
La plaza situada ante el Conservatorio de Música de Bilbao constituye una solución urbanística particularmente acertada para una ubicación difícil, condicionada por una topografía de fuerte pendiente y por la presencia dominante del edificio educativo diseñado por Roberto Ercilla y Miguel Ángel Campo (2004-06). Edificio y plaza fueron concebidos conjuntamente. En lugar de intentar borrar ese desnivel, el espacio público lo aprovecha mediante una sucesión de plataformas, escalones y suaves transiciones que permiten recorrerlo en distintas direcciones. La plaza deja así de ser una superficie horizontal impuesta al terreno para convertirse en una pequeña topografía construida. Los graderíos laterales resultan eficaces al resolver diferencias de cota y, al tiempo, proporcionar lugares informales para sentarse, detenerse o contemplar la actividad cotidiana.
También resulta acertada la relación establecida con el Conservatorio. La plaza actúa como espacio de transición entre la escala y la geometría de su fachada acristalada y el tejido residencial circundante. Frente a la continuidad pétrea del pavimento, las áreas vegetales introducen una trama de menor escala, casi doméstica. Su disposición mediante cuadros sucesivos, macizos y pequeños contenedores convierte la vegetación en un elemento compositivo, no en algo tan sólo ornamental. Hay orden, pero no rigidez; repetición, aunque con suficientes variaciones de volumen, especie y textura para evitar la monotonía.
La combinación de geometría, vegetación y desnivel proporcionan identidad al lugar. Bancos, iluminación y plantaciones aparecen integrados en una composición general sin que ninguno reclame protagonismo. Incluso la relativa modestia de los materiales favorece el resultado: no se pretende monumentalizar el acceso a un equipamiento cultural mediante objetos enfáticos, sino construir un ámbito cotidiano capaz de ser atravesado y también habitado.
Gran acierto el haber convertido una situación residual, o sea, el espacio exterior resultante entre un gran edificio público, una pendiente y un tejido urbano heterogéneo, en un verdadero lugar. La plaza demuestra que una topografía incómoda puede convertirse en argumento de proyecto y que la calidad del espacio público depende menos de la espectacularidad de sus elementos que de la inteligencia con que se relacionan suelo, edificio, vegetación y usos cotidianos. La primera decisión sobre los arbustos, flores, césped… debió de ser de Ercilla y Campo; veinte años después, el actual componente vegetal imagino que es de los servicios municipales.
Disfruto de esta visión cada vez que acudo al Conservatorio para escuchar los recitales al piano de mi nieta Ixchel.
/ Javier González de Durana /