“Cine, Arquitectura y Ciudad”: nuevo ciclo en el COAVN-Bizkaia.

Un nuevo ciclo de películas dará comienzo el próximo jueves 28 de febrero en la Delegación de Bizkaia del Colegio Oficial de Arquitectos Vasco-Navarro, COAVN, bajo el comisariado del profesor Eneko Lorente. A continuación precisamos los días y cintas, acompañadas por una breve aproximación a sus contenidos relacionados con lo arquitectónico y lo urbano. Tres películas europeas (dos francesas y otra italiana), una norteamericana y otra japonesa. Una realizada en los años 40, otra en los 50, dos en los 60 y otra en los 90. Una comedia, dos dramas, una documental y otra experimental. Variado, interesante y atractivo surtido.

  • 28 de febrero. Día de fiesta (Jour de fete), 1949. Director: Jacques Tati. Guión: Jacques Tati, Henri Marquet. Música: Jean Yatove. Duración: 95 minutos.

Día de fiesta es el primer largometraje realizado por Jacques Tati. Se trata de una comedia…, pero a la francesa. Cuando François, el cartero, asiste a la proyección de un documental sobre El correo en América en la plaza del pueblo entiende enseguida que si el correo no llega rápido a Sainte-Sévère es porque se omiten los ‘métodos americanos’. François se propone solucionar este problema. Sobre su antigua bicicleta él corre por el campo, pasa a los carros de heno, gira en seco una esquina…, pero siempre encuentra un palo recalcitrante, una cabra, una abeja violenta y una cantidad enorme de vasos de vino que frenan su carrera, provocan caídas, tropezones, despistes, desafortunados encontronazos, choques y demás avatares que, sin remedio, harán que los campesinos tengan sus correos como siempre: tarde.

Tati escogió una pequeña aldea francesa en la que ambientar su película, el rodaje duró tres meses y sus actores fueron, entre otros, los propios habitantes de Saint-Sévère-sur-Indre, dotando así a la película de un mayor realismo ya que éstos vecinos tenían que comportarse como ellos lo hacían en cualquier momento de sus vidas. Por lo tanto, el carácter netamente francés de sus protagonistas dio una excepcional imagen de aquello que Tati quiso recoger con sus cámaras. Se trata de una obra costumbrista que cumple con todos los tópicos franceses: un barbero meticuloso, un camarero gruñón, una dulce jovencita que enreda con sus miradas al avispado feriante recién llegado… Así, combina personajes, espacio y tiempo en el marco geográfico francés.

  • 28 de marzo. Cuentos de Tokio, 1953. Director: Yasujiro Ozu. Guión: Yasujiro Ozu, Kôgo Noda. Música: Takinori Saito. Duración: 139 minutos.

En esta historia de Yasujiro Ozu, un matrimonio de ancianos afincado en la zona más rural al Sur de Japón, conocida principalmente por sus templos budistas, decide iniciar un viaje a la gran ciudad, Tokio, para visitar a sus hijos a los que llevan muchos años sin ver. Cuando la pareja llega a la ciudad no obtienen el recibimiento que esperaba. Los años han pasado y en el transcurso ha habido una guerra. La vida en su ciudad de origen, tranquila y de cara al mar, es muy diferente a la de Tokio, la gran urbe por excelencia del país, una metrópolis concebida bajo cánones económicos occidentales. Es normal que los ancianos se sientan fuera de lugar durante su estancia en la capital. Ellos pertenecen a otro mundo más tradicional. Entre el campo y la ciudad hay más diferencias que similitudes, y un abismo generacional separa a estos padres de sus hijos. Progreso tecnológico, apertura a Occidente…, pero ni un atisbo de las tradiciones ancestrales en las que el matrimonio se educó e intentó educar a su descendencia.

Los hijos, incapaces de seguir con su vida y atender a sus padres, envían a estos a un balneario. El único miembro de la familia que parece interesarse un poco por ellos es una nuera que quedó viuda años atrás. De camino ya a casa, esta mujer cae enferma, así que el matrimonio tendrá que pasar algún tiempo más en aquella ciudad donde no reconocen ni su cultura, ni su país, ni a sus hijos. El flujo de la vida, retratado en su aparente lentitud e inmovilidad alienta cada fotograma. Ozu dibuja con serenidad y profunda mirada humana uno de esos relatos paterno-filiales que cualquiera puede reconocer en su propio entorno. Lo que aquí cuenta Ozu es universal y eso quizá sea lo que hace de esta película un trabajo plenamente vigente.

  • 25 de abril. El desierto rojo (Il deserto rosso), 1964. Director: Michelangelo Antonioni. Guión: Tonino Guerra, Michelangelo Antonioni. Música: Giovanni Fusco. Duración: 117 minutos.

El objetivo de Antonioni es retratar el desarraigo del ser humano ante la sociedad capitalista, como marco de la historia de una mujer desequilibrada y el particular aislamiento en que vive, propiciado por su percepción de un desolador entorno existencial. La historia transcurre en Ravena, al norte de Italia, ciudad al borde del Mar Adriático en la que se relata la historia de un modo muy pictórico. El paisaje retratado en la película hace un particular hincapié en las industrias que representan el progreso y sus devastadoras consecuencias medioambientales.

Las enormes chimeneas de las que emana humo amarillo, las inquietantes llamas intermitentes que se desprenden de las diversas instalaciones, acompañadas por un ruido nada tranquilizador (pese a constituir el sonido cotidiano del devenir de la jornada laboral), el entorno desértico alrededor de las instalaciones, con parajes agresivos a la mirada y compuestos por ciénagas claramente contaminadas, unidos a la realidad de una huelga en ciernes por parte de los obreros… marcan un entorno de especial crispación. En ese marco, Antonioni compone el retrato femenino de una joven mujer que sufre una grave crisis mental y de la que no se recupera. Casada, pero insatisfecha, ha intentado suicidarse y ha estado recluida en una clínica mental durante un mes, simulando, de cara a su entorno, que tuvo un accidente de tráfico y que la joven sufrió un shock enorme derivado del mismo, por lo que no discurre mentalmente como debería. Le conviene un entorno tranquilo, bucólico, sin factores desencadenantes de estrés. Todo lo contrario del que la rodea. La falta de entendimiento con su esposo (la incomunicación de la pareja, tan enraizada en el cine de su realizador) y con su hijo, unido a la falta de superación de la crisis, hace que su aislamiento cada vez sea mayor.

Al visitar a su esposo en la fábrica, la mujer camina entre brotes de columnas de vapor, que la asustan, y entre escapes de aire, que la sacuden y crispan. Antonioni se vuelca en visualizar el retrato de esta mujer. Para ello, se recrea en la elaborada artificialidad visual del entorno, compuesto de una paleta de colores chillones, saturados y agresivos, que marcan los distintos contrastes de tonalidades en los desoladores parajes alrededor de la fábrica, con tierras rojizas, árboles violetas, aguas espesas y ciénagas siniestras, de colores negros y marrones. Las barras metálicas rojo chillón de los pasillos de las instalaciones o, incluso, de los buques o los aparentemente inofensivos barrotes de la cabecera de la cama o el constante cielo gris…, en armonía con las frías calles adoquinadas de Ravena, afectan y hacen mella en la débil mente de la mujer. Tales gamas de colores y de objetos aparecen o justo detrás de los personajes o se interponen en el primer plano, de un modo notoriamente molesto para el espectador. Reflejan con exactitud el modo en que el entorno aturde a la protagonista en dirección al aislamiento total, hacia la locura- A ello hay que añadir el excelente trabajo de sonido. La pista de audio está compuesta de extractos de sonido electrónico que se van tornado progresivamente desquiciantes y ensordecedores. La película ganó el León de Oro en el Festival de Venecia de 1964.

  • 30 de mayo. Remontando la calle Vilin (En remontant la rue Vilin), 1992. Director: Robert Bober. Guión: Michel Dréano. Textos de Georges Perec y Marcel Cuvelier. Música: Denis Cuniot. Duración: 48 minutos.

La calle Vilin, hoy desaparecida, estuvo en el distrito XX (Ménilmontant) parisino. Abierta en 1863, Vilin era una pequeña calle atípica de curso sinuoso que conectaba la calle des Couronnes con las alturas de la calle Piat, en la esquina de la calle des Envierges. Su curso ascendía por una suave pendiente en forma de S, hasta una escalera de treinta escalones desde cuya parte superior se podía contemplar uno de los panoramas más hermosos de la capital. El lugar era parte de una intersección de callejones y pasajes que no habían superado bien el período de la posguerra, años 40 y 50… El sector se estaba deteriorando al ritmo de la lenta extinción de las industrias cercanas de Belleville. Asolados por la insana calle Vilin, el pasaje Julien-Lacroix y sus alrededores fueron sacrificados en el altar de la renovación urbana. Con el paso de los años las empalizadas y las gravas reemplazaron gradualmente los edificios antiguos. En 1988 la construcción del Parc de Belleville sobre las frías ruinas del barrio pusieron fin a su existencia. Por tanto, penetrar en la calle Vilin tiene -mejor dicho, tuvo- mucho de viaje cargado de exotismo, curiosidad urbana, quizás morbo… Existe una bonita colección de fotografías y registros filmados en este enlace. http://www.paris-unplugged.fr/1971-souvenirs-de-la-rue-vilin/.  Estas pocas imágenes evocan el espíritu de este lugar, que fue como ningún barrio de París llegó a serlo. Bilbao la Vieja y Ollerías, entre nosotros, podrían parecerse algo a aquel espíritu, habiendo sufrido Bilbao la Vieja un proceso de “modernización” semejante, aunque no ha acabado con el barrio por completo, afortunadamente.

Durante los años 50 la calle Vilin fue filmada muchas veces en el cine en películas como Golden Helmet, Rififi entre los hombres, Orpheus o Red Ball. El escritor Georges Perec vivió allí cuando era niño, entre 1936 y 1942. Robert Bober encontró cerca de 600 fotografías que cuentan la vida tranquila de esta calle y su demolición lenta y sistemática. La calle Vilin se reconstruye ante nosotros como un rompecabezas en este documental. La película es al mismo tiempo la reconquista de un espacio vital, una reflexión sobre la apariencia y un homenaje de Robert Bober a su amigo Georges Perec.

  • 27 de junio. Assemblage, 1968. Director: Richard Moore. Danza: Merce Cunningham. Música: John Cage, David Tudor y Gordon Mumma. Digitalizada y coloreada por Charles Atlas. Duración: 58:03 minutos.

Esta colaboración del director y bailarín Richard Moore (1920-2015) con el bailarín Merce Cunningham (1919- 2009) es una película experimental que muestra la actuación de este último y su compañía en un happening caleidoscópico y sorpendente celebrado en Ghirardelli Square, de San Francisco, en noviembre de 1968, donde exploró la danza filmada como una forma de arte, haciendo que la documentación de sus actuaciones funcionara por sí sola e interesado en las formas en que el cine y el video podían expandir sus propios experimentos. El espacio alrededor de esta plaza fue el primero de una nueva ola de entornos urbanos gentrificados donde los mercados deteriorados o los sitios industriales se transformaron en distritos de ocio, negocio y entretenimiento similares a los centros comerciales más convencionales. 

Assemblage presenta una danza que se despliega a través de un espacio fracturado en un tiempo fragmentado. A través de efectos especiales, los cuerpos de los bailarines aparecen superpuestos a la arquitectura de la plaza en un collage psicodélico de movimiento, tiempo y espacio; vestidos con trajes de colores pastel, los bailarines se divierten y corren a través de los paseos y lugares del espacio. La actuación de Cunningham -concebida desde el principio como un baile puesto en escena para la cámara de la televisión pública KQED- es amplificada por los efectos especiales de Moore y la banda sonora de Cage, Tudor y Mumma; acompañando los diversos movimientos de los bailarines la banda sonora presenta sonidos grabados en San Francisco y en otros lugares, incluidos insectos, radios de taxi, tormentas eléctricas y artistas callejeros. Recuperada tras la muerte de Cunningham en 2009, Assemblage fue digitalizada y coloreada por el artista y director de cine Charles Atlas, colaborador de Cunningham durante mucho tiempo. 

Cunningham, muy conocido por su colaboración con el artista Robert Rauschenberg para montajes escénicos, solicitó en ocasiones la colaboración de arquitectos como Cedric Price y Aldo van Eyck. De hecho, el trabajo de Merce Cunningham y John Cage -cuyos procesos aleatorios con el tiempo como principal elemento, usando los dados y el I Ching para determinar cómo debería moverse un bailarín o la secuencia de las actuaciones- dialoga de manera muy cercana con los procesos usados por Cedric Price en la Internacional Situacionista (1957-1972), con la New Babylon (1957-1974), de Constant Nieuwenhuys o con el estructuralismo holandés, en concreto con el trabajo de Aldo van Eyck, tanto en el Orfanato Amstelveenseweg de Amsterdam (1955- 60) como en el pabellón 1971 de escultura Sonsbeek Exhibition de Arnhem (1965-66) o con el montaje para la XV Trienal de Milán, 1968 (Il grande numero), buenos ejemplos de espacios de características acústicas en los que el cuerpo se relaciona en cada instante con la sustancia espacial arquitectónica.

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