La chatarra también quema la tranquilidad

El incendio registrado el pasado 26 de agosto en una nave del polígono industrial de Asua, en Erandio, ha vuelto a ofrecer una de esas imágenes que parecen destinadas a consumirse con la misma rapidez que la noticia: una intensa columna de humo, la llegada de los bomberos, la intervención de la Ertzaintza y, pocas horas después, el tranquilizador parte oficial. El fuego está controlado, no hay heridos y no se han producido «afecciones importantes». Caso cerrado. Hasta el próximo incendio. Por una circunstancia casual yo pasaba por allí, pude ver el de Asúa desde cerca y el asunto resultaba muy inquietante.

Que las llamas fueran extinguidas con rapidez no significa que lo ocurrido carezca de consecuencias ni que debamos considerarlo un accidente menor ni que la aparente normalidad con que se reciben estos episodios deba dejar de preocuparnos. Un montón de chatarra no es una materia inerte e inocua. Bajo esa denominación genérica pueden acumularse metales, cables, componentes eléctricos, restos de vehículos, plásticos, aceites, pinturas, baterías y otros materiales cuya combustión genera humos difíciles de caracterizar a simple vista.

Con aquel incendio se volvió a hacer visible una parte poco amable de la llamada economía circular. Durante unas horas, aquello que habitualmente permanece detrás de cierres industriales, como montones de materiales desechados, procesos de clasificación y almacenamiento, tránsito de camiones, adquirió la forma mucho más perceptible de una columna de humo. Hubo que realizar mediciones de la calidad del aire y comprobar que la contaminación no alcanzaba niveles peligrosos. El episodio permitía entonces preguntarse por la compatibilidad entre determinadas actividades de tratamiento de residuos y unos entornos metropolitanos que, con el crecimiento de la ciudad, han dejado de ser las periferias industriales relativamente aisladas que fueron.

La cuestión adquiere ahora una dimensión diferente. El Gobierno Vasco acaba de presentar Basque Zirkular Metals, un programa que pretende movilizar cerca de 25 millones de euros (70 % de procedencia privada) para favorecer la circularidad del acero y otros metales. Participan once empresas industriales, cinco clústeres y diversos agentes tecnológicos y universitarios. Entre sus objetivos figuran reducir la dependencia exterior de materias primas, disminuir la huella de carbono, mejorar la trazabilidad de los materiales y, atención, facilitar el acceso de la industria a chatarra de calidad.

La expresión debe ser explicada. La chatarra que todavía tendemos a imaginar como el último estadio de la vida de un objeto aparece aquí en la posición contraria: como comienzo de un nuevo ciclo productivo. No es una cuestión menor en un territorio cuya industria consume alrededor de diez millones de toneladas de metales al año y donde los sectores implicados en el programa representan, según los datos ofrecidos por el Gobierno Vasco, el 49 % del valor añadido bruto industrial y más de 110.000 empleos. Europa pretende además conservar una mayor proporción de la chatarra de calidad que genera y reducir su dependencia de materias primas exteriores. El viejo depósito de hierros usados empieza así a formar parte de una cadena de suministro estratégica.

Precisamente por eso, el episodio de Asua puede contemplarse ahora desde una perspectiva más amplia. Cuanto mayor sea el valor económico y estratégico que concedamos a los materiales recuperados, menos sentido tendrá considerar sus lugares de recepción, almacenamiento, clasificación y transformación como el reverso inevitable y desordenado de la industria. La economía circular no empieza en la acería que vuelve a fundir el metal ni termina en el producto que exhibe una menor huella de carbono. Incluye también todos esos espacios intermedios, bastante menos fotogénicos, donde los residuos se reciben, separan, acumulan y preparan para volver a entrar en el proceso industrial.

Ahí aparece una paradoja interesante. Durante décadas, las chatarrerías ocuparon terrenos marginales porque aquello que contenían también era considerado marginal: objetos agotados cuyo valor fundamental consistía en desaparecer de otros lugares. La nueva economía circular altera esa condición. Si esos materiales son ahora recursos estratégicos, también las instalaciones que los gestionan deberían adquirir una consideración industrial, tecnológica, ambiental y urbanística acorde con ese nuevo valor. No basta con cambiar el vocabulario y llamar «materia prima secundaria» a lo que antes llamábamos residuo.

Esto afecta al territorio, de modo directo. Asua constituye un ejemplo expresivo porque conserva una extraordinaria mezcla de infraestructuras, almacenes, grandes superficies comerciales, instalaciones industriales, carreteras, ferrocarril, aeropuerto y núcleos residenciales relativamente próximos. Un incendio en cualquiera de esas instalaciones deja de ser un episodio encerrado dentro de una parcela: puede afectar a la movilidad, al funcionamiento de establecimientos próximos y, en potencia, a la calidad ambiental de un espacio utilizado a diario por miles de personas. Esa proximidad obliga a preguntarse no sólo qué actividades necesitamos, sino dónde deben localizarse, con qué condiciones de almacenamiento, con qué distancias de seguridad y con qué relación respecto de las transformaciones futuras de esos territorios.

Basque Zirkular Metals incorpora algunas herramientas que apuntan hacia una mayor sofisticación del sistema. Una de las primeras será el Pasaporte Digital de Producto, destinado a garantizar la trazabilidad del acero, el aluminio y otros productos metálicos; el programa incluye asimismo mejora tecnológica, ecodiseño, nuevos modelos de negocio y anticipación regulatoria. La trazabilidad resulta significativa: conocer de dónde procede un material, qué contiene, dónde se encuentra y cuál puede ser su siguiente utilización convierte una masa aparentemente indiferenciada de residuos en un flujo material identificable y, en potencia, aprovechable.

Pero la circularidad tiene también una dimensión espacial que suele recibir menos atención. Los materiales pueden circular; las instalaciones que permiten hacerlo ocupan suelo. Necesitan superficies extensas, accesos para vehículos pesados, medidas contra incendios, separación y almacenamiento adecuados y una localización compatible con el resto de los usos metropolitanos. El desafío no consiste, por tanto, en perfeccionar tecnológicamente el reciclaje sin más, sino en pensar la arquitectura y el urbanismo de esa nueva infraestructura material.

Quizá el incendio de Erandio-Asua y la presentación de Basque Zirkular Metals puedan relacionarse justamente ahí, sin necesidad de establecer entre ambos acontecimientos una relación que no existe. El primero mostró accidentalmente la realidad física de uno de los eslabones del reciclaje; el segundo anuncia la voluntad de convertir ese reciclaje en una pieza estratégica de la industria vasca. Entre uno y otro queda un territorio que también habrá que transformar.

Si Euskadi aspira a situarse entre las regiones europeas avanzadas en circularidad del metal, quizá una de las consecuencias menos evidentes sea que tendrá que aprender también a proyectar mejor los lugares donde esa circularidad sucede. Las chatarrerías del futuro no podrán seguir siendo concebidas como espacios residuales destinados a recibir lo que la ciudad y la industria ya no quieren ver. Si la chatarra ha dejado de ser basura para convertirse en recurso, los lugares donde se concentra, clasifica y recupera deberían dejar también de ser tratados como los residuos del territorio… para no quemar también la tranquilidad.

/ Javier González de Durana /

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