Mugak 2019: tres iglesias vitorianas (II).

Dentro del programa expositivo de la Bienal de Arquitectura que tiene lugar en San Sebastián estas semanas, la muestra Hiru Eliza / Tres iglesias. Vitoria-Gasteiz, 1958-1968, es una de las que ningún interesado en estas cuestiones debería perderse.

La historia de la renovación tipológica del templo religioso en España durante la post-guerra tiene algunos capítulos decisivos. Así, el Premio Nacional de Arquitectura de 1954 se convocó bajo el tema de una Capilla en el Camino de Santiago y el único proyecto presentado fue el de los arquitectos Javier Sáenz de Oiza y José Luis Romaní, junto con el escultor Jorge Oteiza, proponiendo “un poco de fantasía que intenta fomentar nuevas ideas sobre este arte” e incorporando las conquistas recientes de la técnica en la consecución de estructuras espaciales para superar, así, la dependencia de los métodos tradicionales para habilitar espacios sacros. A pesar de ser premiada, aquella capilla no se construyó.

La Orden de Santo Domingo acompañó el camino de la modernización en la tipología religiosa. Nombre propio dentro de esta historia es el del P. José Manuel de Aguilar, por entonces prior del Convento de Atocha y director de la residencia aneja, donde coincidieron en su etapa de estudiantes varios protagonistas de la misma historia: de la Hoz, García de Paredes, Ramón Vázquez Molezún, Carlos Pascual de Lara… El Colegio Mayor de Santo Tomás de Aquino (1953), Aquinas, encargo de la Orden Dominica a Rafael de la Hoz y José Mª García de Paredes, en Madrid, muestra hasta qué punto el “estilo internacional” había sido asumido y actualizado por los arquitectos españoles, logrando el Premio Nacional de Arquitectura en 1956. De la mano del P. Aguilar nació el ‘Movimiento de Arte Sacro’ (1955), iniciativa dominica para estímulo y orientación de artistas mediante coloquios doctrinales, concursos, exposiciones y ensayos. 

En España el arquitecto de los Dominicos fue Miguel Fisac. Tras su estancia en tierras nórdicas sufrió una especie de catarsis que le llevó desde cierta actualización del clasicismo hacia posturas organicistas. Dentro de esta evolución, pero conservando aún reminiscencias del pasado, se encuentran dos obras clave: los conjuntos de Arcas Reales, en Valladolid (1952-55), y el Teologado de San Pedro Mártir, en Alcobendas (1955-58). Con su preocupación por la mejor agrupación de los fieles alrededor del altar Fisac acabó dibujando una planta de generación hiperbólica, revolucionaria para su momento. Por su calidad espacial, fruto de un magistral manejo de la luz, Arcas Reales y, sobre todo, Alcobendas marcan un antes y un después en la arquitectura sacra de nuestro país.

Por nuestra parte, en el País Vasco, tras el desastre provocado por el Obispado de San Sebastián entre 1953 y 1955 en la Basílica de Aránzazu, brillante producto híbrido entre la tradición y la renovación, la Iglesia católica local fue consciente de que por ese camino -intromisión, censura, prohibición y paralización de obras, tanto en lo arquitectónico como en lo artístico- no conseguiría mantener la unidad pastoral. Como suele suceder con personas y entidades prepotentes, la Iglesia mantuvo el error de Aránzazu hasta 1969 a pesar de lo mucho que en quince años cambió la sociedad, los fieles y hasta la propia congregación eclesiástica, sobre todo a raíz del Concilio Vaticano II (1962-65). Nunca reconoció el abuso y la injusticia cometidas con Jorge Oteiza y la Orden Franciscana; a pesar de que pudieron haber enmendado la delirante decisión de Monseñor Jaime Font Andreu, sus sucesores en el obispado donostiarra la prolongaron durante década y media. En aquellos años la jerarquía eclesiástica nunca reconocía haber cometido un error; Dios no se equivocaba.

El Concordato establecido entre el Estado español y la Santa Sede en 1953 reforzó el papel político de la Iglesia y este hecho supuso tanto la validación de la jerarquía surgida de la guerra civil (lo que explica la actitud censora e intransigente de Font Andreu) como el inicio de una nueva situación en que las formas y los comportamientos eclesiásticos habían de manifestarse menos abruptos, más tolerantes. Francisco Peralta Ballabriga fue uno de los artífices en el giro del clero post-bélico y autárquico hacia un entendimiento con las nuevas realidades alumbradas por el crecimiento económico de los años 50. Nombrado obispo de Vitoria en 1955, durante su etapa participó en todas las sesiones del Concilio Vaticano II e impulsó la Reforma Litúrgica propiciada por el Concilio. Su promoción de numerosas iglesias en los barrios que fueron apareciendo alrededor de la almendra medieval vitoriana alcanzó su mayor brillantez con los tres templos de cuño moderno que pasaré a comentar. Como contrapeso anti-moderno, al Obispo Peralta Ballabriga también le tocó consagrar en 1969 la neo-gótica catedral nueva de Vitoria (1907, arqs. Julián Apraiz y Javier Luque), ampuloso y retrógrado proyecto que hundía sus raíces en una etapa ya remota y durante la que la levítica ciudad durmió bajo la mirada por militares y curas.

En Vitoria, el Obispo Peralta, aconsejado por el P. Aguilar, contactó con los mejores arquitectos españoles del momento para proyectar cinco complejos parroquiales en los barrios que crecían por el norte y el oeste de la capital. Se formaron varios equipos: Carvajal-Gª de Paredes, Sáenz de Oiza-Romaní, Corrales-Molezún, Sota y Fisac. Resulta especialmente interesante esta convocatoria por mostrar muy diferentes maneras de proyectar. A la postre sólo las iglesias de Carvajal-Gª de Paredes y de Fisac llegaron a realizarse, pero Vitoria quedó como modelo a seguir por la jerarquía más abierta. Las tres parroquias que se muestran en la exposición son la de la Coronación de Nuestra Señora, la de Nuestra Señora de los Ángeles y la de San Francisco de Asís. Las dos primeras son contemporáneas entre sí y fruto de un primer impulso diocesano. La tercera es posterior en diez años, respondiendo a circunstancias diferentes de las vividas por las dos primeras.

Realizada entre 1958 y 1960, la parroquia de la Coronación fue diseñada por Miguel Fisac, pionero de la renovación de la arquitectura religiosa. Aquí, exento y en el difícil solar de una zona aún no definida urbanísticamente, su edificio exploró la captación de la atención del fiel hacia el presbiterio mediante un “muro dinámico” ciego -curvo, envolvente, liso y blanco, sin ningún punto de referencia que obliga a la mirada a resbalar tangencialmente al fondo del ábside- y un “muro estático”, de sillarejo puntualmente perforado por medio centenar de pequeñas ventanas. La construcción se cierra al exterior, con decisión y un muro de desarrollo curvo, generando un espacio austero, pero acogedor; formalmente sencillo, pero con un sofisticado manejo de la luz natural en la zona absidal; resuelto con pocos medios y materiales locales (mármol gris de Deba, piedra caliza de Nanclares de Oca, muro enlucido, hormigón armado sin pulir…), pero de espacialidad rica y cargada con cierto dramatismo. El edificio es uno de los mejores ejemplos del organicismo en nuestro país y en su ejecución, como era habitual en él, Fisac supo rodearse de buenos artistas colaboradores: el crucifijo sobre el altar es de Pablo Serrano y las vidrieras, de Francisco Farreras.

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Planta de la parroquia de la Coronación de Nuestra Señora, por Miguel Fisac.
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Exterior de la Coronación de Nuestra Señora.
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Interior de la Coronación de Nuestra Señora.

Nuestra Señora de los Ángeles, la iglesia de Carvajal y Gª de Paredes, erigida también entre 1958 y 1960, es un conjunto de elaborado diseño, aunque la oscuridad del interior y el deseo de manifestar la estructura -especialmente de la cubierta de pizarra- distrae de otros aciertos. Lo accidentado del solar, una parcela acusadamente triangular en la confluencia de dos calles, fue hábilmente aprovechado como un factor favorable, al convertir el agudo vértice interior en el punto de confluencia visual y, por tanto, ideal para la ubicación del altar al que el espacio interior de la nave conduce de manera ascendente. Interiormente, los dos muros que convergen en la punta están ejecutados con ladrillo caravista y estructura de hormigón en la parte inferior, pero por encima de ellos se despliegan unos formidables entramados de madera soportados por una armadura de acero. Es justamente ese entramado, de gran altura, lo que exteriormente se convierte en la no menos formidable cubierta a modo de afilado y oscuro mascarón de proa. Al estar la manzana urbana ocupada anteriormente por algún edificio que mostraba la medianera orientada hacia el templo, los arquitectos idearon un airoso y esquemático campanile adosado a esa medianera, ocultándola en parte.

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Exterior de la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles, de Javier Carvajal y José Mª García de Paredes.
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Interior de Nuestra Señora de los Ángeles, hacia el presbiterio.

Por último, el templo de San Francisco de Asís fue diseñado por el arquitecto Luis Peña-Ganchegui y levantado entre 1968 y 1971, por tanto, en los post-conciliares tiempos de implantación de la nueva liturgia. Ello llevó a la configuración de un espacio de planta cuadrada en que el altar ocupa el punto central para que la comunidad de fieles se distribuya en abanico ante él. La cubierta, a cuatro aguas, dispone de un gran lucernario en punta que en la parte interior se completa con un lucernario idéntico, pero inverso, generando una enorme punta de diamante luminosa, justo encima del altar. La ordenación espacial de los elementos de actuación y servicios religiosos es inesperada y aparentemente compleja, aunque muy lógica, articulándose a lo largo de un eje diagonal; con ello se refuerza la cercanía entre el clérigo y sus fieles. Así, por ejemplo, la sacristía se halla alejada del presbiterio, lo cual obliga al sacerdote a caminar entre sus congregados para acercarse al altar. Los materiales utilizados fueron hormigón visto y pizarra en el exterior y hormigón visto y hierro en el interior. La envolvente física, como conjunto, se asemeja a lo que podría haber sido un pabellón deportivo.

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Uno de los espacios de encuentro, cerrado y abierto a la vez, a los lados del altar, en el interior de San Francisco de Asís.
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Parroquia de San Francisco de Asís, de Luis Peña-Ganchegui.

La exposición, presentada en el Museo Diocesano de San Sebastián -esto es, en un anexo de la catedral de Santa María, en el Casco Viejo-, está diseñada con claridad argumental, dispone materiales suficientes y variados para entender cada templo y se apoya en una museografía eficaz elaborada con cuidadosa devoción. Excelente comisariado de Rocío Peña y Mario Sangalli.

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Planta de San Francisco de Asís.
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La nave hacia el presbiterio con el coro envolviendo el altar en San Francisco de Asís.

 

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