Arquitectura blanca y edificios-cebra

/ Javier González de Durana /

Hubo un tiempo en que los edificios, como las personas con principios, guardaban cierta coherencia entre lo que mostraban y lo que eran. La fachada no era un disfraz, sino la consecuencia de la estructura y de la vida interior. Hoy, en cambio, basta caminar por cualquier periferia o por muchos centros “renovados” para notar que la arquitectura ha optado por el maquillaje. En esos bloques híbridos de comercio y vivienda, la envolvente ya no explica nada: funciona como reclamo, como una piel pensada para llamar la atención. Importa menos cómo se sostiene el edificio o cómo se organizan sus espacios que el impacto rápido de una superficie que parece añadida a posteriori.

A diferencia de la vieja burguesía, que buscaba en estilos históricos —aunque fueran impostados— alguna forma de legitimidad, estos edificios no miran al pasado. No por rebeldía, sino por dependencia técnica. El muro ha dejado de ser masa para convertirse en un sistema: paneles, capas, soluciones industrializadas que envuelven una estructura que casi nunca vemos. En ese proceso, el arquitecto ha perdido parte de su control en favor de especialistas que dominan la envolvente. El proyecto se fragmenta y el diseño se acerca más a elegir sistemas que a construir un lenguaje propio.

A menudo ese resultado se acompaña de un lenguaje inflado: “modulación”, “ritmo”, “profundidad”. Pero lo que aparece delante es, en muchos casos, una caja convencional cubierta por un juego gráfico. El contraste, las líneas, las texturas buscan dinamismo, pero también distraen. Sirven para ocultar la repetición de plantas y la lógica económica que manda sobre el conjunto. No es tanto una arquitectura expresiva como una estrategia para no parecer lo que es.

El problema es que la fachada es lo primero que envejece. Estos sistemas, tan precisos en origen, no tienen la tolerancia de los materiales tradicionales. Cuando algo falla, se nota; cuando el tiempo pasa, no hay transformación, solo desgaste. Frente a la piedra o el ladrillo, que ganaban carácter, estos materiales tienden a perderlo: se decoloran, se ensucian, envejecen mal.

Hemos pasado de aquella arquitectura blanca del siglo XX, que soñaba con una pureza casi clásica y una racionalidad austera, a estas superficies rayadas que recuerdan más a la cirugía estética que a la construcción. El muro cortina, que un día fue una transparencia liberadora, es hoy una máscara opaca que ignora la vida interior. Todo es marketing, urgencia por diferenciar el producto en un mercado saturado. El riesgo es que, al durar la arquitectura mucho más que la moda, en unas décadas estas fachadas que hoy pretenden ser audaces y seductoras se nos aparecerán como artefactos cansados, tan fechados y melancólicos como un escaparate de la temporada pasada, revelando finalmente el vacío de una época que prefirió el brillo del revestimiento a la verdad de la estructura.

2 comentarios sobre “Arquitectura blanca y edificios-cebra

  1. Y en los locales comerciales aparecerán los negocios franquicia que se expanden por el mundo, iguales unos a otros, gimnasios y derivados de todo tipo, incluidos los servicios de ropa y accesorios deportivos, clínicas de nutrición, dietética y estética. Casi todo para que los cuerpos y las almas se parezcan también a las fachadas. Abrazos Javier.

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    1. Vivo en la vecindad de un museo muy muy turístico de Bilbao y antes los comercios en las calles próximas se dedicaban a la venta de productos vinculados a la actividad portuaria en la ría: herramientas, carpinterías, pequeños talleres, ferreterías… ahora son del tipo que tu mencionas, Santi, y lo que más me sorprende es que los turistas entran a comprar cosas en ellos, ¿no saben que en sus ciudades de origen existen comercios con el mismo nombre y los mismos productos que los que ven aquí? Me temo que será como dices, en esos edificios nuevos habrá más gimnasios y clínicas de estética, chucherías sin sentido… Abrazos.

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