Eskurtze entre la memoria y la vivienda

/ Javier González de Durana /

Hay noticias que se reciben con una mezcla de satisfacción y melancolía. La anunciada demolición de una decena de pabellones industriales en Eskurtze-Rekalde para construir cuatrocientas viviendas pertenece a esa categoría. No es posible estar en contra una operación que permitirá crear nuevos hogares en una ciudad donde el acceso a la vivienda se ha convertido en una de las principales preocupaciones sociales. Más aún cuando una parte significativa de esas viviendas tendrá algún tipo de protección pública y cuando el proyecto prevé además nuevos equipamientos y zonas verdes para el barrio. Pero las cosas como son: quienes hemos conocido el Bilbao de las últimas décadas no podemos evitar sentir que, con cada una de estas transformaciones, desaparece también una parte de la memoria física de la ciudad.

Vengo de visitar los pabellones y de recorrer las calles Severo Unzué y Díaz Emparanza, sustitutas de un antiguo y serpenteante sendero rural y la histórica vía férrea de Azbarren, entre las que se halla la irregular manzana que los contiene. Sólo había caminado por esas calles un par de veces anteriormente, hace mucho tiempo, siendo profesor en el cercano instituto de Larraskitu. Y entonces no me fijé en lo que había a sus lados, pero ahora, al volver a pisarlas tanto tiempo después, encuentro en ellas una innegable familiaridad, como el componente fijo de un paisaje urbano que también he conocido en otros barrios de esta ciudad.

Los pabellones que hoy esperan la llegada de las excavadoras no son monumentos ni edificios especialmente valiosos desde el punto de vista arquitectónico. Fueron construcciones funcionales, levantadas durante los años 40, 50 y 60 del siglo pasado, cuando Bilbao seguía creciendo al calor de la industria y de los pequeños talleres y esta periferia sin nombre era provisionalmente conocida como Sector Sur, calle-I, manzana nº 26… Eran espacios destinados al trabajo, a la producción, al almacenamiento o a la reparación. Diseñados, sobre todo, por ingenieros industriales como Juan José Abrisqueta Iraculis, Alejandro de la Sota Martínez, Carlos Larrañaga y Francisco Javier de Arisqueta, formaban parte de ese paisaje urbano híbrido tan característico de la ciudad, donde las viviendas convivían con las naves, los almacenes, las pequeñas empresas familiares y los talleres mecánicos. Aquella mezcla, que hoy puede parecernos caótica, fue durante décadas una de las señas de identidad de numerosos barrios bilbaínos. Rekalde fue uno de ellos. Como también lo fueron Basurto, Olabeaga, Deusto, Zorrotza o determinados sectores de San Ignacio. En esos barrios la industria no aparecía confinada en grandes polígonos alejados del centro urbano, sino integrada en la propia vida cotidiana. El ruido de una radial, el ir y venir de las furgonetas, el olor del metal o de la madera trabajada, las persianas de los talleres levantándose a primera hora de la mañana formaban parte del paisaje habitual. Eran escenarios humildes, pero profundamente ligados a la historia económica y social de Bilbao.

Lo que en su día representó progreso y actividad económica ha terminado convirtiéndose, en muchos casos, en una reserva de suelo para las necesidades de la ciudad contemporánea. Bilbao apenas dispone ya de terrenos vacantes donde construir vivienda. La expansión urbana tiene límites físicos muy claros y la respuesta a la demanda residencial debe buscarse dentro de la propia ciudad construida. Visto así, la transformación de antiguos espacios industriales en áreas residenciales parece no sólo lógica, sino inevitable. Los solares ocupados por naves infrautilizadas o abandonadas constituyen una de las pocas oportunidades reales para incrementar el número de viviendas.

Una realidad que a menudo se omite cuando se evocan estos paisajes con nostalgia: muchos pabellones en Eskurtze ya no cumplen la función para la que fueron creados. Las actividades productivas que les dieron sentido desaparecieron hace tiempo o se trasladaron a emplazamientos más adecuados. Las exigencias técnicas actuales, las nuevas normativas y la propia evolución de la economía han dejado obsoletos numerosos edificios. Allí donde antes había talleres y pequeñas industrias hoy encontramos persianas cerradas, espacios vacíos o usos residuales incapaces de generar la vitalidad que caracterizó a estos lugares en el pasado. La conservación de unas naves sin actividad no garantiza la preservación de la memoria industrial; en ocasiones solo prolonga situaciones de deterioro urbano. A veces tiene sentido su reutilización, otras veces no.

Pabellón en la misma zona, diseñado por el arquitecto José María Sainz Aguirre, con una vivienda en la cubierta para el vigilante del edificio. Sainz Aguirre, José Mª Chapa y Jesús R, Basterretxea, entre otros, fueron algunos de los arquitectos que también proyectaron este tipo de inmueble.

Quizá por eso el debate no deba plantearse en términos de conservación o demolición, sino en cómo gestionar un cambio que lleva décadas ocurriendo. Bilbao ha cambiado profundamente desde los años ochenta. Los muelles portuarios desaparecieron del centro de la ciudad, las grandes fábricas cerraron o se trasladaron, las infraestructuras ferroviarias se transformaron y amplias superficies industriales dieron paso a nuevos usos urbanos. Lo de Eskurtze-Rekalde es un capítulo más de esa larga historia de renovación.

Lo que desaparece ahora no son únicamente unas construcciones. Desaparece también una forma de entender la ciudad. Aquellos pabellones hablaban de un Bilbao trabajador, manufacturero y productivo, de una economía basada en el taller, en el almacén y en la pequeña empresa. Las nuevas promociones residenciales responderán a necesidades distintas y reflejarán otra época, marcada por el peso de los servicios, por la preocupación por la sostenibilidad y por la urgencia de garantizar el acceso a la vivienda. Ninguna ciudad puede quedarse congelada en el tiempo, pero tampoco debería olvidar de dónde viene. Tal vez la mejor actitud ante operaciones como ésta consista en aceptar su necesidad sin renunciar a la memoria. Comprender que esos viejos pabellones han agotado su ciclo histórico y que la ciudad necesita nuevos espacios residenciales no impide reconocer el valor sentimental y cultural de unos paisajes urbanos que acompañaron a varias generaciones de bilbaínos. Las excavadoras borrarán pronto las últimas huellas materiales de ese mundo, pero la historia de la ciudad seguirá escrita, aunque ya no pueda leerse en las fachadas con largos ventanales acristalados, en las cubiertas dentadas o en las calles ocupadas por talleres que durante décadas dieron forma al carácter de barrios como Rekalde.

Bilbao ganará viviendas, zonas verdes y equipamientos. Es una buena noticia. Pero también perderá otro pequeño fragmento de aquel paisaje industrial cotidiano que, sin ser monumental ni especialmente bello en Eskurtze, formó parte inseparable de la personalidad urbana de la ciudad durante buena parte del siglo XX. Quizá toda transformación urbana madura consista precisamente en eso: en saber avanzar sin dejar de mirar, aunque sea por un instante, aquello que queda atrás.

6 comentarios sobre “Eskurtze entre la memoria y la vivienda

  1. La sensación de monumentalidad ante las construcciones industriales es imposible evitarla. Monumentalidad compuesta de Grandeza y Armonía.

    La pobreza económica que las derriba, la falta de reconocimiento para mantenerlas con nuevos usos, es lo que nos produce tristeza.

    Fotaza de un lugar todavía latente.

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    1. Muy de acuerdo, Agustín. La monumentalidad de estos paisajes no procede solo de su escala, sino también de la inteligencia técnica que los hizo posibles. Cuando desaparecen, ganamos a veces nuevos usos urbanos, pero también perdemos una parte de la memoria material. Y sí, la fotografía transmite muy bien esa sensación de presencia latente, como si el lugar aún estuviera esperando una nueva oportunidad.

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  2. Hace 25 años trabajé por esa zona, en un pabellón industrial en Andrés Isasi. Ahora vivo cerca, en Irala. Es increíble el cambio que ha pegado esa zona al soterrar las vías, Larraskitu para mi era el más allà, y ahora es parte de mi barrio. En cuanto quitaron las vías, quedó claro que los pabellones industriales tenían los días contados. Y, como dices, está bien, y es una pena. En los pabellones industriales hoy ya no hay la industria que hubo, pero hay una comunidad enorme de autónomos con otras profesiones: Fotografía, Diseño, imprentas, serigrafía… o actividades culturales, como el mítico L’Mono de la calle Andrés Isasi, donde se programaron cientos de actividades culturales. Escribo este texto desde mi estudio de diseño en un pabellón industrial de Deusto, mientras veo por la ventana como día a día crecen los pisos de lujo que están construyendo delante, y pienso cuánto tiempo le quedará a nuestro querido «Edificio Guijarro» y dónde estaremos dentro de unos años….

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    1. Tu testimonio refleja muy bien esa contradicción. La desaparición de las vías permitió coser la ciudad y abrir nuevas oportunidades urbanas, pero también dejó en una situación frágil unos espacios que, aunque ya no albergan la gran industria de otro tiempo, siguen siendo ecosistemas de trabajo, creatividad y cultura. Ojalá sepamos conservar al menos una parte de esa memoria viva antes de que desaparezca bajo la siguiente promoción inmobiliaria. Y lo que comentas del Edificio Guijarro es muy significativo. Más allá de su valor arquitectónico, representa esa continuidad entre el Bilbao industrial y el Bilbao actual: un lugar que ha sabido adaptarse y seguir acogiendo actividad económica, creatividad y pequeños proyectos. La pregunta de cuánto tiempo le queda no habla solo de un edificio, sino también del tipo de ciudad que queremos conservar para el futuro.

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