Matrimonio entre el cielo y el infierno.

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Durante la reclusión forzosa de estos días se ha tenido tiempo más que suficiente para hacer muchas cosas; por ejemplo y en mi caso,  volver a libros que no había visto en  años. Uno del visionario pintor y poeta inglés William Blake (1757-1827) me ha llevado a través de un viaje propio de tiempos en que la esperanza y la desolación, el cielo y el infierno, caminan de la mano. Una de las imágenes del libro de Blake me ha sorprendido por su posible actualidad: una figura humana, vista de espalda e hincada de rodillas sobre la curvatura de la tierra, apoya su torso desnudo sobre un pequeño altar cuya blanca ara replica la curva terrestre; su actitud es de meditación, rezo o abatimiento; la cabeza no se observa y tan sólo  percibimos que se halla cubierta con una toca blanca, mismo color de la falda que cubre su cuerpo de cintura para abajo; esta actitud de rendida sumisión o extenuada plegaria la realiza frente a un objeto circular que, poderoso, se eleva ante la figura, flotando en el espacio y desprendiendo haces de luz amarillenta; ese objeto, que seguramente es esférico, asemeja una estrella solar en fase de apagamiento terminal, pero también me ha recordado al Covid-19. Cosas del presente.

Blake escribió aquellos versos al comienzo de su poema El pequeño vagabundo: “Madre amada, madre amada, la iglesia está fría, / pero la taberna es grata y placentera y cálida. / Puedo decir, por otra parte, es donde me tratan bien, / aunque tal trato nunca será bien visto en el cieloAl mencionar esa taberna, me ha resultado imposible no recordar una que existió en Sestao llamada, precisamente, William Blake, matrimonio entre el cielo y el infierno, que funcionó durante los años 90. Era un lugar inesperado y sorprendente, lo que menos podría cualquiera imaginar en Sestao, pero que, sin embargo, encajaba en aquel lugar como anillo al dedo. Lo creó un pintor de San Sebastián, al que la cocina no se le daba mal, llamado Borja Satrústegui; él decoró con su peculiar estilo naif todo el establecimiento, incluido mobiliario, según creo recordar. Tiene un perfil en Facebook, no muy actualizado, donde se pueden conocer noticias referidas a él y su trabajo. No encuentro alusiones a la taberna; me da la impresión que es una etapa que él da por sellada y, quizás también, por olvidada. Sin embargo, ese lugar merecería una biografía. Fue el hito local en una época moribunda.

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Fachada del William Blake algunos años después de que cerrara las puertas. Imagen tomada del blog “Sestao en el recuerdo” sin indicar autoría.
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Fachada trasera de uno de los edificios colindantes al del William Blake.

No me explico por qué extraños vericuetos este donostiarra pudo llegar hasta Sestao y, en concreto, hasta el lugar donde instaló su negocio de hostelería, ya que se trataba de la planta baja de un desvencijadísimo inmueble de viviendas por pisos para obreros construido a finales del siglo XIX; se situaba entre la carretera general de Bilbao a Santurce y los amplios terrenos de Altos Hornos de Vizcaya, junto a la ría; a la carretera daba la fachada y la parte posterior, salvando un fuerte desnivel del terreno, a las instalaciones industriales que en aquel momento todavía funcionaban.

El edificio formaba parte de un deteriorado grupo de inmuebles, en las calles Txabarri, Iberia y sus inmediaciones del barrio Rivas, que fueron las primeras construidas en ese municipio al calor de la naciente industrialización. Esos edificios, al borde de la carretera en su mayoría -creo que ya no existen, aunque alguno con cierta prestancia fue rehabilitado por el Gobierno Vasco para viviendas sociales-, estaban por aquella época abandonados u ocupados por vecinos de míseros recursos económicos sobre cuyas cabezas en cualquier momento podían derrumbarse las techumbres por incendio o por filtración de agua y humedades. En la planta baja de uno de esos inmuebles estaba el William Blake de Satrústegui, quien, tras cerrar el negocio -que no debió de llegar a ser boyante-, cogió los pinceles y marchó a Granada, en donde expone sus obras con cierta regularidad.

Sólo se abría a partir de las siete de la tarde y cerraba la puerta después de que el último cliente decidiera marchar, sirviendo cenas en cualquier momento de ese elástico horario. Solía haber muy buena música, tanto clásica barroca y enlatada como moderna jazz-rockera y en directo. El detalle de la iluminación era de los que hoy no hubiese resistido una inspección municipal -quizás entonces tampoco la pasaba, pero…-, pues era la que única y exclusivamente proporcionaban velas encendidas, a decenas, por todas partes… en un edificio con estructura de vigas de madera y suelos de tabla.

El verdadero toque infernal añadido venía facilitado por las ventanas traseras del local, las que daban a la acería, ya que uno de los hornos activos entonces no debía de estar situado a más de 1.000 metros de distancia en línea recta y cuando se hacía la colada nocturna el cielo entero resultaba iluminado de rojo, aquel rojo que llegaba hasta Bilbao, situado a 8 km de distancia, así que cualquiera puede imaginarse cómo era el espectáculo visto desde allí, en aquella cercanía.

Como cocinero, Satrústegui estaba especializado en preparar platos de caza, con salsas poderosas, de ahí que hubiese división de opiniones en cuanto a la calidad de la comida. Para unos era estupenda, para otros, en cambio, resultaba digestivamente pesada. Desplazarte hasta aquel oscuro barrio, entonces marginal y peligroso, escuchar las Variaciones Golberg de Johann Sebastian Bach mientras comías un conejo al ajillo y se te iluminaba la cara con fulgores enrojecidos por el chisporroteo saturnal del cercano gran horno debió ser lo que Satrústegui entendió, con buen tino, como matrimonio entre el cielo y el infierno. Lo era, ciertamente.

Con anterioridad, hacia 1985-86, en las inmediaciones de este local se rodaron algunas escenas de Adios Pequeña, película de Imanol Uribe, con Ana Belén como la abogada Beatriz Arteche y el galán italiano Fabio Testi como Lucas Iturriaga, un joven que se ganaba la vida de camello con la venta de cocaína. La localización era ideal porque en aquellos años muchos jóvenes de la margen izquierda de la ría, desde Barakaldo hasta Santurce, caían víctimas de las drogas, como chinches. El equipo técnico era de categoría y muy prometedor: fotografía de Javier Aguirresarobe y música de Alberto Iglesias. Quien quiera recordar cómo era la margen izquierda en los años 80 puede ver esta historia y echarse a llorar, entre la melancolía y el horror.

La película tiene muchas escenas en las que se ven industrias y paisajes urbanos fabriles, pero en YouTube sólo hay recogidas dos secuencias, una rodada en Portugalete (billares, moteros y punkis) y otra en el Club Jolaseta, Getxo (tenistas, ociosos y empresarios). La escena rodada junto al edificio en el que poco después se instalaría el William Blake no está recogida, pero hay un par de fotos tomadas de la emisión de la película en la 2 de TVE que lo recuerdan. En 1994, Daniel Calparsoro utilizó magistralmente la cochambre de estos edificios de Sestao para su película Salto al vacío, en la que la cuestión de las drogas seguía siendo el hilo conductor.

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Título de crédito de “Adiós pequeña” sobre las grúas e instalaciones de La Naval de Sestao.
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Ana Belén descendiendo por unas escaleras-rampa situadas tras la casa en la que más tarde se ubicaría el William Blake.
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Ana Belén ante parte de las instalaciones de Altos Hornos de Vizcaya, a las que, tras descender por las escaleras-rampa, se llegaba por medio del puente-pasarela que sobrevolaba una carretera de servicio a la fábrica.

Eran los años de la desindustrialización, el paro juvenil por encima del 60%, la eclosión del punk brutal de Eskorbuto y las consecuencias de los Pactos de la Moncloa. Yo los pude conocer de cerca, pues entre 1977 y 1981 impartí clases en el Instituto de Enseñanza Media “Antonio Trueba”, de Barakaldo, un enorme edificio inaugurado en 1965 al que ya entonces corroían defectos de construcción, lo que ha terminado por condenarlo a la demolición recientemente.

Vuelvo al William Blake pintor y poeta, a su Marriage of Heaven and Hell, de 1790. Se trata de una obra que destaca por su combinación de géneros (poesía y prosa, sátira e historia cultural) y sus heterodoxos puntos de vista. A través de la voz del “Diablo”, Blake parodia y ataca la teología, la cosmología y la ética de El Paraíso Perdido de John Milton, así como la historia y la moral bíblicas tal como fueron establecidas por los “Ángeles” de la iglesia y el estado establecidos. La energía y la pasión se valoran positivamente, mientras la razón y la templanza se caracterizan como restricciones en la percepción espiritual y la autoexpresión.

Hay una raíz proto-romántica en esta obra, de la que voy a terminar mostrando una de sus 27 ilustraciones, la de cierto individuo desnudo sentado sobre una tierra de la que sobresale un cadáver, quizás metaforizando la muerte de la Naturaleza; el hombre mira al cielo con expresión de preguntar “¿qué está pasando en el mundo? ¿hay alguien ahí que tenga una explicación?”, pero su cara impávida parece no esperar respuesta alguna. Las líneas escritas por Blake bajo esta imagen dicen: “Siempre he encontrado que los Ángeles tienen la vanidad de hablar de sí mismos como si fueran los únicos sabios; lo hacen con una insolente confianza surgida de su sistematizado pensamiento“. Sustituyan Vds. Ángeles por políticos y sistematizado pensamiento por totalitarismo ideológico, seguro que recordarán algunas empavonadas figurillas de la presente escena pública mundial.

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Ha sido un viaje singular. Por una parte, los vestigios inmobiliarios sestaoarras de la industrialización desaparecieron, el Willíam Blake y los Altos Hornos cerraron, los ángeles insolentes, por contra, se reproducen, la Naturaleza herida se rebela como coronavirus…, pero, por otra parte, ciertos libros se recuperan, Bach sigue al alcance de la mano, las imágenes creadas por el alucinado artista inglés, junto a sus poesías, se reactivan al mirarlas y leerlas… Convivir con unos y otros debe ser lo más parecido al matrimonio del cielo y el infierno que nos ha tocado vivir.

 

4 comentarios sobre “Matrimonio entre el cielo y el infierno.

  1. Es un gusto leer, reavivar recuerdos y aprender. Y poder hacerlo todo al mismo tiempo. Me pregunto si no podría ser al revés: sustituir ángeles por personas como nosotros, o incluso nosotros mismos, y sistematizado pensamiento por autorresponsabilidad. Tal vez así se pudiera salir del victimismo y la culpa, que nos rodea por doquier.

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    1. Muchas gracias por tus palabras, Garbiñe. Nos educaron, al menos a mí, en la culpa, en la tradición judeocristiana pura y dura. Cuesta salir de ella. Desde el victimismo se puede transitar hacia la autorresponsabilidad, aunque tampoco es sencillo. ¡Es tan cómodo y liberador creer que todo lo malo que nos pasa es culpa de otros! Ni lo uno ni lo otro, ni ángeles ni demonios, sino condición humana.

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  2. Excelente artículo -como otros anteriores, todo hay que decirlo-. Si en esta ocasión me he animado a hacer un comentario es porque me hablaron del William Blake de Sestao en el 93 o en el 94 y nunca llegué a ir. Una oportunidad perdida, evidentemente. Recordarlo me ha llevado a un viaje particular por aquella época y yo también me he encontrado con la primera película de Calparsoro. Una coincidencia en el itinerario mental, supongo.
    Me quedo con tu última frase porque creo que no nos queda otra opción. Convivir con lo infernal, y difundir la cultura para contener la insolencia de los “ángeles”.
    Un saludo.

    PD: Como agradecimiento me gustaría compartir contigo estas “imágenes de Bilbao para estados de alarma”:
    https://drive.google.com/file/d/1ZJyH4XDcUOvepCpcbl_UEalHxIR1wTp9/view?usp=sharing

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    1. Hola Joseba,¡qué buen regalo me haces! No conocía apenas ninguna de las fotos anteriores a la guerra civil. Si se presentaron al público a partir del 2012-13 no me extraña que no me enterara porque trabajaba entonces fuera de Bilbao. Según iba viéndolas se me ocurría cantidad de comentarios sobre ellas, fechas más precisas, acontecimientos en los edificios que ya no existen (¡qué buena la del día 14, con esas casetas en Colón de Larreátegui y la estatua de Trueba ya instalada en 1894 en su posición original! y la del día 53, realizada por mi amigo José Luis Ramírez…), esos alrededores de Albia y la plaza circular que fueron los espacios infantiles míos y de mi madre -quizás ella aparece en alguna de las fotos…, quién lo sabe.
      Pocas opciones nos quedan, aparte de la cultura, en efecto y si hasta ella nos fuera escamoteada, sin ningún tipo de resignación, se puede decir aquello de que “en el infierno, después de todo, no se está tan mal”, por lo menos ahí dentro no hay que soportar a determinados “ángeles”. Un abrazo.

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