La arquitectura del dinero

/ Javier González de Durana /

Algunos edificios de antiguas sedes bancarias existentes en Bilbao están cambiando de propietarios y funciones. Es todo un fenómeno de nuestra época. En el Arenal, la hasta hace unos días sede de Laboral Kutxa (y que antes fue sucesivamente propiedad de diversas entidades bancarias) se ha vendido a un grupo promotor que la convertirá en hotel de cinco estrellas. En la Plaza Circular, las planta baja y seis primeras del que fuera Banco de Vizcaya estarán ocupadas, en régimen de alquiler, por la textil Primark; el propietario sigue siendo el BBVA, que está acondicionando todo el edificio para el alquiler de espacios fragmentados a empresas y despachos; la multinacional irlandesa entrará en 2018 para acomodar a los requerimientos de su negocio las plantas que ha contratado. Cerca de ésta, en la misma plaza, la en su día Caja de Ahorros Vizcaína es desde hace pocos años un complejo de oficinas municipales. En la Gran Vía esquina con Astarloa, los que fueron cuarteles generales de la Caja de Ahorros Municipal de Bilbao han pasado a manos de la catalana Mango, que a su vez se la ha alquilado a Inditex, la conocida firma gallega de ropa “low-cost”. En suma, no tan antiguas construcciones levantadas en su día como orgullosas manifestaciones del poder económico de entidades bancarias y financieras se están reconvirtiendo en tiendas de ropa barata, hoteles y oficinas.

En nuestra ciudad, el primer banco que funcionó como tal, el Banco de Bilbao (Eugene Lavalle, Severino Achúcarro, 1868-98, de hecho, el primer banco privado español con edificio exento propio) tuvo su sede en el Casco Viejo y su aspecto se asimilaba al de las residencias palaciegas y aristocráticas de épocas anteriores, pues en aquellos momentos nacientes de la burguesía comercial moderna el dinero se gestionaba en edificios parecidos a los que poseían aquellos individuos que siempre lo habían tenido en sus manos.

Más tarde, en torno a 1900 y ya en el Ensanche, el Banco de Vizcaya (José Mª Basterra, 1898-1903) se acercó a la tipología del edificio de pisos para viviendas, pues entonces el dinero ya estaba en manos de una burguesía industrial y financiera sin complejos que residía en inmuebles cercanos y de aspecto semejante al del banco. Como mucho, una cúpula en la esquina indicaba cierta singularidad, pero lo cierto es que las cúpulas esquineras en esa zona del Ensanche son tipológicas en edificios residenciales.

Al cabo de poco tiempo -décadas 20 a 40- el dinero y su gestión adquirieron una dimensión propia de dioses que gobiernan el mundo y por ello las arquitecturas bancarias empezaron a asimilarse a templos de inspiración greco-romana, con los consiguientes efectos subliminales de fiabilidad, solidez, durabilidad, trascendencia…, como son los casos del nuevo Banco de Bilbao (Pedro Guimón, 1919-22), el Banco de España (Julián Apraiz, 1918-22) y el Banco Hispano Americano, hoy Santander (Manuel I. Galíndez y José Mª Chapa, 1945-52), todos ellos en la Gran Vía. La presencia en cornisas y cubiertas de esculturas con representación de dioses (Hermes, Atenea…) y héroes (aurigas conduciendo bigas o cuadrigas) clásicos subrayaban esa intención.

Más adelante, ya en los años 60 y 70, las entidades bancarias asumieron el rol de neutras corporaciones tecnocráticas de rostro impreciso, pero presencia poderosa y arrogante, como en el nuevo Banco de Vizcaya (Enrique Casanueva, Jaime Torres y José María Chapa, 1965-69) y el Bankunión (Ricardo del Campo, José Luis Burgos, José́ Luis y Mariano Ortega, y Juan Manuel Pazos, 1973-77), ambas en la Plaza Circular. Las esculturas renunciaron a la intención figurativa y desaparecieron o descendieron abstractas al pie de esos intimidantes volúmenes.

Todo el negocio bancario en Bilbao se había desarrollado durante más de un siglo entre el Arenal y la Plaza Elíptica y me estoy refiriendo a entidades bancarias que construyeron edificios de porte y presencia destacadas en el paisaje urbano de Bilbao. Por supuesto, hubo otros muchos bancos que operaron en plantas bajas y pisos sin que manifestaran hacia la calle otra cosa que un letrero con su nombre corporativo adherido a la fachada. Estos pequeños bancos en unos casos cerraron por quiebra, en otros fueron absorbidos por bancos de mayor tamaño y otros desaparecieron sin más. En definitiva, durante ese tiempo la evolución del edificio bancario fue desde la caja fuerte con gruesos muros y rejas hasta la caja de acristalados muros-cortina.

Un fenómeno que no se ha dado en nuestro entorno, pero que sí se ha visto claramente en Madrid, es la tendencia de las corporaciones financieras a escapar del centro urbano para asentarse en la periferia, incluso en pueblos que ni siquiera son periféricos. El Banco de Santander creó en Boadilla del Monte una ciudad financiera (Kevin Roche, 2002-04) en donde sus más de 4.000 empleados trabajan, por supuesto, pero también hacen deporte -incluso con un campo de golf de 18 hoyos y otro campo de 9-, realizan sus compras cotidianas en centros comerciales, gastan su tiempo de ocio, disponen de escuelas formativas, guarderías…, en un recinto vallado y rigurosamente vigilado para impedir el acceso de personas no autorizadas. El BBVA, por su parte, se hizo levantar un edificio en la periferia norte de la capital (Herzog & DeMeuron + Ortíz León Arquitectos, 2008-15) capaz de acoger a 6.500 personas, donde el acceso tampoco es fácil ni está a mano del ciudadano de a pie, además de contar con fuertes medidas de seguridad.

Del deseo de impresionar al cliente con arquitecturas de prestigio histórico y arrogante altura se ha pasado a buscar la distancia y la imposible relación directa. De la franca accesibilidad a interiores abiertos y patios acristalados, dotados incluso con salas de exposiciones que atraían a un público no necesariamente clientelar, la banca ha girado hacia un modo de estar distante, hermético, super-vigilado y exclusivo.

¿Cuál es el aspecto de los nuevos edificios situados en los centros urbanos donde se refugia el dinero hoy? Ya no hay ostentación arquitectónica, muy al contrario. Los nuevos bancos, además de tomar distancia geográfica, tienden a invisibilizarse y a camuflarse en las ciudades. Por una parte, las nuevas herramientas y dispositivos electrónicos permiten gestionar las cuentas corrientes personales desde cualquier lugar. No es necesario acudir al banco. Ello está ocasionando el cierre de cientos de sucursales repartidas por calles, barrios y pueblos. Por otra parte, las sucursales bancarias nuevas o que renuevan sus instalaciones procuran alejarse del modelo ‘puerta-vigilante-vestíbulo-ventanilla-despacho con puerta cerrada’ de antaño y se aproximan al aspecto de las áreas de ocio de los centros cívicos.

En estas sucursales la anterior imagen de poder, estabilidad y seguridad ha venido a ser sustituida por la de confianza, transparencia y amabilidad con espacios interiores de planta libre y pocos muros. Incluso los anteriores frecuentes mármol y metal, suelos y paredes frías, se han visto desplazados por cierta idea de boutique, decorados con alfombras, acabados en madera, tonos cromáticos cálidos…

Invisibilidad y camuflaje. Lo cual no deja de sorprender, ya que en sus publicidades insisten mucho en su clara apuesta por la creación de un espacio accesible y amigable, el trato personal y la relación directa con el cliente, junto con un uso intensivo de las tecnologías y las comunicaciones, para facilitar el desarrollo individual y profesional de quienes trabajan en ese ámbito.

Un hecho que se advierte en ocasiones es la compra de edificios históricos, del tipo que sea, viviendas burguesas por pisos del siglo XIX o palacetes barrocos, para rehabilitarlos y acondicionar sus interiores de cara a cumplir con la obligación de tener siquiera una pequeña presencia corporativa en los centros urbanos. Ante la imposibilidad de derribar edificios considerados Bienes de Interés Cultural para levantar nuevos inmuebles la decisión está siendo comprar construcciones antiguas y acondicionarlas respetando su aspecto exterior. Esto tiene la ventaja para el banco de no mostrar una imagen singularizada, sino la de lo que ese edificio en cuestión haya venido siendo desde tiempos anteriores.

Rafael Moneo reflexionaba que “el dinero y el ladrillo van de la mano, y el fruto de esta alianza suele traducirse en pura urbanización, es decir, en un tejido inerte de construcciones que se extiende sobre el territorio y que, irrigado por infraestructuras de todo tipo, sirve al cabo para cumplir el fin primordial del tardo-capitalismo: que las cosas fluyan; que las personas y los capitales sigan el ritmo implacable del laissez-faire. La visibilidad ahora se contempla como un inconveniente para ese fluir de los asuntos bancarios: el dejar hacer no quiere hacerse ver.

Recuperación de la antigua Aduana de Bilbao

/ Javier González de Durana /

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La Aduana en 1894, recién terminada de construir; en sus inmediaciones había pabellones bajos o solares aún sin edificar.

Desde mediados del 2016 el antiguo edificio de la Aduana de Bilbao está viéndose sometido a un profundo proceso de recuperación integral. Su fachada principal, larga, da a la calle Barroeta Aldamar y la fachada lateral, corta, a la plaza de Pío Baroja. Esta rehabilitación permitirá a principios de 2018 volver a dar vida útil a un histórico inmueble que durante muchos años estuvo infrautilizado y cerca de un abandono que hubiera conducido al deterioro preludio de la previsible ruina.

Afortunadamente, ya no será así y aquí se reunirán servicios de atención al público vinculados a la Administración General del Estado en Bizkaia: la Jefatura Provincial de Tráfico, la Oficina de Extranjería, la Gerencia de Justicia y Dependencia de Sanidad y Política Social, en planta baja, mientras las dos plantas superiores albergarán a la Demarcación de Costas, la Jefatura Provincial de Telecomunicaciones, MUFACE y la Dirección Territorial de Comercio. Alrededor de 250 funcionarios realizarán aquí sus tareas

La inversión total es de 13 millones de euros y se rehabilitarán 8.100 metros cuadrados construidos, de los cuales alrededor de 6.000 serán útiles. No sólo se ganará para el servicio ciudadano un relevante equipamiento público, sino que también posibilitará el ahorro de los alquileres que ahora se pagan por las diseminadas oficinas que en el futuro se concentrarán aquí.

El edificio se construyó a partir de 1890, siendo su arquitecto Eladio Iturria. Su ubicación era lógica, cerca de la ría y de los muelles por los que se movían grandes cantidades de mercancías procedentes de todo el mundo. La inserción dentro de la trama del Ensanche, sin embargo, se hizo con dificultad. La manzana diseñada por Alzola, Hoffmeyer y Achucarro ya estaba en parte ocupada cuando se inició su construcción, principalmente en el arranque derecho de Ibáñez de Bilbao, y la voluntad de que la Aduana fuera un edificio exento hizo que las dos fachadas interiores se separaran de las edificaciones ya realizadas y de las que se realizarían más adelante en los solares aún vacíos mediante dos callejones o cárcavas que constituyen anomalías dentro de la formalización de los espacios definidos por el Plan del Ensanche.

Las facilidades recibidas por la Diputación Foral para disponer de un edificio exento en la Gran Vía, con la creación de las calles Diputación y Arbieto (no previstas por aquel Plan) en aquel mismo año, no las tuvo la Aduana, pero no se vea en esto una muestra más de la tradicional pugna entre las instituciones locales y el Estado. La razón de que no tuviera cuatro calles en su perímetro, sino sólo dos más dos callejones, era que la Aduana aprovechaba un terreno que era suyo de antemano, en el que disponía de un almacén desde al menos 1868, y que la manzana ya estaba en proceso de colmatación, mientras que la Diputación, para salir de la Plaza Nueva, tuvo que comprar el suyo, pudiendo elegir un solar de entorno despejado.

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En una fotografía realizada en torno a 1868 desde la zona de Matiko, junto a cuatro pabellones con cubierta con picos en forma de sierra se observan otros tres pabellones -uno central abierto y dos laterales cerrados- más bajos y adosados a los anteriores. Este conjunto de tres pabellones es el que ocupaba exactamente el mismo solar en el que después vendría a instalarse la Aduana. La que más tarde sería calle Barroeta Aldamar ya existía como camino.

La actividad portuaria, causa del origen de la Aduana cuando aquella vivía momentos de esplendor a partir de 1875, fue también la causa de su progresivo abandono cuando los muelles más interiores de la ría dejaron de acoger actividad portuaria un siglo después. La profunda transformación de toda la orilla izquierda de la ría entre los puentes del Arenal y Deusto durante las últimas dos décadas puso en primer plano visual unos edificios, algunos de gran nobleza, que hasta entonces habían ocupado una especie de cuarto trastero urbano. Durante las décadas previas la zona de Uribitarte fue marginal, un híbrido entre lo residencial venido a menos, lo portuario y lo industrial. Ahora ha logrado un protagonismo urbano que nunca antes tuvo.

Uno de estos edificios es la Aduana, de imagen clasicista, paramentos de piedra y ladrillo rojo, magnífica escalera imperial y dos patios cubiertos con lucernarios. El proyecto está en manos del arquitecto Jesús Blanco, funcionario del Ministerio de Fomento, experimentado en trabajos similares a éste. De planta ligeramente trapezoidal, los dos patios se encuentran a ambos lados de la escalinata central, configurando un despliegue en superficie de apariencia palaciega. El espacio de la escalinata, protagonista singular del conjunto, está realizado con materiales menos nobles y ornamentados que el de la coetánea escalinata del Palacio de la Diputación de Bizkaia, pero es mucho más amplia y luminosa gracias a la luz cenital que derrama una cristalera neutra.

Esta solemne escalera debió utilizarse sólo en ocasiones ceremoniales porque, inmediato a ambos lados de los tres arcos que constituyen el acceso directo a ella, existen arcos algo más anchos que se utilizaban como entrada para los trabajadores y daban paso a escaleras meramente utilitarias.

La fachada principal parecería requerir de un espacio más amplio por delante de ella para que pudiera mostrar con franqueza su importancia compositiva. Sin embargo, la calle Barroeta Aldamar no proporciona tal amplitud. Esta contradicción se refuerza cuando, al entrar en el edificio por su acceso principal, aparece la magnífica escalera. El acceso por esta fachada principal se realiza por el triple arco citado al pie de una sección vertical en piedra rematada con un frontón clasicista.

La fachada secundaria a la plaza lateral estaba destinada a entrada y salida de mercancías por medio de un gran portón enmarcado en sección pétrea coronada por grupo escultórico. Las dos esquinas orientadas a esta plaza se muestran achaflanadas y rematadas en cornisa por sendos frontones a imitación del principal. Originalmente estos chaflanes tenían portones después convertidos en ventanas similares a las existentes en planta baja. Por sus cuatro caras, los huecos van recercados en piedra blanca y las zonas ciegas de los paramentos lo están en ladrillo rojo.

El inmueble, por fortuna, no presentaba daños estructurales de importancia y, al margen de necesaria renovación de instalaciones de luz, agua y aire, lo único que ha sido necesario sustituir han sido los lucernarios, de imposible restauración dado su deterioro. Los nuevos elementos replican en forma y volumen los anteriores, sin negar el hecho de haber sido ejecutados en la actualidad. El proyecto es respetuoso con la Historia, sin ser historicista.

El edificio se caracteriza por una estructura horizontal de acero apoyada interiormente en pilares de fundición y perimetralmente en un conjunto de muros de carga de fábrica de ladrillo. Los estudios realizados por la ingeniería Áliva concluyeron que el estado general de conservación y de capacidad portante de la estructura del edificio era bueno, si bien se detectaron una serie de patologías (especialmente en el núcleo de circulación vertical del edificio y una de las fachadas) relacionadas con el comportamiento de la cimentación.

La construcción no asienta su base sobre roca, demasiado alejada en este punto, sino sobre un lecho artificial. Ello provocó un hundimiento de 27 cm. en la parte próxima a la plaza, lo cual no deja de ser curioso porque el edificio se diseñó de origen con una ligera inclinación hacia la ría para favorecer la entrada y salida de mercancías.

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Marca empresarial de Santa Ana de Bolueta en los pilares de la planta baja.

Tras reforzar los forjados originales, que desde planta baja están soportados por unas esbeltas columnas de hierro fundido en Santa Ana de Bolueta, el espacio interior ha sido acomodado al futuro programa de necesidades, que poco tiene que ver con los oficios de la vieja Aduana. Han desaparecido cinco enormes viviendas para otros tantos altos empleados de la casa y se han eliminado tabiques y mamparas, sin entidad, para generar un espacio fluido y abierto, como corresponde a una Administración pública actual.

Exteriormente, los únicos cambios se refieren a la carpintería y la cristalería. Se han introducido cierres metálicos blancos sin particiones interiores en sustitución de la oscura madera pintada anterior, con lo que los vidrios son piezas únicas que ocupan la totalidad de cada vano en vez de hacerlo en fragmentos. Con ello el edificio gana en limpieza y claridad visual. La volumetría se mantiene tal cual, no crece por arriba con nuevas plantas ni por debajo con ampliaciones de sótanos. De hecho, el edificio carece de sótano, ya que el nivel freático se halla a un metro.

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Fachada ya acabada de restaurar: sillares de piedra blanca en muros de planta baja con el hueco de las ventanas en arco de medio punto recercado por doble intradós, en ladrillo rojo y granito gris; ladrillo rojo en paños de pisos superiores con hueco de ventanas recercado en piedra blanca.

Esta rehabilitación, en mi opinión, requiere la toma de un par medidas para el exterior que dependen del Ayuntamiento, (1) eliminar -o reducir drásticamente- la posibilidad de aparcamiento de coches en la acera próxima a la fachada principal, tanto por seguridad como para favorecer la contemplación de la noble arquitectura, y (2) anular el tráfico en el tramo de calle por delante de la fachada secundaría, lo cual permitiría conectar el edificio a la plaza de Pío Baroja, ganando en protagonismo visual y funcional si, tal como está previsto, el acceso del público al interior se va a llevar a cabo por este lado.

Los historiadores somos propensos a la melancolía y, aunque vemos con alivio estas actuaciones recuperadoras, no dejaremos de recordar con un punto de nostalgia lo que este edificio fue y supuso para el desarrollo de una etapa de Bilbao. Por ello, como testimonio de ese pasado reclamaría que algún elemento interior quedara preservado como testimonio de aquel momento -hay una grúa cerca de la puerta lateral cuyo mantenimiento, aunque incongruente con la nueva situación, no molestaría nada a nadie- y rogaría que el nombre de ADUANA no desapareciera de la fachada de este singular inmueble que a partir del año que viene mostrará de nuevo su esplendor.

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Exposición ‘Ciudades invisibles’

/ Javier González de Durana /

Hasta el próximo 7 de septiembre podrá visitarse la exposición Ciudades invisibles en la sala Ondare (María Díaz de Haro 11, Bilbao). No son muchas las ocasiones que se ofrecen para ver materiales relacionados con el pensamiento y el diseño en arquitectura y urbanismo. Por ello, no quiero dejar pasar la oportunidad de referirme a esta que, subtitulada Proyectos no construidos en el entorno de la Ría de Bilbao, se encabeza con una frase extraída del libro casi homónimo de Italo Calvino: “Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de temores, aunque el hilo de su discurrir sea secreto, sus normas absurdas, sus perspectivas engañosas y cada cosa esconda otra”.

Normalmente, cuando se realizan exposiciones con este contenido, suele ser para ‘vender’ algún proyecto institucional que por su elevado coste necesita ser explicado a la ciudadanía en términos funcionales y económicos de manera que, en apariencia y con transparencia, quede justificado el gasto o, al menos, la necesidad de la obra y la importancia de su diseñador.

Los museos de arte contemporáneo -y algunos de bellas artes- suelen acoger estas exposiciones a veces por imperativo institucional, pero muchas otras veces porque, aunque la disciplina no encaje demasiado con sus contenidos habituales, alivia un gasto de producción que corre al 100% a cargo de la institución pública impulsora del proyecto. Ello le evita al museo la necesidad de acudir a sus recursos económicos para cubrir con otra exposición de factura propia ese hueco del programa ocupado por la muestra institucional de arquitectura y/o urbanismo.

Sin embargo, las exposiciones con estos asuntos no gozan de gran éxito entre el público general. Sus contenidos son complejos, se visualizan con dificultades y se entienden a medias por quienes no pertenecen al gremio. Por grandes que sean los escollos que conlleva la observación comprensiva de materiales en los que se plasman ideas de diseño arquitectónico y planeamiento urbanístico, la mayor dificultad es casi siempre la presentación museográfica de esos materiales. Unas presentaciones que, en vez de atraer y suscitar la curiosidad, provocan el alejamiento incómodo del visitante.

La mayoría de las exposiciones de arquitectura/urbanismo están concebidas y presentadas por arquitectos que parecen querer dirigirse sólo a otros arquitectos, autocomplacientemente. Los materiales se muestran crudos, con escasas o nulas apoyaturas didácticas, sin facilidades para hacer comprensible qué significa este trazo, cuál es el valor de aquella coloración o como modifica el territorio la presencia de esa futura pieza una vez esté construida…, es decir, hacerlo inteligible a un espectador que no es arquitecto. Lo recalco porque las exposiciones en espacios públicos tienen la pretensión -o al menos cabe suponérsela- de llegar al público no especialista.

La exposición Ciudades invisibles es un ejemplo claro de este tipo de muestras gremialistas. Trece paneles de 150×250 cm aprox., cinco maquetas y un vídeo constituyen todo el material expuesto. Ha habido cuatro comisarios, arquitectos; ningún museógrafo. La labor de los comisarios es correcta, la idea curatorial posee solidez, coherencia y oportunidad, y la tarea no debió de ser fácil a la vista -imagino- de la enorme masa de materiales disponibles en las instituciones que promovieron estas propuestas para posibles planes urbanísticos. Felicidades a Ane Arce, Iñigo Berasategui, Lander Parra e Iratxe Marián. Sin embargo, la plasmación de todo ello adolece de atractivo y claridad. Cada panel se refiere a una zona concreta de actuación urbanística, pero lo incluido en cada uno de ellos resulta difícil de apreciar, no ya porque ofrezcan reproducciones de las imágenes originales en vez de los originales mismos, sino porque en muchos casos la reproducción es pequeña, el conjunto se presenta abigarrado y su comprensión deviene dificultosa. La vista se cansa, la mente queda atorada y el resultado es un entendimiento insuficiente.

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Elemento visual en el planteamiento de Federico Soriano/Dolores Palacios para la zona de Mina del Morro-Península de Miraflores.

Si se quiere fomentar gente aficionada a exposiciones de esta naturaleza y, por tanto, ciudadanía preparada para participar en los debates sobre su entorno edificado, habrá que olvidar montajes expositivos propios de alumnos de 3ª de carrera en un pasillo de la Escuela y empezar a pensar en museografías un poco más elaboradas. No me refiero a que los soportes de los paneles estén realizados con cartón-pluma -aunque también- o a que las maquetas elegidas para ser presentadas sean las de los proyectos que las tenían, dejando los otros proyectos desasistidos de maqueta propia porque no las traían consigo o quizás sí, pero están dañadas y su reparación resulta costosa. Se ha ido a lo fácil y barato: tengo esto, exhibo esto. Acarrear materiales a un lugar no es suficiente; elaborar y producir contenido expositivo consiste en otra cosa. El resultado queda desequilibrado, seco, incompleto, duro; el visitante se pregunta por qué es así y si necesariamente tiene que ser así.

Claro que no; de hecho, no debe serlo para resultar eficaz como herramienta explicativa, que es lo que intenta toda exposición pública. Existen recursos y aplicaciones, estrategias y métodos propios de la museografía, que convierten estos temas complejos en asuntos visualmente inteligibles. La arquitectura no es fácil de ver y comprender, así que su presentación pública sí debe serlo. Sólo es cuestión de contar con quien sepa hacerlo y, naturalmente, disponer los medios económicos para producir lo necesario. Escapar de los códigos cifrados y del lenguaje técnico propios de los profesionales es la primera obligación para hacerse entender. La segunda, poner recursos financieros suficientes para alcanzar dignificación visual.

Lamento tener que referirme a estos asuntos pues hubiese preferido hacerlo a los contenidos, que son interesantes y pertenecen a la historia de Bilbao, a la historia no materializada -pero sí pensada- de la evolución de esta ciudad. Hay que verlos como parte de un proceso de maduración urbana en un tiempo concreto. Así fueron también los ilustres antecedentes que este Bilbao no construido puede presentar: los proyectos para el Ensanche de Silvestre Pérez (1801) y Amadeo de Lázaro (1862), y el plan de reforma vial interior del casco viejo de Secundino Zuazo (1920-21).

La exposición se divide, como he dicho, en paneles que ilustran proyectos para áreas específicas (1) Urban Galindo Sestao Berri, (2) Punta Zorroza, (3) Zorrozaurre, (4) Olabeaga, (5) Uribitarte Abandoibarra, (6) Garellano, (7) Parque Etxebarria y (8) Mina del Morro-Península de Miraflores. Hay planteamientos de cerca de una treintena de equipos, entre los que se encuentra gente tan valiosa como J. D. Fullaondo, F. Soriano/D. Palacios, J. Bengoa/G. Iriarte/E. Múgica/A. de la Brena, E. Arroyo, Rogers Stirk Harbour+Partmers, Zaha Hadid, F. Mangado/Ábalos+Herreros/C. Azcárate …

Este Bilbao que pudo haber sido y no fue nos permite recordar propuestas que, menos mal, no se llevaron a cabo, como la pseudo-aristocrática y petulante de Ricardo Bofill para que Parque Etxebarría. Pero también constatar que alguna de ellas se está realizando de manera muy aproximada, como la de Rogers, Stirk, Harbour & Partners para Garellano y que, como la mayoría de las otras proposiciones, ofrecía densidades intensas de edificabilidad. De hecho, es lo que está sucediendo en el solar de los antiguos cuarteles. Otra propuesta es un hermoso ejercicio de ensoñación utópica-lacustre (Eduardo Arroyo/Juan Calvo Basarán para Zorrozaurre) y casi todas ofrecen valores aprovechables, aunque sólo sea como pistas reflexivas en torno a las posibilidades de crecimiento de una urbe vertebrada por un río y rodeada de montañas.

Cerca de concluir la exposición el visitante contempla el vídeo y es cuando entiende la precariedad de la propia exposición. Ciudades invisibles fue un producto concebido para ser expuesto a partir de diciembre de 2016 en algunas estaciones del Metro bilbaíno, es decir, un espacio de intenso estrépito y fragor, y que formó parte de las actividades enmarcadas dentro de la segunda edición del BIA, el evento celebrado entre el 13 y el 16 de junio del año pasado e impulsado por una entidad de nombre Bilbao Bizkaia Architecture. Dicho con otras palabras, los materiales se concibieron para un lugar duro y no propicio (estaciones de Metro) y ahora se recuperan para un espacio completamente diferente (una sala convencional de exposiciones).

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Los paneles ahora en la Sala Ondare fueron antes expuestos en estaciones del Metro bilbaíno. Esos lugares de paso urgente fueron considerados buenos emplazamientos para comprender paneles que exigen lecturas detenidas.

BIA se define como una “plataforma para la difusión y promoción de la arquitectura vizcaína (que) surge en el seno de la Delegación de Bizkaia del Colegio Oficial de Arquitectos Vasco-Navarro”. Una plataforma, digámoslo, que recibió 60.000 euros del Ayuntamiento de Bilbao, amén de otras subvenciones económicas -supongo que equivalentes, en su condición de igualitarios Patrocinadores Institucionales- de la Diputación Foral de Bizkaia y el Gobierno Vasco, más el apoyo de un largo plantel de potentes patrocinadores. Un dinero y apoyo que se empleó en organizar conferencias, talleres, visitas profesionales, sesiones de cine, concursos, una cena de gala y en la entrega del Premio BIA a Cesar Pelli, quien vino a recogerlo en persona. En su primera edición el Premio se otorgó a Norman Foster. En otras palabras: se actúa sobre seguro con intención (aparente) de que parte del brillo de los premiados recaiga sobre la organización del Premio: “…cada cosa esconde otra”.

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No se me interprete mal. Actividades como las ofrecidas por BIA son necesarias, poseen alto nivel, deben incentivarse y celebraremos que continúen. Tan sólo hay que equilibrar la distribución del gasto, pues Ciudades invisibles fue una interesantísima iniciativa muy poco dotada, acogida como algo residual y fuera del tiempo central del BIA 016. En congresos de este tipo, la exposición temporal suele constituirse como uno de los elementos principales y vertebradores. Aquí no fue así. No digo que se podía haber ahorrado la cena de gala (por asistir a ella cada persona pagó 75 €) para mejorar museográficamente la exposición lo suficiente, pero si se hubiera actuado de otra manera la ciudadanía que no acudió a los debates y ponencias del BIA (la inscripción era de pago, a 120 €) ahora podría disfrutar y entender mejor las ideas que algunas brillantes mentes de la arquitectura han elucubrado acerca de nuestra ciudad.

Empezamos con Italo Calvino; concluyamos con él: “También las ciudades creen que son obra de la mente o del azar, pero ni la una ni el otro bastan para mantener en pie sus muros. De una ciudad no disfrutas las siete o las setenta y siete maravillas, sino la respuesta que da a una pregunta tuya”.

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El Edificio Papelera, en Zorrozaurre, fue utilizado para el desarrollo de talleres y exposiciones de BIA. ¿Significa esto que el edificio ya está libre de los elementos contaminantes (hidrocarburos y un depósito de combustible) que actividades anteriores dejaron en el subsuelo exterior de la parcela, motivo por el cual ha permanecido desde hace más de cuatro años cerrado y sin actividad a pesar de estar restaurado y acondicionado? Ojalá sea así.

La metáfora naval y el nuevo edificio ‘Museoalde’

/ Javier González de Durana /

La existencia de edificios con aspecto -más o menos logrado- de barcos es frecuente en zonas costeras y fluviales de muchas ciudades por todo el mundo. La cercanía de las aguas, marinas o fluviales, justifica el que, a modo de guiño ambientalista, algunas construcciones situadas junto a sus orillas simulen ser naves. Se supone que es un modo sencillo y directo de encajar una nueva construcción en un lugar caracterizado por la proximidad de aguas sobre las que circulan -o circularon en un tiempo pasado- barcos de mayor o menor envergadura.

Hoy en día un edificio que se asemeje en algo a una nave náutica sólo es un capricho del diseñador o una estrategia de marketing, pero hubo un tiempo en que el parecido de una casa a un barco ponía en evidencia la firme y clara voluntad de modernidad por parte tanto del arquitecto como del promotor.

En los orígenes de la época moderna, algunos analistas y teóricos de la arquitectura se percibieron de la racionalidad con la que se diseñaban barcos frente a la reiteración falsaria de los estilos históricos que abundaba en arquitectura. Así, Viollet-le-Duc en sus Entretiens sur l’Architecture (1863) decía que “los arquitectos navales y los ingenieros mecánicos cuando hacen un barco o una locomotora no investigan las formas de los barcos del tiempo de Luis XIV o las de una diligencia, sino que obedecen ciegamente las nuevas bases dadas y producen obras de estilo y carácter propios, en el sentido de que todos puedan ver que indican un fin totalmente preciso”. De igual modo se reiteraron en tal opinión otros muchos sin lograr que se mirara la arquitectura naval como una cantera de ideas y aprender de ellas.

El asunto alcanzó solidez a partir del momento en que Le Corbusier resaltó en su Vers une architecture (1924) que “ingenieros anónimos, mecánicos metidos entre la grasa y el hierro de la fragua, han construido esas casas formidables que son los paquebotes. Nosotros, habitantes de tierra firme, carecemos de los medios de valoración y sería una suerte que para que aprendiéramos a descubrirnos ante las obras de la ‘regeneración’, se nos brindase la oportunidad de recorrer los kilómetros que representa la visita a un paquebote”. Para demostrar visualmente la ventaja del diseño de los barcos frente al de los edificios de aquel momento, ilustrando su reflexión y señalando el camino a seguir, Le Corbusier publicó en aquel influyente texto algunas fotografías de barcos tomadas de folletos confeccionados por agencias de viaje al tiempo que declaraba: “El paquebote es la primera etapa en la realización de un mundo organizado de acuerdo con el espíritu nuevo”.

Los artífices del Movimiento Moderno vieron en el barco un símbolo de los caminos renovadores por los que debía introducirse la arquitectura. Su fuerte iconicidad, el carácter emblemático, diáfano, inmaculado, saludable… fue defendido por “el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes reunidos bajo la luz” y valorado por la precisión en el ensamblaje de los elementos constructivos, exhibidos al exterior sin reparo alguno ni ocultamientos, y la funcionalidad del espacio, dónde nada está de más y nada se echa de menos.

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Foto de Karen Amaia.

En Bilbao tenemos varios ejemplos de arquitectura influida, más o menos, por lo náutico. Sin estar afectado por las teorías de Le Corbusier, el Mercado de la Ribera, de Pedro Ispizua (1927-30) es el caso más antiguo. La forma alargada del mercado vino propiciada por el solar disponible y, aunque estilísticamente responde al ‘art-decó’ previo al racionalismo, no deja de ser cierto que, al estar al borde de la ría una de sus largas fachadas, parece como si se tratara de un palacio flotante atracado al muelle, un riverboat del Misisipi que por alguna extraña razón hubiera venido a encallar en esta ribera del Nervión.

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Foto de Karen Amaia.

El edificio levantado en Ripa 6 por Tomás Bilbao (1931) fue el primero que atendió a las indicaciones de Le Corbusier, Las líneas puras, el predominante color blanco, el uso de barandillas de tubo para balcones y ventanas y, sobre todo, la coronación en forma de castillo de proa establecía evidentes vínculos con las embarcaciones que atracaban en los cercanos muelles del Arenal.

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Foto de Karen Amaia.

Después de la guerra, en momentos durante los que las teorías racionalistas no estaban tan en boga, Manuel I. Galíndez y José Mª Chapa llevaron a cabo un espléndido ejercicio de evocación marinera para la Naviera Aznar (1943-48) en la Plaza de Venezuela. Las citas a lo naval tenían aquí un sentido mayor al tratarse de la sede de una empresa propietaria de buques y estar ubicada a orillas de la ría. Sin renunciar al dominante carácter de palazzo, la esquina opuesta a la fachada principal es donde se concentran esas referencias.

Fuera de Bilbao, la más emblemática de todas las actuaciones históricas realizadas en el País Vasco fue, sin duda alguna, la desplegada en el Club Náutico de San Sebastián por José Manuel Aizpurúa y Joaquín Labayen (1928-29). Se trata de un caso paradigmático que aparece mencionado en todos los manuales de arquitectura. Las instrucciones de Le Corbusier fueron seguidas aquí literalmente.

club

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Foto de Karen Amaia.

En tiempos más recientes no han faltado aproximaciones al tema, pero alejadas del mimetismo estricto. Por ejemplo, el Palacio Euskalduna, de Bilbao, diseñado por Federico Soriano y Dolores Palacios (1995-99), remite en su fachada orientada a la ría a un astillero en el que un barco se halla en proceso de construcción. De nuevo, aquí la referencia tiene doble intención: estar en la orilla y ocupar el solar de los antiguos Astilleros de Euskalduna.

En unos meses se concluirá el edificio denominado Museoalde que se está levantando en la Alameda de Mazarredo 22, donde estaba el antiguo edificio del IFAS, cerca del arranque de la calle Heros. La estructura ya está completamente acabada y se ha dado a conocer el aspecto final que mostrará. También aquí las referencias náuticas se presentan, por parte de los promotores, como una característica formal relevante: “Al norte el edificio se convierte en una enorme vela sobre la ría, la de una embarcación atracada en un muelle privilegiado”, “con la proa hacia el Museo Guggenheim”, etc.

Lo primero que debe decirse respecto a este edificio es que resulta muy complicado saber quiénes son sus autores. Mientras que en otras edificaciones de viviendas próximas se airea el nombre de su diseñador (Izosaki, Ferrater, Peña Ganchegui, Krier…), en este caso parece haber unanimidad en que tal dato no resulta importante. Unos nombres “venden” y otros, al parecer, no. A falta de autoría de ringorrango, el proyecto enfatiza otros valores: el estar cerca del museo, sobre los espacios libres ribereños a la ría…, y, por supuesto, la calidad de los materiales, el cuidado en los detalles, la espacialidad de las viviendas… Las alusiones a lo náutico aquí son más argumentos de venta que formales.

Museoalde, hotel y viviendas, está promovido por una UTE integrada por Eslora Proyectos y Jaureguizar, y diseñado por el estudio bilbaíno Agvar Arquitectos más la colaboración de Axis Arquitectura y Urbanismo, de Madrid, esto es, equipos amplios de profesionales en los que no importa la falta de un nombre estrella porque su solidez se basa en el conjunto. Agvar Arquitectos tienen una amplia trayectoria de trabajos y proyectos a lo largo de los municipios de la ría, en San Sebastián y en Burdeos, donde también tiene sede.

Museoalde parece querer acercarse a algunas de las mejores lecciones de Galíndez y Chapa en la Naviera Aznar, principalmente a la idea de fachada curva orientada hacia la ría, siguiendo el curso de esta, y a la del remate final como proa. Sea porque vivimos tiempos tecnológicos muy diferentes a los años 40 o sea porque el mercado presiona para extraer del suelo urbano el máximo beneficio, el hecho es que el resultado será diferente. Frente al orden, la armonía y la contenida discreción de la Naviera los logros formales de Museoalde parecen algo exagerados, un punto arrogantes e invasivos, resultando el conjunto como una suma de fragmentos de diferentes características, texturas y diseño. Da igual que esas diferencias deriven de las distintas funciones que albergan (garajes, hotel y viviendas), el resultado es falta de unidad.

Tiene la ventaja de que, al situarse en zona de espacios muy abiertos, sobre todo desde el paseo de Uribitarte, la construcción no resultará visualmente pesada. Bien al contrario, ofrecerá un perfil de potente iconicidad, aunque la colindancia con el edificio adyacente (Mazarredo 20) resulte un tanto descosida y que para lograr esa potencia haya sido necesario que el Consejo Asesor de Planeamiento de Bilbao diera el visto bueno a la modificación del Plan Especial del solar de IFAS, al permitir combinar los usos residencial y equipamental, y al autorizar un volumen que no se permitió en su día a los edificios colindantes de la manzana, todos ellos sujetos a unas alturas obligatorias para conseguir un bloque de cornisas unificadas y coherentes. La página web museoalde.com dice que “el Plan Especial respeta las edificabilidades autorizadas por la regulación actual” al tiempo que “se modifica el perfil, acentuando el carácter singular de la proa que conforma este solar”. No se comprende bien ese respeto que, sin embargo, modifica a conveniencia un perfil que no estaba previsto fuera así y permite ganar edificabilidad.

 Una percepción distinta es la que se tendrá por la cara del Ensanche, hacia Mazarredo y Heros, con catorce pisos sobre el nivel de las calles. Sobre todo, en Heros se produce una triste pérdida, la de la visión del monte Artxanda al quedar oculto tras la altiva proa. Nos dice la promoción de Museoalde que su edificio “se asoma curioso a la calle Heros”. Ya.

Pues, la verdad, ya podía haber renunciado a esa curiosidad para que las laderas del monte hubieran continuado a la vista de todos.

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Escribir sobre arquitectura en Bilbao

/ Javier González de Durana /

El propósito de ArquiLecturA es dar a conocer ideas, reflexiones y puntos de vista acerca de la arquitectura que hoy se realiza en Bilbao y en el entorno regional más o menos próximo a esta ciudad. En principio, tales ideas serán las del promotor de este blog, pero opiniones ajenas -caso de manifestarse- tendrán cabida como comentarios a las entradas que se irán introduciendo.

ArquiLecturA, por tanto, es un lugar para escribir y leer sobre la arquitectura que se lleva a cabo en un área geográfica que históricamente, sobre todo durante el último siglo y medio, ha gestado edificios y construcciones de elevada calidad a partir de las posibilidades económicas propiciadas por un moderno, singular y remarcable desarrollo industrial, financiero, comercial y, en consecuencia, por su significativo crecimiento poblacional. La nómina de arquitectos e ingenieros sobresalientes -desde los locales Alberto de Palacios, Severino Achúcarro y Pablo Alzola hasta la actualidad con figuras internacionales como Frank Ghery, Norman Foster, Rafael Moneo, Álvaro Siza…, las ingenierías de Javier Manterola, Juan José Arenas de Pablo, IDOM, INBISA…- es larga y la relación de obras diseñadas por ellos (existentes aún hoy o desaparecidas ya) revelan que la arquitectura ha acompañado los pasos dados en otros campos hacia la constitución de una sociedad avanzada en términos de habitabilidad, confort, sofisticación tecnológica, ordenación y atractivo visual tanto de los inmuebles e infraestructuras, vertebradores de un todo social (la ciudad), como de sus interiores formalizados en ámbitos privados y públicos (viviendas, lugares de trabajo, ocio, comercio…).

Sin embargo, las acciones de arquitectura no han estado habitualmente acompañadas por empeños de divulgación y reflexión en torno a ella. Los momentos en que Bilbao ha dispuesto de foros mediante los que dar a conocer el pensamiento de arquitectos o analistas acerca de los elementos construidos que iban apareciendo en el espacio público no han sido frecuentes.

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Antes de la guerra civil tan sólo dos revistas cubrieron ese espacio informativo y de posible debate: La Construcción y Las Artes Decorativas (1922-24) y Propiedad y Construcción (1924-1936). Aunque la arquitectura fue el centro de atención de ambas publicaciones, sus contenidos fueron redactados sobre todo por analistas no-arquitectos, Enrique de Ocio y Urreta, Damián Roda y, especialmente, Enrique Loygorri de Pereda, con su sección “El progreso urbano de Bilbao” en la segunda de las revistas citadas.

Después de la guerra se tuvo que esperar a que el arquitecto Juan Daniel Fullaondo pusiera en marcha la magnífica Nueva Forma (1966-75). Aunque dirigida desde Madrid y con proyección nacional, Nueva Forma dedicó números insuperables a Bilbao, la historia y el presente de su arquitectura, explicada y conocida como nadie lo había hecho con anterioridad. Todos los que nos interesamos por la arquitectura siendo jóvenes en los años 70 tenemos en Fullaondo al maestro que condujo nuestros primeros pasos en este campo, señalándonos un camino de rigor y brillo intelectual de elevada altura. Las relaciones que establecía entre los poemas de Miguel de Unamuno, Blas de Otero, James Joyce y Ezra Pound con la escultura de Chillida y Oteiza, las arquitecturas de Richard Neutra y Claude Parent, y la lluvia sobre las fachadas y el pavimento de las calles de Bilbao eran deslumbrantes. Sin ser historiador, suya fue la primera formulación evolutiva de la arquitectura moderna en Bilbao según generaciones a partir de 1875. La labor editorial y teórica que desplegó fue espléndida y Bilbao -esta ciudad ingrata en ocasiones- le debe un reconocimiento y un recuerdo.

Un breve intento por retomar y prolongar el espíritu de Nueva Forma se manifestó en la revista Común. Arte, Arquitectura, Pensamiento, Ciudad, bajo la dirección del crítico de arte Santiago Amón, quien antes había dejado su huella en Nueva Forma. Mezclaba disciplinas en términos generales, sin atender a las realizaciones concretas, pero con un espíritu revisionista y crítico. Fue un marco amplio que hubiera podido fertilizar el ambiente, pero no duró mucho tiempo (1979-80), publicando sólo cuatro números.

A finales de los años 80 y principios de los 90 aparecieron dos revistas de muy diferente carácter. Composición Arquitectónica. Art & Architecture (1988-93), realizada en Bilbao, se caracterizó por su lujoso diseño físico y la mirada internacional, aunque muy vertida hacia una sensibilidad arquitectónica específica. No atendió a lo que sucedía en el entorno inmediato (de hecho, creo recordar que en los diez números que aparecieron sólo se vio un artículo dedicado a Manuel Galíndez, es decir, un tema histórico). Elaborada y dirigida desde Vitoria, A+t. Revista de Tecnología y Arquitectura ha vivido dos etapas: en la primera a partir de 1991 atendió el territorio de la comunidad autónoma, centrándose en proyectos puntuales tanto privados como institucionales, no en vano fue una publicación financiada desde el Departamento de Urbanismo, Vivienda y Medio Ambiente del Gobierno Vasco, mientras en la segunda y actual etapa, con formato físico y digital, se prolonga como proyecto personal del equipo de arquitectos  que la ha venido impulsando (a+t architecture publishers), posee una mirada más abierta e internacionalista muy distinta de la etapa previa. Ha dado a luz cuarenta y tres números hasta 2014.

Arte y Cemento, decana revista asentada en Bilbao desde 1958 hasta que la multinacional que la compró (la holandesa Reed Business Information) decidió trasladarse de esta ciudad el año 2013, ha sido otra peculiar vía divulgadora de arquitectura, centrada tanto en los servicios y la información práctica (publicitaria y descriptiva) como en el análisis de arquitecturas y problemáticas concretas desde un planteamiento de atención nacional. Ha publicado más de dos mil ciento cincuenta números.

Paralelamente, el territorio de la historia de la arquitectura local ha estado atendido tanto por historiadores del arte como por arquitectos. Nieves Basurto, Maite Paliza, Alberto Santana, Javier Muñoz Fernández, Gorka Pérez de la Peña, yo mismo…) hemos estudiado edificios, épocas y situaciones. De otra parte, los profesores en las escuelas de Barcelona y San Sebastián, José Mª Mendieta / Manuel Olazábal / José Ángel Sánz Esquide y Javier Cenicacelaya / Iñigo Saloña, abordaron temas que iban desde el neoclasicismo hasta el racionalismo; en paralelo, otros profesionales del sector han sido activos, como Elías Más Serra, quien desde las páginas del periódico municipal Bilbao ha prestado atención tanto a colegas suyos de otras épocas como a arquitectos actuales y sus proyectos, o Joaquín Cárcamo que ha analizado puentes, muelles y arquitecturas fabriles, los hermanos García de la Torre han destacado en la difusión de las piezas de arquitectura más relevantes de esta ciudad, Iñaki Uriarte ha actuado como celoso velador de cuanto acontece en los márgenes de la ría… Impagable está siendo la tarea de la Asociación Vasca de Patrimonio Industrial y Obra Pública (AVPIOP) y sus miembros asociados en su defensa y estudio, desde hace décadas, de la arquitectura industrial y las infraestructuras históricas, víctimas de innumerables atropellos y desconsideraciones por parte de autoridades públicas y promotores privados.

Como es lógico, numerosos arquitectos bilbaínos y vascos han escrito artículos en otras publicaciones profesionales, tanto nacionales como extranjeras. No es que haya una especie de tendencia ágrafa en el sector, sino que por lo habitual los arquitectos se limitan a explicar los proyectos personales, resúmenes de las Memorias de los trabajos en los que se encuentran inmersos.

Realmente, en nuestra sociedad no hay mucho debate sobre arquitectura y las reflexiones o conversaciones quedan inmersas en el círculo delimitado por las relaciones personales profesionales y en las aulas de la Escuela de Arquitectura. Algo que, por otra parte, también sucede en el sector de las artes visuales.

ArquiLecturA carece de la pretensión de elaborar profundas meditaciones sobre nuestra realidad arquitectónica. Un formato digital como éste no es el lugar más adecuado; el libro sigue siendo el soporte fundamental para esas articulaciones. Pero un blog sí puede ser un buen sitio para pulsar la actividad profesional, lanzar preguntas o formular ideas en torno a ello. Unas lecturas para ver y entender arquitectura con un poco más de información, si acaso. Sin más. Unas veces serán opiniones basadas en informaciones periodísticas a las que se intentará encontrar entre líneas lo que no se expone abiertamente, y en otras ocasiones haremos descripciones de las consecuencias promovidas por actuaciones que nos aseguraban aspirar al logro de otros objetivos. Vigilaremos las rehabilitaciones llevadas a cabo en edificios históricos y analizaremos proyectos de nueva planta dentro de los contextos en los que acontecen, sea una pequeña reforma en un edificio racionalista de los años 30 acometida por un arquitecto joven o sea la quinta torre de Garellano encomendada, al parecer, a Richard Rogers.

No ya debates; más allá de lo mediático apenas existen conversaciones sobre la arquitectura que nos envuelve. La arquitectura es un acto humano que toma cuerpo en el mundo de los seres humanos y, por ello, es juzgada a partir de lo que significa la apariencia que muestra y los intereses que enmascara, oculta o no se hacen evidentes de entrada. Todo es justificable, bien desde la razón bien desde la emoción. Es posible que los debates sean inútiles en arquitectura, campo en el que los intereses económicos imponen férreos marcajes; es probable que sólo aprendamos de los errores una vez hemos pagado el precio de la desobediencia al interés común. Casi con total seguridad, este blog será un soliloquio. Cada uno hace lo que puede y sabe. Cansado de que periódicos y revistas de divulgación general centren sus mensajes en arquitectos-estrella y las sorprendentes piruetas de que son capaces (más alto, más caro, más bizarro o curioso, “es lo que el público quiere ver y conocer”, se nos dice), aquí se atenderá a lo cercano y cotidiano, lo que hace que nuestro día a día sea como es, procurando entenderlo a través de los espacios que habitamos y habitaremos, mirando los detalles y escuchando los silencios. Leyendo edificios, es decir, escribiendo sobre arquitectura, con voluntad de comprender qué, cómo, por qué y cuál es su significado, hoy, aquí.

1ª BIENAL DE ARQUITECTURA DE EUSKADI. “MUGAK”

/ Javier González de Durana /

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Esta primera entrada aparece hoy, pero se escribió hace semanas, concretamente al día siguiente del anuncio público de la 1ª Bienal Internacional de Arquitectura que, con el subtítulo de “MUGAK”, fue presentada en San Sebastián el 7 de julio. Es una coincidencia que la decisión de crear un blog en torno a aspectos arquitectónicos vistos desde el País Vasco fuera tomada al tiempo que se presentaba un acontecimiento tan relevante como aspira a ser esa Bienal. En ArquiLecturA estamos encantados con la iniciativa, pues nos dará muchas ocasiones para opinar y recoger ideas acerca de lo que en dicha Bienal se vea y escuche, insuflando vida y energía en el campo de lo opinable y lo discutible sobre los edificios y las ciudades en que vivimos.

La Bienal fue presentada en rueda de prensa por parte de las más altas instancias del Departamento de Medio Ambiente, Planificación Territorial y Vivienda, el impulsor de la iniciativa, junto al encargado de pensar y gestionar el programa de esta primera edición. El consejero de ese Departamento, Iñaki Arriola, el vice-consejero, Pedro Jaúregui, y el director de Vivienda y Arquitectura, Pablo García Astrain, ofrecieron datos acerca de la intencionalidad del acontecimiento, mientras su comisario, Pedro Astigarraga, desgranó algunos contenidos.

La información periodística ofrecida al día siguiente recogía lo sustancial de lo expuesto y explicado en la rueda de prensa, pero quien intentó saber más acerca de cómo se halla organizada la Bienal y entró en la web de esa Consejería quedaba sorprendido al no encontrar nada referido a la Bienal. Tan sólo una “noticia” daba cuenta del desarrollo de la rueda de prensa. Siendo un acontecimiento al que se le otorga la más alta importancia departamental -demostrada por la presencia de los tres políticos citados-, llama la atención que no hubiera una declaración de intenciones más pormenorizada, una explicación acerca de cuál es el órgano gestor de la Bienal, quiénes sus integrantes, cuáles los objetivos políticos…

No obstante, dicha “noticia” contiene un enlace a la página web de la Bienal. Al abrir esta página nos encontramos con un vídeo de casi cinco minutos en el que se muestran algunos hitos arquitectónicos y urbanísticos de San Sebastián, sin locución alguna, y, de nuevo, la noticia sobre la rueda de prensa institucional. Junto a esto se despliegan seis ventanas con los siguientes títulos: Exposiciones, Conferencias, Talleres, Itinerarios, Proyecciones y Diálogos, pero al intentar ver sus respectivos contenidos en todas se nos dice: “Estamos trabajando en la preparación del Programa”. Pinchando en el apartado “La Bienal” se leen algunos puntos de partida y ciertos objetivos; su primer párrafo dice así: “La Arquitectura es, a un tiempo, lenguaje del arte y de la razón. Encuentro entre la ciencia y el artificio”. De acuerdo, bonito arranque, pero recordemos que el arte no es algo opuesto o diferente a la razón y que la ciencia -desde antes de la invención de la rueda- trabaja necesariamente con lo artificial.

Eso de los objetivos políticos no es algo que deba guardarse detrás de objetivos sociales y culturales subrayados en la rueda de prensa. Los objetivos políticos son tan legítimos como los otros y sería interesante conocerlos. Sí, conocerlos, porque no resulta suficiente apelar al propósito de “sacar la arquitectura del discurso efectista en el que se ha instalado por la influencia de macro-proyectos y devolverle su condición de disciplina capaz de mejorar la calidad de vida de los ciudadanos (…) una función social, a menudo relegada a un segundo plano por la pirotécnica de los arquitectos estrella, es lo que impregna los principios que inspiran la I Bienal de Arquitectura de Euskadi”.

Muy bien, “una función social”, eso es lo que impregna los principios, pero una vez aclarado lo impregnante, ¿cuáles son los principios impregnados, esos principios políticos? Estoy citando fuentes periodísticas, por tanto es posible que eso no fuera expuesto exactamente así, pero en todo caso no reduce la necesidad de ofrecer un contexto reflexivo más profundo sobre la Bienal desde la web del Departamento. Una partida de 180.000 euros destinada al evento (más lo que aporten Diputación y Ayuntamiento) es cantidad que merece una justificación detallada. No digo que no la haya, pero hubiera sido deseable haber conocido la calidad de los argumentos y las reflexiones impulsoras al mismo tiempo que se nos informaba del hecho en sí y, por supuesto, los contenidos programados.

Es de imaginar que esto vendrá dado más adelante porque queda corto decir que la Bienal constituirá “una reflexión (sobre el papel) que debe desempeñar la arquitectura en la sociedad y su contribución para conseguir ciudades más equilibradas y cohesionadas”, porque ¿acaso no ha sido siempre esto así?, o que buscará “encarar los retos de una nueva modernidad tecnológica y multicultural, cuya comprensión y gestión se han vuelto extremadamente complejas”, ¿es que, por ventura, estos retos son exclusivos de hoy y no los vivió la arquitectura en otras épocas?

Ya que ha sido el Gobierno Vasco, junto con las instituciones forales y municipales, quien ha impulsado la mayoría de esos macro-proyectos que, al parecer, han distraído la función social de la disciplina, bienvenida sea una buena dosis de retorno al orden por parte del mismo Gobierno Vasco. No obstante, el hecho de que se hayan levantado una docena (no sé si llegan) de macro-proyectos no parece que haya hecho perder la cabeza a la inmensa mayoría de los arquitectos vascos no-pirotécnicos que se las ha tenido que ver bien duras durante estos años de crisis. Al margen de los macro-proyectos aquí ha habido una arquitectura y unos profesionales que no olvidaron cuál es su función al desarrollar proyectos de todas las envergaduras, sobre todo proyectos modestos, como ha sido lo habitual en los últimos años. No mezclemos los temas ni confundamos los bonitos juegos pirotécnicos hechos de palabras con las dolorosas llamas del día a día.

La elección de San Sebastián como sede de la Bienal es correcta. Podría haberlo sido cualquiera de las otras ciudades del País Vasco, pero el hecho de que la Escuela de Arquitectura de la UPV se encuentre en esa ciudad dota de un plus de justificación a la elección. Ya en los años 80 y desde el Departamento de Cultura se intentó la creación de un Museo de la Arquitectura en el Palacio de Miramar. Sin problema. Las distancias en euskalhiria no son tan grandes como para impedir que quien quiera participar lo haga.

Las fechas centrales de la celebración serán del 7 al 10 de noviembre, si bien algunas acciones se desarrollarán desde finales de octubre y otras se prolongarán hasta enero de 2018.

En cuanto a los contenidos, por el momento nos han dicho que tendremos lo siguiente:

* una exposición titulada Creatividad compartida sobre la obra del último Premio Pritzker 2017, el estudio catalán RCT Arquitectes (Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramón Vilalta); Aranda pronunciará el día 7 la conferencia de apertura;

* una intervención de clausura por parte del proyectista japonés Sou Fujimoto, de contenido no esclarecido;

* los 400 alumnos de la Escuela de Arquitectura recibirán durante los primeros días sus clases en el Palacio de Miramar, sede central de la Bienal y donde tendrán lugar las jornadas, quedando la actividad lectiva de la Escuela, de algún modo, integrada en el Palacio durante los tres meses;

* entrega del Premio Peña Ganchegui, instaurada este año y que tendrá su marco en el contexto de la Bienal, si bien no sabemos si este premio será de periodicidad anual o bianual como la Bienal;

* en conjunto, se habla de ocho exposiciones, talleres, mesas redondas…, sin mayor especificación;

* además del Palacio Miramar, otros escenarios de la Bienal serán el Colegio Oficial de Arquitectos Vasco-Navarro, Tabakalera y el Koldo Mitxelena;

* un aspecto subrayado es que la cita no será algo sólo para los especialistas, reservado a ellos, sino abierto a todos los públicos, “a toda la ciudadanía”; si con esto último se quiere decir que las actividades serán gratuitas, fantástico, pero a veces uno tiene la impresión de que para las instituciones lo especializado es elitista; no hay que tener esos miedos, la arquitectura es una práctica profesional compleja por naturaleza y el alcance de su interés como disciplina puede resultar minoritario aunque no lo sea -bien al contrario- el alcance de sus consecuencias públicas.

Nos quedamos, de momento, con algunas preguntas pendientes y muchas ganas de saber más sobre lo que escucharemos y veremos, pero la Bienal resulta prometedora. Haremos seguimiento.

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Palacio de Miramar, sede central de la Bienal de Arquitectura.