Catedral de Santiago: lo abyecto junto a lo sagrado

/ Javier González de Durana /

Secuencia de los cinco locales adosados al pórtico de la catedral de Santiago.

Las inundaciones de Bilbao en 1983 fueron trágicas por la irreparable pérdida de vidas humanas y penosas por los grandes daños materiales que causó la arriada, como se decía siglos atrás (no riada, aunque la avalancha inesperada de agua se produzca en una ría). El Casco Viejo se vio particularmente afectado y fueron muchos los locales comerciales que no pudieron recuperarse tras la catástrofe. Se perdieron empleos y resultaron perjudicados establecimientos históricos con interesantes muebles, mostradores, letreros-anuncio…, mil y un detalles que les daban el sabor de otras épocas desaparecieron.

Sin embargo, aquel desastre también tuvo algún efecto positivo. Sirvió para que, en los procesos de recuperación de negocios, rehabilitaciones estructurales y reparaciones materiales, muchas fachadas y muros construidos originalmente con buena piedra sillar, ocultos tras aplacados colocados en tiempos posteriores, volvieran a ver la luz, muchos huecos violentados con agresivas ampliaciones para introducir escaparates y puertas de acceso que rompían las composiciones originales de las fachadas fueran reconstruidos, y muchos grandes anuncios colocados en banderola sobre las fachadas de los inmuebles, peligrosamente sujetos por viejos y herrumbrosos tirafondos, pudieran retirarse (algunos, que eran interesantes como diseño, pervivían a pesar de que los negocios que anunciaban a veces habían desaparecido muchos años antes sin que nadie se hubiera molestado en eliminarlos debido al coste que implicaba).

Declarado el Casco Viejo como Conjunto Monumental desde los años 70 y transferidas al Gobierno Vasco en 1981 las competencias en materia de protección del patrimonio arquitectónico de valor histórico-artístico, desde el Departamento de Cultura tuvimos que afrontar una tarea enorme en muy poco tiempo, pero también fue una tarea grandiosa en la que se consiguieron muchos objetivos, pero no todos; lógicamente, era imposible.

Uno en el que pusimos empeño fue la eliminación de los locales comerciales adheridos al exterior del ábside de la catedral de Santiago, unos negocios con superficies útiles entre 4 y 7 metros cuadrados. Sin ningún valor constructivo o de diseño, estos anexos ocultaban y ocultan aún la noble naturaleza exterior de la catedral, sin duda más interesante y digna que esos pegotes degradantes. El Ayuntamiento no admitió que desaparecieran, quizás porque en aquel momento delicado se habrían perdido unos pocos puestos de trabajo, ya que todos esos espacios entonces funcionaban con actividad comercial, o quizás porque no se tenía claro quién era el propietario del suelo, si el municipio, la iglesia o los gestores de los negocios. El argumento con el que el Ayuntamiento ganó la partida fue que esos negocios eran la prolongación en el presente de actividades mercantiles que hundían sus raíces en una tradición que podría remontarse hasta la Edad Media. Ahí nos la dieron. Entre la cantidad de trabajo que había que atender -todo el Casco Viejo estaba patas arriba- y el empeño de algunos comerciantes por mantener su actividad en esos cuchitriles, hubimos de renunciar a que desaparecieran. Resultaba evidente que en poco tiempo se convertirían en nichos para infranegocios incompatibles con su inmediatez a un templo tardogótico, como así ha terminado por suceder. Las últimas actividades de los cinco locales en que se dividió tan estrecho espacio fueron del tipo venta de golosinas, lotería, relojería, heladería…

El criterio municipal que sirvió entonces para demoler el balcón-mirador del teatro Arriaga adosado a su fachada, una pequeña joya de la arquitectura de hierro de 1910 diseñada por Mario Camiña, no se aplicó para despejar los muros religiosos de principios del XVI. Una contradicción flagrante. También el Club Náutico, con sede en aquel privilegiado balcón, daba trabajo a varias personas, pero, claro, el teatro era y es municipal con lo que el ayuntamiento pudo hacer y deshacer; sin embargo, los locales que parasitan el ábside ¿de quién eran y son? Si han venido perteneciendo a los comerciantes, ¿quién los vendió inicialmente? ¿la iglesia, por creerse con derecho para enajenarlos al estar adosados al templo, o el ayuntamiento, por considerarlos suyos al formar parte de la calle y el espacio público?

En la actualidad los cinco locales están sin actividad (el último cerró hace un par de años) y muestran un aspecto sucio e indigno para una ciudad que pretende ser turística y un edificio que se exhibe como joya local de la arquitectura histórica. ¿Qué pensarán los turistas franceses, ingleses, alemanes… cuando vean esa desastrada rinconera? La alcaldía, que con tanta diligencia defiende los intereses del obispado en otros lugares de la Noble e Invicta Villa, consiente que en pleno corazón histórico de la ciudad el punto más abyecto se encuentre justo al lado del lugar más sagrado. Muy sorprendente para un devoto cristiano con poder edilicio: lo abyecto y lo sagrado dándose la mano. ¿Será nuestro alcalde un secreto lector de Jacques Lacan y Julia Kristeva? Nunca lo habría imaginado si no hubiese sido por esto.

De acuerdo con que en épocas medievales y posteriores los mercados al aire libre en Europa tendieron a ocupar esquinas y recodos urbanos para instalar provisionalmente una mesa y un toldillo, que en algunos casos terminaron por hacerse permanentes. Los espacios entre los contrafuertes de las iglesias, recogidos y al borde de vías de circulación, fueron lugares propicios para ello. Sin embargo, en esa misma Europa tales locales han sido eliminados hace décadas para poner en valor la arquitectura importante de verdad. De cara a que no se conviertan en recovecos de suciedad, vómitos y orines -en todas partes hay gente incívica- lo que antes estaba ocupado por minúsculos negocios ahora se halla acotado con una verja o adornado con vegetación, como en el caso de Saint-Etienne, en Dijon, por poner sólo un caso (véase imagen). Aunque lo mejor es un buen y periódico servicio público de limpieza.

Considero distintos los otros dos casos que conviven adosados a este edificio religioso: el anexo al pórtico, Ama Dablan (antigua relojería que ahora no sé qué es) en la carrera de Santiago (junto al pórtico) y la tienda de tejidos Celaya y la cafetería Baster en la calle Torre (esquina con Correo) por razones distintas. En primer lugar porque se conservan en perfectas condiciones de uso sin crear secuencias prolongadas de fachada degrada, en segundo porque en el caso de Celaya-Baster su presencia permite alinear la calle Torre respecto a la posición diagonal del claustro de la catedral sin que su presencia se perciba como un anexo y en tercer lugar porque ofrecen un incuestionable aspecto de época, años 50 y los 30, respectivamente, con alguna calidad formal. De paso su existencia permite dejar testimonio de aquello que tanto valoró el Ayuntamiento en 1983, esto es, que perviva un testimonio de esas antiguas actividades mercantiles al abrigo del templo.

Vista general de los cinco locales adosados al ábside de la catedral de Santiago.
Saint-Etienne, gótico en Dijon (Francia)

Destruir la memoria en Olabeaga

/ Javier González de Durana /

Ladera de Castrejana, casas y fondeadero fluvial de Olabeaga; fragmento de la pintura de Luis Paret y Alcázar «La ría en Olabeaga», 1784-86.

Olabeaga fue durante siglos uno de los barrios con más poderosa y singular personalidad del municipio de Abando, al que perteneció históricamente hasta que resultó engullido por la expansión del Bilbao metropolitano, sin perder por ello su carácter. Situado al borde mismo del Nervión y al pie de una pronunciada ladera vertida hacia el Norte, nunca fue un lugar climatológicamente amable (de ahí la popular identificación con Noruega), salvo quizás durante los días de verano, cuando la sombra de Castrejana y la cercanía del agua alivian la humedad pegajosa del bochorno. Contemplar las puestas de sol estivales, cerveza en mano, desde alguno de sus baretos y tabernas, de ambientación portuaria, mientras callejones y cuestas se llenaban con el silbido de sirenas que anunciaban el final de jornadas laborales en talleres cercanos, era uno de esos placeres que hoy pocas personas llegarán a comprender. Casi ni yo mismo ya.

Su peculiar morfología y el haber permanecido separado del resto de la ciudad por la presencia interpuesta de los enormes astilleros Euskalduna le permitió -lo quisiera o no y al precio de convertirse en un cuarto trastero urbano- hacerse primero y conservar después una idiosincrasia peculiar, algo que se hacía patente ya a finales del siglo XVIII, cuando Luis Paret y Alcázar, desde la orilla de enfrente, lo pintó en su extensión hacia la punta de Zorroza.

Asentamiento de campesinos y marineros, acogió también a calafateadores, carpinteros de ribera, cordeleros y otros oficios relacionados con la navegación y reparación de barcos; de ahí la advocación de su ermita a San Nicolás. Posteriormente llegaron los pequeños talleres y dos o tres grandes fábricas, viviendas obreras a finales del XIX, otras de la primera protección oficial franquista y algún masivo bloque de pisos resultado del desmadre constructivo y urbanístico de los años 60. Desde los 80, con el hundimiento de la industria sidero-metalúrgica y los astilleros, el barrio se fue degradando social y económicamente de manera paulatina; las gentes perdieron sus empleos y muchos jóvenes se auto-inmolaron en las drogas. Lo cual, por extraño que parezca, aumentaba el peligroso encanto de su marginalidad y un pintoresquismo acrecentado por románticas ruinas modernas. En la descoyuntada geografía urbana del Bilbao de entonces, Olabeaga no es que fuera un lugar fronterizo, sino que directamente era el más allá, otro planeta a pesar de su cercanía.

Un bar que hoy está de moda entre gente «cool», llamado Karola berria, durante los 80 y 90 era una taberna bastante tirada de nombre Basabe. En ella, sin embargo, los integrantes del equipo de la Sala Rekalde (Carmen Álvarez, Pilar Mur, Gerardo Elorriaga, Fernando Quincoces, Iñaki Diago…) comíamos la mejor menestra que haya catado paladar alguno, con las piezas de verdura rebozadas una a una. A su lado sobrevivía un viejísimo caserío que funcionó algún tiempo como asador de carne y sidrería. Este caserón, incomprensiblemente, fue derribado tras haberse mantenido en pie durante siglos, en su lugar se construyó un edificio anodino y en el bar de la menestra hoy sirven cócteles finos al ritmo de música trendy.

En el plano topográfico dibujado por Juan y Francisco Solinis en 1806, el que manejó Silvestre Pérez para idear su frustrado Puerto de la Paz, esos caseríos ya aparecen señalados con la siguiente descripción: «Dique pa. carenar en seco, casa y tinglados propios de los herederos de Dn. Manuel de Zubidia», es decir, que esa hondonada donde la carretera que baja desde Basurto se encuentra con el camino de ribera fue en su día un dique seco posteriormente rellenado.

El hecho es que desde hace un par de décadas el barrio está viviendo una paulatina, pero evidente, transformación gentrificadora. Una de sus áreas más características, un lugar que en pocos metros reúne dos etapas históricas, la rural-marítima, representada por un caserío, y la industrial, materializada en un pabellón de talleres, va a ser destruída, dando paso a sendos edificios para apartamentos turísticos. La desaparición del Bilbao que conocimos sigue sumando víctimas debido a su falta de rentabilidad y pone alfombra roja al nuevo Midas económico local: el turismo. Se trata de dos operaciones inmobiliarias diferentes promovidas por empresas distintas, una al lado de la otra, pero con un mismo objetivo.

El caserío se sitúa sobre una pequeña loma al borde de la carretera ribereña. En tiempos, su planta baja acogió uno de aquellos bares, el Noruega, y desde su pequeña atalaya delantera se podía contemplar el subir y bajar de los barcos, el flujo de las mareas y la actividad industrial del canal deustoarra. Abrigaba yo la esperanza de que sucediera con él lo que ocurrió con otro caserío similar situado a su espalda, esto es, que tras años de malvivir y bordear la ruina, fuera rehabilitado con gusto y ocupado por gentes que adoraran el lugar. Quienes, alentados por un grafiti gigante pintado en una medianera cercana, soñábamos con que esto sucedería nos daba por pensar que, junto al blanco impoluto del caserío ya restaurado, este otro remozaría su telúrico rojo férrico. Pero no va a ser así y la piqueta hará pronto picadillo con él.

En el edificio que lo sustituirá, MVRE (siglas de Mountain View Real Estate, una consultora inmobiliaria integral con sede principal en Vitoria) tiene previsto construir y habilitar 20 apartamentos para lo cual no sólo ocupará el actual espacio edificado sino también un terreno lateral, antigua huerta, que hoy funciona como informal aparcamiento de coches. El invento lo gestionará la cadena hotelera abba suites. La nueva fachada mantendrá el retranqueo del caserío respecto a la acera de la calle y la publicidad que lo promociona destaca su privilegiado emplazamiento frente a la ría, la cercanía de San Mamés, la vecina isla de Zorrotzaurre y, de hecho, el centro de la ciudad, una vez el tapón de los astilleros Euskalduna se volatilizó. Me hace gracia que se diga que el suelo de la terraza, transitable y destinada a albergar un solárium de uso comunitario, será «antideslizante y no heladizo». Tratándose de Noruega, no está mal pensado, nada más oportuno. Las habitaciones interiores no tendrán «molduras de techo para conseguir líneas rectas y acabados más modernos». La prédica de Adolf Loos en Ornamento y delito continúa vigente, ¿»más modernos» que qué?

Me pregunto si no habría sido posible restaurar el caserío, habilitar en él cuatro o cinco apartamentos y trasladar el resto de la edificabilidad a la que tiene derecho la propiedad al inmueble nuevo que se construirá sobre la antigua huerta con autorización para levantar un par de plantas más. Total, lo que tiene detrás es un edificio enorme, el que invita a «soñar».

Estado actual, con el caserío en primer plano
Futuro maravilloso.
Antigua huerta colindante a ocupar con la nueva construcción y el caserío al fondo; el caserío ya restaurado y pintado de blanco asoma por la derecha.
Futuro maravilloso visto desde la orilla de enfrente, en la isla de Zorrotzaurre.
Nótese cómo MVRE anula el espacio colindante donde existirá un competitivo conjunto de apartamentos turísticos.

La operación inmobiliaria paralela ofrecerá otros 20 apartamentos turísticos tras tumbar un edificio industrial que acogió pequeños talleres por plantas. Su oscuro color rojizo ha sido una seña de identidad del barrio durante décadas. La promotora GIDATUM Group ha decidido que este inmueble lleve el nombre de Noruega, ¡caray, qué ocurrente! Les ha faltado originalidad e imaginación para obtener el aprovechamiento volumétrico al que tienen derecho sin derribar lo existente… y al área municipal de urbanismo, un poco de flexibilidad.

La publicidad se hace lenguas con las actuales virtudes culturales, arquitectónicas y gastronómicas -todo muy emblemático- de Bilbao que propone sean disfrutadas desde este emplazamiento, «una gran oportunidad -según la promotora- para adquirir en propiedad un apartamento turístico que desde el primer día puede generarle ingresos, y cuya óptima ubicación es también garantía de una excelente inversión» y si quiere hacer negocios, pero no romperse la cabeza, se pone «a su disposición, como opción, una empresa operadora especializada en la gestión de apartamentos turísticos, garantizándole una rentabilidad mínima anual, con la posibilidad de mejorar esta en función de una determinada ocupación (…) Y además puede reservarse unos días al año para su uso particular». ¡Qué astutos! Un airbnb en toda regla -con chill-out en la terraza- sin que lo parezca, «al tiempo que erradica la situación de deterioro y abandono actual del entorno». Al ayuntamiento le parecerá fantástico.

La oferta constará de «estudios» y «apartamentos» con pocas diferencias en metros útiles, pues el más pequeño de los primeros tendrá 28,28 m2 y el más grande de los segundos 36,99 m2. Según las infografías, la nueva fachada se retranqueará e igualará la altura del edificio colindante, un más que interesante trabajo para talleres industriales, años 50, del arquitecto Luis Pueyo que, de momento, con sustanciales cambios de uso en su interior, sin embargo, se preserva y parece estar a salvo.

Estado actual.
Futuro maravilloso.
Nótese cómo GIDATUM anula el espacio colindante donde existirá un competitivo conjunto de apartamentos turísticos.
Estado actual.
Futuro maravilloso.

Una curiosidad de ambos proyectos es que en ninguna parte se dice el nombre del arquitecto o arquitectos que han diseñado los nuevos edificios. El arquitecto, hoy, es un empleado más de la empresa y esta quiere rentabilidad, no lindezas ni protecciones patrimoniales. Se suponía que para esto último ya está el Ayuntamiento.

Si la historia, la memoria y las singularidades constructivas que dan personalidad a un lugar no importan quizás sí valgan otras consideraciones, como por ejemplo ¿cuántos recursos naturales se emplearán para derribar lo existente y construir los nuevos edificios? ¿cuál es la huella de carbono -cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero liberadas a la atmósfera- que provocará toda esta operación? ¿conocen el ayuntamiento y las promotoras la huella ecológica -impacto sobre el barrio y la ciudad- que supondrá esto? Ingenuo de mí: por supuesto que tampoco importarán estas preguntas.

Otra aldeana niña de Adolfo Guiard

/ Javier González de Durana /

Tras la serie de post sobre la influencia del nazismo-franquismo en la arquitectura bilbaína de los años 40, un tanto rocosa y sombría, y el indignado comentario a la entrevista del obispo de Bilbao, resulta muy apetecible tomar un asunto dulce y agradable como el que viene ofrecido por la próxima salida al mercado secundario de subastas, en San Sebastián, de una hasta ahora desconocida pintura de Adolfo Guiard (Bilbao, 1860-1916). Se trata de un pequeño óleo sobre tabla, 21,5 x 16 cm., que por carecer de título conocido he decidido que lleve el de Niña peinándose (no me gusta mucho el verbo en gerundio, pero no se me ocurre titularlo de otra manera).

Por desconocerla entonces, no pude incluir esta pieza en la exposición antológica de la obra de Guiard que comisarié para el Museo de Bellas Artes de Bilbao en 1983 y, en consecuencia, tampoco aparece reproducida en el libro que acompañó a aquella muestra. Sin embargo, en esta publicación sí se daba a conocer un dibujo (61 x 27 cm, bastante más grande que la pintura) conservado por los descendientes del artista que reproduce la figura de esta misma niña a cuerpo completo, lo cual supone una importante diferencia con respecto al óleo, pues en éste sólo aparece, poco más o menos, de cintura para arriba. Se puede suponer con cierto fundamento -ya que en otras pinturas Guiard actuó así, elaborando aproximaciones parciales a un tema más amplio- que llegó a realizar una pintura de mayores dimensiones en la que esta aldeanita se muestra tal como aparece en el dibujo.

La pintura fue realizada entre 1890 y 1894, años durante los que el pintor vivió en Murueta, municipio rural dentro del amplio valle por el que discurre la ría de Gernika. Podría aventurarme a precisar, por otras pinturas cercanas a ésta en asunto y técnica, que debió realizarla en 1892 o 1893. Guiard aborda aquí uno de sus temas favoritos a lo largo del tiempo, niños y niñas preadolescentes. Una de sus pinturas más conocidas y encantadoras es La aldeanita del clavel rojo, que el pintor tituló como Suburbio (1903), aunque el nombre popular es el que ha terminado imponiéndose. Mirando al extremo opuesto de la vida, las personas ancianas fueron otro asunto querido por Guiard, para observarlos en su decrepitud con afecto y ternura, sin blandos sentimentalismos.

Una niña de unos ocho o nueve años aparece en primer término, hacia la parte izquierda de la imagen. Recoge su larga cabellera negra por encima del hombro derecho para caerle sobre el pecho. Sujeta el grueso mazo de pelo mientras con su mano izquierda peina las puntas. Tiene un rostro serio de facciones delicadas: ojos grandes y oscuros, cejas finas bien marcadas, nariz pequeña, pómulos altos, frente amplia, boca carnosa, mentón en leve punta… Dirige la mirada hacia su derecha, a un punto distante situado fuera de la imagen; la actitud es la de estar abstraída en sus pensamientos, concentrada. Viste una indumentaria sencilla, una blusa de holgadas mangas largas abotonada bajo el cuello sobre la que lleva un pañuelo que rodea nuca y hombros, cruzándose sobre el pecho. Elegancia austera para la belleza natural de una joven muchacha que, como las aldeanas que José Mª Ucelay encontró medio siglo después en este mismo territorio de Bizkaia, se presenta con una distinguida naturalidad.

La imagen se abre por la derecha y fuga hacia una vaca con su ternero a media distancia. La cabeza de la vaca está cortada por el borde del soporte, un recurso que Guiard cultivó toda su vida, aprendido de las imágenes fotográficas, para producir el efecto de escena espontánea no compuesta a la manera tradicional. Tanto la niña como los animales se hallan en una pradera cuajada de pequeñas flores blancas cuyo límite llega hasta un árbol y unos vallados que perfilan la primera línea hacia el horizonte donde otras siluetas se difuminan en la caliginosa distancia.

Niña y vaca están minuciosamente estudiadas y dibujadas en gestos y movimientos. El dibujo queda enterrado bajo las pinceladas de color, si bien su estructura se hace patente. Ahí está el dibujo para demostrarlo. Recuérdese la frase del pintor: «haz un buen dibujo y después ensúciate dentro» (ensúciate o cágate o mánchate…, hay versiones para elegir). Pinceladas pequeñas hacen vibrante la atmósfera. La armonía cromática está lograda en base a malvas, violetas, rosas, verdes y ocres.

Han pasado ya cuarenta años desde que se presentó la última exposición que revisaba la pintura de Adolfo Guiard. Fue el resultado de mi tesis doctoral. Desde aquellas fechas hasta la actualidad el Museo de Bellas Artes ha incorporado a su colección obras significativas de este pionero del impresionismo español que no pudieron conseguirse entonces por diversas causas (el transporte costoso y la dificultad para saber los lugares donde estaban ciertas obras, sobre todo). Algunas de aquellas dificultades han desaparecido y, por otra parte, en estas décadas han aflorado bastantes pinturas cuya existencia se desconocía. Creo que ha llegado el momento para una nueva revisión de este artista exquisito y singular y se aborde con una mirada actual sus enormes cualidades pictóricas tan soberanas como poco conocidas fuera del País Vasco.

«Suburbio o «La aldeanita del clavel rojo», Museo de Bellas Artes, Bilbao.

Diez años después de pintar a la niña del peine en mano, instalado ya en Deusto, cerca de la curva de Elorrieta, en un entorno suburbial donde se entremezclaban caseríos, huertas, fábricas, muelles portuarios y viviendas obreras, Guiard encontró esta otra aldeana a la que armonizó cromáticamente en azules, ocres, blancos y verdes, una materialización espacial del color azul, como apuntó Unamuno, y en la que el reflejo dorado del sol en sus cabellos recogidos sobre la nuca juega un discreto papel, casi imperceptible, pero sustancial. Una vez más, una niña y su cabellera. Como sobre esta cantinera, verdadero icono del Bilbao de 1903, ya escribí en otra ocasión, dejo aquí el enlace para quien lo quiera ver.