Back in the USSR

/ Javier González de Durana /

opus 4
Montaje de Roman’s Cieslewicz, The Two Superman, publicado en la portada del número 4 de Opus international, diciembre de 1967.

Una de las consecuencias del largo confinamiento es que desde casa hemos encontrado tiempo para visitar on-line numerosos museos a los que no podríamos viajar ni aún en el supuesto de que la libertad de movimientos estuviera vigente, los aviones se desplazaran por el mundo con las mismas frecuencias y tarifas de antes, y dispusiéramos de días suficientes para ir de aquí a allá sin las restricciones impuestas por las obligaciones cotidianas. Muchos museos que en algún momento anterior hemos pensado y deseado conocer se nos han puesto fáciles durante los últimos meses. Ellos, cerrados al público por razones de salubridad, han utilizado los recursos facilitados por internet para mantener la oferta pública de sus contenidos y actividades. Sin duda, tal oferta no es comparable con un recorrido físico por los espacios reales del museo y con una observación directa de los objetos que muestra -hay muchos matices y percepciones que se pierden o desvirtúan en el camino cibernético-, pero, al menos, la información es accesible, muchas veces una información ampliada en comparación con la que esos mismos museos habrían ofrecido si no hubiera existido una situación de alarma y confinamiento.

El Canadian Centre for Architecture, en Montreal, y su actual exposición, Building a new New World: Amerikanizm in Russian Architecture, es uno de los museos y eventos que «he visitado» durante estos días. La muestra examina la relación entre Estados Unidos y Rusia, habitualmente vista como antagónica, como de hecho lo ha sido durante la mayor parte de los últimos setenta y cinco años. Desde el fin de la II Guerra Mundial en 1945, con el advenimiento de la Guerra Fría, hasta el más reciente «Rusiagate» y las interferencias anti-Hillary Clinton en la última campaña presidencial, los dos países han aparecido como rivales, pero en cierto momento hubo otro aspecto de esta relación: uno de admiración e inspiración -casi aspiración-, sin que estos sentimientos fueran recíprocos.

En el período que precedió a la II Guerra Mundial, cuando Estados Unidos y la URSS se aliaron brevemente, hubo en las repúblicas soviéticas un alto grado de entusiasmo por la cultura estadounidense, tanto por parte de las masas populares como de las élites políticas. Había antecedentes: durante el siglo XIX, muchos reformistas rusos habían buscado en los Estados Unidos una imagen del futuro próximo, aunque no todos participaron de la misma entusiástica visión; recuérdese la frase de Maxim Gorki en su libro In America (1906), donde describió el americanismo de la ciudad de Nueva York como «meterse en un estómago de piedra y hierro, un estómago que se ha tragado a varios millones de personas y los está consumiendo y digiriendo«.

Sin embargo, soluciones constructivas novedosas como el rascacielos, erigido mediante tecnologías de vanguardia, dieron forma concreta a las fantásticas visiones de los arquitectos rusos. Los visitantes soviéticos de los Estados Unidos en los años 20 y 30 consideraron las fábricas de Detroit y los rascacielos de Manhattan como estructuras que podrían transponerse potencialmente a otro entorno construido…, pero más revolucionario.

El personaje que mejor representó la transfusión de energía creativa de USA a USSR en aquel tiempo fue el arquitecto judío germano-americano Albert Khan (no Louis I. Kahn, sino otro Kahn anterior), a quien la exposición dedica una sección. Entre 1928 y 1932, un grupo de arquitectos e ingenieros estadounidenses, muchos de ellos afiliados a Albert Kahn Associates, emigraron de Detroit a Moscú para construir campus industriales como parte del Primer Plan Quinquenal de Josef Stalin. Pusieron en marcha más de 500 proyectos de construcción y capacitaron a más de 300 diseñadores, técnicos y dibujantes soviéticos en los métodos estadounidenses de diseño e implementación. Durante los años en que los arquitectos de Detroit ayudaron a construir fábricas soviéticas (en casos notables con componentes prefabricados importados de los USA), florecieron en la USSR las teorías urbanas sobre la morfología lineal de la ciudad como un modo apropiado para la industrialización.

USSR in construction

Publicaciones como USSR in Construction (1930-41) presentaron imágenes convincentes de estos logros monumentales, que querían representar el progreso soviético en la cultura y la tecnología; además de publicarse en ruso, apareció traducido al inglés, francés, alemán e incluso, en 1938, al castellano. El «Detroit soviético», como se llamaría la capital industrial Nizhny-Novgorod, fue solo una de las muchas ciudades inspiradas en Estados Unidos desarrolladas durante el primer Plan Quinquenal, que también incluyó «Sibirsky Chicago» (Novosibirsk) y «Soviet Gary» (Magnitogorsk, inspirada en Pittsburg).

kahn firma contrato 1930.
Para mayo de 1929, la firma de Kahn había obtenido el contrato para diseñar y supervisar la construcción de una fábrica de tractores a 800 km al sureste de Moscú. La fábrica de tractores de Stalingrado fue diseñada por la oficina de Albert Kahn Associates en Detroit, construida con componentes de acero prefabricados enviados desde los Estados Unidos y equipados con maquinaria fabricada en los Estados Unidos. Verdaderamente, la fábrica fue una exportación estadounidense a la Unión Soviética. Fotografía del momento de la firma entre el empresario capitalista Kahn (sentado a la izquierda) y el representante soviético (a su lado).

A fines de 1932, la mayoría de los expertos estadounidenses habían regresado «back home». Durante los años de su estancia en la USSR, los periodistas estadounidenses habían celebrado y dado a conocer su trabajo de manera regular. A medida que la economía norteamericana se recuperó de la Gran Depresión y avanzó inexorablemente hacia la guerra, un pequeño número de arquitectos e ingenieros que participaron en la industrialización soviética realizaron tareas comparables en los Estados Unidos. El urbanismo lineal creció alrededor de las metrópolis estadounidenses, particularmente en el Medio Oeste, en nuevas comunidades como Livonia y Michigan, situadas junto a nuevos complejos masivos de fábricas. 

En relación con nuestro entorno próximo, me ha llamado la atención la influencia que Khan pudo ejercer en dos personajes locales de aquella época y de la inmediatamente posterior. Se ha mencionado muy a menudo que Secundino Zuazo se inspiró en la arquitectura de Chicago y Nueva York para concebir su plan de 1922-23 referido a la remodelación del Casco Viejo de Bilbao y, especialmente, la ribera del muelle de Ripa, sobre cuya orilla concibió unos espectaculares rascacielos. Como influencia que pudo recibir Zuazo casi nunca se ha mencionado a Detroit y menos aún a Albert Kahn y su bloque para la sede de General Motors, el cual me parece estar más cerca del arquitecto bilbaíno que cualquier otro ejemplo, no tanto en plantas como en alzados. La planta baja del americano presentaba un exterior con secuencia corrida de arcos de medio punto sostenidos por columnas como recuerdo de la arquitectura tradicional; en cambio el bilbaíno mostraba una mayor radicalidad al llevar hasta sus últimas consecuencias -y hasta su planta baja- la geometría del ángulo recto. En Zuazo esas galerías de arcos aparecerían años más tarde en los Nuevos Ministerios de la Castellana madrileña.

Khan diseñó este inmueble en 1919, concluyéndolo en 1923, y el proyecto de Zuazo se planteó entre 1921 y 1922, con la solución híbrida de urbanismo parisino (Haussmann y amplios bulevares para las Siete Calles) y norteamericano (apretados rascacielos otro lado del puente del Arenal, a la orilla del Nervión). Son piezas, por tanto, casi contemporáneas entre sí; Zuazo pudo tener noticia del proyecto de Kahn por medio de alguna revista que diera a conocer su plan para General Motors.

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Proyecto de Secundino Zuazo para Bilbao (1921-22).
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Imagen del edificio de la General Motors, diseñado por Albert Kahn (1919-23).

El otro influjo de Kahn y su entorno es de rango menor y tiene que ver con la manera en que presentaba perspectivas aéreas de las fábricas que planeaba construir para el régimen de Stalin.  En concreto, me llamó la atención la visión sobre una fábrica de tractores diesel, que tanto recuerda las visiones fabriles de nuestro Gerardo D’Abraira durante los años 40 y 50, y a quien dediqué hace un tiempo una entrada en este blog.

Aurrerá (Sestao)
S. A. Aurrerá, en Sestao, por Gerardo D’Abraira.
Kahn
Dibujo de una fábrica soviética de montaje de tractores diesel, diseñada por Albert Kahn.
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Dibujo de otra fábrica soviética, en Stalingrado, de montaje de tractores, diseñada por Albert Kahn.
Firestone (Basauri)
Firestone Hispania, en Basauri, por Gerardo D’Abraira.

La diferencia, en todo caso, era enorme, D’Abraira se limitaba a copiar la realidad existente, mientras que Khan creaba una nueva realidad, imaginándola. Ni color, por tanto, pero hay un denominador común en estas vistas aéreas de industrias, existentes o por existir: la clara y grandiosa promesa de un futuro mejor cimentado en la industria moderna, estuviera en Erandio o en Novosibirsk.

Urinarios públicos: recuerdo y actualidad

/ Javier González de Durana /

 

urinarios gran vía

Era un agujero infecto y peligroso, sobre todo para los niños, pero en ocasiones no quedaba más remedio que bajar a su interior y aliviarse de urgencias que no podían ser resueltas de otra manera. En la vía pública, en una tan principal y céntrica, era imposible si se quería evitar el riesgo de ser multado o amonestado por la autoridad o por algún transeúnte higienista. Si los niños lo hacían en la calle, entre dos coches o en el tronco de un árbol, había cierta tolerancia por parte de los guardias municipales y la gente mayor que pudiera ser testigo, pero si el protagonista era un adulto se consideraba indecencia, cuando no exhibicionismo e inmoralidad.

El caso es, como digo, que cuando la necesidad fisiológica apretaba con fuerza y uno se encontraba en las inmediaciones del cruce entre Alameda Urquijo y Gran Vía, muy próximo a la entrada de El Corte Inglés, la única vía para resolver la urgencia era bajar a aquel cuchitril que tenía dos escaleras dispuestas a lo largo de la acera, muy cercanas al bordillo, una para los hombres y otra para las mujeres. Por las inmediaciones había escuelas y colegios de niños y niñas, asociaciones juveniles… Era territorio de caza.

Aquellos urinarios públicos, de responsabilidad municipal, eran de los últimos que quedaban en Bilbao, junto con los existentes en la plaza Pio Baroja, muy utilizados por camioneros. A diferencia de estos últimos, exteriores, a nivel de la calle con una construcción racionalista que creo recordar respondía a un diseño de Pedro Ispizua, para acceder a los de la Gran Vía había que sumergirse en la tierra. Ahí es donde empezaban los peligros.

Si la memoria no me falla, existía una persona instalada allí dentro que actuaba como cobrador del servicio y responsable de seguridad y limpieza, pero justamente eso es lo que no había. Imagino que le pagaría el Ayuntamiento una miseria y, a cambio, no estaba dispuesto a meterse en problemas con ciertos individuos que frecuentaban el sumidero aquel. Dadas las multitudes que caminaban por ese lugar -tantas como hoy en día- los urinarios eran muy utilizados y la limpieza no siempre se mantenía en los niveles deseados. Al abrirse el “establecimiento” a primera hora de la mañana, una mujer -supongo- lo limpiaba y dejaba en condiciones, pero pasadas unas horas el aspecto, olor y color -así como la fauna- cambiaban sustancialmente.

En mi casa me advertían con frecuencia que, a ser posible, no utilizara ese servicio, lo cual me resultaba fácil de seguir ya que vivía muy cerca y podía aguantar las “apreturas” del momento hasta llegar a mi área de seguridad, pues la advertencia no era tanto por la suciedad como por algunos hombres que se apostaban allí, individuos de mirada esquiva que buscaban el encuentro de otros hombres o que, colocándose a tu lado y simulando que orinaban, intentaban echar una ojeada a tus partes y comprobar si consentías o no…

A veces estos hombres estaban en la calle, a la espera, apoyados en la verja-pretil que rodeaba las escaleras, y bajaban justo cuando veían bajar a alguien. Me sucedió varias veces y los muchachos del barrio lo comentábamos. Un niño con el que coincidía en las sesiones matinales del cine San Vicente se llevó un fuerte susto en cierta ocasión; un tipo abusó de él. Nunca supimos exactamente cómo ni qué le sucedió, pero durante varios días se le vio al muchacho como apabullado. Lo mirábamos como si hubiese regresado de una guerra. Alguna vez acudió la policía para detener a alguien que se sobrepasó con quien no deseaba ser sobrepasado y, tras ser retenido por la fuerza, fue avisada la autoridad. Pero lo cierto es que esto era inusual, pues lo cotidiano es que los urinarios estuvieran colonizados por gente turbia. Lo mismo sucedía -y aún sucede- en los baños de las estaciones de autobuses, no tanto en las de ferrocarril…

La mezcla de subsuelo, mal olor, suciedad y peligro acechante aconsejaba a todas luces no penetrar allí, si se podía evitar. Las luces eran de neón y no siempre funcionaban todas a la vez, pues alguna estaba fundida y alguna otra parpadeaba anunciando su próximo fin. Por si acaso alguna vez las luces se iban por completo, el suelo de la Gran Vía tenía unos adoquines acristalados por los que, en horas diurnas, entraba una macilenta claridad grisácea. Gris, como aquel Bilbao, como aquellos años. Desconozco si en los urinarios de señoras sucedía algo semejante, pero la verdad es que nunca escuché nada al respecto.

Ya apenas se utiliza la palabra «urinarios» en favor de la equívoca «baños» -la mayoría de estos lugares no tienen bañeras ni duchas- o la genérica «servicios». Las palabras cambian, pero las necesidades permanecen. ¿Quién no ha sentido la ansiedad de usar un baño público fuera de la comodidad de su hogar? ¿Por qué en la mayoría de las ciudades españolas sólo es posible aliviar la apretura si se entra en un bar, realiza una consumición y utiliza su servicio? Es en los parques públicos donde más se necesitan estos servicios. En ellos la gente suele pasar mucho tiempo, hay personas de todas las edades y algunas de ellas, como niños y gente mayor, necesitan con asiduidad acudir al baño. En un parque debe haber varios puntos con equipamientos de esta naturaleza y situados en lugares visibles y fácilmente accesibles.

Los baños públicos desaparecieron de las ciudades y de Bilbao en concreto cuando se clausuraron aquellos infectos lugares a finales de los años 70, pero tras algún tiempo volvieron a aparecer con un formato diferente: menos masivos y más higiénicos, aunque quizás no tan abundantes y diseminados como deberían. Les falta atractivo, son como muebles necesarios, pero incómodos y visualmente perturbadores. La solución de entrar a un bar y consumir algo o no -no siempre el propietario lo requiere- sigue siendo la más frecuente. Incluso hay gente que la utiliza a pesar de tener un baño público al alcance de la mano. El estigma de la sordidez y la mala fama que arrastran estos lugares seguramente es inmerecida hoy, pero sigue pesando en el ánimo de muchos. Buen mantenimiento, mucha limpieza, diseños atractivos y seguridad total es la manera de que los empecemos a ver y a utilizar sin aprensiones.

Varios arquitectos han experimentado con propuestas que abordan estas situaciones estresantes, abordando la eficiencia de los baños públicos desde sus instalaciones sanitarias, distribución espacial y, principalmente, privacidad y comodidad. Estos son tres ejemplos interesantes.

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Miro Rivera Architechs. Austin, EEUU
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Miro Rivera Architechs. Austin, EEUU

Miro Rivera Architechs. Austin, EEUU. Se halla en un parque lineal de senderos y paisajes que sigue las orillas del río Colorado, en pleno centro urbano. Muy popular entre los corredores y ciclistas, el parque ofrece un escape rural en un entorno muy edificado. El baño, el primer baño público construido en el parque en más de 30 años, fue financiado por una organización comunitaria sin ánimo de lucro en asociación con el Departamento de Parques de la ciudad. Fue concebido como una escultura, un objeto dinámico a lo largo de uno de los senderos. La estructura consta de cuarenta y nueve placas verticales de acero Corten. Los paneles están dispuestos a lo largo de una espina dorsal que se enrolla en un extremo para formar las paredes del baño. Las placas están escalonadas para controlar las vistas y permitir la penetración de luz y aire fresco. Tanto la puerta como el techo fueron fabricados con placas de acero.

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Jacky Suchail Architecture Urbanisme Lyon, Francia.
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Jacky Suchail Architecture Urbanisme Lyon, Francia.

Jacky Suchail Architecture Urbanisme Lyon, Francia. Recientemente se han instalado ocho nuevos baños públicos en el parque la Tête d’Or. Son fácilmente visibles y están ubicados en el perímetro y en puntos estratégicos del parque. Todos son diferentes, aunque con una forma básica similar en madera y hormigón: zócalo, superestructura, pantalla y sombrillas. Se requirió de cierta habilidad para lograr su integración en el espléndido entorno natural. Además de modificar significativamente el ambiente general, el proyecto trata de manera discreta un tema sensible. La idea fue crear una configuración arquitectónica que no compitiera con la naturaleza. No había deseo de usar formas «suaves» de inspiración orgánica o curvas como las de los árboles circundantes. Por el contrario, lo que se quería eran líneas que incorporaran la estructura, ocultaran o revelaran, marcaran un camino o terminaran un pasaje: en suma, ocupar el espacio.

Public Architecture. Nakanojo, Japón. Teniendo en cuenta el mantenimiento de un baño público, en lugar de utilizar maderas para agregar comodidad, se eliminó tristeza al diseñar el espacio. Public Architecture considera que la esquina de un baño cuadrado ordinario ofrece tristeza, al hacer una sombra y al parasitar charcos, polvo o arañas. Se actualiza un espacio fresco, blanco y cómodo de baño público al deshacerse de esquinas e iluminar la pared interior con luz natural desde lo alto. La pared en forma de S logra una distancia adecuada entre el baño de hombres y el baño de mujeres y, al mismo tiempo, recibe el flujo de personas desde ambos lados de la calle y del estacionamiento en donde se ubica. A pesar de ser un edificio mínimo de 10m2, estos baños combinan elementos como el flujo de personas y automóviles alrededor del lugar, la comodidad interior y el simbolismo en la ciudad.

baños públicos

 

La promesa del espacio en Sáenz de Oíza

/ Javier González de Durana /

Retrato-de-Francisco-Javier-Sáenz-de-Oíza-en-su-casa-de-Mallorca.

Me alegro mucho de que se reabra la exposición sobre la obra de Javier Sáenz de Oíza en la sala del ICO, de Madrid, tras el cierre temporal provocado por el estado de alarma sanitaria. Este cierre perjudicó la muestra a los pocos días de ser inaugurada. Ahora vuelve a abrirse -lo hizo el 9 de junio- y la fecha de cierre se ha llevado hasta el 23 de agosto de 2020, no restando así posibilidades de visitarla a lo largo de un tiempo suficiente. Este alargamiento me permite comentarla aquí, cosa que pensé hacer desde que la visité a finales de febrero. La exposición contiene numerosos motivos para haber sido realizada, pero se ha aprovechado un aniversario: el centenario de su nacimiento en Cáseda (Navarra).

«La idea protectora y de descenso al misterio, la arquitectura como promesa de un espacio que va a suceder y que nunca sucede, eso está presente en toda la arquitectura de mi padre«, afirma Javier Sáenz Guerra, hijo del arquitecto, comisario de la muestra junto con sus hermanos Marisa y Vicente, y arquitectos ellos mismos. Es una poética descripción que unifica y da cuerpo a la trayectoria del arquitecto navarro, de quien se ha dicho a menudo que careció de un estilo personal característico, pareciendo por ello «contradictorio y lleno de dudas«. No obstante, más allá de formalistas estilemas personales, sí tuvo una coherencia articuladora de base inmaterial y anhelo utópico, un ansia por dar forma a un espacio capaz de ser imaginado, pero que no termina de alcanzarse tal como puede ser concebido, lo que, desde su punto de vista personal e íntimo, le dejaba el sabor melancólico de lo perseguido con esfuerzo y no completamente logrado. Una frustración, justificada o no, que le emparentaba con otro gran fracasador del arte -desde su punto de vista también, claro, no desde el de un observador imparcial-, contemporáneo a su arquitectura, Jorge Oteiza, con quien mantuvo estrecha amistad y colaboración profesional.

Dice Marisa Sáenz Guerra que cada obra de su padre era resultado de circunstancias singulares que obligaba a la búsqueda de soluciones siempre específicas, lo que explicaría la diversidad de maneras de resolver (no propiamente estilos) que manejó a lo largo del tiempo, ese supuesto eclecticismo que algunos le atribuyen. Alejado del costumbrismo puritano, arquitectónicamente, Oíza se acercó a todo lo que le interesaba.

La muestra incluye obras de otros artistas y personalidades con los que confluyó durante su larga carrera profesional, entre ellos, Eduardo Chillida, Lucio Muñoz, Pablo Palazuelo, Antonio López, Carlos Pascual de Lara, Rafael Ruiz Balerdi… De hecho, éste es uno de los aspectos singulares del montaje expositivo, las numerosas obras de arte que atraviesan, casi podría decir que envuelven, los materiales del arquitecto, planos, dibujos, maquetas, fotografías, cerámicas… «Artes y Oficios» han subtitulado la exposición. La decisión está plena de sentido e incorpora un significado fundamental: Sáenz de Oíza fue un arquitecto-creador, a la manera y modo de sus amigos pintores y escultores, con quienes establecía complicidad de ideas y a quienes ofrecía colaboración laboral. Algunos de sus dibujos, por ejemplo las plantas de Torres Blancas, entre el organicismo y la geometría, conviven en el mismo plano de igualdad que las pinturas de Palazuelo, con las que establece diálogos estimulantes para la mirada excitada ante tanta belleza.

Torres Blancas
Javier Sáenz de Oíza. Planta de Torres Blancas.
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Javier Sáenz de Oíza. Distribución interior de una de las plantas de Torres Blancas.
1.-Sáenz-de-Oíza.-Boceto-del-edificio-Torres-Blancas.-Croquis-de-estudio-axonométrico-de-terrazas.-Lápiz-de-grafito-sobre-papel-de-croquis.-Colección-particular-2.-Maqueta-de-Torres-Blancas.
Javier Sáenz de Oíza. A la izquierda, boceto del edificio Torres Blancas. Croquis de estudio axonométrico de terrazas. Lápiz de grafito sobre papel de croquis. Colección particular. A la derecha, maqueta de Torres Blancas.

Articulada en torno a cinco oficios-competencias del autor, la visita recorre la vida personal y profesional del arquitecto a través de 400 piezas. Esas cinco secciones llevan por títulos «El oficio de aprender / El arte de enseñar», «El oficio de habitar / El arte de construir», «El oficio del alma / El arte de evocar», «El oficio de creer / El arte del mecenazgo» y «El oficio de competir / El arte de representar».

En la primera se muestra un variopinto conjunto de objetos y piezas con los que se evocan los orígenes de Oíza, dibujos y pinturas adolescentes, las raíces inspiradoras en Cáseda, la estancia en América (1947-48) durante la que pudo empaparse de Mies van der Rohe, Konrad Wachsmann y Marcel Breuer, para volver a la Historia con una mirada diferente y rompedora, su práctica docente, como catedrático y director, en la Escuela de Arquitectura. Sus viajes por el mundo no fueron pretexto para pretender reducir el genio de las culturas extranjeras a la suya propia, sino motivo para recrearse en la diversidad. Una obra destacada de este momento es la Colonia Nuestra Señora de Lourdes, El Batán (1955-70), en Madrid, que dirigió al frente de un equipo integrado por José Luis Romany Aranda, Manuel Sierra Nava, Luis Cubillo de Arteaga, Eduardo Mangada Samaín y Carlos Ferrán Alfaro.

En la segunda, la mirada se centra en la casa individual, esa casa que es más que el lugar donde alguien vive, pues incluye espacios de intimidad y protección en los que el individuo desarrolla sus potenciales humanos: “La casa es el habitáculo para dormir de un hombre que produce, trabaja, vive y se relaciona en una dilatación de espacio en la que se mueve a lo largo de las 24 horas. Es decir, que la significación del contenedor en sí queda relegada a un segundo nivel”. En esta sección se encuentra, entre otras, la casa Durana, de 1959, con Alvar Aalto y Mies van der Rohe en mente, y con la que, por desgracia, no tengo nada que ver. Ya me gustaría…

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Javier Sáenz de Oíza. Planimetría de la casa Durana, situada en el pueblo del mismo nombre, cerca de Vitoria-Gasteiz, 1959.

Esas viviendas unifamiliares, por lo general solicitadas por una burguesía media-alta, convivían en su estudio durante parte de los años 50 y 60 con la construcción de viviendas sociales en Madrid (Entrevías, Fuencarral, El Batán…), sin eludir el mano a mano con los vecinos, tratando de solucionar el problema del alojamiento para los miles de familias que abandonaban la España rural para acercarse a las ciudades.

El tercer espacio se refiere a la Basílica de Aránzazu, 1950-55. Esta sección me es muy querida. Hace algo más de quince años publiqué una investigación, Arquitectura y escultura en la Basílica de Aránzazu (1950-1955). Los cambios (ed. ARTIUM de Álava. Vitoria-Gasteiz, 2003). Con aquel trabajo se lograron descifrar las claves estéticas y políticas por las que el proyecto ganador de Javier Sáenz de Oíza y Luis Laorga en el concurso convocado por la Orden Franciscana en 1950 tiene tan poco que ver con lo que a lo largo de los cinco años siguientes se realizó en el conocido templo guipuzcoano. Una exposición centrada en los planos de este proyecto, que ahora pueden verse en esta muestra del ICO, acompañó en Vitoria, Bilbao, San Sebastián y Barcelona a la presentación del libro. Este espacio presenta, además, algunos de los proyectos pictóricos para el ábside que concurrieron al concurso que ganó Carlos Pascual de Lara, aunque no pudo realizarlo por la censura eclesiástica y la muerte temprana del pintor en 1958 (lo realizó en 1962 Lucio Muñoz), junto con abundantes bocetos de Jorge Oteiza para la estatuaria de la fachada que sólo conseguiría culminar en 1968-69.

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Javier Sáenz de Oíza y Luis Laorga. Interior de la Basílica de Aránzazu. Vista interior del templo hacia el ábside, propuesta planteada en el concurso de 1950 (prácticamente nada de lo que aquí se mostraba llegó a realizarse, todo fue cambiado).

De su precocidad habla el hecho de que junto con su entonces compañero Luis Laorga ganara el Premio Nacional de Arquitectura, vertiente de Urbanismo, en 1945 con su propuesta de remodelación de la plaza del Azoguejo, junto al acueducto de Segovia.

En el cuarto espacio la exposición informa sobre la fertilidad creativa de Oíza durante los años 60 y 70. Genio y figura, de esta época es el edificio Torres Blancas, junto a la Avenida de América, espectacular trabajo que aún hoy produce un asombro que oscila entre la densidad orgánica del árbol-columna y la ciencia-ficción pre-blade runner.

El apoyo del constructor y mecenas navarro Juan Huarte  cuya empresa encargó a Oíza el proyecto de apartamentos de verano Ciudad Blanca de Alcudia, en Mallorca, así como el diseño de la imagen de la empresa de muebles del grupo familiar, H Muebles, le posibilitó estrechar aún más sus relaciones con los artistas de las segundas vanguardias hispanas, sobre todo abstractos, matéricos, informalistas, geométricos… Sobre la Ciudad Blanca reflexionó que sus apartamentos eran como “casas-tumbona… (pues en la playa) nadie va con una brújula a ponerle su orientación a las butacas, pero ve por la tarde a una playa y verás que todas están alineadas en el momento que dejaron de tomar el sol… Pues en el fondo estas son unas casas-tumbona, como te he dicho, orientadas para hacer un uso cómodo de la casa en relación con el medio”.

Los concursos ganados y no ganados colman la quinta sección, el Centro Atlántico de Arte Moderno, en Las Palmas, el Palacio de Festivales, en Santander… son algunas de sus últimas obras. Por más que en el primer caso se cite el patio tradicional canario como influjo y en el segundo se vaya hasta las gradas de Epidauro para justificar la intervención…, surgen dudas sobre las soluciones concretas adoptadas son aquí.

Al parecer, decía que en su vida había recorrido un periodo temporal de 500 años, pues, habiendo nacido en un pueblo de permanencias medievales y actividad rural, Cáseda, había logrado enlazar con su presente hasta mezclarse con las vanguardias del siglo XX. Sáenz de Oíza es autor de diecisiete obras incluidas en los Registros DOCOMOMO Ibérico, casi nada. En realidad siempre fue un clásico. He empezado este post con una fotografía del arquitecto, ya mayor, posando junta a una cabeza grecolatina incrustada en un muro de mampostería y lo termino con el alzado de un templo clásico dibujado a los 23 años. Entre una y otra, la modernidad cosmopolita -vacuna contra el nacionalismo y de vocación errante: la patria en las sandalias- fruto de su mente febril que nunca renunció al espacio prometido.

Francisco-Javier-Sáenz-de-Oíza.-Quinto-dibujo-20-de-marzo-de-1941.-Aguada-y-tinta.-45×62cm.-Colección-particular
Javier Sáenz de Oíza. Quinto dibujo, 20 de marzo de 1941. Aguada y tinta, 45×62cm. Colección-particular.

Errores urbanísticos de ayer y hoy

/ Javier González de Durana /

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Plan del Ensanche de Bilbao, 1876. Pablo Alzola, Ernesto Hoffmeyer y Severino Achúcarro.

El Ayuntamiento de Bilbao, a través del Área de Movilidad y Circulación, se ha planteado la peatonalización de diversas calles de la ciudad, algunas con carácter total y otras con restricción de vehículos salvo para autobuses públicos. La mayor afección se hará visible en la primera mitad de la Gran Vía, ya bastante vaciada de vehículos desde hace algunos años si la comparamos con la terrible presión que sufrió durante décadas, pero también llegarán a verse afectadas algunas calles próximas que se sumarán a otras (Diputación, Arbieto, Ledesma, Amistad, Villarías y Berástegui) ya peatonalizadas desde hace algún tiempo. En realidad, la mayor y más novedosa incidencia se producirá en el entorno de la Plaza Elíptica, al eliminarse el tráfico de todos los tramos viarios que convergen en ella y la cruzan, esto es, Ercilla, Elcano y Gran Vía. Por hacerlo fácilmente comprensible, se trata de extender a todos los segmentos de calles que confluyen en ese gran espacio urbano lo que ya se halla aplicado a uno de los tramos de la calle Ercilla (entre la plaza y la calle Rodríguez Arias). El resultado sería una supermanzana con el elíptico espacio central como corazón y el cuerpo alrededor libre de tráfico. La idea se vende como una mejora de la ciudad, pero en realidad es la rectificación parcial de antiguos errores.

Esta decisión viene bien para recordar que algunas de esas calles que fueron peatonalizadas hace años (en concreto, Diputación, Arbieto, Luchana y Ledesma) no estaban previstas en el Plan del Ensanche de Bilbao concebido por Alzola, Hoffmeyer y Achúcarro en 1876, sino que se incorporaron al plan como modificaciones posteriores del mismo, en ocasiones muy poco tiempo después de ser aprobado el Plan. Otras calles en la misma zona que las anteriores y que tampoco estaban previstas, como Travesía de Uribitarte, Errekakoetxe, Telesforo Aranzadi y Dr. Achúcarro, abiertas las dos primeras en el periodo 1890-1915 y después de la guerra civil las otras dos, aún mantienen el tráfico (salvo la primera) a pesar de sus diminutas dimensiones. Esas alteraciones fueron resultado de presiones ejercidas por los propietarios del suelo, quienes no deseaban una ciudad de manzanas con amplios patios interiores, al estilo de Barcelona, y propugnaban que el aprovechamiento del suelo fuera más intenso y ofreciera oportunidad para la construcción de inmuebles de viviendas con fachadas orientadas a una calle a costa de sacrificar los higiénicos y saludables patios de manzana. Más pisos, más beneficio para el dueño del suelo y para el constructor. Menos espacio libre, menos salubridad para los vecinos. Lo de siempre.

En aquellos casos la ambición económica se impuso a la racionalidad concebida por el arquitecto y los dos ingenieros de redactaron el Plan. También intervinieron presiones puramente institucionales; por ejemplo, el tramo sur de la calle Diputación y la calle Arbieto surgieron de la necesidad sentida por la Diputación de que su Palacio Foral fuera exento, separado de cualquier clase de edificio. Así lo que iba a ser una gran manzana se convirtió en cuatro mini-manzanas entre Gran Vía, Rodríguez Arias, Astarloa y Marqués del Puerto. Una vez abierto el tramo sur de Diputación, el Ayuntamiento encontró razonable extender dicha apertura al tramo norte, dividiendo en dos bloques entre la Gran Vía, Astarloa, Colón de Larreátegui y Marqués del Puerto lo que se había previsto como otra gran manzana.

La ubicación del Palacio fue una pifia notable y el precio, más barato, del suelo fue lo que llevó a su elección. Dado su carácter público debería haberse construido en un lugar que dispusiera de amplio espacio delantero para facilitar la congregación de multitudes, como los jardines de Albia, primer lugar pensado para su instalación y tempranamente desestimado por el alto precio del suelo que ponía la propiedad (la familia Zabálburu), en lo que actualmente es Colón de Larreátegui 13, y por haber llegado tarde la oferta realizada por la familia Arana Goiri de su espléndido solar (la manzana comprendida entre Mazarredo, Arbolancha, San Vicente y jardines de Albia) y mejor precio. De no poder ser este último emplazamiento, magnífico, la Plaza Elíptica hubiera debido resultar la alternativa lógica, tanto para hacer ciudad en una zona que, estando ya urbanizada, sin embargo, se hallaba aún casi vacía de construcciones, como por disponer de un gran espacio urbano ante sí.

Lo curioso es que el Plan se empezó a pervertir puntualmente estando al frente del Ayuntamiento uno de sus autores, el ingeniero Pablo Alzola, quien era propietario, a través de su empresa familiar, La Perla, de numerosos terrenos en la zona de Albia. A veces esos cambios se producían a conveniencia de sus intereses particulares, contraviniendo lo que urbanísticamente había concebido pocos años antes, y otras veces eran consecuencia de las exigencias de otros propietarios del suelo, quienes en definitiva constituían la élite de la burguesía liberal de la Invicta Villa sólo vencida en ocasiones por algunos de sus dirigentes.

La planeada peatonalización de todas estas calles que no estaban previstas en 1876 viene a demostrar que su creación se produjo contra natura y que su eliminación como vías de tráfico es una suerte de paliativo al error que supuso dejarse vencer por las presiones inmobiliarias. El espacio que hubiera debido estar dentro de las manzanas ahora se encuentra en el exterior. Parecería, por tanto, que tras un largo periodo de abuso espacial se produce una rectificación que deja las cosas como hubieran debido ser. No tanto, porque los patios de manzana, pequeños e insuficientes, lo siguen siendo hoy.

Todo esto viene a cuento porque el argumento aducido desde el Área de Circulación y Movilidad es que la pandemia del covid-19 ha puesto en evidencia la demanda de más espacio libre de tráfico en la ciudad, más zonas verdes, más áreas de respiro y descanso. Lo chocante es que una de aquellas calles no previstas en 1876 y que aún permanece abierta a la circulación rodada es Barraincúa, la cual se creó a principios de la década de 1890 (sobre terrenos de Alzola, ¡vaya!) a raíz de la decisión municipal de abrir en ella un Lavadero público y de las presiones de los promotores inmobiliarios (uno de los cuales era, de nuevo, Alzola). Esta partición que, en principio dividía en dos la manzana entre Lersundi, Recalde, Heros y Ajuriaguerra, fue después de la guerra prolongada a la siguiente manzana, donde inicialmente, aprovechando la amplitud del patio de manzana, estaba prevista la edificación de una gran Plaza de Arcos rodeada por un elegante inmueble residencial entre las calles Recalde, Iparraguirre, Lersundi y Ajuriaguerra, el cual, por supuesto, nunca se realizó

Pues bien, esta pequeña y estrecha calle de Barraincúa, rodeada por otras de  parecidas  dimensiones, no sólo no se peatonaliza, sino que incluso el ayuntamiento quiere autorizar en un extremo de ella un enorme edificio promovido por el Obispado de Bilbao Real Estate que, además, funcionaría en parte como una clínica médica.

¿Sería demasiado pedir a nuestro Ilustre Ayuntamiento y, en concreto, al edil socialista responsable de Circulación y Movilidad un poquito de coherencia y de equilibrada actuación en las diferentes áreas del Ensanche? No resulta muy lógico que calles que aparecieron durante las mismas fechas (1890-1910) en un Plan que no las preveía, fruto de una política liberal avariciosa y que responden todas por igual a las mismas características sean tratadas de tan diferente manera: unas se liberan de tráfico y otras ven incrementado el excesivo que ya sufren. Resulta un agravio comparativo espectacular lo que sucede en la calle Barraincua, que nace en Heros, atraviesa dos manzanas y muere en Iparraguirre, tras recorrer unos 250 metros. Mientras en su comienzo se planea un agravamiento de tráfico, una construcción desmesurada con   eliminación de uno de los escasos espacios libres del barrio con arbolado singular, en su final se ensanchan las aceras, se semipeatonaliza la calle y se colocarán unos tiestos para adornos florales y ¿todo esto por qué? Pues porque ese tramo de Iparraguirre conduce directamente al Museo Guggenheim, es decir, se «alfombra y pone bonita» la calle para el turismo, el gran elemento actual de subordinación edilicia. A los vecinos que les den.

Un observador imparcial, pero informado, podría llegar a creer que, así como el Ayuntamiento de hace 120 años protegió y cuidó de los intereses de los propietarios del suelo urbano, hoy ese mismo Ayuntamiento continúa haciéndolo con el  mayor propietario inmobiliario de Bizkaia, el Obispado de Bilbao. Ese mismo observador podría creer que algunas cosas habían cambiado en la política municipal, pero enseguida se da cuenta de que no hay apenes cambios, sino simples apaños paliativos. Los mismos errores, el mismo Ayuntamiento, la misma subordinación.

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Plan de peatonalización (Fuente: El Correo).