El dormitorio, intimidad en la habitación blanca

/ Javier González de Durana /

Detalle del fresco Noli me tangere, de Giotto di Bondone, realizado hacia 1303-1305 en la Capilla de los Scrovegni (Arena), en Padua.

Al contemplar la serie de obras Les Dormeurs, realizada por Sophie Calle en 1979, se llega a pensar en el dormitorio como un territorio político, pues la autora quiso, a su manera, que viéramos la cama, espacio supuestamente privado, como un lugar de encuentro, exposición y vulnerabilidad compartida.

Ciudad, barrio, calle, edificio, piso, vivienda, habitaciones, dormitorio, cama…, territorios políticos. Hoy nos parece natural que cada persona tenga una cama, una habitación y, en muchos casos, un espacio propio dentro de la casa. La idea de que dormir es una actividad íntima, que exige aislamiento, silencio y cierta privacidad, está tan arraigada que cuesta imaginar que durante siglos no fuera así, pero el dormitorio individual, tal como lo entendemos hoy, es una conquista reciente de las sociedades occidentales.

La privacidad nocturna fue durante mucho tiempo un privilegio. Durante buena parte de la historia, dormir era una actividad colectiva. En las viviendas populares, la falta de espacio obligaba a compartir habitaciones y camas; en las casas acomodadas tampoco era extraño que varias personas durmieran bajo el techo de la misma estancia, aunque la distribución de los espacios respondiera a jerarquías muy diferentes. Para los viajeros, compartir habitación en un hotel era algo habitual. Incluso los pasajeros de primera clase de los grandes barcos podían verse obligados a compartir camarote.

La transformación comenzó cuando la burguesía del siglo XIX empezó a conceder importancia a la intimidad doméstica. La casa dejó de ser sólo un lugar donde residir para convertirse también en una representación de la posición social, de las costumbres y de la identidad de quienes la habitaban. Separar espacios, asignarles funciones precisas y disponer de habitaciones destinadas exclusivamente al descanso formaba parte de una nueva manera de entender la vida privada. El dormitorio adquirió entonces una condición que antes no tenía: se convirtió en territorio personal.

No fue tan sólo cuestión de comodidad, había también una determinada concepción moral y social. La higiene, el orden, la separación entre las personas y la regulación de las actividades cotidianas ganaron importancia. El dormitorio individual expresaba una sociedad que empezaba a valorar la intimidad y el control del propio espacio. Aparte de dormir solo, tener una habitación propia significaba disponer de un lugar en el que nadie podía entrar sin permiso.

El confort moderno reforzó esta transformación. A medida que avanzaban la industrialización y la producción de bienes domésticos, aparecieron nuevas formas de calefacción, iluminación, mobiliario, colchones, ropa de cama y, más tarde, instalaciones sanitarias. La comodidad comenzó a presentarse como una necesidad, aunque muchas de esas necesidades fueran, en realidad, hábitos recién adquiridos. La habitación ya no era el lugar donde, sin más, se colocaba una cama para dormir y se convirtió en un pequeño sistema de bienestar. El dormitorio moderno prometía descanso, limpieza, temperatura adecuada, silencio y privacidad.

La gran cama de Ware, construida en 1590 y en la que dormían hasta cuatro parejas, se conserva en el Victoria & Albert Museum.

Ahí aparece una de las grandes paradojas de la modernidad doméstica. La modernidad convenció a las personas de que aquello que durante generaciones había sido suficiente ya no lo era. La cama podía ser reemplazada por otra más cómoda; la habitación podía tener calefacción; después llegaría la electricidad, el agua corriente, el cuarto de baño privado y todo un repertorio de objetos destinados a hacer más confortable la vida cotidiana. El bienestar pasó de ser una consecuencia de la riqueza a convertirse también en un poderoso motor del consumo.

Esta evolución tuvo un aspecto social menos amable. El confort, lejos de eliminar las desigualdades, creó nuevas formas de hacerlas visibles; al convertirse en un elemento de diferenciación empezó a decir quiénes éramos y qué lugar ocupábamos en la sociedad. Tener una habitación propia, una cama determinada, ciertos muebles, calefacción, baño privado o unas amplias dimensiones del dormitorio eran signos de prosperidad que diferenciaban a unas familias de otras.

También introdujo distancia respecto al mundo campesino y sus formas tradicionales de habitar. La vivienda urbana moderna como símbolo de progreso frente a la casa rural asociada a la falta de higiene, al hacinamiento y a unas condiciones de vida consideradas atrasadas. Algo semejante ocurrió a escala internacional: la posesión de determinados niveles de confort pasó a utilizarse incluso como indicador del grado de desarrollo de las sociedades: habitaciones independientes, instalaciones sanitarias, calefacción y electrodomésticos significaba pertenecer al mundo moderno.

La habitación blanca, ordenada, silenciosa y confortable que hoy identificamos con el dormitorio moderno es más que una cuestión estética. Es la expresión material de una conquista y de una nueva forma de entender la vida. En Una habitación propia Virginia Woolf convirtió esa habitación en la condición material de la libertad intelectual y creativa, en especial para las mujeres. Tener “una habitación propia” significaba disponer no solo de intimidad, sino de tiempo, independencia económica y un lugar desde el que pensar y crear sin interferencias, un símbolo de autonomía.

Publicidad de la marca de colchones Beautyrest, aparecida en el Ladies’ Home Journal en junio de 1948.

El dormitorio continúa siendo un producto de consumo, cada vez mayor, al convertirse en un escenario que debe responder a determinadas expectativas de bienestar. Además de camas y armarios, el mercado empezó a ofrecer estilos de vida completos. Colchones que prometen un descanso perfecto, diferentes tipos de almohadas, ropa de cama que reproduce la estética de los hoteles, iluminación regulable, muebles de diseño, televisores, dispositivos electrónicos y muchos objetos destinados a convertir el dormitorio en una experiencia.

La intimidad, que en su origen fue una conquista frente a la vida colectiva y al hacinamiento, acabó incorporándose a la lógica del mercado. El deseo de descansar mejor, de sentirse protegido o de disponer de un espacio propio puede convertirse en una interminable sucesión de necesidades. Cambiamos el colchón que ya no facilita el descanso adecuado, la cama que quedó anticuada, los muebles pasados de moda y la decoración que ya no ofrece la imagen que queremos proyectar. El dormitorio contemporáneo es uno de los espacios donde con mayor claridad se manifiesta la capacidad de la sociedad de consumo para transformar una necesidad elemental, como es dormir, en una aspiración permanentemente renovable.

La historia del dormitorio moderno termina, de forma paradójica, en 2001: una odisea del espacio. Después de conquistar el espacio exterior, el hombre vuelve a una habitación. Pero aquella habitación blanca ya no es un refugio: es un universo cerrado, una confortable prisión donde se contempla a sí mismo envejecer, morir y renacer. La habitación propia de Virginia Woolf era el espacio de la libertad; la de Kubrick es el espacio de un aislamiento absoluto. Entre ambas se encuentra toda la historia moderna de nuestra relación con el espacio privado.

La secuencia final de la película es de lo más significativa. El astronauta Bowman atraviesa el «puente» hacia otra dimensión y aparece en una habitación de apariencia neoclásica, inspirada en el estilo Luis XVI, con molduras en techo y paredes, mobiliario histórico, pinturas, una cama y un suelo blanco luminoso. Allí se ve a sí mismo en distintas edades: primero entrando en la habitación, después comiendo, luego ya anciano y finalmente agonizando en la cama. La habitación de Kubrick no es acogedora. Es blanca, aséptica, silenciosa, artificial y profundamente inquietante. La blancura que en el dormitorio moderno podía significar higiene, limpieza, luminosidad y confort aparece aquí llevada hasta la esterilización

2 comentarios sobre “El dormitorio, intimidad en la habitación blanca

  1. Javi: La primera vez que aparece en la literatura española la habitación individual y, como un rareza, es en la visita que don Quijote hace a una hospedería. Es decir, en el XVI. En esta época es también cuando la gente comienza a comer en platos individuales en vez de introducir la cuchara en un perolo común. Antropologicamente se considera que estos actos prefiguran el inicio de la subjetividad e individualismo. Buen aporte.

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    1. Muy interesante, Álvaro, porque tanto la habitación individual como el plato individual parecen expresar un mismo proceso: la progresiva delimitación de un espacio propio dentro de prácticas que hasta entonces eran esencialmente colectivas. Dormir, comer o guardar las pertenencias comienzan a adquirir una esfera de privacidad que antes apenas existía. No es casual que ese proceso coincida con la consolidación moderna de la idea de individuo: la casa empieza a compartimentarse, aparecen ámbitos reservados y se individualizan objetos y comportamientos. La habitación individual resulta especialmente significativa: cuando alguien puede cerrar una puerta y quedarse a solas aparece físicamente un territorio para la intimidad, la lectura, la escritura y la relación con uno mismo.
      Y que esa rareza aparezca en El Quijote resulta particularmente sugerente. Don Quijote es, en cierto modo, un personaje construido desde una subjetividad radical: ve el mundo desde una conciencia propia que entra continuamente en conflicto con la realidad consensuada por los demás. Además, su aventura comienza precisamente en la intimidad doméstica, en esas largas horas de lectura en las que el individuo se retira del mundo colectivo para construir mentalmente otro. La habitación privada, la lectura silenciosa y la imaginación individual pertenecen así a un mismo horizonte cultural. Cervantes estaría registrando, quizá sin proponérselo, algo más amplio: el momento en que el individuo empieza a disponer no sólo de objetos y espacios propios, sino también de un mundo interior que considera exclusivamente suyo. En ese sentido, la observación sobre la habitación individual tiene bastante más alcance del que parece. Muy buen aporte. Muchas gracias.

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