Aitor Ortiz y Antoni Gaudí: arquitectura más allá de la Bienal (II).

La arquitectura se percibe de forma distraída al viajar, al pasear por la ciudad o camino a casa. Olvidamos que la arquitectura necesita tiempo y silencio. La calidad de un edificio a menudo se oculta en la forma en que es posible conectar dos superficies, un plano con otro, dos materiales diferentes.

El espacio de la arquitectura es el vacío y parece tener una afinidad secreta con las pausas en la música. Ese vacío, la no materia que se sustenta entre los elementos de la materia construida, no es fácil de comprender. La sombra puede revelarla, inducida por su opuesto, la luz que golpea superficies, paredes planas o curvas. La precisión es el rasgo significativo al calibrar las dimensiones, para encontrar correspondencias, al dictar las medidas y las proporciones de las cosas. La arquitectura se revela a aquellos que tienen la paciencia de esperar.

La sobrealimentación fotográfica en torno a la obra de Antoni Gaudí, con las secuelas de ruido visual y saturación icónica, nos obliga a desear y buscar -en el misterio del silencio final, en la disolución que permita a nuestra conciencia recordarla y entenderla- un relato radicalmente diferente. Ese reto narrativo lo ha afrontado Aitor Ortiz con el conjunto de imágenes que presenta en su exposición Impresiones íntimas, en el espacio de Fundación Kutxa en la Tabakalera donostiarra.

Como sabemos, toda ejecución fotográfica, sea de un edificio o de cualquier otra cosa, implica un punto de vista óptico (encuadre), personal, ideológico, estético, etc., por lo que cada imagen -como cualquier otra fuente histórica- es un documento cargado con la opinión de su autor. Cuando ese punto de vista u opinión atraviesa la producción entera de un fotógrafo, o se manifiesta como un invariante en gran parte de su obra, entonces decimos que su autor posee un lenguaje, una escritura o un estilo propio, de manera que, conociendo las claves de esa manera personal de fotografiar, podemos reconocer la autoría de una obra sin más información que la imagen misma.

Esto es lo que sucede con Aitor Ortiz, en quien resulta patente una particular manera de fotografiar y de hacerlo, además, específicamente sobre la arquitectura. Y no sólo porque veamos en sus imágenes unos temas más o menos previsibles (edificios, estructuras construidas o rocas talladas), sino por el modo en que las resuelve.

Su interés fotográfico a lo largo del tiempo se ha mantenido centrado en ciertos aspectos de la construcción arquitectónica. No le han atraído tanto los edificios ya concluidos como cuando aún estaban en proceso de construcción, ni los aspectos externos de sus acabados como las estructuras interiores antes de quedar ocultas por revestimientos y paramentos, tampoco la visualización completa del elemento o construcción, sino un fragmento a partir del cual se puede intuir o suponer no la totalidad, pero sí su magnitud.

Decimos que le interesa la arquitectura, pero, puestos a ser más precisos, debería indicarse que, sobre todo, le atraen los aspectos ingenieriles de lo arquitectónico durante esos momentos en que las estructuras levantadas -hormigón o hierro- se muestran puras y rotundas, unos momentos transitorios situados en el breve lapso que media entre el final de la ejecución técnica y el ocultamiento decorativo de lo realizado. Túneles y huecos, pilares de apoyo, plataformas y superficies de desnuda horizontalidad, cubiertas de techumbre, escaleras y núcleos verticales, la formalización en hileras de algunos de estos elementos…, su repertorio iconográfico ha oscilado en ese amplio pero secreto y titánico mundo de lo infraestructural, como si en él buscara la firmeza, seguridad y fortaleza de una época, la nuestra, manifiestamente oscilante, insegura y débil. La autoría del diseño no resulta relevante. Aunque ejecutados por ingenieros y arquitectos distintos, a la vista de sus fotografías podría decirse que todas esas obras han surgido de una misma mente diseñadora. La personalidad singular de cada autor también queda sumergida, difuminada.

El universo de Gaudí está bien lejos de estas grandes obras de ingeniería contemporánea que han atraído a Aitor Ortiz hasta ahora. No obstante, en su tiempo también el arquitecto catalán se sirvió de la innovación y las más adelantadas técnicas para construir sus edificios, aunque hoy, a la luz de las posibilidades actuales, sus resultados nos parezcan tan visualmente llamativos como procedimentalmente abordables sin dejar, por ello, de ser singulares en extremo. En este aspecto Gaudí y la ingeniería actual coinciden, de modo que quien se ha sentido motivado por una es lógico que sienta igual atracción o identificación por el otro. Gaudí es consecuencia de la primera revolución industrial en Cataluña y manejó la tecnología de su época con una inventiva que le permitió alcanzar peculiares soluciones constructivas para problemas inéditos hasta entonces: forjados que no llegaban a los muros perimetrales, permitiendo que la luz entrase y se deslizara hasta zonas profundas, garajes para vehículos motorizados, los sistemas de ventilación, las carpinterías de puertas y armarios a 45º para un máximo aprovechamiento del espacio… De otra parte, las diferencias no dejan de ser notables. Frente al casi anonimato de las obras de ingeniería actual la personal originalidad de este arquitecto visionario se hace patente en cada una de sus creaciones. Finalmente, si al fotógrafo, atendiendo a lo constructivo estructural contemporáneo, le interesa ese breve momento situado entre el hacerse patente de la obra y su ocultamiento, en Gaudí está todo hecho, acabado y consolidado… desde hace décadas.

No obstante, Aitor Ortiz no deja de ser quien es en temas, formas y lenguaje cuando se adentra en la multiforme y dispar arquitectura gaudiniana, y no deja de serlo a pesar de introducir algunos cambios sustanciales en su habitual manera de mostrar el trabajo realizado. Mantiene la resolución en blanco y negro, favorecedora de rotundos claroscuros, y presta atención a los detalles periféricos, aéreos, mínimos y virginales, de lo arquitectónico, pero cambia todo lo demás y, sin embargo, sigue manifestándose como el fotógrafo reconocible que es.

En Gaudí el detalle es arquitectura. Un pasamanos, una ventana, una manilla… están en unidad material, rítmica y proporcional con toda su arquitectura. No se puede quitar ni añadir nada sin alterar la propia identidad de la obra, pues todos los elementos participan de la adecuada situación, dimensión, forma y color, cualidades que permanecen íntimamente relacionadas. Por ello, la mirada del fotógrafo dirige la atención a fragmentos de techumbres o superficies texturadas y carnosas, dermis orgánicas cuyo significado, funcionalidad y ubicación no es posible ni interesa desentrañar. La presencia de un arranque de escalera en un punto de la imagen permite, en ocasiones, entender espacial y funcionalmente lo que a primera vista interpretamos como una abstracción pura. Gaudí repetía la idea de que su arquitectura era esqueleto mecánico que permanecía oculto y carne que mostraba la piel, confiriendo armonía a la envolvente.

La luz que sale de la arquitectura o que llega a ella como una intrusión es el tema en ocasiones. Esas fotografías aspirar a atrapar la solidez -sonora- de la luz, no en vano la arquitectura de Gaudi (de hecho, toda arquitectura excelente) nace como voluntad de ordenar la luz.

En ocasiones el secreto tema fotográfico se halla en el reducido espacio entre dos claridades o dos oscuridades, en una luz fina y mínima, al aprovechar los elementos entrantes (cóncavos, en sombra, apenas sin detalles) con los salientes (convexos, a plena luz, muy acabados en detalles), resultando que a cada uno de estos se le opone uno de aquellos. Delgados rayos de luz exterior inciden sobre un punto inadvertido, sea para fijar la atención en el suelo de teselas, sea para subrayar la verticalidad de una columna cuya altura nos queda ajena.

La mirada del fotógrafo no concede su atención a los elementos exuberantes, sino a los aparentemente menores o periféricos, pero atendiendo a la premisa de que, para Gaudí, el carácter o dignidad de un edificio es el resultado de utilizar sencillamente lo que tal edificio necesita con los medios disponibles. Asuntos cuyas formas arquitectónicas básicas (pilares, columnas, fragmentos…) hacen aparecer un espacio arquitectónico sin especificación, lugares de los que, en su imprecisión funcional, adquirimos conciencia por su fragmento. En estas fotografías hay más pensamiento que forma y eluden lo retórico, se concentran en sólo lo preciso, lo necesario.

Aitor Ortiz ha interpretado que lo poético al fotografiar Gaudí no es explicitar qué ve él, sino qué debe mirarse y pasa desapercibido. Lo importante es saber mirar, no tanto reproducir literalmente lo evidente, sino lo que por nosotros mismos somos capaces de entender. El fotógrafo vasco ha mirado Gaudí para fotografiar, no para ver, y esa libertad le ha permitido comprender lo inesperado. Sus imágenes describen a Gaudí con una caligrafía visual que posibilita adentrarse en sus obras -tanto en la del arquitecto como en la del fotógrafo- de una manera íntima, lejos del restallante y ruidoso formalismo icónico.

Aquí la fotografía no es sólo una forma de representación y, por tanto, una mera ayuda adicional para mirar, ver y pensar la arquitectura de Gaudí debido a que estas representaciones aportan elementos más profundos y comprensivos ya que no se extasían, sino que dialogan y se entrometen en la lógica del ver y pensar arquitectura.

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