
Este modelo de reja en las ventanas en la planta baja de la fachada principal y a la calle lateral de Bailén 1 suele pasar inadvertido frente a la notoriedad del edificio al que pertenece, el llamado Rascacielos de Bailén, proyectado por Manuel I. Galíndez, con José María Chapa, a comienzos de los años cuarenta y concluido hacia 1946. Sin embargo, precisamente por su condición secundaria permite observar muy bien cómo determinados principios formales del edificio descienden hasta los elementos de menor escala. El inmueble combina una organización racional y desornamentada con ciertos ecos art déco más un poco de retórica monumental propia del primer franquismo.
La reja parte de una estructura elemental: barras verticales, paralelas y regularmente espaciadas. Sobre ese orden se disponen círculos de igual diámetro a distintas alturas, alternativamente desplazados, produciendo una secuencia que parece continuar más allá de los límites de la ventana. No existe simetría enfática ni motivo central; hay ritmo, repetición y desplazamiento. Los círculos interrumpen las líneas verticales sin destruirlas y convierten una protección de seguridad en una composición abstracta extraordinariamente sencilla.
Ese procedimiento guarda relación con el propio edificio. Bailén 1 fue concebido como dos cuerpos, uno bajo, trasero y relacionado con las construcciones de La Naja, y otro vertical y delantero que remata el conjunto. Su fachada manifiesta una clara voluntad de orden, repetición y reducción ornamental. La reja reproduce a otra escala esa disciplina: las barras recuerdan la insistencia vertical de los huecos y elementos estructurales, mientras los círculos introducen una leve anomalía dentro de la pauta, del mismo modo que Galíndez sabía introducir elementos singulares sin quebrar el orden general.
Hay también algo característico de cierta modernidad de los años treinta y cuarenta: la ornamentación no desaparece completamente, sino que deja de ser aplicada y figurativa para convertirse en geometría. Un círculo no representa nada; vale por su proporción, su repetición y su relación con la línea. De ahí que la reja pueda recordar tanto algunos diseños art déco como las investigaciones abstractas de las vanguardias, sin necesidad de atribuirle una filiación concreta.
Su mérito reside justo en esa modestia. Galíndez no necesitaba convertir cada detalle en una declaración arquitectónica. Bastaban unas barras y unos aros para que una exigencia funcional participase del lenguaje del edificio. La buena arquitectura se reconoce también allí donde aparentemente no estaba obligada a decir nada.
/ Javier González de Durana /


Un motivo más para un buen paseo ciudadano.Gracias.
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En este edificio de ADIF tiene su sede AVPIOP y por esa puerta accedo a la sede. Siempre me ha parecido interesante en su simplicidad pero, desde hoy, no podré atravesarla sin mirarla de un modo más racional y consciente.
Fue una pena que en la última intervención el edificio perdiera la fachada original de elementos prefabricados y las coherentes y estilizadas carpinterías metálicas en todos los huecos de los pisos. Aparentemente no ha cambiado mucho, pero algo hemos perdido del proceso constructivo de los cuarenta y de la realización de las arquitecturas de Galíndez.
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