Del polvo talco al misterio profundo: Miriam Ocáriz.

A veces se visitan exposiciones con la idea de encontrar algo concreto porque sus títulos así parecían adelantarlo para terminar topando en ellas con contenidos bien diferentes de lo sugerido. Para mi, este fue el caso de Architecture Effects (Museo Guggenheim Bilbao), donde esperaba ver arquitectura y lo que había eran obras de arte, y ha sido también el caso de Miriam Ocáriz (Sala Rekalde), en la que imaginaba diseños de indumentarias -o, si se quiere decir así, moda, dada la faceta profesional más conocida de esta creadora- y sucedió que descubrí un espacio arquitectónico transfigurado, recreaciones ambientales de entornos domésticos, instalaciones artísticas, trajes y vestidos (por supuesto), retratos fotográficos, cientos de dibujos y mucho más. En todo caso, sí pude ratificar algo que ya sabía pero sólo en base a puntuales rasgos y generales destellos: se me confirmó la poderosa y singular personalidad creativa de Ocáriz y su mundo de juegos descarados, refinada rebeldía, rotundas furias y fresca delicadeza, un mundo que se recorre desde la blancura suave y epidérmica del polvo talco hasta la inquietante y negra profundidad del misterio.

No es la primera vez que en este blog sobre arquitectura dedico un post al diseño de indumentarias y su mundo. No debe verse rareza alguna en ello. Toda indumentaria es un hábitat, flexible, individual y transitorio, sí, pero un espacio dentro del cual el cuerpo de una persona habita y está. Por otra parte, los conceptos de construcción y confección no se hallan alejados entre sí; uno maneja materiales textiles y otro materiales rígidos, uno se dirige a lo personal y otro a lo social, pero ambos parten de unos abstractos dibujos bidimensionales (patronajes y planos) que, elaborados desde la Geometría Descriptiva, están destinados a convertirse en útiles espacios tridimensionales.

La muestra de la diseñadora bilbaína Miriam Ocáriz lleva abierta desde el pasado 25 de octubre y, por desgracia, finaliza el próximo domingo 3 de febrero, es decir, mañana mismo, pero no me resisto a escribir un comentario, siquiera breve, sobre tan excepcional trabajo, tanto por su abundante y diversificado contenido como por la espléndida puesta en escena. En esta tarea museográfica ha acompañado a Ocáriz, como comisario, el artista Eduardo Sourrouille, quien además es el autor de los retratos fotográficos (d’après Man Ray) de Miriam distribuidos por la sala.

El recorrido por el amplio espacio conduce al visitante a través de diversos ambientes subrayados por el color: blanco, rosa, rojo y negro, los más habituales en la diseñadora. Estas estancias se ven envueltas por los muros perimetrales, cubiertos con grandes dibujos impresos sobre tiras verticales, de techo a suelo, a modo de papel pintado. Esos muros -en donde los colores aparecen entremezclados, aunque con uno dominante y cambiante según se avanza- van haciéndose eco del cromatismo de cada sección; en esta envolvente mural o límite espacial periférico se deconstruye el color, desfigurándose las formas dibujadas. Así, la mirada del espectador va de los paneles interiores, donde se hallan los textiles serigrafiados, los objetos inspiradores y el mundo personal de Miriam, a los muros perimetrales en los que el dibujo y el color se expanden “all-over”, conciliando la doble escala de unos y otros, escala natural hacia interior de la sala, escala ampliada hacia el borde periférico. La diversidad de escalas es uno de los ejes de la exposición.

La muestra tiene un arranque de impacto: gran urna en cuyo interior una figura femenina aparece tumbada y prácticamente cubierta por telas estampadas, pequeños objetos de curiosidades y bisuterías, caracolas, fotografías domésticas, collares de perlas… La urna contiene, en resumen, el mundo personal de Ocáriz y ella califica esta instalación como “sarcófago”, lo cual me parece pertinente porque la figura femenina me parece una Ofelia muerta que, en vez de tener el cuerpo rodeado por las aguas, lo está por las realidades entre las que la artista ha transitado con gozo y con dolor. Veo esta Ofelia como la manera en que Miriam ha querido auto-representarse y presentarse ante el público, como una creadora que hace cuatro años puso fin a su actividad profesional en el mundo de la moda y lo declara así: “Hasta aquí llegué con estos hábitos“, parece querer decir. Para despejar dudas acerca del carácter de esta urna-sarcófago, según mi punto de vista, en un lateral de esta misma sala de arranque hay una corona de pétalos, de tipo funerario, pero realizada con piezas de cerámica fría, de un cálido e intenso rojo. El caso es que, a pesar de esa condición que he descrito, este conjunto no es nada fúnebre, ¡al contrario!, es un inicio que, simulando representar un final, promete un nuevo comienzo. Amaia da hasiera, escribió un novelista romántico local. El final es el comienzo. Ouroboros. Nada desaparece, tan sólo cambia. La creatividad, de la mano del humor más o menos evidente, no va a cesar de fluir… de otras maneras.

Al penetrar en el espacio expositivo vamos encontrando altares mexicanos, camisetas para King-Kong, ordenadas alacenas verticales que almacenan una preciosista quincallería referida a momentos, vivencias, inspiraciones, risas, hallazgos, recuerdos…, una gran cruz tachonada con cuadros encarnados como teselas llameantes, una pareja de maniquíes -masculino y femenino- inmaculadamente trajeados en rosa, un mueble bar desbordante de botellas, fiestas vividas a su alrededor, porcelanas decorativas y piezas de fantasía, dos muretes cubiertos con figurines en estricta ortogonalidad representando centenares de muchachas de grandes cabezas, escurridos cuerpos y multicolores vestimentas fantaseadas. Ocáriz empezó con el dibujo para estampar en vestidos y camisetas; después adquirió la destreza de la confección. El dibujo siempre se mantuvo como primera línea operativa: dibujaba la cabeza de la persona y después, en función de lo dibujado, creaba la ropa que le convenía a la cabeza, es decir, a la persona. Miriam Ocáriz se licenció en Bellas Artes y se tituló en Diseño de Moda. Ella piensa -yo también- que el Sistema de la Moda no genera arte, pero sostengo que su creatividad, la de Miriam, sí lo hace.

Solos o en grupos, ocasionalmente, se distribuyen por el espacio maniquíes con prendas elaboradas por Miriam en diversos momentos de su larga trayectoria. La organza y los textiles suaves, ligeros y delicados son los preferidos para serigrafíar los dibujos. No hay secuencialidad cronológica. Piezas de una época conviven con otras de momentos distantes, poniendo de relieve lo que hay de común entre ellas. Sin pretensión de taxidermia científica, lejos de ser académica, la exposición es un festín visual inagotable.

No obstante, la chocante alegría inicial, el posterior jolgorio de cachivaches festivos, la marea de colores, los vestidos impecablemente cortados y jubilosos como apropiados para un salón de espejos veneciano…, poco a poco van adquiriendo un tono sombrío. La hilera de cabezas -adheridas cara a la pared con la que se muestran pañuelos precede a un espacio poblado por multitud de maniquíes vestidos de negro. Todos diferentes en la indumentaria, todos con diseños irreprochables, caídas perfectas, ajustadas tallas… Aquí se advierten ciertas influencias: Balenciaga, Givenchy, Saint-Laurent… porque, en realidad, Miriam Ocáriz es clásica.

trajes negros

radios

Esta oscura tribu, apropiada para la noche, provoca un respingo sin llegar a acogotar. La fiesta sigue hasta el amanecer, pero las planchas utilizadas para serigrafíar, colgadas en racimos de las paredes, remiten a las placas radiográficas de los hospitales y, de pronto, el respingo empieza a tomar un aspecto más serio y trágico. Como de necesaria interpretación psicológica o intervención médica. En su cercanía hay dos piezas a resaltar. Por una parte un precioso retrato de Miriam realizado por Sourrouille: ella desnuda, vista de espalda y sobre la que el fotógrafo quiso pintar un lunar o dos o tres -un fetichismo del gusto de ella-, terminando por ennegrecerla completamente. Por otra parte, el frágil dibujo de un cuerpo femenino desnudo, infantilizado, tumbado y del que se han desprendido dos oscuras manchas granas, como herido, induce a pensamientos de fragilidad y quiebra humana. La fuerza parece rota y el ánimo, violentado. Pero el baile continúa y la vida se resiste a desaparecer. La sensación de algo depresivo/opresivo flotando en el aire se siente sin terminar de cuajar, un nervio interior, tan duro y racional como romántico y flexible, lo impide. Los muros perimetrales se han convertido en pantallas de un negro acharolado, pulido, una negrura brillante y misteriosa.

Último giro para encaminarse a la salida y, en otra estancia, sobre la pared nos contemplan unos retratos de hombres como zombis amables, presidiendo una sala vacía y negra, con la sola iluminación de una lámpara dorada de la que cuelgan, en pequeñas dimensiones, aquellos mismos retratos -realizados sobre papel de fumar, tan delicado como la organza- entre cristales, a modo de inquietos móviles o transparentes seres angélicos. Vistos con atención estos personajes no impresionan, a pesar de sus oscuras miradas, incluso parecen observarnos con una incipiente sonrisa irónica, y la lámpara, después de todo, ilumina sus vidas. La creatividad no se ha perdido en ningún momento, ni en los de mayor quebranto anímico; la esperanza tampoco. Se sale de esa negrura y llegamos al comienzo, al gozoso sarcófago y la crepitante corona de pétalos. El final es el comienzo. Ouroboros: “un camino de ida y vuelta, un pasado que retorna al presente con vistas venideras“.

Miriam Ocáriz y Eduardo Sourrouille, almas gemelas y cómplices perfectos para la ocasión, nos han proporcionado una de las exposiciones excepcionales que han podido verse en Bilbao durante el último año. Lejos de las grandezas o grandioserías museísticas de esta ciudad, con escasísimo presupuesto económico (no hay catálogo, ni siquiera uno modesto, ¡háganse a la idea!) y poca atención mediática han creado un espectáculo fascinante que funciona como un reloj en forma, fondo y carácter…, el carácter de ambos, pero en particular el de Miriam, expuesta aquí como una Ofelia resucitada.

ofe

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