SANAA-Aurrekoetxea: Museo de Bellas Artes (III).

SANAA 1

“Al observar las cosas de una forma espiritual, somos como las ostras mirando al sol a través de agua y pensando que esa agua es como aire ligero”.

Herman Melville, Moby Dick.

El comienzo de la propuesta de SANAA-Aurrekoetxea resulta un tanto desconcertante, pues asegura que la volumetría original del edificio de 1945 “ha sufrido alteraciones que la han desprestigiado“, en alusión a intervenciones previas. Cuando se examinan los cinco paneles o renders, sin embargo, la aparente falta de tacto con sus anteriores colegas parece centrarse en la habilitación del año 2001, puesto que ésta desaparece por completo, preservando la ampliación de 1970, a la cual incluso devuelve algo de su imagen original, como volumen sostenido por pilotis, al despejar y cerrar con vidrio parte de su perímetro en planta baja. En otro momento, cuando habla de la obra de 1945 se la caracteriza como “en realidad un edificio casi olvidado“, lo que provoca un segundo sobresalto. Detalles lingüísticos aparte, vayamos a lo importante.

Algo unánimemente esperado era que la aportación de Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa (SANAA) nos dejara asombrados, tirando a estupefactos, con unas ideas que, no por realizables y estrictamente museísticas, dejarían de parecer surgidas de una mente  hechicera: cubiertas ondulantes como oleajes marinos, envolventes cápsulas de una rotundidad tan absorbente que podrían tragar en su interior cualquier preexistencia o volúmenes superpuestos en altura como cajas apiladas por un gigante desordenado. Sin embargo, nada de eso ocurre. La suya es una intervención delicada y ligera como el aire…, a la que tampoco le faltan inconvenientes.

Como en el caso de Foster, también en éste se plantea la reorganización e integración de la plaza Euskadi en el ámbito del parque a modo de preámbulo verde para el edificio de 1945, lo que, además, mejoraría el ecosistema urbano en la zona. Como singularidad cabe apuntar que, en vez de dejar ajardinado tal espacio, ocuparía una amplia superficie del mismo con un estanque de agua cuya intención sería establecer una llamada de atención para los visitantes del vecino Museo Guggenheim Bilbao. Me cuesta creer que ese efecto llamada llegase a funcionar como tal en beneficio del Museo de Bellas Artes (pues para descubrir la lámina de agua habría que acercarse tanto a ella que, de hecho, ya se estaría frente al propio museo), y tampoco le encuentro la pequeña virtud de que esa laguna pudiera llegar a funcionar como espejo de parte de la fachada, un efecto de duplicación que siempre resulta atractivo; aquí no funcionaría aunque el render correspondiente así lo pretenda.

La actuación tendría varios puntos de incidencia: (1) eliminación de la intervención del año 2001 y recuperación de las volumetrías originales de los edificios de 1945 y 1970 con traslado de instalaciones técnicas sobre cubiertas a otros lugares, sobre todo al sótano, (2) total acristalamiento para el cierre de la planta baja del edificio de 1970 (excepto en la actual sala BBK, la cual, habiendo sido inicialmente un porche, fue cerrado por el propio Álvaro Líbano junto con Rufino Basáñez en 1981) y conversión de ese espacio en un nuevo vestíbulo de 562 m2 a los que se sumarían los 150 m2 de la tienda, (3) excavación del jardín delantero y lateral (hacia c/ Henao) para ubicar bajo rasante una sala de exposiciones de 2.000 m2, (4) construcción de un volumen ovoide muy alargado que, soportado por pilotis, planta baja abierta y mínima afección en el suelo, ocuparía parte del espacio aéreo de la plaza Arriaga, ofreciendo aspecto de flotación y que pondría en comunicación las primeras plantas de los edificios de 1945 y 1970 por medio de una sala de 611 m2, y (5) construcción de un segundo volumen de desarrollo curvo que comunicaría mediante otra nueva sala de exposiciones (515 m2) los dos extremos de la planta primera del edificio de 1970, también sobre pilotis, y planta baja abierta cuyo porche acogería, entre muros de vidrio, la cafetería (125 m2).

Así, tras despejar las adherencias más cercanas en el tiempo, los dos edificios históricos se reconocerían con claridad, mientras que los dos volúmenes nuevos, tocando mínimamente el suelo, cerrarían aéreamente las plazas Arriaga y Chillida, pero sin que sus máximas alturas sobrepasaran apenas las de los edificios preexistentes y permitiendo el tránsito peatonal por sus porches. De tal forma, los edificios de 1945 y 1970 quedarían conectados tan sólo por el inédito enlace facilitado por el volumen ovoide y por un puente en rampa que al final del pasaje de columnas facilitaría la comunicación con el nuevo vestíbulo. No me parece buena solución ese puente, un tanto ridículo y débil; puestos a ello, consideraría mejor recuperar el módulo de conexión ideado por Líbano y Beascoa en 1970 o algo que se le asemeje.

En un museo marcado hasta ahora por la rotunda ortogonalidad y las líneas rectas, SANAA-Aurrekoetxea introducirían la fluidez y suavidad de paredes curvas y formas redondeadas. El contacto que esos dos volúmenes nuevos realizarían sobre los cuerpos de los anteriores sería de escasa afección y de ese modo, apenas sin tocar el suelo de las dos plazas, las modifican sustancialmente: ambas quedarían empequeñecidas y, siendo de libre acceso en cualquier horario, también resultarían más recónditas y, por tanto, de vigilancia complicada en determinadas franjas horarias.

La escultura de Durrio se vería obligada a un desplazamiento lateral, no quedándome claro si conservaría estanque de agua o no, y la de Chillida se mantendría en su lugar. Al excavar la zona ajardinada fronto-lateral, la escultura de Moraza quedaría desplazada a otro lugar, con el consiguiente problema de su desnaturalización al haber sido concebida “site-specific” para ese emplazamiento, y sustituida por unas clásicas burbujas de SANAA con pretensión “simbólica” y “artística” para “mejorar la visibilidad (del museo) y dotarle de una imagen contemporánea y reconocible“. Pues vaya, ¿Moraza ya no es contemporáneo? Creo que, en realidad, quieren decir una imagen “más amable y lúdica”.

El nuevo vestíbulo es el hoy existente entre ambas plazas, pero ampliado al despejar la cafetería. Su interior no satisface la necesidad del museo de disponer de un espacio para eventos especiales, aunque puede seguir funcionando para inauguraciones expositivas, como hasta ahora. La consecuencia de ello es que para la celebración de ese tipo de eventos singulares, en un espacio con cierto carácter de privacidad, se hace necesaria la habilitación del cuerpo izquierdo de la planta baja del edificio de 1945, en donde se dispondría de 321 m2 a costa de sacrificar las históricas salas de esa sección.

El antiguo vestíbulo se mantendría tal cual, pero sólo para acceder a ese espacio de eventos y para subir a la primera planta por la escalera de mármol, si bien debo suponer que esto último no lo haría el publico visitante, pues quien accediera por esta entrada, antes de visitar cualquier sala expositiva, tendría que recorrer el pasaje de columnas para llegar hasta el nuevo vestíbulo y adquirir allí su entrada. La prueba de que esta gran escalinata quedaría como un elemento ornamental de restringido uso es que para comunicar la planta baja del pabellón lateral con la primera del edificio histórico resulta necesario inventar una escalera exterior en el costado orientado al parque. Esto no está muy bien resuelto, francamente. Por otra parte, al conservar las escalinatas frontales exteriores se hace necesaria una rampa de desarrollo curvo para accesibilidad que, a mi entender, tampoco ofrece una solución satisfactoria.

Todo el pabellón lateral de 1945 se mantendría en su estado actual, así como la primera planta frontal, con destino a la colección permanente. De hecho, salvo que se trate de un error gráfico, según los paneles, todos los espacios expositivos, tanto nuevos como antiguos que mantienen su función, se dedicarían a la colección permanente, habilitándose para exposiciones temporales tan sólo el nuevo ámbito bajo el jardín delantero; dos espacios separados un cuello de botella, incómodo por subterráneo, de planta irregular e insuficiente a pesar de su amplitud para este museo que despliega una intensa y variada actividad expositiva temporal. Para amortiguar la agobiante sensación de estar en el subsuelo, en un extremo de esta sala habría una cápsula cilíndrica y acristalada (58 m2) bajo un óculo, que funcionaría como “jardín hundido” por el que penetraría la luz, y en donde el visitante podría refugiarse unos momentos para reflexionar sobre lo contemplado, como si mirara al sol a través de agua.

La ventaja de la disposición de salas propuestas por SANAA es que posibilitaría un recorrido circular casi completo entre todos los cuerpos existentes a nivel de primera planta, al “coser” o conectar entre sí lugares ahora distantes, pudiéndose habilitar también circuitos menores de más breve recorrido dentro de ese gran “tour”.

El muelle de carga y descarga se ubicaría en espacio abierto, bajo el gran volumen flotante que cierra la plaza Arriaga. El suelo escondería una plataforma para descender al sótano con los embalajes conteniendo las obras de arte. Me sorprende que se proponga este modelo, pues en mi opinión no procura una seguridad absoluta en las operaciones con los embalajes, ya que las maniobras se realizarían a la vista y alcance de quien pasara por las inmediaciones.

El auditorio lo mantendrían en la planta sótano, donde actualmente se halla y, en general ese subsuelo no se vería sometido a demasiadas modificaciones. Veo que prescinde de restaurante, pero a cambio ofrece una gran terraza, sobre el cuerpo de 1970 orientado al parque, a la que se accedería por una escalera helicoidal que, arrancando desde la planta sótano, cruzaría baja y primera, para arribar a un emplazamiento de generosa extensión y paisajísticamente atractivo.

Me llama la atención que casi todas las propuestas presentadas ofrezcan la posibilidad de salir al exterior sin dejar de estar en el museo. Esto es algo que antes no se daba y el visitante circulaba por las salas en contacto visual con el arte, únicamente, sin distracciones que hicieran volver su mirada hacia otros asuntos, salvedad hecha de algún cierre acristalado que muchas veces, por necesidad o por exceso de la cambiante luz natural, terminaba cerrándose con cortinas, estores o muros temporales que terminaban convirtiéndose en permanentes. Una vez dentro del museo era como si se estuviera en una dimensión ideal de la realidad, un mundo de perfecciones no contaminado por el mundo exterior, ni siquiera por la Naturaleza que de imperfecta no tiene nada. Ahora ya no es así, en parte porque consideramos que el arte y su espectador no deben permanecer encerrados, aislados y ajenos al mundo, sino porque -también hay que decirlo- en otras épocas los museos tenían unas dimensiones en las que su recorrido completo no llegaba a cansar, pero ahora, al hacerse más y más grandes, el reposo intermedio resulta necesario.

Vuelvo a la descripción. Dada la singularidad formal de los nuevos cuerpos, con paredes curvas tanto en desarrollo vertical como horizontal, se reproducen los conocidos problemas de montaje y visualización habituales en museos con salas de estas características a la hora de instalar y contemplar pinturas, fotografías…(recuérdese los Guggenheim de Bilbao y Nueva York). Para evitar tales complicaciones, la museografía que sugiere SANAA para estos lugares renuncia a utilizar las paredes y plantea el uso de muros aislados y distribuidos a lo largo de las salas. En cada muro se utilizarían ambas caras para obras de arte en dos dimensiones, pudiendo usarse tantos como se quisiera o prescindir completamente de ellos según conviniera.

Las superficies de los nuevos cuerpos del museo concebidos por SANAA-Aurrekoetxea, revestidas por un material reflectante, buscarían recoger la tonalidad verdosa del entorno y expandirla, ofreciendo una sensación de transparencia entre acuosa y nacarada como el interior de la concha de la ostra, a la manera de un espíritu etéreo, vaporoso y tenue…, pero, no sé, la impresión global que me deja esta propuesta es la de que sus autores no se han implicado en ella con mucho entusiasmo ni grandes ganas por llevarse el encargo.

Mi agradecimiento al Museo de Bellas Artes por las imágenes facilitadas en alta resolución.

SANAA 2

SANAA 3

SANAA 4

SANAA 5

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