Ericsson: intuiciones pre-pandémicas.

Fotografías: Hisao Suzuki y José Manuel Cutillas.

Faltan pocos meses para que se cumplan 20 años desde la inauguración de la que fuera sede de Ericsson Bilbao Technology Center (ocupada por Labein a partir de 2003 y desde 2010 hasta hoy, por Tecnalia Research & Innovation) en el Parque Tecnológico de Bizkaia, Derio. Sus autores fueron Miguel A. Alonso del Val, Rufino J. Hernández Minguillón, Javier Pérez Herreras, Javier Quintana de Uña y José Vicente Valdenebro García, un equipo de arquitectos al que incorporaron jóvenes profesionales para darles cierto protagonismo. Fueron 18.500 m2 de superficie construida dedicados a oficinas, laboratorios y producción industrial. A pesar del tiempo transcurrido, en ese edificio se aplicaron criterios que, lejos de caducar, son de plena actualidad por la situación de pandemia en la que nos encontramos.

Los lugares diáfanos de trabajo y, en concreto, los edificios de oficinas han venido siendo desde hace más de 100 años un asunto de permanente interés para arquitectos y diseñadores de interiores. Hasta ahora, todo lo que se pensaba acerca del futuro de estas instalaciones era especulativo sobre lo que podría ser más eficaz y, en base a los indicios de la realidad cambiante, prepararse para lo que el tiempo venidero dispusiera . De pronto, la pandemia del coronavirus ha convertido ese futuro especulativo en una urgente realidad. Hay que encontrar mejoras sustanciales a las oficinas abiertas, a los espacios de trabajo en equipo, a la densidad de trabajadores en una misma oficina o ámbito laboral, a la flexibilidad del espacio, a las funciones del mobiliario… Los diseñadores de oficinas están pensando ahora en cómo lograr que los miembros de las fuerzas laborales regresen a sus mesas y escritorios de manera segura.

Los nuevos protocolos COVID-19 requerirán una mayor separación física en los lugares de trabajo a través de regulaciones espaciales, físicas y temporales: las secciones de trabajo estarán más distantes, las salas de conferencias se despoblarán, se levantarán paneles que dividirán el espacio y el personal funcionará con horarios rotativos. La cuestión es cómo des-densificar las oficinas para crear el distanciamiento físico que ahora se necesita. Por ejemplo, una parte de los empleados vendrá a la empresa en un día determinado, mientras que el resto trabajará de forma remota. El lugar de trabajo tal como lo conocemos ¿es una reliquia del pasado? Se aprendió a diseñar edificios que aguantaran 100 años de incendios, terremotos e inundaciones; ahora habrá que hacerlos de tal modo que aguanten 100 años de pandemias porque no parece que la presente sea puntual, sino que a una le seguirá otra.

Las empresas que alquilan oficinas se plantean si les merece la pena seguir haciéndolo. Los inversores en bienes raíces costosos aún más. Las empresas con cientos o miles de empleados se preguntan si tiene sentido que todos ellos se trasladen desde sus zonas de residencia hasta el lugar de trabajo todos los días. Parece que nada de eso es ya razonable -esto es, empresarialmente rentable- o que está dejando de serlo. Mientras que algunos empresarios están ansiosos por que sus empleados vuelvan al lugar de trabajo diario de 9:00 a 14:00 y de 15:00 a 17:30, otros están imaginando un futuro en el que los trabajadores vayan a la oficina solo cuando sea necesario.

Sin duda, los espacios de oficinas compartidos por muchos individuos no desaparecerán de la noche a la mañana, pero es muy probable que el interés empresarial deje de centrarse en cuáles son las necesidades corporativas que crecen y decrecen de cara a ir adaptando el espacio a esas variaciones para pasar a interesarse en la manera de equilibrar criterios contradictorios en apariencia: actuar en comunidad es muy humano, por supuesto, pero también lo es hacerlo en un contexto saludable y de bienestar, ¿cómo se concilian ambas cuestiones? Las pautas de distanciamiento social por motivos de salud amenazan las relaciones comunitarias de diversas formas: reuniones prohibidas, encuentros casuales restringidos, intercambios personales limitados… Estas prácticas pueden reducir la propagación del contagio, pero ¿estamos seguros de que no causarían otros problemas de salud?

Una de las formas más sencillas de prevenir la propagación de cualquier virus respiratorio contagioso en interiores abiertos es aumentar el volumen de aire exterior que ingresa a los edificios. El simple hecho de abrir una ventana puede diluir significativamente la concentración de partículas infecciosas en el aire, pero en muchos edificios de oficinas actuales las ventanas no se pueden abrir por una buena razón: un sellado hermético en un edificio es una de las principales estrategias que se utilizan para hacer que los edificios sean más eficientes energéticamente. Por lo tanto, los arquitectos que miran hacia el futuro ahora están lidiando, entre otras cuestiones, con el modo de aumentar la ventilación exterior sin incrementar el consumo de energía.

El edificio para Ericsson se diseñó con conciencia de la importancia que, en un espacio productivo contemporáneo, tienen los requerimientos de flexibilidad y calidad espacial, asegurando además en este caso los inusuales estándares de buen hacer profesional exigidos por la empresa sueca. Los primeros se resolvieron mediante la concepción modulada de las estancias, materiales e instalaciones que permitían reorganizar sin dificultad las distribuciones interiores conforme a las exigencias que el futuro pudiera plantear. Los segundos llegaron con la posibilidad de ofrecer espacios dotados de elevados valores ambientales en cualquier parte del edificio. También fue un ejemplo de estructura organizativa horizontal, no sólo en lo funcional, sino también en lo físico y espacial. Todos los espacios de trabajo tenían luz natural y todos estaban terminados con las mismas calidades. Dado el carácter fuertemente piramidal de las empresas en aquellos años, este igualitarismo espacial y material que equiparaba a todos los empleados era novedoso.

En la planta más alta estarían los departamentos de representación, administración y gestión, con capacidad para 100 personas. En el segundo nivel, “corazón” de la empresa, se ubicarían las zonas de I+D, la ingeniería de producción y el laboratorio, donde trabajarían 280 empleados. Por ultimo, en el nivel inferior, asimilado al “cuerpo productivo”, albergaría la nave de fabricación de 4.000 m2 que daría ocupación a 260 trabajadores en tareas de embalaje, ensamblaje, almacenaje y reciclado. Aunque superpuestos, los niveles de I+D y Producción se encontraban interconectados visualmente gracias a dos huecos u “observatorios”abiertos en el área de Ingeniería de Producción que permitían, combinados con el área de descanso, la presencia del exterior en el corazón productivo y secreto del edificio. Prácticamente todos se concibieron como espacios abiertos y el exterior penetraba en el edificio.

Aunque de apariencia hermética, el edificio ofrece escalas diversas según el carácter de los accesos, con una apuesta clara por la incorporación o yuxtaposición de espacios exteriores (patios y la visión lejana del paisaje del valle) al recinto de trabajo que posibilitase la transfiguración de un entorno vagamente industrial. La volumetría del edificio obedecía a una solución escalonada de bloques funcionales que, como barras deslizantes, ordenaban las conexiones funcionales y permitían amortiguar su presencia en el entorno, consiguiendo una composición horizontal adaptada con la configuración del terreno.

Los espacios creados y lo industrial eran las características del edificio traducidas en eficiencia y adaptabilidad, pero con los valores ambientales de lo arquitectónico puestos de relieve por su cualidad y no por su imagen. Hay edificios que deslumbran por su apariencia y otros lo hacen por su presencia y es ésta la que realmente se recuerda. Obviamente, todo tiene una apariencia y, por ello, se podría reconocer un valor de cierta forma externa, pero este valor se acrecienta cuando se manifiesta implicada con su forma interna, que es la presencia. Es esa forma la que dice de sí misma algo sobre su realidad. Ésta fue lo que proporcionó identidad a Ericsson.

Con una tecnología de alta calidad, pero no agresiva, se humanizó el entorno industrial con un nuevo concepto de trabajo y una estructura de producción no jerarquizada, sino transversal. En cuanto a la estructura, las vigas y pilares empleados eran de tecnología puente que, utilizada en la construcción de grandes infraestructuras, permite salvar grandes luces y crear amplios espacios sin apoyos, definidos sólo por su perímetro y flexibles para adaptarse a todos los cambios. Al utilizarlas con sentido arquitectónico, estos elementos industriales se convirtieron en lenguaje que incluía lo estructural y lo epitelial: la estructura se hace piel densa y la piel ligera construye la estructura formal, generando lo que sus autores denominaron la geometría de la emoción.

El edificio obtuvo en los años 2001-03 diversos premios autonómicos y nacionales. Como sede de Ericsson sólo funcionó durante apenas dos años. No lo he visitado desde que pertenece a Tecnalia, pero, al margen de alguna ampliación realizada en 2005, es de imaginar que pocas cuestiones han debido de cambiar en su interior ya que la flexibilidad espacial con la que fue concebido posibilita los cambios de usuario sean cuales sean sus necesidades administrativas y productivas. Por eso he escrito el texto que lo describe con los verbos en pasado, pero las cuestiones mencionadas son de total actualidad.

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