Arquitectura y humor.

Pocas bromas con la arquitectura. Este es un asunto serio, nada propicio para andarse con gracietas: exige mucho esfuerzo y tiempo imaginar un buen edificio, cuesta enormes sumas de dinero construirlo y la calidad de vida y/o servicios de sus futuros habitantes y/o usuarios podría ser excelente, mediocre o mala en virtud de cómo hubiese sido concebido y realizado. Poca broma, por tanto. Hay mucho en juego: personas, inversiones, trabajo, belleza o fealdad en el espacio público, confort o incomodidad en los espacios privados…

Arquitectura y humor no suelen ir de la mano, pues podría parecer que el arquitecto que bromea es poco serio, en lo personal y vaya Vd. a saber si también en lo profesional. Un arquitecto con el ceño fruncido es, de entrada, más confiable que otro que carcajea o hace chistecitos mientras te explica cómo será la casa que le has pedido que te diseñe. En general, los arquitectos tienden a ponerse trascendentes cuando hablan de su profesión, de sus trabajos, de las repercusiones públicas y privadas de su tarea… Poca broma, amigo.

Conozco varios arquitectos que tienen un gran sentido del humor para los asuntos extra-territoriales a la arquitectura. Me parto con ellos, en serio. Sin embargo, hay pocos que bromeen con la profesión. No toca, no corresponde. Es natural. José Mª Pérez González, Peridis, es arquitecto y elabora una viñeta todos los días, pero no es humor, aunque provoque la sonrisa a veces; es un comentarista político que expresa su opinión irónicamente con imágenes. No ironiza con la arquitectura; al menos, yo no le he visto hacerlo. Un arquitecto que publica comentarios sobre arquitectura con gran humorismo es José Ramón Hernández Correa, quien tiene un blog recomendable. En una de sus entradas descubrí que Juan Daniel Fullaondo era un sabio cachondo en clase y que mezclaba las menciones a James Joyce con otras a Martes y Trece, sin que lo primero resultara pretencioso ni lo segundo, chabacano, sino todo ello muy oportuno. Un genio, sin duda, por este y otros muchos motivos. En fin, por supuesto, todos nos ponemos serios cuando hablamos de las cuestiones que nos importan, como nuestras profesiones, claro, vivimos de ejercerlas.

El más brillante y conocido creativo que vinculó arquitectura y humor fue el norteamericano Alan Dunn, un dibujante que no era arquitecto, pero a quien los arquitectos respetaban, y mucho. Dunn fue uno de los críticos de arquitectura más incisivos del siglo XX. No es broma. Alan Dunn (1900-1974) fue conocido como colaborador de The New Yorker desde 1926, un año después de la fundación de la revista. Sus comentarios ilustrados para aquella publicación a menudo se centraron en las debilidades del diseño moderno, en el estado general del gusto de los clientes y en la arquitectura desacomplejada. En 1937, la revista Architectural Record solicitó a Dunn que presentase un dibujo a un público limitado de 12.000 arquitectos y profesionales, digo limitado porque para entonces The New Yorker tenía ya una tirada de 133.000 ejemplares: “Me complace que mi libido hacia la arquitectura y la construcción se haya notado” dijo Dunn en aquella ocasión.

Criado en Manhattan, después de asistir a la Universidad de Columbia durante un año, estudió pintura en la National Academy of Design y en la American Academy en Roma. El primero de los dibujos de Dunn que publicó en Architectural Record anticipó el influyente libro de Sigfried Giedion de 1941, basado en sus conferencias de Harvard durante el curso 1938-39, Space, Time and Architecture. La inteligente interpretación de Dunn del concepto científico aplicado al diseño de una casa (arriba) apareció en junio de 1937. Realizó para The New Yorker casi 2.000 dibujos y siete portadas entre 1926 y 1974. Su trabajo ha sido mostrado en el Art Institute of Chicago y en la National Academy of Design. Fue una caricatura de 1950 de Dunn con platillos voladores robando contenedores de basura en Manhattan lo que llevó al destacado físico Enrico Fermi a plantear la pregunta “¿Dónde están todos?”. Esta pregunta más tarde se conoció como la Fermi Paradox y, junto con la Drake’s Equation, proporciona el punto de partida matemático para gran parte del debate sobre la posibilidad de que los extraterrestres visiten la Tierra. Y no es broma.

En 1935 Lewis Mumford, en el prólogo de The Seventh New Yorker Album dirigió una incisiva crítica a los caricaturistas de la prensa neoyorquina, reprochándoles no tratar adecuadamente los múltiples temas de actualidad de la ciudad. Si tal crítica tenía validez en el caso de algunos de los dibujantes, difícilmente podía aplicarse tal reproche a Dunn. A lo largo de los años, Dunn abordó una y otra vez el tema de la ciudad, tanto en referencias explícitas a algunos de sus edificios, plazas o calles bien conocidas de Nueva York, como en alusiones genéricas, pero inconfundibles, a problemas o situaciones propias de cualquier ciudad occidental. Una caricatura alusiva a Central Park, de 1956, se refería directamente a un hecho de alarmante actualidad en la ciudad: la tala indiscriminada de árboles (abajo).

Las contribuciones de Dunn a Architectural Record y The New Yorker le valieron la “Architecture Critics’ Citation”, reconocimiento nacional de la American Institute of Architects, AIA, en 1973. Dos libros recopilaron sus dibujos publicados en las páginas de tales revistas: uno, The Last Lath salió en 1947 y el otro, Architecture Observed, en 1970. A través de los años, el trabajo de Dunn demostró que poseía conocimientos arquitectónicos atemporales. Sus reflexiones, aunque irónicas, eran optimistas. En 1973, escribió a Architectural Record: “Ahora vivimos en un brillante pandemónium de eclecticismo anárquico. Pero hay una vida vibrante en toda esa inventiva a pesar de sus inconsistencias y ¿quién puede evitar deleitarse con él?”. Gracias a Dunn disfrutamos de la arquitectura con otro tipo de deleite.

Quien esté interesado en la vida y obra de este peculiar dibujante y en la de su no menos singular mujer, Mary Petty, otra destacada cartoonist, pueden consultar el trabajo de Elisabeth Kaltenbrunner Melczer con el título de The Drawings and Papers of Alan Dunn and Mary Petty at Syracuse University.

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