Brotes de modernidad en Villarcayo.

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Vidriera del Vía Crucis.

Durante los recientes meses de final de año estuvo este blog bastante atareado: la Bienal de Arquitectura de Euskadi, la reformada propuesta de Foster y Uriarte para el Museo de Bellas Artes, la exposición de las tres iglesias vitorianas… causaron que fuera retrasando algo que me hubiera gustado comentar en coincidencia con el acto de colocación de la placa del Registro DO.CO.MO.MO. Ibérico en la iglesia de Santa Marina de Villarcayo (Burgos), lo cual sucedió el pasado 7 de octubre, Día Mundial de la Arquitectura.

El templo de Santa Marina es obra del arquitecto burgalés José Luis Gutiérrez Martínez, siendo construido entre 1967 y 1968. Su inclusión en el Registro supone un merecido espaldarazo a la singularidad de este edificio religioso, pues el propósito que dio origen a la Fundación DOCOMOMO es estudiar y documentar la arquitectura del movimiento moderno con el fin de lograr su reconocimiento como parte de nuestra cultura del siglo XX, su protección patrimonial y conservación. Para ello es indispensable detectar qué edificios constituyen este patrimonio, conocer las circunstancias que les dieron origen, documentar los proyectos que las generaron y evaluar sus condiciones actuales. Este trabajo fue realizado en sucesivas fases. En la primera se estableció un estado de la cuestión a través de los 166 edificios que se estimaron más representativos del periodo comprendido entre 1925 y 1965 en los territorios ibéricos. A partir de ahí, en sucesivas fases se han ido documentando las diferentes temáticas de la arquitectura moderna: industria, vivienda y equipamientos, hasta completar un registro que engloba unas 1.200 obras.

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Vidriera del Vía Crucis.

En territorio burgalés existen actualmente cuarenta y tres edificios registrados como obras de arquitectura moderna de elevado interés, veinte construidos durante el periodo 1925-65 y veintitrés pertenecientes al periodo 1965-75. La mayoría de ellos se encuentran localizados en Burgos capital, pero existe un nutrido grupo de arquitecturas modernas en Miranda de Ebro, industriosa localidad a la vez que importante nudo ferroviario. En la comarca de Las Merindades, donde la influencia de la cercana Bilbao se hizo notar a partir de su despegue como urbe industrial, hasta ahora solamente estaban incluidas en el Registro DOCOMOMO las viviendas de camineros diseñadas para Medina de Pomar por Luis Cubillo de Arteaga en 1971, mostrando en este conjunto su contribución a la resolución del problema de la vivienda mínima y también la influencia de Arne Jacobsen, de quien se mostraba admirador. Nada más hasta la reciente incorporación de la exuberante iglesia de Santa Marina en la vecina Villarcayo.

Su diseñador, José Luis Gutiérrez Martínez (1897-1981), ya tenía algunos trabajos registrados en este catálogo de la modernidad: un edificio racionalista de viviendas en el número 4 de la calle Condestable, de 1933, otro del mismo tipo con algún rasgo expresionista en el número 1 de la calle San Lesmes, de 1946, y un edificio-estudio en la Avda. de los Reyes Católicos, de 1969-71, los tres en Burgos capital. De neto origen racionalista con valiosas actuaciones en los años 30 y 40 durante los que consultó a menudo al ingeniero Eduardo Torroja el cálculo de algunas estructuras, la trayectoria del arquitecto Gutiérrez Martínez, transitó por bloques de masivas viviendas propias del desarrollismo económico autóctono de las décadas de los años 50, 60 y 70 sin destacables aportaciones salvo excepción, para desembocar al final de su vida profesional en un proyecto de iglesia de factura completamente diferente, como si recuperara los aires de vanguardia que respiró en sus inicios.

La localidad de Villarcayo ya había conocido un primer brote de modernidad social a principios de los años 60, cuando en un finca de 179.473 metros cuadrados los arquitectos Celestino Martínez, Julián Larrea y Ramón Uribe diseñaron una amplia y ajardinada Residencia Infantil por encargo de la Caja de Ahorros Municipal de Bilbao. Allí, niños y niñas con dificultades respiratorias podían pasar periodos de tres meses en invierno, durante los que continuaban con su escolarización, o de todo el curso o colonias veraniegas de un mes, bien en julio o en agosto. En la Bizkaia de finales de los 50, la contaminación de la industria pesada causó muchos problemas entre una población infantil que encontraba en Villarcayo el clima perfecto para recuperarse.

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En cuanto a la iglesia de Santa Marina, las referencias alusivas a ella más repetidas son que evoca una tienda de campaña beduina y que el eco de Gaudí se manifiesta en la ornamentación de los vitrales. Creo que son menciones fuera de lugar. La forma y la espacialidad remiten a Miguel Fisac y Félix Candela. Sin duda, el primero por el desarrollo en planta, aunque resulte más formalista que el manchego, y el segundo por la solución para la cubierta, aunque utilice vigas de acero y no sólo hormigón. En el tratamiento de la fachada se pueden encontrar alusiones a las primeras propuestas de Jorge Oteiza para la Basílica de Aránzazu.

La planta se resuelve por el encuentro de dos cuerpos claramente diferenciados: la nave principal está conformada por dos muros que en su arranque a los pies de templo se hayan separados para ir acercándose entre sí según se aproximan al presbiterio, una forma triangular truncada por su encuentro con el otro cuerpo, un elevado tambor elíptico que engloba el presbiterio y su inmediación. El conjunto determina una figura simétrica.

La cubierta incluye también los cierres laterales y se constituye con unas secciones triangulares de punta superior redondeada que, en tres cuerpos, van decreciendo según se aproxima hacia la cabecera del templo. El encuentro entre las tres secciones genera dos medias lunas que permiten el paso de una tenue luz a la oscurecida nave ocupada por los feligreses. Esta nave se estrecha y la cubierta desciende para arribar al cuerpo elíptico del presbiterio que, al ser más elevado y estar iluminado por una gran cristalera que los feligreses no ven, queda resaltado con una colorista claridad. Así, donde se halla el pueblo domina la penumbra, la luz es escasa y el paso se estrecha, pero donde reside la divinidad los muros se elevan, la oscuridad desaparece y el espacio se ensancha.

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En construcción, 1967.

El hastial de la fachada previsto por el arquitecto aparece cerrado con una enorme vidriera o conjunto de vidrieras insertas en un paño de hormigón. Sin embargo, aunque dejó algún dibujo acerca de cómo lo preveía, el encargado de ejecutar estas vidrieras fue el artista Luis Francisco “Quico” Prieto Blanco (Zamora, 1931-2008), creador polifacético que cultivó la pintura, la escultura, el dibujo, el cómic y la caricatura pero que destacó especialmente como artesano de vidrieras. En el centro de la vidriera de la fachada se halla la representación del Pantocrator, Cristo Glorioso que recapitula en sí todo lo creado. Hacia Cristo sentado sobre la bola del mundo y portando en su mano el Libro de la Vida, confluye el macrocosmos (soles, lunes, constelaciones…), el cosmos (mundo marino, vegetal…), y el microcosmos (microbios aumentados millones de veces). El programa resulta muy pastoral, evidentemente, pero el color y la composición tiene un incuestionable aire de época que recuerda trabajos similares llevados a cabo en diversos  lugares por otros artistas. No obstante, existe en estos vitrales un sabor curioso que oscila entre el expresionismo abstracto y las efusiones cromáticas del ambiente “hippie” más psicodélico y lisérgico. A finales de los años 60 en los cines de Notting Hill Gate antes de las películas se proyectaban secuencias con imágenes entremezcladas de fluidos cromáticos y destellos kaleidoscópicos  similares a lo que en estas vidrieras se observa…, asuntos teológicos aparte.

El trabajo en el hastial tardó en culminarse, pues habiéndose iniciado en 1968 terminó en 1990. El molde para la estructura se preparó en escayola en Madrid, llevándose a Villarcayo en tres grandes camiones. El encofrado de hormigón armado fue una epopeya artesanal.

Aunque Luis “Quico” ejecutó otros trabajos en España, Portugal e incluso Australia (también en Bilbao dejó algunas muestras en el cine Coliseo Albia y en el antiguo Banco Popular, entre otros), esta iglesia de Villarcayo fue su obra más importante. La Fundación DOCOMOMO así lo ha visto también y, sin duda, merece la pena la visita.

Su emplazamiento es extraño, pues este tipo de templos, al ser edificados en los años del crecimiento urbanístico de las ciudades, normalmente se encuentran situadas en lugares despejados y, por tanto, su visibilidad resulta completa y libre de obstáculos. Aquí no sucede esto porque se utilizó el lugar que tuvo el templo anterior de origen medieval tras ser derribado por ruina física, motivo por el cual se decidió erigir uno nuevo, pero en el mismo sitio que tuvo la iglesia histórica.

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Fachada exterior y campanile. A la izquierda del templo, existente un par de edificios de viviendas, cuya autoría desconozco, pero que son fruto asimismo del breve pero fértil brote de modernidad arquitectónica que vivió esta localidad burgalesa.
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Desde la nace hacia el presbiterio.

 

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Desde el presbiterio hacia la nave. La vidriera superior cierra el encuentro entre la nave triangular y el presbiterio elíptico; la vidriera inferior se halla al fondo de la nave, en el hastial de la fachada.

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