Columbus: arquitectura y cine.

Acabo de ver la película Columbus, estrenada el año pasado en EE. UU., pero presentada en nuestro país durante el último verano con escasísima repercusión. Se distribuyeron muy pocas copias y se proyectaron durante muy pocos días. En concreto, en Bilbao estuvo en pantalla alrededor de dos semanas… y en pleno verano. Poca gente se enteró, ni siquiera la mayor parte de las personas interesadas en la arquitectura de nuestra época tuvo noticia de ello. Sin embargo, a estos últimos les hubiera encantado verla; de hecho, le hubiera gustado a cualquiera que ame el cine porque la cinta, al margen de su contenido relacionado con la arquitectura, es estupenda.

columbus blioteca y escultura
Cleo Rogers Memorial Library (1969) de I. M. Pei.

Con guion y dirección de Kogonada -un realizador surcoreano que firma aquí su primer largometraje, pero que poseía una larga trayectoria anterior como videoensayista-, la historia que narra tiene lugar en la ciudad de Columbus, Indiana, un lugar en el que, gracias a cierta política de incentivación municipal, a partir de los años 40 del siglo pasado se produjo un intenso y rico proceso constructor de piezas de arquitectura moderna que terminaron por convertir el lugar en una meca del diseño contemporáneo.

Los principales protagonistas son dos jóvenes que, sin embargo, como personalidades, no pueden ser más antagónicos. Él, traductor, acaba de llegar a la ciudad desde Seúl, siente una enorme indiferencia hacia la arquitectura, a pesar -o quizás por ello- de ser hijo de una reconocida figura internacional de esa disciplina (la causa de que haya viajado a Columbus es que, precisamente, a su padre le diera un ictus cuando iba a pronunciar una conferencia en la universidad local) y desea abandonar cuanto antes la ciudad en la que, por todas partes, le rodean aquellas construcciones que le resultan tan indiferentes cuando no pretenciosas. Por el contrario, ella, bibliotecaria, adora la ciudad en que nació y los edificios que la hacen tan sumamente personal, quiere estudiar arquitectura y ejercer la profesión, para la que posee cualidades inmejorables, pero para ello tiene que marchar de Columbus, cosa que no desea, entre otros motivos porque su madre, antigua drogadicta, se halla enferma y necesita de sus cuidados.

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First Christian Church (1942), de Eliel Saarinen.

La relación entre ambos se despliega en sucesivos diálogos que tienen por diferentes escenarios de la ciudad y en ellos hablan del amor y la muerte, de la belleza y la soledad, de la capacidad curativa de la arquitectura, del orden y la sensibilidad…, haciéndolo con frases claras dichas entre silencios que permiten seguir los pensamientos de sus mentes. La cámara apenas se mueve, pues casi toda la película son largos planos fijos en los que ellos conversan ante edificios cuyas funciones, por cierto, tienen que ver con los asuntos sobre los que hablan. Apenas hay un par de travellings cuando la pareja camina por los senderos del boscoso parque urbano.

De tal manera, aunque silenciosas, las diversas arquitecturas de Columbus se convierten en el tercer protagonista de la película. Esto no quiere decir, de ningún modo, que los edificios sirvan sólo para componer preciosistas estampas sin más sentido que el decorativo o escenográfico. No, las arquitecturas “hacen” la película y los diálogos que mantienen los dos jóvenes, desde la distancia y la frialdad emocional o desde el entusiasmo y la vivencia cotidiana, nos hacen entenderles a ellos al tiempo que entendemos los edificios que vemos.

Elegante y melancólica, la cinta no oculta la monotonía y aburrimiento de una ciudad del Medio Oeste, pero el relato cinematográfico, en sí mismo, es espléndido y Kagonada utiliza a veces recursos de sofisticada y sencilla composición, como cuando, situados junto a la amplia cristalera de una planta baja, al otro lado de la cual se observa el césped de un jardín, él le pide a ella que le explique por qué le entusiasma tanto aquel edificio y cuando ella se apresta a responderle, de pronto, la cámara pasa al jardín exterior para mostrar la arquitectura mientras se hace el silencio y vemos a ella expresar admiración con sus gestos, pero sin poder escuchar lo que dice. No hace falta, la cámara habla por ella, de la que nos es suficiente observar su entusiasmo.

Algunos de los edificios cuya “modernidad con alma” van apareciendo a lo largo de la película son la First Christian Church (1942), de Eliel Saarinen, el Irwin Union Bank  (1954), la Miller House (1957) y la North Christian Church (1964), de Eero Saarinen, la Cleo Rogers Memorial Library (1969) de I. M. Pei, que tiene una escultura de Henry Moore, Large Arch, ante su fachada, la Clifty Creek Elementary School (1982), de Richard Meier, el Republic Newspaper Building (1971) y el Ayuntamiento de la ciudad (1981), de Skidmore, Owings and Merrill, la Mental Health Center (1972) de James Steward Polshek, el Columbus Regional Hospital (1995), de Robert A. M. Stern, y otros muchos como Robert Venturi y  Deborah Berke.

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North Christian Church (1964), de Eero Saarinen.

Por tanto, la arquitectura abunda en un filme en el que su relato se transmite a través de una forma que encuentra en el plano y su simetría un modo de comprender los espacios en los que se mueven los personajes, disponiéndolos como transcendentes. Jin (él), ese surcoreano que visita la Columbus para estar al lado de su padre enfermo, se ve atrapado en un escenario del que no puede huir, pero en el que parece improbable avanzar. La redundancia en esos emplazamientos -a los que sus protagonistas vuelven una y otra vez, como si todo estuviese conectado en una forma de explorar esa frustración- contrasta con la decisión de Casey (ella) de seguir presa de un marco urbano en el que se siente cómoda, pero que es un reflejo de sus temores e inseguridad por seguir avanzando.

Ya no se puede contemplar en la gran pantalla, las buenas películas se retiran demasiado pronto casi siempre, pero se puede ver en diversas plataformas on-line. No es lo mismo, pero algo es.

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Republic Newspaper Building (1971), de Skidmore, Owings and Merrill.
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Ayuntamiento de la ciudad (1981), de Skidmore, Owings and Merrill.

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