El edificio del ático de Isabel Díaz Ayuso

/ Javier González de Durana /

El inmueble número 35 en el paseo del General Martínez Campos, esquina con la calle Zurbano, en Madrid (Chamberí), viene apareciendo durante las últimas semanas a menudo en los medios de comunicación porque a la presidenta de la Comunidad de Madrid le ha metido en un serio problema, al haber sido adquirida su planta-ático por un organismo público de la Comunidad al precio de 6,3 millones de euros no-se-sabe-muy-bien-para-qué.

Voy a dejar a un lado las oscuras maniobras de Planifica Madrid y sus desconocidos (de momento) objetivos para centrarme en el inmueble. Porque a base de verlo repetidas veces no he podido evitar que haya terminado llamando mi atención. Por la calidad de su arquitectura, claro.

El proyecto original del edificio lo elaboró en 1927 el notable arquitecto Luis Gutiérrez Soto, cuando tenía tan sólo 26 años. Sin embargo, el aspecto que muestra hoy se corresponde más con las formas habituales de algunas décadas después. En efecto, el año 1957 es la fecha de terminación o alta de la construcción actual, con el propio Gutiérrrez Soto al mando, quien seguía profesionalmente activo. Lo sucedido en 1957 parece corresponder a una profunda transformación, reconstrucción o regularización del inmueble de 1927, aunque los documentos que he podido consultar no lo explican con claridad.

El encargo que Gutiérrez Soto recibió en 1927 se lo hizo el banquero, empresario y político alavés, Juan Manuel Urquijo (Llodio, 1879 – Madrid, 1956), perteneciente a la poderosa familia fundadora del Banco Urquijo. Era hijo de Juan Manuel de Urquijo y Urrutia, II marqués de Urquijo, y hermano de Estanislao, III marqués de Urquijo, y de Luis, marqués de Amurrio. Las fechas parecen sugerir que la transformación de 1957 fue una iniciativa tomada tras el fallecimiento, el año anterior, del Urquijo promotor del edificio.

Este Juan Manuel Urquijo desarrolló su actividad principalmente en Madrid, ligado a la dirección del Banco Urquijo y a numerosas inversiones industriales, ferroviarias e inmobiliarias. Fue vicepresidente de la entidad bancaria durante varias décadas y participó también en la vida política como diputado y senador por Álava desde 1914. Su trayectoria representa bien la integración entre banca, industria, política y propiedad urbana que caracterizó a determinadas élites financieras de comienzos del siglo XX.

El encargo a Gutiérrez Soto debe entenderse, por tanto, como una operación patrimonial de un gran inversor, más que como la construcción de una residencia particular. La elección de un arquitecto joven revela además la atención de los Urquijo hacia una arquitectura urbana moderna, capaz de combinar prestigio representativo, aprovechamiento inmobiliario y viviendas destinadas a una clientela acomodada. Son once plantas, incluidas la baja y la sótano, levantadas en una parcela de 1.526 m². Las dimensiones de las viviendas son excepcionales. El catastro informa acerca de viviendas con entre 446 y 815 m² aproximadamente, dos en la mayoría de las plantas.

Durante los años 50 Luis Gutiérrez Soto consolidó un modelo de inmueble de viviendas por pisos destinado principalmente a la burguesía urbana. Sus edificios combinaban una apariencia moderna, aunque deliberadamente moderada, con distribuciones interiores muy precisas: separación entre las circulaciones principal y de servicio, articulación flexible de salón, comedor y despacho, y organización jerarquizada de dormitorios y dependencias domésticas. En las fachadas recurrió con frecuencia al ladrillo visto, la piedra en zócalos y recercados, los balcones curvos y las terrazas profundas, elementos que aligeraban el volumen y proporcionaban una imagen confortable, elegante y reconocible. Su modernidad residía menos en la experimentación formal que en la eficacia de las plantas y en su capacidad para traducir arquitectónicamente el modo de vida de las clases acomodadas.

Se trataba de viviendas que se iniciaban en su entrada principal con el vestíbulo, que distribuye y da paso a un despacho, a un salón “inglés” con chimenea, y a un comedor, estratégicamente dispuesto el conjunto para conectarse entre sí, y para ser atendido desde el oficio, elemento a su vez de otro conjunto que, con la cocina, lavadero-plancha, entrada de servicio, dormitorio de servicio, almacenamiento, etc., constituye todo un estructurado sistema que atiende a la totalidad de la casa diseñada con funcionalidad. El programa se completaba con los dormitorios de padres y de hijos, vestidores, baños, almacenamiento, gabinete, cuarto de juegos, etc.: todo aquello que una vida burguesa pudiera imaginar, y dispuesto con cuidados detalles. Este es exactamente el tipo de vivienda existente en el 35 del paseo del General Martínez Campos.

Al no haber podido visitar ninguna vivienda interior del edificio, sólo me puedo referir con detalle al único elemento singular al alcance de mis ojos: el muy interesante portal del inmueble. No se resuelve como una puerta colocada directamente en el plano de fachada, sino como una pequeña secuencia espacial excavada en el basamento del edificio. Desde la acera se accede primero a un ámbito cubierto, una especie de porche o vestíbulo exterior de planta rectangular, protegido por la prolongación horizontal del forjado. Este espacio intermedio establece cierta distancia ceremonial entre la calle y la puerta propiamente dicha: el acceso queda retirado, en penumbra, al fondo de la composición, después de una sucesión de peldaños y descansillos. La entrada adquiere así profundidad y evita la brusca transición entre el espacio público y el doméstico característica de tantos portales convencionales.

El elemento más singular es la columna cilíndrica exenta, situada en esquina. Revestida con pequeñas teselas vidriadas de color verde, entre el jade y el turquesa según la incidencia de la luz, introduce una nota cromática intensa frente a la tonalidad clara del aplacado pétreo. Su superficie fragmentada y brillante contrasta también con las texturas rugosas de la piedra y el ladrillo. La columna colabora estructuralmente en el apoyo de la losa que cubre el portal, pero su importancia es sobre todo plástica: actúa como una señal vertical visible desde la calle, marca el acceso sin necesidad de ornamentos añadidos y suaviza mediante su sección circular la geometría ortogonal del vestíbulo.

El suelo asciende desde la acera y el costado mediante varios peldaños de poca altura hasta formar una primera plataforma cubierta; desde ella, una escalera más concentrada conduce a la puerta situada al fondo. Esta disposición escalonada prolonga la aproximación y hace que el portal funcione como un pequeño interior urbano. Los paramentos laterales y el techo aparecen revestidos con piezas rectangulares de piedra clara, colocadas con juntas regulares, lo que proporciona continuidad al espacio y refuerza su carácter sobrio. La puerta, oscura y retrasada, queda deliberadamente subordinada al conjunto formado por el vacío, la escalera, la columna y la losa horizontal.

No se trata de un acceso monumental, sino de una arquitectura de lujo contenido, basada en materiales escogidos, profundidad espacial y algún elemento exquisito (la columna de mosaico) capaz de singularizar el inmueble. La combinación de piedra, ladrillo, tesela cerámica y líneas curvas conserva ecos del streamline moderne anterior a la Guerra Civil, aunque traducidos al lenguaje más sólido y representativo de la vivienda burguesa de posguerra.

El edificio en General Martínez Campos parece haber esperado un siglo para encontrar a su inquilina simbólica perfecta: nacido como inversión de un Urquijo, representante de aquella aristocracia financiera que confundía con naturalidad banca, poder político y prestigio social, reaparece ahora como escenario de las aspiraciones pseudo-burguesaristocráticas de Isabel Díaz Ayuso. Ilustres apellidos de la banca, el empresariado, la ingeniería, la política… aparecen vinculados a este edificio desde hace décadas; a ellos ha querido unir (presuntamente) ahora el suyo Dª Chula Castiza de Cañas y Maja de la Terraza.

Nada expresa mejor cierta idea de ascenso institucional que abandonar la modesta vulgaridad de un despacho administrativo para instalarse, aunque sólo fuera supuestamente y de manera «provisional», en un ático con doscientos metros de terraza y vecinos ilustres. La operación revela una concepción versallesca de la función pública: el poder no sólo debe ejercerse, sino también contemplar Madrid desde arriba, entre ladrillo noble, granito y balcones aerodinámicos. Un ático no constituye una ideología, desde luego, pero ayuda mucho a representarla en el imaginario pequeñoburgués porque, ¡qué quieren que les diga!, ese ático -¿en su día la vivienda del portero de la finca?-, por mucho que fuera rediseñado con materiales modernos y grandes ventanales hace pocos años, no resiste una comparación con los pisazos de las plantas situadas debajo. Esos sí que son poderío.

Para quieren buscaban con morbo más información sobre lo de Isabel Díaz Ayuso, éste es el plano del famoso ático en el piso noveno derecha (481 m2).

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