Derribos Donostia.

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Durante los últimos años han llegado noticias alarmantes desde Donostia en relación con la facilidad con que el Ayuntamiento ha venido concediendo permisos de demolición de muchas notables villas e edificios históricos que fueron santo y seña de la calidad arquitectónica y urbanística con la que, muy justamente, se han enorgullecido los ciudadanos donostiarras a lo largo de muchas décadas. Como consecuencia de esa facilidad administrativa y antes de que, cuestionando tales decisiones, pudieran intervenir entidades culturales preocupadas por la pérdida de tanto patrimonio histórico, los derribos efectivos de tales villas y edificios se han llevado a cabo con  singular celeridad.

Son muchos los edificios perdidos que podrían muy bien haber sido rehabilitados o reconvertidos para otros usos y son muchos también aquellos sobre los que pende la amenaza de su desaparición, pero si nos centramos en la tipología de las “villas”, tan abundantes y características de la ciudad, lo que está sucediendo con ellas puede calificarse -sin miedo a ser exagerado- como pandemia. La última en caer, hace no más de un mes, Villa Stella Maris, de Ategorrieta (barrio donde la piqueta ha tumbado muchísimas casas con incuestionable encanto), en agosto Villa Zerutxo, en el arranque de Aldapeta, Villa Luna, en Ondarreta, la primavera pasada, Villa Narcisa, en Ulía..., la presión inmobiliaria es muy agresiva. De las más de 300 villas que existen ahora en el término municipal, tan sólo 27 están amparadas por el Plan Especial de Protección del Patrimonio Urbanístico Construido. De ellas, la mayoría están en Ondarreta, mientras que en zonas como Ulia, Ategorrieta, Miracruz o Martutene hay bastantes construcciones más que no aparecen en ningún catálogo.

La Asociación “Áncora” para la Conservación del Patrimonio ha sido y está siendo decisiva en la lucha por la protección de la arquitectura de valor histórico y artístico. En la I Bienal de Arquitectura de Euskadi, hace año y medio, presentaron en el convento de Santa Teresa una exposición titulada “La ciudad que perdimos. Gestión del patrimonio urbano en San Sebastián (1950-2017“, que causó un tremendo impacto entre sus visitantes ante la constatación de la magnitud del desastre y la profunda desfiguración urbana. Curiosamente, por votación popular hoy, día de San Sebastián, Áncora va a recibir la Medalla al Mérito Ciudadano de manos del alcalde donostiarra con cuya firma, precisamente, se está derribando tanto bien arquitectónico en su propia ciudad, la que se supone debería cuidar.

Ante la enormidad de la pérdida, otra entidad ciudadana, “Ondare-SS” Asociación para la Defensa del Patrimonio Arquitectónico de San Sebastián, ha producido un elocuente  vídeo cuyo enlace incluyo aquí, que les recomiendo encarecidamente:

https://www.facebook.com/1690126381207951/posts/2214424988778085/

Por fortuna, existen ejemplos en Donostia de acertadas y respetuosas intervenciones en esta clase de construcciones cuasi-palaciegas. Un ejemplo claro es la realizada en Aldama-Enea, a cargo del arquitecto navarro Juan Miguel Otxotorena. El autor de Aldama-Enea fue el arquitecto madrileño José María Mendoza Ussía (1886-1943), quien firmó en 1912 los planos de esta residencia unifamiliar, influyendo en dicho encargo la circunstancia de ser primo carnal del propietario e hijo del arquitecto Francisco Mendoza Cubas y nieto del famoso Marqués de Cubas, quien en Bizkaia nos dejó el notable castillo de Butrón.

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Aldama-Enea iluminado de noche.

El trabajo realizado en Aldama-Enea acometió su rehabilitación y reforma, destinada hasta ahora a funciones docentes, y su ampliación para acoger un nuevo uso residencial como Colegio Mayor Universitario.

Posee una localización privilegiada y unas vistas magníficas, enmarcándose en una línea estilística neo-renacentista, afiliada al historicismo de la época. Destaca la calidad de su espacio interior, la ambición de sus acabados decorativos y la prestancia de su aspecto exterior, así como la manera en que se afirma en el paisaje, con una silueta muy marcada en la imagen de la ciudad desde la playa.

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Tiene un aire distinguido. Desarrolla un lenguaje elaborado, de notable esmero en la delimitación y coronación de los paños, con profusión de molduras y ornato. Su diseño interior gira en torno al protagonismo de un amplio, impactante y maravilloso espacio vestibular de doble altura que resulta del vaciado de la parte central del volumen, y se remata con una gran vidriera horizontal (Maumejean) de luminosidad medida pero efectiva, así como los vitrales art-decó de su primera reforma en los años 20 al cambiar de manos la propiedad.

La planta superior se asoma a este espacio en todo su perímetro, a través de una balconada corrida. El acceso principal se sitúa en su eje perpendicular, y encuentra ante sí una retórica escalinata de mármol que salva la altura entre estas dos plantas y ocupa el fondo del eje de la composición.

La parcela se ciñe bastante a los límites del volumen, a excepción de su lado Norte, donde discurre la carretera de acceso, paralela a la fachada principal; más allá de ella, el terreno cae abruptamente con una fuerte pendiente verde que mira hacia la bahía.

El proyecto comprende la rehabilitación de la fábrica existente y la introducción en el solar de un nuevo cuerpo construido, horizontal y acostado: con su espalda contra el terreno. Se obtiene así una amplia terraza abierta al paisaje a la altura del suelo de la planta baja. El único inconveniente de este pabellón-terraza es que, desde el paseo de La Concha, constituye un cierto obstáculo para la visión del palacete.

El nuevo complejo conserva íntegramente los espacios comunes y los elementos valiosos de la decoración. La crujía exterior de las plantas superiores se destina a salas de estudio y estancia, aparte de algunas habitaciones; la de sótano acoge diversas salas técnicas, aparte de la comunicación con el nuevo volumen. Éste presenta una estructura lineal de naturaleza funcional: tiene tres plantas y completa el programa hasta llegar a un número de en torno a cincuenta dormitorios para estudiantes, todos individuales. La exigencia de la orientación, habida cuenta de la pluviometría, lleva a optar por un muro cortina de vidrio en su cerramiento.

Es interesante señalar que el diálogo entre el arquitecto Otxotorena y la asociación Áncora posibilitó que la pureza del edificio histórico se mantuviera libre de adherencias, prueba de que estas asociaciones no niegan los cambios de uso, las reformas y agregaciones, sino que están a favor de los buenos y respetuosos proyectos de rehabilitación y en contra de los derribos indiscriminados.

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A mediados de los años 80 participé en el equipo redactor de las Normas Subsidiarias de Getxo. En aquel momento, en Neguri (declarado Conjunto Monumental desde los años 70 merced a Javier de Ybarra) ofrecía un aspecto fantasmal al existir numerosos chalets levantados a principios de siglo por la “aristocracia siderúrgica” (como los llamó Unamuno) abandonados por sus propietarios, quienes además dejaban puertas y ventanas abiertas para que penetraran los intrusos y hacían agujeros en la cubierta para que se filtrara el agua de la lluvia. El objetivo de estas malas prácticas era lograr el deterioro extremo y que el ayuntamiento declarara la ruina física o la ruina económica para poder derribar los chalets y levantar los bloques de pisos que entonces permitía la normativa. Muchas joyas de la arquitectura local desaparecieron. Yo estaba encargado de redactar el inventario de edificios a proteger y así se hizo, detallando los valores a preservar en cada caso con independencia del estado en que estuvieran los edificios. Pero lo más efectivo fue establecer que allí donde había un inmueble inventariado lo único que se podría levantar en caso de desaparecer la construcción histórica (por ruina o porque le cayera un rayo encima) sería un edificio nuevo con exactamente el mismo volumen que había tenido el anterior. Ello, unido a incentivos de desgravación fiscal, provocó que los chalets abandonados empezaran a rehabilitarse. Las malas prácticas desaparecieron; ya no compensaban, pues el aliciente había desaparecido.

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