Villas donostiarras y fábricas bilbaínas.

Constato el éxito de lecturas que tuvo aquí un post anterior titulado “Derribos Donostia”. Supongo que a la indignación que muchas personas sienten al ver cómo se tumban edificios notables que, además de estar en perfecto estado de conservación, son testimonio espléndido de una época y un modo de concebir la arquitectura residencial, se debe de sumar el asombro que les causa el ser testigos estupefactos de una contradicción flagrante: la de un Ayuntamiento que afirma orgulloso ser garante de la calidad urbanística y arquitectónica de su ciudad y que, al mismo tiempo, se dedica a autorizar la destrucción de las señas de identidad que justifican la pertinencia de ese orgullo.

La presión inmobiliaria que ve negocio en una finca donde, existiendo una villa unifamiliar, podría construir un bloque con ocho viviendas tras hacer desaparecer la casa y la voracidad recaudatoria vía impuestos urbanísticos y licencias de construcción están acabando con la ciudad que conocimos y admiramos un día. Si eso es lo que quiere la municipalidad, adelante, pero las asociaciones ciudadanas preocupadas por este cataclismo tratarán de impedirlo mediante acciones de concienciación social. Después que no se vaya por el mundo presumiendo de esta ciudad. Habrá otra Donostia, quizás no peor, es posible incluso que sea mejor en ciertos aspectos, pero ya no será aquella que, erigida a lo largo de un siglo, justificaba el legítimo entusiasmo.

Apenas hay ciudades actualmente que se libren de una epidemia semejante a esa. Si en San Sebastián se echan abajo las villas históricas en Bilbao estamos deshaciéndonos de los edificios erigidos para albergar talleres industriales dentro de la trama de Ensanche.

No es que en Bilbao nos dediquemos al derribo de establecimientos fabriles porque, a diferencia de San Sebastián -donde explotaron el veraneo y construyeron notables palacetes y preciosas casas unifamilares rodeadas de encantadores jardines-, aquí no tengamos villas al haber estado ocupados levantando industrias para trabajar en ellas. No, nada de eso. Aquí también hubo casonas, quintas, chalets y hotelitos familiares, muchos y muy destacados, de no menor valor que esos que ahora están tumbando en la ciudad hermana. Si allí las levantaron aristócratas de la Corte madrileña, aquí fueron erigidas por aristócratas siderúrgicos, como los llamó Unamuno. Lo que sucedió es que los derribamos con fruición antes de que la conciencia patrimonial sobre el valor de la arquitectura histórica se  hiciera fuerte entre nosotros.

La zona de Albia hacia Mazarredo y del mercado del Ensanche estaban salpicadas de estas relevantes construcciones como primera ocupación del suelo tras dejar de ser rural y de las que, como único testimonio, pervive Ibaigane. Lo mismo, se puede decir del segundo tramo de la Gran Vía y del entorno de Indautxu (sólo un par de ellas quedan ahí, el palacio Allende -después Rectorado- y el palacio Chávarri -hoy Delegación del Gobierno-). El Campo Volantín era toda una secuencia de palacetes, del que aún sobrevive el de Olábarri (anterior sede de la Junta de Obras del Puerto) y algún otro emparedado entre medianas. Tres cuartos de lo mismo se puede afirmar de Deusto y Begoña, Portugalete, Las Arenas, entorno de la avenida de Basagoiti… En total fueron cientos de construcciones las que, levantadas entre 1875 y 1920, si hoy estuvieran en San Sebastián, exigiríamos también su conservación. Aquí no dimos tiempo a ello, nos las cepillamos antes de que pusieran problemas al negocio cuatro historiadores conservacionistas. Gran parte de las construcciones que hoy vemos en esas calles del Ensanche bilbaíno son la segunda o la tercera generación edificatoria sobre los mismos solares.

En 2015 se publicó un libro, Las antiguas mansiones del Ensanche de Bilbao, elaborado por Modesto Martín Mateos, que levantaba acta de todas aquellas construcciones que existieron en la antigua anteiglesia de Abando y de las que apenas queda más recuerdo que los planos conservados en el archivo del Área de Urbanismo del Ayuntamiento. Abruma la cantidad de construcciones majestuosas que hubo, la calidad constructiva y el original diseño de prácticamente todas ellas. Ahora contemplamos la aséptica exterioridad de un edificio de oficinas en Mazarredo y nos cuesta imaginar que allí hubo una joya del “art-nouveau” que hubiera podido firmar Gaudí o el monótono acristalamiento de una casa de vecinos en Gordóniz -que parece que lleva ahí desde el principio de los tiempos- y los que tenemos ya cierta edad todavía podemos recordar que en ese mismo lugar existió una refinada expresión del regionalismo montañés elaborada por Rucabado. Observamos las torres de Zabálburu -buen trabajo de Eugenio Aguinaga para un fracaso urbanístico- y de entre las brumas de la memoria surge el recuerdo del palacio señorial que dominaba la plaza.

La Equitativa, de Manuel Galíndez, levantada en 1932 sobre un solar donde anteriormente existió un palacete. A su derecha hubo otro palacete que se tumbó 30 años antes para dar lugar a otro edificio interesante, una sugerente interpretación modernista de Eladio Laredo en 1901.

Ahora bien, ¿todos esos recambios supusieron una pérdida patrimonial? El derribo de un palacete de época y estilo interesantes para levantar dentro del perímetro de su solar un inmueble de seis plantas con dos viviendas en cada planta más una entreplanta de oficinas no debería provocar nuestro lamento si ese nuevo edificio es algo equivalente a La Equitativa, diseñada por Manuel Galíndez en 1932. En este caso -y podrían ser pocos más- resulta complicado asegurar que no valió la pena prescindir de la primera edificación para dar lugar a la segunda. La cuestión con los derribos de valores arquitectónicos realmente existentes es que resulta complicado asegurar que aquello que va sustituirlos será mejor que lo ya se tiene. Pero incluso, aunque pudiera ser mejor, habría ocasiones en las que el recambio no debería darse.

Así que si en Bilbao no derribamos villas, palacetes y chalets, porque ya acabamos con casi todos ellos hace años, desde hace un tiempo nos venimos concentrando en hacer desaparecer las fábricas y talleres urbanos que crearon la riqueza económica con la que se construyeron aquellas mansiones residenciales. Hace años, cuando a mediados de los 80 se planteaba la demolición completa de la fábrica Echevarría en Begoña, en un artículo periodístico acuñé la expresión Bilbao Saturnal, la ciudad que se devora a sí misma. Debo puntualizar: no es sólo que el tiempo todo lo destruya y lo acabe, que por supuesto así es, resulta que Saturno es de Bilbao -del mismo centro- y devora los frutos de su alma por un negocio.

No sé si por casualidad o por qué cosa haya sido, pero sucede estos días que la amenaza de dos intervenciones agresivas en sendos edificios de la calle José Mª Escuza, representa un más que previsible nuevo acto de saturnalización. Por una parte, en el número 4 de esa calle, entre medianeras, se halla el edificio diseñado por Emiliano Amann Puente en 1946-52 para la Central de Artesanía. La fachada principal, con sus grandes ventanales, adquiere un marcado protagonismo. El conjunto se concibe dentro de los parámetros clásicos de monumentalidad, de manera que la retícula de la estructura, proyectada en fachada, se singulariza al imitar sillares de piedra en los elementos verticales, mientras que en los horizontales, que quedan lisos, se insertan elementos decorativos geométricos, a modo de puntas de diamante. La monumentalidad se continúa en el portal, cuyas paredes aparecen revestidas de materiales nobles, un elemento esencial aún hoy en la imagen del inmueble.

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Central de Artesanía, de Emiliano Amann Puente, fachada actual.
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Central de Artesanía, alzado de la fachada actual.
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Alzado de la fachada que tendrá el nuevo inmueble.

Ya no quedan talleres activos en este edificio y desde hace muchos meses unas pancartas anuncian la futura construcción de viviendas a cargo del Grupo Promotor Escuza 4 S.L., estando la arquitectura a cargo de SOSERTEC S.L.P. (en cuya página web no se dice nada acerca de este proyecto). En mayo de 2018 se presentó un ‘Estudio de Detalle’ en el Área de Planeamiento municipal para modificar volúmenes y perfiles que la Junta de Gobierno aprobó el 27 de junio. Resulta incomprensible que este edificio no tenga ningún grado de protección dentro del PGOU, pero así es, a alguien se le escapó en su día y el asunto, me temo, ya no va a tener remedio. Emiliano Amann Puente fue un representante muy destacado de la arquitectura bilbaína en los años 40, 50 y 60, especializándose en viviendas municipales y edificios de oficinas y talleres como éste.

Más grave es lo que, al parecer, se pretende realizar un poco más arriba de esa misma calle, en el número 12 esquina con Alameda de Urquijo 75. Ahí se encuentra lo que durante años se denominó Garaje Ellacuría o Indautxu o San Mamés, un notabilísimo edificio de  José Mª Sainz Aguirre (1941-43), brillante ejemplo del más puro racionalismo con leve acento expresionista para resolver un complejo programa de contenidos (viviendas, oficinas, garaje y talleres).

Largas y rotundas líneas horizontales de forjados y vanos acristalados en las tres primeras plantas componen sus dos fachadas, en contraste con las líneas verticales que subrayan la esquina -y, en particular, la torre-, y el escalonado aterrazamiento que va recogiéndose paulatinamente hacia el ángulo son los elementos que articulan una imagen de fuerte plasticidad y moderna contundencia.

La idea es reconvertir el edificio (del que me temo sólo conservarán las fachadas) y colmatar el volumen edificatorio que le correspondería si el solar estuviera despejado, que no lo está. Si esto ocurre, se ocasionará la pérdida no sólo de su estructura interior, sino también de los dinámicos perfiles marcados por las cornisas. Entiendo que se quiera conseguir una mayor edificabilidad y yo no pondría pegas al recrecimiento del inmueble en aquellas partes bajas que lo componen siempre que lo que se añada no se haga visible desde el nivel de la calle y, por tanto, conserve su silueta. Me temo que los recrecimientos irán a paño con las fachadas actuales y sólo los materiales utilizados, antes y ahora, diferenciarán una época de otra.

Los materiales actuales se equilibran con la forma, contribuyendo a otorgar al edificio un aspecto exterior homogéneo en el que domina la presencia del ladrillo caravista rojo. Los antepechos de los balcones se resuelven en igual tipo de ladrillo y se coronan con barandilla de tubo metálico circular. Existen elementos constructivos puntuales de apariencia pétrea como albardillas, vierteaguas y cercos de vanos. Así mismo, en el último piso del chaflán se alterna el ladrillo visto con el aplacado de piedra clara.

En fin, San Sebastián derriba villas y Bilbao, edificios industriales. Al cuerno nuestra Historia y el buen gusto.

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