y la mayoría del patrimonio mueble almacenado pasó a unas nuevas dependencias en la nave de la antigua empresa Consonni en Zorrotzaurre. El Departamento de Cultura en 2012, bajo la dirección de la socialista Blanca Urgell, retomó de nuevo el interés por el museo y la nave de Consonni fue cedida por la Sociedad de Capital Desarrollo de Euskadi SOCADE, S.A al Departamento de Cultura del Gobierno Vasco para el desarrollo de un museo del patrimonio industrial vasco, adoptando la denominación de KONSONI LANTEGIA. Industria-lanaren kulturaren ondare zentroa / Centro patrimonial de la cultura del trabajo industrial“.

Durante esta travesía del desierto no sólo se perdieron numerosas oportunidades de acopiar materiales, herramientas, maquinarias y documentación, así como edificios, que fueron el ADN de la economía vasca durante décadas, sino que también se “extraviaron” bienes patrimoniales que habían sido recuperados y que, durante los traslados de aquí para allá, con los sucesivos cambios de ubicación y despreocupación por ellos, se malograron, se dañaron, se achatarraron…

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Vantanales de KONSONI LANTEGIA frente al Nervión.

Cuando ya parecía reconducido el asunto en la dirección correcta, ahora vuelven a aparecer en el horizonte sombras inquietantes. KONSONI no termina por afianzarse, a pesar de la ingente tarea que AVPIOP realiza para dar a conocer sus tesoros almacenados, y corren rumores de que las instalaciones de esta fábrica-depósito son deseadas por otras instituciones que pueden tener fuerza para provocar un nuevo desmantelamiento, un nuevo traslado, una nueva oportunidad truncada y quizás ya un museo definitivamente perdido. Zorrotzaurre saca pecho en materia cultural, pero al parecer se ha debido decidir en algún despacho que esa cultura sea sólo privada, universidades de videojuegos y cosas así, ¡ay!, como muy del siglo XXI. Por tanto, no extraña que alguien se plantee qué rayos hace un museo con cachivaches del siglo XIX en un espacio urbano tan chic design, tan post-modern y fashion como aseguran que Zorrotzaurre será. Si a eso añadimos los golosos ojos con que más de uno está mirando las amplias instalaciones de industriales de la antigua Consonni… corremos el serio riesgo de que, de nuevo, alguien tome una decisión equivocada.

En los primeros planes urbanísticos de la isla se dibujaba en la Punta Norte algo señalado como “equipamiento cultural” y el propio Iñaki Azkuna afirmó que en la isla habría uno o dos museos… No tenemos noticia de nada de esto, aunque sí mucha información sobre constructores que levantarán en esa Punta cientos de pisos y sobre universidades privadas que empujan por hacerse con alguno de los edificios que el ayuntamiento está cediendo generosamente. Si la salida de KONSONI fuera inevitable, ¿no podría ser ese equipamiento en la Punta Norte la futura y definitiva sede del Museo de la Técnica de Euskadi?

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