/ Javier González de Durana /

El 12 de septiembre de hace un año se presentó el renovado aspecto de la Plaza Chillida. Los medios cubrieron ampliamente el acontecimiento, pero en cuanto a cómo era el nuevo escenario urbano no pasaron de breves y literales descripciones; tenía desde entonces pendiente este comentario. Ese lugar tiene un interés urbanístico mayor del que su reducido tamaño podría hacer pensar. Más que una plaza convencional, funciona como un espacio de transición entre el Parque de Doña Casilda y el Museo de Bellas Artes de Bilbao: una especie de claro dentro del parque que, al mismo tiempo, construye un umbral ante la arquitectura museística. De hecho, su condición actual procede de la remodelación del acceso sur realizada entre 1997 y 2001. El Ayuntamiento decidió entonces dar a este espacio el nombre de Plaza Eduardo Chillida, puesto que en el ángulo próximo al encuentro entre los dos volúmenes del museo se instaló el hormigón del escultor donostiarra Lugar de encuentros IV (1973), levitando sobre el suelo, a unos 60 cm de distancia.
Lo más acertado del conjunto, desde mi punto de vista, es su escala intermedia. No intenta competir con el parque ni convertir el acceso al museo en una explanada monumental. La superficie pavimentada se introduce entre los árboles formando una secuencia de bandas y piezas de granito gris que acompaña al visitante hasta la entrada. El pavimento no ocupa todo el espacio: los parterres de césped y el arbolado siguen siendo protagonistas, de manera que la plaza conserva una condición casi paisajística.
El arbolado maduro es el elemento urbanístico de mayor valor. Los grandes plátanos, con sus troncos de considerable diámetro y sus copas entrelazadas, producen una cubierta vegetal que da profundidad al espacio y establece una escala humana frente al volumen del museo. Constituyen una auténtica arquitectura vegetal, capaz de filtrar la visión del edificio y de introducir una temporalidad que contrasta con la geometría precisa de la arquitectura.
También resulta interesante la relación entre los materiales. La piedra gris del pavimento, el vidrio, el metal y los planos geométricos de la arquitectura del museo forman un lenguaje abstracto, mientras que los troncos, las hojas, el césped y la superficie irregular del terreno introducen una dimensión orgánica. El espacio funciona, por tanto, por contraste entre geometría y naturaleza, pero sin que una de ellas llegue a imponerse sobre la otra.
Para Chillida la escultura tenía una dimensión espacial: materia, vacío, límite y relación con el cuerpo del espectador, dando especial importancia a la ubicación de sus obras en espacios públicos para que el espectador pudiera experimentar su propia dimensión en relación con ellas. Aquí su Elogio del hierro III ayuda a construir el significado del lugar. La escultura convierte la plaza en algo más que un acceso: introduce un punto de concentración espacial y perceptiva dentro de la secuencia parque–plaza–museo, estableciendo una relación entre arte, arquitectura, paisaje e identidad material de la ciudad. Elogio del hierro III (1990) se halla cerca de la ruta del parque por donde pasea la gente, está más cerca y es más visible de lo que resultaba el hormigón Lugar de encuentros IV (ahora en el Atrio Arriaga con un mejor sistema de guindado al ser menos invasivo visualmente que el que tenía cuando se encontraba en el ángulo exterior).

Respecto a cómo era la Plaza Chillida antes de esta última reforma, encuentro varias mejoras. La primera es la claridad espacial. La configuración anterior tenía algo de espacio residual: césped, árboles, pavimentos, terraza de cafetería y acceso al museo aparecían yuxtapuestos, pero sin una lectura espacial nítida. La nueva intervención ordena mejor las superficies duras y blandas y hace que el recorrido hacia la entrada resulte más evidente. El pavimento gris genera una especie de alfombra pétrea continua que conduce al edificio y, al mismo tiempo, deja los árboles dentro de superficies verdes bien delimitadas.
La segunda es la relación entre el museo y el parque. Antes el acceso parecía más bien una puerta del edificio situada dentro de un jardín. Ahora la plaza tiene mayor capacidad para funcionar como espacio intermedio, como verdadero umbral entre Doña Casilda y el museo. Esto encaja además con la concepción actual de la ampliación: el propio museo plantea el eje entre la plaza Chillida, el Atrio Arriaga y el cuerpo frontal del edificio de 1945 como elemento fundamental de la nueva organización.
Hay también una mejora evidente en la jerarquización de los recorridos. La antigua configuración tenía caminos que se aproximaban a la entrada de una manera algo arbitraria; ahora los recorridos tienen una geometría más legible y permiten atravesar el espacio sin tener que «buscar» la puerta. Esto es importante en un museo, porque el espacio exterior pasa a formar parte de la experiencia de llegada.
Un cuarto aspecto es la calidad material. El pavimento nuevo tiene una presencia mucho más arquitectónica que las superficies anteriores, pero sin recurrir a materiales estridentes. El granito gris establece una continuidad bastante elegante con la arquitectura contemporánea del museo y, sobre todo, permite que sean los árboles y la escultura los que aporten la complejidad visual. Esto es sobriedad: en vez de llenar la plaza de elementos, se ordena el suelo.
También me parece acertada la decisión de no competir con el arbolado maduro. El nuevo diseño no intenta convertir la plaza en una explanada representativa sacrificando su carácter de jardín. Al contrario, el proyecto de ampliación del museo preserva el arbolado de la Plaza Chillida y ha evitado intervenciones invasivas en su entorno. Esto es importante porque esos plátanos son los que dan al lugar su escala, sombra, profundidad y carácter.

Y hay una mejora menos evidente pero importante: la plaza ahora parece más preparada para la nueva condición urbana del museo. La reforma de 1997-2001 había creado la Plaza Chillida como uno de los nuevos accesos al edificio, pero su concepción respondía a un museo que tenía una relación más bien lateral con el parque. Ahora es un edificio mucho más permeable y conectado con la ciudad.
Tan sólo señalaría una reserva: la plaza ha ganado en orden y funcionalidad, pero quizá ha perdido algo de la informalidad y cierta ambigüedad paisajística que muestran fotografías antiguas del lugar: un espacio más espontáneo, con césped, árboles, bancos y superficies de tierra o pavimentos menos rigurosamente definidos. Esa condición tenía también cierto encanto: el edificio parecía encontrarse dentro del parque, no delante de una plaza diseñada. La nueva intervención es más limpia, más accesible y más representativa, pero también algo más domesticada y arquitecturizada.
Se puede decir que la principal virtud de la Plaza Chillida está en que no pretende ser espectacular. Su calidad reside en la articulación de elementos sencillos, como árboles maduros, césped, pavimento, recorrido peatonal, escultura y fachada, para producir un espacio de transición muy equilibrado. Es, en cierto modo, una plaza que se comporta como jardín y un jardín que adquiere estructura de plaza. Y esa condición resulta muy adecuada para el museo: antes de entrar en el espacio concentrado y abstracto del arte, el visitante atraviesa un lugar en el que arquitectura, naturaleza y escultura ya están planteando, a escala urbana, el mismo problema que Chillida convirtió en uno de los ejes de su obra: cómo construir espacio a partir de la relación entre materia y vacío. En otras palabras, la mejora principal no está en que la plaza sea ahora más bonita, sino en que está mejor construida como espacio urbano. Antes era un jardín al costado del museo; ahora se aproxima mucho más a ser una plaza-jardín que forma parte del propio museo y de su relación con la ciudad. Esa, a mi juicio, es la diferencia sustancial.

Última hora: acabo de descubrir que en el espacio que muestra la imagen aquí arriba se está instalando una escultura de Cristina Iglesias. Se trata de Celosía XI (Hafsa Bint Al-Hayy), de 2006, una instalación monumental de gres compuesta por grandes pantallas caladas que forman un recinto laberíntico. Mide aproximadamente 2,50 × 5,80 × 6 metros y pertenece a una colección privada de Madrid. Su instalación en la plaza Chillida forma parte del homenaje expositivo a Plácido Arango. Esta presencia no modifica en nada mis comentarios anteriores sobre la Plaza Chillida.
«Antes era un jardín al costado del museo; ahora se aproxima mucho más a ser una plaza-jardín que forma parte del propio museo y de su relación con la ciudad.» Excelente apreciación. Gracias.
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Muchas gracias, Vicente. En efecto, el cambio no consiste únicamente en mejorar o ajardinar el espacio exterior, sino en transformar su condición urbana. Antes ese jardín era un ámbito relativamente autónomo; ahora se acerca más a una prolongación del propio museo. Se convierte así en un espacio de transición, estancia y encuentro que desdibuja el límite entre la institución y la ciudad, hace más accesible su presencia y extiende la experiencia del museo más allá de sus muros.
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