De taller a museo: recorrido, memoria y mediación

/ Javier González de Durana /

A Jesús García Sáiz

La próxima apertura del nuevo espacio expositivo para la colección de arte ALKAR Contemporary es una magnífica noticia esperada en Bilbao desde hace ya algunos años. Concebido por estudioHerreros, el trabajo se ha planteado como un ejercicio de profunda transformación más que como una simple adecuación funcional. Ocupa 1.300 m² distribuidos en tres plantas (PB, P-1 y P+1) de un antiguo taller mecánico y garaje en el inmueble 33 de la Alameda de Mazarredo, diseñado en 1953 por el notable arquitecto José María Sainz Aguirre. Está previsto que el espacio sea inaugurado y abierto al público durante el mes de junio.

A partir de aquel origen industrial se articula una reflexión sobre la memoria del lugar, la reutilización y la capacidad de la arquitectura para reconfigurar significados. Lejos de borrar el pasado, el proyecto lo asume como materia de trabajo. La intervención parte de una lógica de sustracción: eliminar lo innecesario para revelar la estructura latente del edificio y configurar un lugar para el arte donde la contemplación, la investigación y la interacción se entrelazan.

La reorganización espacial interior responde a la fragmentación de las plantas. Sin limitarse a dividir, los muros construyen situaciones: encuadres parciales, diagonales visuales, fondos inesperados… Esta estrategia multiplica la superficie expositiva y disuelve la idea de sala cerrada. El espacio se vuelve ambiguo, difícil de abarcar en una sola mirada, lo que intensifica la atención y favorece una experiencia más lenta y consciente. 

Las nuevas escaleras, tres, son elementos de conexión, pero también dispositivos narrativos que estructuran el recorrido y construyen una secuencia espacial. La escalera curva de acceso introduce una ruptura con la ortogonalidad dominante y las otras dos conexiones verticales evitan alineaciones directas, de modo que cada cambio de planta implica una ligera desorientación, una reconfiguración del espacio que obliga al visitante a reubicarse. Este desplazamiento constante refuerza la idea de recorrido como experiencia narrativa.

En términos materiales el proyecto establece un contraste deliberado. Las salas de exposición buscan una neutralidad casi radical -paredes y suelos como fondo silencioso-, mientras que los espacios de circulación y apoyo asumen la carga expresiva. En la planta sótano, la arquitectura se ancla en una materialidad densa y casi geológica: hormigón armado, paneles de cemento, terrazo hidráulico. En las dos plantas superiores, en cambio, emerge un lenguaje ligero y ensamblado en seco, de clara resonancia industrial: estructuras tubulares, pletinas metálicas, madera contrachapada y chapa galvanizada que configuran umbrales, mobiliario y sistemas de almacenamiento. En la planta primera se percibe con mayor claridad la distribución de usos: los espacios más públicos y colectivos se sitúan hacia la fachada, mientras que las áreas de trabajo y mediación se desplazan hacia el interior o la parte posterior. La arquitectura permite que las funciones se contaminen y activen mutuamente, sin separarlas de modo tajante. Los techos, con la estructura original de hormigón expuesta, actúan como registro temporal. Su apariencia inacabada es testimonio, no descuido: una huella que sitúa al edificio en una concreta época constructiva, evitando la ilusión de un espacio completamente nuevo.

La fachada hacia la Alameda de Mazarredo es probablemente una de las partes más reconocibles del proyecto. Tiene algo muy claro de taller o de nave industrial, sobre todo por el color verde y por cómo están resueltos los portones y las ventanas, con una precisión casi “de máquina”. No es una copia literal del pasado, pero sí mantiene ese aire industrial. Más que recrearlo, lo interpreta. Y funciona porque no intenta hacerse pasar por algo antiguo, sino que lo actualiza sin perder esa referencia. Al mismo tiempo, contrasta bastante con las plantas superiores del edificio, que tienen un carácter más doméstico. Aun así, no resulta brusco. Está bien medido, dentro de la escala de la calle. Los portones de la planta baja son clave: no parecen puertas al uso, sino casi piezas técnicas, como si todavía formasen parte de un antiguo taller. Y eso refuerza la sensación de que el edificio no ha olvidado del todo lo que fue.

La franja superior de la primera planta, con ventanas corridas y ángulos redondeados, introduce un matiz interesante. Su carácter ligeramente retro-industrial, suaviza la transición entre lo técnico y lo doméstico. No es una fachada monumental, sino una piel activa que sugiere lo que ocurre dentro: un espacio continuo, más cercano a un interior laboral que a una institución museística.

En el interior, esa misma lógica se traduce en un lenguaje material coherente, pero más táctil y cercano. La carpintería metálica, con sus esquinas curvas y el color verde, actúa como continuidad directa de la fachada, diluyendo el umbral entre exterior e interior. No hay una ruptura radical al entrar, sino una transición progresiva. Paredes y techos introducen una atmósfera cálida, con un color naranja rebajado. Esta combinación genera una tensión muy controlada: lo industrial no resulta frío ni distante, y la calidez no cae en lo blando o decorativo, reforzando una vocación de espacio intermedio, de antesala.

Lo más interesante de esta relación entre fachada e interior es que ambos comparten una misma estrategia conceptual: no representar un museo en el sentido tradicional, sino construir una identidad híbrida. Si exteriormente, el edificio se presenta como una pieza industrial reconfigurada, interiormente lo hace como un espacio de trabajo, tránsito y mediación más que como lugar solemne. Esta coherencia evita la dicotomía habitual entre una envolvente icónica y un interior neutro, proponiendo en cambio una continuidad donde cada elemento -desde el portón hasta un banco- participa de una misma narrativa material y espacial. En contraste, la fachada al patio recupera el pavés translúcido y una expresión más austera y vernácula, acorde con esos espacios secundarios, pero esenciales, de la ciudad.

Planta baja.

Planta primera.

Planta sótano.

Donde mejor se entiende el proyecto es en su sección. Ahí se ve claramente cómo se han abierto huecos entre plantas para generar dobles alturas y conectar visualmente unos espacios con otros. No todas las plantas se repiten igual, y eso se notará al recorrerlo. Hay zonas más bajas, más contenidas, y otras que de repente se abren y ganan altura. Ese contraste lo percibirá mucho el cuerpo del visitante: a veces, recogido y otras, expandido.

La estructura original permanece visible y actúa como una capa más del proyecto. Pilares, vigas y límites heredados no se ocultan, sino que se incorporan como condicionantes activos que guían la nueva organización. El resultado no es un espacio completamente nuevo, sino una transformación que mantiene memoria y espesor.

Sección longitudinal.

Lo interesante del proyecto no es tanto que llame la atención como objeto, sino cómo va a funcionar cuando se esté dentro. Todo se halla bastante medido -las alturas, los recorridos, las relaciones entre espacios-, pero sin llegar a ser rígido. Guía, pero no obliga. Eso hará que la visita no sea completamente lineal ni totalmente libre, sino algo intermedio. El recorrido no está pensado como una sucesión de salas, una detrás de otra. Más bien el visitante irá avanzando sin darse cuenta del todo de cuál es el “orden” del espacio. Hay giros, pequeños cambios de dirección, momentos en los que se dudará hacia dónde seguir. No se verá todo de golpe, se irán descubriendo las piezas poco a poco, a veces casi sin darse uno cuenta de cómo ha llegado a ellas. Tendrá algo de paseo más que de travesía dirigida, y eso funciona bien porque obligará a estar más atento, a no recorrerlo en modo automático. La arquitectura aquí no se impone, actúa como un soporte que conecta: el edificio original con lo nuevo, las obras con quien las mira, lo público con lo más íntimo del recorrido. Y en ese equilibrio es donde el proyecto realmente va a funcionar.

Más allá de su configuración física, el proyecto plantea una reflexión sobre el papel de las instituciones privadas en el ámbito cultural. Un museo de estas características no se limita a exhibir una colección; aspira a convertirse en un agente activo dentro del tejido urbano, con vocación educativa y capacidad de generar discurso, pensamiento.

Este es el segundo trabajo que estudioHerreros realiza en esta zona de Bilbao. En 2014 acondicionó para la galería de arte CarrerasMugica otro espacio industrial en el patio de manzana de c/ Heros 2, con un resultado excelente. Del fondo de mis recuerdos extraigo que el año 1995 en Alameda de Mazarredo 35 -entre los dos espacios diseñados por estudioHerreros– inauguramos REKALDE-Área 2.

Axonometría.

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