Dinamarca, a 1.500 kilómetros

Resulta reconfortante saber que para remodelar la plaza del Ensanche ha sido necesario mirar tan lejos. El autor del diseño explicaba que el proyecto se había inspirado «sobre todo en Dinamarca», donde se cuidan especialmente los espacios urbanos. La referencia es irreprochable: Copenhague lleva décadas demostrando que una ciudad puede conceder al peatón, al árbol, al agua y a la bicicleta una consideración que durante demasiado tiempo reservamos aquí al automóvil. El problema empieza cuando uno levanta la vista del plano y recuerda que Bilbao no está exactamente a orillas del Báltico.

El propio proyecto parece reconocerlo. Antes de diseñar la plaza se han estudiado temperatura, orientación solar, radiación, nubosidad y demás condiciones climáticas; es decir, todo aquello que confirma que el clima bilbaíno no es el danés. Se anuncian 38 árboles de ocho especies, 360 arbustos, tres pérgolas vegetales, recogida y reutilización del agua de lluvia y la voluntad de crear un «refugio climático». Todo ello resulta razonable y, con gran seguridad, mejorará considerablemente la plaza anterior.

La pequeña paradoja está en necesitar a Dinamarca para descubrir algunas virtudes que Bilbao conocía desde bastante antes de que aprendiéramos a decir sostenibilidad. Una plaza con árboles de copa generosa, sombra en verano, bancos bien situados, pavimentos sensatos y lugares donde permanecer sin obligación de consumir pertenece también a la tradición urbana europea y, desde luego, a la bilbaína. El Ensanche histórico sabía bastante de calles arboladas, soportales, jardines y espacios públicos proporcionados. Si la nueva plaza consigue que alguien pueda atravesarla, sentarse, conversar, esperar o simplemente estar allí confortablemente, los daneses habrán prestado un buen servicio. Aunque acaso descubramos entonces que, para algunas de esas cosas, tampoco hacía falta viajar tan al norte.

Una plaza no es sólo una cuestión de diseño, vegetación, sombra o mobiliario; es también un lugar usado diariamente por quienes viven y trabajan alrededor. Antes de acudir a Dinamarca para aprender cómo debe ser un espacio público amable, podría haberse preguntado a los vecinos qué funcionaba en la plaza anterior, qué echaban de menos, dónde preferían sentarse, por dónde la atravesaban o qué esperaban encontrar en la nueva. No para trasladar literalmente sus deseos al proyecto, sino para incorporar un conocimiento del lugar que ningún estudio climático proporciona. La experiencia nórdica puede enseñar mucho sobre cómo hacer buenas plazas; los vecinos, quizá, sobre cómo hacer precisamente esta plaza.

/ Javier González de Durana /

7 comentarios sobre “Dinamarca, a 1.500 kilómetros”

  1. Querido Javier!

    Como siempre tratas temas que nos interpelan a todos, incluso a los que te seguimos desde el paralelo 28 norte.

    Creo que puede haber razones sencillamente prácticas para acudir a experiencias modelo de otras latitudes alejadas del emplazamiento del proyecto.

    Vivimos en una inmediatez absolutamente desquiciante, todo es para dentro de tres días, una plaza o un edifico judicial. Nadie entiende que los proyectos hay que estudiarlos y conllevan miles de decisiones, especialmente en la obra pública. Luego nos reprochan los modificados, los excesos de presupuesto, las decepciones funcionales…

    Yo tengo la sensación de que muchas veces entregamos panes crudos, sacados del horno antes de tiempo. Y no es una cuestión de meter más gente en el estudio, es de hacer las cosas bien. Entre eternizarnos y precipitarnos debe haber un término medio razonable.

    Las experiencias ajenas son una especie de atajos y si están bien elegidas pues vamos salvando los muebles…

    Un saludo cordial!

    José Manuel

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    1. Muchas gracias por el comentario, y más aún llegando desde el paralelo 28 norte. Siempre me hacen feliz los ecos que me llegan desde Tenerife. Estoy de acuerdo contigo en que mirar experiencias ajenas puede ser un buen atajo, sobre todo cuando permite aprovechar soluciones ya ensayadas y evitar errores conocidos. Y también en que esa aceleración permanente que padecemos acaba siendo bastante incompatible con la arquitectura: un proyecto necesita tiempo para pensarse, corregirse y madurar.
      En el caso concreto de la plaza del Ensanche, sin embargo, creo que se da una circunstancia algo paradójica. Tiempo ha habido. Bajo esa plaza se han construido cinco plantas de aparcamiento, una obra compleja que ha ocupado más de tres años. Es decir, mientras se excavaba, se construía y se resolvía todo ese enorme dispositivo subterráneo, la plaza que finalmente iba a quedar encima ha dispuesto de un periodo nada desdeñable para ser pensada. Por eso me interesa especialmente este caso: no parece que estemos ante uno de esos «panes crudos» que describes, sacados del horno por falta material de tiempo.
      Y, desde luego, tampoco me parece reprochable mirar hacia Dinamarca o hacia cualquier otro lugar. Al contrario: la arquitectura siempre ha avanzado mirando lo que otros hacían bien. Mi pequeña reserva está en otra parte: en que, después de mirar tan lejos, sepamos mirar también lo que tenemos a pocos metros, cómo se usan realmente nuestras plazas, dónde busca la gente el sol o la sombra, dónde se sienta, por dónde cruza y qué espera encontrar en ellas. Quizá el mejor proyecto sea precisamente el que consigue hacer compatibles ambas miradas. Un fuerte abrazo, querido Juan Manuel.

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  2. Idílico mundo de consulta a los ciudadanos. Vamos a descubrir ahora cómo es un parque plaza agradable y disfrutable. La foto es una indirecta muy directa. Suelos de arena de río, parterres, agua en el aire, filtro vegetal y algo agradable para mirar. Un mundo perdido, inventado hace muchos siglos.

    El problema es que el arte hoy tiene una simbología que no tuvo en cuenta Panofsky, al margen de formas y usos: el alineamiento con el progreso correcto. Las corporaciones y arquitectos se libran muy mucho de crear armonía con el lugar, con la normalidad humana, con la escala diaria. Tamaños, materiales, direcciones y texturas son ajenos al confort y el aprecio material que siempre produjo la percepción estética.

    Acertado comentario, que sirve para las obras de Bilbao de los últimos 20 años.

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    1. Totalmente de acuerdo, Agustín; has leído la imagen y la intención con precisión milimétrica. Esa desconexión entre el diseño moderno, que busca desesperadamente alinearse con el «progreso correcto», y la verdadera escala humana es lo que está vaciando de alma nuestras ciudades. Y sí, el ejemplo del Bilbao de las últimas dos décadas es tristemente certero: la habitabilidad y el confort ya no cotizan al alza.
      Pero te confieso algo más sobre esa «indirecta muy directa»: la elección de esta foto en particular no es sólo una reivindicación estética o urbanística, es totalmente deliberada por un motivo muy personal. Nací en uno de los edificios que conforman esa plaza, exactamente tal y como aparece reproducida en la imagen. Ese suelo de arena de río, los parterres y los árboles dando sombra a los bancos, perfectamente alineados, fueron mi jardín de infancia al aire libre.
      Quizás por eso me resulta imposible transigir con estas nuevas plazas, frías y descontextualizadas. Cuando has tenido el privilegio de crecer en un «mundo perdido» diseñado a la medida de la normalidad humana, la pérdida de esa armonía duele el doble.

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      1. Hace unos años en París sucedio lo mismo: La alcaldía quería modernizar una plaza parque que se había quedado»anticuada» . suelo de arena, árboles, bancos, fuente. Lamento no acordarme del nombre. Varios proyectos, todos rupturistas. El maravilloso centro de distrito preguntó a los vecinos: La respuesta, maravillosa: que se quede como está, bancos arreglados, algunos arreglos en la fuente, mejorar con arena nueva el suelo.Ahora no sé si fue en París o algún otro municipio, seguro que en Francia. El parque de mi infancia, pequeño remedo de paraíso terrenal, también se convirtió en un parking, también hicieron un desierto gestual arriba. Da mucho miedo comprobar que no todo es dinero, también hay mucha ignorancia y prepotencia en los arquitectos «digitales» (nombrados a dedo).

        La destrucción sin sentido del parque de nuestras tardes es un trauma que no desaparece nunca.

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      2. Historia reveladora la que cuentas y qué razón tienes. Esa destrucción sistemática de los espacios de nuestra memoria para colocar una enorme losa de hormigón -con la excusa de la modernidad y el premio de un lucrativo parking debajo- es un trauma urbano que compartimos muchos. Describe a la perfección la soberbia de ciertos arquitectos y planificadores que diseñan para la revista y desprecian por completo el confort real, la escala humana y el apego emocional.
        Sobre el caso que mencionas, tiene toda la pinta de haber ocurrido en París. En la capital francesa, a través de sus Budgets Participatifs (presupuestos participativos), las alcaldías de distrito han intentado en varias ocasiones imponer proyectos vanguardistas para rediseñar las tradicionales plazas ajardinadas de barrio. Y efectivamente, la respuesta vecinal ha sido a menudo una lección de sentido común: un rechazo frontal al diseño de autor exigiendo simplemente reponer el sable (el suelo de arena), restaurar los icónicos bancos verdes de fundición y reparar las fuentes tradicionales. La gente no quiere un concepto abstracto, quiere su parque.
        Viendo lo que ha pasado en tantas ciudades y el daño irreversible que causan estas intervenciones, te confieso que cruzo los dedos. Solo espero que a ningún munícipe iluminado se le ocurra jamás la «brillante» idea de vaciar el subsuelo para hacer un aparcamiento subterráneo bajo los Jardines de Albia o destrozar el entorno clásico de la pérgola del parque. Perder esa sombra centenaria y ese patrimonio vivo para que nos planten otro «desierto gestual» de granito sería una tragedia irreparable para la ciudad.

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