El escultor Paco Durrio y lo monumental.

“El guitarrista” o “Retrato de Paco Durrio”, por Paul Gauguin (c. 1900).

Apenas conocemos las ideas políticas del escultor, orfebre y ceramista Paco Durrio (Valladolid, 1868 – París, 1940). Sabemos mucho acerca de sus relaciones con Paul Gauguin y Pablo Picasso, de la colección de obras que Gauguin le regaló en vísperas de su segundo y definitivo viaje a las islas Marquesas y el lamentable modo en que se tuvo que desprender de ella, de sus andanzas y fortunas en los ambientes bohemios del París de 1900, de la obra que realizó en joyería y escultura…, pero poco acerca de lo que pensaba políticamente. Es normal, la materia del arte se sobreponía en él a cualquier otra preocupación o interés.

No obstante, durante los años de la 1ª Guerra Mundial escribió en diversas ocasiones sobre política o, mejor dicho, sobre la guerra provocada por las políticas de las naciones europeas. Sin entrar a considerar las causas, el conflicto bélico era, desde su punto de vista, algo que “debemos soportar resignados y nada más (…) dispuestos a afrontar en la medida de lo posible, se entiende, las calamidades que de tal situación pudieran resultar”, le decía al pintor Ignacio Zuloaga. Dada la escasez de víveres y los mermados recursos de los artistas que no habían podido escapar de París, en cuya colina de Montmartre él tenía su casa-taller, comentaba que “desde que la guerra tuvo comienzo (…) tuve que someterme al régimen de la sopa comunista que se sirve en mi estudio, transformado en quinta cantina de la obra ‘L’Appui aux Artistes’, patronada por unos yanquis bluffeurs consumados, que no comprendo qué fin se proponen con esta mermada filantropía”. Se refería a la llamada “Cantina Cincinatti”, la cual, tras ampliar su socorro a gentes de toda condición y no sólo a los artistas, en 1917 entró en crisis por culpa de “los cuatro individuos (la presidenta incluida) que mangoneaban todo en el comité”. Lucía, la mujer de Durrio, era el soporte fundamental en la cocina de esta cantina y auténtico apoyo para “madres, viudas, huérfanos y ancianos en ella asistidos”. El socorro americano ofrecido era tan sólo 25 céntimos al día para comer, al tiempo que los socorridos eran tratados “con olímpico desprecio”. 

Al margen de lo anterior, Durrio se exaltaba al preguntar “¿Qué dices del horrendo sacrilegio cometido por esas hordas salvajes? No creo que pueda mostrarse indiferente a este atropello nadie que artista se crea”, en alusión a las destrucciones de Lovaina y Reims perpetradas por el ejército imperial alemán y, muy en particular, a la catedral de esta última ciudad, bombardeada con saña innecesaria. Más adelante indicaba que “nada te digo sobre la guerra (…) que revienten para siempre esos forajidos. Nunca me fueron simpáticos, pero hoy los detesto con toda mi alma”, en alusión a las tropas germánicas y sus colaboradores. Finalmente, en el otoño de 1918 se congratulaba por “¡La Victoria! y la buena (…) feliz acontecimiento…”. En ese momento debió nacer la idea de un monumento a los caídos en combate.

Se puso a trabajar de inmediato en la idea de un Templo de la Victoria, como respuesta personal a la convocatoria del concurso impulsado por el propio Presidente del Consejo de Ministros y Jefe del Gobierno, Georges Clemenceau, y en donde el crítico de arte Charles Morice actuaba como autor del texto artístico-programático del concurso, por lo que, estando involucrado este amigo y admirador de Durrio, era lógico esperar que éste se presentara…, y lo ganara. No se tienen muchas noticias concretas del concurso, quizás ni siquiera llegó a celebrarse, pero Durrio ejecutó la maqueta en escayola y la presentó al Salon d’Automne de 1920. Recibió elogios, el Estado francés le nombró Miembro de la Legión de Honor en 1922, con imposición de la Cruz de Caballero, y en 1925 le compró la maqueta. La idea de llevar a cabo el ciclópeo memorial (450 x 550 metros de base, alrededor de 150 metros de altura) se fue disolviendo con el tiempo, aunque hubo varias presiones y tentativas para realizarla. Finalmente, en el 25 de agosto de 1944, mismo día en que París era liberada de la ocupación nazi, un incendio en el edificio donde se conservaba (Pavillon de la Reine, Musée de la Guerre, Vincennes) provocó su desaparición. El edificio nunca llegó a construirse. De aquella maqueta sólo han quedado como testimonio dos fotografías, una frontal y otra lateral, que permiten hacerse una idea aproximada. Marcel Roche, quien conoció bien el proyecto y a su autor, escribió:

Durrio no ha tratado en momento alguno de consagrar el recuerdo de una idea beligerante, ni la de una victoria mirada a través de una lente patriotera. Conviene situar su obra en el plano de la emoción plástica, para concretar lo que nos aporta de comprensión arquitectónica y proclamar que, si bien fue concebido en los días que siguieron al armisticio, puede representar ahora para nosotros un santuario o basílica erigida a la civilización moderna.

En el estilo general, Durrio ha querido recordar las civilizaciones orientales. Se experimenta ante el edificio una impresión de poderío, de un dinamismo incesante. El cuerpo principal, constituido por tres pirámides truncadas, asciende como en una pugna tenaz y está coronado por una cúpula, especie de casco y de cerebro directivo, sobre el que se yergue una graciosa victoria alada.

Dos inmensas torres flanquean el monumento, que se ofrece como un vasto osario, como una necrópolis gigantesca en la que arde constantemente la llama del recuerdo. Otras torres, de proporciones más exiguas, se alinean en vertical alrededor del edificio, y cada una de ellas se alza sobre una puerta consagrada a cada uno de los países aliados.

El osario está rematado por un techo piramidal muy aplastado, ornado por una estrella formada por vidrieras multicolores. El monumento descansa sobre una inmensa plataforma decorada con mosaicos. El edificio, rodeado de vastísimos jardines, está cercado por una gran verja que cuenta cuatro puertas, consagradas a las grandes victorias francesas”.

Las dos imágenes que nos han llegado no permiten discernir muchos detalles ornamentales, pero es obvio que la construcción del templo exigiría la colaboración de numerosos arquitectos, artistas y artesanos, a la manera de las iglesias medievales -idea que a Durrio debía de agradar-, si bien frente a la concepción múltiple y anónima de aquellas, en este caso sólo un autor era quien ordenaba y definía la idea del grandioso monumento. Obviamente, la tarea de construir tal edificio superaba con mucho las capacidades de su autor, Durrio no era arquitecto, quien se quedaba en el nivel de autor del concepto.

El escritor Gustave Kahn se refería al “incontestable aspecto de fuerza y de grandeza” que mostraría la construcción y el arquitecto Leopoldo Torres Balbás veía otras virtudes en el uso del hormigón armado, pero no sólo eso: “Como monumento modernísimo de la postguerra, síntesis de los trabajos realizados para llegar a la verdadera expresión de arte, ajeno a todo procedimiento e idea anteriormente utilizada, se nos habla del proyecto de Templo de la Victoria, del artista español Francisco Durrio, conmemoración colosal del triunfo aliado y de los héroes que en la guerra sucumbieron. Para proyectarlo evoca éste los globos dirigibles, los obuses, los elementos de guerra y destrucción, y con motivos tan modernos produce una silueta muy semejante a la de una mezquita turca. La realidad nos enseña que es más difícil de lo que parece la innovación artística; la humanidad ha concebido infinidad de formas, y cuando el innovador trata de hacer algo ultramoderno, suele acontecer, como en este caso, que no consiga más que evocar formas pasadas.

A pesar de ello, tiene este Templo de la Victoria un valor real de arte moderno. En él se han proyectado volúmenes, simplificando formas, llegando a una gran síntesis, prescindiendo de todo detalle que no hubiera hecho más que empequeñecer el conjunto. Sus formas recuerdan las modernas y logradas del cemento armado: chimeneas de fábricas, depósitos de agua, grandes talleres…

Viejo y nuevo a la par -más viejo seguramente de lo que el autor y algunos de sus entusiastas creen-, con perfecta simetría en su disposición, enlázase por la elementalidad de sus formas con los grandes monumentos conmemorativos de uno de los pueblos más viejos en la Historia: pirámides, obeliscos y mastabas levantados hace millares de años en el valle del Nilo.

Con una confusión entre la concepción literaria y la artística, que no tiene nada de renovadora, Durrio, al proyectar este monumento, ha querido que en él apareciesen los instrumentos de destrucción empleados en la guerra europea: globos dirigibles, bombas, granadas, y que todas estas cosas tuviesen el valor de alegorías. La idea es pueril y además muy explotada: entre nosotros culminó en el concurso del monumento a Cervantes, y después ha seguido apareciendo en numerosos proyectos de jóvenes arquitectos que tal vez lo aprendieron en su período de formación escolar” (revista ARQUITECTURA, vol. III, nº 26, Madrid, 1920, pp. 166-172).

En buena medida, con este Temple de la Victoire lo que quiso Durrio fue llevar a un cierto paroxismo lo que había concebido para la peana del Monumento a Juan Crisóstomo de Arriaga, una pirámide escalonada, un zigurat modernista, sobre el que, en un caso, espiritualmente vertical, lo que se eleva al cielo es el desgarrado llanto de dolor por la muerte del genio de la música y, en el otro, terrenalmente horizontal, las armas de la guerra que provocan sufrimiento masivo.

Las dos imágenes de la maqueta del Temple de la Victoire, 1919-20. Fotografías de E. Druet, París.
Monumento a Juan Crisóstomo de Arriaga, 1906-1935.

6 comentarios sobre “El escultor Paco Durrio y lo monumental.

  1. Muy interesante Javier. Sobre todo esa faceta desconocida de Paco Durrio. Impresiona la locura de diseñar un proyecto de semejante envergadura, además de abordar su materialización en una maqueta que sin duda tendría unas dimensiones considerables.

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    1. Muchas gracias por el comentario, Ángel. Durrio tenía, en efecto, un punto de locura alucinatoria a la hora de proyectar sus ideas que lo mismo podían llevarle a las esculturas miniaturizadas de sus joyas en oro, plata y piedras preciosas que a un mausoleo de hormigón armado que bordeaba lo monstruoso por las dimensiones imposibles. Sólo la concepción del mausoleo y la elaboración de la maqueta debieron de llevarle un tiempo muy largo. Tuvo que resultarle muy frustrante que no se llevara a cabo, pero él fue un especialista en atesorar frustraciones artísticas. Su mente creadora era incandescente, pero la realidad se opuso a que gran parte de sus ideas pudiera realizarse

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  2. Me da mucha pena que esta escultura vaya a quedar encerrada con la ampliación del Museo. Va a perder mucha fuerza expresiva. No es lo mismo elevar el llanto al cielo que elevarlo al hormigón, por mucha altura que tenga el hall. En mi opinión es un conjunto escultórico soberbio, quizá el mejor de Bilbao, de vocación claramente exterior. Una pieza urbana y paisajista que embellecería la ciudad. No de interior. Encerrarla entre cuatro paredes es un error. Una lástima…

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  3. Como siempre, interesantísimo artículo. Siempre me ha parecido la figura de Paco Durrio digna de película. Me resulta extraño que nunca haya gozado de un pequeño reconocimiento internacional, si no por su obra, que personalmente creo que es relevante, si por el contacto personal que tuvo con pintores como Gaugin y Picasso. En la última serie realizada sobre Picasso y protagonizada por A. Banderás, de verdad eché en falta una breve mención a Durrio en la misma, a la interrelación que tuvo con él, al sustento y ayuda que le proporcionó….
    Tal y como mencionas en el artículo, sobre la colección de obras de Gaugin de la cual llegó a disponer, adorar y coleccionar, la que parece llegó a ser en número superior a 100 obras, y sobre la cual el museo en aquellos años no valoró lo suficiente como para poder adquirirla por un precio realmente irrisorio, sobran comentarios y fue de una pérdida incalculable. Siempre me dado por pensar que no todos ellos fueron vendidos en subasta y alguno de ellos quedó en alguna colección bilbaína, y que transcurridos los años apareciese tal Goya de Zubieta, ojalá sea así, y sea para bien.
    Siempre me he preguntado por el cuadro con el cual ilustras el artículo. ¿Se ha probado que realmente es Francisco Durrio el retratado? Hace años leí que era lo más probable, pero tiempo después olvidé leer más sobre el mismo. Dicho cuadro parece ser que pertenecía a una colección privada y se encontraba en depósito en la National Gallery de Londrés. Desconozco si aún sigue allí. Ni que decir tiene lo bien que quedaría en el museo de Bellas artes de Bilbao. Sí, poco probable que pueda llegar a darse, entre otras cosas por el precio que podría alcanzar hoy en día si se diese su venta, pero cosas más extrañas hemos visto, sin ir más lejos el cuadro de “la vista de Bermeo” de Paret y Alcazar, después de todas las vueltas que llegó a dar, también era complicado que acabase donde se encuentra hoy en día, y más aun siendo un cuadro de tamaña calidad.
    Respecto a la escultura del monumento a Arriaga, realmente siento una pena enorme de que se quede enclaustrada dentro del nuevo proyecto. Leyendo el proyecto de Foster, la nueva plaza Arriaga sería lo que Foster denomina el corazón del museo. Sin de ningún modo valorar el proyecto cosa que ya hiciste en otro gran artículo el año pasado, y del cual ya dabas fe de las bonanzas del mismo, y con lo que quizás no estabas tan de acuerdo, ¿crees que a día de hoy sería posible que el museo valorase la idea de llegar a combinar el proyecto de Foster con la idea de “Foraster arquitectos” de situar el monumento a Arriaga a la entrada del museo? Creo que desde que vi esa imagen no se me ocurre un lugar mejor para resituar la obra. Me parece tremendamente efectista a la vez que bella.
    Por otra parte, pensaba que en diciembre se acababa el plazo para la presentación del proyecto definitivo por parte de Foster, no sé si ha habido algún problema para la no presentación del mismo o si finalmente la próxima semana tendremos noticia del mismo.
    Un saludo

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    1. Buenos días, gambitorre, y muchas gracias por tu comentario. A mi me sucede lo mismo siempre que veo un documental, serie o película sobre Picasso, no puedo evitar echar de menos la figura de Durrio, siquiera, como tú dices, en un pasaje de cinco segundos. Aunque también entiendo que la figura de Picasso es muy abrasadora para quienes estuvieron cerca de él.
      Hace cinco o seis años comisario la exposición de Durrio en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. En el catálogo puede reconstruir la colección de gauguins que poseyó, cerca de 150 piezas entre pinturas, esculturas, dibujos y grabados. Lamentablemente ninguno pasó a pertenecer a colecciones vascas, aunque Durrio sí intermedió para que algunos gauguins (otros, no los suyos) vinieran a parar a la colección de Horacio Echevarrieta. Por otra parte, “Las lavanderas de Arles”, que no fue suya, quizás no hubiese sido adquirida por la Diputación de Vizcaya si no hubiese hecho Durrio una campaña de más de 20 años en favor del artista francés en el medio cultural bilbaíno de la época. Estas cosas no suceden por casualidad.
      El retrato yo creo que muestra la figura de Durrio, si bien es verdad que a veces ha aparecido titulada esa pintura como “El guitarrista”. En el entorno de Gauguin no había otro que tuviera mostachos rubicundos, tocara la guitarra y fuera de figura pequeña. Las menciones a que se trata de Durrio son antiguas, por otra parte.
      Yo también creo que la escultura de homenaje a Arriaga va a quedar mal en ese nuevo ámbito enclaustrado. Se hizo para que estuviera al aire libre, pero pudiendo estar en cualquier lugar, es decir, sin la obligación de mantenerla en el lugar donde se encuentra porque su primitiva ubicación ni siquiera fue esa. Es decir, ya ha sido desplazada anteriormente. Desplazarla ahora al espacio delantero del edificio antiguo del museo, para mí, es la solución mejor. ¿Lo harán? Vete a saber. A ver qué dice el proyecto… cuando lo presenten. Un saludo y mucha salud.

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