Las ciudades duran demasiado. Recuerdo de José Miguel de Prada Poole.

Cúpulas desde el exterior en los Encuentros de Pamplona (1972).
Interior en los Encuentros de Pamplona (1972).

Tenía pensado no publicar nada hasta el próximo mes de septiembre, pero la noticia del fallecimiento, ayer, del arquitecto José Miguel de Prada Poole (Valladolid, 1938) me hace retomar el blog, siquiera para rendir un breve y apresurado homenaje.

Mi primer recuerdo de él procede de 1971, cuando en el mes de octubre con motivo de un congreso internacional de diseñadores levantó en menos de una semana en la Cala San Miguel de Ibiza una ciudad llamada Instant City. No pude asistir y me quedé con las ganas. Después volví a saber de él con motivo de los Encuentros de Pamplona, en 1972, a los que, a pesar de tener lugar tan cerca de Bilbao, tampoco pude acudir y volví a quedarme chafado.

Sus construcciones efímeras o las estructuras inflables, trabajos que parecían oscilar entre lo fantástico y lo poético y que abrieron un camino lúdico y transgresor, me parecían fascinantes e intenté seguir su trayectoria, siendo su siguiente paso en Sevilla con el Hielotrón en 1975 (Premio Nacional de Arquitectura en 1976) o el Palenque también en Sevilla para la Expo de 1992 (única obra suya que pude ver). Considerado arquitecto maldito, mucha gente ni siquiera creía que aquellas pompas hinchables fueran arquitectura. Sin embargo, fue un utópico, un visionario perseguido por la mala suerte; apenas si quedan en pie obras suyas hoy en día. Esto no le importó en absoluto: “Siempre me ha molestado pensar en la arquitectura como algo imperecedero, como si fuéramos egipcios, asirios o caldeos”, aseguraba el creador hace dos años, cuando el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC) le dedicó una exposición. “Yo prefiero que mis obras dejen una huella en la memoria de las personas, y que cada cual las recuerde a su manera. No echo de menos ninguna de mis construcciones. La imagen mental que guarde la gente que estuvo en ellas o las vio alguna vez es mucho más interesante y hermosa. Y además hay un problema de escala: hoy, cualquier obra que se haga en Manhattan o cualquier rascacielos de los países árabes empequeñece a la pirámide más grande. En cambio las ruinas serán siempre impresionantes. El Foro de Roma lo es mucho más así, tal como está ahora, que si estuviera nuevo”. Yo, sin haber podido ver casi ninguna de sus creaciones, las echo de menos.

Prada Poole era doctor Arquitecto y fue profesor de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid y profesor invitado del prestigioso MIT (Massachusetts Institute of Technology), así como en diversas escuelas de arquitectura de Canadá, Venezuela y Chile. Fue uno de los máximos expertos españoles en Urbanismo y Arquitectura Bioclimática, Estructuras Ligeras y Arquitectura Neumáticas. Entre los años 1968 y 1973 fue miembro activo del Seminario de Generación Automática de Formas Plásticas del Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid, centro pionero en el uso del ordenador como herramienta de creación artística.

incluyo aquí los enlaces a un par de vídeos sobre él que encuentro bastante definitorios: uno sobre la construcción de la Instant City y otro, incluyendo entrevista, sobre su trayectoria. Merecen la pena, sobre todo para aquellos que tuvimos 20 años en 1971 y creímos, como él, que la realidad del arte, la arquitectura y el urbanismo podía ser de otra manera. Este enlace lleva a una página web muy interesante sobre Prada Poole.

Instant City (Ibiza, 1971)
Hielotrón (Sevilla, 1975)

Tras escribir lo anterior he caído en la cuenta de que conocí otro trabajo de Prada Poole: la cobertura de la pista de hielo Nogaro (1972-73), pista proyectada por los arquitecto Rufino y Pedro Basañez en la cumbre del monte Artxanda, próximo a Bilbao. En aquella cobertura se solucionaban los problemas de empuje del viento con el empleo de una red de cables, sistema prácticamente desconocido -utilizado hasta aquel momento sólo en otras dos construcciones en todo el mundo- convirtiendo la membrana en un elemento celular, cuya misión consistía casi únicamente en transmitir los esfuerzos a los cables del borde. Con aquella cubierta se creó un espacio único de 18.000 m2 en el que las sensaciones se multiplicaban en proporción a su considerable tamaño.

Pista de hielo Nogaro, Bilbao, exterior.
Pista de hielo Nogaro, interior.

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