Plaza de la Trinidad, San Sebastián.

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Finalizaba julio de 1970 y, con un par de amigos, fui a Donosti para asistir al Festival de Jazz que celebraba su quinta edición, aunque era la primera a la que nosotros acudíamos. El viaje lo hicimos en tren (Atxuri-Amara, tres horas… o cuatro) y la idea básica que llevábamos era la de estar en todos los conciertos que hubiese programados (principal gasto del viaje), aguantar con un par de bocadillos al día y dormir en los soportales del puerto -entonces, en vez de restaurantes turísticos, era el lugar donde los arrantzales dejaban las redes de pesca- o en los de la playa. Así lo hicimos: aún no habíamos cumplido 20 años, claro.

Conservo viva la impresión que nos produjo entrar en la plaza de la Trinidad, emplazamiento utilizado por el festival para los conciertos. No teníamos ni idea de a dónde íbamos, pero en cuanto pusimos los pies allí dentro nos dimos cuenta de que aquel lugar era algo… no supimos cómo calificar lo que veíamos…, singular y extraño, desde luego, pero como eso no bastaba para definirlo ni de lejos, pensamos en atávico, telúrico, ancestral…, no encontrábamos la palabra adecuada y el caso es que tampoco reconocíamos muy bien por qué nos llamaba tanto la atención, las razones por las que producía en nosotros aquel asombro.

En primer lugar, sí, nos chocaba que en plena ciudad hubiese una bolera y un carrejo para el arrastre de piedras por bueyes; no tanto el frontón, pero sí lo otro, puesto que en nuestra condición de urbanitas bilbaínos esos juegos los asociábamos al mundo rural, a las aldeas, y no al espacio urbano, pero, en fin, pensamos: “es que en Donosti son muy vascos, más que nosotros, que estamos ya un poco echados a perder”. Alguno bromeó con la insinuación de que quizás los donostiarras, en el fondo, eran más rurales. Lo dejamos ahí para no liarnos con pequeñeces.

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Ya en la parte vieja, según dejábamos atrás la calle 31 de agosto, supusimos que aquel ancho y corto callejón entre casas de viviendas nos iba a llevar a la zona trasera de las mismas, “Jopé, menudo sitio para el festival, un patio de vecindad”. Nos sentamos en las sillas antes de que empezara el primer concierto y miramos alrededor. No se trataba de un patio, ni mucho menos; estábamos rodeados por numerosos elementos arquitectónicos dispares, en escalas, proporciones, estilos y materiales, arcos y ventanas cegadas, muros de ladrillo y entramados de madera, muros de sillería, de mampostería, muros ciegos, ventanas con tendederos de ropa…, pero unificado todo ello por un espíritu de cierta teatralidad, de puesta en escena.

Éramos muy jóvenes, pero el arte y la arquitectura, su historia y las tendencias vivas por las que éstas se desarrollaban, ya nos habían envenenado. Empezamos a fijarnos en los detalles. De entrada, convenimos en que aquel lugar debía de ser la suma de diversos espacios residuales, algunos de los cuales hace tiempo pudieron haber sido patios de las fachadas traseras de las viviendas cercanas, sí, pero allí había más espacios que aquellos porque en el lugar también convergían los muros de dos iglesias, de un edificio de aspecto conventual y la ladera del monte Urgull.

En todo caso, nos parecía bastante obvio que aquel conjunto había sido resultado del azar, del tiempo y de pequeñas actuaciones sutiles no relacionadas entre sí, pero en la que cada actuación había tenido en cuenta las precedentes, que era fruto de la paulatina consolidación de un vacío urbano por desaparición de un inmueble en la calle 31 de agosto (el callejón de comunicación) y el aprovechamiento del espacio híbrido -al que se podía llegar fácilmente desde dicha calle- mediante la habilitación de unos equipamientos deportivos de escasa incidencia visual: un frontón es un vacío entre dos o tres paredes y un suelo, un carrejo y una bolera son dos líneas en el suelo.

Nos fijamos durante las sesiones musicales siguientes que aquello no era tan casual como nos había parecido al principio. Los graderíos de piedra parecían ocupar espacios y laderas allí donde podían ubicarse, sin regularidad ni sujetarse a composición alguna más que a la proporcionada por la topografía. La cubierta de la bolera era plana, de hormigón, y la parte superior de la misma conformaba una plataforma-balcón desde donde poder contemplar lo que sucediese en el espacio vacío central porque tanto el frontón como la bolera estaban estratégicamente situadas en los bordes de aquel espacio; por último, la pared lateral del frontón disponía de un atípico rebaje en su parte superior-trasera que permitía observar los muros de la cercana catedral. Mucha finura para atribuírsela al azar.

Aunque irregular y circundado por un perímetro de texturas y materiales muy diferentes porque los muros de los edificios circundantes eran distintos en estilos, funciones y épocas -incluso en el suelo había una zona de adoquines, otra de cantos rodados y otra de losas-, poco a poco nos fuimos convenciendo de que aquello o era resultado de una cultura popular anónima que se había ido sedimentando allí a lo largo del tiempo sin estridencias y con la humildad propia de quien no dispone de medios económicos para obtener mayor -aunque quizás no mejor- provecho de semejante rincón urbano o aquella era una actuación excepcional de un maestro del camuflaje, la discreción y el respeto. Esto segundo nos parecía tan extraño y poco probable que supusimos que la suerte había echado sus bendiciones sobre aquel lugar para dar como resultado algo fortuito que, además, no parecía pertenecer a ninguna época en concreto. No presentaba aspecto de ser moderno, aunque tampoco antiguo; en un tiempo en que casi todo lo tradicional se esfumaba a la velocidad del rayo, parecía un lugar tradicional que hubiese llegado muy dinámicamente vivo hasta el presente; mostraba una morfología de puro sentido común local convertido en ambiente y atmósfera integradora de las evidencias naturales y artificiales que allí convergían.

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La sensación que daba el espacio era de una sorprendente homogeneidad a partir de lo pétreo, de un cromatismo entre gris y dorado y de unas gradas que, aunque dispersas y discontinuas, funcionaban como elemento integrador de las distintas partes, su denominador común. La música de jazz y el lugar establecieron en nuestras cabezas una unidad perfecta: buenas vibraciones y un auditorio acogedor -casi íntimo- a pesar de estar al aire libre y en plena urbe. Las sillas resultaban incómodas y no asentaban bien sobre los adoquines -menos aún sobre los cantos rodados-, pero lo demás resultó mágico.

Nos fuimos de San Sebastián sin saber nada de aquel lugar, nada más que lo que vivimos y escuchamos. Debo confesar que hoy ya no recuerdo quiénes fueron los músicos que actuaron en las diferentes sesiones, pero sí que el emplazamiento quedó grabado a fuego en nuestra memoria.

Algunos años después supe que aquel singular rincón entre la ciudad y la montaña había sido diseñado en 1963 por Luis Peña-Ganchegui como uno de sus trabajos en la labor de arquitecto municipal. En 1970 yo no sabía nada de él, seguramente ni siquiera había oído pronunciar su nombre aún. He vuelto allí numerosas veces para revivir la emoción de aquel mes julio y siempre me ha producido la misma sensación de geología ordenada, de misterio surgido del subsuelo y acomodado a la arquitectura circundante. En 1996 la obra fue incluida en el registro del Docomomo, la organización internacional creada con el objetivo de inventariar, divulgar y proteger el patrimonio arquitectónico del Movimiento Moderno, por su “enseñanza de cómo tratar un espacio público a partir de un estudio y entendimiento de lo existente sin arrogancia ni sometimiento, disponiéndolo todo en perfecto equilibrio y armonía”.

Sin embargo, desde hace un par de décadas la plaza de la Trinidad viene sufriendo un incomprensible proceso de degradación, incomprensible porque se trata de una de las obras capitales de la arquitectura vasca de la segunda mitad del siglo XX. Empezaron instalando una cancha deportiva en el espacio central, para lo cual fue necesario cambiar el pavimento existente, siguieron cerrando con cristales los huecos a través de los cuales el interior de la bolera se comunicaba con el exterior, luego vino el cierre del acceso a la plaza desde el callejón-vestíbulo con una verja de hierro, además permitieron la instalación en sus laterales de dos terrazas cerradas para los restaurantes cercanos y unos urinarios…; la última fue el derribo de un edificio (el pabellón Aranzadi) situado entre el monte y la iglesia de San Telmo, que cerraba con prestancia neo-renacentista el espacio urbano en ese sensible punto concreto que ahora ha quedado abierto y por el que asoma una construcción evidentemente moderna.

El pasado jueves 12 de abril se inauguró en la sede bizkaina del Colegio Oficial de Arquitectos Vasco-Navarro (COAVN) una exposición sobre este emblemático lugar donostiarra. En ella se explica lo que no era fácil de comprender a la vista del mismo: cómo surgió el sitio fruto de varias catástrofes históricas, de qué manera llegó a estar  conformado a mediados del siglo XX, en qué consistió la intervención de Luis Peña Ganchegui y cuál ha sido su proceso de degradación. La exposición es sencilla: ocho grandes paneles con numerosas fotografías y suficientes explicaciones pertinentes. No hay materiales directos como dibujos, planos o maquetas porque, al haber realizado la tarea como funcionario municipal, Peña Ganchegui no guardó para sí documentos de trabajo, resultando al parecer que el Ayuntamiento tampoco lo hizo más allá de un par de dibujos. No obstante, es atractiva la idea de que quizás nunca hubo planos en realidad y que la ordenación del espacio se llevó a cabo “in situ”, decidiendo qué hacer y cómo llevarlo a cabo en comunicación directa y emocional con las piedras centenarias y la vegetación de la ladera.

Peña Ganchegui fue un arquitecto moderno que trabajó a partir de la tradición, revisando temas e invariantes locales. En su nombre, el Archivo Peña Ganchegui, una asociación nacida con el fin de preservar y difundir la obra del arquitecto fallecido en 2009, y la Dirección de Vivienda y Arquitectura, del Gobierno Vasco,  crearon en 2017 un premio destinado a resaltar el trabajo de arquitectos jóvenes. El premio no se otorga a una obra o trabajo concreto, sino a un conjunto de trabajos de índole diversa: se premia la incipiente trayectoria emergente de un arquitecto o equipo liderado por uno o varios arquitectos dentro de sus diez primeros años de actividad profesional. Los premiados en la primera edición se presentan en otra sala del COAVN, como una exposición diferente a la de la plaza de la Trinidad y que pudo contemplarse en el Palacio de Miramar el pasado noviembre con motivo de la primera Bienal de Arquitectura de Euskadi.

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Luis Peña Ganchegui (1926-2009)

 

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