La arquitectura del dinero.

Algunos edificios de antiguas sedes bancarias existentes en Bilbao están cambiando de propietarios y funciones. Es todo un fenómeno de nuestra época. En el Arenal, la hasta hace unos días sede de Laboral Kutxa (y que antes fue sucesivamente propiedad de diversas entidades bancarias) se ha vendido a un grupo promotor que la convertirá en hotel de cinco estrellas. En la Plaza Circular, las planta baja y seis primeras del que fuera Banco de Vizcaya estarán ocupadas, en régimen de alquiler, por la textil Primark; el propietario sigue siendo el BBVA, que está acondicionando todo el edificio para el alquiler de espacios fragmentados a empresas y despachos; la multinacional irlandesa entrará en 2018 para acomodar a los requerimientos de su negocio las plantas que ha contratado. Cerca de ésta, en la misma plaza, la en su día Caja de Ahorros Vizcaína es desde hace pocos años un complejo de oficinas municipales. En la Gran Vía esquina con Astarloa, los que fueron cuarteles generales de la Caja de Ahorros Municipal de Bilbao han pasado a manos de la catalana Mango, que a su vez se la ha alquilado a Inditex, la conocida firma gallega de ropa “low-cost”. En suma, no tan antiguas construcciones levantadas en su día como orgullosas manifestaciones del poder económico de entidades bancarias y financieras se están reconvirtiendo en tiendas de ropa barata, hoteles y oficinas.

En nuestra ciudad, el primer banco que funcionó como tal, el Banco de Bilbao (Eugene Lavalle, Severino Achúcarro, 1868-98, de hecho, el primer banco privado español con edificio exento propio) tuvo su sede en el Casco Viejo y su aspecto se asimilaba al de las residencias palaciegas y aristocráticas de épocas anteriores, pues en aquellos momentos nacientes de la burguesía comercial moderna el dinero se gestionaba en edificios parecidos a los que poseían aquellos individuos que siempre lo habían tenido en sus manos.

Más tarde, en torno a 1900 y ya en el Ensanche, el Banco de Vizcaya (José Mª Basterra, 1898-1903) se acercó a la tipología del edificio de pisos para viviendas, pues entonces el dinero ya estaba en manos de una burguesía industrial y financiera sin complejos que residía en inmuebles cercanos y de aspecto semejante al del banco. Como mucho, una cúpula en la esquina indicaba cierta singularidad, pero lo cierto es que las cúpulas esquineras en esa zona del Ensanche son tipológicas en edificios residenciales.

Al cabo de poco tiempo -décadas 20 a 40- el dinero y su gestión adquirieron una dimensión propia de dioses que gobiernan el mundo y por ello las arquitecturas bancarias empezaron a asimilarse a templos de inspiración greco-romana, con los consiguientes efectos subliminales de fiabilidad, solidez, durabilidad, trascendencia…, como son los casos del nuevo Banco de Bilbao (Pedro Guimón, 1919-22), el Banco de España (Julián Apraiz, 1918-22) y el Banco Hispano Americano, hoy Santander (Manuel I. Galíndez y José Mª Chapa, 1945-52), todos ellos en la Gran Vía. La presencia en cornisas y cubiertas de esculturas con representación de dioses (Hermes, Atenea…) y héroes (aurigas conduciendo bigas o cuadrigas) clásicos subrayaban esa intención.

Más adelante, ya en los años 60 y 70, las entidades bancarias asumieron el rol de neutras corporaciones tecnocráticas de rostro impreciso, pero presencia poderosa y arrogante, como en el nuevo Banco de Vizcaya (Enrique Casanueva, Jaime Torres y José María Chapa, 1965-69) y el Bankunión (Ricardo del Campo, José Luis Burgos, José́ Luis y Mariano Ortega, y Juan Manuel Pazos, 1973-77), ambas en la Plaza Circular. Las esculturas renunciaron a la intención figurativa y desaparecieron o descendieron abstractas al pie de esos intimidantes volúmenes.

Todo el negocio bancario en Bilbao se había desarrollado durante más de un siglo entre el Arenal y la Plaza Elíptica y me estoy refiriendo a entidades bancarias que construyeron edificios de porte y presencia destacadas en el paisaje urbano de Bilbao. Por supuesto, hubo otros muchos bancos que operaron en plantas bajas y pisos sin que manifestaran hacia la calle otra cosa que un letrero con su nombre corporativo adherido a la fachada. Estos pequeños bancos en unos casos cerraron por quiebra, en otros fueron absorbidos por bancos de mayor tamaño y otros desaparecieron sin más. En definitiva, durante ese tiempo la evolución del edificio bancario fue desde la caja fuerte con gruesos muros y rejas hasta la caja de acristalados muros-cortina.

Un fenómeno que no se ha dado en nuestro entorno, pero que sí se ha visto claramente en Madrid, es la tendencia de las corporaciones financieras a escapar del centro urbano para asentarse en la periferia, incluso en pueblos que ni siquiera son periféricos. El Banco de Santander creó en Boadilla del Monte una ciudad financiera (Kevin Roche, 2002-04) en donde sus más de 4.000 empleados trabajan, por supuesto, pero también hacen deporte -incluso con un campo de golf de 18 hoyos y otro campo de 9-, realizan sus compras cotidianas en centros comerciales, gastan su tiempo de ocio, disponen de escuelas formativas, guarderías…, en un recinto vallado y rigurosamente vigilado para impedir el acceso de personas no autorizadas. El BBVA, por su parte, se hizo levantar un edificio en la periferia norte de la capital (Herzog & DeMeuron + Ortíz León Arquitectos, 2008-15) capaz de acoger a 6.500 personas, donde el acceso tampoco es fácil ni está a mano del ciudadano de a pie, además de contar con fuertes medidas de seguridad.

Del deseo de impresionar al cliente con arquitecturas de prestigio histórico y arrogante altura se ha pasado a buscar la distancia y la imposible relación directa. De la franca accesibilidad a interiores abiertos y patios acristalados, dotados incluso con salas de exposiciones que atraían a un público no necesariamente clientelar, la banca ha girado hacia un modo de estar distante, hermético, super-vigilado y exclusivo.

¿Cuál es el aspecto de los nuevos edificios situados en los centros urbanos donde se refugia el dinero hoy? Ya no hay ostentación arquitectónica, muy al contrario. Los nuevos bancos, además de tomar distancia geográfica, tienden a invisibilizarse y a camuflarse en las ciudades. Por una parte, las nuevas herramientas y dispositivos electrónicos permiten gestionar las cuentas corrientes personales desde cualquier lugar. No es necesario acudir al banco. Ello está ocasionando el cierre de cientos de sucursales repartidas por calles, barrios y pueblos. Por otra parte, las sucursales bancarias nuevas o que renuevan sus instalaciones procuran alejarse del modelo ‘puerta-vigilante-vestíbulo-ventanilla-despacho con puerta cerrada’ de antaño y se aproximan al aspecto de las áreas de ocio de los centros cívicos.

En estas sucursales la anterior imagen de poder, estabilidad y seguridad ha venido a ser sustituida por la de confianza, transparencia y amabilidad con espacios interiores de planta libre y pocos muros. Incluso los anteriores frecuentes mármol y metal, suelos y paredes frías, se han visto desplazados por cierta idea de boutique, decorados con alfombras, acabados en madera, tonos cromáticos cálidos…

Invisibilidad y camuflaje. Lo cual no deja de sorprender, ya que en sus publicidades insisten mucho en su clara apuesta por la creación de un espacio accesible y amigable, el trato personal y la relación directa con el cliente, junto con un uso intensivo de las tecnologías y las comunicaciones, para facilitar el desarrollo individual y profesional de quienes trabajan en ese ámbito.

Un hecho que se advierte en ocasiones es la compra de edificios históricos, del tipo que sea, viviendas burguesas por pisos del siglo XIX o palacetes barrocos, para rehabilitarlos y acondicionar sus interiores de cara a cumplir con la obligación de tener siquiera una pequeña presencia corporativa en los centros urbanos. Ante la imposibilidad de derribar edificios considerados Bienes de Interés Cultural para levantar nuevos inmuebles la decisión está siendo comprar construcciones antiguas y acondicionarlas respetando su aspecto exterior. Esto tiene la ventaja para el banco de no mostrar una imagen singularizada, sino la de lo que ese edificio en cuestión haya venido siendo desde tiempos anteriores.

Rafael Moneo reflexionaba que “el dinero y el ladrillo van de la mano, y el fruto de esta alianza suele traducirse en pura urbanización, es decir, en un tejido inerte de construcciones que se extiende sobre el territorio y que, irrigado por infraestructuras de todo tipo, sirve al cabo para cumplir el fin primordial del tardo-capitalismo: que las cosas fluyan; que las personas y los capitales sigan el ritmo implacable del laissez-faire. La visibilidad ahora se contempla como un inconveniente para ese fluir de los asuntos bancarios: el dejar hacer no quiere hacerse ver.

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