Hondalea: la casa vaciada

/ Javier González de Durana /

No voy a referirme ahora a la obra de arte creada por Cristina Iglesias en la isla de Santa Clara porque aún no la he visto. Creo que podré hacerlo en breve y hasta que llegue ese momento no me parece honesto dar una opinión sobre algo sólo conocido por fotografías, descripciones y valoraciones de otras personas. He notado que demasiada gente -sobre todo en las redes sociales- se ha lanzado a dar su punto de vista para alabar o denostar Hondalea a partir de prejuicios sobre la artista, el coste de la operación, la actitud del ayuntamiento donostiarra, la preservación del frágil ecosistema de la isla… En algunas alabanzas me ha parecido notar un exceso de “por ser vos quien sois” y en los denuestos -si me pongo materialista dialéctico- cierto rencor de clase.

Se advierte en el sector del arte una cautelosa autocontención -por no decir temor- a expresar su opinión respecto a Hondalea, como si mostrar entusiasmo o simple agrado resultara propio de espíritus flojos y poco expertos, y manifestar objeciones implicara el riesgo de pagar tal atrevimiento con el precio del ostracismo. Es curioso comprobar cómo una conocida analista, habitualmente crítica con la instrumentación institucional del arte, en esta ocasión se muestra incómodamente huidiza, escurre el bulto con fraseos ambiguos y se refugia en metáforas que lo mismo significan blanco que negro, cuando de haber sido la autora otra artista (en especial, si hubiese sido un artista-hombre) lo más probable es que le hubiera caído encima la del pulpo, por mitomanía falocrática, violación de la madre-tierra, secreción onanista de fluidos con viagra hidráulica, vacuidad turistipopulista y vete a saber cuántas lindezas más.

Lo que sí creo que puedo tratar, aún sin haberlo visto, es el cambio de uso que se le ha dado a la casa-faro porque, al tratarse de algo físico-funcional, puede ser valorado en un plano abstracto y teórico, mientras que la obra de arte demanda ser observada materialmente y sentida emocionalmente para el análisis y valoración desde la subjetividad -racional o no- de cada uno.

Por lo que se ha dicho, la reforma interior de la casa-faro forma parte de la obra artística. De hecho, se ha insistido en asegurar que la experiencia artística se inicia en el muelle donde se embarca para llegar hasta la isla y que la ascensión a la pequeña cumbre también es un ingrediente del viaje emocional y sensible, de modo que también participa en la conformación de la experiencia estética el ámbito arquitectónico que acoge la obra de arte, máxime cuando su interior ha sido drásticamente intervenido. Por eso, dejo mi valoración sobre la naturaleza de la reforma arquitectónica para cuando me vaya a referir a la obra de arte.

Ahora sólo quiero mostrar mi opinión sobre el hecho de que esta construcción haya pasado de ser un singular edificio de utilidad náutica con el faro y la vivienda del farero a ser otro asunto completamente diferente. Lo hago porque algunas personas y asociaciones culturales que aprecio por su defensa de la arquitectura civil, industrial y la obra pública han criticado -o han esquivado pronunciarse- la reconversión funcional del icónico equipamiento, lamentando lo que, en su opinión, es una sensible pérdida para el cada vez más menguado patrimonio arquitectónico existente en San Sebastián.

El estado de alerta permanente en que se hallan esas asociaciones culturales es algo que la ciudadanía debe agradecer, pues gracias a su preocupación cívica consiguen frenar iniciativas públicas y privadas cuyas consecuencias (expolio, desaparición, adulteración…) lamentaríamos todos en el futuro. Su mérito es que ellas prevén esas consecuencias ahora, cuando todavía es posible evitarlas. La vigilancia preventiva que realizan las personas que militan en tales asociaciones tiene en el estudio y el conocimiento científico e histórico -algo que no se puede exigir a toda la ciudadanía, aunque sí a los responsables públicos- su más firme y sólida argumentación. En el caso de los faros la alerta actual está aun más justificada a la vista de que en los últimos tiempos a algunas autoridades les ha dado por humillar estas nobles y estilizadas construcciones con mamarrachadas de medio pelo.

Por lo anteriormente dicho, al constatar su rechazo a la intervención realizada en la casa-faro de Santa Clara he querido conocer y entender sus razones. Pensaba que estaría de acuerdo con ellas, pero no ha sido así esta vez. Se habla de “la destrucción interior del faro”, de “destrucción patrimonial”, y esto, la verdad, no es lo que ha sucedido, en mi opinión. Tampoco he encontrado argumentos que diseccionen la naturaleza de esa supuesta destrucción y los valores patrimoniales perdidos por su causa. 

La casa-faro y la isla están protegidas en diversos grados y aspectos, como mínimo, por las siguientes normas legales: el Plan Territorial Sectorial de Protección y Ordenación del Litoral (Gobierno Vasco), el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) de 2010 (término municipal de Donostia), el Bando específico propio desde el 21 de junio de 2002 que regulariza su uso y disfrute, el Decreto 90/2014 de Paisaje de la Comunidad Autónoma del País Vasco y el Catálogo e Inventario de Paisajes Singulares y Sobresalientes de la CAPV. Quiero suponer que se ha cumplido con lo preceptivamente estipulado por toda esta normativa y si no ha sido así que lo sancionen los tribunales. Lo mismo respecto a las adjudicaciones de las contratas y servicios que han trabajado en el proyecto; es de esperar que se haya actuado con transparencia en cumplimiento de los obligados trámites reglamentarios y si no ha sido así que lo sancionen los tribunales. Tres cuartos de lo mismo con los incrementos del presupuesto inicial: si no están justificados que intervenga el Tribunal de Cuentas y si lo están que se expliquen las lumbreras que los calcularon mal.

Pero vamos a la actuación en la casa-faro y empecemos por aclarar conceptos que se utilizan como si fueron lo mismo, sin serlo. Restaurar un edificio es una operación consistente en reparar, restituir y acondicionar un inmueble para que, en condiciones de eficaz funcionamiento e higiene, siga manteniendo la misma utilidad para la que fue construido. Rehabilitar un edificio consiste en dar una función nueva a un inmueble en aceptable estado de conservación físico, una vez que la función originaria ha desaparecido por la evolución de los usos o la tecnología, introduciendo en el edificio las habilitaciones precisas para que siga siendo útil. Por tanto, la casa-faro ha sido rehabilitada, no restaurada, lo primero era posible y conveniente, lo segundo no era lógico ni necesario. ¿Una vivienda municipal hoy en día en ese lugar?

Desde 1968 la vivienda del farero dejó de serlo porque el servicio del faro -que ha continuado y continuará en funcionamiento- se empezó a atender desde otro lugar. La casa, así, se convirtió pasivamente en un local municipal en estado de relativa degradación sin ninguna función específica atribuida. Aunque los paseantes por la bahía de La Concha no hayan ido conscientes de ello, el principal papel desempeñado por esa construcción ha sido mantener el contrapunto blanco de la edificación sumergido en la apretada fronda verde de la isla. ¿Por conservación del patrimonio? No, porque toda buena conservación implica un adecuado uso y es evidente que -el faro aparte- la casa no lo ha tenido, sino más bien por el inactivo «dejar estar» de una imagen teñida con idílicas ensoñaciones. El espacio interno de la vivienda carecía del menor interés tipológico u ornamental; el exterior, en cambio, sí tiene un destacado interés, el icónico.

En este sentido, ningún cambio ha afectado a esa estampa de postal. Tranquilidad, por tanto. La construcción no sólo se mantiene tal cual ha sido siempre, sino que se ha limpiado de grafitis, se ha adecentado el entorno y, lo más importante, se le ha dado un nuevo uso a su interior. Cualquier otra utilidad (un centro de interpretación, una sala de exposiciones…) que se hubiese querido introducir también habría implicado transformaciones en los espacios de la antigua vivienda. El compromiso adquirido por el Ayuntamiento con esta obra le obligará a incrementar su cuidado, tanto de la casa-faro como de la isla, preservando sus valores, y deberá ser muy superior a la distante atención que le ha dado hasta hoy, sin que esto implique el abandono o pérdida del aspecto un tanto agreste y selvático que ha mantenido el lugar; no se trata de convertir ahora la isla en un jardín manicurado.

Esta transformación interior recuerda mucho, en cuanto al concepto, a la que Eduardo Chillida aplicó al caserío Zabalaga. También aquí hubo una transformación radical del ancestral domus, mucho más valioso patrimonialmente que el faro: se derribaron tabiques, se eliminaron suelos entablados, se introdujeron vigas de madera donde no las había, se dispuso un orden interior inédito, se abrió alguna ventana al exterior…, y se hizo así porque la función que se quería dar a Zabalaga, un museo, no era compatible con la naturaleza de un caserío tradicional. La rehabilitación se hizo con tanta inteligencia y sensibilidad que la transformación mereció el elogio unánime, tachándola de ejemplar a pesar de los profundos cambios, pues, de alguna manera, ese interior es una obra más de Chillida en colaboración con el arquitecto Joaquín Montero. Del mismo modo, entiendo que el interior de la vivienda del faro es parte de la obra de Iglesias; ya lo veremos. El criterio que en Zabalaga fue aplaudido ¿por qué es impugnado en la vivienda del faro? Vale que allí el gasto fue privado en un bien privado, y aquí todo es público y, por tanto, debatible y fiscalizable, pero como concepto ¿cuál es la cuestión diferencial?

En cuanto a la intervención técnica, copio lo que la empresa LKS, ejecutora de la obra, escribió:

“Con el fin de generar una única sala para la visita pública se ha vaciado el interior partiendo de la cota 0, de hasta 10 m de profundidad para alojar la escultura en un primer nivel y estancias técnicas en el nivel más profundo. El vaciado y sostenimiento de los empujes del terreno y la preservación del perímetro de la edificación sin afección a la preexistencia ha supuesto un gran reto. La cubierta es muy plana y ligera, a dos aguas, con una cúpula central a cuatro aguas, de cobre (como la coronación de la torre del faro) y rodeada perimetralmente por una piel de vidrio fotovoltaico transparente, compuesta por 30 paneles, que además de generar la energía para el funcionamiento diario del edificio y de la señal marítima, filtra la entrada de calor al interior”.

Espacios para eventos: otras vidas

/ Javier González de Durana /

Una de las entradas a SILO, como espacio intermedio entre el interior y el exterior.

No se si es novedad arquitectónica o sub-tipología dentro del rango de la hostelería, pero en los últimos tiempos está apareciendo un tipo de espacio o salón social que no es estrictamente un bar-restaurante, aunque en ellos se beba y se coma, porque su objetivo central es el de acoger reuniones festivas, empresariales o sociales que congregan decenas de personas que desean celebrar algo (un cumpleaños, un aniversario, una despedida de soltería, un acontecimiento del tipo que sea…, conocidos en general como «eventos») sin tener que estar amarrados durante dos horas a una mesa a la espera de que se vayan sirviendo los platos del menú acordado.

Frente al tradicional tipo de celebración rígida, estos nuevos locales están preparados para servir comida y bebida, pero de manera un tanto informal, con la gente moviéndose de un lado a otro por un espacio amplio con la libertad de elegir con quién se quiere estar en un momento dado, acercarse a hablar con otras personas después y sin la obligación de tener que meterse entre pecho y espalda unos entremeses, dos o tres platos y un postre en compañía de tres o cuatro -conocidos o no- sentados alrededor. Este tipo de locales se alquilan durante las horas que se precisen y sólo el arrendatario y sus invitados acceden a su interior durante ese tiempo. Nadie más, el acontecimiento es privado. Por lo habitual, estas reuniones tienen un componente festivo, pero este carácter no es imprescindible para alquilar el espacio, pues también se admiten reuniones de trabajo, asambleas… a las que se quiere añadir momentos de distensión e interacción personal y social.

Por lo habitual, tales «espacios para eventos» carecen de actividad cuando no son alquilados para una reunión de esta naturaleza, pero algunos otros reservan todo su espacio para los eventos durante el horario demandado por los clientes, que puede ser de mañana, tarde o noche, y actúan con bares convencionales en las franjas desocupadas del tiempo, subordinando éstas a las solicitudes de aquellas.

Quiero referirme a dos casos aparecidos recientemente en Bilbao, muy distintos entre sí, aprovechando arquitecturas singulares y en entornos de gran atractivo urbano y paisajístico. Además de la común función, ambos lugares comparten el hecho de haberse instalado en espacios construidos hace décadas para cumplir con otras actividades, lo que supone una reconversión funcional que aprovecha estructuras edificatorias preexistentes, a las que insuflan otra vida.

Estado exterior e interior del local de Etxekobe antes de la intervención, cuando funcionaba como establo de ganado.

Uno de los dos es el Etxekobe, situado en el monte Kobetas, cerca de una popular cervecería y del espacio donde se celebra el Bilbao BBK Live, festival de música en verano. Aquí se partió de una antigua cuadra de ganado de la que se decidió aprovechar tanto la superficie ocupada en un fantástico emplazamiento como las cerchas de la cubierta y sus estructuras metálicas verticales de apoyo.

La operación fue llevada en 2019 por Garmendia & Cordero Arquitectos, quienes por aquella época aparecieron en muchos medios de comunicación, tanto profesionales como sociales, por su proyecto de rehabilitación como vivienda de una antigua iglesia semiderruida en Tas (Labarrieta, Sopuerta, Bizkaia)

Transformar una cuadra de vacas de 450 metros cuadrados en un atractivo salón de actos sociales puede parecer de entrada una tarea compleja y, sin duda, lo es, pero aquí se ha logrado con extraordinaria solvencia con unas pocas decisiones sencillas muy bien meditadas, a lo que ha contribuido el estímulo de una ubicación que facilita espléndidas vistas paisajísticas sobre la ría desde Bilbao hasta el mar. El punto de partida era una construcción pobre, sin aislamiento y envejecida, pero con un esqueleto de hierro capacitado para seguir siendo útil y, así, salvar toda la luz ocupada en su interior.

Las tres decisiones fundamentales para el cambio de uso fueron: (1) la apertura de la larga fachada Norte orientada al paisaje del Bajo Nervión para crear un gran ventanal horizontal que permite en todo momento el contacto visual y físico del interior con el exterior, disponiendo una terraza abalconada a lo largo de este costado; (2) el derribo una de las fachadas laterales para, tras girarla, crear un acceso que guía al visitante y le ofrece un espacio cubierto previo a la entrada, al tiempo que insinúa por primera vez la vista existente, y (3) el forrado de todo el volumen con un plano vertical de chapa negra microperforada, un sencillo revestimiento que proporciona un necesario cambio de imagen -contenido, pero sustancial, al permitir seguir apreciando de manera sutil el volumen original de la construcción-.

Interiormente, se organizan tres zonas: en un extremo, una primera de mostrador y almacén, que solventa la recepción del usuario, otra segunda, central, amplia, libre y flexible, en la que el evento social tiene lugar y, en el otro extremo, una última que absorbe el resto de servicios necesarios: aseos, despacho, cocina, cámaras y demás dependencias. El interior mantiene visible la originaria estructura principal, que se usa para acoger la iluminación, manteniendo igualmente las pendientes de la cubierta anterior. Un acabado global neutro y un pavimento cerámico continuo desde el interior hasta la terraza exterior transmite la idea de que se entiendan ambos espacios como uno, ganando así superficie práctica y sensación de amplitud.

Estado del local tras la intervención. Fotografías de Carlos Garmendia Fernández, tomadas de la web del estudio.

El otro establecimiento no se encuentra muy alejado del anterior; si uno está en lo alto del monte, el que paso a comentar se sitúa en la base del mismo monte, junto a la ría a la altura del Muelle de Olabeaga, ocupando el edificio 21 de esa vía urbana. El local se denomina SILO y se despliega en la planta baja de un edificio industrial que fue almacén y fábrica de café, época de la que como recuerdo se han conservado en el interior del local algunos elementos fabriles (un polipasto, cadenas, el cubrimiento de un tostador…), así como el nombre: un silo cuya huella circular conforma uno de los espacios singulares del local.

Vista desde el interior de SILO por uno de sus dos accesos.
A la derecha, aspecto parcial del edificio de Luis Pueyo en cuya planta baja se encuentra SILO.

El edificio es de por sí notable, pues su autor fue el arquitecto Luis Pueyo San Sebastián, quien lo diseñó en 1958. Es el típico edificio que pasa desapercibido por su discreción, pero posee notables cualidades que se hacen patentes a nada que se le preste atención. Luis Pueyo fue un arquitecto que llevó a cabo destacados proyectos en los años 50 y 60 en Bilbao y municipios de los márgenes de la ría. Sus edificios son de una elegancia contenida y sobria con esmerados rasgos de distinción y buen gusto. Un edificio suyo que siempre me ha encantado por su elegancia clasicista es el número 2 de Máximo Aguirre, de 1952, con entrada por el parquecillo lateral, próximo al Museo de Bellas Artes. Otro fue la segunda sede del Club Deportivo, en la Alameda de Recalde 28, construido en 1965. Pueyo recibió la difícil papeleta de sustituir la sobresaliente pieza art-decó de Pedro Ispizua, primera sede del Club que sus directivos, atolondradamente, decidieron demoler. Su fachada levantada en forma de dientes de sierra verticales y, sobre todo, su maravillosa cafetería acompañará la memoria de muchos bilbaínos. Todo ello se encuentra muy reformado ahora mismo: la fachada cambió, la cafetería no está igual… Pueyo realizó abundantes proyectos de viviendas en la zona de Indautxu, siendo el arranque de María Díaz de Haro prácticamente suyo por entero. También diseñó la Clínica del Dr. San Sebastián, en Deusto (1953).

En Olabeaga el edificio se organiza a partir de la caja de escaleras que, situada en el centro la fachada, queda oculta tras un muro de ladrillos acristalados que marca un potente eje vertical al tiempo que facilita el acceso de luz natural al interior. A ambos lados se despliegan las plantas (PB+4P) en estricta horizontalidad, alternando paños ciegos y acristalados. Cuatro hiladas verticales de ladrillo rojo, desde casi la acera hasta la cornisa, enmarcan tanto el edificio con la caja de escaleras. El orden y la racionalidad, la combinación de materiales y colores, la composición con el juego de verticales y horizontales proporcionan al inmueble una claridad y sinceridad admirables. Casi todos los ventanales conservan su diseño original. Una quinta planta se retranquea ligeramente para dar lugar a dos viviendas del edificio. La cubierta plana abre dos huecos rectangulares para configurar sendos pequeños patios interiores exclusivos de esas viviendas. Una exquisitez.

El espacio SILO ocupa toda la planta baja del edificio, exceptuado el hueco de escalera y montacargas, esto es, unos 400 metros cuadrados. El local responde en su diseño a las idea de su promotor, Mikel Bilbao Isasi, siendo la arquitecto Raquel Lázaro su consultora a efectos técnicos. Lo más evidente de la intervención consistió en despejar el local de sus preexistencias sin ocultar las huellas del origen y pasado industrial. Los pilares de hormigón y los muros quedan a la vista, la carpintería es de perfiles metálicos negros, las lámparas -creadas expresamente- responden a un diseño de inspiración fabril, el pavimento es de hormigón gris continuo semejante al de los muros perimetrales y los pilares. La cocina, el almacén y los servicios se sitúan al fondo del local de manera que la mayor parte del espacio se abre hacia las dos grandes cristaleras de la fachada y, tras ellas, a la ría, a 8 metros de distancia. Un pequeño ámbito vestibular abierto permite estar en el espacio local sin estar dentro de él.

Las conducciones del aire acondicionado y el sistema de iluminación quedan a la vista bajo un techo, a casi cuatro metros de altura, conformado por bóvedas rebajadas entre las vigas de hormigón, las cuales, a su vez, acogen suplementos rectangulares como absorbentes acústicos para el mejor funcionamiento del sonido.

Por necesidades, en gran parte derivadas de las restricciones impuestas a la hostelería por la pandemia, las actividades de SILO no se centran sólo en eventos, sino que los compaginan con la función de bar con servicio de algunos platos de cocina. Un punto añadido de enorme valor que enriquece la personalidad del local es que se organizan conciertos de música (rock, blues, pop, jazz…), en vivo.

Arquitectura y humor

/ Javier González de Durana /

Pocas bromas con la arquitectura. Este es un asunto serio, nada propicio para andarse con gracietas: exige mucho esfuerzo y tiempo imaginar un buen edificio, cuesta enormes sumas de dinero construirlo y la calidad de vida y/o servicios de sus futuros habitantes y/o usuarios podría ser excelente, mediocre o mala en virtud de cómo hubiese sido concebido y realizado. Poca broma, por tanto. Hay mucho en juego: personas, inversiones, trabajo, belleza o fealdad en el espacio público, confort o incomodidad en los espacios privados…

Arquitectura y humor no suelen ir de la mano, pues podría parecer que el arquitecto que bromea es poco serio, en lo personal y vaya Vd. a saber si también en lo profesional. Un arquitecto con el ceño fruncido es, de entrada, más confiable que otro que carcajea o hace chistecitos mientras te explica cómo será la casa que le has pedido que te diseñe. En general, los arquitectos tienden a ponerse trascendentes cuando hablan de su profesión, de sus trabajos, de las repercusiones públicas y privadas de su tarea… Poca broma, amigo.

Conozco varios arquitectos que tienen un gran sentido del humor para los asuntos extra-territoriales a la arquitectura. Me parto con ellos, en serio. Sin embargo, hay pocos que bromeen con la profesión. No toca, no corresponde. Es natural. José Mª Pérez González, Peridis, es arquitecto y elabora una viñeta todos los días, pero no es humor, aunque provoque la sonrisa a veces; es un comentarista político que expresa su opinión irónicamente con imágenes. No ironiza con la arquitectura; al menos, yo no le he visto hacerlo. Un arquitecto que publica comentarios sobre arquitectura con gran humorismo es José Ramón Hernández Correa, quien tiene un blog recomendable. En una de sus entradas descubrí que Juan Daniel Fullaondo era un sabio cachondo en clase y que mezclaba las menciones a James Joyce con otras a Martes y Trece, sin que lo primero resultara pretencioso ni lo segundo, chabacano, sino todo ello muy oportuno. Un genio, sin duda, por este y otros muchos motivos. En fin, por supuesto, todos nos ponemos serios cuando hablamos de las cuestiones que nos importan, como nuestras profesiones, claro, vivimos de ejercerlas.

El más brillante y conocido creativo que vinculó arquitectura y humor fue el norteamericano Alan Dunn, un dibujante que no era arquitecto, pero a quien los arquitectos respetaban, y mucho. Dunn fue uno de los críticos de arquitectura más incisivos del siglo XX. No es broma. Alan Dunn (1900-1974) fue conocido como colaborador de The New Yorker desde 1926, un año después de la fundación de la revista. Sus comentarios ilustrados para aquella publicación a menudo se centraron en las debilidades del diseño moderno, en el estado general del gusto de los clientes y en la arquitectura desacomplejada. En 1937, la revista Architectural Record solicitó a Dunn que presentase un dibujo a un público limitado de 12.000 arquitectos y profesionales, digo limitado porque para entonces The New Yorker tenía ya una tirada de 133.000 ejemplares: «Me complace que mi libido hacia la arquitectura y la construcción se haya notado» dijo Dunn en aquella ocasión.

Criado en Manhattan, después de asistir a la Universidad de Columbia durante un año, estudió pintura en la National Academy of Design y en la American Academy en Roma. El primero de los dibujos de Dunn que publicó en Architectural Record anticipó el influyente libro de Sigfried Giedion de 1941, basado en sus conferencias de Harvard durante el curso 1938-39, Space, Time and Architecture. La inteligente interpretación de Dunn del concepto científico aplicado al diseño de una casa (arriba) apareció en junio de 1937. Realizó para The New Yorker casi 2.000 dibujos y siete portadas entre 1926 y 1974. Su trabajo ha sido mostrado en el Art Institute of Chicago y en la National Academy of Design. Fue una caricatura de 1950 de Dunn con platillos voladores robando contenedores de basura en Manhattan lo que llevó al destacado físico Enrico Fermi a plantear la pregunta «¿Dónde están todos?». Esta pregunta más tarde se conoció como la Fermi Paradox y, junto con la Drake’s Equation, proporciona el punto de partida matemático para gran parte del debate sobre la posibilidad de que los extraterrestres visiten la Tierra. Y no es broma.

En 1935 Lewis Mumford, en el prólogo de The Seventh New Yorker Album dirigió una incisiva crítica a los caricaturistas de la prensa neoyorquina, reprochándoles no tratar adecuadamente los múltiples temas de actualidad de la ciudad. Si tal crítica tenía validez en el caso de algunos de los dibujantes, difícilmente podía aplicarse tal reproche a Dunn. A lo largo de los años, Dunn abordó una y otra vez el tema de la ciudad, tanto en referencias explícitas a algunos de sus edificios, plazas o calles bien conocidas de Nueva York, como en alusiones genéricas, pero inconfundibles, a problemas o situaciones propias de cualquier ciudad occidental. Una caricatura alusiva a Central Park, de 1956, se refería directamente a un hecho de alarmante actualidad en la ciudad: la tala indiscriminada de árboles (abajo).

Las contribuciones de Dunn a Architectural Record y The New Yorker le valieron la «Architecture Critics’ Citation», reconocimiento nacional de la American Institute of Architects, AIA, en 1973. Dos libros recopilaron sus dibujos publicados en las páginas de tales revistas: uno, The Last Lath salió en 1947 y el otro, Architecture Observed, en 1970. A través de los años, el trabajo de Dunn demostró que poseía conocimientos arquitectónicos atemporales. Sus reflexiones, aunque irónicas, eran optimistas. En 1973, escribió a Architectural Record: “Ahora vivimos en un brillante pandemónium de eclecticismo anárquico. Pero hay una vida vibrante en toda esa inventiva a pesar de sus inconsistencias y ¿quién puede evitar deleitarse con él?». Gracias a Dunn disfrutamos de la arquitectura con otro tipo de deleite.

Quien esté interesado en la vida y obra de este peculiar dibujante y en la de su no menos singular mujer, Mary Petty, otra destacada cartoonist, pueden consultar el trabajo de Elisabeth Kaltenbrunner Melczer con el título de The Drawings and Papers of Alan Dunn and Mary Petty at Syracuse University.