Espejos en la ría y el Cantábrico: la tierra en el museo

La naturaleza ya no aparece en los museos contemporáneos como un simple paisaje agradable ni como un decorado destinado a acompañar discursos culturales. Ha dejado de ser el telón de fondo romántico ante el que la cultura demostraba sensibilidad para convertirse en algo bastante más incómodo: una prueba de cargo contra el propio modelo económico y territorial que hizo posibles muchos de los grandes museos actuales. Pocas veces se aprecia tan claramente como al comparar dos de las propuestas más relevantes de la temporada en el norte peninsular: “Artes de la Tierra”, en Guggenheim Bilbao Museoa, y “Yuko Mohri. Entrelazamientos”, en el Centro Botín de Santander.

Las dos exposiciones parten de una constatación compartida. La crisis climática ha dejado de ser un asunto reservado a científicos y activistas para instalarse de lleno en el debate cultural. La degradación de los ecosistemas, la contaminación, el agotamiento de recursos o la desaparición de especies obligan al museo contemporáneo a preguntarse hasta qué punto forma parte del mismo problema que denuncia. Más que en la calidad de las muestras, ya que ambas son sólidas y están cuidadosamente construidas, las diferencias aparecen en la manera de entender la relación entre arte, territorio y responsabilidad. En el fondo, Bilbao y Santander representan dos aproximaciones bastante distintas a una misma cuestión.

La exposición “Yuko Mohri. Entrelazamientos” (hasta el 6 de septiembre) resulta especialmente interesante por esa diferencia de enfoque. Frente a la tendencia habitual a representar la crisis ecológica mediante imágenes espectaculares o discursos de gran escala, la propuesta del Centro Botín se mueve en el terreno de lo cercano, de lo casi imperceptible y de las relaciones cotidianas entre seres humanos y ecosistemas. El propio título remite a una red física de dependencias entre cuerpos, objetos, sonidos, tecnologías y procesos naturales.

La práctica artística de Yuko Mohri funciona precisamente sobre esa idea. Combinando artes visuales y música experimental, transforma fenómenos físicos normalmente invisibles, como la humedad, el calor, el magnetismo, la gravedad o pequeñas fluctuaciones energéticas, en sonido, movimiento y luz. Sus instalaciones, construidas a partir de objetos corrientes, instrumentos musicales y circuitos electrónicos, funcionan como delicados sistemas de resonancia. Más que representar la naturaleza, muestran hasta qué punto vivimos inmersos en complejas redes materiales que suelen pasar desapercibidas.

Frente a ello, “Artes de la Tierra” (ya clausurada tras permanecer abierta hasta el pasado 3 de mayo) apostaba por una ambición mucho más amplia. La exposición del Guggenheim no se limitaba a reunir obras sobre naturaleza o medio ambiente, sino que proponía una lectura en la que ecología, tecnología, economía y política aparecían entrelazadas dentro de un mismo sistema. Muchas piezas evitaban el ecologismo decorativo y las visiones sentimentales del paisaje amenazado. No buscaban tranquilizar al visitante, sino transmitir incertidumbre, fragilidad y desequilibrio. El Antropoceno no puede explicarse mediante imágenes atractivas de bosques o mares en peligro. La exposición intentaba mostrar la magnitud del problema y las complejas fuerzas económicas y técnicas que han transformado el planeta. El visitante salía pensando menos en “la naturaleza” como concepto abstracto que en las consecuencias materiales de un modelo económico basado en el crecimiento permanente.

En ese punto aparecía la contradicción más visible de la propuesta. No dentro de las salas, sino fuera de ellas. Resultaba difícil separar el discurso ecológico de la exposición de las polémicas asociadas a la expansión de la marca Guggenheim en un espacio sensible como es la Reserva de la Biosfera de Urdaibai. Los debates sobre nuevas infraestructuras, presión urbanística y desarrollos turísticos proyectaban inevitablemente una sombra incómoda sobre cualquier mensaje ambiental impulsado desde la institución.

Y no era una contradicción pequeña. El Guggenheim se convirtió desde finales de los años noventa en símbolo internacional de una idea muy concreta: utilizar la cultura como motor económico, turístico e inmobiliario. Lo que entonces parecía un éxito indiscutible hoy se observa con mucha más cautela. Resulta difícil ignorar que el turismo masivo, el consumo continuado de recursos y determinadas dinámicas urbanísticas forman parte también de la crisis ecológica contemporánea.

La paradoja recorría toda la exposición. Mientras las obras cuestionaban los efectos del crecimiento ilimitado, el museo seguía funcionando como uno de los grandes emblemas europeos de ese mismo modelo expansivo. La crítica ecológica estaba articulada con inteligencia dentro del edificio, pero alrededor continuaba operando la compleja maquinaria económica y turística que sostiene su proyección internacional. Existe así el riesgo de que la conciencia ambiental termine convertida en una experiencia cultural sofisticada más, integrada en los circuitos globales del consumo turístico, sin llegar a cuestionar de forma efectiva las dinámicas materiales que denuncia.

En comparación, “Entrelazamientos” transmite una sensación de mayor coherencia entre el contenido y el contexto institucional desde el que se formula. La exposición no necesita recurrir a la espectacularidad ni convertir la crisis ecológica en un gran acontecimiento visual. Trabaja desde la cercanía, desde el cuidado y desde una idea de sostenibilidad ligada a las relaciones cotidianas. Renuncia al tono apocalíptico para construir una reflexión más serena sobre nuestra convivencia con el entorno.

Esa diferencia también afecta al modo en que cada exposición aborda la propia experiencia ecológica. Mientras “Artes de la Tierra” enfatiza la dimensión global y sistémica de la crisis, la propuesta de Mohri insiste en que buena parte de nuestra relación con el medio ambiente se juega en esos pequeños flujos acústicos, energéticos, atmosféricos y materiales que sostienen silenciosamente la vida cotidiana.

Ahí reside el gran interés de “Entrelazamientos”. El título de la exposición no alude únicamente a una conexión simbólica entre arte y ecología, sino a una trama física de interdependencias. Frente a la lógica monumental con la que muchas veces se representa la crisis climática, la propuesta del Centro Botín trabaja desde lo mínimo, lo frágil y lo casi imperceptible. Renunciando al tono apocalíptico, la ecología deja de aparecer como un gran relato sobre el colapso planetario para convertirse en una experiencia concreta construida en un espacio más sereno. Por eso “Yuko Mohri. Entrelazamientos” transmite una sensación de mayor coherencia entre lo que dice y el lugar desde el que lo dice. La exposición no necesita convertir la crisis ecológica en un gran espectáculo visual para hacerla visible. Trabaja desde la cercanía, desde la reflexión y desde una idea de sostenibilidad más vinculada al cuidado y a las relaciones cotidianas.

La comparación entre Bilbao y Santander acaba reflejando dos maneras distintas de entender el papel del museo contemporáneo. Bilbao sigue representando la lógica de la gran institución global, apoyada en la arquitectura icónica, la atracción de turismo internacional y la producción de grandes acontecimientos culturales. Santander apuesta por una aproximación más territorial, más social y menos dependiente del impacto espectacular.

Ninguno de los dos modelos resulta completamente suficiente por sí solo. Bilbao corría el riesgo de convertir la crítica ecológica en un producto cultural fácilmente absorbible por el turismo global. Santander, por el contrario, puede quedarse en ocasiones en una discreción que dificulte confrontar las grandes estructuras económicas responsables del deterioro ambiental. Por ello ambas exposiciones terminaban complementándose de manera interesante. Una ayudaba a comprender la escala global del problema, la otra recordaba que toda crisis ecológica acaba afectando siempre a lugares concretos, comunidades concretas y formas concretas de vida.

Quizá esa sea la pregunta que sigue flotando tanto sobre la ría de Bilbao como sobre la bahía de Santander: si el museo contemporáneo puede seguir limitándose a representar la crisis ecológica o si ha llegado el momento de revisar con mayor profundidad las estructuras económicas, urbanísticas y turísticas que sostienen buena parte de la cultura contemporánea. Porque el verdadero reto ya no consiste en hablar de la naturaleza, sino en decidir de qué manera queremos convivir con ella.

5 comentarios sobre “Espejos en la ría y el Cantábrico: la tierra en el museo

  1. Me parece acertada la lectura de las incoherencia del Guggenheim y terrible la omisión de las incoherencias del centro Botín.

    El centro Botín es parte del aparato cultural del banco Santander, líder mundial en contribución al cambio climático y destrucción de la biodiversidad:

    https://www.economiasolidaria.org/recursos/informe-banking-on-climate-chaos/

    https://es.greenpeace.org/es/en-profundidad/destroyers-planeta-cumbres-clima-biodiversidad/santander-dinero-destruccion-y-responsabilidad-social-corporativa/

    (por poner dos fuentes, pero es tan exagerado que aunque no publica sus préstamos e inversiones muchas ONG lo investigan es fácil encontrar información)

    Si con coherencia se refiere a ignorar el problema pegandose con el zoom a detalles sin contexto para no señalarse culpable lo podría comprar, si al menos las personas redactoras del artículo lo hubieran señalado igual que las incoherencias del Guggenheim.

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    1. Gracias por el comentario. Entiendo la crítica y la asumo. Comparto en buena medida la crítica hacia el papel que desempeña una parte de la banca internacional en numerosos problemas medioambientales y sociales. No creo que hoy sea ningún secreto que grandes entidades financieras han participado, directa o indirectamente, en la financiación de actividades con un enorme impacto sobre el clima, la biodiversidad o determinadas comunidades humanas. Es un debate legítimo y necesario.
      Ahora bien, mi observación no iba dirigida a realizar una auditoría moral completa de todas las instituciones culturales ni de las fuentes de financiación que existen detrás de ellas. Si lleváramos ese criterio hasta sus últimas consecuencias, difícilmente quedaría en pie una sola gran institución cultural contemporánea. Museos, centros de arte, universidades, fundaciones, festivales o proyectos patrimoniales mantienen vínculos, en mayor o menor medida, con empresas, administraciones o sectores económicos cuya trayectoria puede ser cuestionada desde distintos puntos de vista. El campo de las incoherencias sería prácticamente inagotable.
      Lo que he querido señalar es algo más concreto: una incoherencia particularmente visible y flagrante. No se trataba de exonerar al Centro Botín ni de ignorar los debates que suscita la relación entre cultura, patrocinio y poder económico, sino de llamar la atención sobre una asimetría.
      En otras palabras, mi argumento no es que el Guggenheim sea incoherente y el Centro Botín no lo sea. Entiendo perfectamente la cuestión que planteas sobre la vinculación del Centro Botín con el Banco Santander. Lo único que sostengo es que el objeto de mi comentario era señalar una incoherencia específica y evidente, no elaborar un inventario exhaustivo de todas las contradicciones que atraviesan el sistema cultural contemporáneo. Resultaría agotador.

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      1. Entiendo tu punto de vista y en gran medida lo comparto. He sentido necesaria mi aportación porque especialmente por las partes en que se dice que <<Frente a la lógica monumental con la que muchas veces se representa la crisis climática, la propuesta del Centro Botín trabaja desde lo mínimo, lo frágil y lo casi imperceptible. Renunciando al tono apocalíptico, la ecología deja de aparecer como un gran relato sobre el colapso planetario para convertirse en una experiencia concreta construida en un espacio más sereno. Por eso “Yuko Mohri. Entrelazamientos” transmite una sensación de mayor coherencia entre lo que dice y el lugar desde el que lo dice».>> y que <<Bilbao sigue representando la lógica de la gran institución global, apoyada en la arquitectura icónica, la atracción de turismo internacional y la producción de grandes acontecimientos culturales. Santander apuesta por una aproximación más territorial, más social y menos dependiente del impacto espectacular.>>. Siento que se trasmite la idea de que el centro Botín tiene una coherencia y legitimidad que considero completamente irreal. Por un lado, si no consigue ser «arquitectura icónica que atrae turismo» no es porque no lo intente y además su construcción intentó ser, por el mero capricho de los Botin de alinear literalmente sus edificios, en un lugar emblemático que sólo la lucha vecinal consiguió desplazar (la grua de piedra). Por otro lado, la influencia y caciquismo de esta familia en la ciudad en la que cualquier crítica al banco se hace con la boca muy pequeña es enorme, y el centro Botín una más de sus expresiones/contraprestaciones, lo cual lo hace un lugar muy poco propicio y coherente para cualquier crítica a situaciones globales o locales agravadas por las inversiones y créditos de su mecenas.

        Desde luego agradezco que incluyeras la reflexión «Santander, por el contrario, puede quedarse en ocasiones en una discreción que dificulte confrontar las grandes estructuras económicas responsables del deterioro ambiental» (entre las que se encuentra el banco y la familia que lo nutre) y coincido con la importancia de la pregunta final que planteas: «si el museo contemporáneo puede seguir limitándose a representar la crisis ecológica o si ha llegado el momento de revisar con mayor profundidad las estructuras económicas, urbanísticas y turísticas que sostienen buena parte de la cultura contemporánea.»

        Gracias por el artículo.

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      2. El Centro Botín no puede presentarse como ajeno a las lógicas de la arquitectura icónica, la proyección internacional o la construcción de marca territorial; lo haya conseguido o no, es lo que pretendió y pretende; de hecho, forma parte de ellas desde su propio origen. Además, resulta legítimo preguntarse hasta qué punto una institución promovida por una de las principales élites económicas de la región puede constituir un espacio cómodo para cuestionar las estructuras de poder de las que forma parte. Por eso me parece pertinente la cuestión final: si la cultura contemporánea debe limitarse a representar la crisis ecológica o si también ha de examinar críticamente las condiciones económicas e institucionales que la sostienen. Como escribo desde Bilbao y mi trayectoria profesional ya está hecha, no tendré ningún inconveniente en referirme a los Botín como se merecen cuando lo considere oportuno. Muchas gracias por este interesante intercambio de opiniones.

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