La oscura memoria y Alfonso Batalla

/ Javier González de Durana /

the so called night ok

Hace un par de meses el fotógrafo Alfonso Batalla presentó una selección de sus trabajos en la Fundación Iberoamérica Europa, en Madrid, parte de la cual podrá ser vista en breve en la galería Vanguardia, de Bilbao. La obra de Batalla suscita mi interés desde que la conozco hace ya algunos años. Me gusta la calidad con la que resuelve sus imágenes, cierta fría objetividad con la que envuelve escenarios de gran potencial narrativo y que encuentre belleza en lugares desolados y abandonados al olvido. Me une a él, además, el gusto por explorar fábricas sin actividad, en ruinas o no, y espacios arquitectónicos que conocieron la ultima visita humana décadas atrás. A petición de Alfonso escribí este texto que fue incluido en el folleto de mano publicado por la Fundación y como la arquitectura es el asunto principal de sus fotografías lo reproduzco aquí, a continuación.

state of the art

Los lugares abandonados, aquellos edificios y paisajes que después de haber sido escenarios de intensas actividades laborales e industriales cayeron en el desuso y el descuido, constituyen un tema reiteradamente abordado por el arte a lo largo de la historia. En otros tiempos fueron las ruinas de civilizaciones desaparecidas, sus templos y ciudades, los monumentos asaltados por la vegetación y los vestigios que precariamente aún se mantenían en pie lo que atraía con fuerza la mirada de los artistas.

No se trataba sólo de salir de los escenarios de la vida cotidiana para entrar en unos mundos en los que la imaginación encontraba motivos para la elucubración y la fantasía, sino que lo que subyugaba de ellos era, sobre todo, la imperceptible y difusa percepción del paso del tiempo y la futilidad de todo esfuerzo humano. Esa melancólica sensación de que lo erigido con esfuerzo y empeño, con sacrificio y voluntad de perdurar, termina por verse arrumbado al olvido y la desaparición. Lo cual, irremediablemente, lleva a la conclusión de que también nuestros esfuerzos y los de la época que nos ha tocado vivir recorrerán un semejante camino hacia la disolución, incluidos aquellos que nos parecen más sólidos e indestructibles.

Fotografiar estos lugares situados junto a los arrabales de la no-ciudad, como hace Alfonso Batalla, implica un regreso al habitar más allá del lugar y del momento. Aquí no tiene sentido preguntarse por la utopía, ya que estos no-lugares están construidos junto a las ruinas de la ciudad moderna que, precisamente, alimentó sueños imposibles, de hecho, ellos mismos son ruinas de no-lugares, espacios urbanos reconducidos por la mano de la desafección al estado de relatividades restringidas, de naturalezas arbitrariamente esquilmadas. “Cuando los oasis utópicos se secan -escribió Habermas-, se difunde un desierto de trivialidad y descontento”. La fría y estéril soledad que reina en el desconcierto.

Estas arquitecturas que obsesionan a Batalla, desde el lirismo que infunde la nostalgia, circunvalan y excitan la fruición poética. La alegoría es la manera más común de leer el mundo en el entorno de la melancolía y es por ello que las imágenes de Batalla deben ser leídas simbólicamente, como poseedoras de un significado que rebasa lo visual, lo local y lo particular. Frente a los fabuladores de la noche de los tiempos que acuden sin escrúpulos a falsificar el espacio y a ser posible el tiempo, Batalla se niega a mutilar la historia y la mira de frente, adentrándose entre sus restos. De ese encaramiento surge la decantación artística.

Estos lugares atraen la mirada como consecuencia de un síntoma más profundo: el que experimenta la conciencia moderna al no poder acomodar la transmutación del tiempo al entorno donde habita el hombre, devolviendo al presente los resecos itinerarios de la memoria, una memoria que ya, sin remedio, oscurece la utopía que estos espacios abandonados de la historia abrigaron alguna vez.

Espacios imposibles de recuperar como lugares; utopías canceladas por el pesimismo. Sin embargo, encararse a estos límites herrumbrosos del tiempo nos evita la necesidad de vivir en el simulacro. Lo sabemos: seremos olvido y nuestras obras no perdurarán. El poeta Ramón Gamoneda escribió estos versos:

Mi juventud fue conducida por relámpagos tecnificados

más allá de las flores en su hábito de llamas.

Vi, en habitaciones abandonadas, grietas

por las que asomaban su cabeza los reptiles del llanto.

Conocí el frío y, más allá de los símbolos, vi huellas judiciales.

(…)

Después advertí la belleza de ciertas úlceras y, en el tejido arterial, las tuberías que comunican el placer y la muerte.

bluer than velvet

Cuando Batalla se adentra en la habitación en un edificio carente de vida desde años atrás, normalmente, lo hace para mirarla de modo frontal, desde la puerta hacia la pared de enfrente en donde, por lo habitual, hay una ventana a través de la cual se ve -o no se ve- el exterior. Esa ventana, además de exterior a nosotros, también es interior, son ventanas de habitaciones que nos dejan en la soledad inconsciente al separarnos de la Naturaleza consciente situada afuera, más allá del encuadre.

Cuando Batalla sale al exterior de esos mismos edificios, en Ucrania o en Pyramiden, fotografía el ulular del viento entre las grietas y el frío de los símbolos. ¿Por qué será que este tipo de escenarios muertos, por muy distantes en lo que geográfico que se encuentren y muy diferentes que fueran en sus funciones originarias, terminan pareciéndose tanto? Quizás sea porque el regreso arrasador de la Naturaleza los asemeja, quizás sea porque la cámara del fotógrafo los iguala y, como una tubería, pone en comunicación el placer de la mirada con la muerte del pensamiento.

the molologist

Centro Botín, de Renzo Piano

/ Javier González de Durana /

A Nacho Valencia.

Recientemente he vuelto a Santander para visitar el Centro Botín y la exposición de pinturas y dibujos de Julie Mehretu, Una historia universal de todo y nada. La ocasión anterior que lo visité, la primera vez desde que inauguraron el Centro, fue en el pasado septiembre, una tarde en la que la luz diurna ya estaba debilitándose. Sería por ese motivo o qué-se-yo, pero la impresión que me causó el edificio de Renzo Piano fue negativa y no supe entonces reconocer el motivo. Había bastante gente por todas partes, así que el recorrido resultó incómodo, la exposición del belga Carsten Höller me pareció espantosa, tanto por las construcciones que presentaba (una especie de juguetes caros para niño caprichoso: si entras por aquí se encienden luces allá, si pasas por ahí se te abran las puertas acá, si subes a lo alto de  este tinglado encontrarás una cama en la que podrías dormir toda la noche dentro del museo si pudieses pagar una cifra obscena de dinero…) como por el montaje, la colección de la Fundación Botín tampoco era para echar cohetes y lo único extraordinario fue la exposición de dibujos y acuarelas de Francisco de Goya, Ligereza y atrevimiento, procedentes del Museo del Prado. Esta pequeña muestra del aragonés -en dimensiones pequeña, pero grandísima en calidad- me quitó el cabreo provocado por las insustanciales piezas de Höller y por la pedante retórica neo-académica de los pretenciosos textos que acompañaban a la exposición. Creo que me llevé tan mala impresión del edificio por culpa de esta carísima (lo supongo) y banal exhibición del belga. Una de las ideas que yo llevaba en mente era la de escribir en este blog una entrada sobre la obra de Renzo Piano, pero decidí abstenerme. No quería hacer una crítica negativa de un arquitecto admirable y, ciertamente, tampoco sabía encontrar la causa de mi desagrado. Claro, no era por el edificio, sino por parte de su contenido expositivo.

Sin embargo, la semana pasada la obra de Piano me encantó. El día estaba luminoso y había poco público, pudiendo ver con claridad el edificio y la -esta vez sí- extraordinaria exposición de Mehretu que estará abierta hasta el 25 de febrero. Unas palabras sobre esta artista antes de entrar en la arquitectura. Conocí la obra de esta mujer etíope hace quince o dieciséis  años y ya entonces sus trabajos recogían lo que ha venido a ser una suerte de estilo propio caracterizado por abigarramientos lineales de trazo caligráfico que forman condensaciones de mayor o menor intensidad o entrecruzamiento, pero en los que de ningún modo existe desorden, atisbo de caos o improvisación. Los trazos de entonces, en cierto sentido formalmente deudores del «action-painting», ahora se han convertido en limpias y finas lineas sobre fondo blanco perfectamente trazadas de las que se deducen intrincadas construcciones y megalópolis a las que Mehretu ha añadido torbellinos de tinta negra, grafito y carboncillo, creando una mezcla de orden y desorden, construcción y destrucción, superposición de capas con diferentes lenguajes gráficos y dominio cromático de los grises con puntuales -y, a veces, espectrales- presencias de color. Por momentos resulta inevitable recordar a Joseph W. Turner, otras a Joan Miró; en algunos dibujos de pronto aparece Philip Guston… Las pinturas tienen dimensiones monumentales, pero el montaje, sencillo y muy ajustado a las piezas presentadas, permite contemplarlas con gran placer. Un delicia.

julie, Fragment, 2009 3035 x 415'8 cm
Julie Mehretu, Fragment, 2009, Tinta y acrílico/lienzo, 303’5×415’8 cm.

El Centro Botín se inauguró a finales del pasado mes de junio y en aquellos días el edificio fue objeto de numerosos reportajes informativos que, junto con algunos análisis que se dieron a conocer en paralelo, me eximen de describir con detalle cómo es. Las reticencias al proyecto en su origen por la cesión municipal del privilegiado emplazamiento, el coste y el tiempo invertidos, la superficie construida…, me abstengo de mencionarlas. Además, muchas personas del entorno del Pais Vasco lo habrán conocido dada la cercanía de la capital cántabra. Así pues, trataré de enfocar mi acercamiento al mismo desde otro punto de vista.

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Lo que me sorprende ahora es la voluntad anti-icónica que tiene esta construcción. A diferencia de otros equipamientos museísticos y culturales levantadas en las últimas dos décadas, sobre todo en contraste con su  vecino Museo Guggenheim Bilbao, el Centro Botín parece no querer llamar la atención, a pesar de ocupar un enclave extraordinario de la ciudad: al borde del mar -parte de él sobre el mar mismo- y junto a los Jardines de Pereda. Sin embargo, desde la ciudad apenas se ve. Hay que acercarse al borde del agua por alguno de los muelles para verlo, sólo lateral y fragmentariamente. La totalidad de la construcción se hace visible desde el aire, por encima de las copas de los árboles, o desde el mar. Quienes han podido hacerlo aseguran que la visión desde las aguas de la bahía es la que proporciona una comprensión más completa sobre la naturaleza formal del edificio. Es posible que sea así. En todo caso, no parece ser lo que Piano quiso para la mayoría de la gente que se acerca él. La próxima vez cogeré el barco a Pedreña, al otro lado de la bahía, para comprobarlo.

El arbolado de los cercanos jardines oculta los volúmenes construidos. Podría suponerse que al menos la parte inferior de la construcción quedaría a la vista desde las calles cercanas, pero eso tampoco sucede porque la planta baja es abierta o acristalada, de manera que sólo aparecen los soportes verticales que sostienen las estructuras en voladizo, de modo que desde esa distancia media es difícil distinguir qué son troncos de árboles y qué columnas-soporte. Tal elevación permite, por otra parte, que la línea del horizonte y la lámina de agua no se pierda de vista en ningún momento. Nada las oculta, incluso quedan potenciadas por la presencia del edificio. Puesto a ser a-emblemático, el Centro Botín ni siquiera tiene una fachada reconocible como tal.

La construcción está configurada por dos cuerpos separados por un espacio central. Si ambos cuerpos se aproximaran, por desaparición de ese espacio intermedio, el resultado vendría a ser una forma lobular, redondeada en sus esquinas, con dos caras, a tierra y al mar, seccionadas verticalmente por cortes que, dos a dos, no comparten una linealidad común. La envolvente exterior de esos dos cuerpos es una superficie texturada por cientos de miles de piezas circulares de cerámica blanca, lo que otorga a esa piel un aspecto que no es como de escamas, pero podría asemejarse por la forma en que se constituye, no tan alejada de la propia dermis humana. Esta piel es otra de las características que singularizan la obra de Piano y he dicho «cerámica blanca» pero lo cierto es que la luz que refleja esa superficie es cambiante, entre el gris claro, el crema y el verde-azulado, dependiendo de cómo sea la luminosidad en la bahía, tan variable como sutil.

Ambos volúmenes flotan a unos 7 metros sobre el suelo, en su mayor parte, pero también sobre el mar, al desbordar el límite del muelle. El espacio intermedio está ocupado por escaleras, pasarelas y balconadas de aluminio y cristal. Esto proporciona una presencia transparente a todo ese conjunto de accesos y pasos de comunicación, como hilos leves que enlazan y cosen ambos cuerpos. La impresión óptica general es la de ligereza. El acceso a toda esta área y sus terrazas, incluso la más elevada, es libre, sin necesidad de tener que adquirir entrada, la cual sólo se requiere para visitar las salas de exposiciones. Estos volúmenes flotantes poseen un cierto aire próximo a algunas construcciones de los años 50 (aeropuertos, pabellones feriales y comerciales…) que se plantearon como paradigmáticas de la modernidad. La sección transversal se asemeja a la de un buque en un dique seco.

Las salas de exposiciones, dos, una en cada piso de volumen Este, el mayor de los dos, son buenas y están bien acondicionadas, siendo la flexibilidad para subdividirse y la luz cenital en el segundo piso dos de sus mejores cualidades. Por los extremos laterales de las salas es posible contemplar la ciudad con sus jardines y el mar a través de las grandes cristaleras que forman los cortes verticales de los volúmenes. En ningún momento pierde el visitante control sobre el lugar donde se halla. El Centro no se cierra sobre sí mismo, sino que, aprovechando el admirable escenario de alrededor, sobre todo hacia el agua, entabla un maridaje respetuoso entre la Naturaleza y el Artificio. El volumen Oeste, más pequeño, contiene el auditorio y los espacios destinados a actividades educativas.

En el exterior de los Jardines de Pereda ampliados por el paisajista Fernando Caruncho, tras enterrar la calle que allí estaba, hay una intervención escultórica de Cristina Iglesias. Al igual que el edificio, estas cinco construcciones de piedra gris que contienen formas de acero fundido parecen querer ponerle dificultades al observador por mimetización con el entorno. Son relieves rehundidos que simulan mostrar las rocas del subsuelo, vegetaciones y moluscos de zonas inundables por el mar, mientras por sus superficies discurre el agua. Un recuerdo de lo que tiempo atrás fue ese lugar, antes de la llegada de los planes urbanísticos, los jardines y las construcciones propensas a la levitación.

La vecindad  del Centro Botín no empaña la elegante silueta del Palacete del Embarcadero. Más bien al contrario. Ambas construcciones, tan distintas pero orientadas hacia la meta cultural, se van a llevar muy bien entre ellas.

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Las fotografías del Centro Botín son (c) Enrico Cano.

Demoler los edificios «feos»

/ Javier González de Durana /

A lo largo del pasado año se planteó en Chicago un debate sobre la posibilidad de derribar el Thompson Center, un edificio que desde su construcción, hace no mucho tiempo, en 1985, causó controversia y cierta unanimidad acerca de su fealdad, motivo por el cual ahora, al considerarse su demolición, muchos estén recordando que nunca gustó en la ciudad que presume de tener uno de los mejores conjuntos arquitectónicos modernos del mundo desde que se levantó el Home Insurance Building, el primer rascacielos con diez plantas diseñado por el arquitecto William Le Baron Jenney entre 1884 y 1885.

El inmueble de la controversia, obra del arquitecto Helmut Jahn en el centro de la ciudad, es un edificio de 17 plantas que fue concebido para reunir todas las sedes estatales entonces dispersas por la ciudad.  El edificio, sin duda, no pasa desapercibido. Con el exterior completamente acristalado y una gran fachada curva que une las otras dos fachadas que forman un ángulo recto, un gran tragaluz y un inmenso atrio interior cilíndrico, esta especie de nave espacial (así lo llaman, «starship») aloja sus oficinas adosadas a las paredes interiores y atravesadas por ascensores. El uso del color azul claro y rojo desvaído, combinado con el blanco -los colores de bandera estadounidense- pretende sugerir, junto con el cristal  y los espacios abiertos, la transparencia de la gestión gubernamental. Son innumerables las opiniones que lo consideran un edificio de mal gusto, ostentoso, chirriante, formalmente agresivo… Apenas 30 años después de inaugurarse, ahora el Gobierno se plantea venderlo para que el nuevo propietario (si lo hay) aproveche más intensamente tanto la parcela urbana como la edificabilidad que se autorice. De hecho, aunque de momento son sólo intenciones, se plantea sustituirlo por una torre de 115 pisos, diseñada por otro arquitecto, que se convertiría en el rascacielos más elevado de la ciudad. Jahn ha reaccionado planteando una torre de 110 pisos aprovechando sólo una parte del solar, lo cual respetaría su obra anterior.

Si se hubiese tratado de otro edificio, ortodoxamente moderno y de un arquitecto más respetado (el estudio SOM Skidmore-Owings-Merril, Kevin Roche, John Dinkeloo o, por supuesto, Mies van der Rohe…), quizás habrían existido reticencias mayores en venderlo y derribarlo, pero el hecho de estar considerado genéricamente como «feo» debió de alentar a las autoridades a utilizar ese argumento, entre otros, para justificar su intención. Sin embargo, han surgido defensores del mismo, no tanto por su discutible belleza o atractivo, sino porque el gusto -siempre subjetivo- que conduce a considerarlo «feo» o «bonito» es el de hoy, el nuestro, lo cual no nos autoriza a suponer que vaya a ser compartido por generaciones futuras, y porque lo que debería valorarse de este edificio es su singularidad histórica, lo cual es innegable, y la representatividad de cierto tipo de arquitectura institucional que existió durante los primeros momentos de la post-modernidad, con sus inciertos tanteos. No obstante, no falta gente hoy a la que le encanta  y su atrio ha servido como escenario a múltiples películas. En el exterior muestra una escultura de Jean Dubuffet, Monument with Standing Beast (1984), y en el vestíbulo otra de John Henry, Bridgeport (1984).

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Fachada curva de la «starship» con la escultura de Jean Dubuffet en su exterior.

También la arquitectura barroca pareció horrorosa a los arquitectos del neoclasicismo, el art-nouveau resultó repelente a los racionalistas de los años 20 y 30  y el brutalismo de los años 50, 60 y 70 provocó idéntico rechazo al sentido ahora en Chicago y, sin embargo, hoy apreciamos y protegemos esos estilos como valores culturales indiscutibles y, por supuesto, reconocemos sus cualidades estéticas y nos gustan. ¿Cómo pudieron considerarse feos alguna vez?, nos preguntamos. Hoy somos conscientes de que, además del valor cultural y estético, debemos tener en consideración la autenticidad de los materiales, los valores sociales e históricos, las técnicas constructivas, su repercusión en el debate social y en la historia de la arquitectura… En las opiniones acerca de lo feo y lo bonito influye el conocimiento y no todo el mundo que opina sobre esto o aquello posee las herramientas para discernir el polvo de la paja. La educación es fundamental, y la educación arquitectónica la adquiere y tiene muy poca gente, arquitectos aparte. En este sentido me parecen encomiables los talleres de arquitectura orientados al público infantil que desde hace años imparte el Centro Galego do Arte Contemporáneo (CGAC) en Santiago de Compostela, o la I Bienal Internacional de Educación en Arquitectura para la Infancia y Juventud que tendrá lugar en Pontevedra entre jueves 10 al sábado 12 de mayo de 2018.

La idea que debería prevalecer ante situaciones como ésta de Chicago es que los criterios de conservación del patrimonio arquitectónico tienen que estar por encima de los gustos de cada cual, de los cánones estéticos de un momento concreto y también de las meras relaciones entre coste y beneficio.

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Vista interior del atrio hacia el lucernario en Thompson Center.

En nuestro entorno  bilbaíno no es frecuente considerar obsoletos edificios tan jóvenes como el de este caso, pero no nos faltan. Al mencionado aquí hace unas semanas -el cesarcandeliano quiosco de música de la plaza de los Fueros en Barakaldo- podríamos añadir la Escuela de Magisterio, proyectada en 1959 por Germán Aguirre, Álvaro Líbano y F. Navarro Borrás en la ladera del Enekuri-Deusto, derribada hace unos años para construir viviendas, o el edificio de Iberduero, proyectado por Manuel I. Galíndez en 1939, entre otros, a pesar de aparecer mencionados como obras notables en los libros de arquitectura. Más allá de la polémica local que suscitó la actuación de Barakaldo, no hubo mucha oposición al derribo de esas construcciones, ni siquiera por considerarlas feas. Simplemente, eran modernos y, por tanto, se les podía dar caña. El respeto no les alcanzó, como sí llegó a la torre del Banco de Vizcaya, cuyo hipotético derribo, aquí sí, hubiese levantado oleadas de rechazo y sus propietarios ni siquiera se lo plantearon, prefiriendo tenerlo vacío durante largos años a la espera de que aparecieran compradores -por partes o del total- como ahora por fin está sucediendo.

En Bilbao y su entorno no existen casos de edificios significativos que la gente, en general, considere feos. Bueno, sí, hay muchos, pero al formar grandes racimos de mediocridad (Santutxu, La Peña, Larraskitu, Basurto-La Casilla, Bolueta, Matiko…) apenas se reconocen como tales o no lo parecen tanto como para exigir que los derriben, aparte del problema que representaría dejar al 50% del censo actual sin casa. Bueno, algunos hay, sí que se reconocen, por ejemplo, el edificio «de Tráfico» en la Plaza del Sagrado Corazón. Es unánime el deseo de que desaparezca, pero no por feo, al menos yo no lo tengo en tal consideración, sino por mal ubicado al taponar la desembocadura de la Gran Vía a un horizonte abierto. La gente suele decir que es horrible, pero en realidad creo que quiere decir que no debería estar ahí. Ese edificio de oficinas (diseñado por José Luis Sanz-Magallón en 1964) en cualquier otro lugar pasaría desapercibido e incluso podría parecer más que correcto. Desde luego, ha ganado muchísimo gracias al reciente forrado con chapas de acero corten de sus dos muros laterales, lo cual le ha aproximado cromática y matéricamente al espléndido «frente naviero» del Palacio Euskalduna. Es el típico caso de buen arquitecto teniendo que actuar en un mal emplazamiento.

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Final de la Gran Vía con mínima apertura hacia el horizonte distante, los aledaños de los jardines de la Misericordia a la izquierda y el edificio «de Tráfico» a la derecha.

En esta línea de edificios horriblemente mal situados hay otros dos, al menos, que ahora me vienen a la cabeza. Uno es el que está justo delante de Ciudad-Jardín (arq. Pedro Ispizua, 1922-24), al lado derecho de la salida de Bilbao por el puente de La Salve; no sólo es que sea monstruoso y vulgar, sino que además funciona como una enorme pantalla que oculta la urbanización más bonita que existe en la ladera de Artxanda. El segundo, otro impersonal bloque de viviendas, es el construido entre los terrenos de la estación del Norte y la estación de la Concordia, degradando el noble paisaje urbano constituido por la secuencia del teatro Arriaga, la torre de Bailén, la estación de la Concordia, torre del Banco de Vizcaya, la Sociedad Bilbaína y el puente hacia la Plaza Circular.

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Bloque-pantalla en la salida del puente de La Salve; detrás la Ciudad-Jardín.
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De izquierda a derecha: esquina del teatro Arriaga, la torre de Bailén, el bloque de viviendas justo detrás de la estación de la Concordia, la torre del Banco de Vizcaya y la Sociedad Bilbaína.

El problema para derribar estos edificios que manchan el paisaje urbano no es sólo el coste de la demolición, sino el coste de la indemnización y reubicación de quienes tienen en ellos sus casas y oficinas. El mismo problema afecta también al Thompson Center, al tener que sacar a miles de funcionarios que trabajan dentro de él. Lo peor para el futuro de cualquier edificio es que quede vacío, por la causa que sea, porque mientras  contenga actividad, para bien o para mal, pervivirá.

Otra consideración merecen los edificios que, siendo claramente interesantes, se ubicaron en donde no debían. Tal es el caso del Mercado de la Ribera, macro-construcción para un histórico micro-espacio urbano, o el Teatro Arriaga, encastrado entre la ría y el casco viejo, con un estilo, escala y fecha de construcción que exigían su instalación en el Ensanche -en las inmediaciones de la Plaza Elíptica o los Jardines de Albia- y a cuyo desarrollo urbano hubiese favorecido, además de haber permitido la conservación del mucho mejor dimensionado y neoclásico teatro Arriaga anterior en su sitio. Habiéndolos visto siempre donde están, apenas reconocemos que las decisiones  municipales que favorecieron los emplazamientos que tienen fueron equivocadas.

Espacio arquitectónico, escultura y paisaje

/ Javier González de Durana /

Ayer lunes 15 de enero se procedió al desmontaje de la exposición titulada Paisajes y Pasajes, integrada por esculturas de Ángel Garraza y José Ángel Lasa. La oportunidad para haberla visitado había finalizado el sábado anterior, día 13, lo cual significa que, habiéndose inaugurado el 27 de diciembre, la apertura de la sala para disfrutar de su contenido fue de dieciocho días, un plazo de tiempo extremadamente breve para el enorme esfuerzo, artístico y económico, que los artistas tuvieron que desplegar.

Aunque la oportunidad de visitarla presencialmente haya acabado, sin embargo, gracias a la tecnología ahora se puede visitar de manera virtual por medio de una herramienta que permite visualizar cualquier espacio en 360 grados en todas las direcciones, no todas las direcciones de un círculo, sino todas las de una esfera. Es como el Google Street View, pero más sofisticado. Las posibilidades de esta tecnología se han aplicado a Paisajes y Pasajes. El autor de este trabajo, cuyo enlace pongo a disposición de quien quiera verlo (lo recomiendo), es Juan Ignacio Llana Ugalde.

La exposición de Lasa y Garraza fue de arte, pero al haber tenido lugar en un sólo y amplio espacio, la traigo a este blog de arquitectura por la posibilidad de visualizar el espacio arquitectónico con las esculturas en él. Este es el enlace. Y este es otro ligeramente diferente.

A propósito de esta exposición escribí un texto titulado Paisajes sin pais que reproduzco aquí:

La noción de paisaje en el arte implica la representación reconocible de elementos que podemos encontrar en la Naturaleza sin importar lo amplios y significativos que esos elementos puedan ser, pues tal noción abarca desde lo cercano y concreto (el fragmento de un hermoso jardín doméstico, una anodina esquina urbana…) hasta lo distante y general (el territorio abarcado desde una elevada montaña, el horizonte marino visto desde la costa…). También existen los paisajes emocionales, sin voluntad de representación e interpretados como descripciones pasionales o mentales del ser humano porque remiten a estados de ánimo, territorios de sensaciones, demarcaciones que aglutinan impresiones psíquicas…

El paisaje es una construcción cultural. Cuando contemplamos la Naturaleza no vemos paisajes, sino Naturaleza más o menos intervenida por el ser humano. El paisaje es una elaboración mental en la que, por supuesto, interviene esa Naturaleza, pero también toda una larga serie de referencias pictóricas, literarias, musicales, científicas… que nos permiten concluir que tal o cual fragmento del territorio que se abre ante nosotros constituye un paisaje, esto es, un lugar culturalmente elaborado en el que “lo natural” interviene mucho, poco o nada.

Ángel Garraza (Allo, Navarra, 1950) y José Ángel Lasa (Legorreta, Gipuzkoa, 1948) han manejado desde hace décadas materiales que tienen una relación no tanto con el paisaje como directamente con la tierra: Garraza emplea barro, arcilla y fuego, Lasa transforma raíces y ramas. En ambos casos, lo subterráneo y lo aéreo, la oscuridad y la luz. Por tanto, de manera indirecta, estos dos escultores tienen relación con el paisaje y la Naturaleza, al considerar a ésta última como su fuente proveedora de las materias primas que utilizan.

Pero Garraza y Lasa no están en una exposición relacionada con el paisaje por ese motivo, más instrumental que estético. La razón que les vincula al tema de esta exposición es más sutil: la voluntad por construir un paisaje no representativo ni emocional que se ofrece a la mirada para que, al recorrer y penetrar en el signo, otorgue significado y sentido de lugar a lo mirado, no de sitio físico, sino de espacio visual creado culturalmente. Las esculturas de Lasa y Garraza funcionan como vías de acceso o pasajes hacia otra manera de entender el asunto: el de la artificiosidad hecha naturaleza y donde la idea de paisajismo se halla implícita, pero desterritorializada. Son, de hecho, paisajes sin país.

Garraza presenta dos piezas cerámicas principales. Una de ellas recorre la pared en reticulada composición de elementos con aspecto idéntico y que sólo parecen diferenciarse en la división blanco/negro, pero que al observar cada pieza manifiestan complejidades heterogéneas a modo de micro-territorios: superficies montañosas cruzadas por valles y barrancos; relieve mural en el que un orden ortogonal se contrapone a la diversidad individual. En la otra obra, de suelo, una doble formación circular de botas, orientadas hacia el interior del circulo, sugiere un imposible paseo tanto por la realidad como por los micro-paisajes que las coronan, invirtiendo el sentido lógico de ‘botas para caminar sobre el territorio’.

 

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Ángel Garraza. «Bajo el paisaje», 2017. Gres chamotado. 200 x 600 x 15 cm.

Lasa ofrece un doble registro paisajístico. Por una parte, dibuja horizontes, describe cobijos (aterpeak) y despliega cartografías murales (mapa kognitiboak) con ramas y raíces arbóreas; ya la utilización de términos tan vinculados al territorio como cobijo y mapa apunta a la voluntad de referirse a lugares de observación y a descripciones gráficas de áreas de conocimiento. Por otra parte, el uso de materiales como ventanas de autobús y exhibidores de postales se relacionan con lo territorial como elementos construidos para ver paisajes -ciudad/campo, artificio/naturalidad, en convivencia o contraposición- desde el trayecto de un viaje o para imaginarlos por medio de su representación fotográfica estereotipada, pero que en el caso de Lasa sirven para contemplar lo que Clement Greenberg hubiera llamado “campos de color”.

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José Ángel Lasa. «Hiruroinekoa».

La tarea de los ingenieros en Bilbao

/ Javier González de Durana /

La distinción entre arquitecto e ingeniero es relativamente moderna. Antes del siglo XIX, en el Antiguo Régimen, lo que diferenciaba a un ingeniero de un arquitecto no era la formación ni el título, sino la práctica profesional. Desde la antigüedad greco-romana hasta finales del siglo XVIII, pasando por la Edad Media y el Renacimiento, no existió una neta diferenciación entre las competencias específicas del arquitecto y las del ingeniero. La polivalencia era el signo de los constructores, que lo mismo levantaban un templo, un palacio o una fortificación, que erigían un arco de triunfo, elevaban una columna conmemorativa, labraban un monumento funerario o construían un puente, un canal u otra obra hidráulica. No importaba que el edificio fuese votivo o una fábrica utilitaria. Todo lo relativo a la construcción y al diseño del espacio físico les concernía, sin distinciones entre lo que era la Función o el Ornato. El tronco común de la construcción era el pilar básico, del que se derivaban las frondosas ramas de las distintas artes y técnicas.

Fue a partir de la Revolución Industrial cuando se impuso la organización de las fuerzas productivas, la división del trabajo, y primó el rendimiento económico. Forzosamente tenía entonces que producirse la segregación entre los arquitectos preocupados por el mero diseño estilístico para residencias y aquellos otros profesionales que al servicio del poder político o del capitalismo industrial, eran capaces de construir obras cuya utilidad pública nadie ponía en entredicho.

Con estas reflexiones iniciaba el profesor Antonio Bonet Correa su explicación sobre la distancia que empezó a separar a arquitectos e ingenieros -y, por tanto, sus atribuciones y capacidades con los consiguientes debates que se prolongaron durante un siglo- en su libro La polémica ingenieros-arquitectos en España. Siglo XIX (Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, ed. Turner, Madrid, 1985).

Los ingenieros, a partir de entonces, representaron la modernidad y el progreso orientado a un futuro social mejorado, mientras los arquitectos quedaban en la práctica de un estilismo ornamental deudor de las formas de un pasado que debía superarse. El trabajo de los ingenieros, más allá de los visibles puentes y las humeantes fábricas (que no siempre eran objeto de admiración), se desplegaba de forma discreta, casi imperceptible, a menudo en el subsuelo, mientras que los arquitectos levantaban sus obras en los núcleos urbanos, a la vista de todos. Muchos conocían los nombres de estos últimos, casi nadie el de ingenieros. En esta ciudad tuvimos a muchos que dejaron una huella que todavía hoy moldea nuestras vidas. Pablo Alzola, Ernesto Hoffmeyer, Evaristo Churruca, Leandro José Torróntegui, Enrique Sendagorta, recientemente fallecido,…

Los conflictos y celos derivados de tal situación hace tiempo quedaron superados, sobre todo a partir del momento en que Le Corbusier sentenció que “los auténticos arquitectos del siglo XIX son los ingenieros”, frente a la opinión de Auguste Perret acerca de que “el ingeniero se forma, pero arquitecto se nace”, en una línea de pensamiento que quería identificar al arquitecto con el artista (sobre esto escribí aquí en la entrada “Arquitecturas firmadas”) cuando se pensaba que ser artista no era una cuestión de voluntad, sino de destino.

Superado, sí, pero el trabajo de los ingenieros aún sigue difuminado en la percepción colectiva. En los últimos meses ciertas actividades culturales tratan de poner de relieve el importantísimo papel que los ingenieros han tenido y tienen en el presente de Bilbao. Cansados del machacón protagonismo de los arquitectos, los ingenieros han decidido hablar y, lejos de proclamar algo así como “sin nosotros, los arquitectos no hubieran podido hacer gran cosa”, como a media voz, sin llamar demasiado la atención, están explicando cuál ha sido su decisiva aportación.

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La vindicación arrancó en junio del año pasado con el número monográfico dedicado a “La transformación de Bilbao” por la Revista de Obras Públicas (ROP). Al estar coordinados sus contenidos por Pablo Otaola se evitó el riesgo de caer en la autocomplacencia que habitualmente arrasa a las autoridades locales y ofreció un análisis preciso de lo realizado, con un justificado orgullo exento de alharacas.

Dividido en tres partes, la primera, “El proceso de transformación”, se abre con un artículo del propio Otaola significativamente titulado “La transformación de Bilbao, una obra de arquitectos e ingenieros de caminos”, la segunda parte se refiere a “Las obras públicas” y la tercera al “Urbanismo y arquitectura”. Por sus páginas desfilan los obvios Frank Gehry y Norman Foster (cuya aportación a la obra del Metro -diseño de accesos y estaciones- es pequeña, aunque lo único visible, en relación con el conjunto de la obra, la excavación de kilométricos túneles), pero adquieren una sorprendente importancia los nombres de aquellos ingenieros de varia especialización que para muchos resultarán desconocidos o inesperados, pero que fueron determinantes para que después floreciera el ornato arquitectónico: empezando por -¡oh sorpresa!- los políticos Josep Borrell, Ingeniero Aeronáutico, además de Ministro de Obras Públicas (1991-93), Josu Bergara, Ingeniero Industrial, además de Consejero de Transportes y Obras Públicas del Gobierno Vasco (1991-95) y Diputado General de Bizkaia (1995-2003), y José Albero Pradera, Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, además de Diputado General de Bizkaia (1987-95). Para entendernos y empezar a entender el cambio operado en esta ciudad: la política y la ingeniería caminaron de la mano.

Pero también estuvieron Daniel Fernández Pérez, Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, además de Director Técnico del Consorcio de Aguas (1995-2017), cuya tarea fue básica para la recuperación ambiental de la ría del Nervión; Manuel Fernández, Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, además de Director de la Confederación Hidrográfica del Norte (2000-15); Manuel Docampo, Ingeniero Industrial, además de Presidente de la Autoridad Portuaria de Bilbao (1991-96); Agustín Presmanes, Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, además de Director General de IMEBISA (1991-2004), sociedad encargada de la realización del Metro; el mucho más conocido pontífice Javier Manterola…, y, por supuesto, el mismo Pablo Otaola, Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, con una gestión impecable al frente de la sociedad Bilbao Ría 2000 (1993-2000) y en la actualidad como Gerente de la Comisión Gestora de Zorrotzaurre (2004-18). Entre todos estos ingenieros y otros muchos, hubo dos arquitectos fundamentales: Ibón Areso, Director de la Oficina del Plan General de Bilbao (1987-91) y Concejal de su Ayuntamiento (1991-2014), y José Luis Burgos, Viceconsejero de Transportes del Gobierno Vasco (1987-91).

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Trabajos de la tuneladora para el Metro.

En paralelo a la publicación de la Revista de Obras Públicas ha habido otros hechos significativos relacionados con esta vindicación profesional. El pasado 12 de diciembre se celebró en la sede bilbaína del Colegio de Arquitectos una jornada para evocar a Evaristo de Churruca con motivo del centenario de su fallecimiento. Se recordó que la intervención de este ingeniero navarro hizo navegable para los buques modernos una ría a la que fue necesario liberar de bajíos peligrosos y arenales que actuaban como tapones, y redibujar sus márgenes y curvas para crear dársenas y muelles portuarios.

Al día siguiente tuvo lugar en el palacio Euskalduna la primera de una serie de jornadas organizadas por el Colegio de Ingenieros, Caminos y Canales de Euskadi en torno a “Lecciones de Bilbao. Conversaciones en torno a la transformación”. En ese primer encuentro inaugural conversaron con Miguel Aguiló, imprescindible en todos estos eventos, el alcalde Josu Ortuondo (1991-99) con el actual regidor de la villa, Juan Mª Aburto sobre los retos de ayer y hoy. Los siguientes encuentros en los próximos meses abordarán diferentes aspectos de la ingeniería que ha hecho posible esta ciudad actual.

Los nuevos puentes, la apertura del canal de Deusto, el plan de saneamiento de la ría y las estaciones depuradoras de aguas residuales en Galindo y Lamiako, el puerto en la costa…, también obras de ingeniería, sin estridencias, apenas visibles pero facilitadoras de una vida más cómoda desde esta operativa trastienda.

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La creciente envergadura de los buques convirtió en inservible el puerto interior de Bilbao, situado en los márgenes de la ría, motivo por el que hubo que sacarlo al mar, liberándose una enorme superficie de suelo en el centro de la ciudad para usos residenciales y terciarios.

Tú de nada entiendes más que de hacer caminos y muelles, ¡ay, señorito mío! En el corazón humano no se entra por los túneles de los ferrocarriles, ni se baja a sus hondos abismos por los pozos de las minas”, le espeta la ultraconservadora y poderosa doña Perfecta en una ciudad provinciana al joven ingeniero de ideas progresistas que pretendía la mano de su hija, según la trama de la novela de Benito Pérez Galdós titulada Doña Perfecta (1876). El autor canario describía el choque entre dos mentalidades de la época en España: mayoritaria, antigua y omnipotente la una, pequeña, joven y poco influyente aún la otra. El ingeniero de la novela, todo buena voluntad y pureza, se estrella contra el muro de la incomprensión y sórdida maldad de los mezquinos habitantes del burgo, podrido y estático, en que viven doña Perfecta y su coro de siniestros secuaces. El joven ingeniero muere, inevitable y trágicamente, en un desenlace violento.

Afortunadamente, no todo el país era así en 1876. Aquel mismo año:

* el ingeniero Adolfo Ibarreta diseñó un puente del Arenal en piedra para sustituir al anterior de fundición, posibilitando una mayor amplitud y el tránsito de tranvías,

* los ingenieros Pablo Alzola y Ernesto Hoffmeyer, junto al arquitecto Severino Achúcarro, elaboraron su proyecto urbano para el Ensanche de Bilbao en el territorio que se comunicaba mediante aquel puente de Ibarreta con las Siete Calles medievales,

* el poblado de La Arboleda nacía como núcleo de cierta entidad a partir de aquella fecha, coincidiendo con las primeras demarcaciones de minas de hierro y su explotación bajo el nuevo régimen político liberal,

* la Luchana Mining Cº Ltd. inauguró su ferrocarril minero, uniendo El Regato con Lutxana, es decir, el monte donde estaba el hierro con la ría desde donde se exportaba a otros países y en cuyas orillas también se empezó a fundir.

Los ingenieros de Bilbao y su comarca en 1876 ya estaban trabajando para el futuro al que hemos sido conducidos.

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Vista aérea de Bilbao y la comarca del Bajo Nervión.

¡Vamos con el 2018!

/ Javier González de Durana /

Finalizamos el año 2017 con algunas remarcables exposiciones en Madrid (William Morris y Norman Foster, ya comentadas aquí), entre las que no quiero dejar de mencionar, por lo menos, la dedicada por la Fundación ICO a Carlos Arniches y Martín Domínguez, con el título La Arquitectura y la Vida, que podrá verse hasta el 21 de enero, y a la que me quiero referir con unas pocas palabras para animar, a quien quiera y todavía pueda, a que vaya visitarla. Las obras de estos arquitectos, integrantes de la generación del 25 (paralela a la poética del 27), se enmarcan en el contexto de la época, caracterizado por la transformación social, cultural, educativa y económica. Ambos se habían formado en la Escuela de Arquitectura de Madrid y Domínguez también en la Residencia de Estudiantes, institución en la que durante pocos años coincidió con toda una generación brillante de artistas, científicos e intelectuales, como Federico García Lorca, Salvador Dalí, Severo Ochoa o Luis Buñuel. De esos años son algunas de sus obras más importantes, como el Instituto Escuela (1931), el auditorio de la Residencia de Estudiantes y, especialmente, el Hipódromo de la Zarzuela (1935), junto con Eduardo Torroja. Con el fin de la República, la guerra civil y el exilio de ambos arquitectos -de carácter interior el de Carlos Arniches, maravilloso racionalismo, apenas enmascarado con mínimas notas de tipismo, para sus poblados de colonización, y en Cuba y Estados Unidos el de Martín Domínguez, dando comienzo al turismo de masas con elegantes y elevadas torres de apartamentos- lo que había sido una trayectoria conjunta se bifurca definitivamente a finales de 1936.

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Hipódromo de La Zarzuela.

Empieza el año 2018 que promete ser de elevado interés en asuntos de arquitectura para nuestro entorno más cercano. Vamos a repasar algunos de los que tenemos noticia.

Por una parte, tras la 1ª Bienal de Arquitectura de Euskadi celebrada en San Sebastián el año pasado, durante éste toca que Bilbao organice su tercer Bilbao Bizkaia Architecture, BIA’18. El acontecimiento, de incuestionable interés, se consolida con la esperanza -nuestra- de que refuerce sus puntos más notables y mejore los que en ediciones anteriores se manifestaron débiles.

En cuanto a exposiciones de arte y arquitectura, basada en una iniciativa conjunta del Museo Guggenheim Bilbao (MGB) y el Solomon R. Guggenheim Museum de Nueva York, la muestra Architecture Effects propondrá una mirada innovadora sobre las correspondencias y conexiones entre el arte y la arquitectura en plena era digital. El origen de la exposición no es otro que el propio edificio del MGB, inaugurado en 1997 como primer y magistral ejemplo de una arquitectura desarrollada y hecha posible por medios informáticos, paradigma de los “efectos” comunicativos y económicos que redefinirán el éxito de esta disciplina en las siguientes décadas. Analizando y conectando otros hitos de la era digital, la muestra dibuja un arco comparativo con el presente apogeo de una cultura basada en las redes sociales, la inteligencia artificial y la realidad aumentada. Identificando una serie de obras de artistas contemporáneos como síntomas clave de la fusión de comunicación, economía, imagen, arte y arquitectura, la exposición incluirá también intervenciones específicas de algunos de los arquitectos y diseñadores más influyentes e innovadores de nuestros días.

Así adelanta la página de web del MGB -son sus palabras- la que promete ser exposición más interesante del año, sin adelantar nombres de arquitectos y artistas invitados. Quedamos expectantes.

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El MGB, paralelamente, alienta la ampliación de sus instalaciones, no tanto en Abandoibarra, por imposibilidad física, como en algún otro emplazamiento, que pudiera estar en Urdaibai, recuperando el proyecto abandonado en 2010, o en algún otro lugar: “Aquello se paralizó en parte por una situación objetiva que fue la crisis. No debería tomarse Urdaibai como una foto fija -dice su Director General-. Ha llegado otra vez la hora de darle una vuelta a la ampliación con aquella o con otra solución”. ¿El motivo?: “Es una necesidad, no sólo por el número de visitantes sino también por cómo se han desarrollado las prácticas artísticas desde hace 26 años. Para las últimas corrientes, no estamos bien preparados”. Veamos qué solución se propone en esta ocasión.

En una línea similar, el Museo de Bellas Artes se plantea la remodelación del interior de parte de sus instalaciones para obtener mayor aprovechamiento expositivo del edificio. La idea que se maneja con mayores posibilidades de llevarse a cabo consiste en sacar las oficinas de la zona en la que se hallan (la planta -1 del edificio histórico), llevarlas a un inmueble cercano y aprovechar el espacio desocupado para tareas puramente museísticas. Es obvio que la gestión no tiene por qué llevarse desde la propia institución. No son pocos los museos con esa división en las funciones para obtener un mejor rendimiento de sus espacios. Sin ir más lejos, el propio Museo del Prado tiene sus oficinas administrativas, incluido el despacho del director, en un edificio de pisos cercano pero separado. También se encuentra entre sus planes el volver a dar vida a la fachada del edificio de 1945, la cual quedó relegada a una importancia secundaria tras la ampliación diseñada por Luis Mª Uriarte (1997-2001). Con independencia de no merecer tal fachada ese papel menor, el interés actual se centra en “orientar” el museo hacia la dinámica área de Abandoibarra y “acercarlo” al MGB. Muy bien, que así sea.

Por otra parte, en Zorrotzaurre veremos importantes novedades: se van a acabar las obras de apertura del canal de Deusto y, por tanto, la actual península se convertirá en una isla, uno de los principales hitos previstos en el proceso de regeneración de este barrio bilbaíno.

Además, en 2018 se realizarán aquí otras actuaciones:

  • se iniciarán los trabajos de urbanización de la margen derecha del Canal de Deusto (zona de San Ignacio), con la edificación de las primeras viviendas nuevas del Plan de Urbanización aprobado el 26 de julio pasado; los primeros bloques de pisos de VPO, tasados y de venta libre, serán promocionados por la sociedad pública Visesa en la margen derecha del canal de Deusto. A partir de aquella fecha los promotores privados y públicos pudieron empezar a solicitar las pertinentes licencias de obras para acometer los proyectos residenciales previstos en toda esta primera área de actuación que suma casi 390.000 metros cuadrados de superficie.
  • se finalizarán las obras de rehabilitación de los edificios de viviendas existentes en la actualidad;
  • Digipen se trasladará a esta zona y comenzará a impartir sus ciclos formativos en el edificio de propiedad municipal Beta 1 rehabilitado y que fue erigido en 1951 con diseño del ingeniero industrial Juan José Abrisqueta para la producción de tornillos. DigiPen of Technology Europe Bilbao, S.L. es una universidad sin ánimo de lucro con sede principal en EEUU (Redmond, Washington) y primer centro de formación en el mundo en ofrecer programas relacionados con el desarrollo de videojuegos. Centra su actividad educativa y formativa en Arte, Computer Science y Computer Engineering con especial énfasis en la creación de videojuegos. En 2008 creó su segundo campus en Singapur abriéndose al mundo asiático, para poner en marcha su única sede en Europa en Bizkaia (Zierbena) en el año 2010. Digipen afronta ahora una nueva etapa de futuro en su andadura en Bilbao y, tras el proceso de rehabilitación del edificio, ocupará las plantas baja, primera y segunda del inmueble (2.620 metros cuadrados), quedando la tercera libre para otros proyectos municipales. La puesta en marcha del centro se prevé para el próximo curso académico 2018/19.
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    Beta 1, orientado a la ría.
  • en abril se iniciarán los trabajos de adecuación del edificio Beta 2, que no es propiedad del ayuntamiento, donde irá el proyecto de formación y emprendimiento As Fabrik, un vivero de ideas de negocios digitales cuyo objetivo será incentivar el talento local y, a la vez, ejercer de motor para la llegada de futuras inversiones ligadas a lo que se denomina industria 4.0.; se destinarán 2,3 millones de euros a la obra física de rehabilitación de un inmueble que cuenta con cuatro plantas y se encuentra en la zona central de la isla. Este edificio se construyó entre los años 1970 y 1974 y su nombre se debe a que fue una ampliación del edificio Beta, construido en la década de los cincuenta. La fábrica, Beta 1, se había quedado pequeña y necesitaba un nuevo espacio que funcionara como taller mecánico y almacén, este es Beta 2. Su superficie útil de unos 2.200 metros cuadrados. Se prevé que las obras estén concluidas en abril de 2019 y que en el mes de octubre de ese año ya estén operativas las instalaciones. En total, la iniciativa contará con un presupuesto global de 5.807.642 euros, el 80% de los cuales -4,6 millones de euros- será sufragado mediante una subvención de la Comisión Europea, a través del Fondo de Desarrollo Regional. As Fabrik es el segundo proyecto con mayor financiación europea tras Edusi, consistente en una estrategia de desarrollo urbano sostenible en Zorrotzaurre y que percibe 9,2 millones de euros.asfabrik_2669_1
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    Beta 2, orientado al canal y hacia la península.
  • asimismo, y por último, se abrirá el edificio de Papelera para un uso cultural, discretamente silenciado hasta el momento.

Otra cuestión importante será la recuperación del edificio de la antigua Aduana de Bilbao, uno de los mejores ejemplos de la arquitectura pública de finales del XIX, tras décadas de infrautilización. Será en septiembre u octubre.

Esto es sólo parte de lo que va a suceder. Lo mejor, quizás, ni siquiera lo hemos mencionado.